Revista Axxón » «La Visión del Paraíso», Pablo Dobrinin - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

URUGUAY

Para mi amigo Juan Manuel Candal

I

La bicicleta del anciano medía doce metros de largo por tres de alto. Gracias a un complejo mecanismo de pedales, cadenas, hélices, velas y alas membranosas, el buen hombre, de túnica raída y luenga barba, conseguía que el ingenio se elevara hasta una altura de trescientos metros y se paseara sobre el continente donde vivían los seres incivilizados. A veces el viento traía el sonido chirriante de la cadena mal aceitada, o el fatigado batir de alas, aún antes de que apareciera desde atrás de una blanca nube. Cuando esto pasaba, toda la gente dejaba lo que estaba haciendo y se detenía a observarlo. Era una mezcla de murciélago artificial y de sabio. Demasiado ridículo para ser un dios y demasiado atrevido para ser un hombre. Sin preocuparse por lo que los demás pensaran, y mientras el aire le refrescaba el rostro, el ciclista pedaleaba infatigablemente. Al divisar un grupo de personas, tomaba el cuchillo, cortaba las sogas, y una cantidad calculada de bolsitas caía como regalo del cielo. Después se pasaba el dorso de la mano por la transpirada frente, viraba, y se perdía en la inmensidad.

Había hecho este trabajo durante años, muchos más de los que podía recordar, y los efectos de ese esfuerzo comenzaban a hacerse sentir. En pleno vuelo notaba que las piernas se negaban a pedalear, y veía con preocupación cómo el aparato comenzaba a perder estabilidad.

Con una opresión en el pecho, se daba cuenta de que el mundo era cada vez más grande, y que ya no le sería posible llegar a la alta cascada, a las brumosas montañas, y mucho menos a los verdes valles que lo aguardaban detrás.

Frecuentemente lo tentaba la idea de descender, reponerse de la fatiga y proseguir la marcha, pero, tras recordar lo que le había sucedido en anteriores ocasiones, se le crispaban los músculos del rostro y volvía a pedalear con más decisión que antes.

A fuerza de sustos había aprendido que los salteadores estaban siempre al acecho. En cierta ocasión, mientras volaba sobre un monte, un grupo de nativos ocultos entre el follaje había intentado derribarlo lanzándole piedras. Eran tan codiciosos que no se conformaban con los obsequios que él les daba. Parecían dispuestos a matarlo con tal de quedarse con su bicicleta voladora y su preciado cargamento. Lo querían todo y de una vez.

La «carga» provocaba en los hombres una dependencia que los volvía cada vez más agresivos e irracionales. Pero no todos estaban interesados en ella. Desde hacía más de dos décadas, venían naciendo sujetos a los que el contenido de las bolsitas no los afectaba. Al llegar a la edad adulta sólo querían una cosa: matarlo. «El líder» era el más peligroso. Se distinguía claramente del resto por su andar decidido, su llamativa corpulencia, y porque siempre iba armado con un largo palo que terminaba en punta.

Más allá de los peligros que hubiese sorteado, cuando después de una ardua jornada el anciano regresaba cruzando el cielo anaranjado, nada le agradaba más que ver a cientos de palomas removiéndose como ávidas manos.

Con una sonrisa en el rostro, apuntaba la parte delantera de su máquina voladora hacia abajo, y tras ajustar unas llaves y aflojar las velas, planeaba y comenzaba a descender.

Al tiempo que el vehículo se deslizaba sobre la gramilla que cubría su isla, una multitud de aves se apartaba para permitirle pasar. Mientras las observaba, su mente era asaltada por un pensamiento recurrente. Así estuvo semanas pedaleando una idea, y un día se sintió tan cansado que la misma se le impuso con la fuerza de una obligación.

Guardó el ingenio volante en un galpón de madera, a salvo de las inclemencias del tiempo, junto a objetos de dudosa utilidad que había obtenido de distintos naufragios. Atravesó el bosque, fue hasta la playa y se refrescó en las limpias aguas. Luego empezó a caminar hacia su morada. En el trayecto las palomas se le cruzaron una y otra vez.

La torre cilíndrica, de piedras azules, que se erguía en el centro de la isla, tenía un diámetro de nueve metros y se elevaba unos treinta. Ingresó por una puerta de madera que había en la base. Desde allí tenía acceso a una escalera de caracol que lo comunicaba con los tres pisos de la edificación, y a otra escalera que conducía a un pasaje subterráneo.

El olor a humedad era común a todas las instalaciones, pero se tornaba más fuerte en la parte inferior. Miró un segundo en esa dirección, pero se dijo que podría ir en otro momento y comenzó a subir. En el primer piso tomó un vaso de agua y comió una manzana. Después fue hasta el segundo, donde tenía el dormitorio. Apoyó la cabeza en la almohada y se quedó un rato mirando el techo. Se durmió pensando en las palomas.

II

Despertó con el gorjeo de las palomas. Se lavó la cara con el agua de una vasija y asomó la mitad del cuerpo por la ventana del cuarto.

Faltaba poco para la primavera. Las aves se buscaban entre ellas, desplegaban sus alas blancas en el cielo, comían las semillas que el viento esparcía sobre el pasto, volaban hacia la costa en busca de restos de pescado o picoteaban las frutas de los árboles. Desde el océano soplaba una brisa que reanimaba el espíritu.

El anciano se calzó unas sandalias y fue hasta la cocina. Tomó una taza de té, que acompañó con unos orejones de durazno. Luego, sobre la misma mesa que había desayunado, con unos trozos de género, aguja e hilo, armó una media docena de bolsitas. Fue hasta un rincón de la cocina, metió una cuchara en una bolsa grande y de ahí sacó unas grageas azules. Llenó con ellas las bolsitas, puso todo en una cesta de mimbre y salió de la Torre.

Caminó unos trescientos metros y se internó en el bosque.

Las palomas se posaban sobre sus hombros y espalda, como saludándolo. Él sonreía, porque aquello era una de las cosas que lo hacían sentirse parte de la isla. En su fuero íntimo sabía que en ningún otro lugar físico podría ser más feliz.

Los árboles estaban repletos de frutas. Había peras, duraznos, ciruelas, tangerinas. Los zapallos, las sandías y las uvas crecían maravillosamente en la isla, atrayendo a cientos de aves, y estimulando la reproducción de los animales del bosque. Descubrió lo que necesitaba junto al tronco de un manzano. Con la debida delicadeza, para no arrancar las raíces, juntó unas flores azules y pequeñas, las puso en la cesta y siguió adelante.

En el camino se le atravesaron no menos de cuatro o cinco conejos. Todavía recordaba el día no tan lejano en que había traído un par del continente. Ahora parecían estar por todos lados.

Después de dejar atrás el cinturón de árboles, llegó a la playa.

El aire salobre le despeinaba los largos cabellos. Se quitó las sandalias y caminó un rato por la arena, disfrutando el agua espumosa en los pies.

Allí estaba la mayor concentración de aves. Se posaban, como un resplandor helado, sobre los cascos derruidos de barcos que habían encallado hacía mucho tiempo. Tal vez las corrientes marinas fueran en cierta medida las causantes de tantos naufragios. Sin embargo, para el anciano parecía muy claro que la responsable era una fuerza muy superior.

Abrió los brazos en cruz, y en poco tiempo se le llenaron de palomas. Tomó una de ellas, y procurando no asustarla, le ató una bolsita en una de las patas. La colocó en la arena y observó atentamente su reacción. Al principio arañó el suelo, luego intentó liberar la carga con el pico. La volvió a tomar entre sus manos, la acarició, y le dijo al oído:

—Quiero que lleves este paquete a los hombres del continente. No tengas miedo, confía en mí.

Luego le ató un anillito en la restante pata, para poder identificarla más adelante. La soltó y ella se perdió mar adentro. Repitió este procedimiento hasta que ya no tuvo más bolsitas.

Cuando regresó a la Torre fue hasta la cocina, puso las flores en un mortero, agregó un polvillo fino y comenzó a machacar. Al cabo de un rato obtuvo unos pigmentos azul pastel, que guardó en un pequeño recipiente.

