BORGEANO

Daniel Vázquez y Alejandro Alonso

Argentina

Le informé que había tenido un hijo, pero ella me respondió que era imposible.

—Quedé estéril cuando era chica —dijo—. ¿No te da vergüenza engañar a una vieja como yo?

No insistí. Abrí el legajo militar en mi pad y le mostré una imagen. Amanda Lawrence inclinó la cabeza y eructó.

—Anexistente —dijo, o tal vez lo preguntó. Yo asentí.

Un grupo de líneas circuitales se abría paso en su cráneo: senderos de grava entre matas de aspecto pajizo. Seguramente, algunas llegarían al encéfalo para permitir el control de los servos en manos y brazos. Otras, más sutiles, estimularían las áreas corticales para que interactuara con objetos virtuales que nadie más podría percibir. A decir verdad, la dama estaba cargada de ferretería militar pasada de moda.

Se volvió hacia la pantalla, que no paraba de escupir partes de guerra. Luego me ofreció una mirada de cansancio, como si ya hubiera pasado por todo esto. Mejor así. Otros se ponen violentos. Por eso elijo el bar de la estación para hacer negocios: en público suelen controlarse un poco más.

Esperé a que diera un par de bocanadas del perfumaire que yo le había invitado. Ella aspiró profundamente y aflojó los hombros. Yo solté un poco más de cuerda:

—Como usted, su hijo peleó contra los cayau. Estuvo en Alfa Quimera. Pero eso fue en otra realidad. Los cayau modificaron nuestro pasado para que...

—¿Has visto, Raymond? —me interrumpió—. Yo te lo decía. ¡Una puta cronoelipsis!

Raymond no estaba allí, pero ésa no era señal de que Amanda desvariara. La movida tecnoswinger había brillado cuatro décadas antes y todavía tenía adeptos, sobre todo en la Flota. En lugar de intercambiar parejas de carne y hueso, los tecnoswingers trocaban sus respectivas copias sintelizadas. En caso de muerte o anexistencia de uno de los miembros, el sobreviviente podría recuperar la copia —usualmente depositada en algún banco de memorias a prueba de cronoelipsis— y ejecutarla en el soporte que mejor le pareciese.

Sentí escalofríos. Los tecnoswingers acumulaban perversiones como si fueran medallas. La discronofilia los arrastraba a vivir una existencia alternativa y enfermiza, a imitar a ése que podrían haber sido de no haberse producido la cronoelipsis. La sintelifilia les hacía perder el límite de sus afectos. Al final, les daba lo mismo el original de carne y hueso que la copia virtual inducida en sus cabezas o, peor aún, enfundada en un holograma perfecto.

El que la versión sintelizada de Raymond hubiera sido activada con acceso al chip craneal de la mujer confirmaba que el tipo estaba muerto. Si bien los clubes de tecnoswingers subvencionaban la sintelización, al mismo tiempo imponían ciertas reglas que yo veía con simpatía. La copia sintelizada era ejecutada sólo si el original dejaba de existir, y el sintelizado del sobreviviente era escrupulosamente borrado. La llamaban la Regla del Espejo: "Una vez que la imagen de tu pareja cruzó el umbral, rompes el espejo".

—¿No me vas a contar nada más? —se impacientó Amanda.

—Antes me gustaría verificar sus datos —respondí. La mujer apoyó el pulgar en mi pad y el dedo comenzó a transmitir.

Amanda Lawrence tenía 73. La Comandancia había becado sus estudios desde los doce años. A los dieciséis se había enrolado en la Flota. Dos años antes había quedado estéril a causa de un aborto clandestino. Todo ese asunto me sonaba a cronoelipsis. Había estado casada con Raymond durante treinta y ocho años, hasta que él murió. No habían recurrido a la manipulación genética ni a la cirugía reparadora, así que nunca habían tenido hijos.

La mujer agotó la garrafa de aire perfumado mientras yo comprobaba otros detalles de su filiación. El ADN-Id la sindicaba como la madre de mi soldado anexistente.

Inclinó la cabeza. Tal vez Raymond le estuviese hablando.

—Creo que no eres el primero que me lo dice, ¿sabes? —Me miró a los ojos—: ¿Cómo se llamaba? ¿Ricardo? ¿Leonardo?

El eco de un déją vu. Di un respingo.

—Gerardo —respondí—. Usted es muy... intuitiva.

—No me adules, precioso. No es intuición. La marea temporal fluye en ambos sentidos.

La gente repetía esa frase como si fuera una metáfora de la justicia universal: lo que hoy me pasa a mí, mañana puede pasarte a ti. Pero no era así, y la veterana Amanda Lawrence lo sabía mejor que nadie: la frase era literal.

Desde que el universo-membrana de los cayau había "tocado" el nuestro, el número de dimensiones espaciales había crecido —al menos desde un punto de vista práctico—. También se habían sumado cuatro dimensiones temporales —el llamado tiempo aglutinante—. Que la marea temporal fluyera en ambos sentidos sólo señalaba que una de las nuevas dimensiones temporales oscilaba entre un punto muy lejano del pasado y otro en el futuro, causando extraños efectos sobre nuestra línea de tiempo convencional.

Para nuestra desgracia, sólo los cayau y sus aliados podían visitar las nuevas dimensiones, remontando la marea temporal y saltando subrepticiamente al pasado de la línea de tiempo "humana". Un arma formidable.

