Revista Axxón » «Las sirenas cantándose entre sí», Cat Rambo - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

EEUU

 

En la cabina, Niko se inclinó detrás de mí, elevando la voz para hacerse oír por encima del rugido del motor y el agua.

—Cuando hagas la Elección ¿qué serás? ¿Chico o chica?

Le habría contestado si hubiera pensado que realmente le importaba. Pero para entonces estábamos lejos de la costa, rumbo al Botín, y él sólo quería charlar, sabiendo lo que tardaríamos en llegar allá. No le importaba que yo fuera masculino o femenina, porque no dejaría de ser Lolo, su camarada. Percibí que el barco escuchaba, pero sabía que yo no quería que hablara, que si iba demasiado lejos lo apagaría.

De modo que continué timoneando el María Magdalena y le respondí a Niko que no sabía y que no importaba, a menos que lográramos sacar tajada del Botín antes de que llegaran los desguazadores corporativos. Después, nos quedamos otra vez en silencio y sólo existió el retumbar del motor que ascendía por mis pies. Jorge Felipe se dio vuelta en la hamaca que habíamos conseguido hacer entrar en la cabina y colgar de unos ganchos clavados al entablado de la pared. Emitía algo que podían ser ronquidos, pedos o tal vez las dos cosas.

Jorge Felipe era el que había averiguado lo del Botín. Tenía unos cuatro o cinco kilómetros de extensión, dijo el sujeto que lo había localizado. Cuatro o cinco kilómetros de restos de primera calidad que flotaban en el océano: trozos de plástico viejo, madera y Dios sabía qué más, acumulados por las corrientes, concentrados en un solo lugar. Todo recuperable, por un valor de cinco nuevos centavos por libra. En el lapso de una semana, los barcos de los desguazadores corporativos estarían allí, desmantelando y cargando todo ese dinero en las máquinas de la empresa, en las bocas de la empresa.

Pero nosotros llegaríamos primero y cortaríamos una porción suficiente para que todos ganáramos. Yo quería poder Elegir y no sería posible hasta que pudiera pagar los honorarios médicos. Niko decía que no estaba ahorrando para nada en especial, pero en verdad sí lo hacía: tendría el dinero necesario para descansar un mes, sin preocuparse por alimentar a su madre, a su numerosa familia.

Jorge Felipe sólo quería salir de Santo Nuevo. Cualquier modo de escapar de nuestra aldea le parecía bien, y el primer paso era pagarse un pasaje. Deseaba irse antes del comienzo de la temporada de tormentas, cuando todos viviríamos de lo que pudiéramos hasta que, en primavera, florecieran nuevamente los turistas.

El invierno era una época frugal. Jorge Felipe, aunque ahora roncaba plácidamente, sentía la mordedura de la desesperación. Por eso estaba dispuesto a repartir las ganancias conmigo a cambio del uso del María Magdalena. La mayor parte del tiempo no tenía mucho que decirme. Yo lo asustaba, lo sabía. Se lo había dicho a Niko para que él me lo dijera a mí. Pero no tenía otros amigos con barcos capaces de salir a desguazar una porción del Botín y llevarla a vender, remolcándola a razón de cinco nuevos centavos por libra. Y yo, por mi parte, pensaba que él era mezquino, malvado y peligroso. Pero era el que conocía las coordenadas del Botín.

Incliné la cabeza y escuché los motores, verificando los ritmos para asegurarme de que todo funcionaba bien. A mis espaldas, el tartamudeo familiar de la bomba de agua no era motivo de preocupación y tampoco la manera en que tosía el balastro cuando se encendía. Conocía todos los sonidos del María Magdalena. Es viejo pero funciona y, entre los hidromotores y los paneles solares, se las ingenia para seguir adelante.

A veces me imaginaba que lo estrellaba contra un arrecife y me alejaba nadando, abandonándolo a su suerte para que acabara cubierto de caca de pájaro y de algas, mientras su voz suplicaba, persistente, durante el tiempo que aguantaran las baterías. A veces, me imaginaba que tomaba un pequeño láser de corte y hacía picadillo todo, excepto su indefensa caja cerebral, que se encontraba debajo del entarimado, en las profundidades de la cabina; luego, le seccionaba los cables de entrada uno por uno, dejándolo solo. A veces, imaginaba cosas peores.

Lo heredé de mi tío Fortunato. Mi tío amaba a ese barco como a una mujer, y el barco hacía cosas por él —hacía durar más los últimos restos de combustible, se volvía un poco más eficiente— que nunca hacía por mí ni por ningún otro. Como una mujer abandonada, aferrada a un amante que había continuado con su vida. La IA se podía desarmar y rediseñar, re-imprimir, pero se perderían todos sus conocimientos. Su capacidad de reconocerme.

La cabina estaba como la había dejado mi tío: su gorra de béisbol colgada de la percha junto al umbral, las fotos de chicas adheridas con laca a las paredes de madera. A veces, se me ocurría cubrir esas fotos con pintura. Pero me recordaban a mi tío; me recordaban que no debía perdonarlo. Uno hubiera pensado que se conformaba con ellas, pero tal vez sólo servían para incitarlo a más. Algunos sostienen que es eso lo que ocurre con la pornografía: cada vez más, hasta que el hombre no puede controlarse.

