CRÍPTICO

Jack McDevitt

EEUU

Estaba en el fondo de la caja fuerte, en un voluminoso sobre de papel Manila. Casi lo tiré a la basura, junto con las pilas de otros documentos, cintas y restos surtidos que quedaban del Proyecto.

Si hubiera estado catalogado, identificado de alguna manera, estoy seguro de que lo habría hecho. Pero el sobre estaba en blanco, salvo por una fecha de dieciocho años atrás garabateada en la esquina inferior derecha y, debajo de ésta, la nota "40 gh".

Afuera, en el desierto, las luces se movían. Debía ser Brackett, haciendo el ajuste fino de la Red de Antenas para Orrin Hopkins, que en aquel entonces estaba comenzando con las observaciones que, varios años después, llevarían a nuevos puntos de partida en la teoría de los púlsares. Yo envidiaba a Hopkins. Era bajo, rechoncho, calvo; un hombre inseguro de sí mismo, cuyas explicaciones estaban invariablemente salpicadas de risitas tontas. Era una figura ridícula que, sin embargo, tenía el sello del genio. Y la gente recordaría sus ideas mucho después de que el salón que llevaba mi nombre en Carrollton se hubiera derrumbado.

Si nunca había reconocido mis propios límites ni guardado esperanza alguna de inmortalidad (por lo menos de ese tipo), sin duda lo hice cuando acepté el puesto de director en Sandage. Se gana mejor siendo administrador que físico en actividad, pero es la muerte de la ambición.

Y un Jesuita ni siquiera tiene esa ventaja.

En aquellos días, la Red todavía era modesta: cuarenta antenas parabólicas de treinta y seis metros de diámetro cada una. Montadas sobre vías, por supuesto, con movimiento independiente, formando una cruz truncada. Durante dos décadas habían sido el corazón del SETI, la Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre. Ahora, con el Proyecto abandonado, eran empleadas para propósitos más útiles, aunque banales.


* * *


Incluso ese sistema, relativamente poco sofisticado, era bueno. Como Hutching Chaney comentó una vez, la Red podía captar la tos del encendido de un automóvil en Marte.

Rodeé el escritorio y caí en la incómoda silla de madera que habíamos heredado del régimen saliente. El paquete estaba cerrado con cinta adhesiva que se había vuelto quebradiza y floja en los bordes. Lo abrí.

Era las diez y cuarto. Había pasado la cena y las horas de la tarde trabajando, aburrido, tomando café, debatiéndome acerca de si marcharme del JPL para venir aquí había sido la decisión más sabia. El aumento de responsabilidades era un buen avance profesional, pero ahora sabía que Harry Cooke nunca pondría sus manos en una nueva partícula.

Tenía contrato con Sandage por dos años, dos años de elaborar cronogramas y preocuparme por el seguro, dos años de repartir mis comidas entre la estéril cafetería de la instalación y el restaurante Jimmy's de la estación de gasolina AMOCO, sobre la Ruta 85. Entonces, si todo salía bien, podía esperar otro ascenso, quizás a Georgetown.

Habría cambiado todo eso por el futuro de Hopkins.

Sacudí el sobre y cayeron seis discos magnéticos sobre el escritorio. Estaban en fundas individuales, como los que alguna vez se habían usado en muchas instalaciones para grabar la radiación electromagnética. Los discos estaban numerados y fechados; databan de un período de tres días del 2001, dos años antes de la fecha escrita en el sobre.

Cada uno decía "Proción".

Detrás, Hopkins y dos estudiantes no graduados se encorvaban sobre los monitores. Brackett, que había terminado su trabajo, estaba en su escritorio, con la cabeza enterrada en un libro.

Me gustó descubrir que los discos eran compatibles con la Mark VI. Inserté uno, conecté un vocorder para obtener una impresión y fui a reunirme con el grupo de Hopkins mientras la cosa corría. Estaban hablando del plasma. Escuché un rato, me perdí, noté que todos los que me rodeaban (salvo el hombrecito rechoncho y sonriente) también estaban perdidos y volví a mi computadora.

El proceso dibujaba suavemente imágenes verdes y blancas en la pantalla de la Mark VI y las páginas impresas salían del vocorder haciendo clic. Algo de la geometría ahusada que se extendía por el papel me llamaba la atención. Como un nombre que elude el recuerdo, flotaba en los márgenes de mi alcance.

Debajo de una lámina de la Galaxia de Andrómeda, hervía una cafetera. Podía escuchar el distante zumbido de un avión que probablemente había salido de la Base Luke de la Fuerza Aérea. Detrás de mí, Hopkins y su gente se reían de algo.

Había patrones en la grabación.

Se materializaban lentamente, grupos idénticos de pulsos. Las señales eran artificiales.

Proción.

La risa, el avión, la cafetera, una radio que habían dejado encendida en algún lugar: todo se redujo a una posibilidad.

Muy probablemente viene de Phoenix, pensé.



* * *


Frank Myers había sido el director de SETI desde la muerte de Ed Dickinson, doce años atrás. Me comuniqué con él, que se encontraba en San Francisco, a la mañana siguiente.

—No —dijo, sin titubear—. Se trata de lo que alguno habrá pensado que era una broma, Harry.

—Estaba en tu caja fuerte, Frank.

