¿TIENE FUEGO?

Marina de Anda

México

La mañana era fría y lo único que deseaba era permanecer entre las sábanas y quedarse dormida. Pero tenía que levantarse y prepararse para un largo viaje. Destino: Nueva York.

Una vez en el aeropuerto, Nell registró su equipaje y compró algunas revistas para el viaje. Miró a su alrededor y rió para sus adentros, porque la sala de espera parecía repleta de un ejército de zombies dirigiéndose a su destino, pues a las 6 a.m. todo mundo estaba adormilado, incluyendo a las señoritas que atendían las taquillas y a los que cargaban las maletas. Después consideró que ya estaba lo suficientemente despierta y se dispuso a tomar un ligero desayuno antes de abordar el avión.

A las 7.30 a.m. ya estaba en su asiento, en el que pasaría las siguientes siete horas. Quince minutos después el avión despegaba en medio del amanecer (eso creía Nell, pues con esa neblina no se podía saber si era de noche o de día).

Todo parecía tranquilo. La gente dormía en sus asientos, otros veían a través de la ventanilla como ascendía el avión hasta divisar los primeros rayos del sol. El pasajero de al lado estaba profundamente dormido, y tenía sobre el rostro un pequeño sombrero. Nell no quería ni respirar para no despertarlo. Intentó dormir ella también y, aunque le costó trabajo, pudo conciliar un sueño apacible.

Cinco horas después la despertó la fuerte luz del sol. A su lado, el pasajero seguía dormido.

—Qué envidia —pensó.

Trató de leer algunas de las revistas que había comprado, la mayoría sobre moda y belleza, y una de ciencia.

Inútil, algo no andaba bien, se sentía intranquila, seguramente era la inquietud ante la perspectiva de vivir en una ciudad tan peligrosa. Se preguntó si valía la pena el sacrificio, pues la habían transferido por cuestiones de trabajo y aunque percibiría un sueldo más elevado, se estaba alejando de sus seres queridos por un largo tiempo, y no era poca la distancia que los separaba. Perdida en esos pensamientos, una voz a su lado le llamó la atención.

—¿Tiene fuego? —dijo la voz.

—¿Perdón? —preguntó a su vez Nell.

—Que si tiene fuego, es que quiero encender un cigarrillo —respondió la voz.

El pasajero de al lado era un hombre maduro, ya entrado en los cuarenta, aunque no mal parecido, de ojos grises y un ligero acento extranjero.

No estaba tan dormido, pensó Nell.

—No tengo —respondió ella —pero aun así, está prohibido fumar.

—Mentira, sólo buscaba una excusa para hablarle —dijo el hombre—, es que está todo muy silencioso.

—Estoy de acuerdo —dijo Nell.

—¿Y con quién tengo el gusto? —preguntó el hombre.

—Nelly Bates —respondió.

—Yo soy Sergei Kosav, y no fumo —dijo al tiempo que le estrechaba la mano.

—Es un alivio —dijo Nell con un poco de sarcasmo.

El hombre parecía querer decir algo, pero se contuvo y Nell se adelantó.

—¿Es usted ruso o algo así? —preguntó.

—¿Lo dice por mi nombre? —contestó el hombre— Soy de ascendencia rusa, pero nacido en Estados Unidos.

—Su acento me lo dijo —contestó Nell, y después preguntó— ¿Qué lo trae por estos rumbos? Si me permite preguntarlo.

—Ah, sólo asuntos de negocios —contestó el hombre—, será por poco tiempo.

—Es una coincidencia, yo también voy por asuntos de negocios —dijo Nell.

Hubo un momento de silencio, de esos silencios incómodos en los que no se sabe qué decir a una persona que se acaba de conocer, hasta que Nell lo interrumpió.

—¿Y qué es lo que hace usted? —preguntó Nell.

El hombre tardó un poco en responder, como reflexionando.

—Trabajo en finanzas —respondió—. En la bolsa de valores.

—¡Qué interesante! —comentó Nell—. Yo nunca he entendido eso.

—No es tan complicado como parece —comentó el hombre—. En realidad sólo son apuestas, como en las carreras de caballos se apuesta al mejor caballo, sólo que en finanzas se apuesta por la mejor moneda.

—¡Vaya!, me equivoqué de carrera —dijo la chica indignada.

—Y por cierto, ¿qué la trae a usted a Nueva York? —preguntó el hombre— Ya sé que va por asuntos de negocios pero ¿qué es lo que hace usted?