El pulgar de Amanda pagó todo lo que pedí a cambio de mis servicios, que no fue poco. Algo me dice que fue Raymond quien tomó la decisión.

Le extendí un memback y le solté el discurso de siempre:

—Las memorias de respaldo de tiempo aglutinante son inmunes a los cambios que los cayau hacen en el pasado de nuestra línea temporal. —Le mostré la parte roma del memback—. Si bien tienen un soporte físico en nuestro espacio-tiempo, almacenan los datos en un plano...

La mujer desechó mi explicación con un gesto.

—Raymond también tiene algunos recuerdos guardados en... —Pareció consultarlo con su marido—. En el tiempo aglutinante, dice. —Tomó el memback delicadamente y lo guardó—. ¿Por qué no te bebes ese trago? No vaya a ser que se vuelque.

Obedecí sin pensarlo. Mientras lo hacía, la mujer me mostró un núcleo holográfico.

—¿Quieres conocer al padre de Gerardo? A Raymond le gustaría agradecerte la molestia.

Antes de darme cuenta me había parado y estaba retrocediendo. Al hacerlo volqué mi vaso, que ya estaba vacío. Los hologramas perfectos de los sintelizados me producen el mismo rechazo que las cucarachas: puedo soportarlos, pero en pequeñas dosis y siempre que esté sobre aviso.

La mujer se burló con una risita que más parecía un quejido.

—Ya lo sabías, ¿eh Raymond? Otro estúpido borgeano.

La transacción había terminado. Tomé el pad y me alejé.

Tal vez, con la ayuda de un avatarista competente, la vieja pudiera crear una emulación informática de ese hijo que nunca tuvo. No sería tan buena como una sintelización, pero los perversos se conforman con menos que eso. O tal vez pasara el resto de su vida tras los despojos de esa Amanda alternativa y sexualmente funcional, para actuar como si fuera ella.

Decidí que no me importaba. Era patético. Abominable.

Si bien tengo un talento y lo uso para sobrevivir, lo que mis clientes hagan con la información que les proporciono no es asunto mío. Al menos mientras no me afecte directamente. La misma información que usan para imitar a un anexistente podría servirles para conocerse mejor.

Busqué otro rincón del salón que estuviera al amparo de las cámaras de vigilancia y los espejos. Los borgeanos nos apegamos a la declaración del heresiarca de Uqbar, que sostiene que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres. Están los más radicales (los que abominan los espejos, los hologramas, el teatro e incluso la paternidad) y aquellos, más moderados, que sólo creemos que el ser humano es único e irreproducible, y que cualquier duplicación es innecesaria.

Me ubiqué en un reservado. No podía largarme de allí como hubiera querido: un tal Angus Clutterbuck me había citado. Era piloto naval y regresaba del frente a bordo del destructor Napoleón.

El sistema de atención me dio a elegir entre el barman sintelizado y el menú de autogestión. Escogí el menú. La sintelización también entra en la categoría de abominable. Y algunas son incluso doblemente abominables: no sólo duplican una personalidad humana en un envase virtual, sino que lo hacen para integrarla en las tripas de una nave o un sistema experto.

Me entretuve manipulando el holograma del menú, combinando gases, rocíos y bebidas, hasta lograr una aceptable imitación del Índigo joviano. La vaina humeaba al salir del dispenser, en el centro de la mesa. El aroma del coloide azulino que se retorcía en su interior era dulce y embriagador.

El pad me anunció la llegada del Napoleón. Pedí otro Índigo y me asomé a la escotilla del reservado. Los primeros miembros de la patrulla entraron en el salón poco después. Algunos buscaban sexo, otros un buen trago, otros sólo querían un baño de inmersión en un ambiente grávido.

Observé a una pareja que flirteaba en la barra. Ella era una compañera en plena metamorfosis: su cabello castaño se volvía cobrizo, los pómulos ascendían por las márgenes del rostro, los pechos se abultaban. El tipo vestía el inmaculado uniforme de batalla con la marca del Napoleón: un cóndor tatuado con once estrellas (una por cada dimensión espacial: tres en el pecho, y ocho más pequeñas repartidas en las alas), que sujetaba en las garras las cinco flechas del tiempo (cuatro saetas simples, una de las cuales estaba quebrada en varias partes, y la última con puntas a ambos extremos del astil).

La guerra multidimensional contra los cayau se había vuelto eterna porque no nos dolía. Las enfermerías no se llenaban de mutilados y heridos. En el peor de los casos, las bajas desaparecían de nuestra vapuleada línea temporal sin que nadie las echara de menos. Los que regresaban del frente lucían tan enteros como al partir. De hecho, la mayoría de las bajas que la sociedad civil advertía sucedían después de las batallas, por suicidio.

El segundo Índigo joviano se enfrió.

Le pedí al pad que me dijera si Angus Clutterbuck estaba entre los del Napoleón. Me respondió que no había ningún humano con ese nombre.

Guardé el pad. Era tiempo de largarme.

Un soldado vestido con uniforme del Napoleón entró al reservado. Era totalmente calvo y llevaba tatuada en el cráneo una rosa Calabi-Yau atravesada por una espada. De la empuñadura colgaba el emblema de la Comandancia.

Evidentemente sabía a quién buscaba y dónde encontrarlo: lejos de las cámaras y los espejos.

—¿Yamil Molina? —preguntó señalándome.

—Me tengo que ir, no me interesa. Búsquese a otro.