No puedo decir que mi experiencia lo haya confirmado.

El tío Fortunato me dejó el María Magdalena por culpa, culpa por lo que hizo, culpa porque su sobrina decidió volverse asexuada, ocultando todo en lugar de convivir con su condición de mujer. Fui la primera de la aldea en optar por la Elección, pero no la primera en el mundo, ni remotamente. Para entonces ya estaba de moda y muchas celebridades se lo hacían a sus hijos por «razones terapéuticas». Mi abuela, Mamá Fig, decía que era antinatural y contrario a las leyes de la Iglesia, y todos los sacerdotes de las islas vinieron a hablarme. Pero no cambié de opinión. Había un fondo especial para los sobrevivientes de ataques sexuales. Así me lo pagaron, aunque no quise decirles quién era el culpable.

No podía hacer que lo castigaran. Si lo encarcelaban, mi abuela perdería su único medio de sustento. Pero sí podía librarme de sus garras, convirtiéndome en algo imposible para el sexo. Neutra. Neutra, hasta que quisiera elegir un género. Sin embargo, nadie me dijo que entrar era gratis, pero que salir costaba dinero. Costaba mucho.

Cuando me enteré de que me había dejado el barco, no lo quise. Lo dejé inmóvil en el muelle dos semanas, llenándose de lapas, antes de ir a verlo.

No habría ido nunca, pero el invierno me estaba enloqueciendo. No encontraba trabajo; no tenía nada que hacer salvo sentarme en casa, con mi abuela, y escucharla preocuparse por los hijos de una vieja amiga y por los pormenores del guión de sus telenovelas favoritas.

Cuando finalmente me acerqué al María Magdalena, no me habló hasta que lo abordé. Primero, permanecí de pie y lo miré. No es gran cosa. Resumiendo: tiene forma de caja y está treinta años desactualizado; un barco originalmente descerebrado, con unos toques que lo han puesto un poco a tono con este siglo.

Me imaginaba vertiendo ácido en la cubierta y observando cómo la carcomía, entre siseos y chisporroteos.

Mientras ascendía por la planchada, sentí el suave balanceo bajo mis pies. No hay nada parecido a estar en un barco; cerré los ojos para sentir ese vértigo, como si fuera la mano conocida de un amigo tomándome del codo.

Me imaginaba que unos imanes lo hacían pedazos, que los bulones salían volando, como si lo desmantelaran en un dibujo animado.

—Laura —dijo un altavoz, como si yo no hubiera desaparecido durante seis años, como si me viera todos los días—. Laura, ¿dónde está tu tío?

Me imaginaba que se desintegraba, se destrozaba, se convertía en átomos silenciosos.

—Ya no soy Laura —dije—. Soy Lolo. Soy de género neutro.

—No comprendo —dijo.

—Tienes conexión con la Red —dije—. Busca «género neutro» y «operación biomod».

No estaba segura de si la pausa que siguió era para crear un efecto teatral o si realmente tenía dificultades para entender los parámetros de búsqueda. Después dijo:

—Ah, ya veo. ¿Cuándo te la hiciste?

—Hace seis años.

—¿Dónde está tu tío?

—Murió —dije rotundamente. Guardaba la esperanza de que las máquinas inteligentes fuesen capaces de sentir dolor, de modo que hundí el cuchillo todo lo que pude—. Apuñalado en una pelea de bar.

Su voz siempre tenía la misma afectación inexpresiva, pero yo imaginaba/deseaba escuchar un dejo de tristeza y pánico.

—¿Quién es mi dueño ahora?

—Yo. Sólo durante el tiempo que tarde en venderte.

—No puedes, Laura.

—Lolo. Y sí puedo.

—Las licencias para operarme, la de turismo, la de pesca deportiva, incluso la de mensajería, no se pueden transferirse a un nuevo dueño. No te pagarán mucho por un barco que no se puede usar.

—Oh, no lo sé —dije—. Si te vendo como chatarra, me harás ganar una cantidad decente.

Volvió a hacer una pausa.

—Sigue usándome, Lolo, y ganarás lo suficiente para mantenerte a ti y a Mamá Fig. Tu tío tenía contratos de trasbordo y todas las temporadas son buenas si haces un par de viajes con turistas de bajo presupuesto o muy excéntricos.

Tuvo la delicadeza de no seguir presionando. No me quedaban muchas opciones y era la única forma de mantenernos, a mi abuela y a mí, mes a mes. Con el María Magdalena, mi situación era muchísimo mejor que la de Niko y Jorge Felipe. Ocasionalmente, podía comprarme una camisa o un disco nuevo, en lugar de tener que usar algo rescatado del mar.

Hacia fin de año llegamos a un acuerdo. Ahora, el barco sabía que no debía hablarme la mayor parte del tiempo. Podía estar conmigo en todos lados. Los micrófonos del tamaño de un botón refulgían a lo largo de la barandilla del frente, en el retrete, incluso en el pequeño bote salvavidas abrazado a un costado. Pero él permanecía en silencio, excepto en la cabina, donde me informaba sobre las profundidades, el clima, la temperatura del agua. Yo le decía hacia dónde debíamos ir. Un trato laboral e impersonal.

Niko subió a cubierta. No lo culpaba. En la cabina hacía mucho calor. Sabía que el María Magdalena me alertaría si había problemas, pero me gustaba tener el ojo atento a todo.