—Para ser honesta, no iba a tomar este vuelo sino hasta dentro de un mes. Me acaban de transferir —contestó Nell con cierto orgullo en su voz—. Soy agente publicitaria en una empresa naciente y, como está creciendo mucho su popularidad, están enviando gente a diversos lugares del país para cubrir el mercado. Eso sería el próximo mes, pero quiero acostumbrarme al modo de vida citadino.

—¿Qué clase de publicidad ofrecen? —preguntó el hombre.

—Antes dábamos publicidad a comercios y empresas alimenticias —contestó—, pero ahora la empresa se concentra más bien en lanzar a la fama a nuevos artistas y grupos. Es más, el grupo de rock "Mad" es famoso gracias a nosotros.

Pero el hombre parecía perplejo, obviamente desconocía al grupo.

—¿No los conoce? —argumentó Nell ofendida—. Pero si son muy famosos, acaban de dar un concierto en el Central Park.

—No, lo siento, es que he estado alejado de la televisión y los espectáculos por un largo tiempo debido a mi trabajo —contestó Sergei, como disculpándose por su ignorancia.

—Sé lo que es eso —dijo Nell—. Además, ese grupo es muy reciente.

Continuaron conversando por espacio de media hora. De cosas triviales, no muy personales, del clima en Nueva York, de las últimas noticias, de las carreras que eligieron, entre otras cosas. Pasado ese tiempo, Nell se calló un momento, y luego dijo como extrañada:

—¿Ha visto a alguna azafata por aquí? Yo, no, y comienzo a sentirme sedienta.

—Ciertamente, yo tampoco he visto a ninguna —comentó Sergei.

Pero para alivio de Nell, apareció una a la vista y cuando pasaba por su lado, la interpeló.

—Disculpe — dijo Nell —¿Podría traerme agua mineral? Y algo para el caballero, si es que lo desea.

—Mire, señorita —contestó la azafata con cara de asustada —. Ahora no puedo atenderla, vendré cuando pueda.

Aunque parecía poco probable, porque tenía una prisa terrible por llegar a la cabina, pero casi al llegar se dio media vuelta y se metió en la parte posterior, donde se encontraba el w.c. y el compartimiento para guardar la ropa.

—Se diría que ha visto un fantasma —comentó Nell intrigada.

—Seguramente derramó una bebida sobre un pasajero o cometió alguna torpeza —dijo, muy seguro de sí.

—Tal vez —dijo Nell.

—Iré a ver qué pasa —comentó Sergei.

Dicho esto, Sergei se levantó de su asiento y se dirigió por donde había desaparecido la azafata, momento que Nell aprovechó para retocarse el maquillaje, pues le obsesionaba la idea de verse siempre perfecta, aun ante personas que jamás en su vida volvería a ver. Le gustaba dar una buena impresión.

Momentos después regresaba Sergei.

—¿Qué sucede? —preguntó Nell.

—Uno de los pasajeros comió algún alimento en mal estado y ya sabrá usted lo que pasó —contestó Sergei.

—Qué extraño, yo no escuché nada —dijo Nell.

—Debió suceder en la parte de adelante, pues nosotros estamos casi al final —dijo Sergei.

—Es una suerte que no haya comido lo que sirven aquí —dijo aliviada.

Sergei parecía distraído, como si su mente estuviera en otro lugar.

—¿Y cómo se encuentra el pasajero? —preguntó Nell tratando de ver al susodicho.

—Está bien, sólo está indispuesto —dijo Sergei, tratando de apaciguar la preocupación de Nell por el pasajero.

—¿No dijo la azafata si traería nuestras bebidas? —preguntó Nell ansiosa.

—No, y por cierto — dijo Sergei—, me comentó la chica que debemos permanecer sentados y que abrocháramos nuestros cinturones, ya que estamos por llegar.

—¿Pero cómo? —dijo intrigada— Si todavía faltan alrededor de treinta minutos.

—Las horas de vuelo no son muy exactas—contestó Sergei secamente.

¡Qué raro!, dijo Nell para sus adentros. No he escuchado la voz del capitán o de alguna azafata anunciando la llegada.

Y como si él hubiera leído sus pensamientos, dijo:

—En diez minutos anuncian el arribo a Nueva York.