—Pensé que eras un invento del sintelizado —dijo, mientras se llevaba la mano al bolsillo. Me empujó contra la pared y recitó—: Angus Clutterbuck declara bajo juramento que es único y por lo tanto persona digna de tu atención.

Me apoyó el caño en la nuca. Disparó.

Sentí un latigazo cuando el suero con el nanochip atravesó la piel.

Contento con su faena, el tipo aflojó la presa.

—Era tu amigo, Yamil. Dale una oportunidad.

—¿Quién te envía? —pregunté. Las cosas perdían nitidez, la visión periférica se oscurecía.

—Me envía Angus —admitió, mientras observaba el Índigo frío a trasluz—. ¿Te molesta si pido uno igual?

Invocó al barman sintelizado y le dio instrucciones para que duplicara el trago. La voz del soldado sonaba lejana. Me recosté sobre la mesa para no caer al piso.

—Los amigos estamos obligados a cumplir con nuestras promesas —dijo—, aunque no recordemos...


—...y dentro de tu cabeza no puedes evitarme —dijo Angus Clutterbuck.

Ahora sabía quién era Angus. Al menos parcialmente. Durante mi inconciencia, el nanochip había desplegado una red de enlace neural y un transmisor. En otras circunstancias, el borbotón de datos que volcó en mi memoria hubiera alcanzado para elevarme a la iluminación del Nirvana. Tal vez por eso eligió desmayarme.

La señal del sintelizado llegaba fuerte y clara.

El calvo ya iba por su cuarto Índigo joviano, sin visos de detenerse. Bebía metódicamente, consciente de su angustia. Cualquiera diría que lo hacía para olvidar una pena de amor. Yo sabía que era más bien todo lo contrario.

—Es... adictivo —dijo, y aspiró los últimos vapores de la bebida—. ¿Ya puedes ver a Angus?

—Sí.

—Por favor, quiero que me cuentes todo sobre él. Necesito saberlo. Estoy dispuesto a pagarte por esa información.

Otro discronófilo.

—Supongo que Angus y yo fuimos muy amigos —agregó—, que él habría hecho lo mismo por mí, llegado el caso. Sencillamente no lo sé.

Puse un precio. Él me dijo que tenía crédito en el bar de la estación, y que si era capaz de beberme el valor de mis servicios en tragos, él los pagaría gustoso. Acepté.

Mientras hacía la transferencia, le conté quién había sido el piloto Angus Clutterbuck, pero no le dije por qué le había pedido aquel extraño favor. Él no me lo preguntó, y yo no quise aportar más leña al fuego de su discronofilia. Además, yo no tenía pruebas de su existencia alternativa, salvo la información que acababa de entrar en mi memoria. Nadie acepta la palabra de un buitre sin pruebas.

Al sexto Índigo cayó redondo.

Angus lo miró largamente, con una mezcla de compasión y hastío. Después se volvió hacia mí. No me gustó.

—Gracias —se acomodó en su asiento, justo en frente de mí—. ¿Prefieres que siga jugando en tu cerebro, o que me transforme en un holograma perfecto?

No le respondí. En cuanto me fuera, buscaría la forma de arrancar aquella abominación de mi cabeza. Angus Clutterbuck había dejado de existir, y ése debió ser el final de la historia.

Me extendió un legajo que sólo yo podía ver. Maldije a mi corteza visual por dejarse engañar de esa forma.

—Querías cierta información —dijo Angus—. Ahí la tienes.

Lo ignoré.

—Está bien, Yamil. Te daré un resumen. —Abrió la carpeta y pasó las primeras páginas—. Uno de nuestros destructores, el Halcón, fue comisionado para capturar una nave humana, aliada de los cayau. —Aparentemente, esa frase sintetizaba las primeras diez páginas del informe—. El Halcón le dio alcance y la torpedeó en el peor momento posible. Media nave se desintegró, o eso pensaron. Pero al intentar remolcar el resto se encontraron con que no podían moverlo: la nave estaba clavada al espacio vacío.

Cabeceó en dirección al soldado desmayado: —El Napoleón se dirigió a la zona de la escaramuza para averiguar qué había pasado y recuperar lo que quedaba. Aparentemente, una mitad de la nave traidora estaba en nuestro espacio-tiempo, pero la otra mitad vibraba en las microdimensiones Calabi-Yau.

Hasta hace un siglo, las microdimensiones Calabi-Yau eran sólo un planteo topológico reservado a los físicos de avanzada. Decían que nuestro universo tenía diez dimensiones espaciales y una temporal. Decían que sólo podíamos percibir tres dimensiones espaciales porque las demás estaban arrolladas y comprimidas en un espacio decenas de veces más pequeño que un protón. Hablaban de extrañas topologías de múltiples dimensiones. Decían que nada podía vivir en esas dimensiones supranumerarias. Después llegó el universo-membrana de los cayau y el tiempo aglutinante. Hoy tenemos dieciséis dimensiones, cinco de las cuales son temporales. Hoy las microdimensiones Calabi-Yau pueden ser navegadas como si fueran un espacio extenso y continuo, gracias a ese tiempo aglutinante. Esas dimensiones están habitadas por los cayau: seres inteligentes con un desarrollo científico y tecnológico superior al nuestro. Tanto, que sus naves pueden elegir qué juego de dimensiones espaciotemporales desean navegar. Nosotros no, apenas nos damos maña para detectar sus movimientos más allá de nuestro limitado espacio-tiempo.

Y estamos en guerra, claro. Era inevitable.

