SUPERVIVENCIA

Jorge Pradella

Argentina

¿Qué tiene de moro este tipo?, se preguntó Abelardo Landaburu cuando vio por primera vez al Moro.

El Moro: nariz de boxeador, varios tajos en la cara, y uno sobre la ceja derecha que le cruzaba el ojo. Un ojo azul como el acero de su facón. Su piel alguna vez habría sido blanca. Las incursiones al desierto y las estaqueadas la habían vuelto cobriza. El pelo rubio, duro y retorcido se confundía con la barba. Muchas cosas se contaban del Moro, más que las que él mismo sabía. Alto, muy alto, de espalda ancha y edad imprecisa, el Moro era el sargento más respetado del fortín. Respeto basado en su coraje y también en el temor que infundía. Había escuchado Landaburu que el Moro tenía lento el carácter para la amabilidad, y rápido el facón para el corte.

Landaburu, delgado, reseco y miope a fuerza de puro libro, se acercó al Moro casi con reverencia, mientras el sargento ajustaba la silla de su tobiano tostado. El naturalista se le puso adelante para que lo viera. El Moro ni mosqueó. Carraspeó Landaburu, y optó por descubrirse. Con el chambergo en la mano, habló. La voz le salió menos firme que lo que había querido:

—Perdón, señor... ¿Usted es el Moro?

—Según —contestó el Moro sin mirarlo.

—Soy el profesor Landaburu. Abelardo Landaburu. Y vengo de parte del comandante Banegas.

—¿Y deái? —dijo el otro.

Landaburu se acomodó los lentes, sacó el poco pecho que tenía y respondió:

—Soy biólogo, yo. Trabajo para el Instituto Smithsoniano de Washington, y ha sido un honor para mí...

—¿Adónde tiene que ir? —lo cortó el Moro.

—Al... al Cangrejal de Huecuvú.

El Moro dejó el apero y resopló. ¿Qué carajo quería ir a hacer allá ese porteño de mierda? Se rascó la barba, se acomodó el pantalón y le preguntó:

—¿Y se puede saber a qué quiere ir usted allá?

—Voy a estudiar la vida de los cangrejos aislados en el desierto, su forma de reproducción y las similitudes con el cangrejo marítimo. Si mi estudio es satisfactorio, puedo ser nombrado para la planta estable de investigadores del Smithsoniano.

—Ahá, mire usté. Mire usté cuántas palabras difíciles, eh. Cangrejo marítimo. Planta estable.

—¿Qué me dice, Moro?

—Que son cuatro días de a caballo le digo.

—¡Cuatro!

El Moro no contestó enseguida, se tomó su tiempo. Estiró la mano y alcanzó la garrafa panzona que colgaba de un travesaño del corral. El vino le resbalaba por la barba como culebras rojas.

—Es eso o quedarse, porteño —dijo, secándose con el dorso de la mano—. En todo el camino no hay una gota de agua. El sol le va a aujeriar el chambergo a balazos, y le van a salir ampollas hasta en los huevos.

Por su sonrisa ladina, Landaburu supo que al Moro esta perspectiva no le disgustaba en absoluto.

—¿Y los indios, Moro?

—¿Los indios? Les dimos chupi ayer. Por cinco o seis días van a estar bien en pedo esos infelices.

—¿Entonces?

—Prepare el culo nomás, que se le va a borrar la raya. Con la fresca salimos.



Ilustración: Daniel Erazo

La mañana refulgía como si el sol se hubiera incrustado en la arena.

Salieron Landaburu, el Moro, cinco soldados bien armados, Yaikekan, el lenguaraz, y el capellán. El padre Mastronardi, sesentón, gordo y de aspecto simpático, se mostraba muy locuaz.

Cada vez más impresionado por el Moro, Landaburu decidió darle charla al cura para indagar acerca de semejante personaje. Cargó la pipa de raíz de brezo, la erica arborea, como le gustaba llamarla. La encendió y se la ofreció al Padre, quien aceptó gustoso.

—Me extraña su presencia en esta partida, padre Mastronardi.

—Si bien estamos viviendo un tiempo de tregua con los salvajes, el hecho de que esté yo garantiza que no es una batida. Además, en el fortín me aburro un poco.

Landaburu, animado por esa afabilidad, lanzó la pregunta sin más rodeos:

—Disculpe, padre, pero... ¿por qué al Moro le dicen el Moro? A mí me parece bien blanco, europeo. Está, digamos... un poco arruinado...

—¿Europeo, dice? —El cura sonrió, caló la pipa, y una nube de humo no llegó a ocultarle una expresión de suspicacia—. Usted está en lo cierto. El nombre del Moro es Alexander Morrow, ¿entiende? Nacido en Glasgow, Escocia. Al poco tiempo de nacer, fue traído a la Argentina por su padre, un diplomático. De pequeño se mostró rebelde y desobediente, peleador. Cuando tenía quince años comenzó a ganar unos pesos como boxeador callejero. Así tiene la nariz, usted lo ha visto. Un día le partió la mandíbula al hijo de un funcionario.

—Un tipo fuerte...

—Aparte de fuerte, le descubrieron que se había puesto en la mano un rollo de monedas, el muy tramposo. El padre tuvo que pagar una indemnización y encerrarlo en su residencia. Al poco tiempo se escapó y vino a este fortín para enrolarse. Lo aceptaron, y ahí lo ve al Moro.

—Aaah... ¿Y "Moro" viene de Morrow, no?

—¡Así es! ¡Se imagina a un capitán llamándolo "Alexander Morrow, venga acá"! —dijo el cura exagerando la pronunciación del inglés.

—Entiendo —Landaburu volvió su mirada hacia el Moro, hizo una pausa y luego afirmó—: noté que tiene muchas cicatrices... Una sobre el ojo —dijo cruzando el dedo índice sobre su ojo derecho—. Otra en...

—¡Y las que no se le ven! —interrumpió el cura—. ¡Una matadura por cada batalla con los infieles! Siempre va al frente, nunca vuelve entero. Por eso los hombres lo siguen a muerte.

Landaburu alzó las cejas y meneó la cabeza. Miró la poderosa espalda del Moro moviéndose al ritmo del paso del caballo y trató de compararla con la suya. Abandonó la idea por humillante.

—Parece que los porteños —dijo— no le caemos bien. No sé, digo.

—¿Por? —el cura lo midió.

—El Moro fue poco amable conmigo, padre.

—¿Amable aquél? —el cura señaló al Moro con la pipa, que nunca devolvió—. Aquél es un salvaje. Es peor que los pampas. Cuentan que, una vez, cuando todo su destacamento quedó exterminado, sólo quedaban él y un baqueano malherido en un bajo rodeado de médanos. Había más de veinte chuzas dando vueltas, y el Moro sabía que no saldrían vivos.

—¿Y qué hizo?

—Golpeándose el pecho, desafió a un indio grandote como un percherón. El salvaje se le fue al humo como una fiera. El Moro, que tiene más mañas que Mandinga, lo tiró del caballo. Después lo ató, le cortó las... los testículos...

—¡Padre!

