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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

MÉXICO

 

…al enemigo y su afán por despertar.

 

 

I

 


Ilustración: SBA

Caminando abandono cualquier lugar, no tengo otro medio además de mis pies, mientras funcionen puedo dejar atrás cualquier cosa. Caminando se me olvida el tiempo, el cansancio del cerebro que palpita desesperado por algo de inmovilidad. Caminando, a veces lo veo con el rabillo del ojo, me sigue despacio, cuando volteo desaparece. Sus ojillos brillantes me calan la espalda cuando recibo la llamada.

—¿Qué onda?

—¿Qué pex? ¿Cómo estás, Miguelito?

—Bien, pero te tengo una mala noticia.

—…¿Qué pasó?

—Vicente se murió, se murió de un pasón —la mención del nombre me reseca la boca, siento sed y apenas puedo hablar.

—¿Quién? —contesto buscando la mirada que horada mi nuca.

—Vicente, El Verga.

—¡No mames! Qué poca madre esa de morirse.

 

 

II

 

Llegué algo out al funeral, su cuerpo estaba en la caja, se veía muy distinto. No tenía la cara desfigurada de siempre. Parecía más persona que antes.

Adiós, Vicente. Extrañaré tu hermoso pene circuncidado.

Me ofrecieron café y me senté; poco a poco me fue venciendo la falsa tristeza de los demás. Ahí lo vi, en una silla del rincón. Aparecía de repente, como una intermitencia: bien vestido, aunque con rasgos difuminados. Me pregunté qué hacía aquí o desde dónde se estaba proyectando. No me percataba de lo que eso implicaba para mi mente.

De repente, llegó el murmullo de tres tipos, sus voces se incrementaban desde la entrada de la funeraria. Hugo, Miguelito y Ger aparecieron dando tumbos, la mayoría de los asistentes se levantó para ponerse a salvo. El trío infernal llegó ante el ataúd. Sentí mariposas en el estómago. El padre se acercó a ellos y les dijo que se retiraran. Venimos a dar el pésame, a ver a nuestro amigo, dijeron con una sonrisita bien conocida por nosotros. Está bien, pero luego se van, calmaditos, eh. Claro. Esperaron a estar solos con el cuerpo. En el momento indicado, Hugo volteó a ver a sus cuates, se bajaron la bragueta y, en una bella coreografía, sacaron el miembro.

El padre les daba la espalda y tenía de frente a su mujer. Volteó cuando notó que la esposa abría mucho los ojos y señalaba hacia donde estaba el trío. El hombre los vio soltar uno a uno el chorro abundante de orina sobre el cuerpo y sobre las flores. Él y otro tipo se abalanzaron sobre los meones, las personas se pusieron a gritar, la madre no podía mantenerse en pie, comenzó a llorar incontrolablemente. El trío fue llevado con violencia a la salida, con las vergas afuera, meando el pasillo y a los infortunados asistentes. En coro repetían: Anda, bebe, la muerte no te salvará. Luego, detrás de un automóvil, los golpes de algunos dolientes les entumecieron el cuerpo y les reventaron los labios y los huevos.

Entre el barullo, el peso de los ojillos nerviosos no se apartó de mí. Comenzaba a molestarme, me erguí y me dirigí a la madre histérica.

—Mi más sentido pésame señora —le dije, mientras tomaba su mano—, Vicente era…

Levantó la vista, sorprendida, me reconoció en un instante.

—Era…—seguía sacudiendo su mano.

En mi mente enlisté las opciones:

Un gran amante…

El miembro más grande y bello que conocí…

Un talentoso farmacéutico…

Un pedófilo en ciernes…

El mejor adicto…

Un humorista incestuoso, siempre habló muy bien de usted…

—Era… —la leve amabilidad con la que la mujer me había recibido comenzaba a evaporarse.

—Era un gran amante del Metal. Lo vamos a extrañar.

Me dio un abrazo sin ganas, trató de decirme algo con una media sonrisa, pero se le borró completamente al notar mis pupilas dilatadas.

—¡Maldita! —me acomodó un bofetón—. ¡Tú y esos cabrones lo mataron!

