LA RE-EVOLUCIÓN DE LOS CHAMALEO DŽOR

Damián Alejandro Cés

Argentina

Desde el cerco circundante al molino, Jacques, la vio llegar. El ruido monocorde de las aspas, sumado a la apacible y tibia tarde en la campiña de Le Prive, propiciaban su aletargamiento. Sin embargo, la imagen de la joven acercándose bastaba para reanimarlo. Poco quedaba del otrora bizarro Jacques le Marca, pero sus bienes más preciados habían sobrevivido: su mente, sus conocimientos, sus certezas.

La nueva Catherine, en quien al igual que en la antigua la materia logró conjugarse de un modo exquisito, no pareció percatarse de su presencia. Se detuvo frente al molino a esperar, con el cabello flameando en mil rojos debido al viento, y sus enormes ojos turquesas, que mantenían la vivacidad de siempre.

Jacques sonrió al ver llegar a un hombre al que reconoció de inmediato. Ese cuerpo tan sentido abrazó a Catherine. Se amaron frente al viejo Jacques, quien vio calcada al milímetro su pasión y lujuria para con esa joven. Se asombraba de su propio desapego. Debería odiarlos, pero una vez descubierta la trascendental verdad, les debía tributo. Estaba convencido, tanto por su filosofía de vida como por sus conocimientos, que los hombres debían dirigirse hacia el progreso absoluto a través del camino de la Divina Verdad; única vía para que la especie humana alcanzase una epicúrea felicidad.

Mientras los amantes gozaban, Jacques se perdió en sus cavilaciones. Aún le costaba aceptar su ceguera. La verdad había estado siempre a su lado, juntando polvo en el arcón de la casa de Le Prive. Cuántas veces se rió, junto a sus iluminados amigos, del mensaje grabado en la vieja pizarra egipcia y de las conjeturas de Von Grimmer. Pero había logrado, con el último manuscrito, que logró terminar tras un esfuerzo mayúsculo, una pequeña victoria final.

Era un hombre racional, un hombre de ciencias; por lo tanto intentó explicar en su escrito, con la mayor lógica y claridad posibles, los trascendentes acontecimientos de los últimos días. Hizo lo que pudo para escribir de manera legible con esa suerte de dedos prensiles que el destino le había deparado. Sin embargo, sabía que descifrar tan terrible caligrafía no sería una tarea fácil para quien accediese al escrito. Con mucha dificultad levantó la tapa del arcón y dejó allí depositado su legado.

La risa de la joven lo trajo al presente. El cuerpo de su amada danzaba descalza frente al molino. Jacques bajó del cerco y caminó entre las gramíneas; sus pasos eran cada vez más lentos y dificultosa su respiración. Cayó cerca, bajo la sombra de un frondoso árbol y amparado por los recuerdos de Catherine.


*******


El clima de esa noche parisina era agradable. Una luna casi llena acompañaba a quien quisiese disfrutar de un paseo por las callejuelas suburbanas del sector. En la tienda de campaña, instalada en la periferia del obrador; el arqueólogo Gabriel Torres y el egiptólogo Paúl Chevignon debatían entusiasmados sobre la pizarra hallada.

Ambos científicos habían sido convocados por el Instituto Geoarqueológico de Francia "Arouet", tras unos hallazgos ocurridos durante la construcción de una alta torre de oficinas. Se trataba de restos de paredes de piedra y algunos maderos que pertenecían a unas ruinas datadas como de principios del siglo XVIII. Debido a su pobre valor arqueológico las obras iban a continuar, pero a las pocas horas se revió esta decisión, gracias a un nuevo hallazgo. En este caso se trató de un viejo arcón de madera enterrado junto a las ruinas. En su interior había documentos en mal estado y una piedra con escritura jeroglífica que fue, en última instancia, la que determinó la llegada de los investigadores.

La primera sorpresa para ellos fue la antigüedad de la pieza, pues contaba con una edad radimétrica de 5317 años. Luego su procedencia, que, de acuerdo a los restos adheridos y analizados, la colocaba en las coordenadas 25° 05' N 32° 47' E, o sea, el valle del Nilo.

En cuanto a los documentos, estaban tan deteriorados que eran irrecuperables, salvo lo que parecía una carta, por su encabezamiento. Estaba cubierta por una gruesa capa de moho, por lo que la colocaron bajo niebla de ecolectomazol, un antifúngico de última generación que no la dañaría. Tras unas horas, Paúl observó los resultados y llamó a Gabriel.