—Y se los comió crudos. Los pampas los dejaron pasar sin tocarlos. Desde ese día, para un indio, matar al Moro sería su máxima prueba de coraje. Más que matar un puma a cuchillo.

Un sudor frío recorrió la espalda de Landaburu. La espantosa anécdota lo había asqueado. Y lo peor era el tono del cura: rebosaba entusiasmo.

—Eso fue en extremo salvaje, Mastronardi —se oyó decir, con tono de reconvención.

El padre alzó los hombros y arqueó las cejas. Chupó la pipa nuevamente, paladeó y, con los ojos entrecerrados por el espeso humo, le disparó:

—¿Y usted qué hubiera hecho, Landaburu?

Landaburu se enderezó en la montura, se acomodó la chaqueta, carraspeó.

—No sé —contestó atropellado—, no sé qué hubiera hecho.

—Rendirse y negociar, acaso.

—Rendirme y negociar, por qué no. Algo diferente a tal crueldad. Ese indio, padre, era también un ser humano. Un hijo de Dios.

El padre Mastronardi soltó una carcajada corta y sonora, mezclada con humosa tos.

—Usted sabrá mucho de cangrejos, profesor, pero nada de la pampa. Nada. Y menos de los indios. Con ellos no hay ni rendición ni negociación. Créame: se mata o se muere.

De pronto los caballos se detuvieron. Landaburu vio que uno de los soldados, después de apearse, corría unos metros y alzaba algo de la tierra. Aquello parecía una soga y se movía ondulante. El soldado desenvainó el facón y cortó la punta de lo que Landaburu creía una cuerda.

—Motta, vea —dijo el cura—: cazó una yarará. ¿Usted comió yarará alguna vez?

—No —contestó el naturalista, cortante—. Y siguiendo con lo de matar o morir, no creo que tenga que ser tan así, padre. No estoy de acuerdo con que todo deba reducirse a su fórmula de matar o morir. Usted es un hombre de oración, un sacerdote. Me extraña que apruebe el comportamiento del Moro. Me extraña que incluso lo admire.

El cura se alzó de hombros.

—Matar o morir no es mi fórmula, Landaburu, entiéndalo. Es la pampa, es la realidad que tienen que vivir hombres como el Moro. Y, por otro lado, yo no apruebo nada. ¿Qué podría aprobar yo? Ellos resuelven las cosas como más les conviene para seguir vivos. Supervivencia, que le dicen.

Landaburu meneó la cabeza y frunció los labios.

—Usted, padre, y sepa disculpar mi sinceridad —dijo alzando una mano, como atajándose—, no aprueba, aunque tampoco desaprueba. ¿No le parece muy poco compromiso para un religioso? Así, las cosas nunca van a cambiar en este lugar alejado de Dios.

El padre, que había vuelto la mirada hacia el frente, giró su cabeza hacia Landaburu y se alzó en la montura.

—¡Mirenló al porteño! —dijo golpeándose el muslo con la mano libre—. ¿Poco compromiso, dice? —y la pipa crujió entre sus dientes—. ¡Poco compromiso! ¿Sabe cuánto hace que se me prenden fuego las sandalias en este infierno? ¡Doce años, m'hijito! ¿Sabe a cuántos les junté las tripas mientras les rezaba una oración?

—Bueno, padre, no se ponga así...

—¿Cómo quiere que me le ponga, hombre? ¡Usted viene acá, pasa un día y ya se cree con derecho a juzgar! ¡Cállese un poco y aprenda antes de hablar!

Fastidiado, el padre Mastronardi se reacomodó en la montura. Perdió la mirada en el horizonte, buscando serenidad.

Landaburu calló, jugó con las crines de su caballo. Se dejó impresionar por el tamaño desmesurado de un ave rapaz, desconocida, posada en un caldén. Recordó el hallazgo de Motta. Al pensar que sus compañeros de aventura se alimentaban de serpientes, se le retorcieron las tripas. Hizo tiempo contando las escasas nubes que manchaban el cielo. Luego miró al cura y dijo suavemente:

—Le pido disculpas, padre...

—Para juzgar, señor, hay que haber vivido la situación.

—Ha hablado usted muy bien —concedió Landaburu—. Me dejé llevar por mi espíritu teórico. Ahora...

—¿Ahora que, Landaburu?

—Digo, si usted se viera en esa situación, padre, ¿qué haría? ¿Haría lo que fuera para sobrevivir?

El capellán sonrió y miró el dilatado horizonte, y se tomó unos segundos.

—Rezaría, hijo —respondió en voz baja y con mirada bondadosa—. Rezaría con todas mis fuerzas para que el Espíritu Santo me dé la fortaleza de aceptar lo inevitable.


Tres días. Tres días de lento peregrinaje sin novedades. Algún ñandú fuera del alcance de los Remington o alguna serpiente devenida en cena.

El naturalista entendió que ir al paso servía para cuidar los caballos. Muy claro. Sin embargo, ese conocimiento no hizo que mejoraran sus ampolladas asentaderas. El sol se ensañaba partiéndole los labios y despellejándole la frente. Más allá de esos detalles, el ánimo de Landaburu sufría por esa aburrida indolencia: el desierto.

Al amanecer del cuarto día, el soldado raso Lozano contestó muy solícitamente a su pregunta:

—Sí, ya estamos cerca. Cuando la tierra se pone blandita, ¿ve, don?, es porque hay un cangrejal.

En la vanguardia, el Moro volvió grupas y trotó hasta Landaburu.

—Ahí tiene su cangrejal, porteño. Y no se acerque sin atarse al pingo. Si se queda empantanado, se lo comen los cangrejos.

—¿Para tanto, sargento?

—Haga lo que quiera. Después no me venga a joder con que lo saque —y el Moro se alejó.

Mandó una avanzada lo más cerca posible del cangrejal para ver si pisaban terreno firme o si convenía acampar ahí mismo.

Los soldados volvieron pronto, y con expresión desorientada.

—Sargento —dijo el chango Suárez—, el cangrejal está seco.

—¿Seco?

—Todo seco. Como lengua e' loro.

—¡Qué va a estar seco semejante cangrejal! —dijo el Moro picando el caballo—. ¡Vamos!


Pronto lo comprobaron: Suárez no había exagerado un ápice. Lo que fuera pantano, ahora atrapaba cangrejos y osamentas en una masa pétrea. Landaburu arrancó uno de los cangrejos con un palo y lo alzó a la altura de sus ojos. Extrajo una lupa de su chaqueta y lo estudió.

—Estos animales —dijo— no están deshidratados. Eso pensé yo en un principio. Están... están petrificados. Fosilizados, diría.

—¿Lo qué? —preguntó uno de los soldados sacándose el quepis para rascarse la cabeza.

El Moro vio venir la curiosidad de la soldadesca y se los sacó de encima. Sabía que no se achicaban con los indios, no importaba cuántos fueran; eso sí: cuando algo no tenía explicación, se ponían muy nerviosos.

—¡A armar las carpas, carajo, o los estaqueo a todos!

Los soldados se desbandaron a cumplir su orden.

Él se apeó, se paró junto a Landaburu y lo agarró del brazo.

