RÉQUIEM PARA UN CITROËN

Chelo Dona

Argentina

Dedicado a Gabriel Bermúdez Castillo.

Yo estaba parado. Vergonzosamente parado. Después de más de mil kilómetros sin un solo inconveniente me había tocado el oscuro rito de cambiar un neumático.

Llegó caminando de ninguna parte. Era hermosa y me pareció tailandesa. Siempre creí que las tailandesas eran las mujeres más lindas del mundo. Está bien que una japonesa es algo bien distinto a una thai, pero eso sólo se puede observar a primera vista si uno es de esa parte del planeta.

Dijo hey, ¿me llevas? ¿A dónde vas? A América, dijo. Estás en América, cariño. ¿O esto parece el Tibet? Voy a Ciudad de México, si te sirve, en todo caso Estados Unidos queda más al norte. ¿Vas a México? En realidad no dijo México, ni Méjico. Evidentemente los japoneses pronuncian raro.

Dije que sí, dio la vuelta al carro y subió como si la hubiera invitado. Obvio, iba a invitarla a subir, pero después de cambiar el neumático. Mientras pensaba hacerle notar que yo estaba al volante del auto, de la situación y del universo, entrecerró los ojos y dijo "qué hermoso..." mirando el viejo y miserable tablero.

Supe que yo ya no manejaba nada.

Me consoló recordar que, entre mis tres leyes fundamentales del universo, la primera dice que una mujer puede hacer lo que quiera de un hombre, y evidentemente se estaba verificando. La segunda es que un Citroën puede llevarte a cualquier parte. La tercera la estoy pensando.

Cuando Risa, después de decirme que se llamaba Risa, soltó "Me gustaría pintarte unas flores en el capó", no sé quién se asustó más, si mi viejo carro rosa o yo. Estoy seguro que él se sintió más halagado.


Me dice que este viaje es una especie de una tradición familiar. Bueno, pero una chica, sola... Tan linda, le dije. Su sonrisa es a veces suave, a veces pícara, a veces casi feroz, pero siempre incontestable. Mi familia era de Edo, comenzó, un pequeño pueblo de pescadores al este de Japón. Mientras tanto me miraba como si ella fuera el gato, digamos la gata, y yo el ratón. ¿Sería un muchacho? No, definitivos rasgos femeninos. Pero sé cuándo alguien me está haciendo trampas. También sé cuando no corro peligro.

De dónde vienes, y para dónde vas, preguntó la mujer más bella que me crucé en cuarenta años de andar la tierra de los Hombres. Vengo del Sur. Puerto Madryn, en la Patagonia. Voy para el Norte.

No estaba entre mis planes contarle toda mi vida a cada persona, y con esta persona en particular había hecho planes específicos apenas la vi a lo lejos.

Por qué me levantaste, pregunta. Por... "Por" es todo lo que digo. Por suerte, ella contesta su propia pregunta: porque todas las personas somos de alguna manera parte de una misma familia. Y un familiar no deja a otro tirado por ahí, o perdido en la necesidad. ¿Verdad? Verdad. Algo así.

Aunque rara, es simpática, inteligente. Estoy empezando a disfrutar seriamente que esta belleza respire a mi lado. También necesitaría que se pareciese a alguien más normal, y ya tendríamos unas diez estaciones. Me explico, yo mido las compañías en estaciones: estaciones de servicio. Lo más que me ha durado una mujer en este viaje —por las dudas, no levanto varones— son diez estaciones. Una brasileña que encontré en la costa de Perú. Supongo que ayudó que ella no hablara mucho español, ni yo portugués. Risa.

¿Y por qué viajas, sureño? Para encontrar una respuesta. ¿Y tú? Yo para encontrar una pregunta. Sonrío. No me dirá nada, pero es rápida para mentir o inventar respuestas graciosas, inteligentes, bellas. Que es lo más que le pido al mundo.

Cada vez que cruzo una frontera me desilusiono: espero que la tierra tenga otro color, espero una línea definitiva en el suelo, que la gente sea mucho más alta o mucho más baja, y siempre me encuentro lo mismo: los cambios son graduales, naturales, y casi nunca condicen con lo que cuentan los mapas, los libros y los periódicos. Entonces temo que en la escuela me hayan mentido un poco.

