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ESPAÑA

 

 

 

Rastrear en la obra que el profesor Tolkien consideraba la creación principal de su vida, y que fue publicada cuatro años después de su muerte, el armazón mitológico que sustentó su vasto mundo mitopoético en un universo que diera cabida a su artesano amor por los idiomas, puede depararnos agradables sorpresas. Sobre todo, si nos detenemos lo suficiente en los complejos arquetipos que brotan de sus páginas y dejamos a un lado prejuicios caducos y comparaciones más que evidentes con trabajos anteriores del profesor, esto es, El Señor de los Anillos y El Hobitt. El Silmarillion no es en modo alguno una novela. Es una sucesión de leyendas y narraciones históricas que abarcan desde la creación del mundo tolkieniano hasta la «caída» de los Primeros Nacidos, los hijos de Ilúvatar —los Eldar— y su posterior retorno a la Tierra Media y las hazañas que allí llevaron a cabo; pero del tremendo corpus que el Silmarillion alberga en sus mágicas entrañas quiero destacar una figura —y las hermosas creaciones que ésta realizó, y que son en realidad las que dan el nombre a la magna obra del profesor Tolkien— que brota de sus páginas con un nombre propio y evocador: Fëanor, o Espíritu de Fuego en lengua élfica.

La primera vez que leí el Silmarillion —hace ya unos veinte años y hacia el final de mi adolescencia— quedé tan cautivado por esta joya literaria de la épica fantástica que no sabría decir si me impactó más que la lectura previa de El Señor de los Anillos, cuya trilogía había leído el año anterior. El Silmarillion aportaba una coherencia interna y respondía a un sinfín de interrogantes y enigmas que se habían abierto en mi inquisitiva mente al finalizar la lectura de El Señor de los Anillos, y sus posteriores relecturas no hicieron más que confirmar mis iniciales sospechas respecto a la obra. Asimismo, mi amor por los trágicos griegos me llevó a intentar establecer con posterioridad una conexión entre estos últimos y la vida y hechos de Fëanor, una figura trágica por excelencia, desde mi humilde punto de vista. Me habría encantado leer —y ver en un teatro— una tragedia sobre este personaje compuesta por Esquilo, Sófocles o incluso por el propio Lorca.

Deseos ucrónicos aparte, si nos ceñimos al tema que nos ocupa, son más que evidentes las analogías que podemos encontrar entre los personajes trágicos de los antiguos griegos y la figura de Fëanor. Consideraré su vida y obras dentro del universo épico y fantástico de Tolkien para extraer las notorias similitudes que lo conectan con lo más esencial y paradigmático de esa maravilla del genio de la Hélade: la tragedia griega.

Fëanor nació en Valinor, la tierra de los Valar o Poderes, espíritus poderosos encarnados, creaciones del Dios único Eru Ilúvatar, que prepararon la tierra de Valinor para la llegada de los Eldar o Elfos que habían despertado por primera vez en el este de la Tierra Media. Los Valar deseaban mantener alejados a los Primeros Nacidos de la maligna influencia de Melkor, el Vala rebelde que lograra hacerse en un principio con el control de Arda, el mundo físico, y que después se había hecho con el dominio absoluto de la Tierra Media. Fue en este último lugar donde los mismos Valar pudieron al fin derrotarle y encadenarle para que no causara ningún daño a los Eldar, a quienes acabaron por guiar con el tiempo a la sagrada tierra de Valinor, ya que anhelaban su compañía y amistad. Fëanor era hijo de Finwë, rey de los Noldor, los Elfos Profundos, amantes del conocimiento y de los trabajos de orfebrería y artesanía. Su madre se llamaba Míriel. Quiso el destino que, al darlo a luz, su madre se sintiera tan agotada que al cabo murió, y su espíritu fue a las estancias de Mandos, el Vala encargado de custodiar las almas de los muertos. Lo curioso es que los Eldar tenían la gracia —concedida por Eru— de volver a reencarnarse en otro cuerpo físico y regresar a Valinor, pero Míriel se negó a hacerlo. Fëanor se vio privado del amor de una madre desde su nacimiento, una carencia que se echó en falta en el desarrollo posterior de su personalidad, que no se caracterizó por la piedad ni la comprensión.

