COMER CON EL PICO Y BATIR LAS ALAS HASTA QUE HAYA MAQUINAS EN EL CIELO

Carlos Suchowolski

Argentina

¿Braulifemo?

Lo conocí el mismo día del accidente. De modo que todo fue muy rápido y no me dio tiempo de hacer turismo. Parte de la máquina había quedado empotrada en la roca, como sucedió con la de... ¡Bah!, ya no recuerdo el nombre del personaje. Aunque él pudo continuar a través del tiempo hasta que la roca fue erosionada por completo y en mi caso la máquina se estropeó. Por suerte la portezuela había quedado libre y pude sobrevivir. ¿Suerte? A veces pienso, cuando pienso, que hubiera sido mejor no despertar de ese viaje. Pronto descubrí que la situación era grave, aunque de entrada no imaginé hasta qué punto. Al observar el panorama, pensé que entre mi tiempo y ese al que había llegado se había producido otra guerra, como en esa novela de... ¿Wells? "En mil años", me dije, "los hombres habrán tenido tiempo de destruir mil veces la Tierra." ¡Eso me dije!; no se me ocurrió pensar que también se había producido un desplazamiento en el espacio, y que me encontraba a más de mil kilómetros al Este de mi casa. "¿Uno por cada año o muchos más hacia el Oeste, después de algunas vueltas? ¿En espiral, quizá?", me pregunté cuando lo supe, mientras todavía confiaba en que regresaría pronto, en que podría reparar la máquina de algún modo... mientras Braulifemo me invitaba a entrar a su choza en una lengua que se parecía bastante al italiano.

El lugar del accidente era un sitio rocoso y desolado en el linde de un bosque. Al principio no atiné a alejarme por temor a extraviarme y lo primero que hice fue intentar desempotrar la máquina sin conseguirlo. De pronto vi pasar a un caballero, increíble, sí, con armadura y yelmo y lanza y todo eso que había visto en películas, libros y museos, e instintivamente opté por esconderme. "¿Cómo es posible?", me dije mientras se alejaba, "¡Sólo faltaría que ahora apareciese un Dragón!" Traté incluso de tranquilizarme pensando que por ahí se estaría filmando, sí, todavía, una película histórica. No obstante la inquietud comenzaba a perturbarme y en lugar de correr tras el caballero me introduje otra vez en la máquina para comprobar el registro que yo mismo había hecho antes de ponerla en marcha. ¡Maldición: había introducido un signo menos delante de la cifra! ¡Estaba en el siglo IX y con la máquina del tiempo inutilizada!


Ahí está su fantasma: todavía lo veo por las noches removiendo el brebaje que ha puesto a cocer en la marmita. Encontré su casucha en el centro del bosque, en el que al final decidí internarme marcando con piedrecitas blancas, como hubiera hecho Hanzel, el camino que hacía; todavía guardaba la esperanza de poner la máquina en condiciones, de poder volver, en un instante, a mi tiempo. O al futuro, y luego seguir viajando, no estaba seguro... "Es para ti", parece decirme todavía en aquel enredado dialecto del Piamonte que usaba: "No se me ocurre otro remedio."

"¿Y si el viejo está loco?", me dije, "Quizá fuera mejor que me facilitara las herramientas; regresaría hasta el sitio donde quedó la máquina e intentaría de nuevo..." Pero, supongo, la idea en sí debió de tentarme, maldita sea. Reconozco haberme imaginado poseedor de los secretos de ese mundo mágico; sin creer del todo en él anhelaba el milagro. ¿Qué alternativa más real podría encontrar en la Edad Media? El viejo podía estar loco, pero qué perdía con probar...

Sí, la promesa me atrajo. Mi vieja aspiración de ser inmortal perduraba todavía. Dormía quizá bajo la razón científica, pero aquel accidente lamentable la había despertado tan fresca como en sus orígenes. En cierto modo todo me parecía un sueño. Me sentí Peter Pan o algún otro de esos personajes de las películas fantásticas de la infancia de mis padres: Braulifemo podía ser el Mago de Oz, o Merlín... ¡Oh!, ahí, en la olla requemada por el fuego de leña, ese deseo fantástico fue tomando forma más de mil años antes de haberlo concebido y, al mismo tiempo, parecía ser el único camino capaz de devolverme a mi tiempo. Al menos eso era lo que había asegurado el hechicero: "Gracias a la poción, podrás volver a la época de la que dices provenir, una lejana época con la que habrás de reencontrarte al cabo de mil años. Eso sí, tendrás que vivirlos uno a uno al ritmo de cualquier mortal... aunque ya no volverás a serlo nunca porque ya nunca más la muerte podrá arrebatarte la vida."

¿Inmortal, señor? ¿Lo dice en serio?

Braulifemo asiente por enésima vez, sueño tras sueño. "No se me ocurre nada mejor que pueda ayudarte", insistía mientras bizqueaba perplejo bajo la roña y los largos pelos desgreñados, "No tengo otra solución. En esta época, deberías saberlo viniendo del futuro, no hay máquinas como la que te trajo hasta aquí ni medios para repararla." Ahí en lo alto sigue hablando como para sí mismo, repitiéndose, como haría cualquier otro viejo, mientras revuelve el caldo; magullando frases incompletas acerca de las ruedas de madera y las poleas rudimentarias, las catapultas y las torres de asalto y las ballestas. "En fin, hijito, sólo viviendo eternamente podrás volver a tu tiempo." "¿Sigues dispuesto?", añadió tras un lapso, con aprehensión, sin poder evitar que se le notase el temor de perder el "voluntario" que el azar había puesto en su camino.

¿Braulifemo? Ahí sigue, su silueta brillando a la luz de la luna, lo sé, si me asomo lo veré, allá arriba, inalcanzable...

