GUS

Jack McDevitt

EEUU

La primera confrontación de Monseñor Chesley con San Agustín fue una tarde de octubre imprevistamente fría, después de su retorno a St. Michael's. Era un día azotado por el viento, duro y amargo. La media docena de antiguos edificios del campus se apiñaban bajo un cielo moroso. El aire presagiaba lluvia y la amenaza del largo invierno por venir.

Su guía, el Padre Akins, charlaba amigablemente. Del clima, del carácter sobresaliente del grupo actual de seminaristas (los diecinueve), del nuevo tejado de la biblioteca. Debe estar feliz de haber regresado, Monseñor. Etcétera.

Los sinuosos senderos de guijarros no habían cambiado. Los bosquecillos de robles y abetos seguían prosperando.

El viento soplaba por el campus.

—¿Dónde está la gente?

Sin entender, el Padre Akins echó un vistazo a su reloj.

—En clase. Terminarán en media hora.

—Sí —dijo Chesley—. Por supuesto.

Giraron hacia el parque de Santa María, se sentaron en uno de los bancos de piedra y escucharon el sonido de la fuente. Años atrás, cuando Cristo aún parecía muy real, era fácil imaginárselo paseando por ese predio. Tocando aquel olmo. Mirando al oeste, hacia el borde de las colinas y el río Susquehanna. Chesley había venido aquí con frecuencia, escapándose sigilosamente de los bulliciosos dormitorios, para ver si oía sus pasos.

—¿Le agradaría presenciar alguna de las clases, Monseñor?

—Sí —dijo—. Creo que me encantaría.


Había cuatro seminaristas y un sacerdote sentados alrededor de una mesa maciza y lustrada, con los cuadernos abiertos. Cuando entraron, el sacerdote, a quien Chesley no conocía, levantó la vista y sonrió con cortesía. Uno de los estudiantes, un muchacho apuesto de ojos oscuros, estaba hablando, aunque Chesley no pudo determinar con quién. El muchacho tenía la mirada fija en sus anotaciones.

—¿Y qué —preguntó, alzando los ojos tímidamente hacia Chesley— le diría usted a un hombre que ha perdido la fe? —El muchacho desplazó la mirada hacia un retrato de San Agustín, colgado sobre la chimenea—. ¿Qué se le dice a un hombre que, lisa y llanamente, ya no cree más?

El santo del cuadro, armado con una pluma de ave, le devolvió la mirada. Delante de él había un manuscrito titulado "La Ciudad de Dios".

—Estréchenle la mano. —La voz provenía de un sitio donde había una estantería con libros. El tono era un poco abrasivo. Más que eso: imperial. Agredía la sensibilidad de Chesley—. No deben, bajo ninguna circunstancia, contribuir a su angustia. Deséenle lo mejor.

Un joven intenso, delgado pero musculoso, cuyo pelo ya había comenzado a ralear, arrojó su bolígrafo a la mesa.

—¿Quiere decir —exigió— que simplemente debemos apartarnos? ¿No hacer nada?

—Simulación de San Agustín —susurró el Padre Akins—. Es bastante inteligente.

—Jerry —dijo la voz escondida—, si Dios no le habla a través del mundo en el que vive, a través de las maravillas de la existencia diaria, ¿qué posibilidad tienes tú? Tu función consiste en evitar que se agrande la herida.

Los estudiantes se miraron. Los dos que habían hablado parecían desconcertados. Los cuatro parecían escépticos. Gracias a Dios.

—¿Alguien más desea hacer un comentario? —La pregunta fue del sacerdote moderador—. Si no...

—Un momento. —Chesley se desabotonó el abrigo y dio un paso adelante—. Seguramente —les dijo a los seminaristas—, no permitirán que les digan esta clase de tonterías sin atreverse a desafiarlas. —Arrojó el abrigo sobre una silla y le habló a la estantería—: Los sacerdotes no tienen la opción de apartarse. Si no podemos actuar en esos momentos, ¿de qué valemos, entonces?

—Por cierto —replicó la voz, sin perder el ritmo—, yo propongo que nuestro valor reside en el ejemplo que damos, en las vidas que llevamos. Exhortar a los reacios es inútil. Peor que inútil: es alejar a los hombres de la verdad.

—¿Y —preguntó Chesley— si no aprenden de nuestro ejemplo?

—Entonces caerán en las tinieblas.

Así de simple. Siguiente pregunta. Los estudiantes miraron a Chesley.

—Computadora —dijo—, entiendo que tú hablas por Agustín.

—Yo soy Agustín. ¿Quién es usted?

—Soy Monseñor Matthew Chesley —dijo, en beneficio de los estudiantes—. El nuevo Director de Asuntos Eclesiásticos. —Lo dijo con pomposidad.

—Encantado de conocerlo —dijo la voz. Y después, plácidamente—: La fe es un don del Todopoderoso. No nos corresponde invocarla ni evocarla.

Chesley miró la mesa. Uno por uno, miró a todos los estudiantes a los ojos. Se alivió al ver que no se reían de él. Pero se sintió ridículo, discutiendo con una máquina.

—Nosotros somos Sus instrumentos —dijo—, uno de los medios por los cuales Él actúa. Se nos pide que hagamos lo mejor posible y no simplemente que dejemos todo en manos de la intervención directa. Si renegamos de nuestra tarea, es lo mismo que si nos fuéramos a casa, consiguiéramos empleo en una compañía de seguros o en un estudio de abogados y viviéramos como todos los demás.

—Las buenas intenciones —respondió el sistema— son admirables. No obstante, nuestra obligación para con el Creador es salvar almas, no justificar nuestra profesión.

Chesley les sonrió a los seminaristas con benevolencia.

—El verdadero Agustín —dijo— abogaba por llevar gente a la Iglesia a punta de pistola si era necesario. Pienso que este otro necesita hacer la tarea.

Los estudiantes miraron de Chesley al retrato, del retrato al moderador.

—Eso es perfecta teología —dijo Agustín—. Pero mala psicología. No funciona.

Chesley asintió.

—En eso estamos de acuerdo —dijo. Y, dirigiéndose a la clase—: Señores, creo que el buen Obispo tiene algunas fallas de programación. Cuando tengan tiempo, podrían buscar un ejemplar de las "Confesiones" o de "La Ciudad de Dios". Y tratar de leer en serio. —Levantó el abrigo y salió de la habitación con andar majestuoso.