—Qué bien —dijo ella— me ha parecido eterno el vuelo. Es que no me gusta viajar en avión, pero no hay más remedio. Si no hubiera sido por su agradable charla, me hubiera aburrido muchísimo.

Él la contempló un momento, como agradeciéndole internamente.

—¿Ha viajado mucho? —preguntó de repente Sergei.

—No tanto —contestó Nell— yo diría que he viajado en avión tres o cuatro veces.

—¿Por negocios? —preguntó Sergei.

—No, más bien por placer —contestó Nell.

—¿Y qué lugares conoció? —volvió a preguntar él.

—Anduve un poco por Europa y otro tanto por Australia —contestó Nell—. Y pienso seguir conociendo lugares, aunque no me guste viajar en avión.

Sergei permaneció callado, pero parecía muy concentrado, y luego preguntó abruptamente:

—¿Y si no fuera así?

—¿Cómo? —preguntó Nell.

—¿Qué haría si supiera que es su último viaje en avión? —preguntó Sergei en un tono confidencial.

Nelly se quedó perpleja unos segundos, tratando de interpretar la pregunta.

—No entiendo... —contestó confundida.

—Es decir —dijo Sergei—, si supiera que le queda poco tiempo de vida.

—Vaya, esa es una pregunta muy personal —contestó Nell. El hombre se la quedó mirando, como esperando una respuesta, pero Nell permaneció callada.

—Pues, a menos que pueda ver el futuro —dijo finalmente Nell—, no creo que hiciera nada, sería irremediable.

—Pero si supiera que no va a llegar a su destino, ¿qué haría? ¿Qué sería lo último que pensaría? —preguntó otra vez Sergei.

—No sea usted apocalíptico —dijo Nell.

—¿No me contestará? —preguntó insistentemente Sergei.

—Se está poniendo usted impertinente —dijo Nell, bastante irritada.

—Lo siento —contestó el hombre, bajando la mirada, y después de un momento de incómodo silencio, volvió a inquirir:

—Es que usted no me entiende —dijo con firmeza, y mientras lo decía, la traspasaba con la mirada—. ¿Qué haría si tuviera la certeza de que el avión se estrellará?

Ella se quedó pasmada por un momento, como si hubiera recibido un golpe.

—¿Qué está insinuando? —preguntó con angustia.

—Nada —dijo secamente Sergei.

—¿Es que va a ocurrir algún percance? —preguntó Nell.

—Sólo digo que hay que estar preparados —dijo con indiferencia Sergei.

Nell contuvo la respiración, pues el hombre parecía muy serio. Lo único que supo hacer fue buscar con la mirada a alguna de las azafatas, pero no había ninguna a la vista. Se sentía tan indispuesta que no creyó que llegaría a tiempo al sanitario.

—Discúlpeme —dijo y, acto seguido, se levantó de su asiento.

Aunque sabía que debía permanecer sentada, tenía que saber si todo estaba bien. Tan sólo quería preguntar a la azafata si no ocurría nada malo con el vuelo y tal vez pedirle que la cambiara de asiento para no tener que ver a ese paranoico.

Al llegar a la parte posterior del avión, empujó la puerta que dividía la sección del sanitario. Nadie a la vista. El ruido de las turbinas la ensordecía y comenzó a sentirse más y más desesperada, pues la atormentaba una terrible idea que se le había metido en la cabeza un momento atrás.

El sanitario estaba desocupado y lo único que había, además del despachador de café, era un compartimiento para guardar ropa. Lo abrió.

Dentro, y recargada sobre un asiento, estaba la azafata que anteriormente le había negado el servicio, parecía dormida, con la cabeza apoyada en el respaldo y un poco inclinada.

—¿Dormida? —pensó Nell.

Dormida no. Muerta, porque al abrir más la puerta, la luz dio de lleno en el compartimiento, y Nelly pudo ver que en un costado la sangre empapaba su uniforme.

El terror la paralizó, la sensación que sentía en el estómago era indescriptible, pues todos sus temores se vieron confirmados. Sólo pensaba en salir y advertir a los demás del peligro inminente pero, cuando retrocedió, un obstáculo le impidió la salida.

Sergei Kosav.

—Te dije que permanecieras sentada —dijo Sergei, sin tono de amenaza. Pero comenzó a avanzar hacia ella, detalle que la hizo retroceder.

—¿Por qué la mataste? —preguntó con angustia Nell.