Yo dejé la pregunta sin respuesta. El vapor saliendo de la olla, o la bruma atravesada por la luz de la luna, o el sopor del sueño con el que despierto, vaya a saber desde cuándo, todas las noches, poco antes del alba, deforma el tic que se ha apoderado de los párpados de Braulifemo. La idea era demasiado atractiva, tanto que los demás pensamientos posibles dejaron de formarse en mi mente para dejar sitio a la ilimitada reproducción de lo imaginario. La máquina del tiempo había sustituido, en mi adolescencia, a la fantasía infantil. La viabilidad de la técnica iba a realizar mi sueño de niño de conocer el futuro. No obstante, la ciencia me había traicionado con la más simple de las operaciones matemáticas; un mero cambio de signo había bastado para enviarme en la dirección opuesta, es decir al pasado, y en este pasado, ignorante, desalentador, resultaba ser ella, la técnica, la que perdía materia mientras la fantasía remota era quien adquiría cuerpo real. "De cualquier modo es un hechicero", advirtió Braulifemo, "y no tengo la certeza que todo salga bien. Aunque, por lo que te ha pasado, veo que mis colegas del futuro tampoco son infalibles..." "Es verdad", respondí convencido, "Es un riesgo que estoy dispuesto a correr..." "Me refiero a que no puedo prever qué otras consecuencias pueden llegar a derivarse... qué otras fuerzas adversas pueden cruzársete en un momento o en otro...", continuaba entretanto el hechicero. "Ese grajo, ese de ahí, tiene veinte años aunque aparente tres. Hasta ahora fue mi mejor trabajo. Ya ves, no parece haberle causado daño alguno... ¿Sigues sin echarte atrás, verdad...?"

¿Braulifemo? ¿Dónde estaban tus demás "trabajos" en aquel instante?

El ronroneo del viento de montaña araña sin cesar la boca de la cueva. La noche se abre ahí sobre un valle especialmente activo: criaturas tenebrosas o repugnantes caen unas sobre las otras o acechan a la defensiva.

¿Braulifemo?

No responde.

¿Braulifemo? ¿Dónde estás ahora?

¿Braulifemo? ¿Cómo no sospeché que no lo emplearas contigo?

¡Ja!, cuando me llevaba el tazón a los labios, pensé sólo en la eternidad. ¡Eterno!; era de no creer. Me lo bebí todo de un trago. Pero no noté nada. "¿No tendría que sentir algo, Braulifemo? ¿Estas cosas terminan siendo así?" El hechicero se encogió de hombros sin responderme. Me observaba en silencio, con profunda atención. "¿Y cómo sabré que no espero en vano?" Quizá lo dijo para tranquilizarme: "Tarde o temprano se nota el paso del tiempo. Yo debí esperar mucho hasta comprobar que el grajo envejecía... y que invierno tras invierno seguía vivo..."

Era tarde y nos acostamos, pero no pude conciliar el sueño. Durante la noche me levanté seis veces y las seis veces rondé el caldero. Al final, las tres últimas llené el tazón con el caldo frío, me lo bebí entero y esperé en vano algún efecto notable. Pero no sentí nada. El sueño me venció de improviso. Al despertar, tal vez la mañana siguiente, el hechicero no estaba. Más tarde, ese mismo día, por primera vez desde que había dejado mi casa, allá lejos, en el futuro, me contemplé en un espejo para ver qué era lo que me producía tanto picor en la cara, pero la calidad de la imagen era tan mala que no la consideré. Entonces busqué un estanque cercano y traté de observarme en el agua pero ahí vi cómo, desde el agua, me miraba un ser que no era yo y que al mismo tiempo debía serlo. ¡Eras tú, monstruo del diablo; a ti vi en el reflejo, tú me mirabas, tú me mirabas desde el agua con mis ojos aterrados!

¡Oh, basta, ya no puedo seguir soportándolo! ¡Vamos, despierta de una vez! ¡Despierta, maldita sea! Tu, yo, ¿qué más da eso? ¿Qué más da Braulifemo? ¡Sí, era yo, y tú eras yo!, y lograste que yo sintiera tu miedo del mismo modo que lo consigues al despertarme angustiado noche tras noche. ¿Cuándo callarás para siempre? ¡Ah, todavía lo recuerdo! Comprendiste que llevabas la eternidad a cuestas, eternamente a cuestas... Braulifemo lo descubrió antes que tú, mientras dormías, y debió huir despavorido. No puedes juzgarlo mal por eso. Claro, tú hubieras deseado poder hacer lo mismo, lo sé, pero no pudiste ni puedes como no puedo yo separarme de tu lado, ¡ya quisiera! Olvida pues al hechicero. No volverá. No responderá. No hará nada por nosotros. Ahora... es probable incluso que haya muerto. Hubiera debido llevarse consigo al pobre grajo, que así habría vivido, como tú, eternamente. Tu primer bocado crudo, ¿lo recuerdas? ¡Ja!, no ocultes el rostro, no sientas asco por tan poca cosa... ese era el camino de la supervivencia.

¡Oh, cállate de una vez! A veces lamento que no seamos como las demás criaturas del valle. Ellas no piensan ni sufren ni se inmutan en lo más mínimo cuando matan para sobrevivir. No recuerdan sus pesadillas, no saben qué sucedió hace un siglo ni qué acontecerá dentro de un milenio. En todo eso se diferencian de mí: yo sueño, pienso, recuerdo, preveo, a mí me cuesta soportar mi condición, vivo y cazo de día, padezco de insomnio por las noches o duermo entre pesadillas y los días se presentan como malos ensueños. A esas criaturas jamás las llamaría yo Segismundo... o Samsa... En cuanto a mí, a veces creo que uno de esos podría haber sido mi nombre más adecuado. Claro que pudo tocarme peor suerte. Pudo tocarme cazar de noche, entre esas criaturas. Y dormir de día. Quizá cabeza abajo, colgando del techo de alguna cueva. O dentro de un ataúd, como Drácula. ¿Drácula? ¿Samsa? ¿Segismundo? ¿De dónde salen esos... personajes, a qué mundo pertenecen? La única explicación convincente...

