PS3

Erath Juárez Hernández

México

Al Taller Forjadores, por la inspiración y su amistad


La excusa de Lex era que sus hijos llevaban mucho tiempo pidiéndolo y que ya lo merecían. Para él, era algo que siempre deseaba cuando niño. No tenía idea de cuánto dinero había gastado en "maquinitas" en su vida, pero si lo hubiera ahorrado, seguro tendría el suficiente para comprarse por lo menos otros tres PS3. Tuvo suerte, pues era el último que quedaba. Según el empleado de la tienda, los aparatos habían "volado".

Nunca había visitado ese negocio; de hecho se le hizo raro que hubiera una tienda de juguetes en esa calle. Los edificios a su alrededor estaban en su mayoría abandonados y algunos eran tan viejos que tenían letreros advirtiendo que podían caerse y estaban en proceso de ser demolidos.

El gran anuncio "PS3 con 50% de descuento" fue lo que lo hizo detenerse.

—¿Cómo es que nunca les había visto? —preguntó al encargado.

—Recién abrimos, señor —señaló el joven larguirucho.

—No es que quiera entrometerme en lo que no me importa, pero, ¿quién es el dueño? ¿Sólo tiene este negocio?

—La verdad es que no creo que lo conozca. Mi jefe tiene otro tipo de negocios... Entretenimiento para adultos, usted sabe, pero ahora le llamó la atención el mercado del juguete. Adora a los niños.

—Bueno, cóbreme usted —dijo Lex, y le alcanzó su tarjeta. Se acordó de aquel comercial que dice que "hay cosas que no tienen precio". La alegría de sus hijos, por ejemplo.

Salió apurado. No advirtió, por lo tanto, que el empleado lo seguía con la mirada, ni la sonrisa que se le dibujó en el rostro cadavérico. Lex abordó el auto y dio marcha; cuando dobló la esquina, el lugar volvió a convertirse en un sitio en ruinas.

Como si se tratara de un bebé, Lex había colocado la consola en el asiento delantero. Sólo le faltó ponerle el cinturón de seguridad. Pasó el rato imaginando la cara de sus hijos cuando lo vieran cruzar la puerta con semejante sorpresa.

Los encontró haciendo su tarea.

—¿A que no adivinan qué les traje? —anunció Lex, sujetando la caja frente a su cara.

—¡Un PS3! —gritaron casi al unísono sus hijos.

—Sólo porque se han portado muy bien y sus calificaciones son buenas. Deben seguir así, porque si no, se lo regalo a los niños de la casa de enfrente.

—¡Vamos a abrirlo! —dijo el más pequeño.

—¿Me escucharon? Deben prometerme que van a seguir siendo buenos chicos —advirtió Lex.

—Claro, papá. No te preocupes. Dale, ábrelo. ¿Qué juegos trae? —dijo el mayor.

—Pues no sé, viene con tres juegos de regalo —comentó Lex.

En efecto, el juego venía con un juego de fútbol, el clásico de pandillas, y uno nuevo que ni sus hijos conocían y venía etiquetado como "Extremadamente violento y con escenas gore".

—Lo siento niños, este sólo lo podré jugar yo ¿Quién juega un partidito conmigo?

María Eugenia, la esposa de Lex, los miraba desde la cocina mientras sacaba una bolsa de palomitas del microondas. Como sabía que nadie le iba a hacer caso durante unas horas, dejó un gran plato en medio de ellos para que comieran mientras jugaban, y se fue a ver TV.

Después de la cena, los niños se retiraron. Lex y su esposa se quedaron un rato en la mesa.

—Has hecho muy felices a los niños con ese juego —dijo ella.

—Sí, es verdad. De niño nunca tuve uno, aunque los videojuegos siempre me gustaron. A veces hasta gastaba todo el dinero que me daban para la escuela en eso, y me pasaba en los locales todo el día.

—Pues no quiero que te pases jugando más tiempo tú que los chicos —bromeó ella, y le lanzó esa mirada que a él tanto le gustaba, pues sabía lo que significaba.