—Esa maldita caja fuerte existe desde hace cuarenta años. Puede haber cualquier cosa ahí dentro. Excepto mensajes de Marte...

Le agradecí y colgué.

Había sido una larga noche: me había llevado la copia impresa a la cama y, para las 5:00 a.m., ya había identificado más de cuarenta patrones de pulsos diferentes. La señal parecía ser continua: es decir, era una transmisión en curso, sin ninguna indicación de principio o final, salvo por las brechas irregulares que podrían deberse a causas atmosféricas y, por supuesto, a los largos períodos durante los cuales el objetivo se encontraba por debajo del horizonte.

Claramente, se trataba del reflejo de una transmisión terrestre: las ondas de radio rebotan en gran medida por todas partes. ¿Pero por qué guardar el error en un sobre cerrado, dos años después, y ponerlo en la caja fuerte?

Proción es una estrella binaria de clase F3 blanco amarillenta, de magnitud absoluta 2,8, venerada alguna vez en Babilonia y Egipto. (¿Qué quedó sin venerar en Egipto?). Distancia de la Tierra: 11,3 años luz.

En la oficina de afuera, Beth Cooper tipeaba, cerraba cajones de archivos, hablaba con los visitantes.

El curso obvio de acción era usar la Red. Escuchar a Proción en los 40 gigahertz, o a lo ancho de todo el espectro en realidad y averiguar si, en efecto, estaba diciendo algo.

Por el intercom, le pregunté a Beth si quedaba algún tiempo libre en el sistema.

—No —dijo con firmeza—. No tenemos nada hasta agosto del año próximo.

No era ninguna sorpresa. La instalación había sido reservada rápidamente cuando sus recursos quedaron disponibles para la comunidad astronómica, en cantidad mucho mayor que el uso limitado que había prevalecido durante veinte años. Cualquiera que deseara usar el radiotelescopio tenía que planificarlo con mucha anticipación. ¿Cómo podía yo usar la Red por un par de horas?

Le pedí que entrara en mi oficina.

Beth Cooper había venido a Sandage desde San Augustin junto con el SETI, en la gran mudanza de hacía veinte años. Había sido secretaria de tres directores: Hutching Chaney, que había construido Sandage; su amigo de muchos años, Ed Dickinson; y finalmente, después de la muerte de Dickinson, Frank Myers, un hombre joven en ascenso que se había quedado demasiado tiempo en el Proyecto y que, según se decía, estaba feliz de verlo cancelado. En todo caso, Myers había colaborado con la defunción por su incapacidad para defenderlo.

Yo pensaba que él tenía razón, por supuesto, aunque por el motivo equivocado. Era doloroso ver que, por lo general, el magnífico telescopio de Sandage se le negaba a la comunidad científica para que pudiera continuar con la grotesca búsqueda de señales de los Hombrecitos Verdes. Creo que había pocos de nosotros que no nos sintiéramos felices de verlo cerrado.

Beth creyó que perdería su trabajo. Pero conocía las costumbres de la instalación, tenía cierto talento para sobar egos y buena ortografía. Luterana devota, se había adaptado con cautela a trabajar para un sacerdote y, curiosamente, parecía ofendida porque yo normalmente no me pusiera el cuello sacerdotal católico para andar por ahí.

Le hice una o dos preguntas sobre los métodos de reserva de los servicios locales y luego comenté, tan incidentalmente como pude, que era una desgracia que el Proyecto no hubiera tenido éxito.

Beth parecía más una bibliotecaria de Nueva York que una secretaria de una instalación del desierto. Su pelo era gris plateado. Usaba gafas con armazón de acero, sujetas con una larga cadena de plata. Era medianamente obesa, pero su porte y dicción eran impecables, imbuyéndola de la cualidad que la gente de teatro llama "presencia".

Ante mi comentario, sus ojos se transformaron en duras bolitas negras.

—El Dr. Dickinson dijo cualquier cantidad de veces que ninguno de nosotros viviría para ver los resultados. Todos los involucrados en el Programa, incluidos los conserjes, lo sabían. —No era una mujer que se encogiera de hombros con frecuencia, pero el repentino parpadeo de esos ojos oscuros tuvo el mismo efecto—. Me alegro de que el Dr. Dickinson no viviera para ser testigo del cierre. —Siguió un silencio incómodo—. Yo no lo culpo a usted, Doctor —dijo al final, refiriéndose a mi postura, conocida públicamente, de que la instalación estaba siendo utilizada por debajo de su capacidad.

Miré hacia abajo y traté de sonreír, tranquilizador. Debo haber parecido ridículo. Sus rasgos serios se suavizaron. Le mostré el sobre.

—¿Reconoce la caligrafía?

Apenas le echó un vistazo.

—Es la del Dr. Dickinson.

—¿Está segura? Pensaba que Dickinson no había ingresado en el Proyecto hasta la jubilación de Hutch Chaney. Fue en el '13, ¿verdad?

—En ese momento asumió como Director. Pero fue subordinado del Dr. Chaney, como técnico operativo, durante... eh... diez o doce años antes de eso. —Cuando hablaba de Dickinson le brillaban los ojos.

—Nunca me crucé con él —dije.

—Era un buen hombre. —Miró a lo lejos, por encima de mi hombro, con el rostro pálido—. Si no lo hubiéramos perdido, tal vez no habríamos perdido el Proyecto.

