EL DÍA QUE ÑORQUINCO
DESAPARECIÓ DEL MAPA

Laura Núñez

Argentina

Llegué temprano al trabajo esa mañana porque había cambiado el turno con Elenita para tener libre el viernes. El sábado se casaba mi primo en Maitén y quería ayudarlos al Colo y a Silvi, la novia, para armar la Iglesia; y a mi tía Eli le tenía que terminar el vestido como le había prometido. Ni siquiera había podido llamarlos para ver a qué hora me necesitaban allá, porque desde el día anterior el teléfono no andaba en el pueblo. Trabajo en el restaurante de la ruta, La Posta, donde viene la gente de acá, de Ñorquinco, y los camioneros que pasan cerquita, que no son muchos. La cuestión es que entré temprano a la cocina y cuando miré por la puerta que da al salón ya había dos clientes.

La saludé a la Paca, que estaba preparando la carne para el estofado del día (los jueves hay estofado de cordero al mediodía y pollo a la noche) y me miró risueña.

—Cuidadito con esos dos, que parecen medio raros.


Me dio gracia la cara que puso, así que me encajé el delantal bien rápido y salí con un par de menúes de desayuno. No parecían camioneros, más bien mochileros o algo así, aunque para mochileros estaban muy limpitos y no se veía la catralada de equipo que esa gente suele desparramar por todos lados. El de la derecha parecía el más joven. Más que nada por cómo tenía el pelo todo revuelto sobre la cara, porque ninguno de los dos parecía mayor de treinta. Bueno, por ahí el de la izquierda, que ya estaba medio pelado y se lo notaba un poco esmirriado, digamos. El más joven estaba leyendo un libro y no me vio llegar. Parecía divertido, porque tenía una sonrisa corrida para un lado, como si se quisiera reír todavía más y se la estuviera atajando.

El Colo se ríe así a veces y nunca fue por nada bueno. La última vez terminé en la comisaría explicándole al cabo que no había sido a propósito lo de la estampida de ovejas del corral municipal, pero ésa es una historia larga y ya me estoy yendo para cualquier lado. En fin, la cuestión es que me acerqué a tomarles el pedido.

—Buen día... —les dejé los menúes en la mesa.

El pelado (bueno, no estaba tan pelado, pero tenía el pelo muy cortito) me miró y no pareció muy convencido.

—Mmsí, ...ndía.

—Se fijan lo que van a querer y me dicen, ¿o ya decidieron? —Mientras esperaba que dieran vuelta la lista y la miraran, me fijé afuera en qué habían llegado. Había un Renault 4 rojo, bastante polvoriento, y el auto de Mario, el marido de la Paca.

El de pelo cortito (me parecía que decirle pelado era demasiada confianza) se quedó mirando la lista. Ya me estaba dando vuelta, como para dejarlos pensar solos, cuando el más joven corrió el libro y se sacó el pelo de los ojos. «Qué ojos», fue lo primero que pensé, «me caería en esos ojos». Es raro que se me ocurran esas cosas, pero ahí estaba, pensando eso.

—¿Hay algo para comer? —En realidad tardé un momento en entenderle, mitad porque me tuve que salir de esos ojos oscuros sin fondo y mitad porque tenía una tonada. ¿Cordobés, salteño?— ¿No tenés algo que no sea desayuno?

—Ah, ¿son de Córdoba? Qué viajecito, ¿eh? —me salía una risa estúpida—. Puede ser que haya empanadas, casi seguro, o algo del plato del día de ayer, que fue pastel de papa. Hoy todavía no salió nada. Déjenme preguntar a ver qué puede salir rápido.

—Gracias —me dijo el cordobés.

Me fui para la cocina, pensando en esos ojos y la sonrisa torcida, y Paca algo debió ver, porque se estaba riendo más que antes y ni me miró cuando entré. Me hice la distraída.

—Están pidiendo algo de almuerzo.

—Temprano para almorzar. Tenés unas empanadas en la heladera de atrás, son frescas de ayer. No quedó pastel, así que si andan apurados les puedo hacer una pizza.

—Les pregunto.

—Sí, sí, preguntáles...

En general la Paca no me trata así pero se ve que esa mañana estaba contenta por algo, ejem, y se la había agarrado conmigo. Cuando volví estaban hablando, pero se callaron cuando me acerqué.

—Hay empanadas fresquitas, de cordero o pollo, o si no...

Me interrumpió el de los ojos:

—¿No nos vimos antes? —El de pelo cortito soltó la lista que venía haciendo dar vueltas entre las manos y se puso serio, pero miró para afuera.

