EL G

Ricardo Giorno

Argentina

Una niebla.

Una niebla espesa salida de la nada. Rodea a un joven que pronto siente pesadez.

Una luz.

Entre la niebla, el joven ve una luz. La luz lo traga.

En medio de la oscuridad, cae.

Golpea contra algo duro. ¡Está ciego! Tantea piedra. Oye un murmullo como de tela que se restriega sobre una superficie sólida. El joven toca paredes de piedra que...

—¡Un momento, no estoy ciego! —Se da cuenta de que la luz aumenta y se mira las manos—. ¡A la mierda! —grita de pronto. Desde lo recóndito de lo que parecería ser una cueva, un monstruo remueve sus tentáculos. Y hay, a su lado... ¡sí: a su lado hay un hombre!

—No crea que vengo a darle la bienvenida —dice el hombre, acercándose al muchacho—. El G —al decir esto, señala con el pulgar esa masa de tentáculos vivos— fue el que produjo el portal. Y usted acaba de caer en él.

—¿E-el p-portal?

—El portal, exacto —dice el hombre, ceremonioso—. La luz en medio de la niebla.

Todavía en el suelo, el joven trata de retroceder. Pero resbala sobre la piedra en una danza circense.

—¿Qué quiere? —dice, y enrojece, quizás avergonzado.

—¿Querer yo? —El hombre suspira—. Yo no quiero nada. —Se alza de hombros con tristeza—. El G es el que quiere. Y quiere alimentarse. Él lo trajo a usted.

—¿Q-qué me está diciendo? —dice el joven, rebuscando con la mirada. La convulsión de los tentáculos hace que abra los ojos más de la cuenta—. ¿Alimentarse? ¿Me... me va a comer?

—No busque —dice el hombre, y hace un ademán abarcando la cueva—. No se gaste, no hay salida. Sólo puede huir de aquí atravesando el portal. —Gira y señala al monstruo—. Y el portal lo produce el G cuando está hambriento. O cuando monta en cólera. ¡No lo olvide!

El joven se da vuelta y ve la desnuda pared de la cueva.

—El portal no está —dice—. ¿Él no tiene más hambre?

—El G cerró el portal. Tiene hambre, eso es seguro. Pero usted... usted ya está adentro.

—¿Por qué a mí? —El joven se levanta y hace bocina con las manos—. ¡Socorro!

—También es inútil gritar. Si algo le sirve de consuelo, puedo decirle que el G no se alimenta de carne.

El joven se detiene, observa a la bestia que se ha hecho más visible al reptar desde las sombras.

—¿Ah, no? —dice, y luego fija sus ojos en los del hombre—. ¿Y para qué tiene semejantes dientes? ¡Dientes de tiburón!

—No deje que eso lo engañe, muchacho: esos dientes son un señuelo, el atractivo sexual de la especie. Lo que parece una boca... en realidad no lo es.

—¿Y entonces? ¿Entonces con qué se ali...?

—... de qué se alimenta, querrá decir. El G se alimenta del sufrimiento, del terror, de la ansiedad. Y descubrió que los humanos brindamos mucho de ese alimento.

—¿Y usted...?

—Yo soy su esclavo.

El monstruo golpea los tentáculos contra el piso y la cueva vibra. De pronto se detiene, se aplana contra el suelo.

—Grrr guinsss güit —dice; salta y aterriza justo entre su esclavo y el joven.

El joven lo mira asombrado, incapaz de creer que semejante mole pudiese dar ese salto.

—No, amo —dice el hombre, y se arrodilla frente al G—. ¡No me ordene eso! Azótelo con sus tentáculos, amo: a él le dolerá, y a usted le brindará bastante alimento. Pero se lo imploro: ¡no me pida eso!

—¡Guinss güit!

—¡No, amo, por favor se lo pido! Se lo pido por lo que más quiera.

—¿Qué?... —El joven tiembla, encorva la espalda, suda como un marrano—. ¿Q-qué le está diciendo?

—El amo... —El hombre tose, se incorpora. Y se da vuelta hacia el joven. Baja la vista, como quien elige con cuidado las palabras de algo sumamente embarazoso—. Pues bien, el amo desea que yo... que yo...

—¡Dígalo de una vez, hombre!

—Que yo... El amo quiere que yo lo viole a usted.

—¡Pero qué dice, estúpido! ¿Está loco?

—Hace tiempo descubrió el amo que eso —el hombre hace un gesto elocuente— produce muchísimo alimento. Mucho más que el simple dolor.

El joven retrocede hasta toparse con la pared de la cueva.

Entonces el G rodea con un tentáculo al hombre.

—¡No, amo! ¡Ayyyyy... deténgase amo, no p-puedo respirar! ¡Basta!

—¡Guinnss güit!

—Está bien, amo, usted gana. ¡Siempre gana!

