Revista Axxón » «Palomar», Enrique José Decarli - página principal

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ARGENTINA

 


Ilustración: Mariela Giorno

De un sacudón corre las cortinas. Abre las dos hojas del postigón, y a medida que acciona, piensa cómo correr las cortinas, cómo abrir el postigón, cómo introducir la escopeta en la reja, entre los dos barrotes centrales y por qué, eso más que nada, piensa: la visión cercana de la reja le sugiere un esternón y un costillar.

Asegura la culata en el hombro y pasea la mira sobre una de las medianeras. El jardín, con el ojo izquierdo cerrado, cobra una perspectiva diferente que lo distrae y demora el disparo. Abre el ojo izquierdo y la imagen se abre hacia la izquierda. Las palomas parecen alejarse, bamboleándose, sacudiendo el buche gris y blanco, o sólo gris, o sólo blanco. De cualquier manera o color, que las palomas se bamboleen sobre la medianera es, para Elio, una provocación, la declaración de guerra. Él ya le advirtió a Elvira: Se las voy a bajar. Una por una.

Dos o tres veces vuelve a cerrar y a abrir el ojo izquierdo. Le gusta ese movimiento de zoom. Al fin carga de decisión el gatillo y elige la zona más concentrada de palomas. El estampido lo cubre, por un momento, de un telón negro. Entonces duda. El culatazo apenas movió la escopeta y alguien ahora golpea la puerta del frente. La medianera está vacía. Elio no termina de saber si las plumas que flotan pertenecen a una o a varias palomas muertas. A una o a varias palomas heridas. A una o a varias palomas que se salvaron, y asustadas, remontaron vuelo al palomar. Pero alguien golpea la puerta. Eso es indudable.

Guarda la escopeta y piensa si efectivamente habrá disparado. Si la detonación que escuchó no habrá sido, en realidad, uno de los primeros golpes en la puerta, que asustó a las palomas, lo sobresaltó a él, y le hizo mover apenas la escopeta sobre el hombro. Puede ser, piensa mientras camina hacia la puerta de calle. Por la mirilla ve, algo desencajada, la cabeza de Elvira. Igual la visión es demasiado parcial. Una visión de glaucoma. Elio piensa que así verá el mundo si el destino le reserva sufrir de glaucoma. Se sacude la ropa y si Elvira ya está ahí, entonces sí, efectivamente disparó. Alguna paloma cayó, muerta o herida, y Elvira viene a reclamar una indemnización. A pedir una tregua. A jurar venganza pese a que él le advirtió: Se las voy a bajar. Una por una.

Abre impostando un gesto cordial. Una sonrisa para una Elvira que, sin el sostén de la puerta cae, desestabilizada, en el umbral. Está ebria, piensa Elio. No conocía esa arista de su vecina y ahora encuentra razonable que una persona entregada a la bebida críe palomas. Empieza a levantarla de las axilas y ve, sobre la alfombra de estopa que dice Welcome, la sangre caer a chorros. Abre las manos y retrocede. Elvira vuelve a caer. La sangre explota hacia los costados manchando la pared, el parquet. El ruido de la cabeza golpeando contra el suelo, es para Elio como un estampido y le produce, a la altura del hombro, un estremecimiento leve. Un culatazo sin ganas. De un bolsillo de la camisa saca el atado de cigarrillos y el encendedor. Se apoya contra el marco y fuma. Mira la calle. Mira las piernas rendidas de Elvira. El tabaco le renueva fuerzas para decidirse a terminar de entrar el cuerpo, pero antes lo da vuelta y comprueba: la cara de Elvira se hizo pedazos, supone (y siente por eso un cargo de responsabilidad) a causa del segundo golpe.