¿Ah, sí? ¿Eso crees?

¡Es absolutamente convincente!: un ser humano del siglo XX pensaría y repensaría del mismo modo cada una de las cosas que tuviera que soportar día tras día en un lugar y en un tiempo para él insoportables. No se resignaría en absoluto a un mundo inhóspito al que hubiera ido a parar, aún cuando hubiese nacido en él, y, sin duda, buscaría acomodarlo a sí mismo, tornarlo más familiar, otorgando a las circunstancias que soporta los nombres y los símbolos de los que nunca deseó separarse...

¿"Nunca"? ¿Qué significa para nosotros "nunca"?

¡Silencio, maldita arpía, no me provoques! El muchacho del siglo XX que se perdió en el pasado vuelve a mí como la imagen en un espejo. Ella me devuelve el origen y el destino arrebatados. No concibo que un ser del siglo XI, por más imaginativo que fuese, pudiera elaborar, como yo, reflexiones como las mías ni contar mi historia. Ni creo posible que la locura sea capaz de originar "delirios" tan fantásticos como verosímiles. ¿El... Quijote? ¡Vamos, una cosa es vestir de gigantes mitológicos a los molinos de viento de La Mancha y otra muy distinta es La Máquina del Tiempo! Y bien, puesto que no soy un monstruo de este siglo, ¿hará realmente cien, ciento treinta, doscientos años, que dejé de ser aquel muchacho que, error tras error, bebió cuatro tazones de la poción de Braulifemo? ¿Hará, es posible, más de un siglo desde que salté hacia atrás, por sobre un milenio, desde una época en la que creí estar a punto de conquistar el futuro, la eternidad, el infinito? ¿Y, puede ser, que ese milenio al que hasta ahora no he llegado, acabe por llegar de todos modos, que esa meta ansiada no se haya esfumado como las ensoñaciones sino que siga ahí, firme, delante mío, y que sólo se haya producido un mero cambio de velocidad y de sistema, que sólo haya un pequeño retraso y una larga y penosa condena, condena que precisamente ocurre porque lo impone la meta, la incluye, la implica, irremediablemente? ¿Lenta y penosamente... quizá incluso sin fin... como la misión de Prometeo?

¡Ja, jcua, cuark...!

Los ojos de rapaz diurna se acostumbran al fin a la penumbra habitual de la cueva. La luz de la Luna devela la rugosidad del techo y de las paredes. Todo esto también, ahora, me resulta familiar, aunque, al mismo tiempo, extraño. El olfato reacciona. ¿Cómo es posible que aguante, a veces casi sin percibirlo, ese olor a carroña abandonada y a heces que inunda mi refugio y que otras me sienta todavía humano? Un estremecimiento me sacude. Retrocedo hasta parapetarme junto a la salida. El aire fresco de la noche que sopla entre las cumbres más rápido que el tiempo me distrae. Aprieto mis rodillas con fuerza contra el pecho y miro al exterior y hacia atrás, intentando escalar en la memoria en dirección a la cima de la que me he despeñado. No es la primera vez que, como ahora al despertar, paso revista a los fantasmas de mi mente. No sé si los recuerdo todos, no sé cuántas veces me ha sucedido antes ni con qué frecuencia. (¿Debería dejar de hacerlo?) Se me presentan entremezclados, y no puedo distinguir los unos de los otros. (¡Déjalos pues!). Mis recuerdos, lo que podría calificar de recuerdos entre todos ellos, incluyendo los que me remiten a instantes anteriores en los cuales ellos mismos se habrían presentado, lo que podría con convicción interior llamar recuerdos, son imperfectos. A veces, ya no sé qué veces, ahora por ejemplo, tengo la sensación de que deliro. (¡Déjalos ya!). Cuando miro hacia atrás, cuando, habiendo despertado como ahora en mitad de la noche, busco y rebusco en el pasado y junto y recolecto todo lo que puedo abarcar como recuerdos, obtengo una colección de sucesos contradictorios a primera vista. Tan sólo a primera vista. Los ordeno con una rapidez asombrosa, casi de inmediato: ya los tengo. (No debo detenerme...) Y ya no parecen contradecirse ni contraponerse. Es un fenómeno que incluso soy capaz de comprender, que comprendo. La convicción de que provengo del futuro es la argamasa de todas mis reconstrucciones y de mi resistencia. (¿Para qué?, ¡detente!, ¡esa "seguridad" sólo acabará por matarnos!) Sin embargo, se me presenta un problema, también de un modo repentino: el tiempo. Ah, sí: toda la colección parece no exceder los veinte años fuera de los cuales todo pertenece a otra época, a otra vida... diría que a la vida de otro... una vida que viene a visitarme cada tanto escondida entre las bambalinas de mis pesadillas. El pasado se me presenta, todo él, como parte del mismo sueño. Sueño y pesadilla. Lo sé, no puedo fiarme de mis recuerdos, lo sé. (¡Déjalos, entonces!) Sé que ha pasado mucho más. He llevado la cuenta, precisamente, para evitar que las sensaciones pudieran engañarme. En una pared. En algo sólido. Mediante hendiduras. Marcas indelebles. Quizá el tiempo transcurrido me resulte excesivamente breve debido a que mi memoria está plagada de olvidos, o de rutinas y rituales que, de tan practicados, no cuenten más de una o dos veces para la conciencia. Creo que el tiempo que ha pasado ha ido más deprisa que el que está pasando ahora mismo, diez o veinte veces más rápido de lo que avanza cada día, cada hora, cada minuto de vigilia. Que corre durante el sueño, a través de las pesadillas que me llevan a otros instantes, pasados o por venir. El mismo tiempo que viví durante veintipico años en "el presente" y que continúa "ahora" en "el pasado" y que cada vez siento que transcurre más lentamente, sin el menor apuro, ignorando por completo mis necesidades, mi impaciencia, el agotamiento de mi resistencia. Hasta el amanecer se demora como adrede. Las criaturas de la noche no son capaces como yo de desear desesperadamente algo. (¡Yo deseo desesperadamente que calles!) ¡Oh, hasta la Bestia me da la razón con sus reclamos! Para las demás, para los que sólo son meros y simples animales, y en ese sentido menos monstruosos que yo, cualquiera de ellos, quizás el amanecer llegue demasiado rápido; no lo desean ni lo rechazan; durante la oscuridad no saben que vendrá a ahuyentar a unos y a despertar a otros. Los hechos ante los que no los prepara el instinto los toman desprevenidos, los aturden y paralizan, y los que se repiten no les deparan sorpresas. Yo puedo ver desde aquí, antes que todos ellos, cómo el sol va subiendo poco a poco las montañas opuestas por la ladera oculta y se eleva sobre su mundo plano. Hasta aquí, privilegio de los insomnes que despiertan en las alturas y de las rapaces diurnas que se desperezan al filo del alba... Pero aún hay más: yo soy capaz de imaginarlo antes, mientras aún todo está oscuro. ¿Debo agradecer la superioridad que me concede el ser humano del que provengo, el humano que existe todavía en la base de mi propia existencia? (¡Arg!) Porque sigo siendo un hombre, todavía un hombre; sí: sueño, pienso, recuerdo, preveo; aunque me cueste distinguir cuándo hago una cosa o la otra. En medio de mi confusión, me siento mísero (como... ¿Samsa...?, como... ¿Segismundo...?), y otras veces, horrorizado al descubrirme, cada mañana, transformado en un monstruo único en el Universo (¿como... Segismundo?, ¿como... Samsa...?) Hay momentos en los que querría olvidar del todo (Sería lo mejor); cualquier cosa con tal que desaparecieran la mitad de los fantasmas que me acosan. Pero no puedo, las fuerzas puramente humanas no me permiten olvidar...

