DES-HUELGA

Frank Roger

Bélgica

Mientras salía hacia el trabajo aquella mañana sentí en las tripas que algo iba a salir mal. Miré hacia arriba y sacudí la cabeza. Un cielo azul acero con un amanecer cegador, con un frescor matutino que calaba hasta los huesos. Algunas aves arriba, en el aire, volaban aparentemente en trayectoria de colisión con la estela de vapor de un avión que ya había desaparecido. Pero no lo sentía bien. Esos pequeños detalles me dicen mucho. Soy muy sensible a lo que está en el aire.

Tomé el subterráneo hasta Main Street, salí y caminé a paso vivo hacia el punto de reunión. Ya habían llegado muchas personas; todas esperaban a que el sol empezara a dar un poco de calor y luz. Saludé a mis colegas y me abrí camino hasta mi lugar acostumbrado. Todavía teníamos diez minutos antes de empezar a trabajar cuando un montón de personas se unió a la multitud y se pusieron a conversar de un modo poco habitual.

—¿De qué se trata? —le pregunté a mi amigo Jake—. ¿Está pasando algo aquí?

Jake sacudió la cabeza.

—No lo sé, Rob. Ha sido así desde que llegué. No tengo idea qué están discutiendo.

Entonces los capataces empezaron a entregar las pancartas, las chaquetas y las gorras, todas con el logotipo de General Motors.

—Sí, amigos —dijeron—, como pueden ver, hoy es General Motors. Y va a ser duro. Se trata de un gran problema, así que tendremos que actuar de acuerdo a las circunstancias.

Nos pusimos la ropa, alegres porque estábamos a punto de empezar a trabajar y calentarnos, literalmente. Miré hacia adelante, vi que la policía ya había tomado posición en el otro extremo de Main Street, y que los equipos de la TV estaban esperando en diversos lugares a que comenzara la manifestación. Por arriba pasó un helicóptero, probando buenos ángulos para la toma de imágenes. Obviamente todos estábamos listos para empezar. Sólo esperábamos la señal.

—¡Adelante! —dijeron nuestros capataces; levantamos las pancartas y estábamos a punto de marchar por Main Street cuando un tipo flaco y rubio levantó la mano y gritó:

—¡Esperen! Nosotros no vamos.

Se hizo silencio por un momento, y luego algunos capataces caminaron hasta el hombre y le preguntaron qué diablos pensaba que estaba haciendo.

—Hoy nosotros no vamos —repitió—. Hemos decidido hacer una des-huelga. Ya no podemos resistir la situación. La directiva no escucha nuestras justas demandas de un aumento de salario, un mejor plan de pensiones y un contrato de seguridad social. Sólo vemos una manera de salir de este lío. Hoy no vamos a trabajar. Estamos en des-huelga. Hasta que la directiva considere seriamente nuestras peticiones y hablemos.

Los capataces se quedaron mirándolo, pasmados. Entonces uno de ellos preguntó:

—¿Quién está contigo? ¿A quién representas?

Aproximadamente dos tercios de los hombres levantaron las manos y el tercio restante, conmigo y mi amigo Jake, nos alejamos poco a poco de ellos y nos agrupamos detrás de los capataces, para mostrar que no éramos parte de ese grupo de disidentes. Intercambiamos miradas con Jake. ¿Qué diablos estaba sucediendo aquí? ¿Por qué no nos habían informado? ¿Quién estaba detrás de esto? Conocía las propuestas que habían hecho a la directiva y su franca negativa, pero supuse que ese era el final del tema. Al parecer, algunos colegas tenían otra opinión, pero no la compartieron con todos los demás.

Uno de los capataces, un tipo de más arriba en la jerarquía y que se llamaba Martin, dijo:

—¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? No puedes negarte a trabajar. Está en tu contrato. No puedes continuar con... ¿cómo lo llamaste? ¿des-huelga?

—Des-huelga —confirmó el tipo rubio—. Y sí, sí podemos. Es la única salida que nos queda. Es la única manera de decirle a la directiva que estamos planteando nuestras demandas con seriedad.

—Sugiero que leas lo que está en los papeles —dijo Martin con tono áspero—. Estás contractualmente obligado a trabajar. No puedes negarte. ¿Por qué piensas que General Motors nos está pagando hoy? ¿Bien?

No hubo respuesta. Ninguno de los disidentes dijo una palabra. Martin miró a su alrededor buscando apoyo, me distinguió entre los hombres a su espalda y me señaló.

—Rob. Puedo ver que eres uno de los leales. Por favor, dile a estos amigos para qué General Motors nos está pagando hoy. Algunos de tus colegas parecen necesitar de un pequeño recordatorio.