Llega hasta la vereda. La calle vacía le produce una especie de alivio inexplicable. Vuelve al living y cierra la puerta. Elvira…, quiere decir pero sólo lo piensa. La sacude de un hombro. Uno a uno desabrocha los botones del solero empapado. El agujero en el pecho es enorme, o eso deduce Elio por la cantidad de sangre que brota. Se desabrocha la camisa y se la saca. Trata de taponar el agujero con la tela cuadrillé. Las manos lo comprueban: un poco de presión es suficiente y desgarra más la herida. Elvira…, vuelve a pensar aunque su intención es hablarle. La cachetea. Le saca los zapatos y constata la temperatura en los pies helados. No faltará mucho, piensa, para que termine de vaciarse. Corre al baño en busca de una toalla. Comprueba, al regresar, que el caudal de sangre mermó y que la camisa ya no está. Recuerda que en un bolsillo estaban los cigarrillos y el encendedor. Supone que podrá recuperarlos, pero lamenta que fumarlos en esas condiciones sea casi un acto de canibalismo. Lamenta recordar que es domingo. Que es media tarde. Que recién a las cinco abrirán los kioscos.

El agujero en el pecho de Elvira, según le parece a Elio, creció. La visión le sugiere un aljibe. Igual cuestiona que haya crecido tanto en ese trayecto tan corto, ida y vuelta del living al baño. Tal vez se trate de que, ahora, sin la distorsión que produce la sangre —porque Elvira no sangra sino apenas unos hilitos—, el panorama se ve mucho mejor. La toalla termina el trabajo y revela las dimensiones reales. El agujero abarca todo el tórax inerte de Elvira. Los pechos son dos guirnaldas retaceadas y es probable, piensa Elio, que si vuelve al baño a buscar otra toalla, el agujero siga creciendo hasta agujerear el parquet, devorar la manzana, el barrio entero adentro del cráter, a salvo sólo el palomar.

Evalúa meter un pie y tantear la profundidad del cráter. Ver si, al menos, puede recuperar la camisa. Si bien renunció a fumar, la camisa es de una tela buena y se podrá lavar. Pero una duda lo atraviesa, y detiene la punta del pie en la boca del cráter. La posibilidad de que, en verdad, sea un aljibe. No tiene sogas. No sabe nadar. No quiere arriesgarse a morir ahogado en el aljibe de Elvira. Antes necesita ver. Se arrodilla y acerca la cabeza a la boca del agujero. Cuando quiere hundirla, algo lo resiste. Tal vez el esternón. O el costillar. O los barrotes de una reja, no puede precisarlo. Levanta la cabeza. A su derecha, entre las distintas aberturas que se van superponiendo se recorta, nítido, un fragmento de su habitación. Un fragmento de la ventana de su habitación. Un fragmento de cortina, de reja, de postigón abierto, de jardín. De medianera otra vez llena de palomas. Debajo de él, Elvira, partida en dos por el aljibe. Trata de hacer consciente qué está mirando y qué está viendo, porque siente que todo lo que ve, lo ve como si mirara con un solo ojo y entonces duda. Y entonces abre y cierra los ojos muchas veces. Y entonces sucede. Elvira se estremece y el living se ilumina. La luz proviene del interior del aljibe. Llega cargada de olor a jardín. De un gorjeo de palomas y, en el fondo, el eco de un estampido.

 

 

Enrique José Decarli nació en Buenos Aires en 1973. Es abogado y músico. Publicó Desde la habitación del sur (Libresa 2009), finalista del Concurso de Literatura Juvenil Libresa 2008. En 2010 el Ministerio de Educación, en el marco del Plan Nacional de Lectura, lo recomendó para la Escuela Media. Desde 2008 dicta talleres de lectura y narrativa en la Municipalidad de Almirante Brown y en instituciones privadas.

En Axxón ya hemos publicado su cuento LOS DESPOJADOS.


Este cuento se vincula temáticamente con FRANCOTIRADORES, de Guillermo Osvaldo García; INFANTIL, de Rolando Revagliatti y UN DÍA EN EL INFIERNO, de Holly Day.


Axxón 242 – mayo de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Crimen : Argentina : Argentino).


3 Respuestas a “«Palomar», Enrique José Decarli”
  1. Enrique Decarli dice:

    Gracias, Axxón, otra vez. Un abrazo para todos. Hermosa la ilustración.

  2. Ricardo Giorno dice:

    Otra joyita, Decarli. Mis felicitaciones.

  3. VICKY KUSELMAN dice:

    QUE HERMOSO,PODER LEER ALGO TUYO! GRACIAS POR COMPARTIRLO,ME ENCANTO.

  4.  
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