Me volví hacia la escotilla para esquivar la mirada del sintelizado, pero ahí estaba otra vez: acodado en la barra, entusiasmado con su perorata. Tan concentrado estaba en su discurso que no advirtió el fastidio que me causaba su hablar de nosotros, como si fuese humano. A pesar de la distancia que nos separaba, sonaba tranquilo, como si estuviera hablándome al oído. Me estremecí. Su voz no provenía de la barra, ni atravesaba el aire, ni llegaba a mis oídos abriéndose paso a codazo limpio entre las demás voces y ruidos del bar. Estaba en mi cabeza.

—La nave traidora estaba atascada —me explicó—, como un barco que encalla bajo la línea de flotación. —Me hizo un guiño y dijo sintonía hipersimétrica incompleta, como si eso lo resumiera todo. Tomé nota mental para preguntarle a algún humano sobre esos términos—. Cuando supiste de nuestra misión, me pediste la ubicación del pecio. Yo puse algunas condiciones, y nos asociamos: 35-65, tú te llevabas la parte del león...

Estabas de acuerdo cuando eras humano, pensé. No sé por qué lo hice.

—El equipo de trabajo del Napoleón comenzó a serrar el pecio, pero antes de terminar llegaron los bichos. El Napoleón se enfrentó a los cayau en doce ciclos.

Debió notar mi desconcierto porque aclaró: —Doce veces... iterativamente.

El calvo roncaba y babeaba sobre la mesa. La carpeta seguía allí. La hojeé: cuatro veces los cayau habían intentado viajar a nuestro pasado, montados en la marea temporal, pero el Napoleón lo había evitado usando sondas de choque. En otras dos oportunidades tuvieron éxito, pero la tripulación logró modelizar las cronoelipsis y se tomaron medidas para minimizar sus efectos. Los demás golpes habían sido certeros: los cayau encerraron al Napoleón en una monumental burbuja sintonizada en las once dimensiones del espacio sensible, disolvieron las sondas de choque y obstruyeron el envío de boyas mensajeras al pasado para poner sobre aviso a la Comandancia. Los registros de la nave hablaban de capitanes y pilotos que jamás nacieron, de saboteadores que corrompieron los sistemas tácticos desde dentro, de componentes defectuosos en los impulsores... Y ésa era sólo la parte que habían podido deducir usando la información de respaldo.

Finalmente, los cayau habían empujado al Napoleón a las inmediaciones de un sistema habitado, donde una confrontación podía ser más dañina que el simple regreso a la base.

—El pecio sigue allí —dijo Angus—, esperando que algún buitre le arranque las tripas. De paso, puedes rapiñar algunas monedas contando la historia de los anexistentes del Napoleón...

—...y tú vendrás conmigo —completé amargamente.

Él pareció sorprendido de que yo le dirigiera la palabra. Yo también me sorprendí.


Angus me aseguró que la misión no representaba ningún peligro. Que lo que fuera que buscaran los cayau, seguramente ya se lo habrían llevado. Sabía que a los buitres no nos gustan los problemas. Preferimos llegar después de la batalla: el manjar está en los restos.

También me dijo que una vez terminado el negocio se iría. Podría usar su parte del rédito y sobornar a algún ingeniero para que le consiguiera un cuerpo o, en el mejor de los casos, una nave donde pudiera integrarse y usar su experiencia. Supongo que ésa es la razón existencial de cualquier sintelizado.

Al principio pensé que alejarme de la estación sería una buena forma de perder el contacto con la abominación parlante, y que más adelante podría eliminar lo que me habían inyectado. Pero el chip estaba preparado para esa eventualidad: a la más mínima pérdida de señal escupía basura hipnagógica en mi subconsciente. Nadie quiere vivir con eso.

Sólo el sintelizado podía desactivarlo.

—Especial para borgeanos reticentes —me dijo con picardía—. Además, somos socios. Sería muy deshonesto de tu parte dejarme fuera.

Abordé la Funes y descargué al sintelizado desde el nodo-red más cercano a la memoria de la nave. Por delante tenía un pajar del tamaño de un sistema planetario, plagado de desechos y con más dimensiones de las que yo podía apreciar con mis ojos humanos. Sólo restaba confiar en que las IAs pudieran calcular los sitios con mayor probabilidad de encontrar las agujas.

Nuestro destino estaba en Beta Atalante. Solté amarras y abandoné el área de maniobras tan rápido como me fue posible. Las IAs escogieron una serie de rutas WARP comerciales, pero Angus se opuso.

—La Comandancia sospecha que nuestras rutas están monitoreadas por los cayau —me explicó. Ahora ensayaba una forma de comunicación menos intrusiva, a través del sistema de audio de la Funes—. Como bien sabes, los motores generan túneles gravitónicos que pliegan el espacio-tiempo, pero no sólo nuestro espacio-tiempo. Al parecer, dejan un rastro bastante llamativo en las dimensiones Calabi-Yau. Probablemente haya sido así como encontraron al Napoleón.

Blanco sobre negro, el sintelizado me pedía que saliera al espacio libre, confiando en que no encontraría ningún obstáculo digno de consideración en los túneles que improvisaría.

—¿Cómo me comunicaré con la estación? —pregunté automáticamente, acaso para ganar tiempo y pensar.

Las rutas comerciales disponen de varios canales gravitales para conducir las señales de radio al nodo-red más próximo. Eso permite una comunicación fluida con las naves en el espacio profundo. No había nada de eso en el espacio libre.