La pregunta del cordobés me tomó por sorpresa. Lo miré mejor, pero no. En mi vida lo había visto. Dudé.

—Nno, no creo, si es la primera vez que vienen para el pueblo... —El muchacho bajó la vista. Fue como si hubiera pasado una nubecita por el cielo, como cuando se oscurece todo el cerro—. ¿El Renault es de ustedes?

Me contestó el pelado:

—Sí, venimos del norte.

Ahora que hablaba de nuevo me di cuenta de que este no era cordobés, más bien parecía porteño. —Traenos dos docenas, una de carne y una de pollo, para llevar. No las calentés, por favor, ¿tenés Coca grande? —asentí—. Traenos una también.

Me di vuelta y por el espejo del costado vi que el pelado le daba una palmada en el hombro al cordobés.


No entendí nada, pero así es la gente que pasa por la ruta. Hace rato que Ñorquinco es un pueblo más muerto que vivo, igual que toda esta zona de la Patagonia. Ahora lo único que pasa por acá son los turistas que van a tomar la trochita a Maitén y algunos mochileros locos que siguen para el sur, también esperando ver la trochita y seguir para Ushuaia o entrar para el lado de Los Glaciares. Me da tristeza. Pero por lo menos seguimos acá, aunque ya se fue tanta gente... Y se siguen yendo. Por suerte, con El Maitén cerca, algo todavía hay.

Se ve que la Paca ya había escuchado porque cuando entré me la encontré buscando las empanadas en la heladera. Agarré una botella de Coca de dos litros y la llevé para el salón. Me agarró frío mientras preparaba la bolsa en el mostrador y miré para la puerta, a ver si se había abierto, pero no. Por el estacionamiento de adelante venía caminando un hombre con una de esas camperas medio fosforescentes, aunque el sol pegaba lindo esa mañana. Norteño seguro. El pelado estaba de espaldas a la ruta, pero se dio vuelta apurado y se paró tan rápido que tiró la silla. Eso me asustó.

A partir de allí todo empezó a pasar en cámara lenta. Siempre me pasa lo mismo cuando me asusto. Mientras la silla caía, despacito, yo pensaba quichicientasmil cosas:

«Esto es un asalto».

«Nos van a asaltar de nuevo».

«Me tengo que ir».

«Tengo que correr».

«Tengo que decirle a la Paca».

«Tengo que llamar al Cabo».

«Pasado mañana se casa el Colo y tengo que estar».

Y sobre todo: «Esto no puede estar pasando».

Pero me quedé congelada, como si quisiera esperar a que primero pasara algo para ver qué hacía.


El cordobés se levantó también y, como en unos quinientos años, caminó hasta la puerta, mientras rebuscaba en los bolsillos del buzo que tenía puesto. Cuando encontró lo que buscaba, se dio la vuelta, me miró y lo tiró para atrás de la caja, cerca de donde yo estaba. Estaba segura de que me iba a disparar con algo, una pistola, o me iba a tirar un cuchillo. Y sin embargo mis reflejos idiotas de siempre, siempre apurados y que no esperan a que yo piense —así me clavé unas tijeras una vez, por evitar que se cayeran al piso. Me tuvieron que dar tres puntos en la salita y todavía tengo la cicatriz, pero el Colo siempre me cargaba con que a las tijeras no les había pasado nada, por suerte— hicieron que alargara las manos para atajar lo que había tirado y que tardó semanas en llegar. Cerré las manos sobre la piedra, porque eso parecía, y cuando la miré más detenidamente, esperando que al menos estallara o algo así, me encontré con un círculo de colores que se movían dentro de una esfera de vidrio, y ya no pude sacarle los ojos de encima. Escuché voces de fondo pero no pude distinguir las palabras, veía tantos colores a mi alrededor que pensé que en realidad si me había disparado y estaba desmayándome, y todas las luces se apagaron, incluyendo la del sol que entraba por la ventana.


Me despertó el dolor en las manos. Todavía veía un arco iris revoloteando alrededor y sentí vértigo, hasta que abrí los ojos y me encontré de vuelta atrás de la caja, tirada en el piso, con una Coca caída al lado. Me miré las manos, parecían quemadas y cada vez me dolían más. Pero el miedo que sentí cuando me acordé qué era lo que había pasado anoche hizo que me olvidara de las manos quemadas. Se me fue el aire del pecho y me costó respirar de nuevo.

