Revista Axxón » «El hotel de los suicidas», Sabina Theo - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

BULGARIA

 

—¿Qué le gustaría? —dijo el hombre de la recepción al darle la bienvenida. Llevaba un traje excepcionalmente elegante y, como podía esperarse, una sonrisa amigable que bailaba en sus ojos—. ¿Una muerte apocalíptica para dos? ¿Veneno? ¿Un asesinato? ¿O tal vez nos dejará decidir a nosotros? El precio es el mismo, como lo anunciamos en el folleto.

Silenciosamente, Eddie deslizó su tarjeta de identificación sobre el mostrador. Se sentía inseguro. Las paredes del espacioso vestíbulo estaban cubiertas de cuadros costosos. Originales, en un tiempo en que el precio de los originales era simplemente imposible. Los gráficos por computadora habían matado al arte vivo. Y era un verdadero milagro que aún se filmaran películas donde participaban actores normales.

Pero nada, absolutamente nada, había anticipado la actividad tan especial desarrollada por este hotel que, en muy poco tiempo, lo había convertido en el lugar más visitado del siglo.

«Otra consecuencia de la locura que envuelve a la humanidad. Pero eso sucede cuando uno prefiere creer que ha evolucionado a partir de un mono, aunque no tenemos pruebas especiales de eso», pensó Eddie, golpeteando los dedos contra el frío mostrador de mármol. «Y finalmente decidí ser parte de esta locura. Muy probablemente porque ya no se me ocurre nada más».

—Veo que le agrada el ambiente —dijo el recepcionista y Eddie echó un vistazo a la discreta inscripción ubicada sobre el bolsillo izquierdo del hombre: «Leo Verini, psicólogo»—. Oh, no se preocupe. Aquí todos tenemos un rol, desde el chef hasta el muchacho que abre las puertas. Incluso las mucamas. No queremos cometer errores, ¿verdad?

«Apuesto que no», pensó Eddie. Se le habían enfriado las manos.

—Entiendo su inquietud.

—¿Cómo dice?

—Hace un momento comenzó a golpetear los dedos y eso puede indicar muchas cosas, incluida la impaciencia, pero a mí me parece que usted está inquieto.

—¿Y qué habría pasado si hubiera comenzado a morderme las uñas?

—Le habría recomendado a la manicurista del segundo piso. —Verini rió.

Contra su voluntad, Eddie se sintió aliviado.

—Pasemos a las formalidades, señor Verini. ¿O… doctor Verini?

—Como prefiera. El título no significa nada. Yo seré alguien si logro ser de utilidad para usted. Ha leído el folleto, ¿verdad?

Eddie asintió. Recordaba claramente el contacto con el lujoso papel encerado y su olor a frescura, las hermosas letras negro y violeta y, por supuesto, las relucientes fotos aéreas de las aguas azules, las palmeras y también de la fachada del hotel.

¿Está aburrido de la vida?, gritaba, susurraba y tarareaba el folleto. ¿Necesita algo nuevo? ¿Quiere aventuras, quiere cumplir sus sueños y, como postre, quiere una muerte hermosa? ¡Venga a «Deleite Caribeño», el lugar donde los bellos cadáveres son parte de la vida!

¿Qué idiota experto en publicidad había inventado la última frase? Pero probablemente su efecto era deliberado. Era imposible no sentirse relajado al leer esa notable tontería.

Eddie estaba impresionado. Y, obviamente, no era el único. Cerca de la piscina, unas modelos bronceadas de muslos largos como pistas de aterrizaje tomaban baños de sol. El enorme restaurante estaba atestado y en las callejuelas había gente paseando bajo la sombra de las palmeras. No había niños persiguiéndose mutuamente en el césped. Pero sí había perros. Sin ninguna duda, sus generosos dueños habían decidido llevárselos con ellos en su último (o su próximo, si se consideraba el punto de vista budista, tan popular) viaje a lo desconocido.

Casi de inmediato, a una velocidad que incluso sorprendió a los accionistas, el hotel se había convertido en el paraíso de los hartos de una vida de riqueza y de los artistas que caían en un pozo creativo. Después de probarlo todo, estos últimos venían de todo el mundo para volverse leyenda. Ya no era necesario perder tiempo en conjeturas y reflexiones, en planes cuya elaboración ya era un cliché… «Deleite Caribeño» se encargaba de todo. Incluida la publicidad. Quizás la clave era justamente esa. Cuando el primer miembro de la chusma literaria popular que regía el mercado llegó allí y murió, elegantemente exhausto por los orgasmos, en los brazos de dos hermosas y hábiles prostitutas, y cuando su rostro dichoso, con los ojos cerrados, apareció en las portadas de las revistas blancas y amarillas más famosas, los eventos se sucedieron en avalancha.