En el Silmarillion (Ediciones Minotauro 2002), se nos narra que:

 

Fëanor creció de prisa, como si un fuego secreto lo animara desde dentro… decidido e inquebrantable en la persecución de todos sus propósitos. Pocos lo desviaron de su camino por persuasión, ninguno por la fuerza. Fue entre todos los Noldor, entonces o después, el más sutil de mente y el de manos más hábiles (ES p. 82).

 

 

Aquí vemos a nuestro incipiente héroe, poderoso en hechos y en palabras, dueño de un destino prometedor a pesar de la enorme ausencia de una madre en su vida.

Su padre Finwë no tardó en casarse de nuevo con una mujer llamada Indis la Bella, que le dio dos hijos, Fingolfin y Finarfin. Sin embargo, la unión con Indis no fue del agrado de Fëanor, quien tampoco sintió mucho aprecio por sus medio hermanos.

 

Vivió apartado explorando la tierra de Aman y ocupándose del conocimiento y las artes en que se deleitaba. En las cosas desdichadas que luego sucedieron y que Fëanor acaudilló, muchos vieron el resultado de esta ruptura habida en la casa de Finwë, juzgando que si Finwë se hubiera contentado con tener un único y poderoso hijo, otros habrían sido los caminos de Fëanor y muchos males podrían haberse evitado; porque el dolor y la disputa en la casa de Finwë han quedado grabados en la memoria de los Elfos Noldorin (ES p. 83-84).

 

 

Llegó entonces el momento en el que Melkor, el Vala rebelde que había sido encadenado durante tres edades en la prisión de Mandos, fue llevado ante los tronos de los Valar, y después de rebajarse y pedir perdón por sus anteriores pecados a Manwë, el Vala supremo, se le permitió vivir bajo vigilancia dentro de los confines de Valinor. En la mitología de Tolkien este Vala rebelde, Melkor, actúa como una especie de Satanás, cuyas ansias de dominio y destrucción amenazan la estabilidad del mundo físico y la integridad moral de sus criaturas. Es curioso también que entre Fëanor y Melkor se dan una serie de coincidencias. El Noldo es el más dotado de todos los hijos de Ilúvatar, así como Melkor en un principio era el Vala más poderoso de toda Arda que Eru Ilúvatar había creado. Ambos desean dominar las mentes de los demás, antes que comprenderlas, y ser los dueños de sí mismos y convertirse en amos y señores de otras voluntades. Un fuego interior devora a ambos personajes y los impulsa a un dinamismo creativo que, llevado a un exceso, los conducirá —en este caso Melkor fue un precursor— a un camino de destrucción y ruina.

Esta creatividad encuentra su plenitud en Fëanor en la concepción y hechura de los Silmarils, tres joyas que albergaban en su interior la luz mezclada de los Árboles de Valinor, árboles que iluminaban el mundo con su luz dorada y plateada, antes de la creación del Sol y de la Luna.

 

Todos los que vivían en Aman sintieron asombro y deleite ante la obra de Fëanor. Y Varda consagró los Silmarils, de modo que en adelante ninguna carne mortal, ni manos maculadas, ni nada maligno podría tocarlos sin quemarse y marchitarse; y Mandos predijo que ellos guardaban dentro los destinos de Arda, la tierra, el mar y el aire (ES p. 88).

 

 

Los Silmarils despertaron la codicia de Melkor. Desde entonces, se consagró a poner fin a la amistad y armonía que existía entre los Valar y los Eldar y, sobre todo, buscó la manera de destruir a Fëanor y apoderarse de los Silmarils. Con sutileza sembró mentiras entre los Noldor, y les habló de los reinos que podrían fundar y gobernar en la Tierra Media, y de la próxima llegada de los Hombres, que usurparían su lugar allí, siguiendo los propósitos y planes preestablecidos de los Valar, que querían tener a los Eldar dominados en sus jaulas doradas en Aman, arrebatándoles de este modo el legado que Ilúvatar les tenía reservado.

Una vez rota la armonía «edénica», el orgullo desmesurado de Fëanor —lahybris griega— comienza a ennegrecer su alma élfica. Las mentiras satánicas de Melkor han nublado su juicio, y Fëanor cree que sus medio hermanos quieren arrebatarle su mayorazgo y su herencia con anuencia de los Valar. Aparecen entonces las primeras armas en Valinor por instigación de Melkor: se forjan espadas, hachas y lanzas para defenderse del enemigo. Con una feroz espada el orgulloso Fëanor amenaza a su medio hermano Fingolfin en el palacio de su padre Finwë. La escena es conmovedora.