Después sintió hambre. Había pasado más tiempo del que tenía previsto con las palomas, y ya el estómago lo reclamaba. Le parecía recordar que aún le quedaban algunas fetas de carne salada, pero al revisar la despensa no encontró más que frutas y especias.

Tomó el recipiente de pintura, y comenzó a subir por la escalera de caracol. Al llegar al tercer piso, abrió el ventanal para tener una mejor visión y permitir que el aire acariciara los manuscritos que poblaban su biblioteca.

Colocó el frasco de pintura junto a otros similares que tenía en su escritorio, cerca de los pinceles, las tintas, las plumas, los lápices, y los demás enseres que empleaba para la ilustración. Luego se concentró en un sector de la pared circular, donde estaba colgada toda suerte de artilugios fabricados por él mismo o rescatados de antiguos naufragios. El trabajo de años se acumulaba allí de forma desordenada: instrumentos para medir la distancia y altura de los astros, un telescopio, un espejo, un reloj de péndulo, esculturas de madera, muñecos mecánicos, herramientas que servían a fines tan específicos que probablemente nunca volvieran a ser utilizadas, objetos que no era más que partes de cosas que nunca había terminado, armas de todo tipo, ruedas, hélices, mástiles de velas, un par de alas de repuesto para su máquina voladora, y hasta un ventilador a pedal, que hubiese hecho transpirar más de la cuenta a aquel que se atreviera a utilizarlo.

Miró atentamente las armas. Debía ser muy cuidadoso en la elección, porque ahora era un anciano, y no todas le servían. Algunas eran sumamente efectivas, pero también muy pesadas. Otras eran livianas, pero de escasa potencia. Se encontraba en un momento de su vida en que la fuerza y la velocidad debían ser suplidas con destreza y técnica. Dedicó varios minutos al estudio de las diferentes alternativas y, finalmente, escogió una ballesta mediana. Se acomodó a la espalda un carcaj y partió al bosque.

Una hora más tarde regresó con un conejo grande. Lo desolló, saló la carne que no iba a comer ese día, y guardó la piel para en un futuro tapizar el asiento de su bicicleta voladora. Cortó en trozos pequeños una parte del animal, y con papas, zanahorias, cebolla, y unas especias, se preparó una deliciosa cazuela que acompañó con un poco de vino.

Después del almuerzo se acostó a pensar, pero no tardó en dormirse.

Cuando despertó ya era de noche. Cumplió con algunas necesidades elementales, se lavó la cara y subió al tercer piso de la Torre. Encendió un candelabro de tres velas y tomó un libro de la biblioteca, en el que pacientemente había escrito la posición anual de los astros. Se acercó a la ventana y miró el cielo estrellado. Observando alternativamente el manuscrito y el firmamento, se dijo que cada vez faltaba menos para el Gran Día. Luego cerró el libro y contempló la bóveda celeste. Ningún libro de efemérides sería capaz de expresar el encanto de aquel concierto de lucecitas que buscaban su frente, ni tampoco el fabuloso misterio de la creación, las dimensiones ocultas y el destino del hombre. Pero para eso estaba él.

III

La luz de la mañana lo encontró otra vez en la playa, atando bolsitas en las extremidades de las palomas. Trabajó hasta completar una docena de envíos.

Sus cabellos largos y finos, y su túnica descolorida y algo rota en los bajos, se agitaban en el viento, mientras caminaba por la arena. «¿Dónde están?», se preguntaba. «¿Dónde? ¿Por qué no han regresado las palomas que envié ayer?».

Almorzó liviano, ya que tenía intención de dibujar.

Fue hasta el tercer piso de la Torre, y una vez allí se dirigió a la biblioteca. Había escrito libros sobre aquellos temas que habían atrapado su atención desde que llegara a la isla: las virtudes terapéuticas de las plantas, la comunicación con los animales, el espacio y sus misterios, y la fuerza poderosa y oscura que hacía de aquel lugar un singular vergel y estimulaba las facultades mentales. También se había hecho un tiempo para redactar agudas especulaciones en torno al destino y a los códigos invisibles de la naturaleza. Pero sin lugar a dudas, lo que más había absorbido su atención era un libro titulado «La Visión del Paraíso». Llevaba decenas de años trabajando en él y aún no lo había terminado. Tomó una carpeta verde donde guardaba los folios, y, con intención de continuar donde había dejado, se sentó en el banquito que estaba detrás del escritorio. Repasó las más de cien páginas que llevaba realizadas. La tinta no se había corrido, la caligrafía era elegante y firme, y los dibujos se ajustaban a lo que su memoria le dictaba. Era un trabajo correcto, aunque razonaba que la perfección era imposible, tratándose de una materia tan sutil como la que lo mantenía ocupado. Por otro lado, también estaba la dificultad adicional de escribir de modo tal que el contenido del manuscrito no pudiese ser comprendido por seres profanos. Sólo aquel a quien la providencia designara sería tras su muerte el encargado de leer y, sobre todo, interpretar los extraordinarios conocimientos que allí se escondían.

El anciano sabía que el mundo no se reducía a las tierras pobladas por seres incivilizados y belicosos, sobre las que él arrojaba la carga. Lejos de ese primitivo continente, estaba el mundo que él alguna vez había conocido: una isla enorme, floreciente de maravillas técnicas, aunque todavía ignorante de los profundos secretos espirituales que a él se le habían revelado. Sí, más allá de las tierras rojas, de los mares helados y las cumbres donde nadie vivía, existía una sociedad que algún día podría apreciar su trabajo. Por ella, por los hombres del futuro, y por una voluntad innata que lo llevaba a buscar las supremas verdades del Universo, es que habría de proseguir con aquella actividad. Seguiría investigando hasta el día en que las aves del destino trajeran en sus picos el hielo para fabricar la muerte.

Con el fin de pintar el último dibujo que había agregado al manuscrito, tomó un frasquito y colocó un poco del azul pastel que había preparado recientemente. Para fijar los pigmentos le agregó clara de huevo. Mezclándolo con blanco, en varios recipientes, obtuvo distintas tonalidades. Luego, parsimoniosamente, comenzó a colorear los árboles.

«Sí», pensó con una mesurada felicidad. «Se parece al bosque que he visto».

Al tercer día de haber iniciado la experiencia, todavía no había regresado ninguna de las aves. Lo pasó tan preocupado que hasta se olvidó de almorzar. Por la tarde, para distraerse un poco, volvió a sus libros. Mientras ojeaba por enésima vez la carpeta de tapas verdes, y cuando ya la tarde declinaba, recibió una sorpresa.

Al levantar la vista del libro, descubrió a una de sus amigas.

Estaba de perfil, apoyada en el alféizar de la ventana. No tenía la bolsita, pero el anillo se distinguía claramente.

Sonrió y con la torpeza que da la impaciencia, se levantó del banquito y fue hacia ella.

Al acercarse, la sonrisa se transformó en un gesto de dolor.

La paloma emitió un sonido opaco y pareció recostarse contra el marco de la ventana. Tenía la mitad del cuerpo en carne viva, como si hubiese recibido un golpe brutal.

El anciano miró atónito, sin poder creer que alguien fuese capaz de cometer una maldad semejante. Con mucho cuidado, la tomó en la palma de su mano. Estaba tibia de sudor y el corazón parecía a punto de estallarle en el pecho. Torció la cabeza floja hacia un costado y se quedó quietita. Parecía haber recorrido decenas de kilómetros sólo para ir a morir junto a él.

«No», dijo el hombre con una mezcla de dolor y rebeldía. Bajó con la paloma la escalera de caracol y la llevó hasta la cocina. La colocó sobre unos paños mullidos, le dio agua con una cucharita y fue a buscar un ungüento para pasarle en las heridas.

Cuando regresó, el animal ya había cesado de respirar.

Lo tomó nuevamente entre sus manos, cerró los ojos, y lloró en silencio.

«No tengas miedo», recordó, «confía en mí».

