HÉROE, LA PELÍCULA
¿Qué Te Queda Por Hacer Después De Salvar al Mundo?

Bruce McAllister

Estados Unidos

"Estamos juntos en esto, ¿verdad, Steve?"
—Janie, La Mancha Voraz (The Blob)

"Cuando el hombre ingresó en la era atómica le abrió la puerta
a un mundo nuevo. Lo que finalmente encontremos en
ese mundo nuevo, nadie puede predecirlo..."
—Dr. Medford, La Humanidad en Peligro (Them!)

"Ni una bomba atómica podría erradicar a estas cosas".
Un entomólogo, acerca de una nueva raza
de hormigas rojas, National Geographic, feb. 1997


Presentación


Esta comedia romántica comienza donde terminaban las películas de bajo presupuesto sobre criaturas raras en los años '50: los insectos mutantes nacidos de la radiación de una bomba atómica (o los invasores del espacio, o los monstruos salidos del mar, o las mujeres de 15 metros) finalmente han sido derrotados y nuestro héroe de pueblo, con su novia Janie o June o Betty a su lado, ahora debe enfrentarse al resto de su vida. Cuando los créditos del final terminaban de pasar, ¿acaso no nos preguntábamos cómo sería esa vida? Después de salvar al mundo, ¿qué te queda por hacer? Puedes casarte con la hija del Profesor, claro. Puedes vender los derechos de tu historia. Participar en programas de entrevistas de difusión nacional. Abrazarte a la fama un poquito más. ¿Pero después qué?


***


La Historia Previa


El día en que las langostas gigantes, furiosas y hambrientas llegaron a McCulloughville, Nevada (población: 2000, Elks, Leones, VFW1), Rick Rowe tenía veintiún años. Nunca había ido a la universidad, pero no importaba. Nunca había ido siquiera a Reno, y eso tampoco importaba. Tenía un Belair '57 convertible, color "rojo gitano" del que estaba orgulloso, y aunque sabía que sus padres lo desaprobaban, le gustaba participar en carreras callejeras con sus amigos de la secundaria. Había besado a una o dos chicas, claro, e incluso había llegado a tocarles los senos, no sin algo de culpa. Era un muchacho decente, nacido en el pueblo, y todos los sabían. Después de todo, sus padres eran magníficas personas. El Sr. Rowe era funcionario del Banco de McCulloughville; la Sra. Rowe, ama de casa. Si había algo que decir sobre el McCulloughville del 2005 era que el pueblo —y todos los que lo habitaban— se había quedado en los '50. Las únicas emisoras de clásicos que lograban acceder a las radios de los coches pasaban canciones de los '50, y los padres todavía hablaban como Ward y June Cleaver2. Era el pueblo adecuado para recibir langostas mutantes de los '50.

Antes de que las mutantes siquiera asomaran las antenas en McCulloughville, Rick conocía a esos insectos. Una de sus responsabilidades en la Grange3 —su empleo desde la secundaria— era mantenerlos lejos de los depósitos de semillas sin usar pesticidas que envenenaran el grano. El ganado a veces comía ese grano. A veces, las mascotas familiares también. No se podían vender semillas envenenadas. Y las langostas habían surcado los valles de pastoreo del norte de Nevada desde siempre. Rick, por necesidad, se había convertido en un "ecologista" cuando ninguna otra persona del pueblo conocía el significado de esa palabra. Había hablado con los ancianos, leído libros, y sabía qué tipos de insectos se podían poner en el grano para que se comieran a los insectos que se comían el grano. La vinchuca se comía al picudo de algodonero. La avispa parásita se comía a la vinchuca. Conocía el hambre de los insectos, y cuando las langostas gigantes salieron de sus huevos depositados en el lecho del Lago Seco de Buffer, avanzando como topadoras, y volaron cincuenta kilómetros hasta las haciendas que rodeaban McCulloughville, realmente no se sorprendió.

Oyó el batir de sus alas esa primera noche y de alguna manera supo lo que era, incluso cuando otros creyeron que no era más que el viento, o una recepción deficiente de la señal de radio, o jets provenientes de Nellis4. Incluso cuando las langostas avanzaron sobre la mismísima Grange y Rick apenas logró escapar con vida, todo siguió teniendo sentido para él. Estaban hambrientas. Eran muchísimo más grandes de lo que se suponía y, si uno se ponía a pensarlo, esa era razón suficiente para que estuvieran hambrientas y además furiosas.

Podían volar. La materia marrón que escupían —el "tabaco"— era corrosiva y de un olor tan apestoso que resultaba tan efectiva como el gas mostaza. Sus exoesqueletos quitinosos eran inmunes a los lanzallamas y a los proyectiles revestidos de teflón de las Mágnum 357 que empuñaba la Policía Estatal, capaces de perforar una armadura. Sus ganglios no eran tan sofisticados como para que el impacto de las granadas les causaran perturbación alguna. Las bombas de combustible-aire y las daisy cutters5 (estas últimas arrojadas —gracias a una llamada del Gobernador de Nevada— desde aviones de la Base de Nellis) mataron a centenares, pero centenares más simplemente huyeron volando hasta el siguiente pueblo, el siguiente condado y sus haciendas, la siguiente Grange. Los pueblos estaban destruidos, la economía estatal estaba hecha jirones y las langostas estaban a punto de depositar sus titánicos huevos en las interminables extensiones de suelo seco de Nevada. ¿Se acercaba el fin de la vida tal como la conocemos?

Hambre. Esa era la palabra —la sensación, la idea— que acosaba a Rick día y noche, a medida que avanzaba el holocausto. Un tal Profesor Price, de la gran Universidad de Reno, había venido con su hija (que lo asistía en su trabajo) y había identificado a la especie (Melanoplus spretus) y al origen de la mutación (un hongo que también era mutante), pero el Profesor no encontraba la solución.

Hambre. Como un rastreador de psicópatas del FBI tratando de entrar en la mente de su hombre, Rick entró en el hambre. Comió. Comió sin utensilios. Comió mucho. Se obligó a sentir lo que ellas debían de estar sintiendo, a saber: estoy creciendo y, sin importar lo mucho que coma, NO SERÁ SUFICIENTE. Aunque eran monstruos, no eran diferentes de los picudos de algodonero y las chinches de la papa y los ácaros de las semillas que plagaban todas las Grange de Nevada y que Rick conocía tan bien. Según el Profesor, todas y cada una de las mutantes seguirían comiendo hasta que fueran un 376% más grandes de lo que eran ahora... momento en el cual su exoesqueleto ya no podría sostenerse en la gravedad de la Tierra. Pero para entonces su progenie estaría desperdigada por todo el mundo para continuar con su tarea, que era comer.

Esa noche se le ocurrió.

—¿No podemos hacer que se coman entre ellas? —preguntó.

El Profesor se lo quedó mirando.

—Hagamos lo que hagamos, ellas van a seguir comiendo, Profesor. ¿No podemos convertir su hambre en nuestra arma?


Ilustración: Tut

En un santiamén, el profesor comprendió.

—¡Sí! ¡Feromonas!

—No entiendo, Profesor.

—Los animales tienen olfato, Rick. Se huelen unos a otros. Si el olor es el adecuado, se aparean. Otro olor, y comen. Reconocen la comida por el olor, Rick.

—¿Podemos lograr que las langostas huelan a comida?

—¡Sí!

Así fue que Rick —un muchacho norteamericano de sangre roja que no conocía otro mundo que su impecable Chevy y un pueblo atrapado en los '50— y un distinguido entomólogo de una gran universidad se sentaron a elaborar una manera de detener a "Las Mutantes de McCulloughville", es decir, una feromona modificada, basada en hormonas sexuales, que las langostas leían como "comida" y que fue pulverizada desde un avión sobre las avasallantes hordas voladoras.

Estaba destinado a funcionar, así que por supuesto funcionó. Las langostas se lanzaron una contra la otra, con hambre insaciable, y las que escaparon de la pulverización original fueron barridas durante las semanas siguientes por medio de más pulverizaciones. Los huevos descomunales nunca fueron depositados y Rick hasta llegó a salvar a dos niñitos de una langosta muy furiosa, matándola con un misil Stinger con detector de calor que lanzó con un arma de mano. Nunca antes había sido un héroe y era una agradable sensación.

Las filmaciones de los noticieros de TV (que veremos más de una vez en nuestra historia) muestran esto:

Rick, el Profesor y su hija, Janie Price, parada entre los dos; detrás de ellos, la caparazón de una langosta gigante fuera de foco; por encima, el sonido de los jets; el ruido, cada vez más débil, de los insectos gigantes frotándose las patas; y el reportero de TV metiendo el micrófono en la cara de Rick con las palabras:

—Usted es un héroe, Sr. Rowe. Cuéntenos cómo lo hizo. ¿Cómo detuvo a esas mutantes cuando nadie, ni siquiera la Policía Estatal y el Ejército, pudo lograrlo? Su público quiere saber.


***


El Presente


Abrimos dieciocho meses después, en una bonita casa suburbana en la región sur de California, en 2005. Es la casa de Nuestro Héroe, por supuesto: sus trofeos y premios por salvar a su pueblo natal, al Estado de Nevada, a dos chiquillos y probablemente al mundo entero, se alinean sobre el anaquel y la pared encima de la chimenea, junto con un artículo de portada enmarcado que habla de su victoria, un retrato de bodas de Rick y Janie, diversas fotos de su luna de miel en Hawai seis meses antes... flores de lis y demás. Detuvo a las langostas gigantes, se hizo famoso, se casó con la chica, vendió su historia por un monto de siete cifras. Todo está como debe ser. ¿O no?