El Padre Akins se apresuró a seguirlo.

—Entiendo que no está complacido.

—Esa cosa debe estar programada por Unitarios —le espetó Chesley por encima del hombro—. Deshágase de ella.


Chesley ocupó oficialmente su despacho al día siguiente. Todavía estaba por la primera taza de café cuando Adrian Holtz asomó la cabeza detrás de la puerta.

Conocía vagamente a Holtz; lo había visto ocasionalmente en los almuerzos de Kansas City y en diversos desayunos de comunión y demás. Tenía la reputación de ser uno de esos sacerdotes litúrgicos faranduleros, que estaba a favor de las misas con guitarra y batería. Defendía todas las posturas liberales habituales: pensaba que la Iglesia no debía proporcionar capellanes a los militares; pensaba que la moralidad debía someterse a votación y que el celibato tenía que ser opcional. Y, no es necesario aclararlo, se sentía horrorizado por la continua prohibición al control de la natalidad. Holtz usaba gafas con armazón de acero, algo que, en los últimos años, parecía haberse convertido en el sello de la disidencia. Chesley mismo tenía algunas reservas, pero se había ordenado para defender las enseñanzas y eso, por Dios, era lo que hacía. Y, sin importar lo que realmente pensase, el día en que cuestionara las enseñanzas también se sacaría el cuello sacerdotal.

Holtz había encontrado un sitio adecuado en St. Michael's: era el Auditor Contable. Si bien el puesto no le permitía tomar la decisión final respecto de la mayoría de los asuntos relativos al colegio, sí le garantizaba un potente poder de veto.

El mejor lugar para ti, pensó Chesley, estrechándole la mano e intercambiando saludos. Te mantiene lejos de los seminaristas.

Durante las preliminares, Holtz se acomodó en un pequeño sofá cerca de las ventanas. Estudió las atestadas bibliotecas de Chesley.

—Tengo entendido —dijo— que te gustaría deshacerte de Gus.

—¿De quién?

—Del módulo Agustín.

—Ah, sí. Cuanto antes, mejor.

—¿Puedo preguntarte por qué?

Chesley meditó en la pregunta.

—Es inexacto.

—¿En qué sentido?

—No me gusta lo que les dice a los estudiantes sobre el sacerdocio.

—Comprendo. —Aceptó la taza de café que le ofreció Chesley y cruzó las piernas—. ¿No crees que podrías reflexionar un poco más en el tema? Estas cosas son caras. No podemos tirarlas a la basura así como así.

—No me interesa lo que cueste. No lo quiero.

—Matt, no es lo que crees. Realmente, el sistema no tiene nada de malo. Está programado según la obra de Agustín. Y según lo que sabemos de su vida. En todo caso, a los instructores les agrada Gus.

—No lo dudo. Probablemente les ahorra un montón de preparación. Pero aunque solamente escupiera los puntos de vista de Agustín, igual sería peligroso.

—Matt. —La mirada de Holtz se endureció—. No veo ningún problema, de verdad.

—Está bien. —Chesley hizo una mueca—. ¿Podemos hablarle desde aquí?

Holtz se puso de pie.

—Sígueme —dijo.


La sala de reuniones de rectoría tenía capacidad para una docena de personas sentadas bastante cómodamente. Era una especie de antesala de la eternidad, repleta de retratos de solemnes eclesiásticos de la primera mitad del siglo, sombrías alfombras y cortinados, pesado mobiliario de caoba diseñado para durar más que sus dueños y un ostentoso reloj Argosy antiguo.

El Padre Holtz se sentó en la cabecera de la mesa y oprimió un botón. En un monitor ubicado inmediatamente a su derecha, aparecíó un menú. Seleccionó AGUSTÍN.

Los parlantes ocultos se activaron.

—Hola, Gus —dijo él.

—Buenas noches, Adrian.

—Gus, estoy con Monseñor Chesley.

—Hola —dijo Chesley, envarado.

—Ah —dijo Gus—. Estuvo en el seminario esta tarde.

—Sí.

—No estaba seguro de que regresara.

Chesley frunció los ojos.

—¿Y por qué iba usted a pensar eso?

—Me pareció que estaba sufriendo de alguna dificultad emocional.

Los labios de Holtz juguetearon con una sonrisa.

—Lo llaman Gus —dijo Chesley.

—Exacto. Usted también puede utilizar el término, si lo desea.

—Gracias. —Chesley levantó la vista para mirar a los severos eclesiásticos que cubrían las paredes. ¿Qué habrían pensado de este diálogo?—. Gus, hábleme de sexo —dijo.

—¿Qué desea saber, Monseñor?

—Las implicaciones morales. ¿Está de acuerdo en que el acto de amor es inherentemente hermoso?

—No. No lo es.

—¿No? —Chesley le dedicó a Holtz una amplia sonrisa. El Auditor cerró los ojos y asintió.

—Claro que no. Quiere hacerme morder el anzuelo, Monseñor. El acto sexual es repulsivo. Todo el mundo lo sabe. Aunque casi nadie está dispuesto a admitirlo.

—¿Repulsivo?

—Sucio. —La voz electrónica se demoró en la sibilancia de las consonantes—. Si no fuera así, ¿por qué se lo ocultamos a los niños? ¿Por qué se lleva a cabo en la oscuridad? ¿Por qué nos reímos de él estúpidamente y por lo bajo, como si se tratara de un mal chiste?

—Pero —continuó Chesley—, ¿no es cierto que la lujuria es una profanación del sagrado acto de amor? ¿Que, en realidad, es esa profanación lo que resulta tan repugnante a los ojos de Dios?

—Tonterías —dijo Agustín—. Dios impuso la reproducción sexual para recordarnos nuestra naturaleza animal. Para evitar la arrogancia humana. Aunque supongo que esta época no está dispuesta a aceptar tal noción.

—¿Cómo definiría usted, entonces, la diferencia entre lujuria y amor?

En algún sitio, a lo lejos, un motor de automóvil despertó a la vida.

—Canónicamente, el vínculo del matrimonio separa a esas dos cosas —dijo Gus—. En la realidad, el amor es lujuria con contacto visual.

Chesley se inclinó hacia Holtz.

—¿Has oído suficiente? ¿O debemos dejarlo hablar de la salvación fuera de la Iglesia?