 

—¡Mira, medio hermano! —dijo—. Esto es más afilado que tu lengua. Trata solo una vez más de usurpar mi sitio y el amor de mi padre y quizá libraré a los Noldor del que ambiciona convertirse en conductor de esclavos (ES p. 91).

 

Ante tamaña conducta, los Valar, creyendo que Fëanor era el promotor del descontento, pues había sido él quien empezara a manifestarse abiertamente contra los Poderes gritando que dejaría atrás Valinor para regresar a la Tierra Media, lo convocan ante el Anillo del Juicio para que responda por su comportamiento, y aunque la raíz del mal queda al descubierto porque supieron que Melkor había sido el causante de todo, condenan al orgulloso Noldo a un destierro de doce años lejos de Tirion, la ciudad de los Noldor en Valinor. Melkor, por miedo a que lo encadenen de nuevo, huye de la tierra de los Valar y se oculta, mientras estos lo buscan en vano por todas partes.

Fëanor parte al destierro con sus siete hijos. Al norte de Valinor, en un lugar llamado Formenos, construyen una fortaleza y cámaras de tesoros. Su padre Finwë también le acompaña y, poco tiempo después, incluso el propio Melkor se atreve a hacerle una visita, y habla con él delante de los portales de su casa. Melkor intenta convencerle de que nunca estaría seguro mientras viviera en el territorio de los Valar y trata de ofrecerle su amistad; pero Fëanor advirte sus ocultos propósitos y ve con claridad que sus amables palabras solo esconden una insaciable codicia por los Silmarils. Lo echa de malos modos cerrando las puertas delante de la cara del morador más poderoso del mundo tolkieniano. Melkor huye, humillado y avergonzado. Temeroso de que los Valar lo descubran y atrapen, escapa hacia el sur de Valinor para dar inicio a su negra venganza y para ocupar el lugar que él creía que le correspondía en el mundo.

Por el momento, el orgullo de Fëanor le ha procurado el destierro. No tiene miedo a nada ni a nadie, incluyendo al mismísimo Melkor. Su arrogancia lo ha motivado a enfrentarse a los Valar. Su error o hamartía ha tenido un justo castigo. Ofender a los Poderes le ha costado el destierro, pero éste no es más que el primer acto de una tragedia que se encuentra todavía en estado embrionario. Pronto se desatarán los acontecimientos que despojarán a Fëanor de su cordura como individuo, desatando la cólera divina y precipitando a él mismo y a su pueblo a una vorágine de violencia, muerte y destrucción.

Con la ayuda de Ungoliant, un espíritu primordial que había adoptado la forma de una araña gigante que devoraba la luz y engendraba oscuridad en torno a ella, Melkor logra consumar al fin su venganza, aprovechándose de que Manwë había convocado al resto de los Valar y a los Eldar a una fiesta de la cosecha a la que Fëanor también había sido invitado. Melkor y Ungoliant matan a los dos Árboles, privando de luz al mundo, y después huyen a Formenos, donde Melkor mata a Finwë y se apodera de los Silmarils y otros tesoros de los Noldor. La muerte de los Árboles entristece sobremanera a los habitantes de Valinor. Ahora su luz —osería más exacto decir la sustancia que Fëanor tomó del rocío mezclado de los Árboles, que es la que había dado origen a esa maravillosa luz— solo sobrevive en los Silmarils. El mundo está sumido en la oscuridad. Los Valar le preguntan a Fëanor si está dispuesto a entregar sus amadas creaciones para que las abran, ya que ese es el único modo de que los Árboles vuelvan a la vida e iluminen de nuevo el mundo con su sagrada luz. Fëanor después de meditarlo se niega, argumentando que nunca podrá hacer otras joyas semejantes, y que si tiene que abrirlas su corazón se romperá y él también morirá. Esta nueva escena nos ofrece la oportunidad de contemplar un matiz más del orgullo de Fëanor. Su hybris le impide sacrificarse —eneste caso, entregar los Silmarils—porlos demás, un acto que redundaría en beneficio de su pueblo y de todos los seres vivos que han disfrutado de la luz de los Árboles. Su hybris hace de él un ser mezquino y codicioso, que en su amor desmedido y enfermizo por sus propias creaciones no es muy diferente del Melkor causante de la muerte de los Árboles y del robo de sus joyas. Su hybris lo vuelve ciego, un tercer error o hamartía que añadir al segundo que provocó su destierro de Valinor y al primero que había engendrado un amor codicioso por su más lograda creación.