Rick y Janie están saliendo y vamos con ellos: a practicar jet-ski, parapente y catamarán en la bahía, a almorzar con amigos en un yate muy lustroso, a tener una cena romántica en Beverly Hills. Todavía sigue siendo nuestro héroe de los '50, pero de algún modo se ha trasladado hasta el nuevo milenio. Nos enteramos de que, inmediatamente después de la derrota de las langostas, vendió los derechos de su historia al tabloide preferido de la nación y ahora es una persona adinerada. Inclusive se habla de un Show de Rick Rowe. Pero, mientras juega con sus juguetes y disfruta de la buena vida, en su expresión vemos algo que nos indica que en realidad no es feliz. Debería serlo, pero no lo es.

Esa noche no puede dormir. Lo vemos agitarse, dar vueltas, levantarse. Lo vemos avanzar al tanteo hasta el reproductor de DVD y la pantalla de plasma Samsung de 63" de la sala, insertar un DVD, sentarse en el moderno sofá Umbrian... y sí, son las filmaciones de noticiero de sus proezas de McCulloughville, en toda su gloria de los '50, en blanco y negro. Las ve con la mirada perdida. Las filmaciones terminan. Va al menú otra vez, oprime reproducir y, mientras lo hace, Janie —que por algún motivo todavía conserva ese peinado y ese camisón de los '50 a pesar de estar en una casa como esta— emerge de la habitación con ojos somnolientos.

—Ven a la cama, amor —dice ella—. Papá quiere que estés en el laboratorio mañana temprano. No querrás defraudarlo, ¿verdad?

Rick apaga el equipo a regañadientes. Realmente le gustaría ver las filmaciones otra vez, pero ella tiene razón: tiene que levantarse a las 5 y conducir hasta la UCLA, donde el Profesor Price ahora tiene un puesto titular gracias a esas monografías seminales que produjo sobre la "Confusión de la Respuesta a las Feromonas en las Melanoplus spretus: Un Modelo Comida/Sexo". Rick es su asistente de laboratorio, trabajando una vez más —aunque con mejor sueldo y beneficios— con insectos. No necesita el empleo —el dinero del tabloide sigue allí— y no lo necesitará más tarde, cuando se cierren los contratos de la película, el libro y el programa matinal de entrevistas que su agente está negociando. Pero lo está haciendo —trabajar— por Janie. La ama, y a ella le agrada la idea de que sus "dos personas más favoritas del mundo" trabajen juntas: su amante padre y su famoso esposo-héroe.

Finalmente, se va a la cama. Observamos sus ojos en la oscuridad. Están abiertos. Algo lo atormenta.


***


Hacia Dónde Va la Vida de Rick


Apenas ha pasado una semana y Rick está perdido. La prensa local ya no quiere artículos de seguimiento. La prensa nacional ha dejado de escribir sobre él completamente. La película se ha convertido en un proyecto de bajo presupuesto que irá directamente a video con "derechos de por vida" vendidos por unos míseros 50 mil, y el programa de entrevistas se ha convertido, si tiene suerte, en una participación como el "Susurrador de Insectos" para Animal Planet. El hecho es que Rick ya es noticia vieja y todos sabemos lo que son las noticias viejas. Deambula por ahí en las barbacoas del barrio, como un zombi; se sienta durante horas en su BMW Land Shark estacionado, mirando a través del vidrio; y en el trabajo está comenzando a tener "problemas de concentración". No quiere decepcionar al Profesor, pero no puede evitarlo. Parece que no puede concentrarse y su desempeño laboral está desmejorando. No sabe por qué está ocurriendo todo esto, pero nosotros tenemos nuestras sospechas. Ya hemos visto esto en los casos de trauma: incapacidad de concentrarse, problemas de relación, depresión leve... incluso pensamientos retrospectivos. Es el comienzo del desorden de Estrés Post-Traumático, por supuesto, y el de Rick está a punto de adquirir las dimensiones de un elefante.

El Profesor se pone gruñón, Rick le responde de mala manera, se va del laboratorio más temprano, y en casa descubre que Janie se ha ido, dejando una nota en el refrigerador: "Fui de compras con Babbs y Dottie. Te quiero, Janie". Está enojado y ella no está, pone el DVD otra vez y dos horas más tarde, cuando Janie llega con las compras del centro comercial en la mano, todavía sigue mirándolo. A ella no le gusta lo que ve. Esto no es lo que hace un héroe, mirar filmaciones de noticias viejas durante horas interminables. Un héroe sale al mundo, mata dragones, hace dinero, engendra hijos, celebra la ciencia y el progreso con Papá en el laboratorio, ¿verdad? Ella lo ama, claro, pero todo esto es muy decepcionante y ella no oculta su decepción. Él responde no ocultando su furia.

***


Esa noche se reconcilian, intentan un beso apasionado, pero ella está cansada.

—Puedes esperar, ¿no, querido?

—Claro —dice Rick, pero es el mismo mensaje que le dan en todas partes. Cuando un tipo hace el amor, es un héroe... al menos por un momento. Pregúntenle a cualquier adolescente. Pero Rick no logrará ser un héroe esta noche. Está fastidiado, se siente mal por su fastidio y se fastidia aún más. Mira el rostro de ella bajo la tenue luz del dormitorio y...

Es el rostro de una langosta, enorme, rechinando las mandíbulas, con la materia marrón sobre los labios húmedos y brillantes, con las antenas sacudiéndose hacia él, seductora y espantosamente.

Salta hacia atrás como si lo hubieran mordido. Es otra vez el rostro de Janie, que lo mira con preocupación. Él se levanta, diciendo:

—No me siento bien. Quizás algo que comí...

No cesa de mirarla, esperando verla cambiar otra vez. Aunque ella no cambia, hay algo en su expresión —su amor, sus expectativas, su querer que él sea Alguien— que lo llena de horror.

¿Qué me está pasando?, le pregunta al mundo.


***


Su EPT ya está plenamente declarado y él está muerto de miedo. ¿Por qué un insecto? ¿Por qué alguien que amo se transforma en insecto? Está caminando por los corredores de la casa oscura, deseando mucho ver de nuevo las viejas filmaciones, pero a la vez no queriendo hacerlo. La idea lo asusta. Por fin, se queda dormido en el sofá, bajo el excelente trabajo de taxidermia que está montado en la pared encima de él: la cabeza de una langosta gigante... los ojos, las antenas, las mandíbulas. Otro trofeo del heroísmo perdido.

Sus miembros están despatarrados en el sofá, como los de un niño o un vagabundo. Los enormes ojos de la pared lo observan con mirada de piedra en la oscuridad. Él cierra los suyos.


***


Esto es lo que le espera a Rick en las semanas siguientes:

Se tornará cada vez más disfuncional a causa de su síndrome. Tendrá más alucinaciones, más pensamientos retrospectivos; descubrirá que es cada vez menos capaz de concentrarse, y tanto su trabajo como su matrimonio se harán pedazos. El padre de Janie le pedirá ("por el bien de Janie, Rick") que consulte con algún religioso: sacerdote, rabino, ministro luterano, ayatolah, monje tibetano...

—No me importa quién sea, hijo. Los problemas del alma son universales.

Rick verá un letrero camino al trabajo: EL REVERENDO FIRESTONE TIENE RESPUESTAS... QUIZÁS TENGA LAS SUYAS, y eso le recordará a McCulloughville, a la iglesia a la que concurría cuando niño. Sin duda, buscará el consejo del Reverendo Firestone... sólo para acabar en el interior de una moderna tienda de reuniones evangelistas, con el Reverendo gritando sobre el Fin de los Tiempos y las Siete Plagas, una de ellas de langostas. Rick abandonará el lugar confundido, 100 dólares más pobre y sin que su alma se sienta mejor.

El mejor contrato para el libro que podrá conseguir su agente será con un editor de publicaciones a pedido que quiere una tirada preliminar de sólo 3000 ejemplares, y hasta lo de Animal Planet se irá a pique. La película basada en sus proezas entrará en etapa de producción, repentina y temerariamente, bajo la responsabilidad de un director anciano y dos protagonistas con la capacidad de actuación de dos empleados de kiosco. En una secuencia maravillosamente horrenda, Rick llegará a ver cómo el proyecto implosiona ante sus propios ojos, cuando el actor que lo personifica a él (un tipo de 35 años con sobrepeso) manosea a la actriz que hace de Janie (una morena que parece una prostituta) y la langosta —los efectos de la criatura están a cargo de los estudios Muppet— se desploma sobre los dos. Se lanzan amenazas de demandas legales, todo el mundo se va a almorzar y Rick se queda solo, parado en el set de filmación.

A estas alturas, Janie lo considera cada vez menos el héroe con el que pensó que se había casado y es incapaz de esconder su frustración. El Profesor Price, al límite de la paciencia y crecientemente preocupado por su hija, cae sobre Rick como un martillo. Ocurre lo inevitable y Janie le pide el divorcio: ha encontrado a otro... un policía, un muchacho magnífico recién salido de los '50, que hace poco ha recibido un premio al heroísmo, otorgado por la ciudad, por salvar a una mujer, sus trece hijos y sus siete mascotas de un incendio originado por una lámpara de noche de La Sirenita en una casa rodante. El policía, Frank Emerson, tiene un trabajo estable, valores sólidos y, como Janie, quiere descendencia.