—Porque iba a alarmar a los demás —dijo Sergei con seriedad—. Cuando le hablaste, ella ya conocía la situación.

—¿Terroristas? —dijo Nell, aunque más que una pregunta, era una afirmación de lo que venía sospechando—. ¿Pero por qué hacen esto?

—No tengo tiempo de explicarlo —respondió el hombre—. No lo entenderías.

—No, claro que no —dijo Nell con desasosiego—. ¿Por qué entendería a unos estúpidos psicópatas?

—No somos psicópatas —dijo Sergei con los dientes apretados, pero luego suavizó la mirada.

—¿Dónde piensan derribar el avión? —preguntó Nell, y las palabras salían muy rápido de su boca.

—¿Qué importa ya? —contestó él.

—¿Y dónde están los demás? —preguntó Nell, con la esperanza de postergar el momento en que Sergei la iba asesinar.

—¿Te refieres a mis camaradas? —contestó Sergei—. Algunos están en la cabina, y otros, como yo, en la sección de pasajeros, controlando la situación.

—¿Y qué fue todo eso allá afuera? —preguntó ella—. Esa falsa charla.

—No te mentí —dijo seriamente él—. Fui ecónomo en mi juventud. Quería aprovechar los últimos momentos para charlar con una linda mujer, pero ya no me preguntes más, ya nada importa, todos moriremos dentro de cinco minutos.

Y al tiempo que decía esto, se escuchó un gran alboroto al otro lado de la puerta. Gritos y el sonido de vasos rotos, acompañado del llanto de mujeres, anunciaban el arribo del avión a su destino.

—Ya empezó todo —dijo Sergei.

El color en el rostro de Nell se esfumó, y la invadió una profunda náusea. Estaba tan mareada que apenas se podía tener en pie.

—No debiste haber tomado este avión —dijo él con melancolía.

—Déjame salir por favor...— dijo Nell en tono de súplica. Pero ya no pudo terminar la frase por que el avión dio un brusco giro lanzando a sus pasajeros al suelo.

Sergei se sostuvo del picaporte de la puerta, pero Nell no tuvo la fuerza para sostenerse y cayó, momento que le pareció eterno, hasta que la trayectoria de su cabeza se encontró con algo duro. En el suelo, y con la vista borrosa, lo último que vio fue el rostro de Sergei inclinado sobre ella.


Oscuridad.

Abrió los ojos. La luz del sol la cegaba.

Estaba en su asiento y alrededor algunos pasajeros charlaban y otros comían con tranquilidad. Se había quedado dormida. A su lado el pasajero seguía profundamente dormido con el sombrero colocado en el rostro. Nell lo observó con detenimiento.

Todo había sido un sueño. Respiró aliviada.

Una azafata pasó por su lado, y Nell la llamó.

—Disculpe, ¿cuánto tiempo ha pasado desde el despegue? —preguntó.

— Apenas una hora —contestó la azafata—. ¿Le sirvo algo?


Ilustración: Valeria Uccelli

—Sí, por favor, un agua mineral —contestó turbada.

—Enseguida —dijo la azafata, al tiempo que sacaba la bebida del carrito—. ¿Se encuentra bien?

—No es nada serio — contestó Nell—, he tenido un mal sueño.

La muchacha sonrió comprensivamente y se retiró, llevando consigo el carrito.

Nelly abrió la botella y la bebió a sorbos pequeños. Miró a través de la ventanilla. Las nubes eran escasas y ella podía ver el cielo claro y azul. Detrás de ella unos pasajeros conversaban tranquilamente sobre la última moda en Nueva York.

Se sintió inmensamente feliz, y cerró los ojos un momento para asegurarse de que todo era real, pero una voz a su lado interrumpió sus meditaciones.

—Disculpe, señorita —dijo la voz.

Nelly volteó y un hombre de mediana edad, con ojos grises y un ligero acento extranjero le preguntó:

—¿Tiene fuego?



Marina Isabel de Anda Otero vive en Monterrey, México.

En Axxón hemos publicado: SIEMPRE ESTARÉ PARA TI (196)


Este cuento se vincula temáticamente con PESADILLA, de Isabel Del Río Sanz (186), ALCIDES, de Carl Stanley (189) y SOBRE DESAYUNOS Y ENTROPÍA, de Ramiro F. Sanchiz (194)

Axxón 197 - mayo de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Fantasía : Onírico : Mexicana : México).

            

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