—Si eso importara —añadí suavemente.

—Si eso importara.

Tenía razón sobre Dickinson. Era un orador elocuente y persuasivo, autor de libros sobre diversos temas y completamente dedicado al SETI. Bien podría haber mantenido a flote el Proyecto, a pesar del corte de fondos federales y del creciente clamor de sus colegas pidiendo más tiempo de uso de la instalación. Pero Dickinson ya llevaba muerto doce años. Había regresado a Massachusetts en Navidad, como era su costumbre. Después de una tormenta de nieve, salió para ayudar a un vecino a despejar la entrada con la pala y le falló el corazón.

En ese momento, yo estaba en Georgetown. Todavía recuerdo mi sensación de que un genio había muerto demasiado pronto. Poseía un enorme talento, pero nada de disciplina; había revuelto el avispero a lo largo de toda su carrera, lanzando chispas en todas direcciones. Había tocado todo, pero nunca había encendido nada. Y menos al SETI en particular.

—Beth, ¿alguna vez pensaron que habían recibido una señal HV?

—¿Una señal de los Hombrecitos Verdes? —Sacudió la cabeza—. No, no lo creo. Siempre captaban ecos y cosas así. Pero nada estuvo cerca. O era la estación de radio KCOX de Phoenix, o un pesquero japonés en medio del Pacífico.

—¿Nunca nada que no entrara en esas categorías?

Elevó ligeramente una ceja.

—Nunca nada que pudieran probar. Si no podían identificarla, volvían más tarde y trataban de encontrarla otra vez. Por una cosa u otra, descartaron todo. —O, debía estar pensando ella, no estaríamos aquí, manteniendo esta conversación.


* * *


Los comentarios de Beth implicaban que las señales sospechosas habían quedado almacenadas automáticamente. Gracias a que todavía no me había dedicado a purgar los datos obsoletos, descubrí que, efectivamente, ese era el caso y realicé una búsqueda que cubría todo el lapso transcurrido desde la recepción de Proción en 2011. Buscaba una señal similar.

Me llevé una sorpresa.

No había nada parecido. Tampoco ningún registro de la recepción de Proción en sí.

Presumiblemente, aquello significaba que había sido explicada y descartada.

Entonces, ¿por qué, dos años después, habían guardado las grabaciones en sobre cerrado, colocándolas en la caja fuerte? Seguramente, ninguna explicación habría tardado tanto tiempo.

El SETI presuponía que cualquier señal HV era un intento deliberado de comunicarse; que, por lo tanto, el emisor había hecho un esfuerzo para crear algo inteligible y que la manera lógica de hacerlo era empleando un conjunto de símbolos que representaran las constantes universales: el peso atómico del hidrógeno, quizás, o el valor de pi.

Pero la mudanza a Sandage también había significado la mudanza a un equipo más sofisticado y considerablemente más sensible. Existía la posibilidad de que el Proyecto captara una señal intrusa, una transmisión de origen ajeno, pero sólo dirigida a receptores locales. El tráfico de esa naturaleza podía ser inmensamente difícil de interpretar.

Si el paquete en la caja fuerte era algo, con seguridad era algo de este tipo. Cuarenta gigahertz no es una frecuencia ideal para las comunicaciones interestelares. Además, la transmisión era ininterrumpida, informe, sin partes numeradas, sin nada que ayudara a traducirla.

Puse la computadora a trabajar en el texto, usando el programa de análisis de lenguaje propio del SETI. Luego le ordené a Brackett que me llamara si surgía algo, cené en Jimmy's y me fui a casa.


* * *


En el texto no había ninguna evidencia de estructura. En inglés, uno puede esperar una "U" después de una "Q", o una vocal después de un grupo de consonantes. La consonante aspirada rara vez se duplica, nada se pone por triplicado, etcétera. Pero en la transmisión de Proción, todo parecía completamente aleatorio.

La computadora contó 256 patrones diferentes de pulsos. Ocho bits. Nada se repetía a intervalos suficientes como para ser un espacio. Y la frecuencia de estos patrones de pulsos o caracteres, era plana; no había ninguna diferencia cuantitativa en el uso de uno u otro. Todos aparecían aproximadamente la misma cantidad de veces. Si se trataba de un idioma, era un idioma en el que no se discernían las vocales.

Llamé a Wes Phillips, que era el único lingüista que conocía en ese entonces. ¿Era posible que una lengua estuviera estructurada de tal manera?

—Oh, no lo creo. A menos que estés hablando de una especie de idioma inventado. Aun así... —Hizo una pausa—. Harry, puedo darte toda una serie de razones, basadas en, tal vez, seis disciplinas diferentes, de por qué los idiomas necesitan letras de alta y baja frecuencia. Para tener una "curva" plana, un idioma tendría que ser diseñado deliberadamente así y tendría que ser no-oral. ¿Pero qué valor práctico tendría? ¿Por qué molestarse?


* * *


Ed Dickinson había sido un enigma. Durante la serie de crisis políticas que envolvieron a la nación después del cambio del siglo, había ganado reputación internacional como diplomático y como elocuente defensor de la razón y la moderación. Todos estaban de acuerdo en que tenía una mente de primera línea. Sin embargo, en su especialidad elegida, había logrado poco. Y finalmente se había ido a trabajar al Proyecto, que históricamente era sólo un trampolín hacia emprendimientos más serios. Pero se había quedado.