Rick pierde su empleo en el laboratorio, se muda a su pueblo, y una noche, cuando se mete a hurtadillas otra vez en su ex-casa para recuperar sus preciadas filmaciones —sus recuerdos, su gloria, lo único que tiene ahora— dispara el nuevo sistema de seguridad "Mi Castillo Seguro" que Frank Emerson le ha instalado a su prometida. Los policías —todos los amigos de Emerson— convergen en la casa, esposan a Rick y comienzan a hablar animadamente de la barbacoa del próximo fin de semana a la que Janie y Frank los han invitado. Emerson —con lo que parece ser sincera compasión (después de todo, Rick es un tipo genial)— pone un brazo alrededor del esposado Rick y dice:

—Necesitas ayuda, Rick... ayuda profesional.

Rick acepta el consejo. Va a una psiquiatra, una mujer corpulenta y pelirroja que es de lo más narcisista, y ella le dice lo que ya sabemos: Tiene un furibundo Síndrome de Estrés Tardío. ¿Qué se hace con eso? Tres cosas, Sr. Rowe: (1) Ingrese a un grupo de veteranos, donde encontrará gente con la que se pueda relacionar e ir resolviendo su problema. Mientras se dedica a eso, (2) ofrezca sus servicios a la comunidad: escuelas, Asociación Cristiana de Jóvenes, museos. Todas las comunidades necesitan un héroe. Y (3) consígase un trabajo que tenga algo de adrenalina, excitación, un trabajo en donde pueda sentir el entusiasmo de Ser Importante... "Vuelva a las andadas", como se dice. Agrega:

—Pero primero córtese el pelo, Sr. Rowe. Y aféitese. Parece un vagabundo.

Y aquí un corte y pasamos a:

Se cortó el pelo y se afeitó. Está hablando frente a una clase de escuela primaria. Tiene sus filmaciones de noticiero y se las está mostrando a los chicos, mientras la maestra está de pie al fondo, con los brazos en jarra. Los chicos están tirando bolitas de papel ensalivado y una le acierta a él. Una nena tiene una muñeca "Barbie Princesa Guerrera"; otra, un "Ken Malibu" desnudo con su precioso "Socio Brian"; y un niño una figura de acción a control de remoto de las "Fuerzas de Seguridad de la Patria" cuyo género es imposible de determinar. No están impresionados. Los videos de noticias, después de todo, son videos de noticias. Han visto todo por TV. Cuando terminan las filmaciones, Rick se para frente a la clase y una chiquilla dice:

—¿Por qué tuvo que matarlas, Sr. Rowe? Los animales son importantes. Son el modo en que la Madre Naturaleza nos dice que nos ama, ¿verdad, Sra. Spring?

—Hemos estado hablando de las especies en peligro, Sr. Rowe. Ellas estaban en peligro y usted las mató. ¿Por qué? ¿Por qué?

El rostro de la maestra se transforma en el de una langosta. Los niños se convierten en langostitas. El sonido de las patas de insectos frotándose entre sí va en aumento. El suelo es el "tabaco" marrón de las langostas. Oímos que una niñita dice:

—Me alegro de que él no sea mi papá.

Y la escena se va esfumando para dar paso a:


***


Están pintando un rostro gigante de insecto en el costado de lo que suponemos es el fuselaje de un avión, a la manera en que se pintaban versiones caricaturescas de tanques, aviones y/o chicas rubias en los costados de los aviones de la Segunda Guerra Mundial. Retrocedemos para ver que en realidad es un furgón comercial Ford Serie E, que en los laterales tiene las palabras EXTERMINADORES ZIPLOCK escritas en letras de imprenta y en el techo dos antenas de insecto burdamente construidas con alambre, y que es Rick el que está pintando, cuidadosa pero deficientemente, la cara de una cucaracha inmensa. Ha pintado también otros insectos en este costado —todas reproducciones muy mal hechas—, cosas que parecen hormigas preñadas y termitas sin cabeza. Es su nuevo trabajo y se está comportando de manera tan "heroica" como puede. Lo acompañamos hasta la próxima casa de su lista y la experiencia resulta breve y escalofriante: una casa modular con paredes de estuco y una camioneta en el césped muerto, con niños gritones y una mujer y un hombre gritones; y allí, en la oscuridad, cuando frunce los ojos, ve que la alfombra se mueve. Pestañea, entorna los ojos otra vez... y sí, son cucarachas. Aquí hay más insectos vivos de los que jamás vio en el laboratorio del Profesor. Queda congelado hasta que los chicos, pegajosos de tantos refrescos y con sus partes corporales sin bañar, se arremolinan a su alrededor, tirando de él para llevarlo hacia la alfombra movediza. Minutos más tarde esta rociando la casa... la alfombra, el sofá, las paredes, los niños.

En un rápido montaje, atravesamos su día de trabajo: termitas, hormigas que comen grasa, escarabajos que hacen agujeros, ratones tan mugrientos que parecen insectos. Luego una toma final de Rick pintando un tosco Charlie Brown en el costado de su furgón —los ojos son dos X— y la imagen se funde a:


***


Esa noche Rick está en el centro comunitario, participando de su primera sesión del grupo de ayuda a veteranos. No puede sentirse más sapo de otro pozo. Estos no son los veteranos promedio; son, o bien sujetos enormes vestidos con mameluco de jean sin camisa, con aves de presa y nombres de mujeres y Semper Fi y Mátenlos a Todos y Dejen que Dios los Clasifique tatuados en cada centímetro de sus cuerpos, o bien hombrecillos perturbados de mirada extraviada que parecen asesinos seriales. Hablan de "los horrores de Vietnam" y de los "gases del Golfo" y de las "cuevas de Afganistán", y Rick, con la expresión de un joven Tom Hanks en el rostro, tiene ganas de salir corriendo. Pero ahora le toca el turno de hablar, de compartir el horror, y todas las miradas se dirigen a él. Están esperando —esos pobres diablos ancianos, esos motociclistas barbudos, esos paranoicos trastornados— que hable. Cuando habla, no puede evitarlo. Explota:

—Para mí no fue horrible. Me encantó. —Hay lágrimas en sus ojos—. En realidad, quiero hacerlo de nuevo. Lo echo de menos.

De repente, todo el mundo está llorando. Están de pie, ya no en sus asientos, amontonados a su alrededor, todos llorando. Sus enormes brazos tatuados y sus oscuros brazos flacos lo rodean, sofocándolo en un abrazo grupal, y le están diciendo:

—Sabemos de qué hablas, Rick. Nosotros también lo echamos de menos.

Cuando termina la reunión, Rick se escabulle, avanza por la calle nocturna (su coche, por supuesto, tiene un eje roto) y escucha que alguien viene tras él. Es Chi Chi Escalante, uno de los locos paranoicos de mirada afligida del grupo. Para peor, es hispano... alguien en quien ningún muchacho de pura cepa norteamericana y sangre roja de McCulloughville puede confiar. Chi Chi tiene una cicatriz en la mejilla, y para colmo está sonriendo. Quiere hacerse amigo.

—¿Qué tal una película? —dice, y Rick masculla algo y sigue caminando. Chi Chi insiste. Sabe reconocer a un hermano cuando lo ve—. ¿Eres el tipo que reventó a esos bichos, ¿no? —La vanidad de Rick centellea. Deja de caminar—. Debió de ser fabuloso —dice Chi Chi.

—Si, supongo que así fue —responde Rick.

Caminan, charlan.

—¿Qué tal una película? —vuelve a preguntar Chi Chi

¿Por qué no?, piensa Rick. Ya ni siquiera tiene reproductor de DVD. Ni siquiera puede mirar las viejas filmaciones.

Chi Chi conduce; van a un oscuro cine del centro —pisos pegajosos, clientes siniestros, techos altos con gárgolas que te fulminan con la mirada desde las alturas— y es una película de terror mexicana que trata de un cerebro humano que mantienen vivo en un carrito para servir comida. Está en español, sin subtítulos, y Chi Chi dice:

—Viejo, yo crecí con esta basura 6.

Rick tiene la mirada perdida. Extrañamente, puede entenderlo. El héroe ni siquiera es anglo; en realidad, no está seguro de que sea un héroe, pero por un instante puede imaginar a Chi Chi creciendo con eso y disfrutándolo. Pero entonces la comida —ojalá que sea comida— que pegotea sus zapatos al piso destruye el momento mágico y tiene que marcharse.

—¿Qué tal un espumante? —pregunta Chi Chi—. Conozco esta parte de la ciudad como la chi-chis de mi novia.

Rick niega con la cabeza, se despide, se va a casa, donde descubre que Frank Emerson —ese tipo maravilloso— ha entrado en su apartamento forzando la cerradura y le ha dejado una pila de pertenencias suyas: cabeza de langosta embalsamada, trofeos, premios, fotos de la boda, cinturones, calcetines, teléfono celular y las llaves de un par de jet-skis cuyo paradero Rick ha olvidado. Y una nota: "Pensé que podrías querer todo esto. Frank."

La batería del celular está muerta; no tiene cable para enchufarlo a la línea y los teléfonos públicos que funcionan, tal como está a punto de descubrir, son tan poco frecuentes como las grullas americanas. Cuando encuentra uno, tres horas después, llama a Chi Chi.

—Sí, me gustaría un trago —dice—. Me gustaría mucho, amigo7.


***


Beben. En realidad, Chi Chi lo hace emborrachar en un bar del este de Los Angeles y, antes de que nos demos cuenta, ambos están saliendo a los tumbos de un local de tatuajes del Bulevar Hollywood, y en el antebrazo de Rick hay un ave de presa bastante grande que aferra lo que parece ser una pequeña caña de pescar.