Animado por un fuego interior, salió de la Torre, caminó raudamente hasta el galpón donde estaba la bicicleta voladora, ató las bolsitas que iba a utilizar y pedaleó con furia. El vehículo corrió sobre la pista de gramilla y se elevó en el cielo de la tarde.

No era seguro partir a esa hora, porque ya se apagaban los últimos resplandores del sol. Si bien la noche podía ayudarlo a pasar más desapercibido, también era cierto que necesitaba tener una buena visión, para movilizarse con más destreza y anticiparse a cualquier posible ataque.

Pero ya no había vuelta atrás. Soplaba un viento frío y oscuro, que se arremolinaba en el cielo. De modo implacable, la tierra se iba cubriendo de sombras.

Al cabo de un rato, se dio cuenta de lo difícil que le resultaba reconocer sitios por los que había pasado incontables veces. El mundo se veía tan distinto…

Un monte. Se parecía tanto al que acaba de pasar hacía apenas un momento. Y aquel arroyo, también era idéntico.

Tomó el cuchillo, cortó unas sogas y las bolsitas cayeron.

Pero no había gente. Una carga desperdiciada. Se había equivocado. Animales, sí, tal vez.

El viento era cada vez más frío, y la oscuridad mayor.

A medida que se cansaba y las brasas del odio se consumían, iba tomando conciencia de que había cometido una locura.

De pronto sintió un sacudón y escuchó un grito.

La máquina se inclinó hacia un costado. El anciano volteó rápidamente. Había una rama y una cuerda enganchadas en la parte trasera del vehículo. Estiró el brazo para liberar el inoportuno lastre, pero era imposible llegar hasta ahí. Escuchó un nuevo grito y miró hacia abajo. Un hombre tironeaba de la cuerda procurando derribarlo, mientras otros dos agitaban los brazos. Era increíble lo cerca que estaba de ellos. Jamás, en tantos años de hacer aquella labor, se había aventurado a volar tan bajo. Obviamente la falta de claridad le había jugado una mala pasada. Dejó caer una carga para ver si de esa forma lo dejaban en paz. Cuando las bolsitas llegaron abajo, uno de ellos las tomó y arrojó lejos.

El hombre tironeó nuevamente, y la máquina volvió a sacudirse. No podía ver su rostro, pero por la complexión física supo que era el líder. Había conseguido enredar una rama atada con una soga en la cola de su artefacto volador, y estaba a punto de hacerlo caer. Para hacer mayor fuerza mantenía enganchado el otro extremo en la saliente de una roca.

La bicicleta avanzó un poco. Pero no era libre, apenas había ganado unos metros de cuerda. Pronto la tensión se hizo extrema y se vio obligado a perder altura. Viró y emprendió una maniobra desesperada. Los hombres lanzaron unos gritos guturales cuando vieron que el enorme ingenio se les venía encima.

Justo antes de ser arrollados, se lanzaron hacia un costado. El vehículo descendió torpemente sobre la pradera y continuó arrastrándose por pura inercia. En la maniobra, la saliente de la roca se había partido, liberando a la cuerda. Sin embargo, el líder empecinadamente continuaba aferrado a la misma. El vehículo lo arrastró unos metros, raspándole los codos y finalmente dándole el rostro contra el suelo. Recién en ese momento el anciano se sintió libre, aprovechó el impulso, pedaleó con todas sus energías, y se elevó hasta el cielo. Le parecía mentira haber escapado con vida. Mientras pedaleaba de regreso en la oscura noche, tuvo la certeza de que algún día, seguramente no muy lejano, volvería a encontrarse con aquel enemigo.

IV

Cierta mañana, cuando regresaba del bosque con una cesta de frutas, reconoció a una de las palomas. Estiró el brazo y ella fue a posarse en él. No tenía la bolsita y no estaba lastimada.

«Bueno», pensó, «parece que después de todo los hombres están aprendiendo. Ahora podré seguirles mandando la carga».

Cuando entró en su morada separó algunas bolsitas y se dirigió a la bolsa grande, para extraer la necesaria cantidad de grageas azules. Quedaba muy poco, apenas si pudo llenar tres. Decidió ir por más. Tomó la bolsa vacía y fue hacia la escalera que iba hasta el subsuelo de la Torre. Encendió la antorcha que estaba en la entrada y comenzó el descenso.

El olor a humedad apenas era atenuado por el aceite que quemaba la antorcha. Mientras bajaba, su propia sombra se desdibujaba de modo siniestro en los escalones y las paredes de piedra.

Al llegar al piso continuó avanzando por un amplio corredor. Pasó frente a las jaulas y comprobó que todo estaba en orden: un recipiente para la comida, otro para el agua; los grilletes y las cadenas. En un sitio oculto también estaban las diademas que pronto serían utilizadas.

Continuó avanzando hasta encontrar un desnivel en el piso. Bajó el escalón y siguió caminando. Aquí y allá había viejas cajas y tablones de madera, que mantenían oculta buena parte del recinto. Desde el fondo llegaba una vibración asordinada y un olor dulce y penetrante. Sentía repulsión, pero un instinto oscuro lo impulsaba a seguir adelante.

Se agachó con la bolsa en la mano y empezó a recoger las grageas que había desparramadas.

La llama de la antorcha animaba figuras espectrales.

Mientras juntaba la carga que después sería enviada a las poblaciones del continente, un aroma pegajoso, que provenía desde la oscuridad, lo envolvió como una mano acariciante.

—¿Cuánto crees que falta? —preguntó una voz dentro de su mente.

Sin atreverse a voltear, el anciano respondió:

—Las estrellas dicen que el día está cercano. Yo te avisaré.

—Bien. Confío en ti. Nunca me has decepcionado.

—No lo haré —aseguró siempre con la vista fija en el suelo.

Después de llenar la bolsa, emprendió la retirada.

Antes de abandonar el desnivel, giró y le habló a la sombra que se movía en el fondo:

—He trabajado muy duro este año. Te aseguro que serás complacido.

Sólo le respondió un rumor áspero y entrecortado.

V

El anciano siguió mandando palomas, que luego regresaban sanas y salvas.

Aunque el ciclo de ese año ya estaba pronto a cumplirse, continuó con la misma labor, pensando en el año siguiente.

Su físico acusaba el paso del tiempo, pero la alegría de saber que había trabajado a conciencia y que no tardaría en cosechar los frutos le infundía unas ansias renovadas de vivir. El bosque se había poblado de mariposas, las hojas de los árboles y las plantas reverdecían en toda la isla; y él se sentía parte de un movimiento impostergable de la naturaleza.

Una noche, de pie en la cima de la Torre, observó con emoción el cielo estrellado.

Luego fue hasta la escalera de caracol y bajó uno a uno los treinta y tres escalones. Se dirigió al depósito, tomó la antorcha y avanzó por el corredor de piedra.

Cuando llegó hasta el fondo, se encontró, sin poder evitarlo, frente al único ojo de la criatura, que siempre lo había inquietado. De una prístina luminosidad, recordaba la mirada de un niño.

—El Gran Día está muy cerca —afirmó, intentando resistirse a su influjo.

—Lo sé —le respondió una voz dentro de su cerebro.

El anciano se acercó tímidamente.

Era cierto, él lo sabía, por los cambios que se habían producido en su cuerpo: despedía un olor más penetrante de lo habitual, y de la carne blancuzca surgían ahora unos apéndices afilados que brillaban en la oscuridad.

—Mañana dibujaré el círculo en la cima de la Torre —señaló el hombre.

Por toda respuesta, como si probara un arma, la criatura arañó el suelo con una de aquellas agujetas.

El hombre se retiró en silencio y fue a acostarse, deseando que llegara el nuevo día.

VI

Ilustración: Augusto Belmonte

Cuando el sol asomó en toda su plenitud, él ya estaba en su escritorio, con la carpeta de tapas verdes. Realizó una ilustración del ser que moraba en el depósito de la Torre, y se dedicó a escribir, en críptico lenguaje, lo que haría esa noche.

No había comido nada al levantarse, y tampoco almorzó.