—Dígame, porteño —dijo con voz baja y amenazante—. Dígame lo que pasó con esos cangrejos...

—No tengo la menor idea —contestó Landaburu al mismo tiempo que se liberaba de la mano—. Sólo sé que ahora son de piedra, y el cangrejal también.

—¡Eso ya lo sé! ¡No necesito preguntarle pa' saber que todo está hecho piedra! ¡Quiero saber qué pasó! ¿Entiende, biólogo?

Amedrentado, Landaburu no pudo hablar.

El Moro se quedó mirando el suelo. Repentinamente, como si despertara, alzó la cabeza y mientras se alejaba gritó:

—¡Gallo, Mendizábal, agarren los pingos y vamos! —montó y le dijo a Landaburu—: Vamos a ver si le puedo contar qué pasó con esos bichos. Quédese acá, porteño, y no se me mande ninguna cagada.


En menos de media hora, el campamento quedó instalado. Dentro de su carpa, Landaburu improvisó un laboratorio. Sobre una mesa montó su microscopio, amontonó libros, probetas, cuadernos, colocó un tintero y papel. Observó al cangrejo, hizo anotaciones.

De pronto oyó cascos de caballos y salió de la carpa. Eran el Moro y los otros dos. Sin bajarse del caballo, que caracoleaba, el Moro le gritó:

—¡Largue esas boludeces y venga!

Sólo quedó el soldado raso Motta haciendo guardia, los demás fueron detrás del Moro.

Cuando bajaron de los caballos, lo que Landaburu vio lo dejó pasmado. En el lado más alejado del cangrejal, una zanja de unos cien metros terminaba en un gran agujero, de unos veinte de diámetro y dos o tres de profundidad.

Landaburu se aproximó al borde del cráter, y sin querer pateó una gran piedra, que cayó y golpeó contra algo metálico, que sonó a hueco.

Miró al Moro, que con la cabeza le hizo un gesto de que se corriera. El Moro bajó al agujero y apartó con el pie la tierra suelta. Y así quedó al descubierto una gran superficie plateada, pintada con letras o símbolos que Landaburu no llegó a descifrar. El Moro siguió pateando terrones y encontró una puerta entreabierta. Desenfundó el lafuché —regalo de un oficial a quien le salvara la vida— y se metió. Enseguida salió cargando algo. Landaburu se acercó. Eran como dos pequeñas camisetas de dormir, esas de cuerpo entero, sólo que hechas con alguna especie de metal, y de un metal extrañamente flexible. Pintadas con los mismos caracteres de la superficie metálica, llevaban algo adentro, que las estiraba con su peso. El Moro sacó el facón y, para sorpresa de Landaburu, rasgó el metal. De adentro cayeron varios objetos blanquecinos y alargados. El Moro tomó uno, y con una sonrisa se lo extendió. Landaburu asió lo que creyó un palo: se trataba de un hueso. Huesos pequeños, algo parecido a costillas, fémures, tal vez una tibia, en apariencia pertenecientes a un niño de unos doce años.

El cura se persignó y dijo:

—¡Que la Virgen guarde a esos niños! ¿Qué les habrán hecho?

—¡Esto es cosa del indio! —gritó con voz descompuesta el soldado raso Gallo.

Desde su montura, Yaikekan intervino con voz alterada por el terror:

—¡Eso no es cosa del indio! —afirmó el lenguaraz—. ¡Eso es axshem!

—¡El espíritu del mal tiene otro nombre —dijo el padre Mastronardi—, y es mejor no nombrarlo!

—¡Moro, deje todo como está y volvamos! —Yaikekan señaló a Landaburu y agregó—: ¡Que el huinca se quede si quiere! ¡Déjele comida y caballo, y vamos de una vez!

—¡Callate, indio maula! —dijo el Moro mirándolo con asco—. ¡De acá no se va nadie sin que yo lo diga!

—Usted a mí no me manda, Moro. Yo me voy —Yaikekan taloneó a su zaino y se alejó velozmente.

—¡Indio cagón! —dijo el Moro, y le apuntó con el lafuché, apoyado en el borde del cráter.

—¡Pará, Morrow! —gritó el cura.

Y el lenguaraz hubiera sido hombre muerto, de no ser porque Suárez gritó desde unos cuarenta metros:

—¡Sargento Moro, venga, mire esto!

El Moro enfundó el revólver y saltó fuera del enorme agujero. Todos lo siguieron hacia el lugar donde estaban, absolutamente perplejos, Suárez y el soldado raso Lozano. En la rama de un gran caldén, más o menos a un metro y medio del piso, colgaba algo de dimensiones monstruosas, que recordaba a un higo descomunal. Tenía el color del higo maduro, la textura del higo... pero podría contener una vaca.

El Padre Mastronardi se persignó y susurró algunas palabras en latín. Los soldados rasos hicieron la señal de la cruz.

Sin ninguna precaución, Landaburu se abrió paso hacia al fenómeno. Acercó su cara al extraño objeto y lo olió. Lo observó con la lupa. Lo acarició y lo golpeó con los nudillos. Finalmente dijo:

—Esto no es un fruto ni un demonio. Es algo animal. Vengan, miren acá —agregó señalando algo.

Nadie se movió, y Landaburu se alzó de hombros, despectivo ante esa falta de interés, o cobardía.

—Son venas —continuó—. Es evidente que un líquido circula por ellas —sacó de su morral una trompetilla acústica y arrimó la oreja—. Y puedo percibir algo en su interior.... Algo... algo que suena como un latido. Un latido, dos... y otro más. Podría decirse, señores, que estamos frente a un capullo o una crisálida.

—¡No entiendo un carajo! —estalló el Moro, desenvainando el sable—. ¡Hable como un cristiano, porteño de mierda! ¡A ver, salga deái! —empujó al naturalista, que cayó al suelo, y entonces el sargento quedó ante el insólito capullo—. ¡Vamos a ver qué mierda sale cuando lo tajean!

—Con cuidado, hijo —dijo el padre Mastronardi—, que esto ha de ser cosa del innombrable...

Landaburu desde el piso gritó:

—¡Nooooo!

El Moro descargó un sablazo, y del surco en el higo brotó un líquido negruzco y espeso. Cuando el Moro retrocedió unos pasos, la cosa dejó de chorrear. Volvió a tajearla, y manó el mismo líquido, que pronto cesó.

—¡Vio, maricón, tanto grito! No pasó nada. Igual esta cosa no me gusta. ¡Lozano! ¡Echale unos leños ahí abajo y prendé fuego a esta mierda! ¡Vamos!

Landaburu, sin pensarlo, se levantó y tomó de la chaqueta al Moro.

—¿Cómo quemarlo y mandarnos a mudar? —dijo tocándose la sien con el dedo índice—. ¿Está loco, Moro? ¡Esto es un hallazgo, un hallazgo científico! ¡No podemos irnos así nomás!

El Moro se sacudió la mano que aferraba su ropa y contestó:

—¿Ah, no? ¡Miremé cómo me voy así nomás!

