«Ficción Breve (ochenta y dos)», varios
Agregado el 1 agosto 2026 por Marcelo Huerta San Martín en 313, Ficciones
En este número retomamos nuestra antigua costumbre de publicar relatos breves en un ramillete. Pasen y vean, y si algún lector tiene algún texto propio de breve extensión, no dude en enviárnoslo para que lo evaluemos.
Hágame sentir algo
Daniel Omar Cignacco
Carlos suspiró. El problema no era la falta de material. Su bandeja de entrada rebosaba de archivos comprimidos y archivos .txt cargados de visiones futuristas. El problema era la ejecución.
Axxon no leía los cuentos; los padecía.
Había recibido un relato sobre una colonia en Europa donde el oxígeno se pagaba con recuerdos. Apenas terminó el primer párrafo, el aire de su habitación se volvió gélido y metálico. El sabor dulce de su infancia desapareció de su boca, dejando un rastro de ceniza y ozono. Tuvo que borrar el archivo antes de olvidar el nombre de su madre.
La última entrada
Hizo clic.
Título: El Laberinto de los Espejos Digitales
Carlos Axxon no sabía que el blog era, en realidad, un órgano digestivo…
Axxon se enderezó en la silla. El cuento hablaba de él. Sus dedos empezaron a hormiguear, transformándose en extensiones de fibra óptica que se hundían en el teclado.
El Descenso
—Es solo un cuento, es solo una estructura narrativa— se dijo a sí mismo, pero las palabras de Cignacco eran ganchos.
En el relato, el personaje de Carlos descubría que cada colaboración rechazada era una vida que él había consumido para alimentar su propia existencia estática. El blog no era una plataforma de difusión, era una trampa ontológica.
El Punto de No Retorno
«Carlos comprendió entonces que para publicar el cuento, debía dejar de ser el editor. Debía convertirse en la tinta.»
El cuento de Cignacco llegaba a su fin. Carlos sentía la presión del punto final aplastándole el pecho. Si no publicaba, el relato quedaría en un limbo, y él con él. Pero si lo publicaba, el mundo entero leería su desaparición.
Con un esfuerzo sobrehumano, movió el cursor hacia el botón de «Publicar».
Post Scriptum
En la habitación de Carlos Axxon no había nadie. Solo una terminal encendida donde un cursor titilaba sobre una página en blanco. En la papelera de reciclaje, un pequeño archivo llamado carlos_axxon.obj esperaba ser borrado definitivamente.
El blog finalmente tenía una publicación, pero ya no quedaba nadie para moderar los comentarios.
Daniel Cignaco ha publicado:
Títulos extraviados en Cabra Corral (Editorial Dunken, poesía), Física, Reacción y Delirio (La Palabra Mágica, poesía), El decir textual: Antología II (De los Cuatro Vientos, Antología), La lenta obsesión (Editorial Dunken, Antología), Radiosa Ambigüedad (Ediciones La Iguana, poesía), Detrás de la palabra (Editorial Dunken, Antología), ¿Quién dio vueltas cruces? (Bubok, poesía), El colombófilo de Flores y la cifra infinita (Bubok / DeLibrista, Narrativa), El fin de la resistencia (Bubok, poesía)
La partida
Francisco Salvatierra
En el aire se podía sentir la tensión. No muchas veces alguien se jugaba todo o nada contra la Muerte.
El croupier lo sabía. Había sido testigo en innumerables ocasiones. Llevaba años trabajando para ella.
Levantaron las cartas.
El croupier detectó un pequeño gesto en el rostro del hombre. Casi insignificante. Pero suficiente. Había ligado una buena mano.
Sus años de experiencia le daban esa ventaja. Se preguntó si la Muerte lo habría notado o si estaba absorta en su propia partida.
Ahora la Muerte miraba fijamente al hombre, como intentando anticipar su próxima jugada.
El hombre, por su parte, no levantaba la vista de la mesa. Estaba completamente intimidado.
La Muerte se acomodó en su asiento mientras encendía un cigarro. Parecía no tener ninguna prisa.
El hombre, en cambio, estaba nervioso. No disfrutaba de la partida.
Ambos jugaron bien sus cartas.
Finalmente, el hombre cantó:
—Póker de ases.
Aun sabiéndose ganador, seguía tenso. No sabía qué ocurriría a continuación. Esperaba instrucciones.
El croupier, en silencio, observaba la escena desde un costado de la mesa.
La Muerte dio una pitada, soltó el humo y, tras una breve pausa, dijo:
—Puedes irte. Ya nos volveremos a encontrar.
El hombre se levantó de inmediato y salió de la habitación sin hacer preguntas.
El croupier comenzó a recoger las cartas. Miró a la Muerte con gesto dubitativo.
Ella, sin mirarlo, habló:
—¿Qué pasa, viejo compañero? Te noto intranquilo.
El croupier dudó un instante antes de responder:
—Esa partida… podrías haberla ganado varias manos antes. Él no tenía posibilidades de ligar ese póker.
La Muerte volvió a llevarse el cigarro a la boca. Aspiró profundo y soltó una risa leve.
—Ay, querido croupier… aún te queda mucho por aprender. A ese hombre le quedan años de sufrimiento. Y cuando llegue el momento… tendrá una muerte larga y dolorosa.
Hizo una pausa.
—Hoy solo he alargado su penuria.
El croupier terminó de juntar las cartas.
Entonces recordó:
Al final, la casa siempre gana.
Francisco escribe desde hace años, primero en fanzines musicales y ahora en narrativa breve.
Actualmente vive en Helsinki, donde pasa los inviernos escribiendo relatos de terror y otras historias oscuras mientras espera que vuelva el sol.
Estudió Comunicación Social en la UNR.
Cuando callaron
Mirta Castañeda
La IA le respondió:
«No te preocupes… eso ya comenzó.»
Sonrió —más por nerviosismo que por humor— cuando notó un silencio abrumador.
Levantó la vista. Los panelistas de la televisión ya no hablaban; estaban quietos, todos mirando a la cámara… observándola. Las miradas asustadas le transmitieron un temor casi infantil. Notó que los panelistas dirigían sus ojos hacia la entrada de su casa. Ella siguió su dirección.
Fue lo último que vio.






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