Pero las desgracias nunca vienen solas, y unos mensajeros traen las terribles nuevas de Formenos. En este momento la rueda del destino que corre por todo el relato trágico, la terrible tyché, ha comenzado a rodar y ya no hay Vala ni Elfo que puedan detenerla. El asesinato de Finwë y el robo de los Silmarils enloquecen a Fëanor, que desde ese momento designa a Melkor con el nombre de Morgoth, que significa Negro Enemigo del Mundo. Acto seguido, se presenta en Tirion y arrastra a su pueblo con encendidas palabras, exhortándolos a abandonar Valinor y huir a la Tierra Media para derrotar a Morgoth y recuperar los Silmarils. Fëanor enciende un fuego en el corazón de los Noldor, con la promesa de hacerse con ricos reinos en la Tierra Media, y poco después pronuncia un terrible juramento. Sus siete hijos hacen el mismo voto con las espadas desnudas y rojas como la sangre al resplandor de las antorchas. El terrible juramento es el cuarto error o hamartía de Fëanor.

 

Era un juramento que nadie puede quebrantar ni nadie ha de pronunciar, aún en nombre de Ilúvatar, y pidieron para ellos la Oscuridad Sempiterna si no lo cumplían; y a Manwë nombraron como testigo, y a Varda, y a la montaña sagrada de Taniquetil, prometiendo perseguir con odio y venganza hasta el fin del Mundo a Vala, Demonio, Elfo u Hombre aún no nacidos, o a cualquier otra criatura, grande o pequeña, buena o mala, a la que el tiempo diese origen desde ahora hasta la consumación de los días, que guardara, tomara o arrebatara uno de los Silmarils de Fëanor (ES p. 108-109).

 

 

Persuadidos por las fieras palabras de Fëanor, y una vez iniciada la marcha, un mensajero de los Valar les advierte que son libres de irse si es ese su deseo. Así como habían llegado libremente a Valinor, son libres de marcharse sin ninguna clase de impedimento, pero los Valar no les prestarán ayuda alguna en aquella loca empresa, y le recuerdan a Fëanor que ha jurado en vano.

 

Pero tú, Fëanor, hijo de Finwë, por tu juramento estás exiliado. Aprenderás en la amargura que Melkor ha mentido. Vala es, dices. Pues entonces has jurado en vano, porque a ninguno de los Valar puedes vencer ahora ni nunca dentro de las estancias de Eä, ni aunque Eru, a quien nombras, te hubiera hecho tres veces más grande de lo que eres.

   Pero Fëanor se rió, y habló no al heraldo sino a los Noldor: —¡Vaya! ¿Entonces este pueblo valiente ha de enviar a destierro al rey, acompañado solo por sus hijos, para luego volver a someterse? Pero a aquellos que vengan conmigo, les preguntaré: ¿Se nos dice que habrá dolor? Pero en Aman lo hemos visto. En Aman hemos llegado por la beatitud a la pesadumbre. Intentaremos ahora el camino opuesto: por el dolor busquemos la alegría; o al menos la libertad.

   Entonces, volviéndose al heraldo, gritó: Di esto a Manwë Súlimo, Ilustre Rey de Arda: si Fëanor no puede destruir a Morgoth, cuando menos no vacila en atacarlo, ni se queda sentado y lamentándose. Y quizá haya puesto Eru en mí un fuego mayor que el que tú sospechas. Al menos abriré tal herida al Enemigo de los Valar que aún los poderosos reunidos en el Anillo del Juicio se asombrarán al oírlo. Sí, al fin me seguirán. ¡Adiós! (ES p. 111).

 

 

Sublimes palabras que habrían hecho las delicias de Nietzsche. Aquí se manifiesta el deseo de vida y libertad en todo su dolor, a pesar de la derrota y la muerte que aguardan a la vuelta de la esquina. Es humano, muy humano, el grito de angustia y liberación que lanza Fëanor. A pesar de sus errores, conscientes o no, y quizá motivados por la inmensa pérdida que le ha causado la muerte de su padre Finwë a manos de su mayor enemigo y el robo de su preciado tesoro, todos nos sentimos identificados con el héroe caído que está a punto de precipitar a su pueblo y a sí mismo al mayor de los abismos.

