¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Estimados lectores, este será un editorial muy breve.

Pido disculpas por la falta de aparición de este número 207 en el mes de abril, más que nada por el tiempo adicional transcurrido para aquellos que esperan a ver publicado su material en la revista. Se debe a razones evolutivas.

A partir del mes pasado, justamente, estuvimos y estamos interactuando con intensidad en Facebook, y anunciando al segundo nuestras actualizaciones en Twitter, lo cual nos llevó mucho tiempo de adaptación y también, hay que aceptarlo, deja un poco anticuados y hasta inútiles los anuncios y comentarios que se puedan hacer una vez por mes en una sección como ésta.

Posiblemente es necesario repensar la función de la sección para que sea, más que nada, una presentación del ejemplar que comienza. Y quizás una especie de diario de lo que ha transcurrido en el mes.

Digamos que esto no representa un hecho nuevo. De algún modo —aunque la sección sólo una o dos veces quedó desierta—, esto viene ocurriendo también con la sección de Correo. Hay que adaptarse a los tiempos. En Internet de hoy en día, una regularidad de un mes es casi como comunicar algo una vez por siglo.

Aprovecho a volcar algunas cuestiones que brotaron en mi mente a raíz de las preguntas (y mis respuestas) en una entrevista en el sitio Charlas de Literatura, que pueden ver publicadas aquí.

De los conceptos que transmito en las respuestas —que puestos en letras siempre suenan rígidos y necesariamente insuficientes— me surgieron una serie de reflexiones. Estamos en una era de cambios veloces. Internet penetra cada vez más en nuestras vidas, lo mismo que la comunicación electrónica en general, a través de teléfonos móviles o celulares. El tiempo que cada persona puede dedicar a un tema siempre es limitado. Si nos gusta la temática de ciencia ficción (por dar el ejemplo que más no cabe en este ámbito), bueno, tenemos hoy muchas más ofertas a las que prestar atención: la televisión, el cine, los videojuegos y los formatos subsecuentes, léase DVDs y la multiplicidad de heterogéneos vídeos publicados en Internet en sitios como Youtube y otros.

Ante esta presión, ¿sobrevive la palabra escrita?

Es un tema digno de pensar en profundidad.

En las respuestas, volqué brevemente mi impresión con respecto a las diferencias en el desarrollo de la imaginación en las mentes de una persona nacida hace 40, 50 años con las personas que han vivido toda su vida en contacto con una oferta audiovisual intensa, no solamente la TV, sino también gran cantidad de cine y también videojuegos cada vez más inmersivos y atrapantes. Decía brevemente en la entrevista que nosotros —porque tengo más de 50 años— jugábamos apilando cajas de cartón, por dar un ejemplo, y convertíamos esa pila en una nave espacial, un castillo o el cuartel general del ejército. Una rama seca podía ser una espada, un arma desintegradora o una varita mágica.

Esto suena ridículo, infantil, y puramente anecdótico. Más de uno me dirá: los chicos siguen haciendo eso. Pero suena así porque, quizás, y no quiero afirmarlo de manera contundente, no despierta en la mente de una persona joven los mismos ecos que despierta en nosotros.

Yo diría —pero no es posible liberarse de la subjetividad, y no sé cómo se podría medir científicamente— que las experiencias imaginativas en esa época eran tremendamente intensas y gratificantes, y que hoy no lo son tanto.

Los cartones eran brillantes mamparas de nave espacial o centenarias paredes de roca cubiertas de musgo, y nuestras ropas —uniformes o trajes de gala— eran las mejores que se pudiesen conseguir. Podíamos cambiarlas en un segundo para adaptarlas a nuestro gusto, al gusto de nuestra linda vecinita o a las necesidades de la trama de nuestra aventura.

Luego de eso, poco tiempo después, puede ser incluso que ya hiciera falta comprar en una juguetería una caja de juegos con ropa y armas de cowboy, agente secreto o soldado. Tal vez porque la televisión había empezado a ofrecernos las imágenes de esos personajes, y queríamos emularlas con precisión. El pulóver de nuestro hermano mayor ya no se parecía tanto a un traje espacial.