Hablo. La panamericana no existe. América no existe. ¿Cómo puede existir un mundo que no he visto? Yo salí de mi ciudad hace casi un año. Estoy recorriendo, creando estaría mejor, el continente en que he nacido. Mi viejo Citroën 3 CV me hace sentir lástima de los cero kilómetro que pasan a mi lado. Estoy viviendo este viaje paso a paso, pueblo a pueblo. Olor por olor. Donde me gusta me detengo.

Nunca respiré el aire de Japón, le digo. Por lo tanto Japón no... ¿Quieres? Me besa en la boca. Ya, dice, y las agresiones de la banquina en las ruedas me vuelven a duras penas al mundo, y me mantienen en él. No hay reproches, tampoco me detengo porque sé que aún no es el momento para eso. Sé bastante bien cuándo me están haciendo trampas, sé cuándo las hago, y sobre todo sé perfectamente cuando no tengo la menor idea de lo que está sucediendo. Ahora sé también que Japón existe.

Un rato más tarde nos pasa un BMW, no tan rápido como para no verlo. Qué hermoso, dice ella. Lindo auto, digo. No, me encantan las ruedas... sus radios. Eso es todo lo que cuenta, ¿te das cuenta? Quiero decir, el auto se mueve porque las ruedas giran, y las ruedas giran por una serie de detalles que desconocemos, por lo tanto son secundarios. O como tú dijiste, no existen. Es hermoso lo que dijiste.

Recito: Caminante no hay camino, se hace camino al andar, dice Serrat que dijo Machado. Contesta: Si eso es cierto, entonces quizás lo dijo Serrat, y Machado no existe. La miro mal. Quizás Machado existe, pero lo que él dijo era lo mismo. Pero era distinto. Reímos los dos. No sé por qué, pero no quiero abandonar esta ruta, ni esta charla, ni esta tarde de sol dubitativo.


Te dije que mi pueblo, todos tuvimos un pueblo alguna vez, se llama Edo. Un abuelo de un abuelo... de un abuelo mío, en ese pequeño pueblo, soñaba con las ciudades del mundo. Una vez llegó un marinero que le contó que le habían contado de una ciudad maravillosa hecha entre lagos. Le habló de lagos salados y dulces, de jardines en el agua, de enormes palacios y pirámides, de gente que viajaba en canoas en vez de carros. El marino dijo un nombre: Tenochtitlán. Mi abuelo, deja que lo llame mi abuelo, no pudo más. Dejó su familia, y su Edo natal, y partió rumbo al Oeste, ya que cruzar el Pacífico no era usual en esos tiempos. Supongo que llevó consigo algún recuerdo. Eso siempre te hace más fuerte cuando estás lejos de casa. Los recuerdos son las armas más poderosas. Algunos decían que se fue porque mi abuela era una bruja. Después de un tiempo todos los hombres piensan lo mismo de las mujeres. ¿Cuánto hará de esto? Bueno, habrá sido... Más de cuatrocientos años antes del Citroën (nos reímos los dos). Mi abuelo cruzó todo el mundo, en varios años por supuesto. Trabajó de lo que se pudiera para llegar a su ciudad maravillosa. Conoció muchas ciudades en el camino. Conoció gente. Aprendió cosas. Estuvo en Beijing, y en Jerusalén. Estuvo en Constantinopla, con sus muros que detuvieron todos los invasores menos los que la invadieron. Estuvo en Venecia, que le pareció una ciudad común inundada por accidente. Él quería ver otra cosa. Los canales, los diques, los lagos de agua dulce a metros de los lagos salados, los templos, los trajes, el lujo, lo exótico, la manera de pensar del otro lado del universo. ¿Y lo hizo? Ahá. ¿Estuvo en Tenochtitlán? Sí.

