FICCION BREVE (CUARENTA Y CINCO)

Varios Autores

CUARENTENA

Gustavo Adolfo Bautista González - España


Día cuarenta y uno.

El sujeto B está en perfecto estado físico. Su pulso es normal. Sentidos normales. Se le realiza una analítica. Resultado: normal. El equipo científico certifica el éxito del experimento. Se recomienda fabricación inmediata.

El virus latente ha conseguido pasar la cuarentena.


Gustavo Adolfo Bautista González vive en Madrid. Ha estudiado Historia en la Universidad Autónoma de Madrid, y Administración y Finanzas. Actualmente trabaja en Radio3 de Radio Nacional de España, y colabora en un Radio1. Tiene cuentos publicados en la Revista AXOLOTL, WORMHOLE, y también en EFÍMERO. Es un incorregible devorador de libros, y entre sus escritores más admirados del género están Pilar Pedraza, Richard Matheson, Clive Barker y Robert E. Howard. Le encantan el chocolate y la cerveza belga.



EL PÁJARO DENTRO DE LA HABITACIÓN

Patricio Chaija - Argentina


Antes de abandonar la casa Ryu Kanekawa miró al pájaro en su jaula.

—Ahora vos y yo somos libres.

Su voz se perdió como un río en las habitaciones grandes, entre los libros, en la cocina, en el cuerpo colgado de su hija que poco a poco comenzaba a enfriarse.


Patricio Chaija vive en Bahía Blanca, nació en 1982 y es profesor en Letras; en 2002-2003 fue narrador becado por la Fundación Antorchas. Entre sus escritores preferidos están Henry James, Stephen King, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Abelardo Castillo.

Hemos publicado en Axxón: EL BRUJO (178)



TRILOGÍA

Andrea Paula Garfunkel - Argentina


Si te paras sobre tu pierna izquierda, con tu pie semienterrado en la arena, extiendes el otro, el derecho, de forma oblicua, y con el pulgar también extendido y a modo de lápiz, comienzas a dibujar un surco de contorno sobre tu eje a medida que vas girando, al completar los 360°, es muy probable —casi tengo la certeza— que obtengas el círculo más perfecto, bello y armónico, del cual el mismísimo Leonardo y su divina proporción estarían orgullosos.


π

Julián aprendió esta práctica a muy temprana edad y pudo ver cómo a lo largo de los años los círculos cambiaban de tamaño de manera directamente proporcional a su crecimiento. También supo, gracias a la geometría, calcular las dimensiones del círculo. Aunque fuese invierno y no estuviese descalzo en la arena, Julián podía, desde el pupitre del colegio, medirse la pierna —porque había deducido que ese era el radio de circunferencia— y así, con una simple aplicación de fórmulas, se imaginaba la superficie del refugio y toda su extensión perimetral.

Cada verano, al bajar a la playa, Julián trazaba el círculo y lo comparaba con el del año anterior. Allí se sentía cómodo; era su lugar, donde podía pasar horas abstraído y alienado del mundo todo.

Hubo un año que las medidas resultaron idénticas al verano anterior y a los sucesivos. Supo entonces que su crecimiento se había detenido, aunque nunca cesó, año tras año, de trazar y de cobijarse en su refugio circular de la playa.


π.r2

Si un día de estos pasas por la playa y encuentras un círculo en la arena, tan perfecto, bello y armónico, del cual el mismísimo Leonardo y su divina proporción estuviesen orgullosos, es muy probable —casi tengo la certeza— que dentro de él encuentres a Julián, simplemente, estando.


II. EL TRIÁNGULO


b.h

2

Hay una hora determinada de la mañana —también hay otra simétricamente equivalente por la tarde— en que la posición del sol y un rayo rozando tangencialmente tu cabeza te proyectan en sombra, duplicando tu altura sobre la arena.

Ahora, que es pleno invierno, suele ser a las nueve de la mañana. Entonces comienzas a caminar paralelo a la orilla, con el sol por detrás y tu doble altura por delante, o viceversa. Y a medida que vas avanzando, al transcurrir de las horas, tu silueta recortada en la arena se va achicando. Y sigues caminando hasta que llega un punto en que son iguales —digo, la sombra y tú—. En ese punto puedes inferir que el rayo de sol que roza tangencialmente tu cabeza tiene un ángulo de 45° y también que, entre tú (h), tu sombra (b) y la diagonal virtual del sol (hipotenusa) conforman un triángulo isósceles.