¿Por qué?

Hutching Chaney era un asunto diferente. Oficial de la Marina jubilado, se había dedicado a la física casi como un pasatiempo. Sus conexiones políticas habían sido decisivas para lograr la construcción de Sandage, y se rumoreaba que su nombramiento como Director era una recompensa por servicios prestados durante los vaivenes de la política del Congreso.

Poseía una idoneidad un tanto lenta. Era completamente capaz de comprender y visualizar la complejidad extrema. Pero carecía de perspicacia e imaginación, de la capacidad de extraer inferencias sutiles. Después de jubilarse, Chaney había ocupado un puesto emérito en el MIT, que mantuvo durante cinco años.

Era un hombre corpulento, más chofer de camión que físico. A pesar de su avanzada edad —tenía entonces 70 años— y su volumen, hablaba y se movía con energía. Tenía la cabellera negra y completa. Sus claros ojos grises sugerían la astucia de un político profesional y poseía la confiada simpatía de un hombre que nunca había fracasado en nada.

Estábamos en su casa en Somerville, Massachusetts, una construcción de piedra y vidrio sobre un extenso parque de césped. No se esperaba que un físico jubilado habitara un lugar como ése. La riqueza de Chaney era evidente.

Me palmeó el hombro con su enorme mano y me llevó a través de una de esas salas circunspectas y costosas en las que nunca nadie quiere sentarse, hasta un estudio revestido de madera y tapizado de cuero, en la parte posterior de la casa.

—Martha —le dijo a alguien que yo no veía—, ¿nos traerías un poco de oporto? —Me miró, buscando mi consentimiento.

—Muy bien —dije—. Ha pasado mucho tiempo, Hutch.

Los libros cubrían las paredes; la mayoría, manuales de ingeniería, y algunas historias militares y navales. Un modelo articulado de acero gris del Lance dominaba el estante de la chimenea. Era el mortal hidrodeslizador que, construido por insistencia de Chaney, había contribuido a una fuerza naval multiuso que era simultáneamente letal, flexible y relativamente barata.

—La Iglesia se está infiltrando por todos lados —dijo—. ¿Cómo están las cosas en Sandage, Harry?

Describí un poco del trabajo en marcha. Escuchó con interés.

Llegó una mujer joven con una botella, dos vasos y un plato de queso.

—Martha viene tres veces por semana —dijo Chaney, después de que se fuera. Sonrió, hizo un guiño, hundió una barrita de queso en la mostaza y la mordió prolijamente por la mitad—. No necesitas preocuparte, Harry. Ya no soy capaz de meterme en problemas. ¿Qué te trae a Massachusetts?

Extraje las hojas impresas de mi maletín y se las pasé. Observé con paciencia mientras hojeaba el grueso fajo de papel y vi con satisfacción su cambio de expresión.

—Estás bromeando, Harry —dijo—. ¿Alguien encontró una realmente? ¿Cuándo ocurrió?

—Hace veinte años —dije, pasándole el sobre y los discos originales.

Los giró en sus manos.

—No hablas en serio. Hay un error en alguna parte.

—Estaba en la caja fuerte —dije.

Sacudió la cabeza.

—No importa mucho dónde estaba. Nunca sucedió nada como esto.

—Entonces, ¿qué es?

—Que me parta un rayo si tengo alguna idea.

Nos quedamos sentados sin hablar, mientras Chaney continuaba volteando páginas, gruñendo. Parecía haberse olvidado del vino.

—¿Tú mismo lo hiciste correr? —preguntó.

Asentí.

—Para ser una broma, se tomaron una cantidad infernal de molestias. ¿Las computadoras pudieron leer algo? ¿No? Porque es un galimatías. —Se quedó mirando el sobre—. Pero es la letra de Ed.

—¿Dickinson tendría alguna razón para callarse una cosa así?

—¿Ed? No. Dickinson menos que nadie. Nadie tenía más ganas de escuchar una señal que él. Lo deseaba tanto que dedicó su vida al Proyecto.

—¿Pero podría haber hecho esto, físicamente hablando? ¿Podría haber captado la señal HV? ¿Podría haberlo hecho sin que nadie lo supiera? ¿Era lo bastante bueno con las computadoras para cubrir sus huellas?

—Esto no tiene sentido. Sí, podría haberlo hecho. Y tú podrías caminar por Braintree sin pantalones.

Por una ventana lateral, entraba una brisa que hinchaba las cortinas. Estaba fresco y agradable, poco habitual para Massachusetts en agosto. Unos chicos jugaban halfball en la calle.

—Cuarenta megahertzs —dijo—. Me suena a transmisión satelital.

—Descubrir eso no le habría llevado dos años, ¿verdad? ¿Por qué guardar los discos?

—¿Por qué no? Supongo que si bajas al depósito encontrarás reliquias de toda clase.

Afuera se escuchó un sonido como de un trueno acercándose, que estalló de repente, convertido en un chillido ensordecedor. Un T-Bolt rayado derrapó, disgregando a los jugadores de pelota. Un brazo colgaba ocioso del lado del conductor. El coche pasó la señal de detención de la esquina a unos 70 kilómetros por hora. Se alzaron un par de dedos medios, pero el partido se reanudó como si nada hubiera ocurrido.