Confundido, Landaburu se aproximó al capullo. Lo tocó donde el Moro lo había cortado. Giró la cabeza. Vio al grupo ir hacia donde habían dejado los caballos, ocultos por los espinillos. Todas sus dudas desaparecieron: muerto, no habría descubrimiento que contar. Corrió para unirse a ellos. Nunca los alcanzó: un ensordecedor bramido, como lanzado por el más colosal de los toros, lo hizo detenerse en seco. Se dio vuelta. Todos se dieron vuelta.

Lo que había sido esa especie de higo, era ahora un animal desconocido de unos dos metros de altura, verde brillante. Tenía cuerpo de gusano, patas de langosta y alas cartilaginosas similares a las de los murciélagos gigantes de Centroamérica. De la boca ancha y erizada de colmillos, gruesa como el brazo de un hombre, salía una lengua. Lengua que también contenía en su extremo una boca ancha y erizada de colmillos. La vibrátil y larga cola, terminada en una garra como de buitre, se agitaba frenéticamente. Lozano se quedó allí, con un haz de troncos entre los brazos, mirando, inmóvil.

—¡Lozano, salga deái! ¡No sea pelotudo!

Todos le gritaron que corriera hacia su caballo. Lozano, si bien era conocido por su bravura, más lo era por su lentitud de mollera. Soltó los troncos, aunque nunca llegó a sacar el sable: la cola se alzó, y, veloz como un látigo, la garra se le enterró en el pecho. La bestia lo atrajo hacia sí y lo cubrió por completo con las alas. Segundos después, la ropa y los huesos grisáceos caían sobre el suelo reseco. El cráneo rodó hasta los pies del Moro, y eso lo hizo reaccionar.

—¡La gran puta! —dijo, y amartilló el lafuché.

Cuando iba a disparar, la bestia se elevó con poderosos aleteos y desapareció entre las colinas. El sargento abrió fuego, y sus seis disparos se perdieron en la nada. Apuntando al cielo, tembloroso, su brazo quedó extendido. Suárez se acercó y se lo bajó. El Moro lo miró con odio y perplejidad. El cura se persignó. Landaburu se quitó los lentes, y los soldados se miraron entre sí. Sin decir una palabra, todos corrieron hacia los caballos.

No estaban.

Ni siquiera estaba el tobiano del Moro, famoso por su coraje y fidelidad.

Nadie se movía.

El Moro volvió a cargar el revólver, y eso pareció traerlo a la realidad. Lo enfundó, golpeó el hombro de Landaburu y dijo:

—¿Qué mierda era eso, que gritó tan fuerte? —señaló hacia donde habían estado los caballos—. ¡Hasta el Chusco se me escapó! ¡Hable, porteño fanfarrón! ¿Qué era eso?

Landaburu se alzó de hombros, abrió grandes los ojos y negó con la cabeza.

El Moro resopló y dirigió su mirada al capellán:

—Y usted, padre: ¿qué era eso? ¿El diablo?

El sacerdote hizo una sonrisa tristona.

—¿Cómo puedo saberlo, hijo querido?

—¡Otro más! ¡Otro más! —rugió el Moro pateándole tierra a Landaburu—. ¡Usted se infla con que es profesor de acá y de allá, y no sabe una mierda! ¡Usted, padre, tanta persignada, tanta oración... y tampoco sabe un carajo!

—¡Hijo!

El Moro se sacó el sombrero y se pasó la manga por la frente.

—¡Claro —dijo—, total, para eso está el soldado, no! ¡Cuando los que tienen que saber no saben, el soldado pone el cuerpo! —desenvainó el facón y lo apuntó a Landaburu—. ¡Tá' bien, así nomás es la cosa! ¡Yo me voy a ocupar de ese bicho!


Resignados a andar sin monta, caminaron hasta el campamento. Eso sí: no dejaban de mirar al cielo. Un cielo de enero que vomitaba rescoldos sobre el desierto.

Cuando llegaron, el Moro ordenó:

—¡Dormimos acá, y mañana vamos a ver si encontramos a los caballos!

Armaron una fogata y terminaron de comer justo cuando caía la noche. Suárez haría la primera guardia. Mendizábal, Gallo y Motta dormirían juntos. El Moro en su tienda. El capellán y Landaburu compartirían una carpa.

Cuando se preparaban para dormir, el bramido lejano de la bestia llenó el aire. Instantes más tarde, en medio de la absoluta oscuridad del cielo, el monstruo sobrevoló el campamento. Todos escucharon el ominoso aleteo que pasaba sobre ellos y se alejaba. Y otro bramido. El Moro, con el porrón de grapa en la mano, amartilló el revólver. Lo alzó al cielo, hacia un blanco invisible. De nuevo el aleteo. El Moro apuntó siguiendo un objetivo que solo él veía y abrió fuego. Un alarido lastimoso coronó su puntería y su instinto.

Los soldados gritaron, y el Moro, volviendo a disparar al aire, rugió al cielo:

—¡Para que tengas, hij'una gran puta! —tomó un largo trago y siguió—. ¡A mí no me vas a comer! ¡A mí no me vas a comer!

Después encaró a Landaburu, disparó por encima de su cabeza y le puso el arma humeante frente a la cara.

—¡Esto, sabio! ¡Esto! —dijo agitando el revólver—. ¡Esto le va a salvar la vida y no sus libros! —golpeó el pecho del naturalista con el porrón, que le salpicó la cara—. ¡Ahora mamesé un poco y duerma, carajo!

Landaburu agarró la botella. El Moro se quedó parado ahí, mirándolo.

—¿Y, sabio? —dijo, y el caño del revólver percutía el porrón como si fuese un badajo—. ¿Va a tomar o no va a tomar?

Ahora sólo se oía el chasquido de los leños al arder. Landaburu alzó el porrón, intentó beber un sorbo. Se atragantó. Tosió. El Moro rió a los gritos, enfundó el revólver y ordenó:

—Hacé el puesto al lado del fuego, Suárez, bien cerquita. Yo me voy a echar acá —tiró al piso la manta que llevaba al hombro—. Que el fuego no se apague, clinudo, porque si no te despeno. —Se acostó y, hablando para sí, dijo—: Todos los bichos le escapan al fuego.

Landaburu bebió otro sorbo. No tosió. Limpiándose la boca con el dorso de la mano se quedó mirando al Moro. Admirando al Moro, mejor dicho. Admiraba su sangre fría, sus nervios de acero. ¿No sentía miedo el Moro? No, qué iba a sentir miedo. El Moro: un ser básico, elemental. Si algo gritaba de dolor, era mortal, y eso resultaba suficiente razón para no tener miedo.

¿Y él? Él, Abelardo Landaburu, el gran biólogo, estaba aterrado.

Le vino la tentación de echarse junto al Moro, de acurrucarse como cuando buscaba refugio en la cama de sus padres: la presencia del Moro garantizaba que saldrían vivos.

El cura se le acercó y le pidió el porrón.

—Mi buen Dios sabrá mirar para otro lado —dijo. Después de beber un largo trago se lo devolvió—. Total, con tanta oscuridad...