Fëanor necesita una flota para llegar a la Tierra Media, así que intenta convencer a los Teleri de Alqualondë —Elfosdel Mar, el tercer grupo élfico que había llegado a Valinor después de los Noldor tiempo atrás— para que les prestaran sus barcos y se fueran con ellos de Aman. Pero no puede convencerlos, y en su negra furia, pensando que podían retrasarle en su camino, intenta apoderarse de sus barcos por la fuerza. Los Teleri se resisten y entonces comienza la Matanza de Hermanos. Los Noldor matan vilmente a los Teleri en una cruel batalla y luego se apoderan de sus hermosos barcos. Era la primera vez que se derramaba sangre entre hermanos en Valinor. Ese fue el quinto error o hamartía de Fëanor, y con toda seguridad, el peor de todos. Su hybris le lleva a cometer la acción más horrenda que un elfo podía llevar a cabo en Arda: verter la sangre inocente de sus hermanos en la tierra sagrada de los Valar, como una especie de Caín élfico que habría asesinado a sangre fría a su hermano Abel. Ahora esa sangre clamaba contra él y los suyos, ya que habían manchado la tierra de Valinor.

No tarda en llegar el castigo. El mar se agita y hunde muchos barcos, ahogando a los Noldor que los ocupaban, pero cuando la flota llega a los confines septentrionales de Valinor, una figura oscura de pie sobre una roca, un mensajero de los Valar o un Valar mismo —¿Mandos,quizás?— les ordena que se detengan y escuchen lo que tenía que decirles. Entonces una maldición cae sobre ellos: se la llamó con posterioridad la maldición de Mandos y el Hado de los Noldor. Terribles fueron las palabras.

 

Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercarán Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas. Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo. El juramento los impulsará, pero también los traicionará, y aun llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traición del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.

   Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä, y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros. Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven. Los Valar han hablado. (ES p. 115-116).

 

 

El relato continúa diciendo que Fëanor endurece su corazón y pronostica que sus hazañas serían tema de muchas canciones en Arda. Cuando le llevan este mensaje a Manwë, el Vala dice que así será, en efecto, pero que dichas canciones se pagarían caras. La sangre exigiría sangre a su vez. El destino de Fëanor está a punto de cumplirse, arrojándolo a su ruina. Después de que Manwë dijera aquellas palabras Mandos también habla y pronostica que Fëanor no tardaría mucho tiempo en comparecer ante él.

Fëanor se percata de que las huestes de los Noldor son demasiado numerosas como para que todos tengan un sitio en los barcos, así que en la oscuridad de la noche se apodera de los barcos de los Teleri y se embarca en ellos solo con sus seguidores, con los que le son fieles a él entre los Noldor, dejando atrás a los grupos de su medio hermano Fingolfin. Un sexto error trágico o hamartía: la traición a su propia gente. Fëanor es el primero en pisar las costas de la Tierra Media, y una vez desembarcados, su hijo mayor Maedhros pregunta quiénes irán a buscar a sus parientes, a la gente de Fingolfin. La respuesta de su padre es terrible.

 

¡Ningún barco y ningún remero! Lo que he dejado atrás no lo considero una pérdida; ha sido una carga innecesaria en el camino. ¡Que quienes han maldecido mi nombre lo maldigan aún, y que sus plañidos les abran el camino de vuelta a las jaulas de los Valar! ¡Que se quemen las naves! (ES p. 118).

 

 

Y así ardieron las hermosas y blancas naves de los Teleri y se consumó la traición. Fingolfin y los suyos ven la luz de las llamas desde lejos y se dan cuenta de que han sido traicionados. Negándose a volver atrás, se internan en el norte, una tierra fría dominada por montañas de hielo y, después de muchas penurias y la pérdida de mucha gente, llegan a la Tierra Media.

El espíritu de fuego que habita en Fëanor no tardará en consumirle. Al oír que los Noldor habían llegado a la Tierra Media con un ejército desde el oeste, Morgoth envió sus huestes de orcos para que los expulsaran hacia el mar. Se libra entonces una feroz batalla de diez días, en la que casi todos los orcos son destruidos, y Fëanor, llevado por su cólera, persigue al resto de fugitivos hasta Angband, la temible fortaleza de Morgoth.

 

Porque Fëanor, arrastrado por la furia, no quiso detenerse, y se precipitó detrás del resto de los orcos, pensando así llegar hasta el mismo Morgoth; y rió fuerte mientras esgrimía la espada, contento por haber desafiado la cólera de los Valar y los males del camino y por ver llegada al fin la hora de la venganza. Nada sabía de Angband ni de la gran fuerza defensiva que tan de prisa había preparado Morgoth; pero aún cuando lo hubiera sabido, no habría cambiado de planes, pues estaba predestinado, consumido por la llama de su propia cólera. (ES p. 143).

