FICCION BREVE (treinta y cinco)

Varios Autores

AMIGOS

Ariel G. Ledesma Becerra - Argentina


De mí sólo necesitan saber que vivo en Vilenuar y que tengo un amigo.

Mi amigo tiene un problema.

También tiene la solución: una espada forjada en una sola pieza de una ya olvidada aleación de plata, simple, con empuñadura en cruz, que no participó en ninguna batalla y es, sin embargo, responsable de muchas muertes.

Ahora la solución la tengo yo... Y todo es una cuestión de reflejos.


Apenas iluminado, este barrio es la decadencia. Un caos tridimensional de locas urbanizaciones sin razón, sin sentido.

Aquí, en noches de luna llena como esta, en que el vaho asciende de las cloacas formando una niebla densa, casi pastosa, con jirones atrevidos que llegan aferrándose a las paredes hasta los últimos pisos, el tiempo no pasa.

Aquí está mi amigo.

Lo siento.

Nos sentimos.

Nos buscamos.

Un callejón, una escalera, una columna. Asomo la cabeza. Niebla y sombras. Respiro varias veces y corro, salto una baranda y me aplasto contra el suelo. Siento su mirada, me percibe. Su instinto cazador lo trae hacia mí.

Me asomo sobre un muro. Presiento un movimiento al final de una calle a mi derecha. Ahora sólo hay sombras. Sabe dónde estoy. Huele mi miedo.

Me levanto. La espada casi me resbala de la mano transpirada. Camino hacia la calle. Tres, cuatro pasos, corro un poco y me apoyo en la pared. No veo nada. Fuerzo el oído, trato de escuchar su respiración jadeante, excitada por la proximidad de la presa. Las gotas de humedad condensándose en las cañerías, mi corazón acelerado...

Vuelvo a respirar y sé que él me oye.

Empuño la espada con las dos manos y piso algunos charcos hasta el centro de la calle. La niebla me envuelve los tobillos. Estoy casi paralizado. Está acá...

Salta sobre mí. Su olor acre llega primero. Los ojos rojos y fulgurantes son todo lo que veo. Escucho un gruñido apagado y sus dientes desgarrando carne.

Me alejo con una patada y por fin lo vislumbro entre la niebla. Magnífico en su bestialidad. Mi sangre goteando de su quijada a casi dos metros de altura.

El dolor me golpea, palpitante, el brazo izquierdo.

Sus orejas se aplastan contra la cabeza y salta sobre mí.

Llevo mi brazo derecho hacia atrás hasta que el metal toca mis glúteos.

Un golpe elegante y firme.

La cabeza rueda por el pavimento y la masa peluda de su cuerpo cae sobre mí, apresándome contra el suelo.

Es extraña la sensación. Es como un abrazo cálido y húmedo. Una despedida.

Lloro. Estoy perdido.


Paso los días sin salir de mi casa. Espero. Una de estas noches, cuando mi brazo cicatrice, lo voy a sentir. Lo que mi amigo me describió. Ese dolor, esa anulación. Ese deseo de cazar.

La suprema liberación.

Ahora el problema lo tengo yo... Y también la solución.

Pero no tengo un amigo.




Ariel G. Ledesma Becerra nació el 14 de mayo de 1968. Es porteño y vive en Caballito, barrio de la ciudad de Buenos Aires. Estudió cine en el IDAC de Avellaneda y algunas materias de Letras en la UBA. Posee muchos autores favoritos, pero por sobre todo elige a Ursula K. Le Guin, Cordwainer Smith y Philip K. Dick. También le gusta mucho, fuera de lo literario, el trabajo de Bertrand Russell en lo científico y filosófico, y el de Stephen Jay Gould. En este caso también dar un montón de nombres más. Le gusta ver cine y series de TV. Y leer, por supuesto. Este es su primer relato publicado.