Me aclaré la garganta, preguntándome por qué me había escogido, y dije:

—Somos pagados por las compañías, como General Motors hoy, para representar a sus empleados siempre que haya alguna agitación social. Las huelgas y las manifestaciones solían terminar en enormes pérdidas económicas, así que tuvieron que encontrar una manera de evitar estos inconvenientes sin afectar el derecho de huelga. Allí es donde entramos nosotros. Nos contratan para ir a la huelga y manifestarnos en nombre de los empleados que tienen problemas con la administración. Hacemos lo necesario para que el asunto interese a los medios de comunicación. No hay pérdida financiera para la compañía, y al final el problema generalmente se soluciona de una u otra manera. Así que todos somos felices.

—Totalmente correcto —dijo Martin—. Entonces, cuando nos negamos a hacer el trabajo por el que nos pagan, ¿qué significa?

—Deja toda la idea sin sentido —dije—. Somos huelguistas profesionales. No podemos negarnos. Ni hacer una des-huelga, como quieras llamarlo. Si estamos por aquí sin hacer nada, sin manifestaciones ni disturbios, nos convertimos en inútiles y regresamos a la antigua situación que causaba tantos problemas. Debemos hacer huelga y manifestarnos. Se lo debemos a los que contratan nuestros servicios, como General Motors, a la policía, a los equipos de la TV. Se supone que pondremos las demandas de esa gente en las noticias, que al final llevará a una solución factible para ellos. Nuestro trabajo es vital en la economía de hoy.

Quería continuar, pero ya no me vinieron más palabras. Martin asintió con aprobación.

—Muy bien dicho, Rob —me elogió—. Me alegro de que a ti y a tus amigos todavía les quede un poco de sentido común. Bien, entonces, ¿están todos convencidos de que la idea de des-huelga no tiene derecho a existir?

Los "rebeldes" intercambiaron miradas y empezaron a discutir con susurros. Era claro que había duda entre sus filas, quizás miedo a las consecuencias de su acción. La tensión aumentaba, y Martin dijo, levantando el tono de la voz:

—¿Y bien? ¿Trabajarán o no?

Después de algunos titubeos, aproximadamente un tercio de la "fuerza de des-huelga" abandonó la resistencia y se unió a la multitud leal, pero un centro duro de "des-huelguistas" decidió no ceder una pulgada.

—Han escuchado nuestras demandas —repitió el cabecilla rubio, con tono glacial—. No trabajaremos hasta que la directiva muestre buena voluntad para hablar. No nos moveremos. Nos quedaremos aquí.

Hubo silencio durante unos momentos. Entonces alguien detrás de mí, un hombre llamado Carl que era conocido por su dudoso sentido del humor, dijo:

—Amigos, ¿por qué no nos contratan para conseguir una solución a su problema? ¡Sucede que es nuestro trabajo!

Nos largamos a reír, pero Martin y los otros capataces nos cortaron.

—Esta tontería ha durado demasiado tiempo —dijo Martin—. Por favor, retrocedan. La policía lo arreglará.

Todos retrocedimos un poco mientras Martin tomaba su teléfono celular y hacía una llamada. Algunos minutos después, llegó la policía y cargó. Los "des-huelguistas" no tenían ninguna posibilidad contra las tropas de la Ley, bien entrenadas y fuertemente armadas. La pelea fue breve y mala. Cuando se llevaban a los disidentes, muchos de ellos contusos o incluso seriamente heridos, algunas ideas pasaron por mi cabeza.


Ilustración: Valeria Uccelli

¿Qué había movido a estas personas a intentar esta inútil "des-huelga"? Debían haber sabido que sus esfuerzos estaban condenados al fracaso, y que las consecuencias serían duras. Sin duda serían todos despedidos, e incluso podían ser llevados ante un tribunal. A decir verdad, sus demandas eran justas. Nuestro salario no era suficiente, nuestro plan de pensiones y contrato de seguridad social apenas eran dignos de ese nombre. Pero, oiga, por lo menos estábamos trabajando y habíamos firmado un contrato. Y ese contrato decía que teníamos que trabajar sin importar lo que pasara.

Entonces se me ocurrió otra idea. ¿Me había distinguido Martin por alguna razón? ¿Había sido una prueba? ¿Sería yo recompensado por ese pequeño discurso de lealtad inquebrantable que había pronunciado? ¿No merecía alguna clase de bonificación? Tendría que hablarlo con mi capataz, tan pronto viera una oportunidad. Tendría que decirlo de manera diplomática, evitar que sonara a "demanda".