Sí, han debido pasar más de ciento treinta años desde que estoy aquí, digamos, entre el Norte y el Sur, migrando al Sur con la llegada del invierno. Aunque hubo una vez, antes, un castillo; pienso que no fue sólo un sueño... Ahí yo, mitad hombre y mitad pájaro, me veía de cuerpo entero y cada día me horrorizaba. Prefería las noches, pero no dormía. Contaba las marcas que había hecho en una pared en ruinas junto a la cual crecía sólo un mustio lirio. Contaba las marcas y controlaba el lirio esperando que volviera a florecer, porque con su primera flor sabría que un nuevo año habría pasado y que podría hacer una nueva marca en el muro. Eran mi reloj y mi calendario. No cabía otra esperanza. Nunca recibí ni recibiría la visita de una mujer joven y hermosa dispuesta a desencantarme. (Nunca hemos conocido nada superior a las gacelas que luego nos han servido de alimento.) ¿Serán el castillo, el príncipe, y hasta el muro, puras patrañas cuyo origen se encuentra en mi vieja memoria, la misma de la que salen Samsa, Drácula, incluso... Braulifemo? ¿En mi memoria de, digamos, más de ciento treinta años atrás y que volverá a ser mía dentro de... novecientos? No, no puedo fiarme de los recuerdos. No, no hay cuenta posible de los años. ¿A ti, Bestia, qué puede importarte? Pero para mí todavía es esencial. En realidad no sé por qué tengo estas dudas. No sé cómo ni por qué se producen, tan inútiles, si a instancias de los sueños, de fantasías o de premoniciones, del delirio del que padezco o de pensamientos ajenos que me invaden con fines que no soy capaz de discernir. En momentos como estos la confusión me agobia. Las ciento treinta marcas que creía haber contado en un castillo en ruinas, hace ya mucho tiempo (¿hará, quizás, otros ciento treinta años; más tal vez?; ¿hará otra vida; la de otro?), siento, de improviso, haberlas contado anoche, en la oscuridad de la caverna. Pero aún cuando todo esto no fuese sino una proyección oscura de mi mente, y en total mi condición actual datase de poco más de un solo siglo, ello me resulta increíble. ¡No quiero comprobarlo!; las marcas deben estar todavía en la pared, en el fondo de la cueva. (¡Ve, ve a mirar, ve ahí y comprueba cómo ahí no hay nada!) En cualquier caso, sé que estoy en la montaña y que la Cruz de Sur brilla en el cielo. Poco y nada me dirán las marcas, aunque volviera a sumar todas las hendiduras de la roca. Se me ocurre incluso que podrían tener un efecto opuesto y confundirme, que es posible que cada una no represente un año. Porque, ¿cómo asegurar que la memoria fallida no me haya llevado alguna vez a repetirlas, o que el lirio no haya dado flores alguna primavera y ante la duda...? Ahora mismo no tengo la certeza de haber hecho la que correspondía a esta nueva temporada que comienzo en el Sur. Para asegurarme su registro, cosa que necesito compulsivamente, estaría dispuesto a volverla a hacer... Y así, ¿cuántas veces? Contar el tiempo con precisión es mi único aliciente. Necesito saber cuánto falta para que termine mi condena. Desesperado, salgo de la caverna y miro con ahínco a la distancia, hacia el cielo despejado del que se están comenzando a escapar las estrellas. Tengo un buen registro en el cielo, y me tranquiliza el recordarlo. Aún no hay máquinas en el cielo, lo que significa que falta, que falta mucho tiempo todavía; y llamar novecientos, ochocientos u ochocientos setenta años, un milenio a ese tiempo no es, en cualquier caso, algo impropio. Debo pues ser paciente: me queda una larga espera de ocho o nueve siglos; eso es todo... De repente, allá en la cima de uno de los picos nevados, un rayo de luz de luna me muestra el sombrero puntiagudo del hechicero Braulifemo. Ahí está, como ya suponía, allá arriba, removiendo aún el líquido que se cuece en la marmita negra sobre la montaña de roca viva. Paralizado por la imagen trato de delinear la pesadilla en medio de la cual he despertado. Ah, esto me resulta familiar...