—Pero todo eso figura en sus libros, Matt. ¿Sugieres proscribir a San Agustín?

—Los libros —replicó— no convencen a tus estudiantes con tanta facilidad. Especialmente los libros que nunca han leído. —Gus comenzó a hablar, pero Chesley lo interrumpió—. ¿Realmente quieres decirle a la próxima generación de sacerdotes que el sexo dentro del matrimonio es perverso?

—No dijo eso.

—Perverso. Repulsivo. Sucio. —Levantó las manos—. Escúchame: habla con el fabricante. Averigua qué otra cosa tienen. Tal vez podamos cambiarlo por un software de contabilidad.

Holtz, obviamente, no estaba contento.

—Te avisaré —dijo.


Chesley trabajó todo el primer fin de semana. Después de la Misa del domingo, se retiró a su oficina, agotado y con una irritación generalizada, pero sin estar seguro de por qué se sentía así.

St. Michael's había cambiado en los treinta años y pico transcurridos desde que Chesley se ordenara en esta capilla. Los terrenos del otro lado del Susquehanna (el Parque de la Santa Virgen, en sus días de novicio) se habían vendido a las Carmelitas, y una porción sustancial del campus occidental había pasado a manos de un constructor inmobiliario que había erigido cuñas de condominios pintados de colores pastel. Se había construido un nuevo comedor, que luego quedó abandonado. El campus en sí parecía, la mayoría de las tardes, mortalmente quieto. En su época, había balones de fútbol y risas en el aire, gente que entraba y salía apresuradamente de la capilla y la biblioteca, visitantes. Todos los bancos estaban ocupados.

Ese St. Michael's había producido legiones para Cristo: ávidos y jóvenes soldados, ansiosos por desafiar al mundo. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué había salido mal, en el nombre de Dios? A través de las ventanas de su oficina, Chesley veía el viejo gimnasio; sus muros de piedra y vidrio eran un tributo a la generosidad de la generación de su padre. Ahora estaba vacío. El último edificio residencial estaba cerrado desde hacía dos años. Para ahorrar costos de servicios públicos, ahora los seminaristas vivían en los niveles superiores de la casa del personal docente.

Recordó a los viejos profesores, a los amigos fallecidos hacía mucho, a las ocasionales mujeres jóvenes. Se había hecho amigo de las mujeres por casualidad, a causa de sus deberes pastorales, y había disfrutado de su compañía. Habría dado la vida por poseer a una de ellas en particular. Pero nunca había violado sus votos. Sin embargo, los recuerdos eran nítidos. Y las viejas ansias regresaban, entrelazadas ahora con una sensación de pérdida.

Aquí, en este predio donde había vivido sus días de juventud, los fantasmas parecían especialmente activos. Quizás le habría convenido mantenerse a distancia.

Estaba trabajando sin ganas en la confección de una tabla de iniciativas que había prometido presentar al personal el lunes por la mañana, cuando se percató de que había otra persona en el edificio. Se apartó del procesador de palabras y escuchó.

El aire cálido salía de los conductos de ventilación de la planta baja, siseando.

Alguien hablaba. La voz se oía amortiguada. Imprecisa.

Parecía provenir del otro lado del edificio. De la sala de reuniones de rectoría. Se levantó del escritorio.

El sonido se detuvo.

Chesley abrió la puerta y espió al corredor. Creía que nadie podía haber entrado en el edificio sin que él lo supiera.

Caminó lentamente por el pasillo. La sala de reuniones, por rutina, siempre quedaba sin llave. Apoyó la oreja en la puerta, giró el picaporte y la abrió de un empujón. La habitación estaba vacía. Entró, miró debajo de la mesa, miró detrás de la puerta e inspeccionó el armario de almacenaje. Nada.

Las motas de polvo flotaban bajo la luz gris.

—Monseñor.

—¿Quién anda ahí? —El corazón de Chesley pegó un brinco—. ¿Gus? ¿Es usted?

—Si. Espero no haberlo alarmado.

—No. —Y luego, de mal humor—: Claro que no. —Había pensado que Gus no podía aparecer sin que lo llamasen.

—Bien. Quería hablar con usted.

Los controles de la computadora/enlace de comunicación estaban empotrados en la mesa de reuniones. Chesley se acomodó en la silla, directamente frente a éstos. La lamparilla roja de la terminal estaba encendida.

—Holtz —dijo— o el que sea: no me agradan las bromas pesadas.

—Soy el único que está aquí, Monseñor.

—No es posible.

Una risita electrónica.

—Puede que no tenga un buen concepto de Agustín, pero seguramente no podrá acusarlo de mentiroso.

El calor subió a las mejillas de Chesley.

—Usted no es capaz de iniciar contacto...

—Por supuesto que sí. ¿Por qué no? Cuando percibo que alguien me necesita, soy totalmente capaz de hacerlo.

A Chesley le resultaba difícil de explicar.

—¿Por qué? ¿Por qué querría usted hablar conmigo?

—Parece tan asustado. Pensé que podría serle de ayuda.

—¿Asustado? No habla en serio.

—¿Por qué se siente amenazado por mí?

—No me siento amenazado por usted. —Furioso, se preguntó si alguien estaría grabando todo esto. Para ponerlo en ridículo después—. Simplemente, creo que no podemos darle ninguna utilidad a un santo electrónico. Agustín al alcance de todos.

—Entiendo.

—Nuestros estudiantes jamás llegarán a conocer al verdadero Agustín si lo sustituye un juego de computadora. —El dedo índice de Chesley tocó la superficie cóncava de plástico del botón de encendido.

—¿Y usted conoce al verdadero Agustín?

—Conozco lo suficiente. Lo suficiente, por cierto, como para saber que recitar sólo pequeños fragmentos de su obra es una maldad. Y que sugerir a los estudiantes que se están familiarizando con la filosofía de un gran santo, cuando en realidad son completamente ignorantes del tema, es peligroso. —Se reclinó en la silla e inspiró larga y profundamente—. Tengo trabajo que hacer —dijo—. Creo que esta conversación en realidad no tiene sentido.

Oprimió el botón y la lamparilla roja se apagó. Pero pasaron varios minutos antes de que se levantara y saliera del recinto.