Mi tren de pensamiento se detuvo cuando dieron la señal para comenzar la manifestación. Agarramos las pancartas, tomamos posiciones y empezamos a caminar por Main Street. Los equipos de la TV, que habían estado esperando pacientemente, giraron las cámaras hacia nosotros, alegres porque al fin la acción había comenzado. Mientras la policía mantenía un ojo atento sobre nosotros, mi capataz gritó:

—Vamos, muchachos, pongan todo lo que tienen. Compensemos el tiempo que perdimos con esa tontería de la des-huelga. Vamos por la yugular. Y asegúrense de que esos logotipos de General Motors aparezcan bien visibles en las secuencias. Tendremos menos tiempo de manifestación, con toda esa demora, así que hagan una intensa. Confío en ustedes, muchachos. ¡Hagan que recuerden este día! ¡Adelante! ¡Ahora!

Nuestros capataces y General Motors estaban felices. Hicimos una manifestación intensa. Rápidamente degeneró en disturbios con todas las letras, con daño considerable en lo que encontrábamos en nuestro camino. La policía cargó varias veces y cierto número de colegas terminó herido y "arrestado" (e inmediatamente liberado como se garantiza en nuestro contrato con las fuerzas de la Ley). Los diversos equipos de la TV tuvieron un día de diversión, dispararon toneladas de secuencias. El helicóptero seguía en el aire, y sin duda filmaba magníficas imágenes desde buenos ángulos.

Cuando nuestra manifestación llegó a su fin en el tiempo acordado, aquellos de nosotros que habíamos sobrevivido ilesos dejamos el campo de batalla y regresamos al punto de reunión, mientras nuestros hermanos menos afortunados se retiraban hacia el puesto médico. La policía se fue también, como los equipos de la TV. El trabajo de hoy estaba terminado. En el punto de reunión, los capataces nos elogiaron por nuestro esfuerzo y compromiso en poner el asunto de General Motors en los medios de comunicación. Nos agradecieron y nos dijeron que nos esperaban mañana otra vez.

Caminé hasta la entrada del subterráneo, charlando con Jake.

—General Motors no puede quejarse —dije—. Aunque empezamos más tarde de lo programado, creo que obtuvieron más que lo que esperaban.

—Tienes razón —acordó Jake—. Fue uno de esos días especiales. Pero no aparecerá en la historia como una batalla legendaria.

—Es cierto —admití—. ¿Recuerdas la manifestación que hicimos para Microsoft el pasado abril?

—¿Y para Sony en enero?

—Fueron batallas de proporciones épicas —recordé—. Estamos hablando de la guerra total aquí, no de disturbios. Esas compañías llamaron la atención de los medios y los problemas fueron solucionados rápidamente.

—Sin embargo, hoy estuvo bien —argumentó Jake—. ¿Tienes alguna idea de para quién manifestaremos mañana?

Sacudí la cabeza.

—No estoy seguro, pero creo que es una compañía aérea. Bien, lo sabremos por la mañana.

—Nos vemos, Rob —dijo Jake.

—Hasta mañana, Jake —respondí, y nos fuimos por caminos diferentes. Al día siguiente regresaríamos, lucharíamos a favor de otra causa, y esperaba que no hubiera "rebeldes" tratando de alejarnos de nuestro trabajo.


Traducción de Graciela Lorenzo Tillard



Frank Roger nació en 1957 en Ghent, Bélgica. Su primera historia apareció en 1975. Desde entonces sus relatos aparecen en cada vez más idiomas en toda clase de revistas, antologías y otros medios, y desde 2000 ha publicado colecciones de relatos, también en varios idiomas. Además de ficción, produce collages y trabajos gráficos en una tradición surrealista y satírica. Hasta el momento ha publicado más de 650 historias cortas (y unas pocas novelas cortas) en 28 idiomas. Puede saber más de Roger en su sitio.

Hemos publicado en Axxón: LA GUERRA DE LAS OCHO EN PUNTO (123), CRIOBARBACOA (144), LA ÚLTIMA ELECCIÓN (169), EL DÍA QUE CAYERON LAS BOMBAS BORRADORAS DE TEXTOS (174)


Este cuento se vincula temáticamente con EL RECUERDO INMÓVIL, de Luís Felipe Silva (168), COPYRIGHT, de Pedro Pablo Enguita Sarvisé (186) CAMINATA LUNAR, de Hernán Domínguez Nimo (167)


Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor europeo (Cuento: Fantástico : Ciencia ficción : Condiciones de trabajo : Gremialismo : Medios : Bélgica : Belga).

            

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