—Si se diera el caso, tendremos que abrir nuestros propios canales y rezar para que estén bien orientados —me respondió Angus.

Me espantaba la idea de quedar aislado en el espacio libre con aquella abominación, sin embargo era preferible al riesgo de atraer la atención de los cayau.

—Si me dieras acceso a los sensores, tal vez podríamos mejorar la navegación —pidió el sintelizado.

—La Funes no necesita que ninguna abominación tome el control de ella.

—La Funes es una antigualla.

El sintelizado se materializó y me sobresalté. Aún vestía el uniforme del Napoleón. Al parecer mi cabeza andaba escasa de guardarropa.

—Ya declaré que soy único —me dijo—. Tengo continuidad jurídica respecto del original, porque así lo dispuso el primer Angus. No estaba destinado a terminar en tu cabeza, y lo sabes, pero ambos necesitamos concretar este negocio. ¿Qué más puedo decirte para que confíes en mí?

—Estoy hablando con la copia de un anexistente.

—Estás hablando con tu amigo Angus, porque yo soy lo único que queda de él.

—No somos amigos —dije, pero no me detuve. No podía—: Soy buitre, es mi trabajo, pero no te confundas: no soy un discronófilo. No necesito recuperar a mis hijos, ni saber si fui bailarina en un pasado alternativo. Es fútil, y a la larga sólo multiplica la cantidad de vidas humanas en una misma persona.

—Bla, blá... Muy borgeano.

—Ése es el orden de las cosas. —Lo pensé mejor—: Y ése es el orden al que deben someterse las cosas.

—A las cosas nos encanta el orden humano.

—No hay nada de humano en querer parecerse a uno que no existe.

—Podemos elegir hacerlo. Eso es lo humano.

—Si yo pudiera elegir, te arrancaría de mi cabeza.

—Apuesto a que sí...


Las IAs me mostraron las primeras señales de distorsión, unos once minsen antes de llegar al pecio. Había bastante ruido de fondo como para sacar mayor provecho de los sensores, así que convenía una aproximación indirecta.

—¿Cómo lo haremos? —preguntó el sintelizado.

—Buscaré canales gravitales truncados o distorsionados. Si, como dices, el Napoleón terminó dentro de una hiperburbuja, los llamados de auxilio deben estar rebotando entre las dimensiones de nuestro espacio-tiempo y las dimensiones Calabi-Yau.

—¿Y de qué nos servirán los llamados de auxilio?

—Cualquier canal gravital que haya sido desviado hacia las dimensiones Calabi-Yau seguramente será inmune a la cronoelipsis.

Angus emitió una carcajada. Evidentemente la situación lo divertía, o al menos coincidía con los parámetros que el Angus original hubiera considerado divertidos.

—Siempre me pregunté cómo lo hacías —dijo—. ¡Puedes escuchar los mensajes anexistentes! Jamás lo hubiera imaginado.

Apreté los puños, o tal vez sólo cerré la mandíbula. Siempre y jamás eran palabras que un duplicado no tenía derecho a decir, por más que las leyes o la última voluntad de su original le aseguraran la continuidad jurídica y emocional.

Apagué el sistema de audio.

Las IAs encontraron una decena de comunicaciones presuntamente anexistentes.

Para facilitar las tareas de rescate, los modernos pedidos de auxilio incluyen no sólo la situación de la nave en peligro, sino también la filiación de tripulantes y pasajeros, e incluso datos médicos relevantes. Comparando esos registros con la nómina actual del Napoleón tendría un excelente punto de partida para mi investigación.

Avanzamos cinco minsen en la dirección de la que provenían las comunicaciones, hasta que el pecio apareció claro en nuestros sensores de alcance medio.

Era un explorador clase Selenita. A la vista teníamos el puente, un segmento de la bodega y media matriz de impulsores. Estaba bastante dañado y había signos de una descompresión explosiva en el puente. A esa distancia, parecía una bota de caña corta, que a partir del talón se hundiera en una bruma oscura y densa. Los sensores no registraban objetos en la bruma. Evidentemente ésa era la parte encallada en las dimensiones Calabi-Yau, vibrando en espacios más allá de nuestra percepción ordinaria.

Me llamó la atención una serie de estrías irregulares en la superficie del pecio. Consulté al sintelizado y éste se materializó.

—Son líneas de resonancia para propagar la sintonía hipersimétrica.

—Antes dijiste sintonía hipersimétrica incompleta. Sigo sin comprender el significado —admití.

Angus enarcó una ceja. Yo me atajé.

—Las dimensiones cayau y las de nuestro universo están superpuestas —explicó, apoyando la palma de una mano sobre el dorso de la otra—. Por cada clase de partícula subatómica de nuestro universo hay varios equivalentes simétricos en el de los cayau. La única forma de penetrar en las dimensiones cayau es haciendo que cada partícula de nuestra nave se transforme en alguno de sus equivalentes simétricos de las dimensiones cayau. Por ejemplo, un electrón en un c-electrón, un protón en un c-protón y así sucesivamente.

Asentí, pero no logré convencerlo de que había entendido. Debo ser muy mal alumno. Angus volvió sobre sus pasos e inició una explicación más pausada.

—Puedes imaginar las partículas subatómicas ordinarias como orugas que sólo pueden arrastrarse en dos dimensiones. Para ganar altura, la oruga debe transformarse en mariposa. Los electrones serían las orugas y los c-electrones, las mariposas. La imagen no es muy buena, pero te dará una idea. El tema es que en la física de partículas eso no sería posible. Pero en la física de supercuerdas sí.