A las tres de la tarde subió a la azotea de la Torre. Con pintura blanca y un pincel, dibujó un círculo de tres metros de diámetro. Adentro escribió un número y unas letras que servían para nombrar al que le infunde aliento a las cosas del mundo. Agregó también los signos de la tierra, del cielo, y del fuego sublime que nos eleva hasta el conocimiento eterno.

Después de comprobar por enésima vez que todo estaba listo para la gran ocasión, se bañó y se puso una túnica sin estrenar, blanca y resplandeciente.

Horas más tarde, con actitud humilde y solemne, se sentó en el centro del círculo, a esperar que anocheciera. Con los ojos cerrados, sin proponérselo, recordó la noche en que se había decidido su destino. Estaba escribiendo una poesía a la luz de un farol, cuando lo sorprendió el ruido de un trueno. Acto seguido, un zarpazo de agua se coló por el ojo de buey. En la oscuridad ardían los relámpagos, el cielo resonaba con furia y el barco en el que viajaba era un juguete del mar embravecido. Se escuchó un ruido terrible, la cubierta crujió y el agua comenzó a inundar los camarotes. La gente gritaba y se atropellaba por escapar en los botes. Nunca supo si habían chocado contra una roca o qué había sucedido. Sólo sabía que en un momento estaba aferrado a un madero, viendo cómo el barco que lo transportaba junto con cientos de personas, entre las que estaban sus padres, era tragado por un remolino infernal. Despertó una mañana, en las costas de una isla pequeña, delirando de fiebre. Tenía apenas nueve años. Allí lo recibió una extraña criatura, que lo ayudó a recuperarse y le dio un rumbo a su vida. Paso a paso, fue comprendiendo que no por casualidad había sido el único sobreviviente de ese naufragio.

De pronto, una voz dentro de su mente lo apartó de los recuerdos:

—Siento que se acercan.

El anciano abrió los ojos.

Prestó atención, porque sabía que a pesar de estar en el depósito de la Torre, él podía sentirlo.

La luna era una fruta madura.

Se paró. La barba y la túnica se mecían con la cálida brisa.

Su rostro se iluminó.

Por fin estaba sucediendo. Después de tantas fatigas y de haber sorteado tantos peligros, ahora obtenía la recompensa. Los ojos le crepitaban de emoción.

Sonrió y dejó que su alma se extasiara con aquella imagen. Una vez más debió admitir que, por más años que pasaran, nunca se cansaría de presenciar aquel prodigio.

Había que ver aquello. Lentamente, leves como plumas, una docena de desnudas jóvenes, que brillaban con un resplandor de zafiro, caían desde el cielo.

«Qué maravilla», pensó, «una lluvia de mujeres azules».

Los rayos de la luna dibujaban las armoniosas curvas de las ninfas del aire, que deslizaban su hermosura por el invisible río de la noche.

Desde la azotea de la Torre el hombre tenía una perspectiva privilegiada. Los esbeltos cuerpos y los largos cabellos que flotaban en el viento, parecían aún más hermosos. Cuando la primera mujer descendió blandamente sobre el círculo, él avanzó hacia ella. El anciano apenas le llegaba hasta la altura de los senos. La tomó de la cintura con sus bracitos huesudos, la acarició y le depositó un beso en el vientre. La piel era azul, tan suave y azul, increíblemente tersa y tibia. Lanzó un suspiro, fue por la cadena, le puso unos grilletes en torno a las manos, y aguardó a la siguiente mujer. Ellas tenían las pupilas dilatadas y brillantes, como si una dulce enfermedad se hubiese apoderado de sus espíritus. Caían una tras otra, luego de recibir un baño de luna, a sus brazos hospitalarios. No podía dejar de mirar las largas cabelleras anochecidas, los senos turgentes, las torneadas piernas, y el vello púbico que parecía un sendero de hierba del Cielo.

Las grageas azules tenían un efecto extraordinario en las jóvenes nativas; tras mantener contacto sexual con los machos adictos, sufrían un cambio paulatino, hasta convertirse en aquellas aéreas bellezas. Aunque no todas estaban preparadas para eso… parecía estar escrito que sólo doce llegarían a completar la metamorfosis.

Cuando bajó la última mujer, pasó entre ellas para verificar que no faltara ninguna, y se aseguró de mantenerlas bien sujetas. Era como caminar por un jardín encantado. Aspiró profundamente y dejó que el aire cálido le hinchara los pulmones. En el incienso de la noche ardían los olores de las mujeres azules, de los oscuros bosques del alma, de las flores del placer y del dolor, y de los sueños húmedos que exploraban los confines del Universo.

Diligentemente, tomó un extremo de la cadena y las fue guiando para que descendieran por la escalera de caracol que atravesaba la Torre. Al llegar al depósito, encendió la antorcha, y caminó hasta el fondo.

Sentía en su mente la vibrante felicidad de la criatura.

Se detuvo al llegar a una distancia prudencial.

El cuerpo despedía un aroma dulzón, y algo parecido a la leche agria.

—Más cerca. Quiero verlas.

El anciano acomodó a las mujeres para que pudiesen ser observadas.

La pupila cristalina se deslizó parsimoniosamente de un extremo a otro del globo ocular.

Después estiró una extremidad pilosa y señaló a una de las mujeres.

Era pequeña y hermosa, de un azul difuminado que se tornaba más claro en los pechos y las nalgas. Tal vez no tan voluptuosa como las otras, pero poseía esa belleza diferente que torna especialmente atractivas a ciertas mujeres. Tenía labios carnosos y ojos levemente rasgados. Una cabellera de agua negra se deslizaba por la sugestiva curva de su espalda.

El anciano le colocó una diadema a la mujer. Y sin más preparativos, le entregó la hembra a la criatura. Después condujo a las once restantes hacia la celda que tenía preparada para ese fin, puso candado, y regresó con otra diadema en la mano.

El ser sostenía en vilo a la mujer, mientras la observaba.

Suavemente comenzó a envolverla con sus múltiples brazos, recorriendo la piel azul y acariciando las zonas sensibles.

El cuerpo femenino se fue distendiendo y entregando al placer de aquellos pacientes contactos, que poco a poco aumentaban en intensidad. El olor agrio de la criatura no tardó en mezclarse con el aroma a flores tibias que expelía la joven.

Una de las extensiones se acercó a la entrada del placer, y al encontrarla húmeda, se internó con firmeza.

Ella emitió un quejido y sus manos se crisparon un instante, pero luego se abrazó a su amante.

Se inflamaba de gozo mientras él se frotaba reciamente contra las suaves paredes de su interior. Ninguno de los hombres del continente le había proporcionado jamás tanta dicha.

Al tiempo que las garras se le clavaban en las nalgas y los pechos, disfrutaba el vaivén de la penetración. Una mezcla de dolor y placer extremos le impedían alcanzar cualquier pensamiento racional. Estaba empapada en su propio sudor y en el viscoso líquido que despedía su compañero.

En el preciso instante en que ella estaba llegando al orgasmo, él adelantó sus brillantes apéndices que terminaban en afiladas agujas, y se los enterró en los muslos. Inmediatamente, un líquido comenzó a fluir hacia el torrente sanguíneo de la mujer.

Ante una señal de la criatura, el anciano se colocó la otra diadema.

El río de placer de la joven se hizo más intenso y se fundió con un río dorado que ahora corría dentro suyo. Tuvo la sensación de que una piel sutil se desprendía de su cuerpo. Se sintió empujada hacia arriba y empezó a flotar en una luz transparente. Ya no percibía los olores de la Torre, ni de la criatura. No escuchaba ningún sonido. Ni siquiera era consciente de su propia respiración. Una paz absoluta inundaba su mente.

Entonces comenzó la visión, que a través de la diadema, era transmitida al anciano.

No había tierra, ni mar, ni cielo, sólo un único espacio cristalino sobre el que flotaban unas brumas deshilachadas. Pasó volando entre ellas y se encontró en un bosque, donde los árboles y el pasto eran de suaves tonos azul pastel.