Jorge Felipe se retorció y asomó la cabeza por encima del borde de la hamaca. Su cabello oscuro estaba erizado, proyectándose en todas direcciones como las pajas de una escoba rota.

—¿Ya es de mañana? —preguntó con la voz áspera.

—Faltan un par de horas.

—¿Dónde está Niko?

—Salió a fumar.

Gruñó. —Mierda, qué calor hace aquí —dijo. Balanceó las piernas y las sacó de debajo de la manta de esterilla; saltó al suelo—. ¿Quedó algo de sopa?

—En el termo del armario.

Detrás de mí, el microondas lanzó unos bips de protesta mientras él accionaba los controles. La pantalla era de un color verde estable, granuloso, y me mostraba la superficie de las profundidades, debajo del barco. Pilas de arena acumulada y arrecifes. Se comentaba que era posible localizar un barco hundido por la rectitud antinatural de una línea, la extrañeza de un ángulo. No era probable, pero se hablaba de ello de la manera en que se relatan las anécdotas del amigo del primo de un vecino.

—Caliéntame un poco —dije.

—¿De sopa o de café?

—Café —respondí, y él metió otro jarro en el microondas.

Niko apareció en la puerta.

—Hay sirenas allá fuera —dijo—. Tengan cuidado si van a nadar.

Jorge Felipe me dio el jarro, tan caliente que casi me quemó la piel cuando lo envolví con mis manos.

—Sirenas de mierda —dijo—. Las odio más que a los tiburones. Una se enredó con mi hermana y casi la mata.

—Todos los de la isla se han enredado con tu hermana. Me serviré un café y volveré a salir —dijo Niko, y eso hizo.

Jorge Felipe lo observó marcharse.

—Tiene una puta obsesión con las sirenas.

Sirenas. Antes de que yo naciera había más turistas. Ahora siempre hay turistas, pero no tantos. Algunos venían aquí, incluso específicamente, por las playas. O por la biociencia barata del mercado negro. Y un biocientífico del mercado negro se especializaba en convertirlos en sirenas.

Supongo que pagaban mucho. Un cuerpo de última moda con el que podían nadar y simular que siempre habían sido criaturas marinas. Fue muy popular durante un año, decía Mamá Fig.

Pero el científico no era tan bueno, ni tan meticuloso. O tal vez no comprendía todas las consecuencias del ADN que utilizaba. Algunos decían que lo hizo deliberadamente.

Porque las sirenas ponían huevos, de a centenares por vez, o al menos esa especie lo hacía. Y las nacidas naturalmente no tenían mentes humanas que las guiaran. Eran como tiburones: comían, mataban, comían. La mayoría de las sirenas originales se marcharon cuando descubrieron que los mares estaban llenos de productos químicos o que allá abajo, en lugar de canciones de ballenas, oían los sonares de los submarinos y las señales de los barcos. Cuando las pocas que quedaban se dieron cuenta de que estaban engendrando crías les gustara o no, también salieron. Supuestamente, una o dos se quedaron y ahora viven en el mar con su prole, que es dos veces más malvada que todo el resto.

—Vigila la pantalla —dije, y subí a cubierta. El sol se asomaba: rodajas doradas, rosadas y azules en el oriente. Se reflejaba en los agujeros de la barandilla del María Magdalena, en los sitios donde yo había clavado el cuchillo, dejando marcas de viruela en el rostro del barco.

Niko observaba el agua. La luz danzaba sobre ella, intensa y cegadora. El viento traía gotas de rocío que aguijoneaban los ojos. Lamí la sal de mis labios resecos.

—¿Dónde las ves? —pregunté.

Señaló, pero al principio no vi nada. Tardé varios minutos en distinguir un coletazo de aletas, una sombra interceptada por una ola que se elevó y descendió.

—Las ves salir de estas profundidades en todo momento —dije. Niko no había navegado mucho en el barco. Le daban náuseas en cualquier parte más allá de los diez metros, pero Jorge Felipe lo había reclutado para que me coaccionara a colaborar. Le había regalado una provisión de sofisticados parches antináuseas. Miré de reojo. Uno de ellos refulgía como una agalla calcárea en un costado de su cuello.

—¿Sí? —dijo él, con la vista clavada en el agua. No me estaba mirando, de modo que yo lo miré a él, a su rostro, tratando de fijar los detalles en la memoria. Tratando de imaginármelo como una foto. La línea de su mandíbula era suave, ensombrecida por una barba de varios días. El cabello que le cubría las orejas se enredaba en rizos, comenzaba a formar tirabuzones aplastados por el sueño. Tenía pestañas largas, más largas que las mías. El sol ascendió un poco más y la luz cegadora se tornó tan brillante que me hizo doler los ojos.

—Ponte un sombrero —le dije a Niko—. Será un día caluroso y feo.

Asintió, pero se quedó donde estaba. Comencé a decirle más, pero me encogí de hombros y regresé adentro. Me daba igual. Sin embargo, cuando vi su sombrero de paja en el suelo, se lo di a Jorge Felipe y le dije:

—Cuando salgas, llévale esto a Niko.