El cura se metió en la tienda, se echó a dormir. Landaburu lo acompañó con una mueca de resignación: confiaba más en las balas del Moro que en las oraciones de Mastronardi.


Los despertó un sol joven, aburrido de la noche fría.

El Moro ordenó levantar las carpas y que se prepararan atados con provisiones y las cosas que cada uno pensara llevar. Dejaron todo listo para iniciar la marcha tan pronto como encontraran los caballos.

Mandó a Mendizábal y Motta en una dirección, y a Gallo y a Suárez en otra. Él buscaría con Landaburu y el capellán.

El terreno, reseco y ardido de hondonadas, hizo que muy pronto perdieran de vista a los demás. Los pocos caldenes no aportaban mucha sombra, y en ningún momento vieron cursos de agua.

Cada tanto, el Moro se agachaba, apoyaba los dedos en el suelo, miraba al horizonte y modificaba la dirección. En ese páramo, los pasos de los tres eran el único sonido. El Moro se detenía y lanzaba el silbido que llamaba a su caballo. Pero el caballo no aparecía.

Los puños sobre la cadera, el Moro dijo con tranquilidad:

—Se espantaron feo, carajo. Vaya a saber dónde están. Si los otros no los encontraron, habrá que caminar hasta Palauco, nomás.

—¿Caminar hasta Palauco? —preguntó el cura—. ¿Con aquellos atados?

—¿Tiene otra idea mejor, padre?

—No me apretés, Moro.

—¿Entonces? Es lo que está más cerca. Recién salió el sol. Si caminamos parejo, a la noche llegamos. Y si llegamos, nos salvamos.

—Perdón, ¿qué es Palauco? —preguntó Landaburu mirando alternativamente al Moro y al cura—. ¿Una ciudad? Digo... ¿un pueblo?

El Moro no pudo contener una carcajada salvaje. Se rascó la barba, miró hacia abajo, hizo un dibujo con la punta de la bota sobre el polvo y dijo, levantando la mirada:

—Se lo dejo, padre. A mí ya me cansó —y se alejó.

El cura apoyó la mano en el hombro del naturalista y le dijo:

—Palauco es un punto de referencia. Un refugio precario, cerca de un cangrejal. Y con un pequeño curso de agua, un riacho. Cada tanto por ahí pasa una patrulla. Todo el mundo sabe que hay que ir a Palauco si se quiere salir del desierto.

—Y dígame, padre: ¿cada cuánto es ese "cada tanto"?

—Y, depende. Una semana, un mes... —el padre Mastronardi se rascó la cabeza con el meñique—. No le quiero mentir. Quédese tranquilo, profesor: con la comida que tenemos en el campamento, podemos aguantar.

—El Moro...

—El Moro las ha pasado peores, y nos va a sacar como que hay Dios.

Landaburu buscó con la mirada el polvo que el Moro levantaba con su tosco andar y lo siguió.

No era más que un soldado bruto. Él, un hombre de mundo, podía entender que era injusto exigirle educación y modales a un pobre diablo como el Moro. ¿Qué sutileza podía esperarse de un tipo que vivía todo el tiempo luchando por sobrevivir? Sobrevivir. ¡Menuda tarea en ese sitio horrible! ¡Pero cortarle los testículos a un ser humano!

De todos modos, no podía dejar de sentirse interpelado por la brutalidad del Moro, tan dentro del contexto que le había tocado vivir: ¿de qué cosas sería capaz él mismo, cuando su vida estuviese en juego?


Pronto se unieron a los soldados del abandonado campamento: ellos tampoco habían encontrado los caballos.

—Si no hay monta —dijo el Moro—, hay que aligerar. ¡Vamos, a desarmar los atados! ¡Nada más que comida y abrigo!

Landaburu no obedeció.

El Moro se le acercó con una sonrisa socarrona.

—¿No oyó, usted? —dijo, pateando el paquete—. ¡A ver, abra esa porquería!

—¡No, Moro! —gimoteó Landaburu—. ¡No haga eso, no lo patee! ¡Ahí adentro está mi microscopio!

—¡Y a mí qué mierda me importa! —contestó el Moro, cortando la soga con el facón—. ¡Es al pedo que lleve esto! —siguió, arrojando los libros sobre la tierra, medio agachado—. ¡Comida y abrigo dije, carajo!

Cuando el sargento revoleó el microscopio, Landaburu, a dos manos, levantó una roca y se la estrelló en la espalda. El Moro trastabilló unos pasos y se dio vuelta, arqueándose.

Landaburu se le arrojó encima.

El Moro sonreía cuando esquivó el puñetazo. Sonreía también cuando le descargó su puño en el estómago. Y no dejó de hacerlo cuando le habló, aplastando el microscopio con la bota, frente a la cara del naturalista caído, que tosía, levantando nubecitas de polvo:

—Solamente comida y abrigo, porteño. —Y repitió dando un último pisotón al artefacto—: ¡Comida y abrigo! ¿Entendió?

El padre Mastronardi fue a levantar a Landaburu. Con una enérgica mirada desaprobó al Moro.

—Vos, Moro... —dudó, y las palabras se le atropellaron—. Vos sos un animal.

El Moro no contestó, ya había iniciado la caminata.

El padre Mastronardi se ocupó de sentar a Landaburu, de mantenerlo derecho. Luego le envolvió charque, con manta de refuerzo. Landaburu, los ojos llorosos, recibió el atado.

—Vamos, Abelardo —dijo el cura, acomodándoselo en la espalda del naturalista—. ¡Sea un poco más fuerte, hombre! Ninguna de estas cosas es tan valiosa para que se ponga así —señaló los libros y el microscopio, y lo ayudó a levantarse.

—No es por las cosas o su valor que estoy deshecho, padre —Landaburu se pasó la mano por la frente.

Entonces se le acercó Gallo y le entregó el fusil de Lozano.

—¿Sabe cómo se usa? —dijo el soldado.

Landaburu negó con la cabeza. Recibió las instrucciones, que apenas logró retener.


El Moro lideraba la formación. Lo seguían Suárez, Mendizábal, Gallo, Landaburu y Mastronardi. Motta, que además cargaba en el cinto dos bolsas de sal para charquear, cerraba el grupo.

Oyeron un bramido y la bestia pasó sobre ellos, y pocos metros más allá dio la vuelta, y se les abalanzó en vuelo vertical.

—¡Se viene! —gritó el Moro—. ¡Abajo del caldén! ¡Vamos, vamos!

Todos corrieron. El largo cordel de una de las bolsas que llevaba Motta se le enredó entre las piernas y lo hizo caer. Se levantó, lo cortó con el cuchillo, y tiró lejos la bolsa. Iba a hacer lo mismo con la otra, cuando vio venir al monstruo. Fue inútil que intentara desenvainar el sable: la bestia lo atrapó con la garra de la cola y subió unos treinta metros. Lo cubrió entre las alas y se dejó caer. Antes de llegar al suelo, abriendo las alas dejó caer huesos, ropa y sable, y se estabilizó y tocó tierra. Y dio estertores y lanzó dolorosos alaridos en una danza frenética. Tambaleándose, agitaba las alas. En el esfuerzo por volar, la piel se le agrietó, y de ella fluyó un líquido negruzco.

