DEUDA TEMPORAL

Anabel Enríquez Piñeiro

Cuba

A ti, que vas de prisa /
por miedo a que la risa se marchite. /
A ti, que te diviertes /
jugando con la muerte al escondite.

J. Sabina


Tu pelo, uno o dos centímetros más largo, quizás; tu piel ¿más bronceada que la última vez? Tersa sí, como una cáscara brillante, sin un pliegue, sin una cicatriz, sin las obligadas zanjas que flanquean los labios a los cuarenta. Mi cara, en cambio, puede servir de soporte a una carta de astronavegación. Enumerar las arrugas en meridiano y paralelos. Ubicar dónde los cúmulos globulares, dónde los agujeros de gusano, dónde los agujeros negros. En mi cara hay espacio para todo el universo.

Tú no ves mi cara, estás parada en la terraza y ves caer estrellas (m-e-t-e-o-r-i-t-o-s me haces repetir letra a letra con la asistencia de tus manos). Y hasta el perfume de los álamos florecidos es un fastidio para ti. "Serena-Ceti es un mundo sin futuro" —agitabas con vehemencia los dedos y señalabas al cielo nocturno sobre la terraza—. "Mira arriba, cuántos mundos por visitar, cuántos crepúsculos de estrellas dobles y triples, cuántas oportunidades en el salto por pliegues para vivir la experiencia casi exacta de la eternidad... la eternidad viajando por las estrellas."

Intento en vano comprender tus palabras, tu pasión por esas lejanas luces en casas desconocidas e inalcanzables que habitan la noche: tengo sólo cinco años.

Recorro tus manos como en aquel ocaso, trato de leer en ellas un último encargo. Pero, son rígida mudez, dedos que seguirán guardando la incógnita de tu sentido de la trascendencia.


La Perséfone recaló por primera vez en Serena-Ceti unos días después de tu confesión en la terraza. ¿Cuándo fue eso para ti? ¿Hace tres meses, cuatro...? Qué importa... para ti es tiempo pasado, trascendido. Para mí, la evocación perenne: el olor a hidrógeno del aerotrans que te lleva al espacio-puerto, las esquirlas de vidrio pegadas a las suelas de mis botines (nunca más hubo una lámpara de cristal en el zaguán de la casa); el color de la impotencia en la cara de mi padre... Entender lo que significa "marcharse de casa" para una niña de cinco años, aún cuando sea una sordomuda, no requiere de una inteligencia superior. Pero entonces no podía comprender lo que significaba en tu caso. Papá sí que lo entendía.

Papá escribe durante horas sus clases de la Academia, los papeles estrujados se amontonan a su alrededor y el ordenador se enmohece bajo el polvo. Nunca duerme más de dos horas, nunca descansa. Pienso que teme dormirse y envejecer más rápidamente. O dormirse y soñar contigo. Papá me acompaña a la estación de pulsos de la capital a recibir un mensaje que enviaste apenas una semana después de tu partida en la nave exploradora Perséfone, gracias a ese flamante contrato anual como exobióloga suplente. Yo tengo doce años, tú eres exactamente como te recordaba. Y tus dedos hablan con la misma soltura de siempre: "Quizás cuando vean este mensaje estaré llegando a casa. Es curioso como las transmisiones continúan a la saga del viaje por pliegues. Nena, debes de estar muy crecida". —Y luego en lenguaje gestual— "Te llevo unos aretes de cristal de roca de Deltha de Altair para que luzcan más lindas tus orejas con ese pelo bien cortito". Yo tengo doce años, el pelo por la cintura, mis orejas marcadas por cicatrices de cirugías de cóclea e implantes rechazados que han perpetuado mi sordera. Pero tú no sabes. Y no saber te hace inocente a mis ojos de doce años; y luego, ya sé que vendrás dentro de tres, para mi decimoquinto cumpleaños, y luciré esos aretes en una fiesta y mis orejas se iluminarán con la luz de otros mundos, de otras estrellas, de todo el universo.