No te ofendas, Risa, pero... me resulta extraño que un marino del Atlántico, de un Atlántico casi virgen además, llegase hasta Japón. La primera vuelta al mundo la dio Magallanes, y creo que eso fue después... Además, ¿cómo podría llegar el marino a tu pueblo, y luego tu abuelo a Tenoch-no-sé, cruzando dos veces el mundo, antes de que la ciudad sea destruida? La Historia nunca fue lo mío, pero por lo poco qué sé, Cortés la descubrió y un par de años después ya la había borrado del mapa. En todo caso tu abuelo habrá visto México, pero ya como un lugar reconstruido a la usanza europea. No pudo haber llegado a tiempo de conocer la ciudad del nombre difícil.

Él era el hombre de mi abuela, y mi abuela no compartiría su vida con un hombre común. Bueno, ya sabes que no es mi abuela. Claro, es la abuela de tu abuela de tu etcétera.

Es increíble lo fácil que resulta reírse con esta mujer. Pero luego se empeña en ponerme serio y preocuparme. Apenas van tres estaciones de servicio.

Cuando mi abuelo llegó, Tenochtitlán estaba en las últimas. Los sitiadores, que se habían quedado sin pólvora, habían montado una catapulta para apoyar sus hombres y sus caballos. La catapulta se rompió al primer disparo. De todos modos los españoles y sus aliados eran más, y luchaban por algo inminente, y los defensores eran menos, estaban hambrientos, y luchaban por formar decorosa parte de unas ruinas. En el momento final, cuando Cortés estaba intimando por última vez la rendición de la ciudad, mi abuelo se descontroló y le arrojó una piedra que le pegó en la espalda. Casi lo prenden en ese momento, pero pudo escabullirse.

Pienso en lo frágil de la locura, y no sé si pienso en ella o en mí. O en su abuelo. Porque tirarle una piedra al jefe de un ejército sitiador... en medio de sus hombres. Sería como gritar un gol de Boca en la hinchada de River, o uno del Barsa en la del Real. Pero estoy intentando medir el realismo de algo enteramente absurdo.

¿Cómo sabes todo eso? ¿Cómo sabes que le pegó un piedrazo en la espalda a Cortés?

Ya te dije que mi abuela era una bruja.

Linda loca, digo para mis adentros. Porque definitivamente esta chica está loca. También definitivamente es muy linda. Quizás si no estuviera chiflada no sería tan linda.

Para mí México siempre fue México, no Te Ene Te con letras entre medio, pero claro, esta chica ni siquiera sabe pronunciar México. Demasiado castellano habla. Qué tendrá, veinte años, veintidós, y haciendo auto-stop por el mundo, tan lejos del hogar.

Leíste Crónicas Marcianas, le pregunto. Le digo que los canales del primer cuento de Bradbury me recuerdan a los que ella dice de su ciudad imaginaria. Con agua de colores, y...

Tengo que mear. Qué. Me estoy meando, ¿nunca te pasa? Paremos en algún lado. Okey. Una estación de servicio unos kilómetros más allá. La quinta. Risa baja, qué bello cuerpo. Es más bien delgada, pero flexible, hermosa. Entra al shop y lo cruza en dirección al baño. Se baja los pantalones donde yo no puedo verla. Entonces quizá no se los baja. Quizá en este momento no existe. Ella tampoco puede verme. Abro su bolso. En algún lugar debe tener un documento. Como si eso pudiese aclararme algo. Lo que quiero es tirarme a esta loca de una vez y bajarla en la siguiente estación. ¿O no? Que sería la número seis. Admito que también me gustaría, cosa extraña, dormir una noche con ella o sacarle una foto. Pero sé que eso no puedo. Claro, sería traicionarme. Soy un hombre, soy el más grande de los dos, y estoy jugando al duro.