—Todo el tiempo lo mismo —dijo Chaney. De espaldas a la ventana, no se había molestado en darse vuelta para mirar—. Los polis ya no pueden con ellos.

—¿Por qué estaba Dickinson tan interesado en el Proyecto?

—Ed era un gran hombre. —Su expresión se nubló un poco y me pregunté si el oporto no había hecho aflorar sus emociones a la superficie—. Tendrías que haberlo conocido. Se habrían llevado bien. Tenía una afición por lo metafísico y supongo que el Proyecto fue lo más cerca que pudo llegar.

—¿Qué quieres decir?

—¿Sabías que pasó dos años en un seminario? Sí, en algún sitio de las afueras de Filadelfia. Un monaguillo que al final terminó en Harvard. Y eso fue todo.

—¿Quieres decir que perdió la fe?

—Oh, sí. El mundo se convirtió en un lugar oscuro, lleno de desastres. Siempre parecía conocer los detalles de la matanza, el brote viral o las muertes de tránsito más recientes. Hay sólo dos clases de personas, me dijo una vez: ateos y gente que no ha prestado atención. Pero siempre conservó ese buen sentido místico de propósito que uno inculca a sus hijos preferidos, la idea de que las cosas, de algún modo, obedecen a un orden. Cuando lo conocí, él jamás habría reconocido que le rezaba a alguien. Pero tenía toda la energía de un misionero y la misma convicción de que existía... —dejó caer la cabeza hacia atrás sobre el tapizado de cuero y trató de encontrar una palabra en el techo—... un destino.

»Ed no era como la mayoría de los físicos. Era competente en una amplia gama de áreas. Escribió sobre relaciones internacionales para Commentary y Harper's; escribió sobre ornitología y análisis de sistemas, sobre Malcolm Muggeridge y Edward Gibbon.

Se levantó con facilidad de la silla y tomó un par de gruesos volúmenes iguales, con tapas marrones. Era "La Declinación y Caída del Imperio Romano", la vieja edición de Modern Library.

—Es la única persona que he conocido que de verdad leyó esta cosa. —Abrió la tapa del volumen uno para que yo pudiera ver la inscripción:


Para Hutch,

Con la vana esperanza de que podamos derrotar a las hierbas aromáticas y los cerdos.

Ed


—Me lo regaló cuando me fui de SETI.

—Parece un obsequio raro. ¿Lo has leído?

Se rió de la pregunta.

—Se necesitaría un año.

—¿Qué es ese asunto de las hierbas aromáticas y los cerdos?

Se puso de pie y caminó hasta la pared lejana con tranquilidad. Había fotos de barcos y aeronaves, de Chaney y el presidente Fine, del complejo Sandage. Pareció fijar la vista en la última.

—No lo recuerdo. Es una frase del libro. Me lo explicó en su momento. Pero...

—Extendió las manos hacia fuera, palmas arriba.

—Hutch, gracias. —Me levanté para irme.

—No hubo ninguna señal —dijo—. No sé de dónde vinieron estas grabaciones, pero Ed Dickinson hubiera dado cualquier cosa por establecer contacto.

—Hutch, ¿es posible que Dickinson haya sido capaz de traducir el texto? ¿Si hubiera alguno?

—Si tú no pudiste, no. Tenía el mismo programa.


* * *


No me gustan las ciudades.

Los libros de Dickinson estaban todos agotados y las librerías de viejo se agrupaban en Cambridge. Ya en aquel entonces, las afueras de Boston, como la ciudad misma, estaban sucias de vidrios rotos y periódicos desechados. Unos muchachos hoscos se apiñaban fuera de los bares. Por todos lados, las vidrieras estaban rotas o clausuradas con tablas. En una intersección, preferí pasar una luz roja antes que enterarme de las intenciones de una banda de muchachos andrajosos, de ojos duros, que se acercaba. (Casi no se los podía llamar niños, aunque dudo que alguno contara con más de 12 años.) Las paredes de ladrillo en vías de desmoronarse estaban cubiertas de blasfemias hasta la altura del brazo. Gran parte de ellas estaban mal escritas.

Boston había sido la ciudad de Dickinson. Me pregunté qué pensaba el gran humanista cuando conducía por estas calles.

Encontré sólo uno de sus libros: "Malcolm Muggeridge: Fe y Desesperación". La librería también tenía una copia de "La Declinación y Caída". En un impulso, la compré.

Me alegré de regresar al desierto.

Estábamos entrando en un período de progreso extraordinario, durante el cual empezamos, por fin, a comprender la mecánica de la estructura galáctica. McCue trazaba el mapa del centro de la Vía Láctea, Osterberger desarrollaba sus conceptos de campo unificado y Schauer formulaba su revolucionaria y célebre hipótesis sobre la naturaleza del tiempo. Entonces, una fresca mañana de octubre, un equipo de Cal Tech anunció que disponía de un nuevo conjunto de valores para la hiperinflación.

En el medio de todo aquello, tuvimos una emergencia. Una noche, a fines de septiembre, Earl Barlow, que dirigía los grupos de Cal Tech, sufrió un ataque cardíaco leve. Llegué justo antes que los paramédicos, a eso de las 2:00 a.m.