SUICIDA

Anabel Enríquez Piñeiro - Cuba


Quizás fuese un dios,
un dios con mucha culpa que expiar,
un dios que fue privado de la suerte del olvido.
"Desmemorias de los Inmortales"
A. Henry


Di Hoa nacerá en la Luna, en el decimoquinto aniversario de su colonización. Será piloto de una de las naves tripuladas que cruzarán el cinturón de asteroides. Contactará formas de vida en Europa. Su bota dejará la primera huella humana en Calisto. Hará mérito y reputación: alguien propondrá su nombre para bautizar una academia espacial, le permitirán tener una posesión en la Tierra (una pequeña, quizás una cabaña en los Alpes) y visado permanente. Una lluvia de meteoros hollará el blindaje de su trasbordador, de regreso a la Tierra para disfrutar el premio. Tras veintiséis horas a la deriva, en el límite de la cianosis y la autofagia, destapará la cápsula de la píldora (KCN- al 80%) y un segundo antes de colocarla bajo la lengua, recordará que Radhamed Saad ha nacido en Jerusalén en 1975. Su adolescencia ha trascurrido entre un despertar de piedras y obuses: la Intifada, una redención que han abrazado su padre, su tío y sus hermanos mayores. Ayer ha aparecido un hombre y le ha hablado de palabras como Hamas y sacrificio; infiel y profecía. Cargado de explosivos hasta las caries, día de verano, con lloviznas, se ha apostado frente a una gasolinera de israelíes. Antes del estallido, mínimo instante para mirar la espoleta entre sus dedos, el fulgor del metal ha desencadenado el deja vú donde el teniente Didier De Cousin es destinado al Fort Soleil, en el invierno de 1759. Militar de carrera, de familia, de esencia, viene a las tierras del oeste del Canadá a limpiarlas de iroqueses y británicos. Su orgullo le obliga a permanecer en Fort Soleil mientras el enemigo cerca el fortín y da cuenta de toda su guarnición. Combate hasta que su torre se derrumba por el bronce del inglés. Entre la confusión de los vencedores y los peñascos de la torre, avista un fusil. Lo atrae hacia sí, coloca el cañón bajo la barbilla: el resplandor de la bayoneta hiere el manto del olvido tendido sobre el 1579, en que Hamasuke Yukio sirvió al clan Shonen, de Edo. Proveniente de una familia de samuráis, dividió su vida entre el boato de la corte y el sudor del combate; compartió el riesgo sin moderación y con placer los besos de las cortesanas. La desgracia de la familia Shonen lo cercó a los veintiséis años. Unos segundos antes de cometer seppuku, bajo los cerezos sin flores contra un cielo de humo, el brillo del wakisashi en su mano despertó la memoria de mil siglos para volver a empujar el venablo

libar la cicuta

saltar al vacío

airear la espada

oprimir el gatillo

tirar de la espoleta

liberar el máser...

Y, otra vez, pedir clemencia ante los dioses.

Clemencia por todos los hombres y mujeres en cuya piel ha de vivir y matar con mano propia. Súplica eterna: no más reencarnación donde sufrir el humano dolor del suicida.

Súplica que un dios parece escuchar.

Y por una vez compadecerse.

Entonces, lo regresará a la Tierra en forma de la última ballena.



Anabel Enríquez Piñeiro nació en la ciudad cubana Santa Clara en 1973, es publicista, licenciada en sicología y Master en Ciencias de la Comunicación. Además es guionista, trabajo que —nos comenta— le consume bastante tiempo en la actualidad. En Axxón publicamos sus cuentos "Deuda temporal" (177) y "Ectoplasmia" (178).



LA MORDEDURA DEL TIMERALÓN

William Trabacilo - Venezuela


Yaciente y herido por la lanza cristal del kuth cazador, habló el timeralón:

—Estoy a tu merced, pero antes de matarme debes saber que fui uno como tú. Nací y crecí como kuth, odiando y temiendo al timeralón y como cazador maté a varios. Lo hice hasta el día de la mordedura. Ese día supe que mi vida terminaba y perdía a mi hijo.

"Me convertí en esto, con este cuerpo pulposo y tentacular, pero veo mejor las cosas. Por eso te mordí, hijo: para recuperarte. Ahora dejas de ser kuth y vuelves a ser mi hijo".

Pero el kuth cazador sólo oyó graznidos ininteligibles, y enfurecido por la mordedura, decapitó al timeralón.