¿Braulifemo? El hechizado despierta en un castillo y llama infructuosamente al hechicero a quien debe su condena. El oído agudo le advierte de ruidos inusuales acercándose a sus dominios, hasta esa noche inexistentes. Corre atemorizado hacia la ventana y escruta la oscuridad que se extiende impía como la abrazadera de un instrumento de tortura alrededor de su cuello. ¿Una pesadilla? De la noche cerrada salen decenas de antorchas y la brisa trae hasta sus oídos el murmullo de voces agitadas y hasta sus narices el olor de la estopa quemada. La multitud se detiene. El terco silencio del castillo al que por primera vez se acercan los contiene. Dentro, ahí mismo, está la Bestia de la que todos hablan, y el poder desconocido parece estar a la vista en la silueta oscura de las almenas y las bocas desdentadas de puertas y ventanas en ruinas. La respiración se hace difícil dentro y fuera. Gesticulan, vacilan, los primeros son literalmente empujados hacia adelante. No han tardado demasiado en descubrirme, se dice la Bestia, y la inquietud crece en ella. No piensa en qué hará para salir indemne, el instinto se encargará de todo y ahora se orienta poco a poco por el mejor de los atajos: espera que las circunstancias le señalen el pasadizo óptimo por el que se dejará llevar ciega y certeramente. Hacía tiempo que la fuerza del instinto lo invitaba a volar hacia el Sur, como a las demás aves; y esa noche fría de invierno en la que irrumpe el terror el instinto se afirma. Las antorchas se alzan. En un ataque de miedo la Bestia trastabilla y cae. ¡Ahí!, ¡ahí!, vocifera la masa al escuchar el golpe. El pasadizo se abre hacia la parte posterior del castillo. Aún es posible, se dice, y ya está corriendo, escapando del hombre, del invierno, a través del bosque espeso y afilado. En lo alto del primer cerro al que llega jadeante y malherido se vuelve una sola vez y mira: el castillo arde, arde, arde...

Una chispa naranja, amarilla y roja brota en el borde del pico negro y abre en el cielo un abanico rosado. El incendio del castillo se apaga momentáneamente en mi mente. ¿He sido yo alguna vez ese monstruo perseguido y expulsado? ¿Dónde quedó el castillo y hace cuánto? A veces creo que invento esas historias. El sombrero puntiagudo de Braulifemo deja sitio a la roca negra de la montaña. Al fin el día, me digo. Fuera ya los fantasmas de la noche, las pesadillas, los recuerdos... Tengo hambre, el hambre de la Bestia.

No obstante, no salgo de la cueva. Noto detrás de mí una presencia temblorosa y me vuelvo. Un gran pájaro que despliega su sombra a mis pies me retiene con su propia parálisis. Presa de su miedo, veo otra vez las antorchas y el fuego, los palos y las piedras. Con un ademán brusco trato de apartar la sombra alada. "¡Para ti ha sucedido, Bestia horrible, para mí es una pesadilla!", grito, y corro hacia el precipicio. Pero la sombra reacciona con premura y alcanza a retenerme agarrándome por la espalda. Con una voz melosa acaricia mi mente: "Está bien, está bien... lo mejor será olvidarlo todo. Mira, amanece", continúa, "el valle despierta; pronto saciaremos el hambre." ¡Maldita!, pienso, ¡Sería preferible morir a seguir soportándote, con todo el tiempo que falta! Tú también deberías desearlo, porque debe ser... "Es terrible", replica con pensamientos humanos, "es verdad, aguantarte; sigues siendo un hombre, como no te cansas de repetirte cada día, un hombre a pesar de todo: piensas, recuerdas, prevés... y me asustas con tus viejas historias." De otro modo, idiota, ¿cómo podrías reprochármelo ahora? ¿Sabes?, pudo tocarnos peor suerte. "Sí, ya lo dijiste antes, te escuchaba, ser murciélago o Drácula, siento no haber tenido ánimos para festejar la broma. Quizá, si el señor lo permite, después del desayuno..." ¿Quieres que olvide, que no piense, que te deje libre de mis dudas, de mis reflexiones, de mi monólogo? ¿Y cómo hacerlo si tú misma tienes los fantasmas grabados al rojo vivo y los sueñas despierta? ¿De ese modo me ayudas? "¡Oh, calla ya de una vez, vas a volverme loco!" ¿Yo a ti? ¿No eres tú la que persigue esa meta para conseguir la libertad? ¡Oh, esto tengo que escribirlo, tengo que registrarlo! ¡Aguanta tu apetito, el sol recién destella, déjame ir en busca de mi diario! Mi diario, por cierto... hace mucho que no escribo nada. (Ahí encontraré cuánto tiempo llevo contigo habitando tu cuerpo. Saber que se reduce es mi único aliciente.) Busco. (¡Busca!) ¿Dónde dejé mi diario? ¡Debo encontrarlo! Lo busco en el hatillo que traje del Norte aquel invierno (¡Busca!), ahí estará Braulifemo, lo busco por toda la caverna, maldita sea, ahí estará el castillo en ruinas, el incendio, las marcas, las burlas y las persecuciones, pero no aparece, monstruo maldito, no hay rastros de él, ¿lo habré extraviado?, ¿lo habrás eliminado sin que me diera cuenta?