El tipo del estacionamiento —ahora me acordaba del revólver y sobre todo de la cara, curtida y fría— anoche le había disparado a la Paca dos veces en el pecho, y yo había visto como ella caía. Y a Mario, que entraba corriendo desde el fondo, y al Frío que volvía a disparar —uno en la cabeza y no miré más y corrí a la cocina— y entonces me disparó a mí, antes de que pudiera cruzar la puerta. El tiro me había pegado en la espalda y había sentido cómo un calambre me recorría todo el cuerpo y cómo la puerta vaivén se cerraba arriba mío mientras me convulsionaba y pensaba «No te des vuelta no te des vuelta no te des vuelta». Y el Frío llegaba. Anoche. Pero ahora yo estaba atrás del mostrador, tirada, y pensé: «Es de día, eso pasó anoche» y me llevé las manos a la espalda, desesperada. Pero no había nada, sólo el dolor terrible de las manos, que aumentaba. Por un segundo se me ocurrió que tenía que quedarme escondida ahí, atrás del mostrador. Pero acordarme de los disparos a la Paca y a Mario me terminó de despertar. Sin pensarlo salí de atrás del mostrador para buscar los cuerpos que «tenían» que estar tirados adelante. No había nadie. Salí corriendo para la cocina y el golpe contra las puertas me recordó a mi caída de anoche, y empecé a repetirme para no olvidarme de nuevo «Anoche, no hoy» «Anoche, no hoy». Pero lo que más me hacía acordar de no olvidarme era el ardor en las manos.


Así me vio la Paca cuando entré; llorando y agarrándome las manos, pero yo estaba tan contenta de verla que hasta me alegré cuando pegó el grito. No entendí lo que dijo. Ella ya había visto las manos rojas y estaba buscando el botiquín. Me seguía hablando, pero yo no reaccionaba, y me llevó debajo de las canillas a poner las manos en agua fría. Recién cuando me pegó el agua helada en las manos —y cómo dolió eso— la velocidad de lo que pasaba alrededor mío volvió a ser normal y pude entender lo que me estaba diciendo.

—¿Qué pasó? ¿Con qué te quemaste? ¿La cafetera?

—No sé, me desmayé, puede ser.


Afuera se escuchó el motor del Renault, arrancando. Reconozco el sonido porque mi papá tenía uno cuando éramos chicos, que después le compró el cuñado de la Paca. «Omar y Pablo se están yendo», pensé. Me solté de la Paca y salí al estacionamiento. Ni siquiera se me ocurrió pensar que ahora me acordaba de dónde los conocía, que nos habíamos visto la noche anterior cuando habían venido a cenar, antes de que llegara el Frío y nos matara a todos.

El Renault ya había empezado a avanzar, me puse del lado de la ventanilla de Pablo —ése era el nombre del cordobés— y los seguí, mostrándoles las manos. Le dijo algo al pelado —ahora me acordaba que se llamaba Omar— que no llegué a escuchar. Lo que sí escuché fue el grito de Omar:

—¡Se nos va! Si querés bajate, pendejo. —No paró el auto, pero Pablo me miró y me abrió, rápido, la puerta de atrás para que yo subiera.

—Bea, subí rápido —me dijo con voz calmada.

No sé cómo podía estar tan calmado, con el compañero gritándole y una chica —yo— llorando con un ataque de nervios. Y todo eso mientras perseguía a ese tipo que nos había matado a todos la noche anterior. No podía dejar de pensar en eso, en los disparos, y sobre todo, en el dolor horrible que había sentido cuando me disparó a mí.


En cuanto me senté, el pelado aceleró. No se pueden hacer milagros en una Renoleta, decía mi viejo. Pero el Colo casi se había matado un par de veces por ir a ciento veinte en el ripio de la ruta, y este Omar manejando se parecía al Colo en sus peores momentos. Mientras entrábamos en la ruta a los saltos, Pablo se pasó para el asiento de atrás conmigo, y en ese trámite se pegó la cabeza contra el techo un par de veces. Al final llegó y me agarró de las muñecas. Me apretó tan fuerte que sentí el latido de mi pulso en los brazos.

—¿Por qué lo agarraste? No lo tiré para que lo agarraras.

Yo estaba llorando. Lo único que sentía en las manos era dolor, como si me las estuvieran arrancando. Cuando lloro me sale sollozar continuamente, así que sonaba como una sirena de bomberos adentro del auto. No podía parar. —A ver, miráme.

Lo miré a los ojos y de nuevo vi ese arco iris girando y me dio miedo y vértigo y cerré los ojos.

—No, me tenés que mirar —me dijo—. Omar, ¿me podés pasar aquello?