—No, ¿cómo crees? Ahora sólo jugaré un rato el que es sólo para adultos y te alcanzo en la cama. Tengo mucha curiosidad por saber de qué se trata, pero creo que lo cambiaré por otro que podamos jugar todos.

—Pues si te tardas me encontrarás dormida.

Nuevamente la mirada, pero Lex ya no la vio, pues echaba un vistazo a la caja del juego.

—Sólo unos minutos...


En cuanto insertó el disco, la pantalla cambió a negro. Le pareció bastante extraño. Esperó un poco, pero nada sucedía. Le dio un pequeño golpe a la consola. Entonces apareció con letras rojas, como escritas con sangre: "Bienvenido a mi Infierno Virtual". Luego la figura de Behemot, brillando como el oro. Abajo titilaba un cursor animado con forma de cráneo.

Luego se escuchó: "Escribe tu nombre, esclavo".

Lex volvió a mirar la caja del juego. En la portada aparecía otro personaje, uno de artes marciales, se acordó de Mortal Kombat.

¿Qué carajos será este juego?, pensó. Lo que estaba en la pantalla no tenía nada que ver.

Dudó un poco. Al final escribió: "Lex, el que acecha desde el umbral". Un nick que usaba en las listas de correo.

Las letras se distorsionaron y la pantalla se tiñó de rojo. Luego apareció la imagen de un demonio, mitad hombre, mitad chivo. En la mano sostenía un cáliz de oro con un grabado de una cruz invertida.

El ser habló.

—Acércate, esclavo, y bebe de la sangre de las víctimas de nuestro señor Aztaroth.

Lex no sabía qué hacer; el juego era demasiado realista para su gusto.

Como si una fuerza magnética lo atrajera, se fue acercando a la TV. Cuando su cara estuvo a escasos centímetros de la pantalla surgió un brazo que le acercó el cáliz a los labios. El olor del líquido era inconfundible: sangre. Estuvo a punto de gritar por la impresión y cerró la boca para no beber aquello, pero algo lo obligaba a abrir los labios...


—¡Lex!

—¿Qué, qué pasó?

—Ya sabía que ese maldito juego te iba a entretener. Llevas dos horas jugando.

—Pero... es que...

María Eugenia se acercó y de mala gana desenchufó el PS3.

—Mañana tienes esa importante junta con tu jefe. ¿Lo recuerdas? Vamos a dormir. Te estuve esperando.

—Disculpa mi amor, la verdad no sé qué pasó. No me pareció que hubiera pasado tanto tiempo. Además, ese juego... está...

—¿Está... qué?

—Olvídalo. Durmamos. Mañana lo devolveré.

Tuvo tanto trabajo al día siguiente que ni siquiera encontró tiempo para meditar en lo sucedido la noche anterior. La junta con su jefe fue un desastre: no pudo concentrarse al cien por ciento y el proyecto de ventas que había preparado no convenció a nadie. Ahora tenía que reelaborarlo.

Después de su jornada laboral, se dirigió a la tienda de juguetes. Durante el trayecto no se atrevió a mirar el juego que estaba guardado en la guantera. Se empezó a preguntar si todo aquello no había sido más que un horrible sueño.

"Dos horas, de las cuales sólo recuerdo a ese demonio que me obligaba a beber. Tan sólo una pesadilla muy vívida", se dijo.

Recordó que ya le había pasado otras veces, como cuando soñó con Salma Hayek. María Eugenia se enojó con él porque la despertó al gritar como desesperado el nombre de la actriz.

Al llegar al lugar donde lo había comprado, se encontró con nada. Absolutamente nada. El sitio no era más que un edificio gris a punto de derrumbarse. En la esquina, unas prostitutas se peleaban por un cliente.

Cuando detuvo el auto, una de ellas soltó a la otra y se dirigió hacia él, no sin antes desenredarse la mano de la maraña de pelo y postizos.

—Hola, papi... ¿Buscas compañía? —dijo la mujer, mientras se acomodaba la minifalda y jalaba el brassier a su posición.