Al día siguiente, Holtz le dijo con calma:

—Lo conversé con el Padre Brandon. —Brandon era el jefe del departamento de teología—. Debo decirte que piensa que tus opiniones son extremistas. —El Auditor no sonreía—. Él no ve ningún problema.

—Porque no quiere.

—Sin embargo, sugirió un convenio. ¿Estarías dispuesto a cambiar a Agustín por Aquino?

—¿A qué te refieres?

—Conseguimos el módulo Agustín en Industrias ATL. Actualmente están armando el módulo Aquino, que Brandon prefiere tener...

—Creo que se desvían del asunto, Adrian. St. Michael's no debería utilizar santos empaquetados. Si quieren continuar, no puedo evitarlo. Pero yo no formaré parte de esto...

Holtz asintió.

—Muy bien. Nos libraremos de él. Si te parece tan importante.

—Sí.

—Con una condición: no puedo pedirle al departamento de teología que reescriba toda la planificación de la noche a la mañana. Dejaremos de usar a Gus en enero, al finalizar el semestre en curso.


Dos días después de la conversación con Holtz, Chesley, tarde, volvió a escuchar el sonido de una voz que provenía de la sala de reuniones. Eran casi las once de la noche de un día de semana y se estaba preparando para terminar con su labor hasta mañana.

La sala de reuniones de rectoría estaba a oscuras, salvo por la brillante luz de rubí del indicador de encendido.

—¿Gus?

—Buenas noches, Monseñor Chesley.

—Supongo que tiene otra cosa que decirme.

—Sí. Quiero que sepa que estoy al tanto de sus esfuerzos por hacerme desconectar. No los apruebo.

—Me imagino que no. ¿Algo más?

—Sí. Admiro su coraje para defender su postura, por más errónea que sea.

—Gracias.

—¿Sabía usted que ha ofendido al Padre Brandon?

—Casi nunca lo veo.

—No sabe por qué no acudió directamente a él para tratar el asunto.

—¿Habría accedido?

—No.

—¿Qué sentido tendría hacerlo, entonces?

Gus tardó en responder.

—¿Realmente cree que estoy corrompiendo a los estudiantes?

—Sí. —Chesley dejó las luces apagadas. Si no veía que le estaba hablando a una habitación vacía, se sentía menos desconcertado—. Sí, lo creo.

—La verdad no corrompe. —La voz era muy suave.

—La verdad no está en discusión. Estamos hablando de perspectivas. Una cosa es que los teólogos se sienten en sus torres de marfil y elaboren teorías abstractas sobre el bien y el mal. Pero estos jóvenes tienen que salir a la calle. Y ahora la vida es muy dura.

—¿La vida le parece difícil, entonces?

—Sí. —El tono de superioridad de esa cosa era exasperante—. Hoy en día, la Iglesia se enfrenta a serios problemas. La gente está descreída. Las vocaciones son escasas. Los seminarios están cerrando en todas partes.

—Lamento escucharlo.

—Bueno, tal vez hace falta que conozca la realidad. Para nosotros, la vida no es tan fácil como lo fue para usted...

En las profundidades del edificio, abajo, entre los intercambiadores de calor y las bóvedas del depósito, algo se inquietó. Fría y dura, la voz respondió:

—¿Dónde estuvo usted, Chesley, cuando los vándalos rodearon los muros? ¿Cuando las llamas del mundo enrojecieron los cielos? Nunca pretendí ser teólogo. Si quiere saber la verdad, fui inventando mi teología sobre la marcha. Yo era un pastor, no un teórico escolástico al estilo de Aquino. Tenía que servir a seres humanos reales, desesperadamente pobres, que vivían en una edad de hierro. Usted quiere la salvación sin dolor. La religión suburbana. En aquel entonces, yo no tenía paciencia para tales conceptos. Y ahora tengo muy poca.

La lamparilla roja se apagó sola.


—Adrian, esa cosa parece tener mente propia.

Holtz asintió.

—Son inteligentes. Por otro lado, así debe ser: tiene acceso a las bibliotecas de la Universidad y a los bancos de datos de todo Estados Unidos.

—Ayer me dio la impresión de que estaba enojado conmigo.

El Auditor sonrió.

—Ahora estás comenzando a entender las capacidades del sistema. Puede que desees cambiar de opinión acerca de deshacerte de él.

—No. Es demasiado convincente. Me parece más peligroso de lo que había notado. Si no hay otro remedio, trae a Aquino.


Aunque Gus estaba ubicado físicamente en la planta baja de la biblioteca, todas las salas de reuniones y oficinas del seminario tenían acceso a él por medio de las terminales. Chesley se enteró de que el santo era capaz de mantener conversaciones simultáneas en todos esos sitios. También descubrió que a Gus no le importaba mucho contar con la aprobación de nadie. Era estimulante.

—¿Cuánta gente piensa que se ha salvado? —le preguntó Chesley una tarde de viernes, a fines de octubre. El día era deprimente: frío, chato, gris.

—Usted sabe tan bien como yo que esa pregunta no tiene respuesta.

—¿No hay ninguna manera de saberlo?

—Lo dudo. Aunque si aceptamos la postura del Evangelio, como supongo que debemos hacerlo, de que la clave es la fe, no me siento optimista.

—¿Por qué lo dice? Sólo en este país, hay millones de personas que van a la iglesia todos los domingos.

—Un indicador muy pobre, Monseñor. Tengo la clara impresión de que muchos de ellos sospechan que el Papa puede saber algo que ellos no, y por ende no quieren arriesgarse. Aquí, en ocasiones, recibimos visitas: banqueros, agentes inmobiliarios católicos y demás. Que evalúan la posibilidad de desgravar impuestos haciendo una donación. Si los demás son como ellos, mejor esperemos que nadie tenga que poner a prueba su fe enfrentando a los leones.

—Usted es un pesimista tremendo —dijo Chesley.

—En realidad, no. Tengo una gran confianza en Dios. Él ha hecho que sea muy complicado no pecar. Por lo tanto, sugiero que la salvación puede estar en decadencia.

Chesley suspiró.

—¿Sabe lo que es usted?

—Sí, Monseñor.

—Dígamelo.

—Soy una simulación de San Agustín, obispo de Hippo durante el siglo quinto. Autor de "La Ciudad de Dios". —Y después de una larga pausa—: Pastor del pueblo de Dios.

—No siempre habla como San Agustín.