Ahora bien, a medida que sigues avanzando —en igual sentido y dirección— del mismo modo que avanzan las horas, tu sombra se va acortando aún más, y la diagonal virtual del sol va cerrando su ángulo sobre tu cabeza, tendiendo a cero.

En ese punto Julián se detuvo, cuando se quedó sin sombra. Pero fue sólo por un instante, porque lo vi decidido a retomar la caminata en sentido contrario —probablemente para recuperarla del mismo modo que al triángulo isósceles y a su doble altura, a una hora determinada de la tarde, simétricamente equivalente a la de la mañana y que, ahora, que es pleno invierno, podría ser las tres de la tarde— entonces le dije: "¿Por qué no descansas? Has caminado toda la mañana y te ves fatigado".

Pero no era precisamente "fatigado" como se veía: era frustración. Julián estaba frustrado. Era el triángulo equilátero lo que buscaba, el de todos sus lados iguales, el perfecto, bello y armónico, por el que el mismísimo Leonardo y su divina proporción estarían orgullosos.

Me entristecí por él. Eso era, sencillamente, imposible.


Cuentan que lo vieron. Dicen que lo logró. Si un día de estos pasas por la playa y lo ves a Julián parado con una inclinación que forme un ángulo de 60° con respecto a la arena, y sobre su cabeza roce tangencialmente un rayo de sol en idéntica pendiente, es muy probable —casi tengo la certeza— que lo haya logrado.


III. LA DIVINA PROPORCIÓN


La guardia costera lo encontró inconsciente una tarde con un cuadro severo de hipotermia. Lo hospitalizaron. Cuentan que lo habrían hallado desnudo, acostado en la arena boca arriba, con sus brazos extendidos como un Cristo, dentro de un círculo y un triángulo y un cuadrado.

Dicen que ni bien se recuperó regresó a su refugio circular en la playa.

Y es cierto, puedo dar fe de ello; me lo encontré los otros días. No le hablé porque lo vi entretenido construyendo algo que, en ese momento, pensé que era un barrilete.


Si un día de estos pasas por la playa, y no lo encuentras en su refugio circular, mira hacia el cielo. Es muy probable —casi tengo la certeza— que veas a Julián con sus brazos desplegados, simplemente, sobrevolando.


Andrea Paula Garfunkel dice: Creo que siempre imaginé que alguna vez me pedirían una reseña biográfica, entonces procuré vivir en lugar de transcurrir, para tener algo que contar por si finalmente ocurría. Está ocurriendo, y no sé qué decir, pero puedo aseverar que ni mi formación ni mi profesión rozan la Literatura, ni por un pelo. Esto a veces es bueno para correrte de los estándares; no puedo afirmar que sea mi caso. Ser escritora no es algo que haya decidido, sino algo que simplemente me pasó, me pasa; no es algo que pueda evitar. Cuando me di cuenta, quise rodearme de buenos maestros. Fui alumna de Aníbal Jarkowksi, Jorge Consiglio, Leopoldo Brizuela, Martín Kohan y Damián Ríos, de quienes aprendí, fundamentalmente, a leer. Así, provocada por la conmoción de buena y mala Literatura, surgieron relatos, cuentos, crónicas. En mi blog, Lo mío es amateur, podrán encontrar muchos de ellos.



LOS ANCIANOS TENÍAN RAZÓN

Gabriel Álvarez - Argentina


El casco del barco golpeó la orilla de ese nuevo continente. Entonces, el orgulloso representante de la milenaria cultura europea se dispuso a descender de su embarcación.

Y cuando intentó poner un pie sobre la tierra virgen, resbaló y rodó por la arena hasta caer por un abismo infinito, dando pruebas irrefutables de que, efectivamente, la tierra era plana.


Gabriel Álvarez es argentino y vive en Morón, provincia de Buenos Aires.



LA LLAVE

Milenko Županovic - Croacia


El ladrón tomó del banco el tesoro más precioso. Era la llave dorada de la iglesia de Santa Catalina. ¡Esa llave abría la puerta del Paraíso!