—No, gracias, estoy buscando una juguetería —aclaró Lex.

Ella no pudo evitar reírse y mirarlo con asombro. O el hombre estaba bien drogado o era uno de esos perversos a quienes les gustaban los "juguetitos".

—Mira, papi, por aquí no hay ninguna juguetería, pero si quieres, en mi apartamento tengo varios que podrían gustarte. ¿Qué dices?

—Ayer estuve aquí. Compré un PS3 y hoy vine a devolver un juego que no me gustó...

—Bueno. ¿Vas a querer o no? —Se sacó un pecho y lo acercó a la ventanilla—. ¡Que me acabas de hacer perder un cliente, cabrón! —se quejó la mujer, que con rabia miraba como su rival de banqueta se alejaba con el tipo que se disputaban.

Lex aceleró y se alejó de ahí. La prostituta alcanzó a lanzarle una piedra que rompió uno de los faros traseros, además de una que otra mentada de madre.

—¡Mierda! Esto sí que está raro, estoy quedando loco... ¿Qué carajos está pasando? —se dijo Lex, enojado.

Se detuvo frente a un bote de basura, sacó el juego de la guantera y empezó a hacerlo pedazos. Uno de ellos se le incrustó en el dedo anular y lo hizo sangrar.

—Lo que me faltaba, ¡coño!

Buscó con qué restañarse la sangre; estaba seguro de que tenía algunos kleenex. Cuando miró por el retrovisor, ahí estaba él. Era el muchacho del día anterior.

—¿Cómo entró...? —alcanzó a decir Lex, mientras se llevaba la mano al pecho, asustado.       

—Creo que me está buscando, ¿no es así?

—¡Por poco me cago del susto!

—Parece que no le gustó uno de los juegos...      

—Acabo de hacerlo pedazos. No era más que una porquería.

—Como sabía que esto iba a pasar, le traje otra copia. —Sacó de entre sus ropas una caja y se la puso en las manos—. Es mejor que no se resista, ¿o prefiere que se lo dé a uno de sus hijos? —Sonrió, mostrándole su pútrida dentadura—. Esta noche no se olvide de volver a jugarlo.

—¿Por qué yo? ¿Qué he hecho?

—No me pregunte a mí, sólo soy un mensajero ¿Qué más da?, pudo haber sido cualquiera; usted es un simple instrumento para los planes del maligno.

—¿Y cuáles son, volverme loco? Pues ya lo consiguió.

—Ya lo verá...

La cara del muchacho empezó a desfigurarse hasta convertirse en un pedazo de carne agusanada; las demás partes de su cuerpo también se pudrieron para después desaparecer.

Todavía con la caja en la mano, Lex volvió a arrancar el auto. Como si le quemara el juego, la dejó caer en el asiento. Manejó ensimismado por varios minutos, con la mirada fija hacia el frente. Sentía que la cabeza le iba a estallar; no había una explicación lógica a todo ese asunto. No le quedaba más que esperar lo que fuera a suceder. De una cosa sí estaba seguro: debía sacar a su familia de ahí, mandarlos lejos.

Cuando se dio cuenta, se encontraba frente a la puerta de su casa.

Mientras cerraba la puerta del auto, vio al vecino de enfrente, acercándose.

—¿Qué tal, vecino? Ya me contaron sus hijos del regalo.

—¿Sí? Es que aproveché una oferta.

—¿Dónde lo compró? Estuve buscando por todos lados y nada. Los estantes se vaciaron enseguida. Tendré que esperar hasta la próxima semana.

—En el "Liverpool"—mintió Lex.

—¿De verdad? Ayer estuve por ahí, ¿a qué hora fue usted, que no lo vi?

—Temprano, para conseguir uno.

—¿No podría prestármelo el fin de semana? O si quiere, se lo rento.

Lex se detuvo a pensarlo. No quería prestarlo, para esas cosas era demasiado quisquilloso; pero al mismo tiempo se sentía mal porque su vecino nunca le negaba nada. De hecho, no recordaba haberle regresado el machete con el que había cortado unas ramas que estorbaban la vista desde su ventana.