Mientras la ambulancia que llevaba a Barlow empezó a bajar la montaña, su gente observaba impotente, tomando café, demasiado trastornados para trabajar. La oportunidad no me pescó completamente desprevenido. Di a Brackett su nuevo objetivo. Las luces intermitentes de la ambulancia apenas habían desaparecido de la vista cuando las parábolas giraron y se fijaron en Proción.

Pero sólo se escuchó el chasquido inconexo de la estática interestelar.


* * *


De noche, hacía largas caminatas por el desierto. Las parábolas son hermosas a la luz de la luna. Ocasionalmente, el silencio se rompe con el gemido de un motor eléctrico y las antenas se deslizan con gracia a lo largo de sus vías. Era, pensaba yo, un nuevo Stonehenge de suaves formas curvas y movimiento fluido.

El libro de Muggeridge era un volumen delgado. No era biográfico, sino más bien un análisis de la convicción del filósofo de que Occidente tiene deseos de muerte. Era el viejo argumento de que Dios había sido reemplazado por la ciencia, que el hombre había adquirido conocimientos triviales y, por consiguiente, perdido su propósito.

Era, en general, una lectura deprimente. En su conclusión, Dickinson argumentaba que la verdad no espera a los humanos según les convenga; que si el hombre no puede adaptarse a un universo neutral, entonces ese universo llegará a parecerle hostil. Debemos salir del paso con lo que tenemos y aceptar la verdad sin importar adónde conduzca. El radiotelescopio es la catedral moderna.

Sandage estaba ocupado con los procedimientos de verificación del trabajo de McCue y de las ya controvertidas ecuaciones de Cal Tech. Todo eso es otra historia. Lo que importa es que eso siempre me obligaba a pensar en verificaciones, y entonces me di cuenta de algo que había pasado por alto. No había encontrado ningún registro similar a las lecturas de Proción en ningún lugar de los bancos de datos desde la fecha de recepción original. ¡Pero las grabaciones de Proción podían haber sido la confirmación de una señal anterior!

Me llevó cinco minutos hacer la búsqueda. Había dos registros.

Ambos eran fragmentos, ninguno de más de quince minutos de duración; pero había suficiente de cada uno para reducir las probabilidades de error a menos del uno por ciento.

La primera había ocurrido tres semanas antes de la recepción de Proción.

La segunda era de 2007, una observación de San Augustin. Ambas en 40 gigahertz. Ambas tenían idénticos patrones de pulsos. Pero había una diferencia explosiva, plácidamente oculta en el renglón de información de objetivo. ¡La transmisión de 2007 había llegado mientras el radiotelescopio estaba fijo en Sirio!


* * *


Cuando regresé a mi oficina, estaba temblando.

Sirio y Proción estaban a unos pocos años luz de distancia. ¡Mi Dios, pensaba sin parar, existen! ¡Y hacen viajes interestelares!

Pasé el resto del día caminando a los tumbos por todas partes, tratando de sumergirme en informes de uso de combustible y proyecciones de presupuesto. Pero lo que hice, principalmente, fue observar que la luz del desierto caía con fuerza en las cortinas, y que luego se apagaba. Los dos volúmenes de Edward Gibbon estaban metidos entre un Webster y algunas carpetas negras. Los libros tenían treinta años, lo mismo que el dúo de la madriguera de Chaney. Algunas de las páginas, cortadas de manera incorrecta, todavía estaban unidas en los bordes.

Abrí el primero, más o menos en el medio, y empecé a leer. O lo intenté. Pero Ed Dickinson seguía apareciendo entre los romanos. Finalmente me di por vencido, tomé el libro y me fui a casa.

En la ciudad había un torneo de bridge y me perdí allí durante cinco horas. Luego, en la cama, todavía algo aturdido, probé otra vez con "La Declinación y Caída".

No era la polvorienta lista de emperadores muertos hacía mucho tiempo que había esperado. Los emperadores estaban allí, apuñalando y estrangulando y metiendo la pata. Y en ocasiones tratando de mejorar las cosas. Pero los vendedores ambulantes de pescado también estaban. Y los burócratas y los obispos.

Era un mundo lleno de vino y sudor de legionarios, de malas gestiones, de discusiones sobre Jesús y de incapacidad para delegar el poder, todo bajo el despiadado redoble de la disolución. Una indefinida marea histórica, detenida ocasionalmente por un héroe, o un sabio, que se abatía sobre hombres y sucesos, arrastrándolos hacia el mar. (En los últimos años, me preguntaba, ¿acaso los jóvenes romanos atropellaban a las matronas con ostentosas cuadrigas importadas? ¿Mancillaban los muros de Damasco con blasfemias?)

En el final, cuando los bárbaros presionaban en las fronteras exteriores del imperio, lo que se desplomaba no era más que una ruina vacía.

Muggeridge había estado ahí.

Y Dickinson, el monaguillo, entre el fuego y los desechos de la ciudad imperial, debe haber sufrido una segunda pérdida de fe.

Una noche tuvimos una falla eléctrica. No tiene nada que ver con esta historia, salvo porque, como resultado, me llamaron a las 4 a.m. para que me presentara, no para restablecer la energía, lo que requería de un buen electricista, sino para apaciguar a algunas personas enfadadas de Nueva York y para poder decir en mi informe que había estado presente.