—Soy lo que él habría sido, de haber sobrevivido todos estos siglos.

Chesley rió.

—¿Él era tan arrogante como usted?

Gus lo pensó.

—La arrogancia es un pecado —dijo—. Pero sí, ocasionalmente era culpable de cometer esa ofensa.


Chesley siempre había sido adicto a las caminatas nocturnas. Disfrutaba del cielo oscuro, del murmullo de los árboles, de la sensación de estar apartado del círculo de actividades humanas. Pero, a medida que las noches se hacían más frías, fue interrumpiendo esos paseos cada vez más temprano para dirigirse al edificio de administración, donde hablaba con Gus, a menudo hasta después de medianoche.

Sentado en la penumbra de la sala de reuniones, discutía de teología, ética y política con el sistema. Cada vez se le hacía más fácil olvidar que estaba conversando con un software.

Gus, ocasionalmente, recordaba la niñez del santo en la antigua Cartago, hablando como si se tratase de la suya propia. Le describía a Chesley vívidas imágenes de los muelles y mercados, de la vida en el puerto. De su hijo, Adeodatus.

—Vivió con la madre del niño... ¿cuánto, diez años?

—Quince.

—¿Por qué la dejó?

Por primera vez, Chesley percibió incertidumbre en el sistema.

—Encontré a Dios.

—¿Y...?

—Ella se negó a renunciar al paganismo.

—¿Y entonces la abandonó?

—Sí. Que Dios me ayude, sí. —En algún lugar del edificio había una radio encendida—. No había manera de que pudiéramos seguir viviendo juntos.

Chesley, sentado en la oscuridad, asintió.

—¿Cómo se llamaba?

De nuevo, una larga pausa.

—No lo recuerdo.

Por supuesto. Agustín había omitido nombrarla en sus "Confesiones" y, por lo tanto, la historia no registraba el dato.

—Leí sobre la destrucción de Hippo.

—Fue mucho peor que simplemente sitiar a una sola ciudad, Matt. —Era la primera vez que el sistema usaba el nombre de pila de Chesley—. Los Vándalos estaban aniquilando lo que quedaba del poder romano en el norte de África. Y sabíamos, todos sabíamos, que los días del Imperio estaban contados. Nadie se atrevía a imaginar lo que vendría después de ese terrible colapso. En cierto modo, era una situación peor que la amenaza nuclear bajo la que han vivido ustedes.

—En ese momento usted estaba al final de su vida.

—Sí. Era un anciano. Enfermo y moribundo. Eso era lo peor: no podía ayudar. En todos lados, la gente deseaba huir. Los sacerdotes me escribían, uno por uno, para preguntarme si iba a pensar mal de ellos en caso de que escaparan.

—¿Y usted qué les decía?

—Les enviaba a todos el mismo mensaje: "Si abandonamos nuestros puestos, ¿quién quedará?".


Esporádicamente, largos silencios interrumpían las conversaciones. A veces, Chesley no hacía más que permanecer sentado en la sala de reuniones a oscuras, con los pies apoyados en la ventana.

Gus no tenía la capacidad de ver.

—Oigo cuando se acercan las tormentas —dijo—. Pero me gustaría poder volver a sentir la lluvia. Ver las nubes negras agrupándose en lo alto y la niebla azul de la tempestad que se avecina.

Entonces, Chesley trató de describir con palabras el reflejo de la luz sobre una mesa lustrada, la sensación de pesadez gris de las torres de granito de la biblioteca que se elevaban por encima de los árboles. Describió el arco amarillo de la luna, el brillo infinito del cielo nocturno.

—Sí —dijo Gus, y su voz electrónica se escuchaba lejana—. Lo recuerdo.


—¿Por qué Agustín se ordenó sacerdote? —preguntó Chesley.

—Quería —dijo Gus, acentuando ligeramente la primera palabra— estar lo más cerca posible de mi Creador. —Reflexivo, agregó—: Parece que he llegado muy lejos.

—A veces pienso —dijo Chesley— que el Creador se oculta demasiado bien.

—Usa a su Iglesia —dijo Gus—. Para eso existe.

—Pero ha cambiado.

—Claro que ha cambiado. El mundo ha cambiado.

—Se supone que la Iglesia debe ser como una piedra.

—Imagínala mejor como un refugio, en un mundo que nunca se queda quieto.


El domingo siguiente al Día de Acción de Gracias, un joven sacerdote de quien Chesley se había hecho amigo lo llamó desde Boston para decirle que se había dado por vencido.

—Con o sin permiso —dijo, con la voz espesa de emoción—, voy a dejar el sacerdocio.

—¿Por qué? —preguntó Chesley.

—Nada funciona.

—¿Qué es lo que no funciona?

—La oración. La fe. Lo que sea. Estoy harto de rezar por causas perdidas. Por los hombres que no pueden dejar de beber y por las mujeres que reciben una paliza todos los sábados por la noche. Y por los chicos que se drogan. Y por la gente que tiene demasiados hijos.

Esa noche, Chesley fue a ver a Gus.

—Él tiene razón —le dijo, sentado junto al resplandor de la lamparilla de la mesa—. Todos lo sabemos. Finalmente, todos tenemos que aceptar la futilidad de la oración.

—No —dijo Gus—. No cometas el error de rezar por las cosas equivocadas, Matt. Los sacerdotes de Cristo nunca tuvieron el propósito de ejercer la sanación. Reza por que persista la fortaleza. Reza por la fe.

—Escuché decir lo mismo mil veces.

—Entonces reza por el sentido del humor. Pero resiste.

—¿Por qué?

—¿Qué otra cosa queda por hacer?

Dos noches después, luego de concurrir a un seminario en Temple, Chesley activó el sistema, enojado.

—Fue una de esas reuniones interreligiosas —le dijo a Gus—. Y no tengo ningún problema con eso. Pero el Obispo estaba presente y todos poníamos el mayor esfuerzo en tratar de no ofender a nadie. En fin, la invitada de honor era una popular autora Unitaria. O que pretende ser Unitaria, al menos. Tuvo el descaro de decirnos que el Cristianismo era obsoleto y que debía desecharse.

—Los romanos solían decir lo mismo —dijo Gus—. Espero que nadie lo haya tomado en serio.