Miré para adelante, donde estaba Omar y soné; porque solamente vi un flash y ya no pude moverme. Me quedé tirada sobre el asiento de atrás, como una muñeca de trapo. Las manos seguían doliendo pero era como si fueran de otra persona. Y cuando Pablo se puso delante mío (tuc, tump, de vuelta la cabeza contra el techo) ni siquiera traté de cerrar los ojos. No sé si podía o no, pero ya no me importaba. «Ay, qué lindos ojos», pensé. De vuelta esa sonrisa torcida, como si yo hubiera dicho en voz alta lo que estaba pensando. Yo tenía todo el pelo desarmado ya, así que me soltó una muñeca y me sacó de la cara el pelo mojado por el llanto. Me dejó la mano en la frente y de nuevo me miró de esa manera. Ya no era un arco iris sino una tormenta de colores y un viento, cálido, que me envolvía. Sentí que todo me daba vueltas y de pronto tenía las manos acalambradas con un dolor espantoso que no era mío y que era como el disparo del Frío. Pero cuando estaba por acordarme de nuevo de lo del día anterior, de la matanza, en vez de eso me acordé del Año Nuevo pasado, cuando habíamos ido al cerro a festejar con la abuela. Papá y el tío habían hecho un asado y sobre todo me acordé de la abuela, tan dulce. Siempre nos llevaba a ver el cielo a la noche cuando éramos chicos. Ella había estudiado algo de astronomía con el abuelo, cuando eran jóvenes y vivían en Buenos Aires. Me quedé pensando en la cara arrugada y el rodete, siempre apretado, mostrándonos un cielo con estrellas que yo no reconocía.


Cuando me desperté todavía estaba en el auto y estábamos detenidos al costado de la ruta, un poco antes de la tranquera de la estancia de Ortiz. Omar no estaba y Pablo, visto por el espejo retrovisor, parecía dormido en el asiento del acompañante. ¿Quiénes eran? ¿Qué eran? No me animé a moverme, pero las manos ya no me dolían y el rojo de la quemadura casi había desaparecido del todo. Estaba asustada y ya me arrepentía de haber subido al auto... El dolor me debía haber hecho enloquecer. Corrí despacito la traba de la puerta, sin hacer ruido. Me pegó fuerte el viento cuando pisé la ruta. Para el lado de la estancia hay una bajada bien brusca, tanto que desde el carril contrario no se ve. Podía tratar de llegar al casco y llamar por teléfono a casa, al pueblo el teléfono tenía que estar andando. Para el otro lado estaba el cerro, y hasta unos cuantos kilómetros más arriba no vivía nadie. Me largué, corriendo, por la bajada, no se lo veía al pelado por ningún lado. Tropecé un par de veces pero, a Dios gracias, no tuve que frenarme con las manos en ningún momento. Tenía miedo de que me empezaran a doler de nuevo. Había corrido bastante cuando empezó a haber movimientos arriba. Se ve que Pablo se había despertado o el otro había vuelto. Era Pablo. Estaba gritándome algo pero el viento se llevaba todo. Yo tenía suficiente ventaja como para que no me alcanzara y seguí corriendo.


Y acá sí que se terminó de descalabrar todo. Ya las cosas hasta ahí venían muy raras (me acordé de la Paca a la mañana, es medio bruja la Paca a veces), pero juro que adelante no había nada. Ninguna piedra, ninguna rama. No hay ramas en la entrada, es una pampita. O sea nada de nada con lo que me pudiera haber tropezado y caído redonda de jeta en el piso. Cómo pasó, no sé, pero ahí estaba yo, frenando la caída con las manos. Y la seguía frenando porque nunca choqué contra el piso.

Ahí ya dejé de tratar de entender lo que estaba pasando. Hasta ese momento venía con varias alternativas y ninguna era buena. Que brujería, que series de extraterrestres, que cosa de mandinga. No sé qué pasó, pero me encontré mirando el pastito, de frente, y perdí todo punto de referencia y las ganas de entender algo se me fueron también, bien rapidito. Porque mi abajo estaba abajo, en mis pies, y no en el suelo. Traté de moverme y lo único que logré fue girar boca arriba, mirando el cielo. No pude frenar y seguí girando como pollo en la rotisería. Escuché voces que se acercaban. «Ni siquiera un poco de dignidad», pensé (hasta me puse colorada, de la vergüenza que me daba). Esto último me desesperó, y traté de equilibrarme abriendo los brazos. Pude frenarme boca arriba pero no me animaba ni a mirar para los costados. Al final llegaron y escuché la voz de Omar, parecía que se venía riendo.

—Lindo lugar para salir corriendo ¿eh? A ver cómo te sacamos de acá, flaca.