Ya conocía el sitio. La luz y los colores tan puros le hacían pensar que era un peregrino recorriendo los Bosques del Cielo. Otras veces, la extraordinaria calma del lugar le había hecho sentir que se sumergía en los abismos de un reino marino. Pero siempre tenía la convicción de que no podía existir un lugar más hermoso, como si caminara por un secreto paisaje interior.

Durante años había recorrido ese bosque, para luego pintarlo y procurar describir con palabras aquello que no se puede expresar. El arte plasmado en el manuscrito en el que trabajaba era extraordinario, pero sin embargo muy lejano de la verdad. Sabía que era imposible transmitir aquellos colores, aquella luz, aquella felicidad.

El anciano dependía de las mujeres para ver, por eso siempre esperaba fervorosamente que la elegida tuviese la osadía de avanzar por el bosque. Algunas jóvenes se quedaban estáticas, petrificadas ante la visión, y lo privaban a él de seguir conociendo aquello que su alma anhelaba. Ahora, esta preciosa mujer se adentraba sin miedo en la espesura. Dio gracias por ello, nunca antes había llegado tan lejos. Revoloteaba como una curiosa mariposa, que deseara sacarle el máximo provecho a su corta existencia. Subía y bajaba de los gigantescos árboles que se perdían en un cielo de un suave color verde. De pronto, se detuvo.

El anciano se sobresaltó. Nunca hubiese esperado ver aquello: había un hombre en el bosque. Estaba de espaldas, tenía el cabello descolorido y vestía una túnica blanca.

La mujer no se animó a seguirlo, y el maestro ilustrador tuvo que conformarse con verlo de lejos, caminado entre resplandores vegetales. Quería saber quién era, qué hacía, qué sueños tenía… Pero ya la imagen comenzaba a desintegrarse en una niebla celeste.

Se quitó la diadema.

La mujer abrió los ojos. Estaba exhausta y feliz. Su amante le pasó la viscosa lengua por la cara. Ella sonrió ante lo que pensaba era una demostración de afecto, pero lejos estaba de adivinar lo que vendría después. Él enseñó sus largos dientes chorreantes de saliva, y con pasmosa naturalidad le mordió el rostro, arrancándole en el acto un pedazo de la mejilla y casi todo el labio inferior. La mujer, atenazada por un lacerante dolor, lanzó un grito desgarrador, pero sólo consiguió con ello atizar la voracidad de su verdugo. Una nueva porción de rostro fue desprendida con brutalidad, dejando en el aire una estela de sangre.

El anciano pensó que todo aquello era necesario, porque había sido decidido el mismo día que el Hacedor puso a funcionar el Gran Reloj de las Estrellas. Simplemente movió sus pies para evitar que el líquido bermejo le mojara las sandalias.

Se sentía muy cansado. Dio la vuelta y comenzó a marcharse del depósito. A sus espaldas se escuchaban los rumores del banquete.

VII

El hombre despertó más tarde de lo habitual, con un apetito que acusaba el ayuno del día anterior. Era tarde para el té. Almorzó carne de conejo y abundantes frutas y verduras. Bebió agua y no vino, porque debía trabajar.

Les llevó agua y frutas a las once mujeres que mantenía encerradas en las jaulas.

Comieron poco, pero tomaron bastante agua. Estaban sentadas o recostadas en las paredes. Se veían hermosas con su piel azul y sus ojos soñadores. Parecían sumidas en un profundo letargo, esperando los requerimientos de la criatura para encenderse como estrellas fugaces.

Después fue hasta el fondo del depósito. Calculó que la criatura ya había tenido tiempo de hacer la digestión, y no se equivocó: en el suelo había una gran cantidad de grageas azules, que recogió con una palita y colocó en una bolsa.

Estaba durmiendo. El anciano miró de reojo el cuerpo enorme e hinchado que se contraía y dilataba con la respiración. Ahora, además del natural olor agrio, despedía un perfume seco y oscuro. Frunció el rostro. Lo consideró un ser repulsivo, pero casi inmediatamente cercenó este pensamiento, como si temiera que aún dormido, él pudiese hurgar en su mente.

Cuando llegó a la cocina, llenó varias bolsitas con las grageas y luego se las llevó a las palomas. Ya no había problemas con ellas. Los hombres del continente parecían haber comprendido que sólo debían retirar la carga y esperar una nueva.

Al regresar a la Torre, subió hasta el tercer piso y se dedicó a volcar en el papel los acontecimientos de la noche anterior.

Después de pintar durante años un bosque de árboles azules, ahora aparecía un elemento nuevo y sorprendente: un hombre. Lo había visto a distancia, sin obtener un detalle de su cara. Ni siquiera se animaba a aventurar qué edad tenía. Tal vez bastara con esbozar una silueta… Debía dibujarlo caminando. Pensó que eso era algo sencillo, pero al intentarlo comprobó que no era así.

Lo más difícil hubiese sido dibujar las piernas, pero por suerte la túnica era tan larga como la suya, y llegaba hasta los tobillos. Los pies podían quedar cubiertos por el pasto. Sin embargo, algún detalle, en la posición de los hombros, o en el pliegue de las ropas, debería servir para indicar que el hombre se estaba desplazando. Tomó una hoja y un lápiz, y se paró frente al espejo.

Se dibujó bastante bien, pero en el momento en que terminó experimentó una sensación incómoda.

Al morir el día, bajó al depósito.

Se regocijaba de antemano por la felicidad que recibiría los próximos días. Lo esperaban maravillosas noches azules; intensas veladas de desgarrados placeres, de suspiros desnudos, de cabalgatas en el viento del deseo, de aéreas cabelleras y de fascinantes visiones.

La criatura estaba despierta y despedía un olor intenso.

Eligió una mujer alta, de enormes pechos y anchas caderas. Resultó ser mucho más flexible de lo que uno hubiese imaginado.

Se movía como si una serpiente de luz deseara escapar de su cuerpo.

Cuando parecía que iba a desintegrarse de puro gozo, sintió que una manada de animales solares volaba sobre el abismo del mundo.

El anciano recibió con beneplácito la imagen del bosque azul.

La mujer parecía decidida, pero demoró demasiado en comprender que podía anular las distancias con sólo proponérselo.

Llegó hasta un claro del bosque. Sobre un tronco derribado, había alguien sentado de espaldas. Tenía el cabello largo y descolorido, y vestía una túnica blanca. Sí, era el mismo hombre. Cuando llegó junto a él pudo ver que era de edad madura y semblante sereno. Estaba trabajando, con unas singulares herramientas, en una máquina de metal con forma de pirámide.

No parecía haber nada sagrado en aquella escena, pensó el anciano. Era un hombre de otro mundo trabajando como lo hacía él mismo. Sin embargo, fue justamente eso lo que le provocó cierta perturbación. Aunque no podía medir el tiempo, sí tuvo conciencia de que la visión estaba durando más de lo habitual. El hombre trabajaba con sus herramientas sobre la máquina, ajustando piezas, sin darse cuenta de que lo estaban observando.

De pronto, se encendió una luz rectangular en la pirámide, y se vieron unos apéndices familiares. Poco después, apareció una criatura como la que vivía en la Torre. Era idéntica, sólo que muchísimo más pequeña.

Pero entonces la visión perdió consistencia, se diluyó en unas líneas exasperantes y se desintegró completamente.

El anciano se quitó la diadema y abrió los ojos. Salió del depósito, sin preocuparse por la suerte de la mujer, que ya adivinaba. Llegó hasta la escalera de caracol y subió uno tras otro, los escalones que conducían a la azotea de la Torre.

Se recostó en la almena y respiró profundamente el aire frío.

Quería pensar y no podía. Dirigió la vista hacia arriba. No se veían las estrellas, el cielo estaba cubierto de nubes que anunciaban tormenta. El viento soplaba de forma lúgubre, agitando sus ropas. Los truenos resonaron en la oscuridad. Las primeras gotas cayeron sobre el círculo pintado en el piso.

Se quedó largo rato mirando cómo el agua borraba ese dibujo que había hecho hacía unos días.