 

* * *

 

Observando desde la barandilla, localicé a tres barcos de la corporación antes de que llegáramos al Botín. Por un momento, me pregunté por qué estaban tan alejados uno del otro y luego me percaté del tamaño del Botín. Era enorme: kilómetros de ancho. Los barcos estaban reunidos a su alrededor y los zumbadores descansaban con las alas extendidas para recargar los paneles solares.

Deben de habernos visto al mismo tiempo. Un zumbador plegó las alas —sombras cubiertas de telarañas plateadas— y se aproximó. Conforme se acercaba, vi el logo de Novagen en un lateral y en el casco espejado de su ocupante.

—Este salvamento está reservado—dijo el altavoz, también con el logo.

Me rodeé la boca con las manos para gritar:

—El salvamento no está reservado hasta que lo tengan amarrado con cuerdas. A menos que vayan a remolcarlo completo, tenemos derecho a hincarle el diente.

—Salvamento reservado —repitió el piloto. Miró al María Magdalena de arriba abajo y frunció el labio. La mayor parte del tiempo, me gustaba su apariencia destartalada de mierda, pero ahora, por un breve momento, me henchí de orgullo—. Mejor ten cuidado, chiquilla. Cuando se entrometen los trabajadores independientes, ocurren accidentes.

Ya lo sabía. A los barcos corporativos les gustaba hundir a la competencia y disponían de una decena de métodos solapados diferentes para hacerlo.

Junto a mí, Jorge Felipe dijo:

—¿Vas a permitir que nos ahuyenten?

—No —respondí, pero le hice un gesto de asentimiento al piloto y dije—: María Magdalena, retrocede.

Nos desplazamos hacia el otro lado.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Niko.

—Vamos a detener los motores y a dejar que las corrientes que amontonaron el Botín nos atraigan hacia él —dije—. Buscan motores activos. Después de que oscurezca, no advertirán que avanzamos. Mientras tanto, fingiremos estar pescando. En realidad, no fingiremos.

Trajimos nuestro equipo de pesca. Las sirenas nos habían abandonado y yo esperaba encontrar un cardumen decente de algo; peces de las profundidades, como mínimo. Pero en las lóbregas aguas que rodeaban el Botín no había nada vivo. Los tentáculos de plástico ondeaban como algas inquietas, engullendo nuestros anzuelos hasta que las cañas se torcían y arqueaban con cada ola.

Quería que los barcos corporativos vieran nuestras líneas de pesca. Una vez por hora, nos sobrevolaba un zumbador que iba y venía entre dos de los barcos más grandes.

Cuando bajó el sol, descendí a la cabina. Los demás me siguieron. Examiné los datos del clima en el flanco metálico de la consola principal, lleno de cicatrices.

Pero tardamos más de lo que había pensado. Cuando terminamos de cortar nuestra porción con los pequeños láseres y la liberamos, el sol ya se asomaba. Hoy estaba más nublado, y bendije a la niebla. Sería más difícil detectarnos.

Trabajamos como demonios, lanzando los ganchos, cortando pedazos y arrojándolos al interior de la red de carga. Buscamos buen material: productos electrónicos con metales preciosos que podrían recuperarse, buen cristal, algunos recuerdos que luego podríamos vender en Internet. Mariscos… nos alimentaríamos con ellos una semana si no había otra cosa. Dos patitos amarillos se bamboleaban detrás de una red metálica para recubrir botellas. Los recogí y me los guardé en el bolsillo.

—¿Qué era eso? —dijo Jorge Felipe, a mi lado.

—¿Qué era qué? —Yo estaba recogiendo la red anaranjada, festoneada de algas muertas.

—¿Qué te metiste en el bolsillo? —Entrecerró los ojos con sospecha.

Saqué los patos del bolsillo; se los mostré.

—¿Quieres uno?

Hizo una pausa, mirando mi bolsillo.

—¿Quieres meter la mano? —dije. Incliné la cadera hacia él. Ya me estaba fastidiando.

Se sonrojó. —No. Sólo recuerda que nos repartiremos todo. Recuérdalo.

—Lo recordaré.

Hay un águila nativa de estas islas. La llamamos alas marrones. El año anterior, había visto a Jorge Felipe con una en la mano, negociando con unos turistas atracados en el embarcadero.

—¿Quieren comprar un ave? —les preguntó, sentado en su canoa y mirando hacia arriba, hacia el barco tostado, dorado, del color del dinero. Sostuvo al animal en alto.

—Esa es una especie en peligro, hijo —dijo un turista. Su rostro enrojecido por el sol se estaba poniendo aún más rojo.

Jorge lo miró con ojos vacíos e inexpresivos. Después bajó al pájaro, le sumergió la cabeza en el agua un momento y volvió a sacarlo, mientras el ave graznaba y forcejeaba.

—¡Deténganlo! —chilló una mujer.

—¿Quieren comprar un ave? —repitió Jorge Felipe.

No les alcanzaban las manos para arrojarle dinero. Jorge soltó al alas marrones y el pájaro se alejó volando. Esa noche nos invitó tragos a todos, incluso a mí, pero yo continuaba viendo esa mirada vacía en sus ojos. Me hacía dudar sobre lo que habría ocurrido si los turistas se hubiesen negado.

Cuando los zumbadores advirtieron nuestra presencia, ya estábamos en camino. Podían ver lo que estábamos remolcando y ordené al María Magdalena que supervisara sus conversaciones por radio.