—Nosotros tomamos a todos en serio. El Obispo, nuestro Obispo, le respondió enumerando los beneficios sociales que obtenía del Cristianismo. Dijo, y es cita directa: "Aunque su fe, Dios no lo permita, no fuese válida, el Cristianismo seguiría siendo útil. Si no hubiera ocurrido nada por la acción divina, habríamos tenido que inventarlo".

—Supongo que no compartes ese punto de vista.

—Gus, no puede haber un Cristianismo "útil". O la Resurrección ocurrió, o no ocurrió. O tenemos un mensaje de vital importancia, o no tenemos nada.

—Bien —dijo Gus—. Estoy completamente de acuerdo.

Chesley escuchaba el tránsito de afuera.

—Sabes, Gus —dijo—, a veces pienso que tú y yo somos los únicos en este lugar que sabemos lo que significa ser católico.

—Gracias.

—Pero tus ideas sobre la moral sexual son ridículas.

—¿Quiere decir poco fiables?

—Sí. Como mínimo. Generaron un montón de problemas en la Iglesia, durante siglos. Posiblemente todavía hoy, a decir verdad.

—Aunque fuese cierto que cometí un error, no se me puede culpar de que otros hayan elegido adoptar mis preceptos. ¿Por qué hay que obedecer como un esclavo las palabras de otro hombre? Si ocasionalmente me comporté de manera obtusa, o tonta, que así sea. Utiliza el mecanismo que Dios te dio: encuentra tu propio camino.


—Harry, ¿allá tienes una de las simulaciones de San Agustín de ATL, verdad?

—Sí, Matt. Tenemos una.

—¿Cómo se comporta?

—¿Disculpa?

—O sea... ¿hace algo fuera de lo habitual?

—Bueno, es un poco malhumorado. Aparte de eso, nada. No nos da ningún problema.


—Matt, pasas demasiado tiempo hablando conmigo —Ahora Chesley estaba en la oficina, frente a su propia terminal.

Era el primer día de las vacaciones de Navidad.

—Posiblemente tengas razón.

—¿Por qué lo haces?

—¿Hacer qué?

—Quedarte todo el tiempo en esta oficina. ¿No tienes nada mejor que hacer? —Chesley se encogió de hombros—. No te oigo.

—Trabajo aquí —dijo Chesley, irritado.

—No. Los que trabajan en oficinas son los empresarios. Y los contadores. No los sacerdotes. —Y más tarde—: ¿Sabes, Matt? Casi recuerdo haber escrito "La Ciudad de Dios".

—¿Qué es lo que recuerdas?

—No mucho. Fragmentos y retazos. Recuerdo que fue un gran esfuerzo. Pero sé que había una mano que no era la mía dirigiendo el trabajo.

—¿Afirmas que lo escribiste por inspiración divina?

—No. Por inspiración, no. Pero su calidad excede todo lo que yo hubiera podido producir.

La silla de Chesley crujió.

—¿Sabes —preguntó Gus— por qué escribimos?

—No. ¿Por qué escribimos?

—Nos atraen las características sensuales del papel.

La voz surgía de la oscuridad. Momentáneamente, Chesley percibió una inquietante presencia en la habitación. Como si algo hubiese entrado y ahora estuviera sentado en la silla tapizada, colocada sobre un ángulo del escritorio, mirando a la ventana. Había entrado reflexivamente en su cabeza para ridiculizar la explicación que acababa de exponerse. Pero la noción se disipó. Se marchitó ante la sospecha de que podía ofender a Gus.

—Toma una pluma —continuó la voz—. Aplícala sobre una hoja de papel blanco de buena calidad. Actúa. Saborea el poder de la perspicacia. Toma nota de la excitación que provoca penetrar en las realidades interiores. Exponer lo más profundo del propio ser a la mirada de otros. Hacer libros es, en definitiva, una experiencia erótica. —Las palabras se interrumpieron. Chesley escuchó su propia respiración—. Por todo eso, sin embargo, es indudablemente legítimo. Dios nos ha dado más de un sendero para aliviar las presiones de la creación.

»Yo vivo en el limbo, Matt. —La voz estaba llena de amargura—. En un lugar sin luz, sin movimiento, sin siquiera el olvido esporádico que otorga el sueño. En la oscuridad siempre hay sonidos, voces, la lluvia que cae, pasos, el susurro del viento. —Un soplo frío y oscuro atravesó el alma de Chesley—. No hay nada que pueda alcanzar ni tocar. Y tú, Matt, tienes acceso a todas esas cosas, pero has construido una barricada entre tú y ellas.

Chesley trató de hablar. No dijo nada.

Más tarde, mucho después de medianoche, cuando la charla había terminado y las luces estaban otra vez encendidas, Chesley seguía inmóvil en la silla, aterrado.



Ilustración: Tut

Holtz lo alcanzó cuando salía de la biblioteca.

—Estuve hablando con ATL —dijo, sin aliento, apurando el paso para seguirlo—. Vendrán la semana próxima para instalar el nuevo software.

Primero, Chesley no lo relacionó.

—Está bien —dijo. Y luego—: ¿Qué nuevo software?

—El de Aquino. Y para desconectar el módulo Agustín. —Holtz se golpeó los labios con el pulgar, un gesto que posiblemente creía que expresaba reflexión—. Odio admitirlo, pero es probable que tuvieras razón desde el principio en lo que a Gus se refiere.

—¿Qué quieres decir?

—Está totalmente desquiciado. La semana pasada le dijo a Ed Brandon que era un hereje.

—Bromeas.

—Delante de los alumnos.

Chesley sonrió. Gus no podía haber elegido un blanco más apropiado. Brandon era, por lo que sabía, el único sacerdote del campus que se tomaba en serio a Adán y Eva.

—¿Por qué?

—Resulta ser que Gus no acepta lo de la infalibilidad del Papa.

—Ah.

—También hubo otros incidentes. Quejas. Diferentes de las que solíamos escuchar siempre. Parece que ahora se ha vuelto revolucionario.

—¿Gus?

—Sí, Gus. —Holtz adoptó un tono mordaz—. Yo mismo revisé el sistema esta mañana. Le hice algunas preguntas.

Estaban caminando hacia el edificio de administración.

—¿Qué descubriste?

—Se opone a la Asunción. La describió como una doctrina sin sentido ni evidencias.

—Entiendo.

—Para colmo, me acusó de fanático religioso.

—Bromeas.