—¿Por qué mejor no vienen a jugar al rato? —Se sorprendió de haber dicho esto, cuando pensaba lo contrario—. A mis hijos les dará mucho gusto jugar con los suyos. Pedimos unas pizzas y nos tomamos unas chelas mientras juegan. ¿Qué le parece?

—Genial... ¿Le parece bien a las siete y media?

—Perfecto. Acá nos vemos —dijo Lex, muy a su pesar. Quería llevarse a la familia, pero antes tenía que pensar lo que les diría.

—¿Y ese juego? ¿Es nuevo? —El vecino interrumpió sus pensamientos, mientras le señalaba la caja sobre el asiento.

—No... de hecho, no sirve. Lo voy a devolver mañana —aclaró Lex. Y no pudo evitar mostrarse nervioso.

—Bueno, entonces nos vemos al rato. Yo llevo la cerveza.


Maria Eugenia veía la televisión mientras lo esperaba; sus hijos hacían la tarea escolar.

—¿Viste al vecino, Lex? —le gritó su esposa desde la recámara.

—Sí, gracias. Al rato viene con sus hijos —contestó.

A los pocos segundos ella lo alcanzó en la cocina. Lex buscaba el teléfono de la pizzería en la puerta del refrigerador.

—¿Invitaste al vecino?

—No quedó más remedio, ya sabes que le debo varios favores. Viene un rato con sus hijos, para jugar con los nuestros y el PS3. Vamos a comer pizza y a tomar unas cervezas. No vamos a dejarte un tiradero, si ésa es tu preocupación.

—Bueno, entonces veré yo sola el capitulo final de "Lost".

Lex había olvidado su promesa de que lo verían juntos.

—No puedo creer que no lo haya recordado. La verdad es que no me pude zafar de ésta. ¿Me perdonas? —Y puso su cara de niño bueno.

—Está bien. Y para que veas lo mucho que te quiero, lo voy a grabar y mañana lo vemos juntos. ¿Está bien?

—Gracias, amor

La abrazó y le plantó un sonoro beso en la boca. De pronto, le vino a la memoria el maldito juego. La sonrisa se le borró de inmediato.

—¿Y esa cara? —preguntó ella.

—Nada, que me fue mal en la junta. Pero no es grave, me dieron un plazo de tres días.

—Bueno, entonces los dejo solos. No vayan a hacer mucho ruido.


El vecino fue puntual; llegó a las siete con un cartón de cerveza, botanas y refrescos para los chicos; sus niños no disimulaban la emoción. Miraban hacia todos lados.

—Gracias por la invitación, señor Cardo —dijeron sus vecinitos. Luego al ver que en la sala jugaban con el PS3, corrieron para reunirse con los otros.

—Ya pedí las pizzas. Permítame las chelas, las pondré a enfriar —indicó Lex.

Mientras él y su vecino platicaban, los niños se divertían de lo lindo. Luego, después de comer, se unieron al grupo y todos jugaron. Pasaron varias horas, y llegó el momento de que los hijos se fueron a dormir. Los padres continuaron bebiendo por un rato más. Estaban despidiéndose cuando llamaron a la puerta.

—¿Quién será, a estas horas? —dijo Lex al mismo tiempo que se dirigía hacia la puerta. El reloj en la pared marcaba las doce de la noche.

Lex reconoció de inmediato el rostro cadavérico del muchacho de la juguetería; su vecino sólo dejó escapar algo semejante a un quejido.

—Es hora de jugar, amigos —fue lo que entendió Lex, mientras la lengua putrefacta del chico caía a sus pies, retorciéndose como un gusano.

El cuarto quedó a oscuras en un instante. El televisor y el PS3 se encendieron cuando el chico chasqueó los dedos que aún le quedaban. El disco que Lex había dejado encerrado en el auto apareció de la nada; flotando se fue abriendo y después se insertó suavemente en la consola.

De inmediato aparecieron las letras color sangre que Lex había visto la noche anterior.