William Trabacilo vive en la parroquia Altagracia, en Caracas, Venezuela. Es Ingeniero Electricista egresado de la Universidad Central de Venezuela. Tiene 44 años, la mayor parte de ellos dedicados a cultivar la afición por el dibujo, que recientemente ha combinado un poco con la escritura de algunos relatos.



UN AMBIENTE DOMINICAL

Patricio Pacios - Argentina


Mira el reloj. Toma más té y se acomoda en el asiento. Ahora reposa la vista en la ventana, en su marco rectangular, en su ordinario marrón que no le impide olvidar que eso es un color y no una mera coincidencia de todos los días. Va jugando con los objetos que ve fuera, los descompone en partes iguales y forma números impares con ellos. Luego los une de manera arbitraria para mantenerlos en distintas posiciones (excepto la vertical) que no lo convencen. Prueba otras variantes. Mira el reloj. Toma más té y luego bosteza. Hace un pequeño intento para encender la minúscula radio, pero lo desecha y prefiere rascarse la oreja.

Escucha el sonido de los autos al pasar y los va construyendo en su mente en forma instantánea, les pone color (el rojo es el predilecto), conductor, ruedas y los echa a andar con tal suavidad que no parecen moverse, hasta parecería ridículo que algo así fuera capaz de movimiento. Los deja pasear por sus infinitas extensiones hasta que los pierde, los olvida. Mira el reloj. Toma más té y come una galleta. Recuerda al almacenero que se las vendió, un hombre grande de largos brazos y cara escrutadora, con ojos artificiales y el pelo acomodado pero no limpio. Recuerda el precio. Lo compara con el de otras galletas y a veces lo cree demasiado elevado, otras no tanto; hace comparaciones de sabor y forma (lo más importante), también examina el paquete y lo cree apropiado, digno. Es azul en su mayoría, tiene algunos ejemplares estampados en un aparente desorden, algunos signos ilegibles, el contenido neto y el nombre de las galletas. Mira el reloj. Toma más té y mira la taza. La ve vieja y descolorida. La siente ajena. La pierde y comienza a jugar con la cuchara. Traza círculos imaginarios sobre el mantel de plástico, simula colorearlos con simulada destreza, luego los abarca a todos dentro de un círculo mayor y a éste, a su vez, lo encuadra con fuerza, como evitando que se escape (como si pudiera hacerlo). Se detiene. Ahora se ve reflejado en la ondulación del utensilio que le parece estúpida, irreal. Se ignora a sí mismo y busca con ella los muebles, los cuadros, las fotos, los espejos, los libros. El reflejo lo aturde y lo evita. Mira el reloj (la hora exacta). Toma más té (el trago justo) y cierra los ojos. La mano no resiste y deja caer la taza que no se rompe, que acompaña en el silbido de la caída al bulto que se desparrama como en un charco de agua.

La silla sigue sin moverse. Se oyen apenas las agujas del reloj.



Patricio Pacios nació el 7 de diciembre de 1983 en San Miguel de Tucumán, Argentina. Es estudiante del profesorado en filosofía de la Universidad Nacional de Tucumán.



DESDE EL EXTERIOR

Yamil Madi - Venezuela


Martilleo y araño la escotilla, reverberando en mis entrañas ecos de pesadillas arcanas. Un ardor inexpugnable surge de mi oscuridad más interna mientras un miedo cerval me obliga a tratar de ser lo que ya no soy, de volver a sentir el rítmico pulso de la humanidad, pero mis caóticas acciones para regresar al modulo de descenso son, apenas, reflejos moribundos de lo que fui.

Escudriñando impíos objetos en las arenas marcianas desaté la abominación obscena que acechaba en mi interior. Dejo la lucha y me oculto con ansia entre las arenas color ocre de este helado paraje. Serpenteo lejos del módulo, abandonando mis orígenes, fundiéndome con los amorfos relieves de un altar abominable, arrastrándome para adorar por siempre a un dios demencial y ajeno.