Amanece: en cuclillas, de frente al horizonte y al vacío, la cabeza inclinada sobre las manos entreabiertas, trato en vano de recordar qué fue de mis escritos, de los escritos de una u otra época, porque todas las épocas siguen confundiéndose en mi mente, épocas realmente vividas, épocas soñadas, épocas imaginadas, épocas adivinadas, cualesquiera que sean, mientras la luz del sol que precede su ascenso por el cielo hace brillar las plumas de mi cabeza y se cuela por entre mis dedos humanos hasta mis ojos inyectados de impotencia y de rabia.

Impotencia y rabia, ya lo creo, tengo derecho a ella. Me había provisto de los materiales necesarios: pergaminos, tinta, pluma. Primero los materiales en cantidades suficientes como para entretenerme escribiendo durante todo el milenio. Luego sentarme a la mesa, inmensa tal como la recuerdo, frente al pliego amarillo, largas horas, intentando un resumen previo de los últimos acontecimientos: el accidente que me condujo al año 1000, el encuentro con Braulifemo, el hechizo, la metamorfosis, la reclusión, la huida, los asaltos a granjas y a conventos, los incendios... Las dudas, ya entonces, acerca del carácter real de esos sucesos inverosímiles. ¿Se trataba de un sueño del que no salía; mi imaginación; premoniciones; la locura? Las dudas acerca de reflejarlo todo. Pensar una y otra vez, ante la hoja vacía, que no tendría importancia si aquello que necesitaba exponer sería o no leído, si sería interpretado como yo mismo lo haría o de otro modo, y decirme cada tanto, quizá para animarme, que debía continuar, fuese como fuese, y que no debería detenerme hasta el final, bajo ningún concepto, puesto que el objetivo principal de mi tarea debía ser terminarlo para releerlo, cuanto menos una vez, cuanto menos para ayudarme a tener una muerte dulce, una muerte en la convicción de que todo habría quedado hecho, una justificación para dejarme morir de una vez por todas... Y, quizá, por qué no después de todo, para prepararme, recuperarme, el día en que vea por primera vez máquinas en el cielo... ¿Así debió transcurrir el primer año? ¿Me habré acostumbrado a la inmortalidad en este tiempo? ¿Acaso sé, ahora, que viviré eternamente, como me prometió el hechicero, si me cuido, si me defiendo, y que de este modo podré volver a mi tiempo? ¿Por eso abandoné el castillo y dejé atrás y para siempre la idea de escribir, la idea de una tarea que justificase mi paso transitorio por el mundo? Recuerdo, o en todo caso imagino, mi preocupación ante aquella primera hoja inmaculada por explicarlo todo de un modo sutil, conservando los secretos más terribles para más adelante, las sorpresas, elaborando el tono, las palabras exactas, el orden adecuado, la progresión precisa... Y revivo la impotencia y la rabia ante lo irreversible, el sentimiento que me desvió hacia la búsqueda de una muerte inmediata y brutal: a quebrar la pluma, a volcar la tinta sobre los pergaminos, a empujar la mesa y tumbarla, a escapar a la carrera y a evadirme en temerarias aventuras de caza por los páramos cercanos, a matar y devorar, destrozar y dormir, vigilar, sobrevivir, continuar... animando contra mí a las gentes... Creo haber despertado después de muchos días muy lejos del castillo al que ya no volvía. Si así fue, ¿con qué incendio despertaba esta mañana? ¿De qué libros me hablo, de qué diario? ¿Será mi historia una historia contada por otro y por un tercero recordada? No me extrañaría nada, puesto que ahora mismo todo esto me parece escrito por alguien que no soy yo en absoluto; una historia del futuro que... No me sorprendería, ni siquiera en si para entonces yo mismo pudiera recordarlo, que la de esta época en la montaña se convierta para mí en una historia similar a aquella del castillo y que la viva más de una vez como otro sueño incomprensible y mutilado. Tal vez como el cuento de la Bella y la Bestia...


Ilustración: Tut

Creo que Braulifemo lo dijo aquella noche, creo...: "Tu deseo es peligroso. Su concesión puede venir acompañada de consecuencias imprevisibles. El hombre está tan poco preparado para la vida eterna como para morir un día." No importa, Braulifemo; ¿acaso tengo otro modo de volver? Creo que así sucedió aquello. Y lo decidí en seguida; en ese instante prefería cualquier cosa a morir en la Edad Media. Luego, ya no recuerdo cuántas veces en estos muchos años, he tenido momentos en que he deseado la muerte inmediata, fulminante. Han existido momentos en que no he podido continuar pensando, reconstruyéndome pieza a pieza, reconstituyendo mi ser, mi destino, mi objetivo, desde orígenes cada vez más inciertos, insatisfactorios e increíbles. Nunca recuerdo los detalles de los abismos en los que luego me he hundido con desesperación, pero, al regreso, siempre me ha invadido la sensación de haberme dejado algo perdido allí, olvidado para siempre, algo que, tal vez, con el tiempo, terminaría sustituyendo por algún hecho ficticio, a medias soñado, a medias rescatado de la amnesia, y al final transformado en un engendro a mi semejanza, mitad y mitad. ¿He ido enloqueciendo sin remedio? Después de todo, ese fue siempre el destino más lógico para mi condición; la muerte a la que ha apostado la Bestia desde un principio puesto que la demencia la libraría de todo atributo humano conciente sin que ello amenazara su supervivencia. (¡Todo lo contrario!) ¿Debo permitirlo?, es la pregunta. ¿Debo, incluso, colaborar paciente y pasivamente con ella? Ah, si eso fuera sencillo: no está a mi alcance la capacidad para renunciar a la humanidad. Es función de la Bestia insistir y exigirlo: ella me arranca la pluma de la mano y me aleja de todo entretenimiento puramente humano. Ahora sólo puedo escribir en mi cabeza, e incluso esto le resulta insoportable... Ella es quien no me permite dejar constancia de mis actos, quien me confunde y no quiere que recuerde mi verdadero pasado, ni que sepa el tiempo preciso que ha transcurrido ni el que falta... A la Bestia la eternidad le resulta indiferente, la incertidumbre y la inmediatez eternas no tienen sustancia para ella... ¡Oh, ya no sé quién de los dos es el que sueña!