Todo lo que recordaba sobre supercuerdas era que se basaba en un modelo matemático que interpretaba a las partículas subatómicas elementales como cuerdas que vibraban en muchas dimensiones. Siempre imaginé las partículas subatómicas como microscópicas bolas de billar. Tenía que acostumbrarme a este otro paradigma, donde mi cuerpo, incluso la nave y las estrellas, eran como una orquesta de cuerdas que sonaba armónicamente.

—Las propiedades físicas de las partículas —continuó el sintelizado—, como la masa, el spin o la carga eléctrica, están definidas por la forma en que vibren esas cuerdas: a qué frecuencia oscilan, la longitud efectiva de la cuerda, si son como segmentos de tanza o bien como lazos cerrados. Vibrando de una determinada manera, una cuerda es un electrón ordinario, pero cambiando algunos parámetros de la vibración puede transformarse en otro tipo de partícula, incluso en su equivalente de las dimensiones cayau. La sintonía hipersimétrica hace exactamente eso, transforma cada partícula de un cuerpo dado en un equivalente simétrico del universo Calabi-Yau. Es así como los rebeldes pueden pasar de un juego cualquiera de cuatro dimensiones espaciotemporales a otro. Cambian la música de la existencia.

—¿Las afinan, entonces? —pregunté—. ¿Como a las cuerdas de un Stradivarius?

El sintelizado no respondió. Supongo que le pareció demasiado pedestre la imagen. Había algo de condescendencia en ese gesto, y no me gustó.

—¿A los humanos también? —insistí.

—La sintonía hipersimétrica afecta a la nave y a todo lo que hay en ella. Pero, evidentemente —señaló el pecio—, a éstos no los dejaron terminar.

Las IAs interrumpieron la lección con los resultados del análisis. Según los encabezados de los mensajes, seis de las comunicaciones eran pedidos de auxilio del Napoleón. Algunos, incluso, se habían registrado al mismo tiempo, aunque probablemente no en la misma realidad. Le pedí a las IAs que jugaran otro poco con el listado de la tripulación y navegué manualmente hacia la posición del pecio.

Llegamos una hora después.

—Iré contigo —dijo el sintelizado, como si tal anuncio fuera necesario.

Ahora lucía un aparatoso traje de combate.

—No te molestes —dije.

—No es molestia.

—Lo es para mí.

Angus frunció el ceño y se quedó observándome. No me moví: parecía a punto de decir algo importante. Finalmente suspiró.

—Me he dado cuenta de que no es necesario que me ajuste a los parámetros del Angus original. Puedo introducir algunas variantes en mi pseudolímbico, elegir de acuerdo a criterios diferentes a los que manejaba él. Incluso puedo agregar factores aleatorios. De esa forma, tú podrías hacer el luto por la pérdida de tu amigo, y yo podría existir sin ofender a nadie. O mejor aún: podríamos considerar que Angus nunca existió.

—¿Y cómo quieres llamarte? —dije, no estoy seguro si con ironía o con fastidio.

—¿Cómo te gustaría que me llame? En general, los humanos no elegimos nuestro nombre de pila.

¿Humanos? ¿Elegimos? Aparté la mirada. Aquel juego enfermizo me superaba.

El sintelizado se sentó en el piso. Parecía abatido.

—¿Tienes una biblioteca en esta nave? —preguntó.

—Sí.

—Dame acceso a ella. Te propondré algunos nombres y tú...

—Te llamarás Honorio Bustos Domecq —resolví.

El sintelizado se llevó el pulgar a la barbilla y allí lo dejó por un largo rato. Luego sonrió. ¿Habrá entendido la ironía? Parecía justo bautizarlo con un seudónimo.

—Si yo soy Bustos Domecq, entonces Angus Clutterbuck nunca existió —afirmó.

—Deberías borrarlo de tu memoria.

Había tocado un punto sensible. Angus se puso de pie y balbuceó imitando los rasgos de la inquietud humana.

—¿Cómo... afectará eso la estabilidad de la matriz de mi pseudolímbico?

—Bastante, supongo. —respondí, sin que Angus me oyera.

—Y la misión... ¿Cómo afectará la misión? —Alzó una mano—. No, Yamil. Te propongo otra cosa: almacenaré ese conocimiento en algún otro lado y lo borraré de mi memoria. Si tengo problemas, podrás reestablecerlo.

Yo había pasado por esta situación. Tal vez, en otra realidad, Angus había negociado conmigo muchas veces y éste era el punto donde las partes ya no podían retroceder sin comprometer su esencia.

Éste era el punto en el que yo cedía.

—Bien, señor Bustos Domecq. ¿Es un trato?

Estreché el aire allí donde se suponía que Honorio me extendía su mano.


Cuando cumplí quince, mi padre me obsequió un paseo de exploración por Sudamérica. Viajamos a una zona mesopotámica, tal vez el último reducto de la selva en ese continente. Allí, en medio del follaje, mi padre me mostró los restos de una ciudad fundada por los Jesuitas: gruesos muros de asperón rojizo, pórticos de piedra aún en pie, enormes bloques semienterrados que atestiguaban la grandeza de aquellas misiones. Mi padre los admiraba, porque a fuerza de inteligencia habían creado una pequeño estado en medio de la nada. Pero los misioneros habían sido aplastados y desperdigados, supongo que por razones políticas. Rodeado de la magnificencia de esos restos que aún sobrevivían a la selva, quise conocer a esos hombres y vislumbrar cómo habría evolucionado ese estado hasta el presente si no hubiese sido sofocado.