Cuando salía del banco, el policía lo mató.

Pero ese policía tomó la llave dorada de la mano del ladrón muerto y fue en busca de la iglesia de Santa Catalina.

Cuando la encontró y estaba por entrar, vio que de ella salía el ladrón muerto.

En la iglesia todo estaba oscuro.

Entonces alguien encendió la luz y el policía se encontró dentro del banco. En una mano tenía la llave dorada y en la otra el arma. Cuando salía del banco, un policía del tribunal lo mató.

De repente, una tormenta del desierto se los llevó a todos.

En la arena del desierto había una llave dorada.


Milenko Županovic nació en 1978, en Kotor (una pequeña ciudad en Montenegro, pero él es croata). Su vocación es la Ingeniería Marítima. En su tiempo libre, escribe historias de ciencia ficción y fantasía. Ha publicado sus historias en el blog ''Kišobran'', en la revista digital ''Balkanski književni glasnik'', y en ''Eridan''.

Hemos publicado en Axxón: SUEÑOS (186)



PASOS

Miguel Ángel Flores Aloras - Bolivia


No era una simple sensación, pero podría haber sido un presentimiento. Claramente se percibía el sonido de unos pasos deslizándose por la sala sumida en la oscuridad. Hacía mucho rato que se había extinguido la llama de la palmatoria.

La tormenta producía acordes misteriosos en los ventanales. Los pasos se acercaban cada vez más, ora leves, ora pesados, como haciéndole contrapunto a la lluvia pertinaz, al tictac del vetusto reloj, al crujir del entarimado, a los latidos.

Cuando recuperó la conciencia, un sol radiante lo cegaba. Comprendió que estaba muerto, pero aún sentía los pasos, sólo que ahora mucho más cerca...


Miguel Ángel Flores Aloras es boliviano y vive en La Paz, Bolivia. Es poeta, escritor, periodista y diplomático.



CUARTO DE MÁQUINAS

Juan Guinot - Argentina


Coincido con la 0 cuando me dice "siempre falta algo", pero ver brotar una nueva luz en las paredes de mi cuarto me hace feliz.

Para apreciarlo, observo la instrucción de dejar la cortina de pana gris bien extendida y disfruto de la pureza de esas estrellitas esparcidas sobre las paredes. Ellas trajeron el regocijo a mi vida chata, aburguesada y obesoide. Estoy tan feliz en este cuarto ¿Cómo hice para vivir lejos de este mundo? Pero, para qué amargarse; sólo debo pensar en mi fami... Sí, 0, tenés razón, en mi familia de máquinas.

Todo empezó hace una semana. Andaba sumido en la programación de mi bóveda cráneo televisiva y conocí a la 0, como decía la propaganda: "La primigenia, el principio del fin de su vacío interior". La compré y llegó el mensaje: "Previamente debe acondicionar un cuarto pequeño" y dispuse del cubo marital. Debía vaciarlo, bloquear la apertura óptica, cubrir con cortinas el ventanuco exterior, alistar un medio-huevo individual y echarme dentro.

Fue una sorpresa. Me revolqué en el medio-huevo (muslos y rodillas me quedaron pegados a panza y pecho) y la 0 llegó primero a mi mente, dijo: "Estoy para lo que desees" y después brotó en una luz naranja, arriba de mi cabeza, en el centro del techo. Ni tiempo de darle la bienvenida tuve, porque en distintos puntos de la pared, como motitas, emergieron diez luces más, el regalo inesperado: "Corporación Máquinas le envía el combo obsequio de diez máquinas: 1 crédito, 2 sueños, 3 seguridad, 4 salud, 5 películas, 6 alimento, 7 infusiones, 8 aseo, 9 música y tevé craneal".