—¡Un héroe tiene que tener un tatuaje! —anuncia Rick con cara de culo mientras la imagen se funde y volvemos a:


***


Otro montaje, todavía más veloz, del siguiente día de trabajo: la camioneta, el brazo tatuado de Rick pintando otras especies de alimañas en el costado del vehículo, las casas que visita, el mundo muy real de la gente y sus insectos. Esta vez, cuando termina la secuencia de montaje, acabamos en el huerto de un anciano... los saltamontes se están comiendo el grano y la lechuga. Nos quedamos con Rick sentado en la tierra con las piernas cruzadas, sosteniendo a una de las pequeñas langostas, que patalea en su mano, haciendo lo posible por seguir viviendo. El anciano sale, parece confundido, luego enojado. Rick levanta la vista con la expresión de un Cristo: Que los pequeños insectos vengan a mí.

—Perdone. No puedo hacerlo —dice, volviendo a colocar a la criatura sobre una planta de lechuga con toda delicadeza. Se levanta y se va. Saltamos a:

La oficina de su compañía, donde Rick está renunciando. No escuchamos lo que están diciendo. El jefe está furioso y señala la camioneta de Rick. Rick busca una lata de trementina y un trapo y borra su obra de arte. Cuando termina, tiene un aspecto terrible. Su cabello ha crecido como pasto híbrido. Tiene barba. Parece un vagabundo.


***


Pero ahora tiene un reproductor de DVD y un celular prepago... gracias a Chi Chi, que tiene contactos callejeros en el mercado negro. Llama a Janie, le deja su número y esa noche recibe una llamada: en Cleveland hay una invasión de murciélagos vampiros, dice la voz; son millones. Saben quién es él —el único que puede detener a estas cosas— y lo necesitan de inmediato. La oficina del Alcalde, la Guardia Nacional, la Patrulla de Caminos... todos lo necesitan. Su corazón late a toda velocidad. Sonríe como un niño. Está sucediendo... finalmente, está sucediendo. Siente la adrenalina, la excitación, la alegría, la gloria —¡qué importante volverá a ser él para el universo!—, pero luego comienza la risa del otro lado de la línea.

Es una broma, advierte. Son los amigos de Frank. Tienen que ser ellos.

Apaga el celular; siente el estómago revuelto.

Mira las viejas filmaciones. La cabeza de langosta embalsamada, todavía tirada en un rincón del cuarto, lo mira fijamente y el celular comienza a sonar otra vez. Ha elegido un piar de pájaro para el tono y se arrepiente. Vacila, pero levanta el teléfono. Puede tener esperanzas, ¿verdad? Esta vez la voz apenas logra pronunciar una frase antes de quebrarse. Ahora se trata de pollos gigantes en Duluth, pero la voz —divirtiéndose, con otras voces de fondo que también se divierten— ni siquiera puede terminar la siguiente oración porque Rick corta, se marcha y sale a caminar por las calles que a estas horas están oscuras y embrujadas. Vemos lágrimas en sus ojos.


***


Rick y Chi Chi salen por ahí. Más borrachera. Abordan a muchachas trabajadoras, chicas bonitas de los bares para solteros, preciosuras con pareja cuyas parejas llegan tarde y enojadas. Rick se cae de cara, sumido en un estupor, antes de que cualquier otra cosa —mala o buena— pueda ocurrir. Primer plano de su brazo tatuado, colgando en una alcantarilla. El águila parece más bien un papagayo.


***


Deja el celular apagado, pero sabe que los mensajes seguirán llegando. Los amigos de Frank, los amigos de los amigos, cualquiera que tenga ganas de reírse. Se mantiene lejos de su apartamento el mayor tiempo posible —hasta va a ver más películas de terror mexicanas con Chi Chi— pero al final siempre escucha las llamadas.

Cuando no está con Chi Chi, camina solo por las calles. Una noche, exhausto de beber, ve a una rubia muy atractiva siendo asaltada por una pandilla callejera que es tan diversa, étnicamente hablando, que parece un afiche de la UNESCO. Nunca antes ha visto un asalto y tarda un momento en darse cuenta exactamente de lo que está ocurriendo y de por qué Dios lo ha puesto en ese lugar: su oportunidad de ser un héroe. La justicia está de su lado. La pandilla lo percibirá.

Pero antes de que Rick recorra la mitad de la distancia para llegar a ella, la joven golpea a dos de los pandilleros con su bolso. Se le vuela la peluca, y resulta que no es una joven, sino un travesti muy fuera de quicio que está revoleando un bolso más pesado que un perro Basset. Es rápido, y sus piernas peludas se mueven velozmente mientras desaparece por el callejón, justo cuando Rick llega. Los pandilleros vuelven sus rostros hacia él.

Parecería que los pandilleros han quedado heridos en su sensibilidad. Los han humillado y necesitan descargar sus sentimientos con alguien. El líder de la pandilla le explica eso a Rick bastante alegremente. La última toma que vemos es la de un contenedor de basura azul, en el callejón, y la cabeza de Rick asomándose lentamente de su interior, cubierta con ketchup, pulpa de melón y otros productos que casi ocultan su ojo morado, pero no del todo. La imagen se concentra en todas las moscas que revolotean a su alrededor. Forman un halo alrededor de su cabeza, y cortamos a:


***


Rick, desalentado, llamando a Chi Chi en su oscuro apartamento, solamente para escuchar esto: "Mensaje para Pablo y Dennos y Maria y Reek. Lo siento, compadres, pero no puedo soportar más esta mierda civil. Hoy vuelvo a enlistarme".

Su mejor amigo ha vuelto a enrolarse en la milicia, por el amor de Dios. Rick mira al piso en la oscuridad. Bichos, cientos de bichos oscuros, sin rasgos definidos, se arrastran por el linóleo. Cortamos a:


***


Rick, por fin dirigiéndose a casa —a McCulloughville— en un mugriento ómnibus Greyhound. No puede soportar más y solamente en McCulloughville, se dice, podrá dejar atrás las terribles realidades de los EE.UU. del 2005. Se le notan las magulladuras. Su ojo negro lo asemeja a un mapache. Su pelo y barba parecen haber crecido a velocidad inhumana. A medida que se acerca a casa, los letreros de anuncios se van haciendo más viejos; algunos productos ya no se fabrican más: la pasta dental Ipana, las píldoras para el hígado Carter's, la crema de afeitar Burma, el Buick Roadmaster con Dynaflow. Los coches que pasan junto al ómnibus también son cada vez más viejos y la ropa de los conductores, asimismo, retrocede hasta los años '50. Rick Rowe por fin vuelve a casa.

Cuando el ómnibus se desliza al interior de la estación de McCulloughville, vemos el pueblo. No ha cambiado. Rick puede haberlo salvado de las langostas mutantes, pero alguna otra cosa lo ha salvado del nuevo milenio: sigue siendo el Pueblito de La Mancha Voraz, de La Humanidad En Peligro y de todas esas películas de terror de los '50, y es el único hogar que Rick posee.

Han construido un pequeño museo para conmemorar su hazaña y es allí adonde se dirige primero. Recuerda haber oído sobre él. La docente que está en la puerta —una anciana que no está totalmente segura de dónde está ni de quién es— no lo reconoce, y lo que Rick encuentra dentro es muy chocante. Las dos langostas gigantes que se han preservado, rearmado y puesto en exhibición están cubiertas de polvo. La iluminación del lugar es deplorable. No hay ni chicos de escuela ni parejas de ancianos de excursión. En realidad, en el museo no hay nadie salvo un par de adolescentes —un chico con el cabello engominado hacia atrás y una chica con suéter de angora— besándose detrás de la pata trasera de la langosta que ocupa el rincón más oscuro de la sala. Cuando advierten su presencia, se ríen, y él oye una palabra que suena como "borrachín", y entonces toma consciencia de su aspecto. No puede permitir que el pueblo lo vea así. Al marcharse, ve un cuadro de él mismo, colgado bajo una lamparilla quemada: alguien le ha dibujado un bigote sobre el labio superior y antenas en la cabeza...

Se aloja en el hotel principal, firma con el apellido "Smith" y paga en efectivo. Por alguna razón, la tarifa sigue siendo de U$10... lo mismo que costaba en los '50. Toma una ducha y se afeita, y en lugar de cortarse todo el cabello se limita a quitar el vello de la nuca con una hoja de afeitar. Se pone la única muda de ropa que tiene en el bolso, apura dos tazas de café Folger's en el bar del hotel y practica sonrisas frente al espejo del mostrador.

Deambula por la calle y sin duda está en McCulloughville, el pueblo de su infancia, el territorio de su gloria, y ahora la sonrisa es genuina. Sus ojos están bien abiertos y está feliz como no lo ha estado en mucho tiempo...

Hasta que una pareja pasa junto a él y le lanza una mirada mortal, como si estuviera enfermo. Quizás no lo reconocen. Es un pueblo chico. Quizás piensan que es un extraño y...

Allí, en la acera de enfrente, está Buddy Blaylock, su mejor amigo de la Secundaria McCulloughville. Rick va hacia él rápidamente, con la mano en alto para el hola que está a punto de salir de su boca, y cuando Buddy Blaylock se da vuelta...

Vemos la misma expresión. Dagas.

—Hola, Rick —dice Buddy.

Rick está efervescente:

—Vaya, qué bueno es verte, Buddy. Vaya, te ves muy bien. ¿Cómo está Spooky? ¿Cómo está el Ford?

La mirada de Buddy se clava en él y no es amigable.

—¿Cómo está la gran ciudad, Rick? ¿Te está tratando bien?