Y recientemente el Consejo de la empresa incluso había decidido «ecualizar» el acceso a sus servicios y comenzar una intensiva campaña publicitaria de alcance mundial. En ella, señalaban que la cifra concreta del precio era la misma para todos los países. En consecuencia, por una noche en el «Deleite Caribeño», un norteamericano pagaba cinco mil dólares y un francés cinco mil euros. Eddie nunca entendió de qué se trataba, pero la publicidad sonaba muy humanitaria y los adherentes al hotel aumentaron. Como iban las cosas, pronto abrirían sucursales.

Eddie no era un hombre rico, pero tenía suficientes ahorros para solventar un último exceso.

Leo Verini, que había observado en silencio el cambio de expresiones en el rostro de su cliente, tosió y empujó hacia él una delgada carpeta violeta con un monograma dorado. Contenía una declaración de presencia voluntaria, un cuestionario de unas noventa preguntas y un formulario de registro.

—¿Qué significa «presencia voluntaria»? —preguntó Eddie.

—Eso está implícito. Formalidades. Lo exige la ley.

—Ajá.

—Responder el cuestionario le llevará un tiempo, pero puede sentarse en una de las mesas de allí. Haré que le sirvan una taza de café.

—Prefiero una cerveza.

—Más tarde le daremos alcohol. Ahora debe estar sobrio para pensar.

—De acuerdo —coincidió Eddie.

—¿Tiene testamento?

—No.

—Lo arreglaremos más tarde. Le deseo que pase un buen rato respondiendo.

—Gracias.

—Ah, y una cosa más.

—¿Sí?

—En principio, nuestros visitantes están aquí por propia voluntad. Pero si alguien lo chantajea… si usted tiene hasta la más pequeña duda de que alguien, un pariente digamos, lo ha influido para venir al hotel con fines materialistas, por favor informe a nuestro departamento «Defensa del Cliente» y su problema será resuelto de inmediato. Le aseguro que nuestros contactos son ilimitados.

—Por fortuna no tengo esos problemas, pero gracias de todos modos.

Eddie fue hasta el extremo opuesto del vestíbulo. Completar los documentos le llevó alrededor de una hora. En las columnas Nombre, Profesión, Edad y Estado Civil escribió: Edward H. Smith, músico y compositor (instrumento: piano), 34 años, soltero.

Algunas preguntas eran fáciles. Por ejemplo, las referidas a su altura, sus creencias religiosas, el color de su cabello y sus ojos. Pero otras eran perturbadoras: ¿Alguna vez se hirió deliberadamente? ¿Cuántas veces por mes se masturba? ¿Qué haría usted si tuviera que elegir entre un pollo asado o cuarenta azotes con una rama de castaño y un pollo crudo, para luego terminar la noche con una hermosa prostituta? ¿Tiene alguna película de terror favorita? ¿Alguna vez sintió el deseo de asesinar a uno de sus padres? ¿Alguna vez soñó con tener sexo con su madre o su padre? ¿Cuál es su narcótico preferido? ¿Cuál es el lugar más extravagante en el que ha tenido sexo?

Cuando regresó a la recepción era casi mediodía. Verini tomó los documentos, los revisó rápidamente, los selló y los guardó en algún sitio que Eddie no alcanzó a ver. Luego le preguntó.

—¿Ya lo decidió?

—Me temo que no.

—¿Una muerte fugaz o algo para el alma?

—Para el alma.

Verini se encogió de hombros.

—No me sorprende. Los artistas están dotados de una imaginación excepcional. ¿Sabe? El mundo de verdad necesita un lugar como el «Deleite Caribeño». ¿Aquí escribió que es músico? ¿Quiere obtener fama? ¿O solo tiene constipación creativa, si me permite la expresión? Créame, después de una estadía de dos meses con nosotros, algunos compositores han creado sus mejores obras. Las grabaron en nuestro estudio profesional. En caso de que sienta curiosidad, puede escucharlas en la sala de informática. Por supuesto, nos quedamos con los derechos de autor de las partes más significativas del arte que se crea en el hotel. Pero ese es otro tema… Y ahora dígame, ¿usted es masoquista? ¿O le atrae el sadismo? Por supuesto, voy a leer las respuestas del cuestionario, pero deseo formarme una imagen preliminar. ¿Alguna exquisita experiencia espiritual sin consecuencias graves para su esencia corporal? No es obligatorio que usted muera todavía, si aún no lo ha decidido…

—Tal vez sí.

Verini rió.

—¿Cómo se puede matar a un escritor?

Eddie se puso nervioso.

—No lo sé.

—Póngalo en una habitación totalmente a oscuras y su imaginación hará el resto. ¿Le interesan las relaciones personales? ¿O es más bien un solitario?

—Me interesan.