Se regó el café y se extendió hacia el charco de orina que intentaban trapear. En la mirada del padre descifré el hartazgo. Ahora qué. Oí un zumbido por el golpe y volteé a mirarla con el aletargamiento de la droga. A veces me gusta que me peguen, pero hoy, en el funeral de mi amigo, ni madres. Y le regresé el favorcito. Las viejas de alrededor lanzaron un aullido y trataron de agarrarme, el padre ni siquiera se molestó en mover un dedo. Salí corriendo con los ojillos a mi espalda, salí entre la gente aturdida, entre aquellos que realmente no lloraban la pérdida, sino que se aliviaban, por fin, se acabó la pesadilla.

Acabo caminando en las sombras, sola, entre calles que sólo he visto en la oscuridad, cuya imagen no tengo clara porque viajo en estados alterados. El silencio vibra, se escucha a veces una voz o un llamado. ¿A quién llaman?, ¿será mi nombre? Y él, siguiéndome con sus pasos cortos. Volteo y nada, se esconde en los quicios, detrás de los carros y en el punto ciego de mi ojo. Para evitar que se esconda detrás de mí, me pego a las paredes. No voy a dejar que se burle de mí.

 

 

III

 

Lo volví a ver la última noche que pasamos en la casa de Lerolero. Llevamos drogas y alcohol, nos desnudamos como de costumbre, bebimos y fumamos en el bello narguile. ¿Qué habrá sido de él? Escuchamos música para llorar, para bailar, para viajar; después de danzar, tocar, coger con apasionado ritmo y desvergüenza, de cometer actos de sodomía y fetichismo, terminamos, unos antes que otros, llenos de fluidos, confeti y desmemoria, dormimos abrazados, con las palmas tocando un seno, un pubis, un pene o la nalga de otro. En el sopor multicolor de la noche tuvimos sueños de infancia. La primera luz del día nos vio descansar entre cuerpos suaves y lacerados. Las bocas murmuraban dormidas, las palabras comenzaron a abrazarse en un mismo sueño.

Soñaba con una playa, veía a lo lejos un cangrejo tornasol sobre un tronco semienterrado en la arena. El movimiento histérico de su boquilla entre el adormecedor sonido de las olas. Con ese vaivén, fui atravesando la bruma del despertar, y ahí lo vi, en la mecedora, sentado, mirándonos. La luz le pegaba de lleno y parecía un espejismo. Luego sentí la tibieza del cuerpo frente al mío, olí el cabello rojo de Amanda, los breves rasguños sobre su hombro, y en seguida, una mano fría sobre mi seno. Vera se sacudió y se levantó de la cama de un salto, Javier nos esperaba vestido, Remi se puso a llorar en cuclillas, desnudo bajo el marco de la puerta. Me quedé sola con él en la cama, volteé a mirarlo quitando cuidadosamente la mano rígida de mi pecho, y me incorporé. Lerolero se había muerto. Nos quedamos mirándolo mientras dormía en un lecho muy lejano. Lerolero había abandonado la nave.

Amorosamente, lo cubrimos con las sábanas sucias, arreglamos la cama, nos vestimos, nos miramos unos a otros, con pesar, tristeza, lágrimas, indiferencia, desgano, certeza, qué se yo. Tomé mi chamarra del respaldo de la mecedora y le pelé los dientes a los ojillos temblorosos. Sonreía, en su rostro se leía: venganza. Salimos del cuarto, seguimos bebiendo en la cocina, ¡a su salud! ¡salud! ¡salud! Tomamos lo que pudimos, sus películas, libros, música, ropa, condones, arneses, papel de baño, sábanas, comida enlatada, máscaras de luchador, pero a sus discos de acetato los dejamos intactos. Nos marchamos con cajas y bolsas llenas, siempre nos lo dio todo. Llenamos el cuarto de pequeñas ofrendas personales, breves recuerdos de la vida profusa que compartimos con él.

 

 

IV

 

Salir así de la casa fue abandonar otra parte de nosotros, como la cola de una lagartija cortada de tajo, retorciéndose en acto reflejo.

Los ojillos me persiguen.

Luego de la era de Lerolero, la vida se vació un poco más. El grupo comenzó a buscar otros centros de reunión. Nos separamos un poco, fue difícil perderlo y, como nadie había ido al funeral, no cerramos el ciclo, supongo. Quisimos, pero su familia nos prohibió aparecernos, digo, después de lo que pasó con El Verga y luego de abandonar el cuerpo desnudo y marcado por las huellas de la fiesta, nos lo esperábamos, pero lo queríamos.