—Si, supongo que sí —miente Rick.

—Me alegra escucharlo, porque algunos tuvimos que quedarnos aquí en McCulloughville después de que te fuiste... para mantener todo en funcionamiento. ¿Sabes de qué hablo?

Rick no sabe de qué habla. Patty Rippey, la novia de Buddy, sale del mercado y se detiene, con la misma expresión en la cara.

—¡Bueno, pero si es el mismísimo Rick Rowe!

—Sí, el mismísimo —dice Buddy.

Lo miran como si fuera un pedófilo.

—Fue genial verte, Rick —dice Buddy de repente—, pero ahora tengo que volver al trabajo. Ya sabes, trabajo. Lo que la gente hace los días de semana. Pero tú diviértete, ¿me oyes?

Dejan a Rick parado en el medio de la calle, mientras ambos se alejan en el Ford '56 de Buddy, azul y blanco, con tapizado de cuero acanalado.

Rick sigue caminando. Ve gente trabajando. Ve hombres trabajando con camionetas, ve hombres y mujeres trabajando en las tiendas, secretarias trabajando en las oficinas, un grupito de amas de casa comprando víveres. Es McCulloughville, sin duda, pero ahora pertenece al mundo real, un McCulloughville que él no recuerda.


***


¿Qué fue lo que ocurrió (se pregunta) con los viejos días de coches preparados, y besuqueos bajo la luz de la luna, y árboles de Navidad en donde los niños y niñas abrían los regalos en pijama, y Dean Martin cantaba "Navidad Blanca"... y todo lo demás de un mundo donde los alienígenas eran alienígenas y uno sabía dónde estaba?

Despareció porque tú lo abandonaste, Rick, dice una voz, la misma que siempre habla así. Porque te convertiste en Héroe y te marchaste.


***


Sigue caminando, hasta que por fin se encuentra frente a la casa de sus padres. Se la ve igual. El césped, los árboles. La luz del sol se siente como la luz del sol que él recuerda. Toca el timbre, pasándose los dedos por el cabello. Es viernes, el día que su padre a menudo abandona temprano sus obligaciones en el banco, y es posible que esté aquí. Su madre, sin duda, está. El Sr. y la Sra. Rowe son inseparables. Toda la familia —los tres— era inseparable.

Su padre abre la puerta vestido de traje y se queda parado en el umbral. Rick ve una figura que se mueve en el fondo y sabe que es su madre.

—Entra —dice su padre. Nada más. Sólo "Entra".

—Hola Rick —dice su madre, ya dentro, y Rick pestañea. Está oscuro. No puede ver nada a causa del repentino cambio de iluminación.

—Toma asiento en el sofá —dice su padre.

Rick va hacia su madre para abrazarla, pero no puede verla; se choca contra una mesa y cuando se le aclara la vista, lo advierte: el rostro de ella; su expresión.

—Qué bueno verte, Rick —dice ella, pero sólo por cortesía. Siempre era cortés con todos.

—Sí, hijo, qué bueno —hace eco su padre—. ¿Cómo te está tratando Los Angeles, hijo?

—Las cosas podrían ser mejores —dice Rick, preguntándose si debe contarles.

—Lamento escucharlo —dice su padre, y luego el silencio. Su padre no le pregunta qué es lo que anda mal. Su madre está sentada en la gran silla tapizada, frente al sofá donde está Rick, y su padre no se sienta.

—¿Hay algo que podamos hacer, hijo? —pregunta uno de ellos (Rick no está seguro de cuál), pero es sólo por cortesía.

—¿Como están ustedes dos? —pregunta Rick—. Los extraño —dice.

—Nosotros también te extrañamos —dice su madre, robótica.

Luego su padre dice:

—Nos preguntábamos qué estarías haciendo y nos hemos preocupado como todos los padres. No nos habríamos preocupado tanto, hijo, especialmente tu madre, si nos hubieras escrito o llamado más seguido...

Rick no lo puede creer. Sí que los llamó, quiere decirles. Sí que les escribió. Al menos al principio. Ellos asistieron a su boda. Vieron su casa. Tal vez en los últimos meses, en medio de tanta locura, había descuidado el contacto con ellos, pero fue porque estaba avergonzado, porque no quería cargarlos con sus problemas.

Comienza a explicarles todo esto, a disculparse, pero sus dos padres, como si fueran personajes de cartón recortado salidos de alguna espantosa película estilo Los-Alienígenas-Están-Entre-Nosotros de los '50, se limitan quedarse ahí, mirándolo fijamente.

—Vine porque quería verlos —está diciendo Rick, pero ellos no responden—. Quería ver si McCulloughville estaba igual. Quería que supieran que pienso en ustedes constantemente, aunque las cosas han estado bastante agitadas y no he tenido mucha oportunidad de...

—¿Eso que tienes en el brazo es un tatuaje, hijo? —pregunta su padre con severidad.

Rick se pone de pie. Tiene que irse. Su padre dice, más amablemente:

—Hay un bono de ahorro de U$25... Lo encontramos en el altillo el otro día. Si necesitas dinero, podrías ir a cobrarlo.

—No —le dice Rick—. Prefiero guardarlo aquí. Ya sabes, saber que está aquí... en la casa donde crecí...

Entonces su madre dice:

—Estás horrible, Rick. No estarías tan horrible si te cortaras el pelo.


***


Rick camina rápidamente por la calle, alejándose de la casa donde pasó su infancia, dándose vuelta una sola vez, a pesar de sí mismo, para saludar con la mano a las dos figuras sombrías del umbral. Y entonces queda libre, libre de este nuevo horror, y cortamos a:

Rick de nuevo en un ómnibus Greyhound, en algún lugar entre McCulloughville, año del Señor 1958, y el sur de California, 2005. Y la imagen funde a:


***


Rick, de noche, escuchando los mensajes de su celular en la oscuridad de su apartamento. Si está oscuro no tiene que mirar tanto a los bichos. Hay un mensaje pidiéndole que salve a San Francisco de las malas sopranos italianas. Una llamada informándole que unos OVNIs que se hacen pasar por supermercados de barrio están secuestrando ciudadanos en New Jersey. Una llamada sobre prostitutas radioactivas en Chicago y otra sobre cangrejitos rojos que han invadido un pueblo de Florida. La imagen se disuelve a:

Rick, al día siguiente, tratando de encontrar al grupo de ayuda para veteranos, pero se han mudado y nadie sabe adónde.


***


Esa noche, el celular de Rick tiene un solo mensaje: un hombre que representa al alcalde de Corkscrew, Florida, diciendo que llamó ayer y que apreciaría que el Sr. Rowe le devolviera la llamada. El hombre, muy serio —por algún motivo, no se está riendo— sigue hablando y nos fijamos en la imagen de los ojos de Rick en la oscuridad... ojos de insecto, facetados, desesperados. "¿Tiene usted fax o email, Sr. Rowe?", pregunta la voz.

Vemos la horrorosa pesadilla que tiene esa noche, una amalgama perfecta de todo lo que ha tenido que pasar en las últimas semanas: langostas, niñitos escupiendo "tabaco", Janie con trece hijos, sus padres diciéndole "Córtate el pelo, aféitate, pareces un vagabundo". Y luego:


***


El piar del celular lo arranca de la pesadilla y lo sumerge en la lobreguez de su apartamento. Los insectos han vuelto a meterse en las paredes, al menos durante el día. Se levanta con esfuerzo, enojado, listo para increpar al bromista vigorosamente, si logra atravesar las pilas de ropa sucia y trofeos y llegar al celular a tiempo.

—¿Sr. Rowe?

—Ahora me va a escuchar...

—Sé que es temprano, Sr. Rowe, pero aquí tenemos un problema...

—Si alguna vez descubro quién es usted...

—Los cangrejos son Gecarcoidea natalis, una especie no nativa introducida por accidente hace veinte años, y nos está costando mucho contenerlos. Creemos que usted, dada su experiencia con las Melanoplus spretus, quizás pueda ayudarnos. Estamos dispuestos a pagarle el pasaje en avión y todos sus gastos, más honorarios de consultoría considerables, si nos visita durante una semana. Corkscrew es un pueblo amable y le prometemos nuestra hospitalidad...

Rick se detiene. Algo en esa voz...

El hombre, con un acento de Florida que suena real, sigue hablando y Rick finalmente comprende: es legítimo... hay un pueblo REAL con un problema REAL, allá, en alguna parte de Florida. Y quieren su ayuda.


***


Punto Medio

O de Cómo Esta Llamada Cambiará la Vida de Rick


Rick ahora se ve mucho mayor —de treinta y tres, no de veintitrés años— pero ha debido superar muchas cosas últimamente. Y tiene razón: esta llamada telefónica va a ser importante, aunque no de la forma que él imagina.

Cobra el dinero que el alcalde de Corkscrew le ha girado y vuela a Florida, con el ego inflado, lleno de esperanza. Alguien del equipo del Alcalde Delameter lo espera en el aeropuerto y lo lleva en automóvil hasta su hotel, el antiguo, pero limpio y seco, Hotel Swamp8, en el centro de Corkscrew. A la mañana siguiente, se encuentra en el linde del pueblo, donde la calle Main corre a lo largo de la Reserva del Pantano de Corkscrew, examinando la marcha de batallones de Gecarcoidea natalis, unos cangrejitos que viven en los bosques, más o menos del tamaño de la palma de una mano, que están migrando, como todos los años, aunque no es habitual que lo hagan en semejante cantidad, a través del pueblo y hacia el pantano para reproducirse... y tomándose todo el tiempo del mundo para hacerlo. El alcalde y su equipo están presentes. La prensa local está presente. Y también una mujer, también algo mayor de treinta, que no parece encajar en esta escena del sur de Florida. Está vestida con un atuendo entre Banana Republic y L.L. Bean; es atractiva y segura de sí misma, pero de perfil bajo, y está separada del grupo, con los brazos cruzados y una expresión divertida en el rostro que a Rick le resulta perturbadora. Nadie se molesta en presentarlos y Rick no pregunta quién es ella... aunque le es imposible ignorarla.