La lluvia le chorreaba por el rostro azorado. Tenía los cabellos y la túnica pegados a la piel, pero no parecía darse cuenta.

VIII

Llovió tres días con sus noches. Durante todo ese tiempo, el anciano no dejó de llevarle mujeres a la criatura. Se suponía que aquella era una instancia de regocijo, pero sin embargo, algunas dudas lo hacían sentirse inseguro.

«¿Por qué?», se preguntaba. Cuando ya su vida se encaminaba hacia el ocaso, la imagen del más allá, que tan arduamente se había forjado, comenzaba a cambiar. Siempre había considerado a la repulsiva criatura como un mal necesario para poder tener las visiones del Paraíso, pero ahora ella aparecía en el bosque azul. ¿Qué hacía allí? ¿Qué función cumplía? ¿Y quién era ese hombre? No era un dios, sino un simple hombre. ¿Y la pirámide de metal? Tal vez ni siquiera fuera el Paraíso.

Ya no sabía en qué creer.

No podía hacer otra cosa que continuar; cumplir con el ritual que había practicado durante años para satisfacer los caprichos de la criatura. Si tenía suerte, antes de que se extinguiera el fuego azul, llegarían las respuestas.

Pero las noches fueron un cúmulo de frustraciones. Las mujeres se perdían tontamente en el bosque, o se quedaban un tiempo desmesurado mirando una hoja o una flor.

Después que las lluvias cesaron, un calor primaveral se adueñó de la isla. Recién cuando le llegó el turno a la sexta mujer, logró seguir avanzando en sus investigaciones.

Aunque la joven era delgada y fibrosa, tenía senos y caderas de generosas proporciones. Con la misma energía que se entregó a la criatura, se aventuró después en el bosque azul. Voló audazmente entre los árboles, y se encontró finalmente con el hombre de túnica blanca. Estaba sentado en la orilla de una laguna, observando la pirámide, que levitaba a un metro del agua, en el centro. La base del artefacto se desplazó unos centímetros sobre su eje, y al momento, una franja de árboles que estaba en la orilla opuesta, desapareció sin dejar rastro.

El anciano no daba crédito a lo que veía.

El hombre de la orilla parecía vivir aquello con absoluta normalidad. La pirámide se reacomodó y la franja de árboles volvió a aparecer.

«Es como un juego», pensó el anciano, mientras un sudor frío le bajaba por la espalda.

El bosque siguió descomponiéndose y recomponiéndose al compás de los cambios de la pirámide, e incluso el agua de la laguna en un momento pareció quedar donde antes estaba el cielo.

Luego, la pirámide voló hasta la orilla. El hombre apretó un botón y una ventana se iluminó en uno de sus lados. Había allí secuencias de números. El anciano logró distinguir que eran múltiplos de tres. Una mano segura apretó unos círculos pequeños y oscuros que estaban bajo el rectángulo iluminado, y los números comenzaron a cambiar. En ese momento, la visión llegó a su término.

Después de quitarse la diadema, se retiró del recinto, para no tener que presenciar el desenlace que ya conocía.

Bebió un vaso de agua y se acostó.

Quería dormir, pero era imposible no pensar en las últimas visiones.

En la pendiente de su vida, las investigaciones parecían encaminarse hacia una verdad que tal vez no le gustara. Después de meditarlo un momento, llegó a la conclusión de que no eran sólo las imágenes las que lo perturbaban, sino el clima que producían. Tras ser el visitante de un hermoso bosque azul, ahora experimentaba una sensación de desamparo que jamás hubiese imaginado. Nunca antes se había sentido tan excluido.

Al día siguiente, después de un sueño no muy reparador, bajó al depósito de la Torre.

Le dio de comer y beber a las mujeres que mantenía prisioneras. Seguían tan dóciles como el día en que habían bajado del cielo. La cercanía de la criatura parecía haberlas afectado, porque ahora tenían un tono azul más intenso. Acarició la piel de algunas de ellas, y notó que estaban más tibias de lo habitual. Eran infinitamente hermosas y despedían un perfume sugerente.

Al llegar al fondo recibió una sorpresa mayúscula. Esperaba ver los desechos orgánicos de la mujer de la noche anterior, pero en lugar de eso, la encontró viva.

Estaba tirada en el piso, recostada contra el vientre de su compañero. Ambos parecían dormir profundamente.

Se quedó un rato mirándolos, sin saber qué hacer.

Después puso un tazón con agua y otro con frutas cerca de allí.

—¿Tienes las armas preparadas, verdad? —preguntó la voz en su mente.

El anciano levantó la vista de los alimentos y se encontró con ese único e infantil ojo de la criatura, que siempre lo había perturbado.

—…Sí. ¿Qué ocurre?

—Se acercan.

—¿Quiénes? —preguntó con una opresión en el pecho.

—Los hombres del continente. Vienen por ti.

—…Pero es imposible. No conocen la navegación, y no sabrían cómo llegar.

—Su líder ha construido una balsa precaria y los ha conducido hasta aquí. Han dado con el lugar siguiendo a las palomas.

—Las palomas… —repitió el anciano.

—Sí. Tus palomas.

La mujer despertó. Sin moverse de al lado de la criatura, miró al anciano con indiferencia. Parecía estar muy cómoda.

—Iré en la bicicleta voladora. Si los ataco desde el aire será sencillo acabar con ellos.

—Ya es tarde para eso. En este momento están desembarcando en la playa.

El anciano subió corriendo hasta el tercer piso de la Torre. Su cuerpo no estaba acostumbrado a semejantes esfuerzos. El corazón le latía de forma peligrosa. Respiró profundamente y procuró mantener la calma. Necesitaba tiempo, pero no podía darse ese lujo.

Tomó el telescopio, y tras montarlo sobre un trípode, lo acercó a la ventana.

Movió el aparato de un lado a otro, mientras ajustaba afanosamente el lente.

—¿Dónde están? —se preguntó.

—Mira cerca de los restos del último naufragio.

Giró el artefacto hacia la izquierda.

Una balsa. Parecía poco probable que hubiesen atravesado tantas millas en ella, pero allí cerca estaban los hombres para demostrar lo contrario. Eran tres. Enormes y decididos, caminaban hacia la Torre, vestidos con taparrabos y armados con hachas. Parecían cansados, y no era para menos. El viaje a través del océano no debió haber sido nada sencillo, sobre todo considerando que no tenían experiencia. Sin embargo, el hecho de que se hubiesen aventurado a hacer algo nuevo era más que suficiente para tenerles respeto.

Avanzaban pesadamente, pero no se detenían. Al frente venía el líder. Ahora el telescopio le permitía verlo mejor. No alcanzaba a distinguir su mirada, pero sí los rasgos afilados de su cara.

Si se topaba frente a frente con él, o con cualquiera de ellos, no tendría la más mínima oportunidad.

Los observó hasta que se internaron en el bosque.

Movió el tubo del telescopio de un lado a otro, pero no había forma de penetrar el follaje. Supo que la espera sería terrible. Cuando los volviera a ver, ellos ya estarían a sólo trescientos metros.

La ballesta podía llegar a cubrir esos metros, pero si quería asegurarse la victoria, debía considerar una distancia mucho menor. Lo mejor era esperar a que estuvieran cerca de la Torre. De ese modo, cuando cayera el primero de ellos, los otros no tendrían tiempo de ocultarse entre los árboles.

Se animó al pensar que tenía una ventaja: los hombres nunca lo habían visto utilizar armas. Para cuando lograran reponerse de la sorpresa ya sería demasiado tarde.

Con visible esfuerzo, descolgó la ballesta más grande que tenía colgada en la pared, y la apoyó en el marco de la ventana, junto al telescopio. Puso al lado un carcaj repleto de flechas, y se sentó en el banquito.

Nunca había matado. Algunos conejos y otros animales del bosque para alimentarse, pero nunca personas. En cierta medida era responsable de las mujeres que la criatura devoraba, pero había una buena razón para ello.