—La imagen me parece clara. No se preocupe, le proporcionaremos todas las condiciones necesarias para la creación. Y cuando haya terminado, escucharemos sus obras y probablemente le haremos una oferta para comprarle ciertos derechos de autor. Tenemos a disposición un equipo de abogados excelentemente preparados que le garantizarán que el acuerdo será justo y que no privaremos a sus herederos de lo que les corresponde. Pero lo que le sucederá a usted permanecerá en secreto. —Leo Verini le entregó una tarjeta que abría la puerta de la habitación y le hizo señas al botones—. No es mi obligación directa, pero lo visitaré en su habitación para ver cómo se encuentra. ¡Disfrute de su estadía!

Eddie dio media vuelta y siguió al botones automáticamente. Lo que no pudo advertir fue que el psicólogo le echó un vistazo a la carpeta que contenía su cuestionario y oprimió un botón ubicado detrás del mostrador. Se encendió una lamparilla de suave luz violeta.

En el ascensor se escuchaban voces. Eddie retrocedió, pero exactamente en ese instante las puertas corredizas se abrieron y salió una chica. Absorta en la conversación de su teléfono móvil, tropezó con el equipaje que el botones había dejado en el suelo y cayó directamente en los brazos del joven músico. Él se balanceó. El asombroso aroma de la piel de ella lo envolvió; su calidez estaba empapada de un perfume especial y Eddie perdió la cabeza. Como en un sueño, se oyó dándole excusas tontas. La cegadora nube de cabello rubio de la desconocida le quemaba los ojos. Rió.

—Oh, maldición —dijo ella mientras retrocedía—. El botones olvidó parte de mi equipaje en el corredor.

Luego miró a Eddie y sonrió con timidez.

—Lo siento mucho. Normalmente no uso ese lenguaje, pero… ¡Vamos! —le dijo al muchacho que esperaba pacientemente en el ascensor—. ¡Corre! Recuerdas la habitación, ¿verdad? —Después miró a Eddie otra vez—. Soy Amanda. Gusto en conocerte. ¿En qué piso estás?

—Aún no lo sé…

—¿Vienes de lejos? Yo soy de Queensland. Y hago música. Me aventuré a hacer esto porque…

Leo Verini los observó entrar en el ascensor. Cuando las puertas se cerraron, dejó ver sus dientes blancos y parejos en una sonrisa perfecta y le hizo señas al botones que se aproximó a la recepción.


Ilustración: Valeria Uccelli

—Algo para el alma —dijo tranquilamente—. Este joven llegará a conocer el lento ascenso a la cumbre y la dulzura de la expectativa, para luego hundirse en el abismo de la desesperación que sólo cierto contacto personal puede generar. No me sorprendería que después de su estadía con nosotros pueda crear algunas de sus mejores obras. O que realmente quiera morir. El perfume de Amanda es especial…

—¿Algo basado en las feromonas? —El botones sonrió.

—No tenga dudas, doctor. Ya sabe que aquí hacemos todo escrupulosamente… ¡incluso el amor! —respondió Verini, y continuó con sus deberes.

 

 

Título original: The Hotel of the Suiciders, © Sabina Theo.
Traducción: Claudia De Bella, © 2014

 

 


Sabina Theo nació en 1977 en Haskovo, Bulgaria, y comenzó a leer y escribir a la edad de tres años. En 2005 se graduó en Filología Rusa en la Universidad de Plovdiv, Paisii Hilendarski.

Publicó su primera historia de terror, The Substitute, a los diecisiete años. La reseña (Haskovski vesti, 18 Sep 1995) inmediatamente la definió como «original y talentosa». Haskovski vesti siguió con la publicación de su primera historia de vampiros, Running Away from the Light, durante los seis números siguientes. Desde entonces, ha publicado miles de artículos sobre cultura, medicina y cuestiones sociales, y una serie de relatos cortos y poemas principalmente en ediciones búlgaras, pero también en Dinamarca, Grecia, Canadá, Turquía, Francia, Suecia y Rusia. Sus novelas The Summer of the Vampires, Sons of Shadows y Following the Dusk, y su colección de cuentos Running Away From the Light están en lista para su publicación.

Las obras de Sabina Theo se orientan a todo lo inusual, especialmente a las capacidades humanas inexploradas y a la profundidad de la psique humana. Su principal pasión son los vampiros, a los que dedica mucho tiempo e investigación.

Esta es su primera aparición en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con LA MUERTE S.A., de Sergio Sangiao Filgueira; LAS MUERTES CONCÉNTRICAS, de Jack London y ESPECIAL CUENTOS «MI PROPIA MUERTE» (2), de autores varios..


Axxón 251 – febrero de 2014

Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Sociedad futura : Muerte : Bulgaria : Búlgara).

2 Respuestas a “«El hotel de los suicidas», Sabina Theo”
  1. Edgar dice:

    Que? es enserio??

    Me quedé estupefacto, donde esta la historia restante???!!

  2. Sergio Peralta dice:

    Como en tantas otras obras se desperdició un excelente argumento. El tema da para una novela (no corta precisamente) y no para un cuento. Una pena.

  3.  
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