—¿Bueno, cuál es su opinión, Sr. Rowe? —pregunta el alcalde—. ¿Qué podemos hacer con este problemita que tenemos? No podemos tocar la zona de reproducción del pantano. Es un área protegida.

—¿Cuáles son los depredadores naturales, Alcalde? —responde Rick, dando lo mejor de sí.

—Parece que no tienen ninguno, Sr. Rowe. No los suficientes para que tengan importancia.

—No es posible —contesta Rick—. Todos los animales de este tamaño tienen, o tuvieron alguna vez, o tendrían si se los trasladara a otro sito, un depredador natural. Es un concepto científico básico, Alcalde.

El Alcalde, su equipo, la prensa y los otros ciudadanos presentes se miran y se encogen de hombros. Nadie mira a la mujer de sandalias Birkenstock.

—Mapaches —dice alguien por fin.

Rick se congela.

—¿Qué?

—Los mapaches, Sr. Rowe —dice el Alcalde.

—Sí —dice otro—. He visto que los mapaches se los comen. Comen langostas de río, ranas, hasta alguna tortuga grande si pueden penetrar la caparazón.

—Allí tiene la solución, Alcalde —dice Rick.

Todos miran a todos otra vez. Están dispuestos a creerle. Sólo necesitan que los alienten un poco.

—¿Cuánto cuesta un mapache? —pregunta Rick.

—Diablos —dice alguien—, posiblemente podemos lograr que los seminolas de Pahokee reúnan 200 ó 300 a cinco dólares por cabeza. Tardarán un par de semanas, quizás. No tienen otra cosa que hacer.

—Se necesitan más —dice Rick rápidamente—. Y se necesitan antes.

—El hermano de mi hermana —ofrece otro— trabaja en Agua y Energía de Baton Rouge. Seguro que los cajuns pueden conseguirnos mil en menos de una semana. Y también más baratos.

El equipo del Alcalde calcula y recalcula, y 2.000 mapaches le van a costar a la ciudad una suma de entre U$10.000 y U$15.000, con el transporte incluido, lo cual es genial. Pero de pronto, alguien se ríe y todos se dan vuelta. Es la mujer, y realmente lo está disfrutando.

—Sr. Rowe —dice el Alcalde, y no está contento—, le presento a la Dra. Field. La Dra. Susan Field.

Susan Field, se entera Rick, es una ecologista entrenada en el Instituto Woods Hole de Massachussets, que vive en Corkscrew desde hace cinco años. Está riendo, también se entera, porque la introducción de tantos mapaches en la región no sólo pondría a un centenar de pájaros nativos en la lista de especies en peligro debido al robo de huevos, sino que además destruiría los criaderos de peces tropicales de los que depende el 20% de la economía del Condado de Corkscrew.

—¿Recuerdan cómo las clarias9 arruinaron aquellas granjas a principios de los '80? —dice ella—. Los cangrejos pueden ser una molestia —agrega—, pero no tienen ningún impacto sobre la economía local, como sí lo tendrían 2.000 depredadores con antifaz de bandido.

Rick está devastado.

Lo único que se le ocurre decir es:

—¿Qué quieren estos cangrejos?

—Al parecer, Sr. Rowe —le dice ella, mientras el Alcalde y su equipo la miran con hostilidad—, quieren volver a su pantano y aparearse, y casualmente nosotros estamos en su camino. También les gusta demorarse en la ciudad mientras avanzan...

—¿Parásitos? —dice Rick, intentando cualquier cosa.

—Los parásitos de los cangrejos no distinguen entre un artrópodo y otro —dice ella—. Mataríamos a las langostas de río y a todos los demás cangrejos de la reserva. Y aquí en el sur no se mata a las langostas de río, Sr. Rowe.

—¿Pesticidas tópicos?

—Nuestro buen Alcalde probó con ellos una vez —responde Susan Field, sonriéndole a Delameter— a pesar de las objeciones de una humilde ecologista de Nueva Inglaterra, y el gobierno federal nos aplicó una multa de seis cifras. Eso no es ciencia, Sr. Rowe; es política.

—Necesitaré —balbucea Rick débilmente— pensar en esto. Me gustaría... pasar el día de mañana revisando todos los informes... y otros documentos... que puedan tener sobre el historial del problema, Alcalde.

—Buena idea, Sr. Rowe —dice Susan Fields, todavía riendo y muy poco proclive a liberarlo del anzuelo. ¿Por qué pensó él que esto iba a funcionar?

Rick huye a su habitación de hotel, se sienta en la cama, mira fijamente la pared y cuando cae la noche se dirige a un bar fuera de la ciudad, con una gorra bien calzada para taparse la cara.


***


Luego suceden estas cosas:


***


Susan Field lo rastrea y lo encuentra en el bar. Es un pueblo muy pequeño, los rumores corren y él es el único que tiene una gorra de los L.A. Lakers. Ella incluso muestra compasión. Rick aún no está borracho, pero sin duda está haciendo todo lo posible por ahogar sus penas en Cerveza Pis de Lagarto. Ella le da charla, contándole un poco de sí misma, de su trabajo de postgrado sobre la ecología de las áreas pantanosas, de las políticas que se aplican en el sur en asuntos ambientales, cosas seguras de las que hablar... y luego le hace preguntas sobre él. Rick oculta la verdad; más precisamente, miente. Le cuenta de todas las cosas heroicas que ha hecho desde McCulloughville. Es fácil mentir cuando uno está borracho. La infestación de osos polares en las aldeas Inuit, y cómo usó cebos inflables con forma de foca llenos de gas de la risa para someterlos. Un plesiosaurio estilo Nessie (aunque más pequeño) en el Lago Champlain de Vermont, causando catástrofes nocturnas en dos amarraderos de yates, y cómo la música de gaitas reproducida en un viejo sistema de propaladora pública lo ayudó a atraparlo...

Ella no se deja engañar fácilmente. Ve a un hombre que está sufriendo una agonía, y, aunque nosotros no sabremos el por qué hasta que la historia haya terminado, ella lo invita a su casa a pasar la noche.

—Tengo una habitación de más —dice.

El rostro de Rick se ilumina. ¿Una mujer atractiva invitándolo a pasar la noche en su casa? Tal vez todavía tiene esa magia de Héroe. Tal vez Janie estaba equivocada. Tal vez su ciencia no está tan desactivada.


***


Cuando llegan a la casa de Susan, un viejo bungalow de Florida con interminables galerías, la burbuja explota y él descubre que ella tiene un hijo de diez años, Jacob, y que con él compartirá la habitación esta noche. El cuarto es una pesadilla diurna: está lleno de insectos. Insectos montados en alfileres, ordenados prolijamente en cajones y recipientes de cristal, cada uno con su tarjeta informativa. Móviles de insectos colgando del techo. El empapelado tiene dibujos de insectos. Grandes modelos plásticos de insectos descansan sobre la cómoda. Rick tiene ganas de gritar. Pero el niño está en trance: este es Rick Rowe, el hombre que detuvo a las Melanoplus mutantes en el norte de Nevada. El chico lo sabe todo sobre el tema, sobre las Melanoplus, sobre Rick, y sus ojos se abren de adoración. A Rick debería encantarle esta atención, pero no es así. Se escabulle para usar el baño y al hacerlo escucha que Jacob le susurra a su madre:

—No se lo digas, mamá, por favor. —Ella sonríe—. Yo no se lo diré. A menos que tú quieras que se lo diga.

Susan se retira a su cuarto temprano ("Me levanto temprano... que se diviertan ustedes dos"), mientras el debilucho, regordete y anteojudo Jacob lo bombardea a preguntas y lo lleva de recorrida por todas las especies que hay en la habitación. La recorrida dura hasta altas horas de la noche.

Acostado en la cucheta de abajo por fin —con el pesado cuerpo de Jacob dormido en la de arriba— Rick, cosa nada sorprendente, tiene pesadillas con insectos.


***


Rick se queda en Corkscrew. Se queda en la casa de Susan Field, en realidad. Ella insiste, y la intensidad de su insistencia da un poco de miedo, pero él no tiene otro sitio adonde ir y hay algo real, algo humano en este pequeño mundo, con su coleccionista de bichos de diez años, con esta doctora que le toma el pelo a Rick sin clemencia pero a la vez con afecto, con este pueblo y su problema de los cangrejos que no parece ser tanto problema después de todo. Se siente, extrañamente, como en casa.


***


Consigue empleo como chofer en una compañía local de agua embotellada y se entera de quién es verdaderamente esta mujer. Se entera de que Susan Field, siendo aún estudiante de postgrado en Woods Hole, vino a estudiar el ecosistema del Pantano de Corkscrew, se puso sus sandalias Birkenstock a prueba de bichos y sus botas de pantano Baffin diligentemente y en su primer día en el pueblo conoció a Joshua Covington, un político liberal nacido en algún lugar de Florida (decía él), que se había mudado allí justo antes de que ella llegara; diez años mayor que ella, divorciado, un hijo. Se entera de que ella se quedó, se casó con él (aunque nunca se había imaginado como madrastra), y que pasaron la mitad de la luna de miel hablando de cómo salvar al pantano. Se entera de que Joshua Covington murió en un accidente automovilístico tres años después, de que ella era lo único que le había quedado a Jacob, de que muy pronto el niño regordete, que obviamente la amaba, empezó a dedicarse a coleccionar bichos.