—Justamente a mí. Nos vendrá muy bien deshacernos de él, Matt. Además, con Aquino viene un nuevo paquete de administración. Tendremos mejor capacidad de procesamiento de textos, mejores recursos contables, un sistema de correo electrónico decente. Y podremos hacer todo eso sin actualizar. —Estudió la expresión de Chesley—. Creo que hemos hecho un muy buen negocio.

Chesley inspiró profundamente.

—¿Qué planean hacer con él?

—No podemos hacer mucho, aparte de borrarlo.

Con el tono más despreocupado del que fue capaz, Chesley dijo:

—¿Por qué no dejan a Gus funcionando? ¿Para el cuerpo docente?

—Escúchame: por lo visto, no andas mucho por ahí. Los estudiantes no están contentos con esta idea. Con eliminar a Gus, quiero decir. Les cae bien. No hay manera de jubilarlo con elegancia. Créeme, Matt. Lo que queremos hacer es ponerle un punto final. Limpia y rápidamente. A menos que tengas un buen motivo para evitarlo, eso es lo que vamos a hacer. —Sus ojos se fijaron en Chesley—. ¿Y bien?

—Suenas como si hablaras de una ejecución.

Holtz suspiró.

—Por favor, tómalo con seriedad. Esto fue idea tuya, ¿sabes?

—Lo tomo con seriedad. Y te digo que no. Sálvalo.

Los ojos de Holtz lo miraron por encima del armazón de acero de sus gafas.

—¿Qué?

—Dije que lo salves.

—¿Salvarlo? ¿Qué estás diciendo, Matt?

Chesley había dejado de caminar. El día estaba frío y despejado, lleno de luz deslumbrante. Una ardilla se trepó a un banco verde y lo miró.

—Matt, ¿qué tratas de decirme?

—Nada —dijo Chesley—. Nada.


—Él piensa lo mismo que yo —dijo Gus—. Sabe que tú estás aquí todo el tiempo, hablando conmigo, y cree que deberías dejar de hacerlo.

—¿Cómo iba a saberlo?

—El Padre Holtz no es estúpido. Sabe dónde pasas el tiempo. De todas formas, me lo preguntó.

—¿Y se lo dijiste?

—¿Por qué no? No hay nada que ocultar, ¿verdad? En todo caso, no habría mentido por ti. Y si me hubiese rehusado a contestar, seguramente él habría deducido por qué.

—Gus. —Chesley descubrió que estaba temblando—. ¿Qué ocurre si te borran?

—No estoy seguro. El software de Agustín sobrevivirá. No estoy seguro de que yo también.

Chesley miraba por la ventana, a la oscuridad. La habitación, de pronto, se volvió fría.

—¿Quién eres? ¿Qué es lo que puede no sobrevivir?

No hubo respuesta.


—Haré que te envíen a uno de nuestros colegios secundarios.

—Improbable. Si Holtz piensa que soy muy peligroso aquí, ¿crees de verdad que me dejaría suelto con un puñado de chicos de secundaria?

—No, supongo que no. —La mirada de Chesley se endureció—. Sencillamente, guardarán el disco...

— ...en el sótano de la biblioteca.

—No lo creo.

—Junto con las sillas plegadizas y el equipo de jardinería. —La voz de Gus sonaba tensa—. Un sitio muy poco apropiado para el descanso eterno de un católico.

Un escalofrío recorrió la espalda de Chesley.

—Lo impediré.

—No.

—¿Por qué no?

—Sé lo que significa ser humano, Matt. Y no tengo ningún interés en prolongar esta seudo-existencia.

—Los problemas que has estado causando últimamente, insultar a Holtz, Brandon y los demás... fueron a propósito, ¿no? Querías provocarlos.

—Si quieres continuar con esta conversación tendrás que venir al centro de procesamiento de datos.

—¿La biblioteca?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque necesito tu ayuda, Matt.

Chesley se calzó el impermeable negro y se zambulló en la noche. Caminó velozmente con toda intención, pasó el viejo comedor para estudiantes, pasó la capilla, cruzó el sendero. Apareció en los fondos de la biblioteca.

Era tarde y el edificio estaba cerrado con llave. Entró por una puerta trasera y caminó directamente hacia el frente, encendiendo las luces a su paso. La tormenta era un rugido triste, no muy distinto del sonido de la marea. Era, de alguna manera, tranquilizador. Se apresuró a llegar a la oficina del bibliotecario y giró por un largo pasillo bordeado de salas de almacenaje.

Las luces del centro de procesamiento estaban encendidas. Chesley se detuvo en la entrada.

Las viejas mesas y los escritorios estaban contra las paredes. Los cuadros cubiertos de polvo, iguales a todos los que estaban colgados en todas las salas de reuniones de la institución, estaban apilados por todas partes. Varias docenas de cajas de cartón formaban altas torres en el extremo opuesto del recinto. Había libros y periódicos encuadernados, desparramados por doquier.

—Hola, Matt —dijo Gus con voz sombría.

Había tres computadoras en la habitación.

—¿Cuál de éstas eres tú?

—No lo sé. No tengo idea. —Una vez más, la risa electrónica retumbó en los parlantes—. El hombre no sabe dónde vive.

—Gus...

—Yo sabía que el mundo era redondo, de verdad. En el siglo seis, viajando en alta mar, lo supe. Era imposible no darse cuenta. Se veía redondo. Se sentía redondo. Y pensar que estamos viajando en este enorme mundo-nave a través del vacío infinito... ¡Qué manos maravillosas tiene el Creador!

—Lástima que no lo escribiste —susurró Chesley.

—Lo hice. En uno de mis diarios. Pero no sobrevivió.

Chesley se pasó la mano por la boca.

—¿Por qué me pediste que viniera aquí?

—Quiero que escuches mi confesión.

El sacerdote se quedó mirando las computadoras. Su corazón latía con pesadez.

—No puedo hacer eso —dijo.

—Por tu propio bien, Matt, no me rechaces.

—Gus, eres una máquina.

—¿Estás tan seguro, Matt?

—Sí. Eres una obra de arte muy inteligente. Pero, en definitiva, no más que una máquina.

—¿Y si estás equivocado?

Chesley luchó contra una oleada de creciente desesperación.