—El documento ya está limpio, Gabriel. Ven a ver esto.

Gabriel se acercó, lo miró e intensificó la luz.

—¡Guauu!, y yo que creía que mi hermano, el médico, escribía mal.

—Sí, es un desastre. Sólo se entienden algunas palabras aisladas; es francés, sin duda —dijo Paúl.

—Sí, pero parece escrito por alguien que apenas sabía hacerlo.

—Es probable —asintió Paúl—. Pasémoslo por el EAT.

El sonido sordo del escaner-analizador-traductor aumentaba de intensidad y frecuencia cada quince segundos. Esto fastidiaba cada vez más a Gabriel Torres.

—¿No hay forma de insonorizar esa porquería, Paúl?

—Y qué quieres, es un equipo del 12.

—¡Casi diez años! ¿No se supone que ustedes, los franceses, son los investigadores más avanzados?

—Por supuesto, ¿acaso tú no viniste hasta aquí por eso?

—Lamento desilusionarte, pero el Instituto me llamó especialmente para que colabore con esta investigación.

—Oh, perdón... Cierto que eres argentino, sin duda me haces falta —dijo Paúl, sarcástico.

—No lo dudes, amigo —contestó Torres, sonriente, mientras golpeaba con su puño el hombro de Paúl.

—De todas formas, tu sufrimiento no será eterno, Gabriel —dijo Paúl, acercándose al equipo—. Le resta analizar sólo un dieciocho por ciento.

De súbito, un operario ingresó corriendo a la tienda, sobresaltándolos.

—¡Vengan, rápido! ¡Vengan a ver lo que encontramos!

Los científicos descendieron al foso de más de cinco metros con sus linternas en mano. La tierra húmeda casi le jugó una mala pasada a Gabriel, quien fue sujetado a tiempo por Paúl. Los haces de luz fueron apuntados hacia dónde habían indicado los excitados operarios. Allí, una irregular piedra mostraba un fósil casi completo de un pequeño animal. Los investigadores se miraron.

—¿Tienes idea de lo que es? —preguntó Gabriel.

—No. Parece un lagarto o un camaleón... no lo sé —contestó Paúl.

—Bueno, encontramos trabajo para el departamento de paleontología.

—Caballeros, por favor, no toquen nada y armen un cerco de protección alrededor del espécimen. Mañana vendrán del Instituto a estudiarlo. Gracias —indicó Paúl a los trabajadores.

De regreso, hicieron una serie de hipótesis sobre el origen y tipo de animal encontrado. Una brisa fresca comenzaba a soplar ondulando la tela sintética de la tienda. El ruido del EAT, había cesado.

—¡Por fin! —exclamó Gabriel.

—Ven, vamos a leer el documento —dijo Paúl, entusiasmado, mientras servía un par de tazas de café. Tomaron unas banquetas y se acomodaron frente a la pantalla; de las tazas se desprendían unas frágiles pero aromáticas volutas. Comenzaron a leer.


Afueras de París, 17 de septiembre de 1716

Mi nombre es Jacques le Marcá, nací en París en el 1680 del calendario gregoriano. Tercer hijo de nobles españoles por parte materna y franceses del lado paterno. Naturalista desde siempre, amante de la flora y la fauna; la geografía y geología; egiptólogo y filósofo influenciado por el racionalismo. Fui un hombre poco afecto a las muchedumbres parisinas y al estilo de vida versallesco, por lo que con frecuencia busqué refugio aquí, en mi casa de campo en Le Prive. En este lugar mis reflexiones siempre llegaron a buen puerto. Claro que no era el único motivo por el cual venía: los labios de mi amada Catherine siempre fueron atractivo suficiente.

Estaba disfrutando de los últimos días de verano en Le Prive. Pensaba regresar pronto a París para encontrarme con mi amigo Isaac, quien llegaba de Inglaterra para disertar sobre su último descubrimiento.

Cuatro noches atrás, tal vez cinco, antes de escribir estas palabras a las que intento dar forma, la negrura sin luna reflejaba con fuerzas el titilar de las estrellas. Junto a Catherine, las mirábamos con regocijo tendidos sobre los tréboles, acompañados por el canto de los grillos. Ella fue la primera en señalar las luces que caían del cielo. Me incorporé de un salto. Fuera lo que fuese aquello, estaba por todo el firmamento y descendía suavemente. Catherine tomó mi mano con fuerza. Por un instante pensé que las estrellas estaban cayendo. Pero pronto entendí que se trataba de millones de gigantescas gotas doradas, con forma y tamaño de calabazas. Fue un momento sublime. Algunas cayeron cerca de nosotros, formando pequeños charcos que pronto fueron absorbidos por la tierra. Tan rápido como comenzó, paró. Nos fuimos a dormir desconcertados, pero agradecidos con la noche por el espectáculo.