—Por lo menos ella sí encontró la placa, vos podías seguir buscando en el resto de la provincia, como venía la puntería hasta ahora —le contestó el cordobés.



Ilustración: Fraga

Sentí que me tiraban de la pierna y terminé medio apoyada en el piso, y medio en el aire, sobre el "rebote" en el que me había caído. Debajo del colchón ése de aire había una losa negra y opaca. Fui resbalando hasta que quedé en el piso y gateé unos metros lejos de ese lugar. Solamente me quedaba resto para sentarme y me abracé fuerte las rodillas. Me temblaban las piernas. Que me sacaran de ahí si podían, cosa de ellos. Yo no me movía más. Basta para mí en esta vuelta.

—¿Estás bien?... Beatriz, ¿estás bien? —Era el cordobés. No le iba a contestar. Cerré los ojos y metí la cabeza entre las rodillas.


Yo no quería entrar en nada de esto, yo solamente quería volver al pueblo y seguir mi vida tranquila. Sin pensar en asesinos liquidando a todos los que conocía y esas cosas raras. Ya demasiado quilombo teníamos con el futuro del pueblo para que me vinieran a meter en este lío, vaya a saber uno de qué y de quiénes. Me quedé pensando en los veranos que salíamos con los chicos de la escuela a juntar calafate y volvíamos con la ropa y las caras violetas y todos pinchados. No quería pensar en ninguna otra cosa. Sentí movimientos cerca, pero no miré. Por mí podían matarme, envenenarme, electrocutarme, drogarme, lo que quisieran. Pero yo me quedaba ahí, vivita o muerta.

—Bea, escuchame. El tipo este, el Frío, está buscando esta piedra y otras cosas que ya encontramos Omar y yo. Tenemos que llevarlas al pueblo, a algún lugar que podamos cerrar y proteger. —Enseguida pensé en la biblioteca. Por alguna razón en Ñorquinco la biblioteca de la escuela (y no es que tuviera mucho que "proteger") era la única dependencia municipal que tenía barrotes en las ventanas—. Ya bastante daño hizo y si las recupera, va a ser peor.

La voz me salió en un hilo, toda cortada.

—Mucho mal no hizo, seguimos vivos... si lo de anoche... no sé, no quiero escuchar más. Váyanse y déjenme... o hagan lo que quieran... no me importa. —Se me acabó el aire. Hubo un momento de silencio, yo ya ni escuchaba el viento. Pablo me apoyó la mano en el hombro, lo que me sobresaltó, pero igual no abrí los ojos.

—Bea, desde ayer Ñorquinco no existe. Él los borró a todos del mapa.


Y entre los dos me contaron del Frío, que no saben de dónde vino, pero que no es de acá. No es que no sea de la provincia, sino del planeta y alrededores. Cayó hace un par de años en Brasil y siguió bajando para el sur. Buscaba partes para arreglarse el transporte y poder seguir viaje. Solamente que tiene la costumbre de aislar (y destruir, parece que también) pueblos enteros y que desde ayer a la mañana nadie que pasara por la ruta, por obra de algún tipo de agujero espacial, pasaba por Ñorquinco. Simplemente seguía camino para el Maitén, o para el norte. Ahora entendí lo de los teléfonos, aunque acá es tan común que se corten un par de días que nadie le había dado importancia. Nunca pensé que estas cosas pudieran pasar por acá, les dije, mirando fijo el pastito mientras me paraba. No quería cruzar la mirada del cordobés por un buen rato.

—Flaca, no es por ser antiimperialista, pero ¿vos te pensás que solamente caen platos voladores en Estados Unidos? —me dijo Omar mientras llevábamos la placa a la Renoleta. Y hay que ver cómo pesaba la piedra esa. Algo le habían hecho porque ya no "rebotaba".


Pasé por La Posta para avisarle a la Paca que estaba bien, que me habían llevado a la salita en el auto y ya me habían atendido. Una mentirita blanca, diría la Lore, una de mis hermanas. Me dio la tarde libre. Pobre Elenita, iba a tener que estar atendiendo también a la noche. Pensándolo mejor, igual no iba a haber mucho movimiento.


Nos fuimos para la biblioteca que, como siempre, estaba vacía. En el verano casi todo el día hay clases en la escuela y los maestros son dos. Una es mi prima, la hermana del Colo. Así que con siete cursos distintos (debe haber unos veinte o treinta chicos) casi nunca hay nadie atendiendo la biblioteca.