Yamil Madi nació en Caracas el 29 de diciembre de 1963. Obtuvo el titulo de licenciado en biología (ecología e historias de vida) en 1994 en la Universidad Simón Bolívar de Venezuela y el de Magister Scienciarun en biología (ecología evolutiva y comportamiento) en la misma universidad en el 2003. Actualmente se encuentra culminando su tesis doctoral en biogeografía y procesos de extinción.



AQUELLA VOZ

Joaquín Torres Caldas - España


Una voz femenina que me resultaba vagamente familiar pero que no conseguí identificar a través del filtro del teléfono dejó un mensaje tras oír la señal. "Sálvame", dijo la voz y fue aquel ruego —y no el sonido insistente del aparato minutos antes— lo que consiguió arrastrarme hasta la orilla de la inquieta duermevela que me envolvía desde que Elena se había marchado a trabajar. Despegué la cabeza de la almohada y abrí los ojos. El resplandor de los números del reloj de la mesilla me desgarró las pupilas, obligándome a parpadear dos veces antes de enfocar la vista con la precisión suficiente para estirar el brazo y rebobinar la cinta del contestador.

Segundos más tarde, la palabra "sálvame" retumbó de nuevo en la penumbra del cuarto.

Un súbito temor se apoderó de mí. Me levanté de la cama con el corazón encogido. Tuve la certeza de que algo malo le había ocurrido a Elena.

Levanté el auricular del teléfono y, aunque en los últimos meses había marcado ese mismo número al menos un millón de veces, me costó tres intentos combinar correctamente los dígitos que comunicaban con su oficina.

Respondió una secretaria. "Podría hablar con Elena Martín, por favor", pregunté con nerviosismo. Se hizo el silencio. Sentí un escalofrío y noté como mis piernas flaqueaban. Por fin, cuando ya había apoyado la mano libre en la pared para poder sostenerme, lo joven empleada volvió a ponerse al aparato: "En estos momentos la señora Martín está reunida ¿desea dejarle algún recado, señor?"

"N-no", repliqué, titubeando, al tiempo que trataba de asimilar esa información. Me invadió el desconcierto. "Si no había sido Elena", me pregunté, "entonces quién..."

Colgué el teléfono y marqué el número de casa. Escuchar a través de la línea la voz pausada de mi hermana alivió algo mi inquietud. Con cierta ironía me respondió que se encontraba mejor que nunca y, por una vez, su tono de reproche quejándose por no telefonearla más a menudo ni siquiera logró exasperarme.

Colgué de nuevo y reparé en la pequeña agenda marrón que descansaba a la derecha del aparato. La agenda en la que Elena anotaba los números de nuestros allegados.

Ignoro el tiempo exacto que pasé tecleando todos aquellos números, pero cuando alcancé la página en blanco presidida por una gran "Z" negra, la yema del dedo índice me escocía y el auricular del teléfono estaba pegajoso y tan caliente como el volante de un automóvil estacionado demasiado tiempo al sol.

Para las personas con las que había hablado, aquella no era más que otra rutinaria mañana de lunes. Empecé a considerar la posibilidad de que tal vez todo había sido una mera confusión, un error de la persona que había llamado o quizá se tratase de una pesada broma. No obstante, aquella voz, a pesar de la distorsión, me resultaba extrañamente familiar. Estaba seguro de haberla escuchado con anterioridad.

Fue entonces, al salir del cuarto para enjuagarme el rostro ojeroso en el lavabo, cuando me fijé en la fotografía colgada en la pared: una imagen de nuestra hija pequeña soplando las velas de la tarta de su undécimo aniversario, tan sólo dos semanas antes de morir ahogada en la piscina del jardín.

Lágrimas emergentes me nublaron la vista. El pasillo se convirtió en una espiral borrosa. Apoyé la espalda en la pared y me dejé caer despacio hasta quedar sentado en las gélidas baldosas. "Hoy hace un año", pensé, "exactamente un año". Una áspera náusea que a duras penas pude contener escaló por mi garganta. "Sálvame" era lo que decía el mensaje. Y recordando aquella voz, la voz de una niña de doce años y dos semanas, rompí a llorar.