Ahora no tenía opción. Ellos eran unos ignorantes, mientras que él era un sabio, portador de secretos que debían preservarse a como diera lugar. Su vida valía muchísimo más que la de todos los imbéciles que poblaban el continente. Esa era una verdad incuestionable, razonó.

Después de un tiempo comenzó a impacientarse. Ya deberían haber salido del bosque, es más, de no haberse detenido ya estarían al pie de la Torre, con una flecha clavada en el pecho. Pero no aparecían. Obviamente habían decidido hacer un alto para reponer fuerzas. Era lo más sensato. Sólo podía esperar. Probó otra vez con el telescopio. Si pudiese ver que se habían tirado a dormir, se sentiría un poco más tranquilo. Pero no se veía nada. Nada.

A la media hora, apoyó la ballesta en el piso.

Era posible que la criatura le avisara cuando los hombres salieran.

—Te avisaré cuando salgan del bosque —escuchó en su mente. Sonrió, pero se mantuvo en su posición.

Estuvo horas sentado en el banquito, mirando por la ventana. Le dolía la espalda, y los párpados le pesaban. Si se dormía…

«Qué tristeza ser un viejo», reflexionó.

Alguna vez había sido un niño. Tenía sus padres. No había grandes propósitos, ni grandes misterios, y era feliz.

«¿Por qué pienso ahora en estas cosas?», se dijo con tristeza.

Pero sólo fue un pensamiento fugaz, porque no tardaron en regresar a su mente las mujeres azules, la criatura, y los hombres que habían invadido su isla.

El hombre de la túnica blanca viajaba en una pequeña balsa metálica, de forma irregular, que volaba a escasos centímetros del agua. El arroyo se dividía en incontables afluentes que serpenteaban entre los árboles.

Pronto desembocó en un océano de tonos ambarinos, que se extendía hasta unirse con un cielo de color verde claro.

Continuó avanzando hasta que llegó a un punto preciso. Allí la balsa se elevó unos setecientos metros y se detuvo. El hombre estiró el brazo y tomó una esfera de cristal, que cabía en la palma de la mano, y que levitaba a pocos centímetros de donde estaba él.

Apuntó el artilugio hacia el cielo y de forma casi inmediata aparecieron unos números proyectados en el aire. La inmensa mayoría eran múltiplos de tres y parecía existir una cierta armonía entre ellos. Sin embargo, él manipuló el objeto y los números comenzaron a cambiar. Lentamente, pero de forma sistemática, una secuencia extraña comenzó a imponerse sobre el antiguo orden.

Apenas se produjeron los primeros cambios, las aguas del océano se elevaron de forma espectacular. Una plataforma estaba emergiendo desde el fondo, al tiempo que ríos de agua chorreaban hacia abajo. Sobre el extraño habitáculo que ascendía, había miles y miles de huevos transparentes, que dejaban ver a los grotescos seres que moraban en su interior.

Cuando abrió los ojos la criatura estaba hablando en su mente. Le decía que estuviese alerta.

Quería meditar sobre la visión que se le había revelado en sueños. Pensó que allí se escondían muchas de las preguntas que lo habían desvelado durante años; pero ahora tenía una meta más urgente: preservar su propia vida. Al cabo de un rato, los hombres salieron del bosque y siguieron caminando por la gramilla. Estaban al descubierto, sólo era cuestión de tiempo que se pusieran a tiro.

Estiró una mano para tomar una flecha. La colocó en la ballesta. Una gota de sudor resbaló por su frente.

«Aún no, es mejor que estén más cerca», consideró.

Repentinamente, uno de los hombres le llamó la atención al líder.

Le mostraba algo del suelo, y luego indicaba un sitio con su mano.

Los miró a través del telescopio. Estaban detenidos y se comunicaban con gestos grandilocuentes. Habían descubierto las huellas de la bicicleta voladora, y ahora se dirigían hacia el galpón.

El anciano se mordió el labio inferior. Era inadmisible que su máquina cayera en poder de esas bestias. La iban a destruir, porque otra cosa no serían capaces de hacer. Si las cosas se complicaban, le quitarían a él toda posibilidad de escapar de la isla. Pero no era únicamente eso lo que le molestaba. Lo que verdaderamente lo irritaba, era que ellos pretendieran volar. El acto de poner sus groseras manos sobre el ingenio constituía un violento ultraje.

Estuvo a punto de arrojar una flecha encendida para prender fuego el galpón, pero se contuvo, apretando los puños.

Se concentró en el telescopio. Los tres fueron hacia el lugar, pero uno de ellos lo hizo corriendo. Cuando llegó, levantó su hacha y arremetió furiosamente contra la puerta. Después de unos golpes y forcejeos, logró aflojar la madera, y la tiró hacia un costado.

—Bestias —se lamentó el anciano—. ¿No era más fácil abrirla?

El mismo individuo tironeó de la bicicleta hasta que la sacó al aire libre. Tan sólo un instante miró la imponente estructura de tres metros de alto por doce de largo. Era torpe y eufórico. Trepó al ingenio, se sentó en el asiento, agitó el hacha y lanzó un grito que se escuchó hasta en la Torre. Pero la alegría le duró poco, porque unos diligentes brazos lo tomaron de las axilas y lo tiraron para abajo.

Cayó violentamente, golpeándose en el costado. Increíblemente no pareció acusar el impacto, porque se paró rápidamente. Sin embargo, no se animó a contradecir la voluntad del líder.

«Tres metros. Si yo hubiese caído desde esa altura estaría muerto», pensó el dueño del ingenio.

El líder se sentó, y por un momento se quedó estático, como si el sólo hecho de ocupar aquel sitio constituyera un fin en sí mismo. El lente del telescopio le permitió al anciano apreciar la mirada oscura del hombre y sintió un escalofrío. Luego, con una tranquilidad que al anciano le heló el corazón, el sujeto comenzó a desatar las cuerdas de las velas. Con la misma prolijidad, aflojó los hilos que permitían que las alas membranosas se desplegaran en toda su extensión. Movió de un lado a otro el manillar, y tímidamente al principio, pero con decisión después, empezó a pedalear. A medida que avanzaba, una amplia sonrisa se abría en su rostro anguloso.

Cuando el vehículo se remontó en el cielo, los rastros de ira que quedaban en el anciano fueron barridos por una ola de tristeza. Mientras el nuevo conductor se elevaba con absoluta libertad, él se sentía hundir en un abismo.

Después de alcanzar el cielo, la bicicleta voladora avanzó unos cientos de metros y luego viró hacia el punto de partida. Allí comenzó a desplazarse en espirales que por momentos se cerraban de modo peligroso. Abajo, los dos hombres corrían como idiotas, repitiendo torpemente los movimientos del vehículo celeste.

El líder se elevó unos metros, hizo unos giros y luego se alejó rumbo a la playa. Al llegar al bosque, una media docena de palomas comenzó a seguirlo. Después de darle alcance, dieron vueltas en torno a la bicicleta. No les dio mayor importancia, pero cuando el número de aves aumentó sensiblemente, agitó las manos y el hacha se le cayó desde las alturas.

Sin darse cuenta, por mirar al líder, los dos hombres habían llegado a menos de sesenta metros de la Torre. Uno de ellos elevó la vista y vio al anciano.

Estiró su brazo para señalarle el lugar a su compañero, y lanzando gritos corrieron con las hachas en alto.

Cuando estaban a treinta metros, el anciano apuntó y disparó.

La saeta se enterró en el pecho del hombre. Este siguió corriendo unos pasos y luego se desparramó en el suelo. Su compañero se acercó y lo observó con ojos desorbitados. Luego dirigió una mirada hacia la Torre.

El anciano estaba empapado en sudor. Las manos le temblaban. Intentó colocar otra flecha y se le cayó al piso. Se agachó, la recogió, e hizo un nuevo intento. Después de calzarla en la ballesta, dirigió la vista al frente, pero notó con espanto que allí sólo estaba el hombre muerto.