El G suelta al hombre y clava su mirada en el joven: gelatinas verdes surcadas de ríos azules. Ondula sus tentáculos. Parece al acecho. De lo que el hombre dijo que no era la boca, sale una baba espesa. La cueva se llena de un olor ácido.

—Pero... pero... —dice el joven, y en su cara se lee más desconcierto que temor—. ¡No voy a permitirlo!

—Mire, viejo, por más que se me ponga en pose de kung-fu, no va a conseguir nada. Usted no conoce al amo.

—¡Y usted no sabe nada de mí! Venga, acérquese, lo estoy esper... ¿Qué?

Dos tentáculos sujetan al joven de los tobillos, lo arrastran hacia el G. Otros dos le inmovilizan los brazos.

—¡No! Dígale que me suelte.

—Le dije que no había nada que hacer —dice el hombre, resignado—. Pero está bien así. Cuanto más luche, más se va a saciar el amo y menos me va a exigir a mí después.

—¡Guinnss güit!

—Ya voy, amo, ya voy.

—¿Qué hace? ¡No se atreva! ¡Se aprovecha de que estoy inmovilizado por esta bestia degenerada! ¡No me toque, puto, porque le juro que lo mato! ¡Lo voy a matar! ¡Aaaaaaah! ¡Hijo de puta! ¡Basta! ¡No lo soporto! ¡Duele! ¡La puta que te parió! ¡Basta, por Dios, basta!

—Usted es una persona muy vital. El amo se debe estar alimentando muy bien.

—¡Y a mí qué carajo me importa! ¡Esto duele, hijo de puta! Basta... no puedo más... ¡Baaastaaa!



—Listo, amo, ya cumplí sus órdenes —el hombre gira para enfrentar al G y señala al joven—. Y encima tiene postre: mire cómo quedó llorando el pobre infeliz.

—Grrr guinsss güit gep.

—¿Qué? ¿De nuevo? No, amo, no puedo.

—¡Guinsss güit!

—No, amo —dice el hombre con tono lastimero—, es imposible. Déjeme descansar. No es que no quiera obedecerlo. —Se mira el miembro—. Sólo que no puedo. De verdad no puedo, amo.

El G vocifera, los tentáculos caen con fuerza una y otra vez. Más baba corre por su boca, le abrillanta la cara. Una bestia depredadora de ojos salidos de sus órbitas.

El joven tiembla, y el temor y el asco se le funden en una sola mueca.

—¡Guinsss güit!

El monstruo enrolla un tentáculo en el torso de su esclavo.

—No, amo... —el hombre se retuerce, la cara se le vuelve roja—. ¿Qué hace? ¡No me mate, amo, por favor! Le he servido durante años. Piedad.

—¡Guinsss güit!

—No puedo. ¡Por favor suélteme, amo! ¡Me ahogo!

—¡Guinsss güit güep!

El joven, olvidándose por un momento del dolor, teme por la vida del hombre. Aferra el tentáculo y trata de torcerlo. Pero contra esos músculos cartilaginosos nada puede.

El hombre se esfuerza.

—Usted... —jadea, con dificultad—. Usted ocupará mi puesto. Pero...

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¡Atrás! —El hombre señala con la vista una luz en medio de la niebla—. ¡El portal! La furia del G lo abre.

—No puedo irme. ¡Usted necesita ayuda!

—¡No sea estúpido! Me queda poco... poco tiempo. Cuando el G me mate, el portal ya... ¡Aaaarrrghhh! ¡Váyase! ¡Rápido!


Ilustración: Fraga

El joven corre hacia esa luz recién formada, y sin inconvenientes desaparece en la niebla.

—¿Gurutek gumm?

—Sí, ya se fue el estúpido. Estúpido y culo roto. Puedes soltarme —dice el hombre, y se masajea cuando el tentáculo lo deposita en tierra—. Esta vez apretaste fuerte.

Apoya un brazo sobre uno de los tentáculos. Suspira de placer.

—¿Gesso gome?

—Sí, seguro que se creyó todo lo que le dije. ¿No es gracioso eso de que te alimentas del sufrimiento?

—¡Giiiii, giiiii, giiiii!

—Es que los jóvenes se tragan todo. Y cuanto más fantasioso, mejor. Son unos tiernos. ¿Será por eso que me gustan tanto?

—Gurack geresina.

—Eso de "degenerado" estuvo de más —dice el hombre, sonriendo, a punto de largar una carcajada—. Y ya te lo repetí hasta el cansancio: ¿quién se va a atrever a contar que se lo cogió un tipo para que un monstruo, nada menos, se alimente del sufrimiento?

El hombre saca del bolsillo un pequeño artefacto parecido a un teléfono celular y digita algo.

Pronto la cueva se transforma en una agradable sala vidriada. A través de esos vidrios se ve la Tierra en todo su esplendor, como si la sala vidriada estuviese en órbita.

—Guu gornecki gendasio.