De todos modos, aún con estos cambios causados por la introducción de una presión audiovisual (leve aún) en nuestras vidas,.la realidad es que ya teníamos «instalado el software» de la imaginación, o para decirlo de una manera más científica, ya habíamos ejercitado y fortalecido los circuitos (léase metafóricamente «los músculos») de nuestra mentes. Y esto queda fijado cuando se ha dado—la ejercitación— en ciertos momentos de la vida y el desarrollo físico en los que los circuitos neurales están blandos, plásticos, en formación.

Al abrir un libro, las letras, que son sólo escuetos símbolos, nos obligan a hacer un ejercicio de imaginación, de construcción de una realidad cuya puerta de acceso son las palabras. Yo empecé a leer muy chico, y esto es algo que debo agradecer a la actitud cultural de mi familia (mi madre y mi hermana mayor), pero también a las sugerencias de mis maestras de primaria y secundaria que, entre otras cosas más aburridas —para mí—, como Recuerdos de provincia o Mujercitas, me hicieron leer, y conocer, un libro de relatos como Las doradas manzanas del Sol, una maravilla made in Bradbury para un niño cuya entrada de lectura anterior eran las historietas de Superman, Linterna Verde, Batman, Flash y otros, ocasionalmente, y quizás alguna «picada» en los relatos de Sir Arthur Conan Doyle (las historias de Sherlock Holmes). Bien, al abrir un libro, decía, la lectura alimentaba esa imaginación entrenada y nos ofrecía grandes delicias, y yo entiendo que eran muy fuertes gracias a esa capacidad ya desarrollada, o entrenada, de imaginar con plenitud.. Por otra parte, pongámonos en época: supongamos que estaba lloviendo, o estábamos enfermos y en cama, y a esa hora no había televisión (porque la televisión salía por unos poquísimos canales, y sólo en una franja horaria limitada, no todo el día).

No nos estábamos perdiendo nada. Es más, la otra opción era el aburrimiento.

Leíamos y… ¿Qué horror es más efectivo que la solidificación adaptable y personalizada, flexible, del peor miedo que anida en nuestra mente? ¿Es más terrorífico el monstruo de Frankenstein que veíamos en una película que ese bulto informe que creíamos vislumbrar en la oscuridad —o percibir al estilo Lovecraft, con sentidos más alojados en nuestra piel, estómago o el inconsciente que en nuestros ojos—, en las sombras de un rincón oculto del living o el terreno del fondo? ¿Qué princesa es más bella que la que personificamos a partir de nuestros gustos y deseos internos?

Sé que lo que digo, además de sonar a especulaciones de un señor ya vetusto, no pueden ser compartidas en un 100 % por quienes han vivido una época diferente. Justamente ese desarrollo diferente —y supongo que debe haber estudios sobre el tema— nos hace distintos en los conceptos y las percepciones. Claro que también debe haber diferencias entre las personas no relacionadas con la época, sino con su genética o con el entorno que le tocó vivir. Claro que sí: entre los seres humanos, obviamente, todo se da de este modo. Si nuestra percepción del mundo, nuestros sentimientos, nuestras estructuras mentales dependen de los datos que ha pasado antes por nuestras sinapsis —hasta un segundo atrás, pero mucho más por lo que pasó por allí cuando éstas se estaban formando y estableciendo—, ¿cómo podrían existir conceptos rígidos, objetivos? La mayoría de las cosas que creemos y sentimos son relativas, subjetivas, culturales, moldeables, flotantes, huidizas, pero también estructuradas por influencias externas que son diferentes en cada persona, siempre e inevitablemente.

Uf, esto giró a conceptos sociológicos, psicológicos, filosóficos. Créanme que no era la intención. Pueden ver que al comenzar a escribir esto —y no lo voy a borrar— dije que iba a ser muy breve. Así que abrevio:

Creo —estoy firmemente convencido—, de que la sociedad, la cultura, las costumbres, la evolución, la tecnología, nos llevan todo el tiempo a cambiarnos a nuevos medios de expresión. Quienes nos expresamos a través de medios tecnológicos debemos adaptarnos rápido, o quedaremos en el camino.

No es tan fácil adaptarse con la debida velocidad cuando el medio en que estamos es una vorágine incesante, y éste lo es. Haremos un esfuerzo.

Y si no lo logramos, bueno, que lo hecho, lo que salió bien y los errores cometidos, sirvan de experiencia a los que, sin duda, llegarán atrás.

 

Eduardo J. Carletti, mayo de 2010

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