Esperé todo el año en el que cumplí los quince; vi muchos crepúsculos de nuestro pequeño sol y la conjunción de las lunas dos veces cada noche. Pero nunca bajó del cielo ninguna estrella. La Perséfone llegó una tarde cualquiera de verano. Fui sola a recibirte al espacio-puerto. "Lo siento, Miranda" —dices, con la misma sonrisa del recuerdo y el abrazo breve— "Hubo unos minutos de error en el cálculo". No has olvidado las señas. ¿Cuántos minutos de error fueron aquella vez... dos, cinco? Tampoco importaba para ti. Pero yo había cumplido dieciocho años y se hacía más difícil conservarte inocente. En este mundillo extraviado de Dios algo había cambiado en tus tres últimas semanas. Podía perdonarle muchas cosas a tu ausencia: a las salas de cirugía, a la abrupta posesión que la pubertad hizo de mi cuerpo, a la angustia de la primera pasión no correspondida, y a la insulsa y frustrante experiencia del primer no-orgasmo. Pero tu ausencia en mis éxitos era más dolorosa.

A pesar de la resistencia de mi padre obtuve una beca para estudiar Astronomía en la Academia de Ciencias Físicas de la capital. Atrás habían quedado las noches de andar a hurtadillas por la casa, con un telescopio amateur bajo el brazo, evadiendo a papá para alcanzar la terraza y escudriñar la madrugada. Al principio buscaba inocentemente una señal tuya en las estrellas, luego las estrellas mismas atraparon mi soledad y terminé por dejar de manosearme con chicos por la esquinas y me gané el mote de "lunática junior".

Te cuento de la beca. Sonríes y creo percibir un brillo de orgullo en tus ojos. Te lamentas por no saber de mi vocación por la Astronomía y de cuántas cosas podrías haberme traído para mi museo personal de los muchos planetas por ti visitados. Lo agradezco, sin mucho entusiasmo. A fin de cuentas, somos dos extrañas conocidas.

Después, tras una semana de descanso, partiste para otra misión en el espacio. "Estaré de vuelta para tu boda ¡sin retrasos!" —prometes guiñándole un ojo a mi novio Iranus, que nos acompaña al lanzamiento. Nos casaríamos al terminar la Academia. Entonces yo creía en amores eternos y en que una madre cumple promesas.

Fue al mismo inicio de mi primer curso en la Academia que la enfermedad de papá mostró sus síntomas incipientes. Muchas veces fui llamada desde su despacho para traerlo a casa. Lo hallaba desorientado, mentalmente exhausto y tembloroso. Su melena, antes oscura, era cada día más cana y pobre. Papá envejecía con demasiada premura, mientras tú permanecías inmutable. Tu tiempo se corría al rojo con prisa, mientras que el de papá iba hacia el violeta. Y cada segundo los separaba más de mí.

Cuando regresaste por segunda vez, llevaba dos años de trabajo en la estación de pulsos. Hacía apenas seis meses que había nacido Harlan, mi tercer hijo. Iranus había sido un breve capítulo en mi vida con posteriores versiones olvidadas. Deverios, el padre de Harlan, acababa de fallecer en un accidente de tránsito aéreo. Yo era entonces dos años mayor que tú, pero seguía intentando entender qué te arrastraba fuera de Serena-Ceti, y qué debería entender por tu sentido de la trascendencia. "¿Ver crecer a los hijos? ¿Perpetuarse en ellos? No, hija, yo te veo crecer, con una velocidad que cualquier padre envidiaría. No extraño los cambios porque para mí el mundo se mide en unidades astronómicas, lo que para ti son sólo mediciones abstractas, para mí es la realidad. Trascender el tiempo y el espacio que nos está determinado como especie, eso es lo que deseo". Un discurso lleno de entusiasmo, pero yo percibía a la adolescente inmadura que yacía debajo de él. Porque ya no me preguntaba por qué te ibas, sino ¿por qué regresabas a Serena-Ceti?