La desesperación duró apenas unos segundos, porque pronto advirtió que el sujeto sólo se había alejado unos metros del cadáver. Corría hacia el bosque. Le apuntó entre los omóplatos y disparó. La flecha lo perforó a la altura de los riñones. El hombre cayó de bruces.

El anciano decidió asegurarse y le disparó nuevamente, acertándole un poco más arriba. Tomó el telescopio y observó los cuerpos. Estaban inmóviles. Del primero en caer, un hilo de sangre se escapaba por la boca entreabierta.

Por primera vez en todo el día, sintió que el miedo comenzaba a retroceder.

Pero aún faltaba la prueba más difícil. El líder venía descendiendo directo hacia él, volando torpemente a causa de la multitud de palomas que se empeñaban en derribarlo. Se movía hacia uno y otro costado, pero siempre parecía retornar a la ruta que indefectiblemente lo haría estrellarse contra la Torre.

El anciano colocó una nueva flecha en la ballesta; iba a ser muy difícil acertarle a ese blanco en movimiento. Necesitaba anticipar la trayectoria del vehículo, pero el vuelo se tornaba tan errático que le resultaba casi imposible. Colocó el dedo en el gatillo. Si tenía suerte todo acabaría muy pronto. El líder sostenía el manillar con una mano, mientras con la otra procuraba apartar a las aves. Se acercaba peligrosamente. Los dedos huesudos sentían la tensión del arma. La bicicleta se hacía más y más grande. Con un simple movimiento la flecha salió disparada. Los ojos oscuros brillaron con un fuego siniestro. El proyectil rasgó el aire de la tarde. Las palomas se agitaron en distintas direcciones. La máquina voladora se inclinó hacia un costado. El anciano vio cómo la flecha se perdía en la nada. Durante unos segundos que se hicieron eternos, su razón se nubló. Después sintió un ruido tremendo sobre su cabeza: el vehículo se había estrellado en la azotea de la Torre.

Se quedó quieto, el miedo era más fuerte que él.

Ruido de aves. Crujido de maderas. Pasos.

Sentía que el corazón le iba a estallar; colocó una flecha en la ballesta, y la giró hacia la entrada que comunicaba con la parte superior de la Torre.

De un momento a otro el líder aparecería frente a él.

Empujó el banquito con un pie y se recostó contra la pared para esperarlo.

—¡Cuidado! —estalló la voz de la criatura en su cerebro. Pero todo fue demasiado rápido y se quedó petrificado frente a la visión infernal que invadió la habitación. El hombre entró furioso, cubierto por la abundante sangre que le manaba de las heridas. Caminó hasta él. Estiró un brazo y le clavó una madera puntiaguda en el vientre. El anciano se dobló sobre sí mismo y cayó al igual que una túnica vacía.

El intruso, como si comprendiera lo que hacía, le dio una patada al escritorio, y de un manotazo tiró la carpeta de tapas verdes y un montón de frascos y pinceles. Luego continuó dando patadas y golpes a diestra y siniestra, y arrojando al piso los objetos colgados en la pared.

Se pasó una mano por los ojos, para quitarse la sangre. Respiró hondo varias veces. Había hecho un enorme esfuerzo para llegar hasta allí, y ahora le parecía extraño que el causante de tantos afanes fuera ese viejo insignificante que se moría con la cara ajada pegada al piso. ¿Cuánto más podría haber vivido aquel estropajo? No mucho, sin duda.

Se acercó a la ventana, con una mano corrió el telescopio montado en el trípode, que le molestaba, y miró para afuera. Sus compañeros estaban muertos. Habían sido útiles, pero no eran imprescindibles. Siempre habría gente que quisiera seguir a alguien como él.

Vio la ballesta tirada en el piso, pero no creyó necesario tomarla en ese momento. Tampoco le prestó mayor atención a los libros, ni a la larga serie de extraños objetos que había en la habitación. Ahora quería encontrar a las mujeres.

Tenía heridas por todo el cuerpo, pero la mayor estaba en la frente; de allí continuaba manando mucha sangre, que le chorreaba por la cara, ensuciaba su cuerpo y caía al piso. Mientras bajaba por la escalera de caracol, las gotas se precipitaban hasta el último nivel.

No se detuvo ni en el segundo ni en el primer piso; apenas miró las bolsas de grageas azules que había en la cocina. El olor penetrante del depósito lo atraía irremediablemente.

Cuando llegó a la entrada encontró una antorcha. No era muy distinta de la que él conocía. La encendió y caminó con pasos lentos. Después de avanzar unos metros, se arrepintió de no haber tomado un arma de la habitación del anciano. Movía la antorcha de un lado a otro, como una espada que ahuyentara a animales oscuros. Aún así, siempre tenía la sensación de que había sitios a los que no podía llegar. Las cajas y los tablones desparramados por doquier proyectaban sombras pesadas.

Pasó frente a las celdas. Había cadenas y recipientes con frutas.

«¿Dónde están las mujeres?», pensó.

Le llamó la atención un resplandor que venía del fondo del corredor. Apretó el mango de la antorcha y caminó.

Una sensación extraña se apoderó de él. Tenía el presentimiento de que algo estaba por sucederle, pero no podía dejar de avanzar.

—Acércate —dijo una voz en su mente.

No pudo evitar obedecer, y cuando llegó al fondo, fue como si el odre de todos sus miedos se hubiera roto de pronto.

Entre los vapores nauseabundos, él agitaba sus tentáculos y lo miraba con su único y perturbador ojo.

Pensó en quemarle el rostro con fuego. Sin embargo, cuando hizo el intento de acercarle la antorcha, sucedió algo, que por lo repulsivo e insólito, lo distrajo de su propósito. Aquella criatura grotesca estaba haciendo una mueca que en todo recordaba a una sonrisa. Le costó admitirlo y quedó un instante paralizado. Luego escuchó un ruido a sus espaldas y giró rápidamente, pero ya no había más tiempo. Apenas vio las siluetas femeninas. La muerte, como una antigua ave, lo cubrió con sus alas azules.

IX

El anciano abrió los ojos.

Las sombras de la habitación daban cuenta de lo avanzado de la noche.

Estaba tirado en el piso, rodeado de objetos destruidos y de sus preciados folios, ahora arrugados y sucios de sangre. La madera continuaba clavada en el vientre. La sujetó, pero al primer intento de quitarla, comprobó que era demasiado doloroso, y desistió.

Con un enorme esfuerzo consiguió incorporarse. En el momento en que apoyó las manos ensangrentadas en la pared, supo que ya no podía hacer nada.

No lo había despertado el dolor, ni la sed, sino algo mucho más terrible.

Podía sentir un temblor silencioso. Una fuerza creciente; algo aberrante arrastrándose por debajo de la piel del mundo visible.

Recordaba la última visión, la que se le había revelado en sueños; el hombre que ascendía hasta el cielo, la secuencia de números que cambiaba de forma extraña, y los miles de criaturas dentro de huevos transparentes. Pero el tiempo había transcurrido, y lo que estaba a punto de suceder era sin duda algo mucho peor.

Como si lo guiara la clarividencia de los condenados a muerte, se empeñó en llegar hasta el telescopio. Tras un arduo esfuerzo, lo acercó a la ventana.

Lo que vio en ese momento superó todas sus fantasías.

El firmamento había cambiado de forma drástica. Las constelaciones, que él conocía de memoria, ya no eran las mismas, y nunca más lo volverían a ser.

Una realidad diferente aparecía sugerida en los dibujos de las estrellas.

El anciano notó que el cuerpo se le aflojaba, pero no cerró los ojos. Ni siquiera cuando sintió que un resplandor helado lo arrastraba hacia lo desconocido.

Esta novela corta se vincula temáticamente con EL HOMBRE EQUIVOCADO, de Pé de J. Pauner; CUANDO DEJES DE LLORAR, de Hugo Perrone y BLUE, de Pablo Dobrinin.


Axxón 230 – Mayo de 2012

Novela corta de autor latinoamericano (Novela corta : Fantástico : Fantasía : Ser primordial, monstruo : Estado onírico, sueños : Uruguay : Uruguayo).

Deja una Respuesta


           Â