Pero sucedió exactamente lo que yo esperaba. Éramos poca cosa. Teníamos una porción más grande de lo que me había atrevido a imaginar, pero que no era ni una milésima de lo que estaban llevándose ellos. Podían tolerar que unos pocos carroñeros tomaran su bocado.

«Muy bien», pensé, y le dije al María Magdalena que pusiera proa a casa. Ya había pasado lo peor.

No me di cuenta de lo equivocada que estaba.

 

* * *

 

Niko se acuclilló cerca de los motores, mirando el reflejo del sol sobre basura atrapada en la red de carga. Oscurecía el agua, pero apenas se veía; bajo la superficie, se distinguían trozos de plástico, botellas y desechos marinos que parecían pensamientos no expresados.

Me arrodillé junto a él.

—¿Qué pasa?

Niko miraba fijamente el agua, como si esperara que le dijera algo.

—Todo está en calma —dijo.

Jorge Felipe estaba en la parte superior de la cabina, tocando su acordeón de plástico. Sus talones, negros de mugre, estaban enganchados en los peldaños de la escalera. El plástico que los recubría estaba deshilachado y tenía flecos encrespados y abiertos como las cerdas de un cepillo de dientes viejo. La música producía ecos en el agua a lo largo de kilómetros; era el único sonido, además del de las olas y el de los silbidos de las sirenas.

—Calma —dije, entre afirmando y preguntando.

—Te da tiempo para pensar.

—¿Pensar en qué?

—Nací no muy lejos de aquí. —Niko contemplaba fijamente las idas y venidas del agua salpicada de sol.

—¿Ah, sí?

Se dio vuelta para mirarme. Sus ojos eran de chocolate, cerveza y canela—. Mi madre decía que mi papá era uno.

Fruncí el entrecejo. —¿Uno de quiénes?

—Las sirenas.

Tuve que reírme. —Te estaba tomando el pelo. Las sirenas no pueden tener sexo con humanos.

—Antes de que entrara en el agua, idiota.

—Ah —dije—. ¿Y cuando salió?

—Ella decía que nunca salió.

—¿Entonces piensas que aún sigue allí? Amigo, cuando los ricachones descubrieron que el agua tenía mal olor y era muy ruidosa, abandonaron esa vida. Si no salió, está muerto.

Yo observaba la basura que estaba cerca de nosotros, cuando de pronto descubrí lo que había encendido la chispa de su pensamiento. Las sirenas habían vuelto. Se desplazaban a lo largo del borde de la red. Cuando tironearon de ella, la red se estremeció.

—¿Qué están haciendo? —pregunté.

—La picotean —dijo Niko—. He estado observando. Arrancan trocitos. No sé para qué.

—No las vimos cerca del Botín. ¿Por qué?

Niko se encogió de hombros.

—Tal vez tanta basura es demasiado tóxica para ellas. Tal vez por eso tampoco vimos ningún pez por allí. Aquí hay menos. Tolerable.

Jorge Felipe puso los pies sobre la cubierta.

—Tenemos que alejarlas —dijo, mirando nuestro cargamento con el ceño fruncido.

—No —protestó Niko—. Hay muy pocas. En todo caso, se llevan el material suelto que resulta un lastre. Puede que hasta nos permitan navegar más rápido.

Jorge Felipe le lanzó una mirada calculadora. La misma que les había lanzado a los turistas. Pero lo único que dijo fue:

—Está bien. Si hay algún cambio, háganmelo saber.

Se marchó. Nosotros nos quedamos escuchando el canto de las sirenas.

Pensé en estirar el brazo para tomar a Niko de la mano, pero ¿qué hubiera logrado con eso? ¿Y si él retiraba la mano? Finalmente, regresé adentro para verificar la trayectoria.

 

* * *

 

Llegada la noche, las sirenas eran tan abundantes que se veía que el Botín se encogía, se disolvía como una tableta en el agua.

Jorge Felipe salió con su arma.

—¡No! —dijo Niko.

Jorge Felipe sonrió. —Si no quieres que les dispare, Niko, restaré lo que se están llevando de la parte que te toca. Si aceptas que todo lo que quede es mío, no les tocaré una escama.

—De acuerdo.

—Eso no es justo —objeté—. Él trabajó en la carga tanto como nosotros.

Jorge Felipe apuntó el arma hacia el agua.

—Está bien —me dijo Niko.

Pensé para mis adentros que compartiría mi parte con él. No me alcanzaría para la Elección, pero cubriría la mitad. Y Niko quedaría en deuda conmigo. No estaba nada mal.

Ya sabía cuál sería mi Elección. A Niko le gustaban los chicos. A mí me gustaba Niko. Una ecuación simple. Se supone que la Elección te permite hacer justamente eso. Elegir el sexo que quieras, cuando quieras. No aceptar ninguno a la fuerza cuando no estás listo.

El María Magdalena ve todo lo que ocurre dentro del rango de las cámaras de cubierta. No sé por qué me sorprendí cuando regresé a la cabina y me dijo:

—Te gusta Niko, ¿verdad?

—Cállate —dije. Miré la pantalla. Las sirenas titilaban allí como sombras de carne y hueso.

—No confío en Jorge Felipe.

—Yo tampoco. Pero igual quiero que te calles.

—Lolo —dijo—. ¿Alguna vez me perdonarás por lo que ocurrió?