En ese regreso papá y tú se vieron por última vez. Estaba internado en el sanatorio para pacientes con demencias retrovirales. Recluido por más de un año sin diagnóstico definitivo. Unas breves líneas en su reporte hablaban de un síndrome ideopático de envejecimiento precoz. Te confundió conmigo, me confundió contigo. Aún recuerda mi mejilla el ardor de la bofetada. Después entró en un mutismo impenetrable hasta el fin, apenas una semana después de que la Perséfone volvió a despegar.


Ilustración: Guillermo Vidal

Tu tercer viaje te mantuvo al margen de períodos amargos para Serena. Lluvias torrenciales y epidemias desconocidas que pusieron en cuarentena al planeta. El regreso programado de la Perséfone, coincidente con la clausura del espaciopuerto, se prolongó por treinta y dos años, y cuando apareciste nuevamente mis nietos correteaban por el recibidor. Como antes para mis hijos, para ellos tú eras un ser casi mágico y distante, como las estrellas. Y en una semana no cambiaron de opinión. Te sorprendió ver en mis álbumes tantos hologramas de personas extrañas que llevaban la traza de tu ADN. Tenías una amplia familia que desconocías y te desconocía totalmente. Te sorprendió ver mi cuarto lleno de trofeos y reconocimientos por organizaciones sociales y de ciencias que, incluso fuera del planeta, tenían en alta estima mi trabajo. Pero sobre todo, te sorprendió mi vejez. Aunque esperabas que los años no se detuvieran para mí fue muy difícil aceptar que tu hija, el único asidero en Serena-Ceti, representaba aquello que tanto temías. Y supe entonces que ya no regresarías por voluntad propia.

Han pasado casi cincuenta años desde entonces. He visto morir y nacer tantos sueños, tantas promesas romperse y tantos seres queridos que cumplieron el orden de la vida, al que tú te resistías y por extensión me forzaste a incumplir a mí. Papá siempre decía que los hijos no deben morir antes que sus padres, lo acepté como una imperiosa obligación.

Ciento seis años después de tu primera partida llega ese mensaje en canal de hipersalto. Que la Perséfone arriba en seis días. Que trae tu cadáver. Muerta en accidente durante una excavación en el quinto planeta de Proción-Alfa. ¿Cuánto tiempo fue el error esta vez? ¿Un segundo, dos...? Suficiente para que toda tu pasión de trascendencia fuera sepultada por una avalancha de piedras xenófobas. He querido llorar, pero a los ciento once años los reflejos se aletargan y hasta desaparecen.

Recibí tu cuerpo para proceder a la acostumbrada ceremonia fúnebre. No me sorprendió ver nuevamente a la madre que abandonó la casa cuando yo tenía cinco años. Fuera del bronceado de la piel y el pelo uno o dos centímetros más largo, nada había cambiado en ti.

Ahora te he vestido con mis propias manos, algo que no recuerdo hicieras para mí, y pongo en tus orejas, tan inútiles como han sido las mías, aquellos aretes de cristal de roca de Deltha de Altair.

Otra vez presencio las llamas que consumen grasas, tendones y huesos. Pero sé que esta vez será la última. Ahora, en forma de humo, tú regresas al cielo. Vuelves a la noche, pero no ya a las estrellas, ventanas abiertas a infinitos hogares desconocidos. Ahora que no te marchas nunca más, que por alguna razón que no previste se cumple la sentencia del orden de la vida, yo puedo descansar. Porque ya no tengo que mirar al cielo y preguntarle en cuál estrella estás.



Según Yoss, Anabel Enríquez Piñeiro es uno de los nombres emergentes de la literatura fantástica cubana, ámbito en la que se la ve aparecer seguida y activamente. Nacida en la ciudad cubana Santa Clara en 1973, es publicista y licenciada en sicología, y hasta donde sabemos estaba cursando un master en Ciencias de la Comunicación.


Este cuento se vincula temáticamente con "El primer viaje de la Argonauta", de Yoss (132), "Llanto por un astronauta", de Domingo Santos (162) y "Cronoelipsis", de Alejandro Alonso (158).


Axxón 177 - septiembre de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Viajes espaciales : paradoja temporal : Cubana : Cuba).

            

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