Durante el luto, reventamos con desconocidos entre los cuales a veces veía los ojillos. Su presencia se hizo cada vez más penetrante. Lo entiendo, lo sé, quiere castigarme en el momento en que me encuentre más vulnerable, ¿qué dices? Sí lo sé, no te hagas el pendejo, ya sé lo que hice y lo que me busqué, pero tú crees que me voy a dejar, primero muerta como tú, perro.

Los días pasaron a cuentagotas y algo así como un germen silencioso brotaba en la regadera, en la cocina, en la cama; eso llenó las noches de visiones y de incertidumbre. La repentina muerte de Lerolero sólo me había hecho recordar lo que quería dejar atrás, eso de lo que me hablaban los ojillos.

 

 

V

 

Entre sueños escuché pasos de gigante que me seguían por las calles. Quise correr pero un dolor me carcomía el estómago. Asustada abrí los ojos y lo vi a los pies de mi cama. Parpadeaba. La boca me pedía agua. ¿Más pasos? Golpes secos que poco a poco me traían de vuelta. ¡Voy! Me levanté y tomé una taza con café frío y unas galletas abandonadas detrás del teléfono. Ya voy. Abrí la puerta y estaba Miguelito con su cara larga. Le invité de mi desayuno pero no lo vio con buenos ojos. Para prolongar el tiempo me habló sobre su vida diaria y el dolor de una vieja herida en la rodilla, después se puso serio y me dio la noticia que estaba esperando. Te busca Esteban, ya sabe que estabas en la peda con su hermano cuando murió. ¡Puta madre! Te busca para sacarte la sopa, mejor agarra camino pa’ otro lado, no creo que tenga ganas de platicar, anda como perdido en el rencor. Qué mierda, pero ¿por qué no estuvo en el funeral? Quién sabe, es un puto vago, lo importante es que te largues. Le dijo el Nando ¿verdad? Es el que queda ¿no?, pero no creas, aguantó vara antes de sacar tu nombre, le dio una putiza, está en el hospital. Y cómo es Esteban. Igual. ¿Igual? Sí, igual; Esteban es i-gua-li-to a su hermano. ¡Verga!

Se fue después de ofrecerme unas chelas, ayuda y una casa en Monterrey. Que me fuera, sí, claro, cómo no, pues a la verga. Sabía que Vicente tenía un hermano y que esto podía pasar. Ahora creo que los ojillos que vi no eran los de él, sino los de Esteban. Lo lógico es que sintiera algo de temor por el inevitable encuentro, en cambio, no podía dejar de preguntarme: si tienen jetas gemelas, ¿también tendrán vergas gemelas?

La presencia de Esteban era más imponente que la de su hermano, más voraz, lo que me hizo darme cuenta de que Vicente no era el gemelo malvado como pensé. Poco hice después de la visita del Miguel, era mejor parecer que no tenía nada que temer, parecer como que no sentía culpa. ¿Sentía culpa? Sentía sed. Salí a la calle y fui a comprar algunos víveres, algo con más consistencia y proteínas para llenarme el estómago. Al poco tiempo llegó una camioneta y los golpes en mi puerta anunciaron a Esteban. Abrí, su imagen resucitó a su hermano y, frente al cañón de la pistola, traté de convencerlo de algo, de lo que fuera.

—A ver hija de la chingada, me lo dices despacito. ¿Qué pasó?

—Fue un accidente… Estaba en la cama de tu hermano… él llegó, trató de cogerme pero no quise. Se puso pesado y Lerolero llegó… lo vio. Se pelearon y tu hermano se cayó. Se pegó con el filo de la ventana. Se empezó a sentir mal del pecho. Fue instantáneo. Estaba alterado… se pasoneó, no sé… no supimos qué hacer.

—¡No seas pendeja!… ¿Tengo cara de idiota? Se cayó, se le fueron las patas, fue sin querer, pinche puta de mierda. ¿Qué pasó? Yo sé que no fue instantáneo. Lo dejaron morirse.

—Por favor, créeme… no sé, yo andaba en las mismas, ni me fijé qué carajos pasó, me quise ir, lo vi en el piso después de la pelea, no pensé que fuera…

—Mira, ¿lo hacemos fácil o difícil? ¿Te rompo la madre o te saco las tripas?