—Sí, claro que nos entendimos desde el comienzo. Y es extraño, porque no me pediste nada a cambio. Pero bueno, mejor volvamos al trabajo. Ya es hora de pasar nuestro informe.



Mientras tanto, en la Delegación de Asuntos Externos de Sigmund 4, el sargento Senestrari mueve las manos frente a una inmensa pared negra. Reaccionando a cada movimiento, la pared parpadea en múltiples colores. Ahora se ha convertido en una pantalla, y en ella aparece un inconfundible planeta azul.

La puerta del cubículo se levanta.

—¿Qué está haciendo, sargento Senestrari? —pregunta, entrando, un oficial de mayor jerarquía.

—Me voy a comunicar con la Tierra, mi teniente.

—Ah, llegué justo a tiempo. —El teniente pone sus puños cerrados a cada lado de tus caderas y mira la pantalla—. Hermosa, la Tierra —dice, sarcástico—. Hermosa pero degenerada. Y tendremos crímenes sexuales allí por largo rato, Senestrari. ¿Y sabe por qué, Senestrari? Porque todavía los cráneos que fungen en el Ministerio de Salud Reproductiva no le encuentran la cura. Millones de personas manteniendo sexo violento en esta Sodoma rediviva. Si fuese por mí, si no dependiese de un par de civiles parlamentaristas, ya hubiese hecho añicos todo el planeta. (Son peores que negros.)

—¡Qué asco!

—¿Sabía usted, Senestrari, que todavía existe la prostitución? ¿La pederastia?

—Lamentable, señor.

—¿Lamentable? Eso de vender el cuerpo por una ganancia es horrible. —El oficial mira por sobre el hombro de su subordinado—. ¿Puede creer que hay miles de violaciones anuales?

—¡Qué bueno vivir en Sigmund 4, señor!

—En Sigmund 4 no existen esas cosas.

El subordinado asiente, y ahora mueve los dedos como si estuviese tocando un arpa: la imagen del G y su esclavo cubre la pantalla.

—¡Informen! —ordena el teniente.

—Grunk ge goronice gondado gelsio güins.

El teniente mira al sargento.

—¿Qué dijo esa bestia?

—Está en clave, señor: su acompañante no puede entender lo que dijo. Un segundo, aquí tengo la lectura: "Este estúpido se está haciendo pasar por mi esclavo para..."

Luego de leer el informe, el teniente le habla en voz baja al sargento.

—¿Cómo se llama ese pulpo hipertrófico, Senestrari? El sodomita a su lado parece muy amigable con él. Eso es bueno.

—Es el G, señor. Su especie fue anexada a Sigmund 4.

Entonces el oficial se para cerca de la imagen del G.

—Señor G —dice—, debo felicitarlo. Su tarea es por demás encomiable. Proceda con ese degenerado.

El monstruo gira y de su boca sale una baba espesa que empapa a su compañero. La sonrisa del hombre se vuelve una mueca de dolor. La ropa y la piel se licuan, ampollas blancas que explotan dejando la carne expuesta. El G toma al hombre con dos tentáculos y, como si fuese una mazorca de maíz recién hervido, comienza a devorarlo.

—En fin —dice el teniente—, uno menos.

—Grup, grup gonadas.

—"Muchas, muchas gracias" —apenas puede traducir Senestrari, entre náuseas.

—Él no tiene por qué darlas —dice el oficial, partiendo—. No será esta la última vez que lo mandemos para que vigile a un sospechoso.



Ricardo Germán Giorno nació en 1952 en Núñez, ciudad de Buenos Aires. Es casado con dos hijos. Empezó a escribir a los 48 años, pero recién a los 52 decidió dedicarse a la literatura. Gracias a un trabajo continuo y tenaz, Ricardo Germán Giorno se supera día a día. Es miembro activo de varios talleres literarios. Ha publicado cuentos de ciencia ficción en AXXÓN, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LA IDEA FIJA, NM, y un libro propio de relatos Subyacente Inesperado y otros cuentos (Alumni, Buenos Aires, 2004). Su cuento Pulsante apareció en la antología Desde el Taller. Puede conocer más de este autor en la Enciclopedia.
Hemos publicado en Axxón: JINETES (163), SEOL bajo el seudónimo "Américo C. España", en co-autoría con Erath Juárez Hernández, David Moniño y Eduardo M. Laens Aguiar (165), TANGOSPACIO, (168), ROBOPSIQUIATRA 10.203.911 (169), PAN-RAKIB (170), CERRADA (179), EL EFECTO TORTUGA (180)


Este cuento se vincula temáticamente con "La angustia, y no bromeo, de Dios", de Michael Bishop (182), "El muro", de Francisco Ruiz Fernández (144) y "Cánticos para la tierna infancia", de Carlos Duarte Cano (184)


Axxón 187 - julio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia Ficción : Seres extraterrestres : Humor : Argentina : Argentino).

            

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