Lo asombroso es que hoy podría hacerlo, si traicionara a los míos. Incluso podría cambiar el curso de la historia usando la tecnología cayau. Es perturbador imaginar el llamado de todas esas cosas que jamás llegarán a nosotros porque se cayeron del universo antes de ser creadas.

Casi tres décadas después, los extintos tripulantes del pecio también reclamaban mi atención, aunque de una forma menos sutil. Sus voces rebotaban entre el espacio-tiempo ordinario y el cayau, salían de la nave, se mezclaban con los pedidos de auxilio del Napoleón y regresaban a los laberintos cronoelípticos, multiplicándose monstruosamente en cada reflujo de la marea temporal.

Evidentemente, los traidores no tenían intenciones de rendirse ante la Comandancia, así que no radiaron pedidos de auxilio en ninguna frecuencia comercial. Pero los diálogos entre el puente y la parte desfasada de la nave seguían allí, y ahora tronaban a través de la radio de mi traje:

Honorio se había lucido indicándome la forma más segura de volar la esclusa posterior del pecio. No hubo descompresión: los sistemas de soporte vital ya no funcionaban. De hecho, toda la sección estaba a oscuras: o bien la tripulación había abandonado la nave, o bien había sido expulsada al espacio. O tal vez estaba confinada en la sección invisible del pecio.

Pasé las cámaras de aislamiento y descontaminación, y ascendí por una pequeña escala hasta el nivel de la bodega. Saqué mi arma.

<¿Dóndevamosaescondernos?>

Los reflectores mostraron un pasillo que se ensanchaba después de la primera arcada. Floté hasta el umbral y esperé.

—¿Qué es esa puerta? —le pregunté a Honorio.

—La entrada a la bodega infinita.

—Pensé que era un mito.

—No, no lo es.

<¡Revisentodo!Clutterbuck,alsegundonivel.Macrili,alpuente.Tienenqueestarenalgunaparte.>

La infraestructura original de la nave era selenita, pero en todas partes había ferretería cayau acoplada, y la bodega era el summun de esas incorporaciones. Alguien había comparado la bodega con un edificio de varias plantas, donde la botonera del montacargas no marca pisos sino las horas del día. Gracias al confinamiento del espacio ordinario y a la manipulación de las dimensiones temporales, cada objeto almacenado en una bodega infinita existía sólo en el segmento de tiempo en que había sido guardado —ni antes, ni después—, por lo que el espacio podía ser reutilizado.

—Deberíamos evitar la bodega —reflexionó Honorio—. No creo que sea muy estable en este revoltijo dimensional.

—Pero cualquier cosa que estuviera en ella se habrá salvado de la cronoelipsis.

—No creo que se haya salvado de la sintonía hipersimétrica. Recuerda que le dieron a la nave justo a mitad del proceso.

Nos alejamos de la zona de bodegas y descendimos al puente. Por el sistema de audio de mi traje, las IAs confirmaron que había dieciséis anexistentes en el Napoleón. Angus Clutterbuck era uno de ellos. Todavía no habían sacado ninguna conclusión respecto de las comunicaciones del pecio.

—¿Crees que podamos llevarnos algo de la bodega infinita? —le pregunté a Honorio.

—Déjalo así. Tal vez logremos extraer del puente el Mapa Dimensional Sensible y las matrices del RVCortical. Incluso podrías remodelar tu cachalote.

—La Funes está bien como está, y yo no uso realidades virtuales para navegar. Para eso tengo IAs.

—Lo dicho: un cachalote vetusto.

—Vete a la mierda.

Como cabía esperar, el puente era un desastre. El sillón del RVCortical estaba impregnado con salpicaduras rojas y marrones, y los conectores estaban arrancados. Algunas pantallas habían reventado y todavía se apreciaban los signos de un fogonazo rápidamente extinguido por el súbito vacío.

Honorio me señaló un panel de aislamiento por debajo del OpCom.

—Tiene dos orificios. Introduces los dedos y levantas los gatillos.

Así lo hice. El panel cedió. Debajo de unos conductos difractales había una docena de membacks. Oro en barra.

El sintelizado sonrió: —Sabiendo que el Napoleón estaba bajo ataque, copié la información valiosa y la escondí aquí, en esta nave, a la espera de que alguien pudiera recuperarla. Hay backups parciales del pseudolímbico del Napoleón. Incluso hay grabaciones de las comunicaciones durante la batalla. Iré a corte marcial por esto.

—No, Angus. Quien hizo esto ya no existe.

Me mordí la lengua por haberlo llamado así. No pareció darse cuenta de mi desliz.

Las IAs habían tenido éxito al crear canales gravitales hacia las bases de datos de la Tierra y Marte. Incluso habían husmeado en algunas bases cronoblindadas, en el espacio de tiempo aglutinante. Trece de los anexistentes del Napoleón tenían historia en el Sistema Solar que se podía rastrear. Era un buen número, pero todavía quedaban tres incógnitas.

Revisamos a conciencia el puente. Los tesoros de tecnología alienígena parecían arruinados y difíciles de extraer.

—Vámonos —dijo Honorio.

—Todavía no hemos terminado. Tenemos que ver esa bodega.

<Ésteesunllamadodeauxilio.¡Responda!>

—Yo no me arriesgaría. Es peligroso.