Bajamos las cosas del auto; una mochila que pesaba tanto como la placa, el bodoque ese negro también, y Omar llevaba una caja del tamaño de un bolso mediano. Pablo llevó el auto para atrás de la escuela. Me hizo acordar a cuando jugábamos a SWAT con los chicos (lo veíamos en la casa del Colo en Maitén, todavía nadie tenía tele acá en el pueblo) y una vez éramos un grupo terrorista que había tomado la biblioteca. Una ridiculez, sí. No sé si la señorita Ana María le habría avisado o qué, pero al rato apareció el cabo dispuesto a recuperar el edificio de nuestras manos; el viejo Suárez digo, no Ricardo, el que vino después al destacamento y que era más seco que una piedra.

Me senté en la mesa de la biblioteca, media vetusta ya, y me reía sola mientras Omar y Pablo iban y venían acomodando unos aparatos muy raros. El viejo Suárez era el papá de Nito, uno de nuestro grupo de terroristas. Éramos el Ejército de Resistencia del Ferrocarril, porque ya hacía unos cuantos años que amenazaban con cerrar la trochita a Jacobacci, y todos pensábamos que el pueblo iba a desaparecer del mapa si hacían eso. Bueno, al final lo hicieron, no digo ahora con esta macana del Frío, sino que al final cerraron la trochita y el pueblo de a poco va desapareciendo. Ahora lo que queda son los corderos, más que nada para la zona. Un poco de turismo, de lo que sobra del Maitén, y el viento de la Patagonia, que ése no se va nunca.


Había un termo en la mochila, con el equipo de mate, así que fui hasta la cocinita de la casa de los maestros —al lado— a calentar un poco de agua. Justo pasaba Marta, la otra maestra, y le avisé que iba a estar hasta tarde en la biblioteca. No se sorprendió, yo iba mucho a leer o a llevar algún libro que traía mi papá de los viajes a la Capital, más que nada porque era una salita tranquila y a veces en casa se complicaba con tanta gente. Cuando terminé la primaria acá traté de ir al Maitén a hacer la secundaria, pero soy de extrañar mucho, y aunque me quedaba en la casa de la tía, no era lo mismo. Y aparte... ¿para qué? Por un tiempo me imaginé que me iba a Buenos Aires a estudiar algo en serio, para volver cuando terminara. Pero algunos de mis amigos habían hecho eso y ya no habían vuelto. Llené el termo y me volví a cebar unos mates. Resulta que el cordobés no tomaba, pero el porteño sí. Eso sí que era raro.


—¿Y la placa ésa cuánto hace que estaba ahí? —le pregunté a Omar, cuando le pasé el mate.

—No sé, puede ser que desde hace unos cuantos años. —Se quedó pensando—. Hace unos cincuenta o sesenta años atrás —se rió, como si estuviera contando algo que ni él mismo creyera— hubo unos cuantos accidentes, digamos, o aterrizajes, así que puede ser de esa fecha.

«Ajá», pensé. Bueno, no me iba a poner a negar eso cuando una hora antes había estado dando vueltas al espiedo arriba de una piedra en la estancia de Ortiz.

—¿Y nadie la encontró antes? ¿Qué es?

—Parte de una nave, supongo que del motor, pero la explicación es aburrida y bastante larga. En general los componentes no se ven, a menos que... —se puso a buscar palabras que yo entendiera. Bueno, yo no había dado muchas muestras de brillantez, así que me pasaba lo de siempre, «la chica no entiende nada»— que pongas al terreno... como está el pueblo ahora... que no tiene... mmhhh... cómo te explico...

—Desfasado —dijo Pablo.

—Ah... —dije yo. Lo miré a Pablo, sin querer, porque me daba miedo encontrar esos ojos de nuevo. Cruzamos la mirada y me escapé bien rapidito—. Voy a cambiar la yerba, esto ya está lavado —traté de cambiar el tema—. ¿Y por qué lo están buscando ustedes? ¿Qué les hizo?

No fue una esquivada muy buena, porque ninguno de los dos me contestó y pareció como que todos buscábamos algún mate para limpiar. Omar se puso a revolver la mochila y de repente el cordobés estaba interesadísimo mirando la estantería de los libros de historia.

—Mmhhh, varios motivos —me contestó Omar—. Pero, cuando venga, tratá de mantenerte lo más lejos posible. Sobre todo, no te pongas en el medio entre él y nosotros. Estamos buscando algo que tiene en un bolsillo o en un bolso, del tamaño de un cuaderno, más o menos.

—Con eso se pueden controlar los nodos que puso para desfasar el pueblo. Y volver atrás todo esto —me explicó Pablo.