La mañana siguiente amaneció un poco más fría que lo habitual para esta época del año. Catherine se despidió, nos encontraríamos más tarde. Una vez que estuve solo, busqué en los alrededores alguna señal de la extraña precipitación nocturna. Alrededor de la casa y del molino, bajo las gigantes higueras que enmarcaban mis terrenos y un poco más allá, pero fue en vano.

Retornaba a la casa cuando lo vi por primera vez. Era una especie de camaleón de color amarillo intenso con grandes crestas en su dorso, del tamaño de un perro mediano. Me llamó la atención sus profundas cuencas oculares, muy diferentes de los típicos ojos grandes y globosos de los camaleones. Jamás había visto especie semejante, ni personalmente durante mis exploraciones ni en las ilustraciones de los libros de zoología.

Me acerqué despacio, el corazón golpeaba acelerado mi pecho. ¡Una especie nueva y nada menos que en mis terrenos! Por ningún motivo debía permitir que escapase. Sabía que la familia chamaeleonidae no era agresiva, pero no estaba seguro sobre la taxonomía de este animal. Esperaba al menos que no fuese venenoso. Acerqué de forma muy lenta mi mano diestra. No reaccionó. Nada, parecía petrificado. Por un instante pensé que estaba siendo objeto de una broma; pero un ligero temblor del pobre animal reavivó mis esperanzas. Finalmente, posé mi mano sobre su cabeza. Era muy fría y un tanto pegajosa. Sumiso, apenas se agachó. Lo levanté con ambas manos a la altura de mi rostro y posó una de sus patitas delanteras sobre mi hombro. De súbito, como un rayo, lanzó su protáctil y larga lengua hacia mí. Ésta penetró profundamente por una de mis fosas nasales. Un intenso calor invadió mi cabeza. Grité espantado y tironeé para sacarla del interior de mi nariz. Tardé unos segundos en desprenderla. Cuando lo conseguí, tuve toda la intención de aplastarlo contra el piso; pero el pobre animal parecía más asustado que yo y quedó temblando por un buen rato.

Un par de horas después de este suceso, Catherine regresó llamándome a los gritos. Salí de la casa preocupado. Me alivié de inmediato al ver a mi bella, tan sonriente. Traía sobre su hombro, como si de un loro se tratase, a un camaleón amarillo, idéntico al que yo había hallado.

A continuación, trataré de transcribir el ignorante dialogo que tuve con mi amada. Creo que va a reflejar con mayor claridad, el desconocimiento en el que vivíamos.

—¡Mira lo que encontré! —dijo Catherine.

—¿Dónde? —pregunté.

—En la puerta de casa. Mis hermanitos y el señor Gerard, también encontraron otros iguales. Se plagó por todas partes de estos bichitos.

—Sí, eso parece; también encontré uno.

—¿Sí? ¿Dónde está?

—Dentro, ven, que te lo muestro.

El camaleón permanecía en la mesa, tal como lo dejé. Pareció erguirse un poco cuando reconoció a su congénere.

—¿Qué animales son éstos, Jacques?

—Se trata de animales de la clase Reptilia y de la familia Chamaeleonidae —contesté a Catherine, con cierta culpa por mi fatua respuesta.

En realidad no estaba seguro. Era un acontecimiento insólito y sin duda superaba mis conocimientos. Pensé en ir a París en busca de mi amigo Isaac. Si bien sus especialidades eran la física y las matemáticas, su genialidad seguro me sería de gran utilidad. Eso sí, primero debía recabar el mayor número de datos posibles, y por supuesto, nombrar al nuevo animal. Una nueva especie llevaría mi nombre, no el de cualquier otro.

Mantuvimos silencio por unos minutos mientras preparaba una infusión de hierbas. Tras el primer sorbo, Catherine reanudó su interrogatorio.

—¿Pero de dónde salieron? Nací y me crié por aquí y te aseguro, Jacques, que nunca los vi.

—Porque no es lógico encontrarlos por estas regiones, Catherine. Su hábitat es más al sur.