El Moro salió del estupor y cargó el fusil. Apuntó con cuidado: justo donde se unía con el cuerpo, el ala izquierda se descoyuntó. Gritó el monstruo y el Moro acertó de nuevo en el mismo objetivo. El animal se quedó inmóvil. Ahora su vientre se agitaba como si algo pugnase por salir. Desenrolló la lengua y expulsó lejos una masa blancuzca. Sus patas de langosta apenas lo sostenían.

—¡Tírenle! —gritó el Moro—. ¡Tírenle ahora, carajo!

Cuando recibió la primera descarga, la criatura chilló, y con inesperada agilidad huyó sobre sus patas y desapareció tras una hondonada.

—¡Alto el fuego! —ordenó el Moro.

Cuando el polvo levantado por la bestia desapareció, el Moro retomó la marcha, sin decir una palabra.

Landaburu se acercó despacio a la masa vomitada por el monstruo y la removió con la boca del fusil: era lo que quedaba de la bolsa de sal, mezclada en una compacta y hedionda espuma. Entonces buscó a su alrededor y encontró la otra bolsa, la que había hecho caer al pobre Motta. La acomodó dentro de su atado y alcanzó al grupo.


Nadie hablaba.

A media mañana, Landaburu se secó el sudor y concluyó que, para el mediodía, nada lo salvaría de una insolación. Tenían poca agua, y lo sublevaba la inminencia de la muerte. ¿Se apiadarían los soldados? ¿Le cederían parte de sus raciones, sabiéndolo tierno?
Nadie pudo prever el ataque. El monstruo apareció desde atrás de una lomada y el látigo de su cola rozó la cabeza de Landaburu y atrapó del cuello a Gallo. Suárez cargó el Remington y apuntó. El monstruo soltó a Gallo, hincó la garra en el vientre de Suárez y lo arrastró a la hondonada.

—¡Vamos a auxiliarlo! —gritó Mastronardi señalando a Gallo, y él y Landaburu se acercaron.

Gallo boqueaba sangre. Se le dieron vuelta los ojos y murió.

El cura sacó una cruz de entre sus hábitos, se persignó, impuso la mano en la frente del muerto.

—¡Carajo, padre —apuró el Moro—, vamos de una vez!

—¡Hereje, no ves que estoy celebrando un sacramento!

—¡Usted celebre lo que quiera! —gritó el Moro, acomodándose el fusil al hombro—. ¡Yo me voy!

—¡Pero qué estás diciendo, animal! ¿Te vas sin darle sepultura?

—¡Yo me voy! —contestó el Moro, y echó a caminar.

Buscando apoyo, Mastronardi miró a Landaburu: parado junto a él, le esquivaba la mirada.

El cura besó la cruz y volvió a persignarse.

Mendizábal siguió al Moro. Más obsecuente que respetuoso, Landaburu tomó del brazo al cura para ayudarlo a levantarse. Mastronardi se sacó la mano de encima y miró a Landaburu de arriba abajo.

—¡Usted! —dijo, pateando el suelo—. ¡Usted se ha vuelto una bestia! ¡Igual que ellos!

Sin mirarse, los dos se unieron a la caminata. A unos doscientos metros, cuando llegaron a una loma, el Moro se frenó en seco.

—Sigan —ordenó.

Todos pasaron junto a él, lo dejaron atrás. Landaburu se detuvo unos pocos metros más allá. Desde ahí vio que El Moro miraba hacia donde había quedado tirado Gallo. ¿Se arrepentía de no haberlo enterrado? Landaburu consideraba eso una preocupante manifestación de debilidad. ¿Y si el Moro no era tan duro y salvaje? La angustiante inquietud, la necesidad de escrutar los sentimientos de aquella bestia llevaron a Landaburu a pararse junto al sargento, que notó su presencia.

—¿Tiene reloj? —preguntó el Moro.

—Son casi las once —contestó Landaburu, y volvió el reloj al bolsillo del chaleco.

El Moro retomó la vanguardia, seguido por Landaburu y Mendizábal. El cura cerraba la marcha.

El sol se acomodó justo sobre sus cabezas. De nada servían los chambergos. Landaburu avanzaba como llevando un yunque atado en cada tobillo, y al más mínimo tropiezo caía al suelo. Un aire polvoriento le quemaba los pulmones, ni lágrimas tenía que calmaran el ardor de sus ojos. El mundo se había convertido en una salina de infierno, un sequedal cuarteado, áspero. Sólo el Moro mantenía el ritmo.

El padre Mastronardi trastabilló y cayó de rodillas. Mendizábal lo ayudó a levantarse. El Moro ni se enteró. Landaburu se dedicó a observarlo. Su economía de movimientos, su precisión en el andar, la solidez: un ejemplar destinado a sobrevivir. Y, como una revelación, supo que el Moro saldría vivo. Ni Mendizábal ni Mastronardi ni él con toda su ciencia. En ninguno de ellos latía el instinto de supervivencia como en el Moro.

Entonces aceptó el concepto de que el único camino para salir con vida tenía que ver con unirse al Moro. Lo venía pensando desde hacía rato. La perfecta simbiosis: el Moro representaba la fuerza indómita, irracional de la naturaleza; él, el intelecto en estado puro. Y, en esa asociación, no había lugar para ninguno más. Una cuestión básica de selección natural. Ya lo habían postulado Darwin y Wallace. Nada tenía de razonable que sobreviviera un cura, que no aportaría un bledo como reproductor, o un hombre viejo e ignorante como Mendizábal. Él representaba la juventud y la cultura. ¡Un científico! Y, por consiguiente, más provechoso para la sociedad. ¡Más que para la sociedad, para la humanidad! ¡El mundo necesitaba científicos, no curas o soldados decrépitos! Tomar conciencia de sus maquinaciones lo llenó de espanto. Espanto que abruptamente fue reemplazado por una profunda tranquilidad: había alcanzado la solución del problema presente.

El grito del Moro lo volvió al desierto.

—¡Ahí viene! ¡Mendizábal, Landaburu, esta vez hay que bajarlo! ¡Padre, al suelo!

Delante de ellos se levantaba una nube de polvo.

Mendizábal y Landaburu se pararon junto al Moro.

—¡A ver, abombados! —los empujó con violencia—. ¡Así nos atropella a los tres!

Se separaron. Mendizábal quedó entre Landaburu y el Moro.

La nube venía muy rápido.

—¡No tiren hasta que yo lo diga! —ordenó el Moro.

Cien metros los separaban de la nube de polvo. Cincuenta metros. Se oyó el bramido. Veinte metros. A esa distancia, la bestia se hizo visible.

—¡Ahoraaa! —gritó el Moro.

Los tres dispararon al mismo tiempo. El retroceso del Remington Patria tiró de espaldas a Landaburu. La bestia atacó, y arrastró a Mendizábal. El polvo se despejó, y a diez metros vieron al monstruo, agitado, con su única ala apretada contra el cuerpo. Los huesos del soldado cayeron mezclados con el uniforme. Dos balazos habían hecho blanco y sobre el cuerpo de la bestia fluían dos gruesos regueros negruzcos. La criatura retrocedió y se alejó corriendo. Landaburu se levantó con dificultad, preguntándose por qué el Moro no había disparado de nuevo.