El vecino quiso correr, pero parecía que tenía los pies clavados al piso. Una mueca de terror se le dibujó en el rostro al ver que efectivamente sus pies estaban claveteados al suelo, y un dolor inimaginable empezó a recorrerle por todo el cuerpo.

La temperatura descendió y una especie de neblina empezó a llenar el lugar.

En la pantalla apareció el rostro de Aztaroth, luego empezó a salir de ella como si estuviera asomándose a través de una ventana. En una de sus manos tenía el cáliz de oro.


Ilustración: M.C. Carper

—¡Bebe, esclavo! —dijo el demonio.

Esta vez Lex no pudo resistir. Se acercó y bebió hasta el fondo. Sintió que la sangre le quemaba al descender por el esófago hasta sus entrañas.

—Debes realizar un sacrificio en mi honor —clamó el ser diabólico.

Un extraño poder se adueñó de la voluntad de Lex: su cuerpo se movía, pero él no lo controlaba. Se dirigió al desván donde guardaba sus herramientas y tomó el machete que alguna vez le prestara su vecino. La hoja de la herramienta se encontraba mellada y llena de óxido.

El vecino luchaba por sacarse los clavos de los pies. De reojo, miraba que Lex se acercaba empuñando con ambas manos el machete, con el rostro desencajado y con los ojos en blanco. Decía algo que el vecino no entendía, una especie de lengua arcana.

Lo último que escuchó fue el silbido del arma y el ruido que hizo su cuello cuando se partieron las vértebras.

Lex luchaba con todas sus fuerzas por recuperar el control sobre sí mismo. Quiso gritar al ver que daba vuelta y se dirigía al cuarto de sus hijos. A tan sólo unos pasos de la puerta hizo un último esfuerzo y recuperó el control sobre su brazo. Giró el machete y dirigió la punta hacia su vientre. Sintió cómo traspasaba poco a poco sus intestinos, hasta que salió por la espalda. Luego silencio, oscuridad absoluta.


El ruido de la televisión despertó a María Eugenia. Miró la hora en el despertador que se encontraba sobre su ropero: eran las ocho de la mañana. Se percató de que Lex no había dormido con ella. Sintió que le faltaba el aire, como si todo el oxígeno de la habitación hubiera desaparecido.

Salió de la recámara con un terrible presentimiento y se dirigió a la sala de donde provenía el ruido. Un charco de sangre la hizo resbalar y caer de bruces sobre el cuerpo decapitado y lleno de moscas que había en el suelo.

Su grito de horror se escuchó a varias calles de distancia.


La noticia empezó a circular por todo el país y luego por la red, alrededor del mundo. Un pleito de vecinos por un simple juego había acabado en tragedia.

Mientras tanto, en el centro de la ciudad, una tienda de juguetes volvía aparecer de la nada. Un anuncio con letras brillantes en la fachada decía: "Sólo Hoy PS3, 2 x 1".



Erath Juárez Hernández nació el 12 de julio de 1970 en Jalacingo, Veracruz, México, pero desde comienzos de la década del '80 vive en la isla de Cozumel. Empezó a escribir hace poco tiempo. Buscando cómo mejorar su escritura encontró los talleres literarios y vemos el resultado, o parte de él. Es padre de seis hijos y le encanta todo lo relacionado con el terror, dos afirmaciones que parecen muy ligadas.

Hemos publicado en Axxón: SIN INVITACIÓN (161), SEIS, SEIS, SEIS (163), SEOL, bajo el seudónimo colectivo "Américo C. España" con Ricardo Germán Giorno, David Moniño y Eduardo M. Laens Aguiar (165), NOCHE DE BODAS (168), SALUDOS (174), KARMA (180)


Este cuento se vincula temáticamente con "EL SACRIFICIO", de Dimitris G. Vekios (184), "LLAMA DESNUDA", de Dimitris G. Vekios (177), y "LA SEGURIDAD DEL ESCLAVO", de Roxana Nakashima (171)


Axxón 189 - septiembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Fantasía : Terror : Demonio : Juegos : México : Mexicano).

            

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