Mientras le cuenta estas cosas, ella no mira a Rick y él no sabe por qué. Desvía la mirada, como si no quisiera que él la mirara a los ojos. Además, él escucha algo en su voz que le hace pensar que puede estar mintiendo. ¿Pero sobre qué? Su vida, evidentemente, es lo que ella dice que es, y su actitud parece sincera. ¿Sobre qué podría mentir?

Trabajando al lado de Susan en la oficina que ella tiene en la casa, Rick aprende de qué se trata en verdad el nuevo milenio: no se trata de detener manchas voraces alienígenas con matafuegos ni langostas gigantes con feromonas que huelen a comida, sino de políticas. Se entera de que el Alcalde, que ya va para su quinto período de gobierno y que siempre pretende la reelección, quiere detener a esos malditos idiotas rojos con pinzas porque fastidian a sus votantes decrépitos más poderosos. No constituyen una amenaza física para los ciudadanos ni una carga económica para el condado. Son un fenómeno natural y después de cada migración anual sus pequeños exoesqueletos rojos quedan tirados bajo el sol, destiñéndose, aplastados por los neumáticos de los autos, zarandeados por mascotas curiosas, incluso convertidos en horripilantes souvenirs turísticos por los artesanos locales. Pero para los empresarios del pueblo, los que viven en las grandes casas coloniales, son una vergüenza, y porque son una vergüenza el Alcalde quiere detenerlos. Y, explica Susan, el Alcalde Delameter no va a hacerle caso a lo que opine una norteña, una doctora de "bilogía" yanqui de Massachussets, viuda de un "reformista de izquierda", un hombre que obviamente nunca fue un "verdadero hijo de Corkscrew", sobre cómo hacerlo. La situación no tiene remedio, dice ella.


***


Rick se vuelve taciturno, nostálgico de algo que ni siquiera puede articular, y Susan lo lleva a ver una serie de películas de terror y ciencia ficción de los '50 en el cine local... un cine sacado directamente de La Mancha Voraz. Ella se burla de las películas: el retrato de las mujeres, el heroísmo más papista que el Papa, los valores del blanco y negro, la gente de cartón. Rick comienza a apreciar estas cosas bajo una nueva luz. No son películas sobre la gente real. Son sobre personajes de caricatura que nunca vivieron y nunca podrían vivir en el mundo real.

Ella también le hace bromas sobre el tatuaje, pero detrás de las bromas sigue estando el afecto, entonces él la escucha.

Jacob se enferma mucho... la "gripe", le dice ella, y Rick no le da mucha importancia. El niño no hace mucho ejercicio, es gordo, por lo tanto no es sorprendente. No está en buen estado físico. A Rick le agrada el niño, claro, pero hay ciertos límites... y cuando el chico tiene gripe le da a Rick una excusa legítima para mantenerse apartado, para tener tiempo para sí mismo. Después de todo, cuando no está enfermo el niño lo sigue a todas partes, acosándolo para que le dé información. Un día, le regala a Rick su única réplica de plástico de las "Mutantes de McCulloughville".

—Ni siquiera sabía que las fabricaban —confiesa Rick.

—Claro que sí —dice Jacob—. También había un juego de computadora, ¡McCulloughville! Cada vez que matabas a una mutante podías correr carreras por las calles con un coche viejo. Yo tenía una copia, pero se la presté a uno de la escuela que luego se mudó. No era muy bueno. Las langostas parecían pollos.


***


Rick observa los intentos de los comandos del Alcalde para resolver el Problema de los Cangrejos: lanzallamas, trampas, veneno. Los cangrejos quemados apestan los cielos y los que quedan vivos simplemente avanzan, arrastrando las trampas en medio de un mar de cuerpos rojos. Es patético, según Rick. Como una parodia de esas películas de criaturas de los '50, en realidad.

Cuando el gato de Susan, ADN, se arrastra hasta el cubículo de la ducha y muere, y Susan llora, diciendo "Otra vez están usando veneno", la situación pierde toda la gracia.

Una noche, Rick está de pie en la oscuridad del porche, observando la marcha de los cangrejos que atraviesan el arroyuelo cercano a la casa. Marchan porque tienen que hacerlo, advierte. Están llenos de coraje y de absoluta determinación, observa. ¿Tiene él ese mismo coraje y esa misma determinación?, se pregunta.


***


Lleva a Jacob, sólo al niño esta vez, a ver una película de los '50 y se descubre burlándose del Héroe y de La Novia y del Profesor y de la Policía Estatal, y le resulta muy fácil hacerlo.

—Si la vida no mereciera la pena vivirse, no sería tan difícil —se oye decir, atónito. Mientras está sentado en el cine con Jacob Covington, nos damos cuenta de que está descubriendo lo que significa cuidar de alguien... alguien que te necesita y que no tiene el poder que tienes tú. Se siente bien. Incluso lo hace sentir, de una manera calmada, silenciosa, como un héroe. El niño lo adora. El niño, con esa carota de luna estúpida con gafas, se queda dormido sobre el brazo de Rick durante la tercera película en continuado y Rick no lo despierta, ni siquiera cuando el brazo se le entumece.

Cuando se encienden las luces, Rick ve una erupción en los brazos de Jacob que no ha visto antes. Se lo mencionará a Susan cuando lleguen a casa. Pero cuando salen del cine y vuelve a mirar los brazos de Jacob, la erupción ha desaparecido. ¿Fue apenas un efecto de la iluminación del cine?

Mientras caminan por la calle Main, mirando las tiendas, se detienen para comprar camisetas. Rick le compra al niño una que tiene un bicho, un escarabajo grande y brillante. Se siente bien por hacerlo. Jacob le compra también una camiseta con un bicho, un ciempiés gigante, y Rick debe ponérsela. Los dos llevan puestas sus camisetas y siguen caminando por la calle. Aunque al principio se siente incómodo, a Rick empieza a gustarle. Al menos no son las Mutantes de McCulloughville.

Una noche, Rick encuentra una fotografía de Joshua Covington y la examina; observa a Jacob, que duerme en su cama, y suspira. Padres. Hijos.

A estas alturas, Rick ya podría haberse mudado de la habitación de Jacob al porche que Susan recientemente ha hecho cerrar, pero no lo hace.

Al día siguiente vuelve a ver la erupción en los brazos de Jacob y se lo comenta a Susan.

—No es nada —dice ella—. Va y viene. No es contagiosa. Y cortamos a:

Rick destruyendo sus cintas con las filmaciones de noticiero, las cintas de su antigua gloria. Tiene una sonrisa en la cara. Por fin, la aceptación. Un poco de paz.


***


Y entonces sucede:


***


Están todos mirando la televisión en la sala, con el hogar encendido y todo, en casa de Susan. Ha sido un día agitado en el reparto de agua embotellada, y luego dos horas más —de Susan y Rick juntos— en la oficina del Club "Salvemos al Pantano" que Susan ayudó a fundar. Un boletín de noticias interrumpe la transmisión normal:

—¡Están saliendo del mar en Galveston! —grita el locutor.

¿Quiénes son?

Los alienígenas, por supuesto. Que parecen triceratops acuáticos con cuernos de goma y que se acercan en enjambres desde el Golfo de México y que arrastran consigo los restos de viejos barcos y aviones, los detritos del Triángulo de las Bermudas. Y que están más enfurecidos que el diablo. El calentamiento global y las corrientes del Golfo han agrietado sus recónditos domos submarinos y ahora están de muy mal talante, listos para sembrar el caos. Imágenes de galvestonianos huyendo. Imágenes de criaturas chorreantes del tamaño y el color de un tanque M1. Y todo esto es real.

Rick escucha y, para su horror, se siente eufórico. Está ocurriendo de nuevo, le dice una voz. Una oportunidad de recuperar la antigua gloria. Se resiste. ¿Acaso no aprendió nada en estos últimos meses... de Susan, de Jacob y de su mundo? El es sólo un hombre, un ser humano, mortal para más datos, y aquí en Corkscrew hay todo un mundo para él. Un hogar. Una familia.

La vanidad levanta la cabeza como una cobra, pero él se resiste.

—Grandioso —dice por fin, sonriendo—. Los extraterrestres están arruinando las playas de Texas. ¿Y qué? —Susan y Jacob ríen, pero son risas nerviosas y Rick no sabe por qué.

Nota algo en el codo de Susan. La luz es escasa, pero podría jurar que el codo tiene la misma erupción roja. ¿Estará imaginando cosas? ¿Será una jugarreta de la mente... un extraño residuo de su EPT?

—¿No tendrás esa erupción tú también, verdad? —le dice a ella antes de apagar las luces.

—No —responde ella rápidamente, y tiene razón. Cuando le mira el codo, la erupción ha desaparecido.


***


Al día siguiente llega el primer fax a la máquina que Susan tiene en casa: "Sr. Rowe, lo necesitamos. Firmado: Alcalde de Galveston".

Y al día siguiente llega otro, de la Oficina de Servicios de Emergencia de Texas: "¡Lo necesitamos!". Y mensajes de celular genuinos: uno de la Agencia Federal de Atención de Emergencias. Uno del Miami Herald: "Se rumorea que lo han contactado por la crisis de Galveston. ¿Qué planes tiene, Sr. Rowe?".