¡Basta, ya ha sido suficiente! ¡El sol está alto! ¡El valle ha despertado hace rato! Ya has tenido bastante para escribir tu diario. El vacío de tu alma agranda el vacío de mi estómago. Ya ves, yo también puedo ser poeta. Deja sola a la bestia. Por tu propio bien. No te dejes confundir, confía en los sentidos, que no engañan. Presta atención: ¿acaso es posible que te mienta el oído cuando escucha el chillido que escapa de mi garganta; que te mienta el gusto cuando saborea sangre reciente y restos de carne cruda entre los dientes; que te mienta el tacto cuando palpas mi rostro y tus manos encuentran plumas y pico? ¡Basta!, me lanzo al valle sola, sola, sola...

¡Ah, qué placer bajar de la montaña y caer sobre las criaturas pequeñas e indefensas que pretenden huir despavoridas cuando me aproximo a ellas! Otra vez los sentidos me devuelven la intensidad de mi condición real. ¡Por fin! Luego, poco a poco, aparece el sueño. Sí, me va venciendo mientras el hombre que queda en mí aprovecha para encaramarse de nuevo a mis pesadillas. Otra vez. No obstante, ¡oh!, compruebo con satisfacción que reconoce el placer de la bestia que acaba de matar para seguir con vida y que duerme su digestión de sangre y vísceras. En cierto modo, eso también es humano.

Sí, duerme, y yo contigo. Pero en el sopor del sueño te llevo más allá de tí misma. Mira, ¡mira, te digo!: ahí se ve una ciudad iluminada. A través de los árboles, en el linde del bosque. La curiosidad me anima, vamos, ¡vamos, te digo!

¡Qué explanada más amplia y pulida! La bordean grandes edificios circunscritos por calles y avenidas anchísimas que reflejan las luces como si fueran canales de agua mansa, en absoluto reposo. Por esas vías pasan máquinas con ruedas y otras aún más extrañas. De vez en cuando el cielo de la noche deja ver una estela luminosa, a veces intermitente, de máquinas volantes. Miles de luces se encienden sobre mí. Una música estridente propia de juglares emborrachados ameniza una fiesta pantagruélica (quizá el festejo de toda una comarca.) La muchedumbre circula abigarrada, en grupos, en parejas, solos, juntándose y separándose por momentos. Millares de hombres y mujeres como no se habían visto ni siquiera en las grandes batallas, se confunden bajo rostros monstruosos de los que nacen cuernos, hocicos, picos, colmillos y bigotes. Me mezclo entre la multitud sin que nadie se muestre perturbado por mi trágica apariencia. De improviso, un reloj que no veo comienza a dar doce gruesas campanadas. "¡Salud!", escucho. "¡Felicidades!" Y observo a los concurrentes abrazarse y besarse como seres humanos que hubieran tenido miedo de no alcanzar el umbral invisible que el último tañido parece al fin haber desintegrado. Luego, unos después de los otros, comienzan a arrancarse sin dificultad la piel de la cara y los cuernos de la cabeza y van dejando ver sus rostros verdaderos. No tardan en fijarse en mí, que permanezco atónito en el sitio. "Ya puedes quitarte tú también esa terrible máscara", me dicen, "tan realista, ¿verdad?" "¡Vamos, quítatela!", exclama una mujer a mi lado, "Seguro que eres muy guapo." La impaciencia crece. Por lo tanto, me llevo las manos a la cara, convencido de que están en un error, puesto que no recuerdo haber ocultado en ningún momento mi verdadero rostro, y aún cuando toco las plumas ásperas y el pico rugoso y curvo, me resulta difícil de creer. Desconcertado, intento quitarme la careta, y en ese instante tomo conciencia de todo. "¡Un momento, amigos!", les digo con una euforia incontenible, "¡Esto significa que he regresado, que todo sucedió y que la espera no fue en vano...!" Y me dispongo a contarles todo lo ocurrido en un milenio que comenzó precisamente ahí, poco antes de ese fin de siglo que estaban despidiendo. No puedo quitármela porque no es un disfraz como los vuestros, pero no os asustéis, no por eso dejo de ser un hombre, a pesar de todo; siempre lo he sido. Y me dispongo a contarles la historia que comencé a escribir en aquellos pergaminos míos o en todo caso en mi cabeza. Y repito de nuevo: "Estoy de vuelta, otra vez en mi tiempo después de millares de días y de millares de padecimientos. Sólo necesito un poco de ayuda... Estas plumas y este pico no son una careta, sino la consecuencia de un hechizo de la Edad Media... ¿No lo comprendéis? ¿No vais a creerme? Hace tan sólo un momento dormía en pleno campo, vivía en la montaña. Creía que soñaba, no sabía que al fin había pasado todo ese maldito tiempo..."