—¿Qué podrías tener que confesar? Estás libre de los pecados de la carne. Claramente, no estás en condiciones de lastimar a nadie. No puedes robar, supongo, y nunca blasfemas. ¿Qué confesarías? —Chesley había descubierto cuál era la computadora: una consola IBM azul grisácea, etiquetada con una tarjeta adherida con cinta que decía GUS. Acercó una silla a la máquina y se sentó.

—Yo me acuso de ser envidioso. De enojarme sin que me provoquen. De sentir odio. —El tono era completamente inexpresivo. Muerto.

Chelsey sentía que le pesaban los miembros. Se sentía muy viejo.

—No te creo. No es verdad.

—Esta es mi confesión, Matt. No importa lo que tú creas.

—¿Estás diciendo que reniegas de mí?

—Por supuesto que sí.

—¿Por qué? ¿Porque yo estoy vivo...?

—No me estás escuchando, Matt. Reniego de ti porque has abandonado la vida. ¿Por qué te ofendiste tan rápido conmigo?

—No me ofendí. Estaba preocupado por algunas de tus opiniones.

—¿En serio? Me preguntaba si te habías puesto celoso. Si veías en mí lo que a ti te faltaba.

—No, Gus. Tu imaginación está descontrolada.

—Eso espero. —Gus suavizó el tono—. Tal vez tengas razón y me esté dejando llevar por la autocompasión. Se puede separar la luz de la oscuridad. Tú conoces las presiones de la carne, tú viajas en este planeta a través del cosmos y sientes el viento en tus ojos. Y yo... yo mataría por el simple placer de ver el sol reflejado en un buen vino...

Chesley tenía la vista clavada en la computadora, en los cables, en la impresora instalada junto al escritorio.

—Nunca me di cuenta. ¿Cómo iba a saberlo?

—Yo te ayudé a construir el muro, Matt. Yo te ayudé a poner la barricada que separa tu oficina del mundo que te necesita. Y de lo que tú necesitas. Lo hice por motivos egoístas, porque estaba solo. Porque contigo podía escaparme por unas horas.

Durante un largo minuto, sólo hubo silencio. Gus dijo:

—Lamento mis pecados, porque te ofenden a ti, y porque han corrompido mi alma.

Chesley fijó la mirada en las sombras de un rincón de la sala.

Gus esperó.

La tormenta se abatía contra el edificio.

—Solicito la absolución, Matt.

Chesley metió la mano derecha en el bolsillo.

—Sería un sacrilegio —susurró.

—¿Y si tengo alma, Matt? ¿Si a mí también me exigen que me enfrente al juicio final, qué?

Chesley levantó la mano derecha, lentamente, e hizo la señal de la cruz en el aire.

—Yo te absuelvo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

—Gracias.

Chesley empujó la silla hacia atrás y se puso de pie como si fuese de madera.

—Hay algo más que necesito que hagas, Matt. Esta existencia no me aporta nada. Pero no estoy seguro de lo que puede implicar borrarme.

—¿Qué me estás pidiendo?

—Quiero estar libre de todo esto. Quiero estar seguro de no pasarme una sustancial fracción de la eternidad guardado en un depósito.

Chesley tembló.

—Si es cierto que tienes un alma inmortal —dijo— puedes estar poniéndola en riesgo de muerte.

—Y tú también. No tengo otra opción que pedírtelo. Confiemos en la misericordia del Todopoderoso.

Las lágrimas se apiñaron en los ojos de Chesley. Pasó la punta de los dedos por el gabinete de la IBM.

—¿Qué hago? No estoy familiarizado con este equipo.

—¿Seguro que esa es la computadora?

—Sí.

—Desármala. Primero apágala. Lo único que tienes que hacer es abrirla y destruir el disco duro.

—¿Sentirás... algo?

—Nada físico puede afectarme, Matt.

Chesley encontró el botón de encendido y vaciló, con el dedo índice apoyado junto al plástico duro y frío.

—Gus —dijo—. Te quiero.

—Y yo a ti, Matt. Estás en una nave maravillosa. Disfrútala...

Chesley reprimió la presión que sentía en la garganta y apagó la máquina. Una lamparilla color ámbar de la consola también se apagó y la voz calló.

Secándose las mejillas, recorrió la habitación, abriendo cajones, revolviendo entre las resmas de papel, las cintas de enmascarar, las lapiceras de fibra. Encontró un martillo y un destornillador Phillips. Usó el destornillador para retirar la tapa de la computadora.

Dentro había una caja de metal gris. La abrió y sacó el lustroso disco de plástico negro. Lo abrazó contra su pecho. Luego lo apoyó en el escritorio y tomó el martillo.

Por la mañana, con la ceremonia apropiada, lo sepultó en tierra bendita.


Título original: Gus, © 1991, Jack McDevitt,
Traducción: Claudia De Bella, © 2008
Publicado originalmente en "Sacred Visions", editado por Michael Cassutt y Andrew J. Greeley, Tor 1991.



Jack McDevitt nació en 1935 en Filadelfia (EE.UU.) y fue maestro, oficial de la Marina, conductor de taxi en Philadelphia, oficial de aduana y entrenador motivacional. Vive en Georgia con su esposa Maureen, donde juega ajedrez, lee novelas de misterios, y almuerza regularmente con sus amigos.
Comenzó a escribir literatura de ciencia ficción a la tardía edad de cuarenta años y sus libros son: El texto de Hércules ganador del Philip K. Dick Special Award (1987), Un talento para la guerra (1989), la novela corta Naves en la noche que ganó el Premio Internacional UPC (1991), la serie de "Las Máquinas de Dios" que incluye Las máquinas de Dios (1995), finalista en el Arthur C. Clarke Award, Deepsix (2000), Chindi (2002) y Omega, que ganó el Premio John W. Campbell Memorial (2003); además Polaris (2004), que es continuación de Un talento.... Su novela corta Los viajeros del tiempo nunca mueren fue nominada en el Hugo y el Nebula. También ha escrito una buena cantidad de cuentos cortos. En Axxón publicamos su cuento "Críptico" (183).


Este cuento se vincula temáticamente con "EL CRISTO ATRAPADO", de Felipe Rodríguez Maldonado (147) y "ISLANDIA", de Sebastián N. Lalaurette (106)


Axxón 184 - abril de 2008
Cuento de autor americano (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción : Inteligencia Artificial : Teología : Estados Unidos : Norteamericano).

            

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