Extendí la mano y apagué su voz.

 

* * *

 

No obstante, cuando Jorge Felipe hizo su movida me tomó por sorpresa. Había encendido el piloto automático, decidida a echarme una siesta en la hamaca. Cuando desperté, lo descubrí revisando mi ropa.

—¿Qué recogiste, eh? ¿Qué encontraste en el agua? —siseó. Su aliento apestaba a café rancio, a cigarrillos y a acidez metálica.

—No encontré nada —dije, apartándolo de un empujón.

—¿Es verdad lo que dicen, eh? Ni verga ni coño. —Me hurgó con los dedos.

Traté de gritar, pero me tapó la boca con la otra mano.

—Todos queremos este dinero ¿eh? —dijo—. Pero yo lo necesito. Tú puedes seguir con tu vida de anormal, corriendo tras Niko a lo tonto. Y él puede seguir avanzando en su ruta al fracaso. Yo saldré de aquí. Pero supongo que no quieres que nadie se meta contigo. Dame tu parte o te dejaré más arruinada de lo que ya estás.

Si yo no hubiese apagado su voz, el María Magdalena me habría advertido. Pero en el pasado nunca me había advertido.

—¿Vas a ser buena? —preguntó Jorge Felipe. Asentí. Me soltó la boca.

—Nadie volverá a navegar contigo, nunca más.

Rió. —El mundo es muuuuucho más grande que este lugar, chicoca anormal. Con el dinero me compraré un pasaje para salir de aquí.

Recordé el arma. ¿Hasta dónde llegaría para asegurarse ese pasaje?

—Está bien —dije. Mi boca tenía el gusto de las manchas de tabaco de sus dedos.

Sentí sus labios calientes en mi oreja.

—OK, chicoca. Sé buena y yo seré bueno.

Oí que la puerta se abría y se cerraba cuando se marchó. Temblando, me desenredé de la hamaca y fui hasta la consola del timón. Encendí la voz del María Magdalena.

—No puedes confiar en él —me dijo.

Me reí, con un tinte de pánico en la voz.

—Vaya novedad. ¿Existe alguien en quien pueda confiar?

Si hubiese sido humano, me habría respondido: «Yo».

Pero, por ser una máquina, actuó con más sensatez. Sólo se escuchó el silencio.

 

* * *

 

Cuando era pequeña, adoraba al María Magdalena y estar a bordo. Imaginaba que era mi madre, que cuando mami murió había elegido no ir al Cielo, sino poner su alma en el barco para cuidarme.

También adoraba a mi tío. Me dejaba timonear el barco, sentada en sus rodillas; me dejaba correr por la cubierta, revisando las líneas y verificando que la bordada estuviera despejada; me dejaba pescar tiburones y mantarrayas. Una vez, volviendo a casa, bajo el puente General Domingo, señaló el agua.

Al principio, parecían enormes burbujas marrones que ascendían a la superficie. Luego me di cuenta de que eran mantarrayas, quizás un centenar, que nadaban entre las olas.

Iban a algún sitio, no sé dónde.

Mi tío esperó hasta que cumplí los trece. No sé por qué. Cuando los cumplí era tan flaca y sin formas como el día anterior, el último de mis doce años. Me llevó a navegar en el María Magdalena y esperó hasta que estuvimos mar adentro.

Me violó. Cuando terminó, me dijo que si lo denunciaba lo meterían en la cárcel. Mi abuela no tendría a nadie que la mantuviera.

Al día siguiente, presenté mi solicitud en la Agencia Libre. Fui a la clínica y les dije lo que me habían hecho. Que había sido un desconocido y que quería transformarme en Sin Género. Trataron de convencerme de lo contrario. Están obligados legalmente a hacerlo, pero fui inflexible. Me hicieron caso y después viví en la calle algunos años. Hasta que vinieron a avisarme que mi tío había muerto. El María Magdalena, el que había permanecido en silencio, era mío.

Escuchaba a Jorge Felipe en la cubierta, tocando el acordeón otra vez. Me pregunté qué estaba haciendo Niko. Mirando las sirenas.

—No sé qué hacer —me dije. Pero respondió el barco.

—No puedes confiar en él.

—Dime algo que no sepa —respondí.

En la pantalla, las sombras borrosas de las sirenas intersectaban la tenue línea de la basura. Me pregunté qué querían, qué hacían con el plástico y la tela que nos arrebataban. No me imaginaba que alguien pudiera conservar algo en las profundidades del mar, salvo el agua en sus agallas y la sangre en sus venas.

Cuando Jorge Felipe entró para hacer café, me acuclillé junto a Niko, que seguía contemplando a las sirenas. Dije con apremio:

—Niko, puede que Jorge Felipe intente algo antes de llegar a tierra firme. Quiere tu parte y la mía. También le gustaría quedarse con el barco. Es un cabrón codicioso.

Niko miraba fijamente el agua.

—¿Crees que mi padre está allí?

—¿Estás drogado?

Tenía las pupilas grandes como platos. En la cubierta, a su lado, había un jarro de café.

—¿Jorge Felipe te trajo eso?

—Sí —dijo. Estiró la mano para tomarlo, pero yo arrojé lo que quedaba por la borda.