La mirada era la misma, las mismas manos, la misma insistencia. Poco a poco, la sensación del cuerpo de su hermano se hacía más vívida. Conforme sus ojos penetraban en los míos, se fue desdoblando. La misma carne, el mismo hombre. Me recorrieron los mismos temblores.

—No entiendo qué haces aquí, si te vi en la caja.

—¿Qué carajos dices?

Los ojillos estaban en el rincón, brillando.

—Habla, pendeja, ¿fueron los que lo orinaron?

—No. Eso fue por amistad.

—¿Ya vas a decirme?

—Ya te dije que quiso cogerme, y Lerolero lo golpeó… no sé… Yo estaba asustada… me fui por la ventana al patio… estaba muy peda. Luego entré a la sala. Lerolero salió del cuarto y seguimos tomando. Vicente no salió, pero yo no pregunté nada, estaba bien podrida.

Los ojillos se impacientaban y Esteban se veía confundido, confundido aliviado, confundido iracundo.

—Vamos a ver a Lerolero.

Sentí escalofríos. No sabía. Al menos, Nando había aguantado los putazos y no le había dicho todo.

Nos subimos a la camioneta y condujo. No te dije varias cosas, Esteban, pensaba mirándolo. Cuando llegáramos a la casa y nadie saliera, cuando algún familiar contestara el celular y se enterara de la conveniente muerte de Lerolero, me iba a cargar la chingada. Está muerto, quería decirle. Lo mencioné en varios tonos dentro de mi cabeza. Lerolero está muerto.

Tenía que pensar en los hechos conocidos. Sin ellos, no sabría dónde acomodar la mentira. Les dijeron que después de una pelea había sobrevenido el infarto y que en ese momento estaba solo. Los detalles que rodearon la muerte eran tan anormales que el fallecimiento pasó a segundo plano, se descartaron debido a la ingesta de estupefacientes y las prácticas sexuales del occiso. Sólo hubo amargura para los padres y el escozor del lazo roto. La vergüenza paterna nos salvó del escrutinio legal.

Al llegar a la casa vacía de Lerolero, Esteban se estacionó en el desnivel del portón del garaje. Tocó el claxon y fue a la puerta. Me miró, sentada, inmóvil, esperando a que se diera cuenta de las cosas, que descifrara los temblores y las mentiras. Sí, es cierto que Vicente y Lerolero habían peleado, pero antes, después de que Nando se fuera, como amigos. Era cierto eso. También era cierto que Vicente entró al cuarto cuando yo estaba en la cama y que quiso cogerme, pero primero quiso jugar. Esteban se acercó al carro y me pidió el celular de Lerolero, marcó y marcó. Era cierto eso, sí, pero no me negué, quise seguirle el juego, su cuerpo siempre me excitaba; sacó los lazos de piel. Me bajó los pantalones, ató mis tobillos. El gemelo se había llevado las llaves consigo, sólo podía quitar el freno y aprovechar la pendiente, no tenía muchas opciones. Lo veía marcar frente al auto, era él, otra vez, en el cuarto sobre mí. Vicente estaba decidido a amarrarme las piernas, pero se detuvo, miró los lazos y las muñequeras. Ahora házmelo a mí, amárrame. Sí, ya era hora. Recuerdo su rostro emocionado, su cuerpo que no sabía cómo habría de someterlo. Lentamente coloqué la mano en el freno de mano, le contestaron y le dijeron, el rostro de Esteban se transformó. Levantó la vista y me miró como él, igual que él. Pasé las cintas por su cuello, por sus brazos, el torso, por entre las nalgas. Lo amordacé y comencé a darle un suave oral, al poco tiempo hizo la seña llave: lo que creí emoción era asfixia. Cayó hacia atrás dándose con la ventana. Me fui con él. El golpe lo noqueó y yo no supe qué pasó. Tambaleé un poco por la habitación con las manos en la cara. Esteban metió la mano en el bolsillo, donde había guardado el arma. Al carajo, todo se fue a la mierda. Con los ojillos en la espalda, solté el freno y bruscamente el auto se fue hacia adelante, aprisionó al hermano contra el portón. Apenas reaccionó. Trató de saltar, pero no le dio el tiempo, sus piernas quedaron atrapadas entre la defensa y la puerta. El arma cayó debajo del carro.

Me mentaba la madre. Qué chistoso, decía puta con el mismo rictus que su hermano.