Después de atender esas cosas, salí.

Por la noche, el desierto no se ve perturbado por el color ni el movimiento. Es una composición de arena, roca y estrellas; un friso, un Monet, sin complicaciones, inalterable. Es tranquilizador, en una época donde hay muy pocas cosas más que parecen estables. El disciplinado universo de mediados del siglo veinte se había desintegrado hacía mucho tiempo, convertido en una plétora de galaxias de neutrones, agujeros negros en colisión, reversiones temporales y Dios sabe qué.

El desierto es sólido bajo los pies. Predecible. Un reproche a la mecánica cuántica que refleja un cosmos de arenas movedizas donde la física se funde con Platón.


Ilustración: Valeria Uccelli

Cerca del borde del cielo, protegiendo sus misterios, titilaban Sirio y Proción, la dupla brillante. Los arroyos se secan en esa época del año; son borrosas ondulaciones del paisaje. La luna estaba en cuarto creciente. Más allá del edificio de administración, las parábolas se perfilaban en plata.

Mi catedral.

Mi Stonehenge.

Y mientras estaba allí sentado, bebiendo sorbos de Coors y pensando en ciudades perdidas y en monaguillos y en mediciones de frecuencia, ¡de repente comprendí la trascendencia del último comentario de Chaney! Por supuesto que Dickinson no había sido capaz de interpretar la transmisión. ¡Ése era el punto!


* * *


Necesitaba a Chaney.

Lo llamé por la mañana y partí en avión por la tarde. Fue a buscarme a Logan y me llevó a Gloucester.

—Hay un buen restaurante italiano —dijo. Y luego, sin sacar los ojos del camino—: ¿De qué se trata esto?

Había traído conmigo el segundo volumen de Gibbon y lo levanté para que lo viera. Parpadeó.

Era un atardecer frío, lluvioso, con el olor del invierno que se acercaba. La lluvia helada golpeaba el parabrisas. El cielo estaba gris, pesado, colgando sobre la ciudad.

—Antes de responderte cualquier pregunta, Hutch, me gustaría hacerte un par. ¿Qué puedes decirme sobre la criptografía militar?

Sonrió.

—No mucho. Lo poco que sé probablemente sea confidencial. —Un camión con acoplado nos pasó fatigosamente, con esfuerzo, salpicando agua en nuestras ventanillas—. ¿Qué es lo que te interesa, específicamente?

—¿Qué tan complejos son los códigos de la Marina? Sé que no se parecen en nada a criptogramas, pero ¿qué clase de estructura general tienen?

—Para empezar, Harry, no son códigos. Los sistemas mono-alfabéticos son códigos. Como los criptogramas que mencionaste. La letra "G" aparece siempre, digamos, como una "M". Pero en la criptografía militar y diplomática, la "G" es una letra diferente cada vez que aparece. Y generalmente el alfabeto de encriptación no está limitado a las letras; usamos números, el signo pesos, el ámpersand, incluso espacios. —Subimos una rampa llena de agua e ingresamos en la Interestatal. Era elevada y veíamos hileras de tejados desolados—. Incluso se oculta la forma de las palabras individuales.

—¿Cómo?

—Encriptando los espacios.

Supe la respuesta a la siguiente pregunta antes de hacerla.

—Si el alfabeto de encriptación es completamente aleatorio, como supongo que tendría que ser, la frecuencia sería plana. ¿Correcto?

—Sí. Dado un tráfico suficiente, tendría que serlo.

—Una cosa más, Hutch. Un repentino incremento del tráfico sería, para cualquiera que estuviese escuchando, una señal de alerta de que algo está ocurriendo, incluso aunque no pudiera interpretar el texto. ¿Cómo lo ocultan?

—Fácil. Transmitimos una señal continua, las veinticuatro horas del día. A veces es tráfico, a veces es basura. Pero no se puede distinguir la diferencia.

Que Dios tenga piedad de nosotros, pensé. Pobre Dickinson.


* * *


Nos sentamos en una mesita, en un rincón, bien lejos del área principal del comedor. Con los zapatos mojados y el suéter húmedo, yo temblaba. Una pequeña vela se derretía alegremente frente a nosotros.

—¿Todavía estamos hablando de Proción? —preguntó.

Asentí.

—Se recibió el mismo patrón dos veces, con tres años de diferencia, antes de la recepción de Proción.

—Pero eso no es posible. —Chaney se inclinó hacia adelante, tenso—. La computadora las habría comparado automáticamente. Nos habríamos enterado.

—No lo creo. —Había entrado media docena de hombres prósperos, abrigados y con sobrepeso, que empujaban unos a otros en la pequeño sector de acceso—. Los dos registros provenían de objetivos diferentes. Habrían dado la impresión de ser ecos.

Chaney extendió la mano a través de la mesa y me sujetó la muñeca, volteando una taza.

—Hijo de puta —dijo—. ¿Estás sugiriendo que hay alguien paseando por allá afuera?

—Creo que Ed Dickinson no tenía ninguna duda.

—¿Por qué querría mantenerlo en secreto?

Yo había puesto el libro sobre la mesa, a mi izquierda. Descansaba allí y su tapa de plástico reflejaba la chispeante luz roja de la vela.

—Porque ellos están en guerra.