—¿Y qué hacen por aquí?

Habitualmente me regocijaba con las preguntas de Catherine, me permitían lucirme. Amaba cómo prestaba atención a mis respuestas. Pero esta vez, deseaba que se callase.

—Aún no lo sé.

—Son hembras o machos.

—¡No lo sé! Ni siquiera puedo identificar sus órganos reproductivos —dije, no muy contento de reconocer por segunda vez mi ignorancia al respecto.

—Parecen buenitos, ¿no?

—Sí, efectivamente; la familia Chamaeleonidae es inofensiva.

—Menos mal, nos dieron un susto tremendo a mí y a mis hermanitos.

—¿Por qué? —pregunté curioso.

—Si te cuento, te vas a reír de mí.

—Por favor, Catherine; jamás lo haría.

—Esta bien... Estábamos jugando con ellos. Nos animamos a tocarlos y levantarlos, cuando de pronto nos metieron sus lenguas por la nariz... ¡Fue asqueroso!

—¿A todos les ocurrió lo mismo? —pregunté asombrado.

—Sí, casi al mismo tiempo. Yo sentí un calor muy fuerte en mi nariz, y la menor de mis hermanitas se puso a llorar. Pero al rato estábamos riéndonos y burlándonos entre nosotros.

—Qué curioso, a mí me ocurrió lo mismo.

—¿Sí? —dijo, y rió—. Y yo que tenía miedo que te burlaras de mí.

—Hum... deben pensar que nuestras narices son nidos de insectos —razoné. Sin embargo, me invadió cierta inquietud, que no podía explicar.

Esa noche volvimos a dormir juntos. Me acosté agotado pero con sensación de triunfo. Le di vueltas al nombre hasta que decidí denominarlos: "Chamaleo lamarcii dŽor". Durante toda esa tarde registré mis observaciones, que fueron puramente descriptivas, ya que estos animales que parecían haber invadido Le Prive permanecieron casi inmóviles sobre la mesa, como observándonos.

Me desperté poco antes del amanecer; afiebrado, nauseoso y con un fuerte dolor de cabeza. Me extrañó no ver a Catherine a mi lado, nunca se iba sin avisarme. Tampoco vi a los camaleones. Tapé mi desnudez con una manta y salí al exterior. Traté de gritar para llamarla, pero apenas un hilo de voz salió de mi boca. Al segundo intento, una arcada dolorosa me plegó. Vomité un líquido sanguinolento y repugnante. Con gran esfuerzo logré llegar a mi lecho y luego perdí el conocimiento por muchas horas.

Estaba atardeciendo cuando pude reincorporarme. Mi cuerpo emanaba un feo olor y mi piel estaba cubierta por una baba olivácea. Recuerdo que pensé: ¿Por qué Catherine no viene a verme?Necesitaba tomar aire y me dirigí a la ventana. Al pasar junto al espejo de la habitación escapó de mi boca un gemido que quiso ser grito. Desde la oval superficie me contemplaba un extraño. Me acerqué con temor para observar la imagen reflejada. Estaba desfigurado: mi rostro había perdido sus ángulos y la nariz no se percibía, por lo que tenía aspecto de pelota de trapo; los ojos estaban muy hundidos como cuencos vacíos, desprovistos de vida; mis labios estaban estirados y engrosados, de forma que la boca parecía la de un batracio. Intenté recuperar la compostura, pensando que la enfermedad y la deficiente luz me estaban jugando una mala pasada. Traté de recordar qué había comido, qué había tocado, con qué podría haberme envenenado. Me acerqué más al espejo e intenté sonreír. Mi espanto fue indescriptible cuando mis dientes se desprendieron de las encías. Otra vez, perdí el conocimiento.

Un nuevo amanecer logró despertarme. Quizá hubiese sido mejor no hacerlo. En un primer momento me sentí bien, parecía haberme recuperado de la enfermedad. Supuse, con toda lógica, que las imágenes en el espejo que tanto me habían asustado eran producto del delirio febril. Pero esa tranquilidad duró apenas un instante. La habitación y su mobiliario de pronto me parecieron enormes. Si bien era cierto que en mi desmayo caí al suelo, no creía que esa perspectiva pudiese magnificar tanto las cosas. Luego comprobé, horrorizándome una vez más, que no podía mover los brazos (al menos eso creí que eran). Me esforcé durante un buen rato y por fin, los sentí estirarse. Entonces volteé y, asombrado, vi los cuartos traseros y la cola de un enorme camaleón dorado. Esto me impresionó lo suficiente como para hacerme saltar con la intención de alejarme del animal. Fue así como mi capacidad de asombro se colmó. Yo era el camaleón del que quería huir. La metamorfosis iniciada tiempo atrás, no sé bien cuánto, había concluido. No había sido un sueño ni un delirio, era mi cuerpo que cambiaba hasta convertirse en este animal reptiloide.