No me animé a preguntarles qué había pasado con los disparos la otra noche, y qué había sido eso. Creo que me dio miedo de que me dijeran que estábamos todos muertos, o algo así. Empecé otra ronda de mate, pero enseguida se acabó el agua. Me iba a levantar a buscar unas galletas o algo de pan a casa, pero Pablo se me acercó.

—No salgas, ya está cerca. No va a llevar mucho tiempo. Quedate ahí en la esquina. —Me señaló atrás de la dichosa estantería y sacó algo del bolsillo.

No pude evitarlo: me tapé los ojos, asustada. Me agarró una mano y apoyó algo en ella, parecía una caja. Al principio no la agarré, más que nada porque me gustó el contacto con su mano, tenía la piel tibia.

—No pasa nada, esto sí es para que lo tengas. Cualquier cosa, lo apretás fuerte y se lo tirás a él. Lo más cerca posible de la cara y lo más lejos tuyo que puedas.


Tuve que mirar. Las manos, porque todavía me daba miedo encontrarme con esa mirada. Algo del momento ése en el auto no me había gustado nada, me había sentido muy débil. O como perdida en un laberinto en espiral. El porteño no tenía nada de eso que había en los ojos de Pablo, ese pozo profundo y oscuro que me hacía acordar a lo que mi abuela nos contaba de los agujeros negros, allá afuera, en el espacio.

Lo que me había dado era una cajita hecha de un material parecido al de la esfera del restaurante. El color era distinto, negro y gris, y estaba agujereada.

Me agarró frío, como en La Posta. Pablo y Omar se pusieron atrás de la mesa, mirando hacia la puerta de entrada. Las ventanitas del frente son unos cuadrados bastante chicos, con un enrejado metido de prepo en el revoque de la pared. Por la de la derecha vi al Frío caminando por la placita. Todavía no se había puesto el sol atrás del cerro y serían como las ocho. Me escondí atrás de la estantería, agachada. Cuando entrara no iba a verme. Esperé a que la puerta se abriera, pero no se escuchaba nada. Los miré a los dos, pero ellos ya estaban sacando unas armas, como revólveres pero muy raros, y Omar disparó contra la puerta. No entendí nada, hasta que Omar salió volando para atrás y chocó contra otra estantería ¿ya estaba adentro? Me asomé por el costado, todavía agachada, y sí, ahí estaba el Frío. Y entendí porque le decían así. Si la mirada de Pablo era como un pozo, la de este tipo era un glaciar.

Creo que grité algo y eso me hizo reaccionar, o fue que el tipo ése dijo algo en un idioma que no entendí, pero su tono de voz me asustó. Pablo le contestó, también en el mismo idioma, porque tampoco entendí nada. Sonaba muy fuera de lugar para serie de extraterrestres, porque igual tenía la tonada cordobesa. El Frío levantó el brazo señalando a Pablo y ahí volví a mi cámara lenta.

Vi pasar por delante algo como un borrón que salía de la mano del Frío. La pared de enfrente se veía, pero era como en los días de calor cuando las paredes se ven con onditas. Apreté fuerte la caja y se la tiré a la cara. Todo era tan extraño, esto no me podía estar pasando a mí.

«Todo está muy lento», pensé. Las ondas llegaron a Pablo pero él también había disparado un tiro que estaba incrustándosele al Frío en el medio del pecho. Estaba muy ocupado para ver la cajita, que a medida que se le acercaba iba inflándose como un globo, pero más alargado. No le iba a pegar, me desesperé: «Le erré, le erré». Pero cuando le pasó por atrás del oído, el globo pegó una vuelta y se le pegó a la nuca. Se veía como brea, cubriendo la cabeza del tipo. Me fui para atrás y me debo haber tropezado con algo porque me caí y, cuando pude mirar de nuevo, el Frío estaba tirado en el piso, quieto. Lo que más me impresionó al acercarme fue que la brea ésa se le movía sobre la cara como si estuviera viva, y corría también al agujero que tenía el tipo en el pecho, de donde estaba saliendo algo que no era sangre. Rojo, sí, pero mezclado con algo transparente. Un asco. Todo volvió a la velocidad normal.


Escuché el quejido de Omar. Estaba levantándose de la estantería que había tirado, mientras se revisaba las costillas. Pablo estaba atrás de la mesa, parado, y tenía los ojos cerrados. Casi me caigo de nuevo cuando vi que tenía un agujero en el cuello del tamaño de un puño. Me acerqué para ayudarlo, pero cuando Omar lo vio me frenó antes de que lo pudiera tocar.

—No te le acerqués.