Celular en mano, Rick se quiebra.

Se pone delante de Susan.

—Me necesitan —dice—. De verdad. Tengo que ir. —Su corazón late como una vía de tren. Es otra vez McCulloughville y él tiene que vivir su historia. Tiene que hacerlo. Ella, por cierto, lo entenderá—. Un hombre tiene que cumplir con su deber —dice. Una vez, alguien dijo eso. Alguien de una película, está seguro.

—No es real —dice ella.

—Claro que es real, Susan. Si no fuera real no estaría en los noticieros...

—No quise decir eso.

—¿Qué quisiste decir entonces?

Cuando ella no responde, él dice:

—Esperaba que me entendieras. —Está enojado. Si ella realmente lo quisiera, entendería, ¿verdad?

—Quizás nosotros también te necesitamos —dice ella quedamente.

—Vengan conmigo, los dos —dice él, más alegre.

—No podemos, Rick. No es nuestra historia. —Ella le da la espalda. Jacob está otra vez con gripe y ella tiene que tomarle la temperatura una vez por hora. Órdenes del médico.

Finalmente, él dice:

—Perdona.

—No te preocupes. —Ella desvía la mirada, como siempre, pero así se lo hace más fácil—. Le explicaré a Jacob lo que pasó. Lo entenderá. Seguirás siendo su héroe.


***


Rick sube a la vieja camioneta Ford que languidece en el garaje de Susan desde hace años y acelera hacia Galveston. Ustedes pensarán que va al menos por una autopista, pero no, es una ruta como la Ruta 66 y los letreros de anuncios muestran otra vez marcas y eslógans viejos —"Vea los EE.UU. desde nuestro Chevrolet" y "Nada más al ras... que una afeitada Burma"— y los pocos coches que pasan junto a él en la noche son tan viejos como el suyo. La línea quebrada del centro de la ruta lo hipnotiza y escenas de su vida pasan rápidamente frente a sus ojos. Vemos lo que él ve: McCulloughville, sus padres, Buddy Blaylock y su coche, Susan, Jacob, Chi Chi Escalante. Vemos todas las versiones de Rick Rowe que hemos visto a lo largo de los últimos meses. Algo le está ocurriendo a Rick mientras conduce. No estamos seguros de qué es, pero es importante.

Finalmente, Rick se ve a sí mismo como una langosta... alienígena, de ojos enormes, con un exoesqueleto resplandeciente azul y verde, y por alguna razón eso le cae bien.

Detiene el coche, gira en U y vuelve por donde vino. Cuando llega a la casa, el médico está allí. Rick mira al niño, al médico, a Susan, y de pronto sabe que no fue la "gripe" lo que tuvo todos estos meses.

—¿Cuánto hace que sufre de esto? —le pregunta a Susan.

—Desde que llegamos.

Él no sabe de qué le está hablando. ¿Llegamos?

—¿Qué es... qué tiene? —pregunta Rick

—Debilidad muscular. Un problema con las fibras musculares... No conozco el nombre científico. No estoy segura de que tenga nombre, Rick. El Dr. Patterson nunca ha visto nada parecido.

—¿No tendría que estar en un hospital... con especialistas?

—Eso no es posible.

—¿Hablas de dinero?

Ella no le hace caso y en cambio mira a Jacob y al médico, y lo único que se le ocurre decir a Rick es:

—¿Va a empeorar?

Ella sonríe un poco, mirándolo por un momento, y él cae en la cuenta de que ama esa sonrisa. Es un poco desviada, un poco más alta de un lado, y los dientes de Susan son tremendamente pequeños, pero la ama.

—Quizás sí... quizás no.

Susan lo dice con resignación y él recuerda que ella siempre dice "Quizás sí, quizás no". Que no da seguridades. Que no hace promesas grandes como letreros de anuncios.

—Él te idolatra —dice ella en voz baja.

—Realmente no me conoce.

—Conoce lo que necesita conocer —dice ella.


***


Se produce un silencio incómodo entre ellos mientras el médico termina de examinar al niño dormido. Rick se fija en las manos del médico. Tienen las mismas franjas de erupción roja que tenía Jacob en los brazos cuando estaban en el cine, que tenía Susan en el codo. Se las queda mirando fijamente. La erupción no desaparece. Es real, observa. Muy real. Comienza a decir algo al respecto, pero el médico levanta la vista y Rick nota algo raro en sus ojos —el médico tampoco quería mirarlo de frente— así que finalmente dice:

—Ya habrá otros alienígenas, otros monstruos, ¿verdad?

—Por supuesto —responde ella—. Siempre hay otros...

Ella ha visto la expresión de Rick y sabe que ya es hora. Es hora de contárselo. Estira las manos y allí está la erupción, pero ante los ojos de Rick lo rojo se vuelve azul y verde, brillando como las alas de una mariposa de la selva tropical, y es su piel, advierte él, no una erupción. Y cuando levanta la vista para mirarle la cara, sus ojos no son en absoluto como él los recuerda. Son de un color azul increíble —como el espacio que hay entre las estrellas— y no tienen pupilas, y sus dientes parecen más puntiagudos de lo que él los recuerda. Es real, lo sabe.

A veces lo que uno quiere, está diciendo ella, aunque su boca no se mueve, no está tan lejos.

Él le toca las manos y las nota más delgadas de lo que recuerda, y quizás tienen un dedo de más.

Es la atmósfera de tu planeta, dice ella, lo que lo enferma. Pero él quiere quedarse aquí. Yo soy lo único que tiene. Nosotros somos lo único que tenemos.

Te necesitamos, Rick, está diciendo. Supimos que eras el indicado cuando te vimos en televisión aquel día. Tan valiente. Sabíamos que no tendrías miedo, que tú, de entre todas las personas, estarías dispuesto a ayudarnos...

Él la mira fijo, incapaz de hablar. Y aunque pudiera, ¿qué le diría?

Fui yo, agrega ella, la que hizo que el alcalde te llamara. Él no es uno de los nuestros. Solamente hay cinco. El padre de Jacob era el sexto. Teníamos que hacerte venir. Perdona.

Él ahora la está tomando de las manos, y aunque la piel de ella debería perturbarlo, no es así. Todavía es la mujer que conoce, aunque sea otra cosa. Asiente. Ella da un paso hacia él, lo rodea con sus brazos, sus ojos sin pupilas quedan a unos pocos centímetros de los suyos, y lo abraza, lo abraza de veras. Se siente bien. Él sabe lo que deben de estar sintiendo —Susan, Jacob, el médico y los demás—, aquí, solos, sin saber qué va a sucederles, con esos cuerpos no tan diferentes del suyo. Después de todo, provenimos de la misma semilla galáctica, ¿verdad?, dice una voz, la que siempre le habla así.

—Me alegro de que no te fueras —le dice ella al oído, esta vez con palabras, y ahora él le está devolviendo el abrazo... un abrazo genuino, totalmente sincero, entre dos seres que se han convertido en buenos amigos y que todavía pueden, si Dios y la anatomía lo permiten, convertirse en amantes.

Mientras se abrazan, vemos que ella tiene un tatuaje en el antebrazo —un águila muy patriótica con flechas en sus garras—, algo que no estaba allí hace unos pocos días, algo que ella puso allí para él, y esto nos dice que, sin importar qué otra cosa pueda estar sintiendo, sin importar qué otra cosa pueda ser, ella lo ama... ¿y acaso no es eso lo único que importa, ya sea en un universo o en una película como esta?

La imagen cambia a un cielo azul.

O a las estrellas.

O a un bebé recién nacido.

O a cualquier otra cosa que nos parezca bien.


Notas:

1. The Benevolent and Protective Order of Elks of the USA es una asociación que promueve el bienestar, el patriotismo y la fraternidad, y que organiza campañas contra las drogas y actividades juveniles, otorga becas, etc.. “Leones” se refiere al Club de Leones. VFW es una organización formada por veteranos de guerra. (N. de la t.)
2. Personajes de la sitcom familiar Leave it to Beaver, de 1957. (N. de la t.)
3. The Grange es una organización norteamericana apolítica, que agrupa a los granjeros de diversas zonas en “Granges” (Granjas) regionales. Allí trabajan cooperativamente para mejorar las condiciones económicas y laborales de sus miembros. (N. de la t.)
4. Base de la Fuerza Aérea norteamericana (N. de la t.)
5. La “daisy-cutter" es la bomba convencional más grande del mundo, que se lanzaba desde los aviones norteamericanos en Vietnam y también en las guerras del Golfo y de Irak. Explota aproximadamente un metro antes de tocar el suelo y destruye cualquier cosa viva en un radio de unos 330 metros. (N. de la t.)
6. En español en el original (N. de la t.)
7. En español en el original. (N. de la t.)
8. Pantano (N. de la t.)
9. Pez también conocido como “pez gato caminante”. (N. de la t.)

Título original: Hero, the movie
© Bruce McAllister
Traducción:Claudia De Bella, © 2007.


Bruce McAllister tiene una trayectoria importante dentro de la ciencia ficción norteamericana, en la que lleva participando medio siglo. Vive en Redlands, Califormia, donde hasta hace poco fue profesor universitario. En la actualidad, además de dedicarse a su carrera de escritor y generar sus propios cuentos y novelas, se desempeña como consultor literario independiente. En el número 175 de Axxón publicamos su cuento "Linaje", que fuera nominado al premio Hugo.



Axxón 177 - septiembre de 2007
Cuento de autor norteamericano (Cuentos : Ciencia Ficción : Mutantes : Extraterrestres : Invasiones : Norteamericano : Estados Unidos).

            

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