Y fue de no creer, se encendió la 9 y conectó a mi bóveda cráneo televisiva las imágenes del telediario. Los reportes me estremecieron, pedí a la 9 que pasara a música clásica. La 4 sugirió cuidar los niveles de excitación y recomendó adquirir la 10, para obtener medicina y la 11 para bajar la ansiedad con los "ejercicios de sentado a base de hormigueos eléctricos". Ni bien miré al techo para pedir esa compra, la 1 informó su autorización ¡Qué grata sorpresa! No hacía falta pedir, sólo pensar en la necesidad para verla realizada; "Esto es tecnología de punta", musité en una victoriosa vuelta en redondo sobre el medio-huevo. Pero la 1 alertó sobre faltantes de crédito y recomendó "la 13 a la 22 en cómodas cuotas" para generar más salario. "No puedo dejar pasar la oportunidad". Tan sólo dije eso y diez luces se sumaron, me sentí feliz, miré al techo y la 0 correspondió poniéndose naranja como un ojo de magma. Me dormí.

Siempre sospeché que no soñaba, pero dentro del cuarto de máquinas pude hacerlo y, para mayor sorpresa, al abrir los ojos recordé mi sueño: era un hombre hercúleo, de piel rosada. Miré a la 2, pensé "gracias por soñar". Ella me dijo "la 23 y la 24 moldean tu cuerpo y humectan la piel".

Debía festejarlo, pensé en la 7 y la 6, y una hendija se abrió a mi derecha y un plato de pastón de cerdo salió a mi encuentro. Estiré la mano, la vajilla caliente llevó su humito a mis narinas y el estómago agradeció. La 7 sirvió un tubo de cerveza, de casi un brazo de largo, que vino desde la pared izquierda y se detuvo a las puertas de mi boca. "A la salud de las máquinas", dije y bebí la cerveza, luego tragué del plato embudo todo el pastón de cerdo.

Así fue como empezamos y vivimos la semana de éxitos y más éxitos.

Hoy me encamino a completar la primera semana dentro del cuarto de máquinas. Me esfuerzo, con máquinas de trabajo, para rebalsar de créditos y gastarlos, sí, está bien 0, para "invertirlos". Y aquí estoy, con la 99 recién instalada. El fútbol figugráfico global es genial. Me ha venido el sueño de competir y me sorprende el catálogo cráneo televisivo donde encuentro a la 150 para entrenar y la 201 para entrar a la liga amateur. No se puede creer. ¡Y todo sin salir de casa!

Un momento. ¿Y esa luz? Se tratará esto de algún otra sorpresita de Corporación Máquinas. La luz es extraña. ¿Será así la 100? El destello no me deja ver. ¿Papá? ¿Qué haces dentro de mi cuarto de máquinas? Pero, cómo voy a estar hablándote, si estás muerto. Yo mismo llevé tus cenizas a la cumbre, abrí el cofrecito, contemplé cómo tu cuerpo hecho polvo se fue empujado por el viento y cómo los pequeños trozos de hueso rodaron entre las piedras. ¿Papá? ¿Por qué me besas la frente y te vas? ¿Por qué no dices algo? ¡Papá!

Sigue camino y su figura licuada, ennegrecida, se funde con la cortina de pana gris. Despego los muslos de mi torso y pego un brinco; cae el medio-huevo, golpea en mis pantorrillas y me desparramo en el piso, sin quitar los ojos de la cortina. Un estallido de cristales precede a un cambio de forma y la cortina se hincha y acampana como la tela del vestido de una mujer encinta. Esa comba desciende vertical hasta el ruedo y descubre una pelota, que rebota sobre el piso, plagado de astillas de vidrio. De un tacazo me quito de encima la silla de medio-huevo y me pongo de pie. Una correntada de aire levanta esas cortinas y las abre. Un rayo de sol inunda todo el cuarto. Miro las paredes y las luces han desaparecido. Camino hacia la ventana, el aire fresco cuela los gritos de mis dos niños por el ventanuco y la cortina termina por caer. Doy dos pasos al frente y miro entre los dientes triangulares de la ventana rota. Mis hijos me llaman, agitan sus brazos. Me agacho, recojo el balón, lo abrazo bien fuerte contra el pecho y emprendo contra el ventanuco.

Es el séptimo día. El fin del cuarto de máquinas.