El Moro meneó la cabeza. Se acercó a Landaburu y le sacó el reloj del bolsillo.

A su vez, Landaburu se lo arrebató.

—¡Traiga para acá! —dijo, y miró los huesos de Mendizábal y el polvo que levantaba el monstruo—. ¿Qué le agarró por saber la hora, Moro?

—¡Hay que apurarse, porteño! ¡Esto no es un paseo!

El Moro no pudo cargar su fusil.

—¡Esta mierda se trabó! —revoleó el arma y se acercó al caído fusil de Mendizábal, o lo que quedaba, mejor dicho: el monstruo lo había destrozado.

Sólo contaban con ellos tres: el Moro, Landaburu y Mastronardi. ¿Fierros? El "Mata indios" que cargaba Landaburu y el revólver del Moro.

El sargento inició una marcha forzada. Landaburu, de treinta años, a duras penas podía seguir ese ritmo. El cura, a la media hora se dejó caer.

—¡Basta, Moro, basta! —gimió—. ¡Ya no puedo más! —negaba con la cabeza—. ¡A este ritmo yo no sigo!

El Moro retrocedió, se agachó junto al cura y le dijo en voz baja:

—Párese o lo dejo, padre.

—¿Serías capaz, Alexander? —dijo el cura, agarrándolo de la ropa.

—Haga la prueba —contestó el Moro sonriendo y se levantó.

La voz de Landaburu sonó quebrada, hueca, trastornada por el pánico.

—Moro... e... está... ahí.

A espaldas del cura, a unos diez metros de distancia, se erguía el monstruo, jadeante, amenazador. Se había acercado con precaución, sin levantar polvo.

Landaburu alzó el fusil. La bestia avanzó, la cola restalló, y la garra se hincó en la espalda del cura. El Moro dio un paso atrás y desenfundó el lafuché. La garra soltó a Mastronardi, se clavó en el hombro del Moro, y lo desarmó. Luego comenzó a arrastrarlo.

—¡Hij'una gran puta! —gritó sacando el facón, y cortó la cola de la bestia, que bramó enloquecida. El Moro, como por instinto, le lanzó el cuchillo, que golpeó con el cabo.

Landaburu disparó otra vez, y ahora sólo trastabilló. Ayudó al sargento, que seguía con la garra prendida en el hombro.

La bestia aullaba: la bala de Landaburu le había reventado un ojo.

Mastronardi se arrastraba hacia ellos, estiraba una mano. La bestia, tambaleante, lo aplastó. Landaburu y el Moro se alejaron corriendo con sus últimas fuerzas.

Un kilómetro más adelante, el sargento se detuvo.

—¡Venga, sáqueme esto!

Landaburu rasgó la ropa del Moro. La garra estaba profundamente hincada. No había cómo sacarla.

—Está muy adentro —dijo Landaburu—. Si se la saco, Moro, se va a desangrar.

—¡Déjela ahí nomás entonces! ¿Qué hora es?

Landaburu, mirando muy fijo al Moro, sacó el reloj.

—Casi las cuatro.

—Hay que seguir.

Ni una nube. No había viento. No había aire que respirar. Se detuvieron para calmar el resuello. Tomaron la poca agua que les quedaba.

—¿Cuánto falta para llegar, sargento? —jadeó Landaburu.

—A las seis tengo que estar ahí... —contestó el Moro, con voz agitada.

—¿Tengo que estar ahí? —preguntó Landaburu, retrocediendo—. ¿No será tenemos, Moro?

El Moro, debilitado por la pérdida de sangre, se dejó caer. Se quitó el chambergo y lo tiró a un costado.

—¡Es la misma mierda, porteño quisquilloso! —se quitó el pañuelo del cuello y se lo pasó por la cara—. ¡Si yo llego, llega usted!

—No, Moro —dijo Landaburu, sin dejar de retroceder—. Para mí no es lo mismo.

—Me equivoqué. ¿Y queái si me equivoqué, porteño cagatinta? Uno está acostumbrado a...

—A hacer cualquier cosa para sobrevivir —interrumpió Landaburu con una sonrisa—. ¿Eh, Moro?

—¿Y usted —preguntó el Moro, mirando la garra sobre su brazo— no haría cualquier cosa?

—Haría lo mismo que usted —contestó Landaburu.

El Moro apoyó la mano en el cabo del sable, la única arma que le quedaba.

—¡Cuidado con lo que hace, Moro! —Landaburu cargó el fusil y le apuntó.

El Moro lo miró y sonrió.

—¿Me va a matar?

—¿Y usted —dijo Landaburu poniendo una pierna atrás y otra adelante para afirmarse— que haría?

El Moro lo miró entrecerrando los ojos, a causa del reflejo del sol.

—¿Y se va a animar a tirar?

—No me queda otra, Moro. Es usted o yo. Lo necesito para entretener al monstruo.

—Porteño ladino...—murmuró entre dientes el Moro.

—¿Usted creía que soy estúpido? ¿Que no me di cuenta?

—¡A ver! —dijo el Moro, haciendo un ademán de impaciencia—. ¿De qué se dio cuenta el sabio?

Landaburu aflojó la postura. El caño del fusil bajó un poco, ya no apuntaba al Moro.

—De sus cálculos. Se fijaba cuánto tiempo desaparecía el monstruo después de comerse a alguno. Por eso me preguntaba la hora.

—¿Y deái? —dijo el Moro, quitando con disimulo la traba del sable.

—Que al cura lo dejó morir. Usted pudo haberlo salvado, Moro —el fusil bajó un poco más—. Usted es rápido. Pudo haberlo salvado. Lo que pasa es que Mastronardi, con esa gordura... ¿no? Y después me tenía a mí, pero yo, el porteño, lo madrugué. David y Goliat, Moro.

El Moro mantuvo la calma. Se levantó despacio, apretando los dientes, bufando.

—¡Y de qué se queja! ¿No lo traje hasta acá? Olvídese de los demás. Yo lo puedo salvar. Yo puedo matar a ese bicho.

—Yo también puedo matarlo. No lo necesito a usted.

El Moro rió mostrando los dientes amarillos.

—¿Y cómo lo va a matar? ¿Con el Remington? ¡Si cada vez que tira se cae de culo!

—Con la sal que tengo acá —Landaburu bajó del todo el fusil, palmeando el atado que llevaba en la espalda.

—¿Sal? —dijo el Moro y afirmó la mano en el mango del sable—. ¡Dejesé de joder!

—Sí, Moro. Cuando el monstruo devoró a Motta, se tragó la sal que llevaba en la bolsa.

—¿Y?

—Y casi se muere. Con la ayuda de Dios, lo voy a matar con la sal.

—¡Vamos, Landaburu! —el tono del Moro se hizo amistoso—. ¡Usted y yo nos podemos salvar los dos!

—No, Moro —Landaburu negó con la cabeza—. Uno de nosotros dos se tiene que quedar acá, para entretener al monstruo. —Luego agregó—: Y el fusil lo tengo yo.