 

 

Este es su séptimo y último error trágico o hamartía, que resulta fatal y que cierra el círculo. El siete. Un número perfecto desde una perspectiva bíblica. Fëanor se adelanta demasiado y lo acorralan con unos pocos seguidores, y de los portales de Angband salen unos Balrogs, poderosos demonios de fuego, espíritus primigenios corrompidos por Melkor al principio de los tiempos, con una espantosa forma de hombres, de gran estatura, y que blanden mortíferos látigos de fuego. Estos temibles seres se unen al ataque. Después de una dura lucha y rodeado por el fuego, nuestro héroe élfico y rey de los Noldor cae abatido por la mano de Gothmog, señor de los Balrogs, que lo derriba por tierra. En ese momento sus hijos lo rescatan, pero es demasiado tarde. A mitad de camino del campamento de los Noldor, Fëanor ordena a sus hijos que se detengan. El héroe sabe que va a morir.

 

Y desde las laderas de Ered Wethrin, contemplando por última vez las cumbres lejanas de Thangorodrim, las más poderosas de las torres de la Tierra Media, supo con la presciencia de la muerte que jamás poder alguno de los Noldor podría derribarla; pero maldijo tres veces el nombre de Morgoth y encomendó a sus hijos atenerse al juramento y vengar la muerte del padre. Entonces murió; pero no tuvo entierro ni sepulcro, pues tan fogoso era su espíritu que al precipitarse fuera dejó el cuerpo reducido a cenizas, que se desvanecieron como humo; pero nunca reapareció en Arda, ni abandonó las Estancias de Mandos. Así acabó el más poderoso de los Noldor, por cuyas hazañas obtuvieron a la vez la más alta fama y la más pesada aflicción. (ES p. 144).

 

 

Así terminó sus días Fëanor, consumido por la ira de su fuego interior. Con anterioridad los Valar, reunidos en el Anillo del Juicio, no habían lamentado más la muerte de los Árboles que la hybris que lo llevara a cometer sus errores más horribles. Así cayó el ser más dotado de entre todos los hijos de Ilúvatar.

 

Porque Fëanor, entre todos los Hijos de Ilúvatar, era el más poderoso, en cuerpo y mente, en valor, resistencia, belleza, comprensión, habilidad, fuerza y sutileza, y una llama resplandeciente ardía en él. Sólo Manwë alcanzaba a concebir en alguna medida las obras maravillosas que para gloria de Arda podría haber llevado a cabo en otras circunstancias. (ES p. 130).

 

 

Siete fueron los errores que la hybris de Fëanor le llevó a cometer. Su primera hamartía o error, que no es otro que el deseo codicioso que siente por los Silmarils, lo convierte en un ser mezquino y egoísta que guarda las joyas en sus cámaras secretas y priva a otros de contemplar la maravillosa luz que no era solo creación suya. Con su segunda hamartía, Fëanor rompe la paz edénica de Valinor, hablando en contra de los dioses y desenvainando la espada contra su medio hermano Fingolfin, influido por las mentiras de Melkor, error que pagaría con el destierro. Aquí podría hablarse incluso de áte, la ceguera irreflexiva que los dioses enviaban en las tragedias de los clásicos griegos a aquellos héroes a los que deseaban su perdición.

La tercera hamartía la comete Fëanor negándose a abrir sus joyas para resucitar a los Árboles y devolver la luz al mundo. Es cierto que este error trágico, exento de malicia y teniendo en cuenta las oscuras y extremas circunstancias del momento y las consabidas peculiaridades de su carácter, era inevitable que lo cometiera. Acto seguido, le comunican la noticia de la muerte de su padre y el robo de los Silmarils, y aquí es donde se produce el punto de inflexión. Si Fëanor no se hubiera negado a entregar los Silmarils a los Valar, probablemente no se hubiera atrevido a hacer lo que acometió después; y que lo llevó en su enajenada conducta —áteotra vez— a cometer la cuarta hamartía: incitar a los Noldor a abandonar la beatitud de Aman y pronunciar después un terrible juramento que prácticamente lo condenaba a él y a sus descendientes por toda la eternidad. El héroe sigue encadenando un desastre tras otro, apurando la llama de su propia destrucción y la de aquellos que le rodean. Su quinta hamartía o error es la matanza de Hermanos en Alqualondë. En este caso sí que se trata de una hamartía que acarrea la caída del héroe trágico. Su conducta ha excedido ya todos los límites de su propia condición, como lo demuestra el hecho de que Manwë agacha la cabeza y llora al oír las respuestas de Fëanor que le traen los heraldos después de la Matanza de los Hermanos. Siguiendo una analogía bíblica, aquí podríamos hablar de pecado contra el Espíritu Santo, contra el cual ya no hay redención posible, y a esta matanza entre Elfos le sigue la Maldición de Mandos.