—Vuelve a tus cabales, Niko —dije—. Puede ser de vida o muerte. Nos faltan dieciséis horas. No intentará nada hasta que estemos a pocas horas de llegar. Es perezoso.

No sabía si me había comprendido o no. Sus mejillas estaban inflamadas por el sol. Entré, busqué la vieja gorra de béisbol de mi tío y se lo llevé. Estaba balanceando un brazo por encima de la barandilla. Lo agarré; lo hice retroceder.

—Te morderán o te arrastrarán —le dije—. ¿Me entiendes?

Jorge Felipe salió de la cabina, sonriendo.

—¿La pasas bien, Niko? ¿Quieres ir a visitar a papá, a chapotear? —Agitó los dedos frente a Niko.

—¡No digas eso! —dije—. No lo escuches, Niko.


Ilustración: Valeria Uccelli

Detrás de nosotros, algo agitó en el agua y todos nos volvimos. Era una sirena enorme, con la mitad del cuerpo fuera de la superficie, arrojándose sobre la masa de basura. Yo no tenía idea de lo que estaba tratando de hacer. ¿Agarrar algo? ¿Aparearse con ese algo?

El arma se disparó. La sirena cayó hacia atrás, mientras Niko gritaba como si la bala le hubiera dado a él. Giré y vi el arma apuntando a Niko; estalló el disparo y no pude hacer nada. Niko se sacudió y cayó hacia atrás, sobre la maraña de la red de carga.

Sus manos golpearon el agua como pájaros moribundos. Algo lo arrastró hacia abajo, quizás las sirenas, quizás tan sólo el lastre de la red.

Traté de sujetarlo, pero la mano de Jorge Felipe me aferró del cuello, empujándome hacia atrás con un fuerte golpe en la garganta. El dolor me dobló en dos, al tiempo que intentaba recuperar el aliento a pesar del ardor de la contusión.

—Qué pena lo de Niko —dijo Jorge Felipe—. Pero a ti te necesito para que sigas piloteando. Entra y no te metas en problemas. —Me empujó hacia la cabina y yo entré trastabillando, alejándome del viento y del ruido del agua.

Me detuve, tratando de respirar, con las manos apoyadas en las paredes de madera. Me pregunté si Niko se habría ahogado rápidamente. Me pregunté si era así como Jorge Felipe planeaba matarme. A mi alrededor, el barco zumbaba y gruñía: sonidos mecánicos que alguna vez me habían parecido tan seguros como el vientre de mi madre.

Aguardé a que el barco dijera algo, cualquier cosa. ¿Estaba esperando que le pidiera ayuda? ¿O sabía que no podía hacer nada?

Por debajo del zumbido, escuché el canto de las sirenas, un gemido cuyos ecos atravesaban el metal se entremezclaba con el rumor habitual del María Magdalena.

Cuando le pregunté cuánto faltaba, el barco no fingió que no entendía la pregunta.

—Quince horas, veinte minutos.

—¿Hay armas a bordo de las que no estoy enterada? —Me imaginaba que mi tío debía de tener algo, cualquier cosa. Un lanzador de arpones o un cuchillo para tiburones. Algo vil, letal y masculino.

Pero el barco respondió que no. Con la misma voz inexpresiva de siempre.

En ese momento hubiera podido echarme a llorar, pero eso era cosa de chicas. Yo era más que eso. Era la dueña del María Magdalena. De algún modo, mataría a Jorge Felipe y vengaría a mi amigo.

Cómo, no lo sabía.

Afuera se escuchó un chapoteo; había algo atrapado en la red. Salí, dándole un empujón a la puerta, y vi que Jorge Felipe observaba el agua. Pasé junto a él, apartándolo de un empellón, sin saber si él me lo impediría. Después, sus manos aparecieron junto a las mías y me ayudó a subir al barco al sofocado Niko.

—Bienvenido otra vez, hombre —dijo, mientras Niko caía sobre sus manos y rodillas, vomitando agua y bilis sobre la cubierta.

Por un instante, pensé que todo saldría bien, por supuesto. Jorge Felipe había reconsiderado su plan de matarnos. Llegaríamos al puerto, venderíamos el cargamento, le daríamos su dinero y cada uno se marcharía por su lado.

Vi que adivinaba mis pensamientos. Lo único que hizo fue apoyar la mano sobre el arma y sonreírme. Advirtió que yo volvía a tener miedo y eso lo hizo sonreír más.

Detrás de mí, Niko jadeaba y escupía. Había otro sonido además de los susurros y golpes del oleaje. El María Magdalena, murmurando, murmurando. ¿Qué le estaba diciendo? ¿Qué estaba pasando por su mente, qué había visto durante ese tiempo bajo el agua? ¿Las sirenas, con sus ojos blancos como el invierno, habían venido a contemplar su rostro? ¿Su padre estaba entre ellas, enloquecido por el solipsismo y las canciones marinas, mirando a su hijo sin ningún pensamiento en la cabeza?

Me quedé quieta, bajo la mirada de Jorge Felipe. Si me encerraba en la cabina, ¿cuánto tardaría él en romper la cerradura? Pero cuando avancé hacia la cabina me detuvo con un gesto.

—Ahora no—dijo. Su tono de arrepentimiento, pensé, era más por el tiempo que tendría que pasar despierto frente al timón que por cualquier otra cosa.