—Pero... —Y ahí vi la sangre ésa, de nuevo. Igual que la del otro tipo. Mezclada con algo transparente y goteándole sobre la remera. Se le doblaron las rodillas y se cayó al piso. Sentí como si yo también me estuviera cayendo. Y sí, me encontré tirada en el piso sin poder respirar. Omar debe haber visto que me caía porque me atajó para que no me golpeara. «Necesito, necesito aire», traté de decir, pero no podía hablar. Me agarré el cuello con las manos, lo sentía muy caliente y el aire no me pasaba. «Sshhh, sshhh, ya pasa, tranquila», me escuché pensar con la voz del cordobés. Cerré los ojos, porque de pronto me estaba agarrando mucho sueño y no podía mantenerlos abiertos.


Me despertó la radio, en la Renoleta. Estaba sentada en el asiento del acompañante y Omar venía manejando. Pablo estaba cruzado en el asiento de atrás, durmiendo. Ya era de noche.

—Va a tardar un rato en despertarse. Me ayudó a subirte y se tiró a dormir. Me pidió que te dijera que lo esperes conmigo. Vamos a apagar esas cosas —me explicó el porteño. Parecía contento.

Recorrimos la ruta. Nos fuimos cerca del río. Pasamos por La Posta. Agarramos la calle de atrás de la escuela para el sur. En cada lugar que Omar paraba había un aparato del tamaño de una caja de zapatos, con cositas saliendo de todos lados, como una radio desarmada. Pablo seguía durmiendo. Omar traía el control que le habían sacado al Frío y cambiaba algo en la pantallita. Me preocupé porque no se veía que pasara nada. Pero cuando llegamos al último, que estaba en la ruta cerca de la salida del pueblo para el sur, sentí que el suelo se movía un poco. Nunca estuve en un temblor, pero me dijeron que es algo parecido. No me animé a preguntarle qué habían hecho con el Frío.

—¿Me llevan al pueblo? —le pregunté a Omar, cuando terminamos, mientras volvíamos al auto. Me miró, sorprendido.

—Beatriz, ¿no querés seguir viaje con nosotros? Vamos hasta Ushuaia, dicen que a principios de siglo hubo un... accidente en el bosque cerca de bahía Lapataia.

—Prefiero quedarme. Mi primo se casa este fin de semana y lo tengo que ayudar con la fiesta. —Me miró un rato, se lo veía preocupado—. ¿Y ahora qué dije? —me hubiera gustado estar a veinte mil kilómetros de ahí en ese momento. Empezó a buscar algo en la campera que traía, y di un paso atrás, alejándome. Sacó el dichoso aparatito del flash. «No, basta, ya me cansé», pensé yo.

—No podés ir por ahí, hablando sobre esto.

Así, sin preguntarme. Como si yo fuera a ir a contarle a todo el pueblo ¿para qué? ¿Quién me iba a creer? Bueno, yo ya estaba cansada y por lo menos sabía que no me iba a matar. Que hiciera lo que quisiera. Y me quedé ahí, esperando con los brazos cruzados.

Pero Omar se dio vuelta, como si lo hubieran llamado, y apoyado sobre la puerta del auto estaba Pablo, que le hizo un gesto con la cabeza, negando. El porteño me miró y dijo bajito:

—Quién carajo te entiende. —Supuse que no me estaba hablando a mí, pero me tranquilicé cuando vi que se reía.

Se guardó el control y el dichoso flash en el bolsillo, me saludó con un beso y se fue para el auto. Bueno, no me habían dejado tan lejos del pueblo tampoco, con media horita de caminata iba a llegar a casa. La noche estaba linda, además, con luna y todo. Omar me saludó con la mano mientras arrancaba la Renoleta y se iba. Pablo se quedó parado en la ruta, mirándome. Me hizo reír.


El pueblo quedaba para el otro lado, así que esperé que el cordobés se acercara y nos volvimos. Esto de la cámara lenta sí tiene su lado bueno, el camino de regreso duró como unos cinco mil años.



Laura Núñez es argentina, vive en el barrio de Palermo, de la ciudad de Buenos Aires. Es experta en Seguridad Informática.

Hemos publicado en Axxón: LOS GATOS MÁS GRANDES, donde explora la magia y la sensualidad de los grandes felinos, con un hermoso lenguaje y con un clima que recuerda, en algunos momentos, al gran maestro Cordwainer Smith, un gran amante de los gatos (126) y HORIZONTE REFLEJO (157)


Este cuento se vincula temáticamente con EL G, de Ricardo Giorno, ESE DÍA, de Yoss y EL INCIDENTE DE PUNTA MÉDANOS, de Diego E. Gualda

Axxón 199 - agosto de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Contacto con extraterrestres : Realidad paralela : Argentina : Argentina).

            

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