La cara de Chaney se quedó sin color y se volvió de una palidez casi fantasmal bajo la luz mortecina.

—Él creía —continué—, realmente creía, que mente equivale a moral, que inteligencia es compasión. ¿Y qué descubrió al final de su vida? Una civilización que había conquistado las estrellas, pero no sus propias pasiones y estupideces.

Se presentó un camarero alto y joven. Pedimos oporto y pasta.

—En verdad no sabes si hay una guerra ahí afuera —objetó Chaney.

—Hostilidad, entonces. Un ocultamiento a escala gigantesca, como debe de ser este, tiene implicancias nefastas. Dickinson nos habría salvado a todos con una visión de orden y razón...

Sus ojos grises se encontraron con los míos. Estaban llenos de dolor. Las dos chicas adolescentes del compartimiento contiguo reían tontamente. Llegó el vino.

—¿Qué tiene que ver "La Declinación y Caída" con todo esto?

—Se convirtió en su Biblia. Lo congeló hasta los huesos. Deberías leerlo, pero con precaución. Es capaz de estrangularte el alma. Dickinson era racionalista. Reconoció la última verdad de la tragedia romana: que una vez que la expansión ha cesado, la declinación es constante e irreversible. Con cada fracaso de la razón o la virtud se pierde más terreno.

»No he podido encontrar su libro sobre Gibbon, pero sé lo que dirá: que Gibbon no sólo estaba escribiendo sobre los romanos, ni sobre los británicos de su propio tiempo. Estaba escribiendo sobre nosotros. Hutch, mira a tu alrededor. Dime que no nos estamos deslizando hacia una edad de oscurantismo. Piensa en cómo debe haberle afectado ese conocimiento.

Bebimos en silencio durante varios minutos. El tiempo se detuvo y nos quedamos inmóviles, con el mundo paralizado a nuestro alrededor.

—¿Te conté —dije por fin—, que encontré la referencia de su dedicatoria? Debe haber sentido un gran respeto por ti. —Abrí el libro en la parte final y lo giré para que lo leyera:


«El foro del pueblo romano, donde se reunían para promulgar sus leyes y votar a sus magistrados, ahora se cierra con vallas para cultivar hierbas aromáticas, o se abre para alojar cerdos y búfalos.»


Chaney se quedó mirándome, desconsolado.

—Es todo tan difícil de creer.

—Un hombre puede sobrevivir a la pérdida de fe en el Todopoderoso —dije—, siempre y cuando no pierda la fe en sí mismo. Ésa fue la verdadera tragedia de Dickinson. Llegó a creer exclusivamente en los radiotelescopios, a la manera en que algunas personas creen en las religiones.

La comida, cuando llegó, no tuvo gusto a nada.

—¿Qué vas a hacer, Harry?

—¿Sobre el texto de Proción? ¿Sobre la probabilidad de que tengamos vecinos pendencieros? No le tengo miedo a esa clase de información; lo único que significa es que donde encuentras inteligencia, posiblemente encontrarás estupidez. De todos modos, es hora de que a Dickinson se le reconozca su descubrimiento. —Y, pensé, tal vez hasta signifique una nota al pie de página dedicada a mí.

Levanté la copa en un brindis falso, pero Chaney no respondió. Nos encontrábamos cara a cara en un incómodo cuadro vivo.

—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Piensas en Dickinson?

—En eso también. —La vela centelleó en sus ojos—. Harry, ¿piensas que tendrán un proyecto SETI?

—Posiblemente. ¿Por qué?

—Me estaba preguntando si tus alienígenas sabrán que estamos aquí. Este restaurante no está mucho más lejos de Sirio que Proción. Tal vez sea mejor que termines de comer.


Título original: Cryptic. Traducido por Graciela Lorenzo Tillard y Claudia De Bella.
Publicado por primera vez en Asimov's, abril de 1983. © de Cryptic, Inc. 1996


Jack McDevitt nació en 1935 en Filadelfia (EE.UU.) y fue maestro, oficial de la Marina, conductor de taxi en Philadelphia, oficial de aduana y entrenador motivacional. Vive en Georgia con su esposa Maureen, donde juega ajedrez, lee novelas de misterios, y almuerza regularmente con sus compinches.

Comenzó a escribir literatura de ciencia ficción a la tardía edad de cuarenta años y sus libros son: El texto de Hércules ganador del Philip K. Dick Special Award (1987), Un talento para la guerra (1989), la novela corta Naves en la noche que ganó el Premio Internacional UPC (1991), la serie de "Las Máquinas de Dios" que incluye Las máquinas de Dios (1995), finalista en el Arthur C. Clarke Award, Deepsix (2000), Chindi (2002) y Omega, que ganó el Premio John W. Campbell Memorial (2003); además Polaris (2004), que es continuación de Un talento.... Su novela corta Los viajeros del tiempo nunca mueren fue nominada en el Hugo y el Nebula. Y una buena cantidad de cuentos cortos.


Este cuento se vincula temáticamente con "En alas de mariposa", de Ricardo Castrilli (156) y "Encuentro fallido", de Miguel Hoyuelos (161)


Axxón 183 - marzo de 2008
Cuento de autor norteamericano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: señales extraterrestres : metalenguajes : investigación científica : Estados Unidos: Norteamericano).

            

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