—Ok. ¿Quieres hablar?… La pelea fue antes y el infarto después, pero en el momento no supe. Yo lo amarré, por eso tenía las marcas, era sólo un juego. De repente, lo oí quejarse y se cayó, me fui pensando que se había muerto por el golpe que se dio en la ventana. Me quedé como idiota en la puerta del cuarto, mirándolo con la cara sobre el suelo… Todo fue muy rápido. No reconocí el infarto, yo no sé, además estaba amarrado, ya no se movía, pensé que había sido todo. Eso fue todo. Lerolero entró y sólo nos miró, no dijo nada, me dijo que saliera, él lo desamarró y nunca hablamos de eso. Sin saber lo dejamos ahí.

Le hablaba pero no me oía, gritaba amenazándome, como él, la misma cara, la misma lengua, la ira. Lo que no le dije a Esteban fue que al ver a su hermano bajo la ventana, a mi disposición, me invadió la malicia. Lo vi tendido y sí supe que era un infarto. Lo vi en todo su cuerpo. Sin embargo, fue irresistible observarlo y ya, tan fuerte, tan corpulento y, en ese momento, tan vulnerable. Mirarlo como lo miro ahora a él, los mismos ojos, la misma boca. Lo que no le dije es que me incliné, él murmuraba pidiendo ayuda. En un impulso mis manos le oprimieron la garganta, se quejaba apagadamente mientras su corazón palpitaba en sus sienes, en sus ojos furiosos, el contacto de su cuerpo paralizado por el dolor lo convirtió en un bulto tibio. Por un momento casi me detengo, pensando que era suficiente juego, pero sobrevino un último estiramiento.

Lo desamarré, salí del cuarto y abracé a Lerolero, le dije que se me había muerto. Se puso pálido. Son gajes del oficio nena, lo lamento.

¡Ya cállate, Esteban! Me metí bajo el auto.

Los ojillos nerviosos me miraban, a mi espalda, entre las ventanas de la casa, del auto, de la noche. Vociferaba, agitándose con violencia. Era el mismo, tomé el arma y le apunté a la cabeza. Tranquilo, Vicente, será rápido, sólo te daré este empujoncito, como la última vez.

La detonación llenó la calle. Los ojillos enloquecieron y se salieron de sus cuencas.

Caminando abandono cualquier lugar, no tengo otro medio además de mis pies, mientras me funcionen puedo dejar atrás cualquier cosa. Caminando se me olvida el tiempo, el cansancio del cerebro que palpita desesperado por algo de inmovilidad. Me fui tratando de huir de las miradas gemelas, del cuerpo de dos cabezas, de dos vergas, de cuatro manos; la masa rabiosa, caminando a pasos dobles y llamándome con notas simultáneas, me seguiría siempre.

Sentí sed. Mucha. Escuché sirenas. Corrí por varias calles. Bajo un poste de luz, una puertilla se iluminaba, había unos banquitos, ahí me esperaban ambos, mirándome con furia.

—¿Qué va a querer joven?

—¿Me da agua?

—¿Nada más?

—Por favor, tengo mucha sed.

—Oiga, qué habrá pasado.

—No sé. De seguro una tragedia— dije, bebiendo de un trago el vaso con agua, y luego otro y otro y otro… bebí por tres, por dos, por lo que ahora somos.

 

 


Mariana Carbajal Rosas nació en Córdoba, Veracruz, México, y desde niña se enamoró de la lectura y el cine. Estudió Lengua en Literatura Hispánicas para ser una mejor lectora, actualmente es periodista de cultura y cursa la Maestría en Estudios de la Cultura y la Comunicación. Escribir es una parte de su vida y espera que poco a poco, con la práctica, sus textos vayan mejorando. Mientras tanto hace su mejor esfuerzo.

Publica en Axxón por primera vez.


Este cuento se vincula temáticamente con EXTRAÑA LUNA DE MIEL, de Eduardo Poggi; FAIRLANE, de Sergio Bonomo y DESDE LA CULPA, de Lucas Berruezo.


Axxón 250 – enero de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Terror psicológico : Alteraciones de la percepción : Culpa : México : Mexicana).

Una Respuesta a “«Desayuno punk», Mariana Carbajal Rosas”
  1. Carlos dice:

    Está chido.

  2.  
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