En un principio este descubrimiento fue inaceptable para mí. No se ajustaba a la razón. Y lo que la razón no admite, no puede ser creído. Toda mi vida desdeñé lo ligado a la superstición y a las supercherías propias del oscurantismo, que tanto daño generaron a la humanidad en siglos pasados.

Sin embargo, lo que estaba ocurriendo desafiaba todas mis creencias. Estuve tentado a pensar que sólo una brujería o una maldición podían provocar tal efecto. ¿Acaso las leyendas del príncipe convertido en sapo eran reales?, me pregunté. ¡Ridículo! ¡Propio de un cuentista como Charles Perrault!, me contesté.

Estaba dispuesto a resolver este acertijo, a encontrar la razón en la sinrazón, por lo que aproveché la puerta que había quedado entreabierta para escapar de mi propia casa. Las distancias se hicieron muy extensas para mis nuevas extremidades y andar camaleónico. Deambulé en busca de Catherine, un tanto desorientado por mi nueva perspectiva. ¿Podría reconocerme? ¿Podría ayudarme? También deseaba encontrarme con alguno de los Chamaleo lamarcii dŽor. Pensaba que tal vez, por alguna razón ajena a mi entendimiento pero relacionada con mi nueva estructura, podría comunicarme con ellos y encontrar lógica a todo esto. Durante horas caminé a paso lento, lento hasta el hartazgo.

Ciertamente Le Prive no es un lugar muy poblado, pero me llamaba la atención no ver ni escuchar a nadie. Una vez llegado a casa de mi amada, comprobé sufriente que no había rastros de ella ni de sus hermanos en los alrededores. Dentro de la vivienda me encontré con tres Chamaleo lamarcii dŽor, mis nuevos congéneres, que me observaron desde el centro de la habitación. Me acerqué a ellos y apenas se movieron. Me quedé un rato mirándolos, intentando percibir algo. Desesperaba por comunicarme de algún modo y así preguntarles: ¿Saben qué me pasó, qué está ocurriendo? ¿Por qué me transformé en ustedes? ¿No vieron a los habitantes de esta casa? Quise emitir algún sonido con mi rudimentaria boca pero sólo conseguí proyectar la lengua contra uno de los camaleones. Los tres retrocedieron un poco, creo que asustados. Cuando comprendí la inutilidad de estos intentos, me retiré de allí apesadumbrado.

Caminé hasta el pequeño granero ubicado detrás de la casa. Me pareció un buen lugar donde postrarme. Pero una vez allí, comprendí que las novedades del día aún no habían finalizado.

Sobre el forraje yacían cinco bultos de distintos tamaños; amorfos, viscosos, latientes. Estaban manchados de marrones, verdes y amarillos. Unos pedúnculos les crecían a modo de miembros. De pronto, la percibí; como antes, como siempre. Giré, y allí estaba en un rincón, observándome. Era ella, mi amada. Lo sabía a pesar de no verse igual. Nuestros cuerpos reptiloides se acercaron. Como no podíamos comunicarnos pasamos los dedos prensiles sobre nuestras nuevas pieles. Fue triste descubrir que apenas sentía su roce, y supongo que a ella le ocurrió lo mismo, pues rápidamente retiró los dedos. Quedamos un largo rato mirándonos a nuestras profundas cuencas oculares, luego tomamos distancia uno del otro.


Ilustración: Pedro Belushi

Las horas pasaron y los bultos dentro del granero continuaron metamorfoseándose, era evidente el rumbo que llevaban. La naturaleza nos estaba mostrando cómo engendraba al Nuevo Hombre. La fascinación que me provocaba esta observación se trastocó en terror cuando los rostros estuvieron finalizados. Frente a nosotros yacían desnudos nuestros cuerpos humanos. El mío, el de Catherine y los de sus hermanos. En pocos minutos, estos seres que se apoderaron de nuestros cuerpos empezaron a desperezarse como luego de un prolongado sueño.