El barco murmuraba, seguía murmurándole algo a Niko. ¿Por qué no me había alertado? Debía de saber lo que se estaba gestando, como una tormenta en el horizonte. Seguramente, yo no era la primera.

Comencé a girar hacia Jorge Felipe, con la voz del María Magdalena susurrándole a mis nervios como una lamparilla de luz estropeada. Luego, el peso se desplazó en la cubierta: Niko chapaleando hacia delante, agarrando a Jorge Felipe, trastabillando hasta que ambos cayeron al agua, en medio de un hervidero de redes y sirenas.

 

* * *

 

En un cuento de hadas, las sirenas habrían traído a Niko de vuelta a la superficie, dejando a Jorge Felipe en las profundidades, mordiéndolo con sus afilados picos de papagayo. En algunos cuentos de cuando los delfines aún vivían, ellos rescataban a los marineros que se ahogaban. Y las ballenas les hablaban a los barcos pesqueros, nadando a su lado bajo un cielo límpido y estrellado, en aguas donde no cantaba ninguna sirena.

Pero, en este caso, nadie volvió a la superficie. Describí grandes círculos con el barco, haciendo girar la red de carga una y otra vez. Finalmente, le dije al María Magdalena que nos llevara a casa. Había comenzado a llover: la lluvia abundante y sombría que indica que el invierno está a un paso.

Saqué los patitos amarillos de mi bolsillo y los puse sobre la consola. ¿Qué pensaba Jorge Felipe que había encontrado? Contemplé la pantalla, el lento desplazamiento y alboroto de los huesos de la tierra, en las profundidades de las aguas frías.

—¿Qué le dijiste a Niko? —pregunté.

—Le dije que su padre sería asesinado si no lo defendía de Jorge Felipe. Y activé mis ultrasónicos. Actuaron sobre su sistema nervioso.

Me estremecí. —¿Es eso lo que yo también sentí?

—No tiene efectos prolongados.

—Gracias —dije. Me serví un café con tres sobres de azúcar y crema en polvo. Cuando lo saqué del microondas, estaba casi demasiado caliente para beberlo, pero de todos modos envolví el jarro con los dedos, agradecida por ese calor.

Podría haber dormido. Pero cada vez que me acostaba en la hamaca sentía el olor de Jorge Felipe y pensaba que lo escuchaba salir del agua y subirse al barco.

Finalmente, salí y observé el agua desde popa. El María Magdalena encendió la radio: un suave ritmo de salsa con palabras que yo no entendía. Comenzó a llover y escuché el sonido de las gotas cayendo sobre la cubierta, a mi lado, y golpeteando el trozo de plástico que me puse sobre la cabeza.

Para cuando llegamos al puerto, las sirenas se habían llevado todo lo que estaba en la red, excepto unas marañas de algas. Tendría suerte si podía recuperar el costo de una taza de café, y mejor no hablar del combustible que había gastado. No importaba. En unas cuantas temporadas más tendría el dinero que necesitaba, si era cuidadosa. Si no ocurrían más desastres.

No encontré ninguno de los dos cuerpos en la red. Tal vez el padre de Niko se había llevado el suyo.

El viento y la lluvia casi me hacían caer de la cubierta mientras miraba el agua. La red verde se contorsionaba en la oscuridad, como una culpa apenas visible.

Cuando me iba, el María Magdalena exclamó, como no se había atrevido a hacerlo en años:

—¡Que duermas bien, Lolo! Mis saludos a la abuela Fig.

Me detuve y me volví a medias. Casi no veía sus contornos a través de la lluvia torrencial.

A veces, me imaginaba que le prendía fuego. A veces, me imaginaba que lo llevaba a un arrecife y le perforaba el casco. A veces, me imaginaba que las olas, o un terremoto, o un gran toro rojo que escapaba en estampida por lo calle lo hacían trizas.

Pero el invierno era largo y me sentía muy sola cuando me sentaba en casa con mi abuela. Más sola que cuando pasaba el tiempo navegando con él, atormentada por la música de las sirenas.

—Buenas noches, María Magdalena —le respondí.

 

 

Título original: The mermaids singing each to each © Cat Rambo – Traducción: Claudia De Bella © 2011.

 

 

Cat Rambo es una escritora de ciencia-ficción y fantasía estadounidense. Sus trabajos han aparecido en las revistas Asimov, Weird Tales y Strange Horizons entre otras. Su colección de cuentos, Eyes Like Sky y Coal And Moonlight, fue publicada el año pasado por Paper Golem Press. «The Mermaids Singing Each to Each» apareció originalmente en Clarkesworld Magazine.

Pueden leer en Axxón LA MARCHA NUPCIAL DE LA NIÑA MUERTA.


Este cuento se vincula temáticamente con DESDE MIS OJOS UNA VIDA, de Jonathan Minila; LA CAZA DE LA BALLENA, de E. Verónica Figueirido y MUJER PEZ, de Martín Panizza.


Axxón 220 – julio de 2011

Cuento de autor norteamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Bio-ingeniería : Inteligencia artificial : Estados Unidos : Estadounidense).

Una Respuesta a “«Las sirenas cantándose entre sí», Cat Rambo”
  1. ¡Superb! ¡Y con lo que me gustan las sirenas/ninfas/dríadas!
    Cordialmente,
    Yo.

  2.  
Deja una Respuesta


           Â