Juan Guinot nació en Mercedes (provincia de Buenos Aires, Argentina) tres meses y once días antes que el hombre pisara la luna (05-04-1969). Allí fue columnista de diario, locutor y guionista. En 1990 fundó con su padre la publicación El Bolsillo y desde 2004 co-dirige con sus hermanos el sello "Contentotravez". Se licenció en Administración (UBA), es Psicólogo Social (Pichón Rivičre) y Master en Dirección de Empresas (IAE). A partir de 1990 trabajó cinco años en el Estado para recaudar dinero, y entre 1995 y 2001 lo hizo en una empresa para que la gente lo gaste en golosinas. Es profesor de marketing y creatividad. Estudió clown, locución y desde 2003 es discípulo del escritor Alberto Laiseca. Escribió cuatro novelas (no editadas) y más de cincuenta relatos. Ha recibido las siguientes distinciones: Mención de Honor Fundación Lebensohn 2006, Segundo Premio Amadís de Guala 2007 (España) y Mención de Honor Revista miNiatura 2008 (España). Su poesía A Guarda forma parte del libro Do Atlántico a Oa Miño "Vista Parcial" del artista español Modesto Vázquez Prada (Vigo, Galicia). Participó en lecturas en los ciclos Carne Argentina, Los Mudos, Naranjas Azules, NODO y Outsider (Buenos Aires), Café Bukowski y El Bandido Doblemente Armado (Madrid), donde alterna la lectura con actuación. Actualmente escribe micro relatos de ciencia ficción en la revista miNiatura (España). Amante de la ciencia ficción y el género fantástico, espera por un mundo más sano que permita crecer a cada uno según sus motivaciones, que se le aparezca un ovni o un alienígena y que, finalmente, los ingleses devuelvan Las Malvinas y El Peñón de Gibraltar.



LA CIUDAD SIN ESPERANZA

Héctor Horacio Otero - Argentina


Todo lo que es sólido se desvanece en el aire


I

Casi todos sabían la razón por la que llegaban a la ciudad. Algunos lo hicieron incluso antes de que ésta existiese. Arribaban al puerto, porque el puerto fue antes que la ciudad.

Unos pocos habían sido convocados y desconocían el motivo. El periodista, por ejemplo. Él respondió a la sofisticada invitación holográfica en forma apresurada y entusiasta. El código de indumentaria estaba detallado en la misma de manera bastante imprecisa: "Planeta Tierra, Hemisferio Occidental, tercera década del Siglo XX". Un baile de disfraces, pensó sin dudar. Consultó luego al replicador y eligió la sugerente opción "Años Locos/Masculino". Sin embargo, al descender de la plataforma aquella noche no se encontró en una fiesta. Se hallaba en un lugar similar a una aduana u oficina de inmigración. Consideró entonces la posibilidad de haber cometido un error.

El pintor, en cambio, tuvo la prudencia de seleccionar un hábito franciscano de entre su enorme colección de atuendos religiosos, pues a decir verdad, era un ritualista. La pieza de ajedrez que había recibido lo intrigó tanto como para dirigirse inmediatamente a la dirección señalada. Siendo un ermitaño, pocos sabían de su acendrada afición por este juego. Desconocía el material del que estaba hecha la dama, aunque alguien le indicó que se trataba de baquelita. El androide de protocolo, apenas la vio, le indicó que esperara en una cómoda sala.

Exactamente lo mismo le pidieron al urbanista cuando presentó la solicitud de servicios que había recibido plasmada en papel electrónico, en forma de un plano de una ciudad imposible en constante mutación. Pero él no pudo quedarse quieto. Caminó hacia uno de los diques espaciales, orgulloso de su sombrero, en parte porque nunca antes había usado uno. Fascinado por la verosimilitud de los detalles del entorno, posó su mirada sobre la enorme nave que replegaba sus velas, ya lejos del viento solar.

Por otra parte, el arquitecto prefirió enfocar su atención en los pasajeros, que llegaban por diversos medios; teletransportación, incluso. Se trataba de una fauna abigarrada, compuesta por cyborgs, humanoides diversos y seres mecánicos. Todos adherían a la consigna de portar una apariencia congruente con la primera posguerra mundial, en muchos casos con resultados hilarantes. Eran conducidos a sectores similares a barracas, divididos por género. Siendo un historiador de su materia, debía admitir que el edificio y su mobiliario sí eran perfectamente adecuados. En su caso, la invitación había sido una maqueta nanorrobótica de este lugar, puntillosamente fiel al resultado. Sospechó que se trataba de algún acontecimiento académico o Feria, y no se le había ocurrido que necesitara llevar la réplica a escala hasta allí. Por eso formó fila junto a todos los inmigrantes. Pero en cuanto dijo su nombre, se le informó que lo esperaban, sin necesidad de que lo buscaran en ninguna lista.