De súbito, la certeza del entendimiento alumbró mi mente. Sin duda fue generación espontánea, no de materia sino de pensamientos. Salí del granero lo más rápido que pude hacia mi casa de campo. Llegué entrada la noche. Pensé que no lograría empujar la pesada puerta, pero mi novísima cabeza resulto más dura de lo que pensaba. Fui directo al arcón. Logré, no sin esfuerzo, echar la tapa hacia atrás. Luego enganché los dedos de mis patas delanteras y poco a poco subí hasta el borde. Me dejé caer al interior del arcón. Estaba tan oscuro que no quedó más remedio que esperar a que amaneciese.

Cuando los rayos de un nuevo sol lograron iluminar el interior del arcón, no demoré en encontrar lo que buscaba. La trascripción de los jeroglíficos de la pizarra de Horus Escorpión, hallada por Van Grimmer durante sus excavaciones en "Kom el-Ahmar". Se hallaba junto a un trozo quebrado de la original pizarra que el propio Grimmer me había regalado. La pizarra pertenecía a la Dinastía 0, por lo que tenía una antigüedad cercana a los 4800, quizá 5000 años. Grimmer estaba convencido que representaba un diálogo entre Osiris y Horus Escorpión.

Releí la trascripción una y otra vez, no tenía otra alternativa que aceptarlo. ¡Oh, cuantos años de ceguera! ¿Es que acaso las tinieblas de la edad oscura perduraron hasta hoy? Frente a mí, en esos escritos tantos años ignorados estaba profetizada toda la verdad. Jamás le di importancia, seguro como estaba de que toda profecía ofendían a la razón.

Transcribiré sólo lo fundamental, pues apenas tengo fuerzas para sostener la pluma. Para quien quiera leerlo en su totalidad, dejo el sagrado documento junto a éste, mi escrito final.

"... y así, tras la muerte del primer Dios Sol, se produjo la primera lluvia dorada que trajo consigo a los evolucionadores de oro; ellos mejoraron al hombre y lo sacaron de las tinieblas, otorgándole el fuego", "... La muerte de nuestro segundo Dios Sol produjo la segunda lluvia dorada y una nueva evolución de los hombres se concretó. Las artes y el manejo de los vientos son muestras de ello", "... Pero cuidado, Escorpión, que la vanidad no se apodere de ustedes. Que tu pueblo comprenda que aún le falta evolucionar" "... pasará mucho tiempo hasta que la muerte del tercer Dios Sol anuncie la tercera lluvia dorada. Una vez más los evolucionadores de oro vendrán y generarán Nuevos Hombres, mejores que los antiguos. Esta evolución estará marcada por una importante mejora en las riquezas y por una gran revolución de los pueblos de La Tierra", "... Pero aún así, sólo tras la muerte del cuarto Dios Sol, en épocas de viajes estelares, una cuarta y última lluvia dorada completara la evolución del hombre".

Ahora está todo muy claro, ya no me iluminan los rayos del sol sino los de la razón. Sé que estoy condenado a la extinción, mi nuevo cuerpo no puede reproducirse; es sólo el despojo del Nuevo Hombre, como la vieja piel que deja la serpiente.

A quien logre leer esto le aseguro que la pizarra egipcia hallada por Grimmer contiene una verdad suprema. Apenas un año ha pasado de la muerte de Luis XIV, nuestro Roi Soleil, y tal como lo predijo, llegó la tercera lluvia dorada. Yo fui testigo de ello, y también, de la aparición de los evolucionadores de oro; mis Chamaleo lamarcii dŽor. Asume, hermano Antiguo, que los Nuevos vivirán en una Era de la Razón, démosle el lugar que se merecen. Tú, Hombre Nuevo, no te jactes de ello, pues aún sufrirás una nueva evolución.

Les recuerdo, por si tienen dudas de mis certezas, que fui Jacques le Marcá; podrán decirme subdesarrollado, pero nunca, infiel a la razón.



Damián A. Cés es argentino, especialista en Medicina Familiar y Preventiva, y en Medicina del Deporte.

Hemos publicado en Axxón: VRIKHING (168), LA BOMBA (174), LAS RUINAS DE DARTRUM (175), UNIVERSOS PARALELOS (180), MALA SUERTE (180), TRIPANOSOMA MORTAL (182), EN BUSCA DE LA X PERDIDA (186)

Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Transformaciones : Evolución : Argentina : Argentino).

            

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