El Moro arremetió desenvainando el sable.

Landaburu levantó el fusil, y al disparar retrocedió un par de pasos. El Moro tambaleó por el balazo en la pierna, y siguió avanzando con el sable en alto. Sin tiempo de acomodarse, Landaburu cargó y tiró al voleo. La bala entró en el vientre. El Moro rugió y no se detuvo. Un tercer disparo le dio en el cuello. El Moro tosió sangre. El sable bajó, volvió a subir... y el Moro cayó de bruces, levantando polvo.

Landaburu se acercó, le apoyó el caño en la nuca y disparó. Luego miró el reloj, pateó el cuerpo y dijo:

—Usted es grandote, Moro, me va a dar un buen rato de ventaja.

Eligió una dirección cualquiera y echó a andar.

¿Dónde encontraría Palauco? No le importaba. El instinto, una potencia que siempre había rechazado por considerarla un atavismo, le decía que llegaría a destino.

Al poco de caminar miró el reloj: calculaba que la bestia ya habría devorado al Moro. Entonces, por lo que había aprendido de esa criatura, le quedaban unas dos horas para alcanzar el refugio.

Ya no volvió a guardar el reloj: lo llevaba en un puño.


Palauco: una hondonada un poco más profunda de las que Landaburu ya había visto en el desierto. Un gigantesco zanjón natural de unos cuarenta o cincuenta metros de largo, por quince o veinte de ancho. Las paredes de los lados, de muy suave inclinación, contrastaban con la del fondo, abrupta y alta. Dentro de ella, se había practicado un agujero, ahora revestido con maderas. Landaburu no vio el cangrejal y no le interesó tampoco: frente al agujero había descubierto un cursillo de agua que formaba un triste charquito. Arrojó el fusil y metió la cabeza en el agua barrosa para saciar su sed.

Ya más calmo, revisó el lugar.

Apoyadas sobre un tronco caído había varias lanzas pampa de casi tres metros. Encontró un largo tramo de soga, una tosca escalera de troncos y un balde de madera podrida, con dos manijas. Ató la soga a la manija del balde y lo llenó con sal. Después, usando la escalera, lo colocó sobre una de las vigas del lado de adentro, cerca de la entrada al agujero. Se metió adentro y tiró suavemente de la soga: el balde tambaleó sobre la viga. Acomodó las tacuaras en el piso, cerca de sus pies.

El bramido se oyó lejos. Devorándose al Moro, la bestia le había dado el tiempo justo para preparar su trampa.

Iba a sobrevivir: el animal había sido herido muchas veces, le faltaba un ojo. Y, sin su garra, la cola ya no representaba un peligro. Landaburu evaluó su arsenal: dos balas en el fusil y tres tacuaras. Se puso la soga entre los dientes. Cargó el fusil y lo apuntó hacia la entrada.

Un segundo bramido se dejó oír muy cerca. Afirmó mejor el fusil en el hombro. El sol iba cayendo. Mordió fuerte la soga. Sintió el gusto áspero y salado del cáñamo sudado por cientos de manos. No le importó. Una sombra le reveló que la bestia ya caminaba dentro de la hondonada y que lo buscaba. Podía escuchar sus pasos y cómo arrastraba el ala herida.

Un chapoteo.

El monstruo se acercaba. Landaburu no pudo evitar sobresaltarse cuando la enorme figura se distinguió a contraluz en la entrada de la cueva. Cloqueó de gozo la bestia al detectar a su presa y avanzó hacia ella. Landaburu calculó. Ahora debajo del balde, mordió más fuerte la cuerda y dio un paso atrás.

El balde se volcó, y la sal se derramó sobre la criatura, que lanzó alaridos sacudiéndose sin dejar de avanzar. El fusil sonó una, dos veces. El segundo disparo hizo que Landaburu retrocediera hasta caer de espaldas en medio de la oscuridad. La bestia se le abalanzaba. El naturalista alzó una de las chuzas y la afirmó en la tierra: quedó oblicua con la punta al cielo. Traspasada por su propio impulso, la criatura cayó a un costado.

Landaburu se quedó quieto. Los estertores se fueron entrecortando.

Silencio.

Supo que había vencido. Había vencido no sólo al monstruo, sino al desierto, al Moro y a su propia aparente debilidad.

Había prevalecido él, y se demostraba que la fortaleza física no constituía la condición excluyente para sobrevivir. La naturaleza perfecta también valoraba la inteligencia como atributo para la selección. El porteño sabiondo, el porteño de mierda, el abombado porteño cagatintas seguía vivo, mientras el Moro formaba parte de las tripas de ese monstruo que él, Abelardo Landaburu, había eliminado. El orgullo lo hizo hablar en medio de las tinieblas:

—La inteligencia. Sí, señor: el cacumen antes que la fuerza.

Se levantó, y la cabeza golpeó contra algo muelle y correoso, como una bolsa llena de líquido. Nada veía. Junto a él tanteó una superficie veteada en capas y nudos: la otra chuza.

Se quitó el pañuelo, lo enroscó en ella y encendió la tela con los fósforos que sacó de un bolsillo de la chaqueta. Alzó la improvisada antorcha. Colgando del techo, había tres bolsas con forma de higo, idénticas a aquella de donde fuera parido el monstruo que acababa de matar.

A Landaburu se le cayó la antorcha.

Corrió afuera, a gachas, hacia la luz de la entrada de la caverna, y tomó aire con desesperación. Llenó sus dos cantimploras y trepó la hondonada.

Lo que vio detrás, en el cangrejal, lo hizo reír.

Rió hasta que la risa se le volvió llanto.

De los brazos de cada uno de los veinte o treinta caldenes, colgaba una bolsa.

Las bolsas tenían forma de higo.

Miró Landaburu hacia la derecha y vio un gran monstruo, similar al que yacía muerto en el agujero, aunque atrozmente enorme.

La bestia extraía de entre sus patas, con la garra de la cola, pequeños higos que iba colgando de a uno en los caldenes.

Entonces giró la cabeza y descubrió a Landaburu.



Jorge Alberto Pradella nació en 1964 en una casa rodeada de calles sencillas y con pocos autos. Casa con patio y terraza. Parra y malvones, por supuesto. Su pasión hasta los ocho años era el fútbol, hasta que cayó en sus manos (bendita sea su madre) Colmillo blanco. Ella entonces solía decir: "si lo quieren ver feliz, no le traigan juguetes; que sean libros o la plata para comprarlos". Hoy todavía no puede creer que fuera ella la responsable de todo. Pradella siempre escribió, pero nunca se animó a dar a conocer nada. Espera no haber llegado tarde al mundo de la literatura.


Este cuento se vincula temáticamente con DÉCIMA ÓRBITA, de Gustavo Bondoni (191), MISIÓN DIPLOMÁTICA, de Néstor Darío Figueras (192), y LINAJE, de Bruce McAllister (175)


Axxón 195 - marzo de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Ciencia Ficción : Gauchesco : Monstruo : Supervivencia : Argentina : Argentino).

            

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