Una risa generalizada estalla a mi alrededor y se extiende en ondas hacia la periferia, las calles, las avenidas, los edificios, el cielo... La mujer tiende la mano hacia mí condescendiente y aferrándose a las plumas me arranca un puñado. El desorden aumenta. Unos tiran de mi plumaje, otros pretenden desprender mi pico. Nadie escucha mis graznidos de dolor supremo ni mis chillidos de miedo; el alboroto los ahoga. ¡Me están matando sin enterarse de nada...!


¡Eh!, ¿estamos solos? Conque se trataba de la pesadilla que me despierta siempre después de tus comidas infectas. Vaya sobresalto. Un día me va a estallar el corazón. ¿Pretendes de ese modo hacerme desistir del proyecto, inducirme tu miedo? ¿Será, por el contrario, una premonición del hombre que se siente responsable por ti, que ha asumido la carga de tu indefensión, de tu fragilidad, de tu miseria, de tu eterno y penoso desamparo, y que quiere de ese modo advertirte, convocarte a escapar de la trampa antes que sea muy tarde?

¡Silencio!, huelo al hombre y a sus alimentos cocinados. ¡Está cerca! ¡Cuidado! ¡La noche se aproxima!

Una fuerza que recuerdo haber experimentado en ocasiones similares me atrae hacia el sur, lejos de la noche, del frío, del invierno, del invierno... El instinto me aconseja buscar la protección de la montaña. Debo volver ahí, porque... ¿de ahí venía? Un día me perderé, como ya debió pasarme alguna vez... Tal vez sea inevitable, nuevamente, aunque el instinto me guíe. Un escalofrío me sacude. ¡El hombre está muy cerca! Imágenes truncas se suceden descontroladas en mi mente y entre ellas distingo fuego y piedras, burlas, miedo, sangre y muerte... El castillo se quema. ¡Pronto, huyamos! Pergaminos y libros arden. El hombre está muy cerca; ¡huyamos!, ¡de prisa! Una muchedumbre enloquecida de bestias celebra un carnaval disfrazados de hombres y mujeres y un príncipe de ensueño perece a manos de esa masa salvaje que insiste en querer arrancarle el rostro humano que ellos sólo ven como una máscara más como las que ellos llevan. ¡Huyamos! ¡Migremos! ¡Vayamos hacia el Sur, como las demás aves, hasta el próximo verano...! ¡Abandonemos el castillo a los invasores, qué importa!; con todos los libros, con los pergaminos, con la tinta, con el diario, con el muro de las ciento treinta y tantas marcas... ¿Qué hacer si ya no queda nada de mi refugio, si ha sido destruido por la horda, ocupado por las llamas? Han logrado que la Bestia huyera, lo han logrado. Consiguen expulsarla de los dominios cada vez más extensos del hombre. Lo logran. Un día llegar en que pueblen el cielo de máquinas e incluso el Universo de cohetes. Mientras, en el Sur será posible ocultarme para seguir esperando. La vida es lo más importante. La eternidad no se ha agotado. Aún resta mucho para alcanzar la frontera del tiempo en el que he sido atrapado. Aún queda tiempo para que las máquinas en el cielo anuncien la proximidad de mi última y definitiva muerte. ¡Está bien, idiota, deja ya de parlotear como un loco! ¡Y deja ya de mirar hacia el cielo! Tú dirás que yo soy un esclavo de la supervivencia, pero eso me reafirma y fortalece. ¿No lo haz soñado acaso? ¿No temes por ello? La ilusión que te mantiene vivo, cuya misión asumo cotidianamente, encierra el mayor de los peligros. Esos que nos persiguen inventarán un día esas máquinas que ansías ver volando. Serán los mismos; nietos de sus nietos. Y yo su víctima. Ven, sígueme; yo sé huir y ocultarme... yo sabré conservar nuestra vida más allá de tu condena, traspasar la frontera augurada, ¡superar los mil años! ¡Vencer sobre tu especie! ¡No te entretengas, no vaciles, no pienses; tan sólo date prisa!



Carlos Suchowolski (1948) es argentino y vive en España desde 1976. Publicó algunos relatos en Argentina, por uno de los cuales ("Pupilaje") obtuvo el tercer premio del concurso del diario Mendoza de 1968, en el que fue jurado Marco Denevi. Escribió dos obras de teatro infantil que integraron el espectáculo de guiñol "Ratulinivich", que tuvo unas 350 representaciones en Madrid y otras provincias durante los años 1978-1979. Publicó cuentos en revistas como Uribe, Sinergia y Artifex, así como en las webs www.microrelatos.com y www.fantastiek.com (en flamenco). Resultó finalista del concurso internacional de cuentos de la editorial Ultramar de 1988 con el cuento que presentamos aquí, titulado entonces "El pico en su sitio..." que se publicó en la antología La fragua y otros inventos de la mencionada editorial. Tiene en cartera una novela y un libro de cuentos (Nueve tiempos del futuro), uno de los cuales, "Viaje de vuelta", publicado en Artifex 9 el año pasado, ha sido seleccionado para la antología Fabricantes de sueños 2004, con la que la editorial reúne los que son, a su criterio, mejores cuentos publicados en España durante el año anterior. Se dedica a la venta de equipos digitales de impresión y de cine, es asistente habitual de la Tertulia de Madrid desde hace un año, sigue escribiendo cuentos, microcuentos y una nueva novela.

Ha publicado en nuestras páginas VIAJE DE VUELTA (136) y las ficciones breves LA NIEBLA (149) y SI UNA MALA JUGADA DEL TIEMPO (153).


Este cuento se vincula temáticamente con Veinte breves viajes por el tiempo" (167).


Axxón 175 - julio de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Ciencia Ficción: Viajes en el tiempo: Transformaciones: Transformación: Monstruo: Argentina: Argentino).

            

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