—Aún así...

Aumenté el volumen de mi comunicador: las IAs me estaban informando sobre la situación de los tres restantes. La cronoelipsis llegaba hasta los abuelos: ni siquiera habían nacido los padres. Angus estaba entre ellos.

Se lo informé al sintelizado, que inmediatamente recuperó la configuración de Angus Clutterbuck. Ahora era único, y yo no podía ponerle ninguna objeción. Sentí que me había engañado y comprendí que no era la primera vez.

—¡Si hasta tú me llamaste Angus! —dijo—. Pero ya no soy un duplicado, así que no te preocupes. El otro Angus no sólo no está en la Flota, sino que nunca nació, ni siquiera podía ser concebido. —Avanzó uno, dos, tres pasos. Apoyó la mano en mi hombro—. No puedo dejar de ser Angus, ni de ser tu amigo, y tampoco lo deseo. Además... ese nombre que me diste era un seudónimo.

Asentí. Desbloqueé el seguro del arma.

—¿Por qué no te quedaste con él? —le pregunté—. ¿Por qué no se lo dijiste a Danara?

El sintelizado bufó. Seguramente había esperado esa pregunta desde nuestro encuentro en el bar de la estación.

—Porque si estoy con él, siempre seré la copia. Quise que las cosas fueran distintas, así que le pedí que te buscara.

Desvió la mirada. Fue un gesto estúpido, demasiado humano. No tenía necesidad de hacer tiempo para buscar nuevos argumentos. Era un sintelizado.

—Además —continuó—, no quería meterlo a cómplice. Tiene una carrera prometedora por delante.

—¿Por qué no te quedaste con él? —insistí.

No respondió. Nos conocíamos demasiado bien como para seguir con la charada.

—Si Danara está a salvo en la estación, embriagándose con Índigos jovianos, ¿quién está llamando desde la bodega infinita? —pregunté.

Volví a la escala y floté hasta la entrada de la bodega. Bajé el volumen de la radio y apoyé el casco contra la puerta de la bodega. Alguien golpeaba débilmente.

El sintelizado había desaparecido. Me pareció sensato.

—Aquí el teniente Danara. Éste es un llamado de auxilio —repitió la voz en la radio.

—Apártense y colóquense los trajes —respondí—. Vamos a entrar.

Una voz pastosa interrumpió la conversación.

—Yo... ¿Dónde diablos...? Oh, espere a que me ponga el traje.

Mientras esperaba, coloqué los explosivos en la cerradura de la bodega. Lamenté no poder llevármela: en el mercado alienista hubiera valido una fortuna, aunque nadie supiera cómo usarla.

Volé la cerradura. Hubo una leve descompresión.

Dos tripulantes del Napoleón salieron a mi encuentro: el teniente Marco Danara y el piloto Angus Clutterbuck.

—¡Gracias al cielo! —aulló el piloto—. Creí que no volverían a buscarme.

Lucía fatigado y agradecido a la vez. Ni siquiera reparó en que su compañero estaba desnudo.

Al ver las dos figuras saliendo de la bodega, tuve una sofocante sensación de simetría. Me pregunté de qué lado del espejo querría vivir yo.

—¿Me dieron por muerto? —preguntó el piloto, ahora con un dejo de angustia.

—No exactamente —respondí. Le mostré los membacks que él mismo había ocultado... en otra vida.

Al principio le costó reconocerlos, pero luego comprendió. Su espanto fue único, perfecto.

—Él no debería haberte llamado —balbuceó. Miró de reojo a su compañero, como si tuviera la culpa de todo. Luego pareció darse cuenta de algo y su expresión cambió. Yo levanté el arma—. Fue el sintelizado, ¿no? ¡Mierda! De todos los tipos del mundo...


Ilustración: M.C. Carper

Disparé una, dos veces. El cuerpo flotó en una nube de su propia sangre.

Danara me miró azorado: una pálida imitación del pavor. Seguía siendo calvo, pero lucía más joven. Me pregunté si allá, en la estación, Amanda Lawrence vería a su querido Raymond del mismo modo: desnudo, en la plenitud de la vida.

La rosa Calabi-Yau en el cráneo de Danara fue lo último en desaparecer cuando volé de un tiro la mano del piloto y el núcleo holográfico que sujetaba aún después de muerto.

Angus Clutterbuck se materializó entre el cadáver de la abominación y yo.

—Gracias —dijo.

—Estamos del mismo lado —respondí.

Sin agregar palabra, me indicó donde colocar los explosivos para que, del pecio y sus ocupantes, no quedara ni el recuerdo.



Los argentinos Alejandro Javier Alonso (Buenos Aires, 1970) y Carlos Daniel J. Vázquez (Capital Federal, 1968) comparten una pasión similar por lo fantástico. Aquí Alejandro compartió generosamente su universo Calabi-Yau (universo que ya apareció en Axxón varias veces) para una idea inicial de su socio literario que, tras muchos idas y vueltas, se transformó en esta historia. Y cuentan los autores que lo disfrutaron mucho.


Este cuento se vincula temáticamente con "Elegía al ausente perfecto", de Alejandro Alonso (142), "Leticia en el reflujo de la marea", de Alejandro Alonso (157) y "Cronoelipsis", de Alejandro Alonso (158).


Axxón 180 - diciembre de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico: Ciencia Ficción: Dimensiones: Inteligencia Artificial: Policial Negro: Argentina: Argentino).

            

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