Eso es. Un documento... En japonés. Carajo. Cómo se dirá carajo en japonés. El número, no dice gran cosa, a ver... Me parece que esta es su fecha de nacimiento. El año: 1922... qué hace esta loca con el documento de su abuela. La foto debe ser de los diecisiete o dieciocho. Igual se parece bastante a Risa. Fotografío el documento. Eso sí puedo. Más abajo en el bolso hay algo. Epa. Yo vi Kill Bill. Esto es mortal. Qué estás haciendo, esa voz también suena mortal. Ella abre la puerta, ya tengo el sable en la mano derecha, y mi izquierda conserva el estuche. Risa tiende su mano y toma la hoja del arma. No, le digo, retiro un centímetro el acero, y veo sangre. Me detengo. Aunque fuera un arma nuclear, dice, lo mejor que podrías hacer sería limarle las aristas, porque te la metería en el culo. Abro mi mano; se pasa el sable a su izquierda, toma el estuche, lo guarda. Cierra el bolso y lo pasa atrás. Estás bien, sí, estoy bien. Se pasa la lengua por la palma abierta, toma el pañuelo de mi cuello y se lo ata en la mano. Después me da un beso. El número dos.

Anduvimos en silencio por muchos kilómetros. Media docena de estaciones, yo diría. En un rato amanecerá. Estamos acercándonos a la ciudad. Me preocupa entrar en el DF con una loca armada con una katana. No puedo decírselo así, pero busco el tema. Mira, no me conviene que me vean llegar a México contigo. Cuestiones familiares, entiendes. Vivo aquí, le miento, te he mentido... Además el centro no te conviene si tu idea es seguir hacia Estados Unidos.

La miro, está por llorar, contesta. Puedo no haberte dicho toda la verdad, pero yo soy verdad.

Según los carteles estamos llegando a la ciudad. Alguna cresta más empinada que otra hace rezongar el motor de mi Citroën, pero, si ha podido con los Andes, no va a quedarse aquí. Risa es la que tampoco quiere quedarse aquí, dejarme, creo, y a mi pesar eso me alegra un poco. Aunque sólo lo sepa por el odio y la tristeza con que alternativamente me mira.


Ilustración: Jorge Luis Vila

De pronto rompe a llorar. No creo que llore por eso, pero noto que otra vez pinché un neumático. Íbamos terminando de subir una colina o algo así, y el freno de mano no es una maravilla, así que bajo y busco una piedra para trabar una rueda. Agachado, oigo el portazo. Desde aquí voy sola. La miro con una mezcla de incredulidad y decepción, y un poquito maravillado como cada vez que la miro. Lindo verte, dice, otra sonrisa. Okey, chau, otro beso. Echó a andar por el medio del asfalto que parecía piedra a la luz última del atardecer. Aún no calcé el Citroën. Tan bella. Dobló esa curva, que es como una esquina. Las mujeres más bellas del mundo son Risa y después las thai. Quería verla un instante más. Empecé a caminar. Llegué a la curva, donde el camino dobla y deja de subir. Atrás oí algo, pero no me di vuelta. Adelante también. Hacia abajo mis ojos recortaron la silueta de Risa en la bruma por un momento. Más lejos, la luz de miles de fuegos. Entre canoas iluminadas por antorchas en las aguas del lago, los caminos como radios de un universo diferente, vi Tenochtitlán. La luna bailaba sobre el agua.


Empiezo nuevamente a caminar. La piedra en mi mano me recuerda que mi Citroën rosa debe estar descendiendo una cuesta marcha atrás. Risa se da vuelta, creo que me sonríe. Sigo caminando.

Lo demás, quizá ustedes ya lo saben. Yo todavía no.

La historia nunca fue lo mío.



Parece que ha aparecido una camada de escritores misteriosos que desean escribir y presentarse con seudónimo. ¿Una avanzadilla de invasión? No sabemos nada de Chelo Dona, quizás lo único que, por algunos rasgos arcanos en su escritura se podría decir que es un joven santafecino que ahora es escritor... Veremos si algún día podemos desenmascararlo.


Este cuento se vincula temáticamente con "El monstruo y la damisela de Chrysale", de Pierre Jean Brouillaud (171), "Perfeccionismo rigeliano", de José María Tamparillas (161), "Encuentro fallido", de Miguel Hoyuelos (161) y "Marsigia", de Diego Barcia (173).


Axxón 177 - septiembre de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Visitantes extraños : Brechas en el tiempo : Argentino : Argentina).

            

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