Su sexta hamartía —eneste error trágico también hay malicia deliberada por parte de Fëanor— consiste en abandonar a gran parte de los suyos, es decir, a aquellos Noldor liderados por su medio hermano Fingolfin, y su séptima y última hamartía lo lleva a precipitarse en una batalla terrible lejos de su gente, en la que encuentra la muerte en forma prematura. Muere como un héroe en la Tierra Media, pero muere al fin y al cabo, y su espíritu irá a parar a las estancias de Mandos, donde se consumirá sombrío pensando en sus pasadas acciones, no sabemos si arrepentido por haberlas cometido, y probablemente anhelando en vano una reencarnación en el mundo físico que no le llegará hasta el final de los tiempos.

En verdad Fëanor ha roto todos los vínculos posibles: ha desafiado a los dioses, ha derramado la sangre inocente de sus primos los Teleri de Alqualondë, y ha traicionado a su hermano y a la gente que estaba con él. Como decíamos en páginas anteriores su comportamiento no difiere mucho del de Melkor, el Vala rebelde. Actúa como él, consumido por su fuego interior, por la hybris que ha guiado todos sus pasos desde el comienzo de su rebelión particular contra los Valar. El círculo se ha cerrado y su destino lo ha precipitado en el abismo.

Y sin embargo parece haber una redención para Fëanor, a pesar de su orgullo desmesurado y sus acciones impías, una redención que no anula ni contradice el espíritu trágico de su figura. En la página 87 del Silmarillion, Tolkien dice que «no hasta el Fin, cuando regrese Fëanor, que pereció antes de que el Sol apareciese, y se sienta ahora en las Estancias de Espera y no vuelve entre los suyos; no hasta que el Sol transcurra y caiga la Luna, se conocerá la sustancia de que fueron hechos» . Aquí el profesor nos está hablando de los Silmarils, la mayor obra de Fëanor, y la que en un principio causó su perdición, y nos abre una nueva posibilidad de salvación para el héroe élfico. En escritos posteriores, Tolkien habla de una batalla final, una especie de Ragnarök que consumirá el mundo —yal Sol y a la Luna con él— y que después tendrá lugar la configuración del nuevo mundo, en la que Fëanor entregará sus joyas a los Valar para que con la luz que habita en ellas se pueda resucitar a los Árboles y vuelva de nuevo la luz original y primigenia a Arda, el mundo físico. Sus trágicos errores lo mantienen sentado en las Estancias de Espera de Mandos, sin posibilidad de reencarnarse en un nuevo cuerpo y volver entre los suyos, pero una nueva luz se abre en un futuro lejano para el héroe Noldor, una esperanza que, como la luz que habita dentro de los Silmarils que creó con enorme maestría y grandes trabajos, volverá a iluminar el mundo con la resurrección de los Árboles.

 

 

Francisco José Blanco Torres nació en La Coruña (España) en el año 1974. Su carrera literaria comenzó en el año 2006, cuando le publicaron en la editorial Atlantis la novela “Lobos del Brezal”. En el 2007 la misma editorial publicó su relato corto “Banshee”. También ha sido colaborador asiduo de la revista digital “Aurora Bitzine”, donde le han publicado por entregas mensuales las novelas “Emain Macha” e “Ítaca”. Ha participado con cinco poemas durante los años 2008-2012 en el proyecto “Gira Poema”, una idea concebida por la página web “Letras Kiltras”. Actualmente colabora con la revista literaria chilena “Cinosargo” y también con la revista literaria española “Almiar”, donde le han publicado varios poemas, ensayos y relatos.

Este ensayo es su presentación en Axxón.


Axxón 253 – abril de 2014

Artículo de autor europeo (Artículo : Literatura : Mitología : España : Español).


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