Joaquín Torres es español, nacido en 1980 en la ciudad de Santiago de Compostela. En la actualidad reside en Lugo. Es Diplomado en Relaciones Laborales y Licenciado en Humanidades. Está realizando un Máster en Dirección de Recursos Humanos. Nos cuenta que le gusta la literatura desde que tiene uso de razón, siempre con especial predilección por la ciencia ficción, el suspense o el terror. Sus autores favoritos son los clásicos (Poe, Hans Ewers, H. G Wells...) aunque también admira a escritores más recientes como Ballard, Palahniuk o el a veces denostado Stephen King. Tiene una buena colección de relatos sin terminar escritos en los últimos cuatro o cinco años. Ha publicado varios microrrelatos en el periódico de su ciudad. Un relato suyo apareció en el ezine Efímero (# 94), que dirige Santiago Eximeno.



COSA MUERTA CON OJOS DANZANTES

Gina Hasbún - Chile


Cuento escrito por culpa de Soledad Véliz


Cosa muerta con ojos danzantes yacía tumbada en la hierba.

Al llegar, los Legales observaron con horror que dos esferas sangrantes no paraban de danzar. Quisieron con una manta cubrir a Cosa muerta, pero los ojos con sus brincos y giros lo impedían.

El Legal de más rango, con un filoso sentido de la vida, ordenó a los demás a que esperaran el fin del acto. Luego de un momento los ojos, aún agitándose, volvieron a las cuencas y se acomodaron en ellas quedando en total quietud. En ese instante el Legal dio la segunda orden: ¡Bajen los telones de inmediato! Un subalterno cerró ambos párpados. Para sorpresa de todos, las manos de Cosa Muerta se buscaron la una a la otra para ejecutar el más emocionado de los aplausos.



Gina Hasbún es chilena, nacida en 1967. Su profesión es Publicista. Participa del taller literario Forjadores. Fue invitada este año al Encuentro Internacional de Escritores Latinoamericanos y Alemanes en Berlín y recientemente, en octubre de 2007, han leído sus escritos el Festival Internacional de Poesía en París. Sus autores preferidos son Leonora Carrington, Isidore Ducasse; Baudelaire, Virginia Wolf, Silvina Ocampo, Felisberto Hernández...



RIGOR MORTIS

Ricardo Juan Benítez - Argentina


Siendo las nueve horas, treinta y nueve minutos del día 28 de agosto del 2050, el patólogo de turno, Homero Euclides Hutton, comienza el examen del cuerpo, sexo femenino, edad entre 30 y 35 años, peso corporal unos 60 kilos.

Debido al estado del "rigor mortis", la homeostasis se produjo hará unas cuatro horas.

Realizo incisión abdominal para corroborar necrosis de los órganos y toma de muestras para análisis de ADN. La membrana del retículo sarcoplásmico es semipermeable, por lo que debe haber pérdida de iones de calcio en el RS... Lo que no entiendo qué hacen estos tentáculos aquí...

¡Agh!...




Ricardo Juan Benítez nació en la ciudad de Buenos Aires el 28 de noviembre de 1956. Ha publicado cuentos en ALMIAR Margen Cero (España), Proyecto Scherezade (Canadá), Resonancias Org (franco-argentina), Uchronicles de Giampietro Stocco (Italia), Azul Arte (Inglaterra), Revista "El Fausto", Alma de Luciérnaga (Tibeirades, Israel), Herederos del Caos (California, EEUU), El Fausto (España) y en Axxón. Publicó además en la Antología del V° Concurso de Cuento y Poesía de la Asociación de Arte y Culturade Merlo, año 2006, (Argentina) y en la antología compilada por el escritor y poeta César Melis "La trama y las sombras" (Editorial Dunken). Ha obtenido el Segundo puesto en el V° Concurso de Cuento y Poesía de la Asociación de Arte y Cultura de Merlo (Argentina) por el cuento: "Noche de bruma y silencio"; Grupo El Fausto (España) Primera Mención de Honor del Primer Concurso de Cuento y Poesía, por el cuento: "El hombre de marrón del fondo de mi casa", que publicamos en el número 175 de Axxón.



Axxón 178 - octubre de 2007
Ilustrado por Valeria Uccelli
Cuentos de autores de procedencias diversas (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Varios países).

            

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