El lector fue, tal vez, el único que se dio cuenta de que estos entes no formaban parte de una representación, mientras caminaba aferrado a la primera edición del Don Segundo Sombra que había recibido junto a una enigmática dedicatoria. Dirigió la mirada a los rostros de estos seres; su desesperación era real, palpable, casi podía olerla. Estaban escapando de su pasado, aunque cada uno huía de algo diferente. Y no todos llegaban de la misma manera, ni buscaban lo mismo. Un androide se acercó a él y lo apartó de sus pensamientos, solicitándole que se acercara a la sala de espera con urgencia.

Es que yo había decidido recibir uno por uno a los integrantes del pequeño grupo para explicarles qué pretendía de ellos, que habían venido con la certeza de que la ciudad libera.


II


La metrópolis creció poco a poco, de acuerdo a los planos del urbanista, quien había pergeñado una escala llamada Modulor para que fuera construida a la medida del hombre. La consiguiente revuelta femenina fue exitosa en modificar su concepción y ejecución, pero esto no evitó que él se matara, culpándose de su olvido.

El arquitecto hizo edificar unos edificios gigantescos, que abarcaban cuatro manzanas, y los llamó city blocks. Esto permitía que los autos levitaran a mayor velocidad que la habitual, pues debían detenerse con menor frecuencia. Los departamentos fueron diseñados con el objetivo primario de aprovechar la luz del sol en su máxima intensidad.

El periodista intentaba llevar la crónica de la vida de la ciudad y su gente. Devenido inventor por un irresistible impulso, dedicó todo su tiempo libre a la creación de unas medias de mujer cuya malla no se corriera, sin perder el entusiasmo a pesar de que los tentáculos expuestos de las alienígenas artrópodas que se prostituían bajo los puentes testimoniaran su fracaso.

El pintor se convirtió en sacerdote y creó una religión única, sin dioses ni culpa. Pergeñó asimismo una nueva lengua que carecía de vocablos y gramática que permitieran la agresión, y la llamó panlingua, lo que ocasionó que el odio fuera desapareciendo poco a poco. Cuando esto sucedió, dejó de jugar panajedrez, cuyas reglas vinculadas a la astronomía él mismo había elaborado, sin llegar a comprender por qué había perdido su encanto.

El lector encegueció. Pero su mente retuvo todas las historias, todos los relatos. Y por las noches el pueblo se reunía para escucharlo recorrer los caminos de la memoria.


III

Mi hora llegó al fin. Desconozco el destino de mi espíritu, pero para mi mente Dios es, en efecto, una máquina que realiza el último registro de mis sentimientos.

Fluyendo por la red llego a mi ciudad, mi cielo a medida, mi fantasía. Le Corbusier ya no está pero su obra lo sobrevive. Roberto toma nota en un cuaderno, mientras Xul extiende sus brazos bajo el sol, que brilla como nunca antes gracias a la cúpula creada por Wladimiro. Jorge Luis sonríe mientras acaricia el lomo de una valiosa edición de Las mil y una noches, ansioso por compartir su tesoro.


Héctor Horacio Otero nació en Buenos Aires en 1966. Estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires. Publicó una novela corta juvenil de género fantástico, Aguada, el nacimiento de un guerrero (2004) y cuentos de ciencia ficción en diversos medios (CUÁSAR, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LUNATIQUE, etc.). Ahora tiene su propio blog.

Hemos publicado en Axxón: RÍO CHICO (179), LUPERCALIA (novela corta) (181), SERENDIPIDAD, en co-autoría con Carlos Devizia (188), EL FIN DE LA ANTIGUA RAZA, en co-autoría con Gonzalo Géller (191)




Axxón 193 - enero de 2009
Cuentos breves de diversos autores (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía : Varios temas : Varias nacionalidades).

            

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