ESPERANZA DE RESURRECCIÓN

Damián Alejandro Cés

Argentina

El trajín de la ciudad de Buenos Aires funciona como despertador para las almas cansadas. Julián Magliano lo sabe. Se despierta embotado, carente de sentimientos. Algo común de ver en los que, como él, se dedican a guarecerse tras una coraza herrumbrada, enmohecida y tiznada por la gran urbe. Esto ocurre más allá de la condición socioeconómica del desdichado. Pero Julián está abajo, cayó muy abajo y, por eso, las necesidades básicas ocupan sus primeros pensamientos. Reemplazar los cartones humedecidos que ofician de cama. Buscar algún árbol donde vaciar su vejiga, esquivando aprensivas miradas. Acercarse hasta la panadería de la vieja donde le obsequiarán, como siempre, un riquísimo pan y, con suerte, medialunas del día anterior. Después, sentarse; esperando la misericordia de los transeúntes, con la vista fija en los gigantes anuncios holográficos que cubren las fachadas de algunos edificios. Estas vívidas imágenes multicolores, que a Julián le parecen gigantes calidoscopios, le sirven de conjuro hipnotizador para recrear sus sueños, que alguna vez fueron realidad.


El verde césped se desenfoca por las veloces zancadas. Con una gambeta corta deja a dos adversarios en el camino, un inocente caño avergüenza a un tercero. Un remate cruzado al ángulo derecho sella un golazo. La algarabía enciende el estadio. ¡Magliano, Magliano! Música para los oídos de Julián, ¡qué bien se siente! Llega el abrazo casi hasta la asfixia de los compañeros. La victoria en un clásico y el primer lugar en la tabla.

Tan sólo veinte años y había logrado el pase a la gran liga italiana. Apenas había completado media temporada en la primera de Vélez Sarsfield, club al que fuera llevado de la mano por su padre. Por tradición familiar y por la cercanía a su barrio Floresta, todos los Magliano pertenecían al #Fortín#; bautizado así por un periodista del diario "Crítica" gracias a su fama de inexpugnable cuando jugaba de local. Hace tiempo de eso, casi cien años.

Ahora Julián vive en Nápoles, ciudad de inmensos contrastes. Qué mejor lugar para un jugador argentino. Qué mejor lugar para un Magliano, ya que de allí habían partido sus ancestros en busca de nuevas esperanzas, cambiando un mar azul por un río de Plata. Pero lo que más le gusta a Julián de esa ciudad son las mujeres, especialmente una, Carla. Ya de regreso en su residencia, festeja con su Carla el triunfo. Y aquí también es un goleador.

Que más se puede pedir a la vida. Primera temporada en el calcio italiano: ídolo, amado por la prensa, fama y, lo más importante, su Carla. Vive con todas las comodidades, aunque el dinero aún no es abundante. Las leoninas cláusulas contractuales se lo restringirán al menos por los próximos dos años. Su familia está orgullosa, le envían escaneados los recortes de los diarios y las revistas en las que aparece, que son muchas. Su casa familiar, según le cuentan sus padres, y confirma con el videoteléfono, se ha convertido en lugar de reunión del vecindario y alrededores. Por supuesto, aparecen amigos desconocidos.

El día en que todo se derrumba está cálido y soleado, con una leve brisa que acaricia la piel. Un día para festejar la vida y, para Julián, festejar su primer escudetto en el fútbol italiano. Con sólo empatar alcanzará.

Promedia el segundo tiempo y su equipo es claro dominador, pero la férrea y a veces mal intencionada defensa de los rivales ha logrado mantener el marcador en cero. Julián vislumbra el gol, con esa visión del guerrero que sabe cuándo asestar el golpe mortal, de manera instintiva. Anticipa el pase de su compañero. Desparrama a la defensa. Afirma su pierna izquierda y prepara la derecha para la patada final. No lo ve venir. El siete enemigo impacta con violencia sobre la rodilla izquierda de Julián. Cuando despierta con un grito en la ambulancia, lo último que recuerda son los sonidos de ligamentos al romperse y músculos al desgarrarse.

A partir de allí todo va en caída libre, hasta tocar fondo. Claro que Julián no se imagina qué tan lejos está ese fondo.

Calman su dolor con potentes analgésicos. El médico del club solicita urgentes estudios por imágenes. Cuando lo trasladan en camilla hacia las salas de diagnóstico, puede apreciar un enorme gentío: hinchas, periodistas e inclusive reconoce al presidente del club. Todos envían señales de apoyo. Julián levanta la mano para saludarlos. Lo vitorean y llaman campeón.

Tras someterse a los exámenes, las caras serias de los galenos no auguran buenas noticias. El diagnóstico es lapidario: Rotura completa de ligamentos cruzados y lateral externo, lesión en ambos meniscos, fractura de platillo tibial, desgarro de vasto externo.

Necesitará al menos un año de rehabilitación, y los médicos no aseguran la restitución Ad integrum. A Julián le parece que está escuchando su condena a muerte por un crimen que no ha cometido.

Los dirigentes lo saludan con miradas esquivas. Raudos, se marchan de la sala de internación. Sólo Carla se queda sollozando a su lado. Los días que siguen se mezclan entre el dolor calmado a fuerza de analgésicos y el dolor de su espíritu, que no calma con nada. Se enfada con el periodismo a causa de lo que a él le parecen titulares sensacionalistas. No da crédito a la realidad cuando unos abogados aparecen con la rescisión del contrato y la desvinculación del club.

No todo es tan malo. Le dan algo de dinero que apenas le alcanza para iniciar los tratamientos y, su club familiar, el que lo vio crecer, trata de retornarlo a la Argentina. Pero Julián por ese entonces es orgulloso. No piensa volver a su barrio, a su país, en esas condiciones. Viajará a Ludhiana, al norte de la india, por indicación de un entrenador italiano de su confianza. Allí, le dice este hombre, hay centros médicos deportivos de alta complejidad que han logrado milagros en lesiones similares. Hará todo lo posible para recuperarse. Carla lo acompañará y, juntos, resolverán este problema.

Todavía recuerda su desazón, su desengaño. Aprende con un certero golpe que el dolor del corazón es peor que el de músculos y ligamentos. La noche acompaña para caminar. A Julián le encanta hacerlo por esa callejuela con vista al mar. Las pequeñas y coloridas embarcaciones, amarradas en apretada formación les sirven de escolta. Una suave brisa marina los acaricia; las farolas encendidas bañan de cálidos matices amarillos el entorno. Hermoso, casi se ha olvidado de las muletas que lo ayudan a caminar, y del dolor en la maltrecha pierna. Se detienen abrazados, contemplando un grupo de ruidosas gaviotas. Aprovecha entonces para contarle sus intenciones, sin preámbulos, descontando su aceptación. Se sorprende al advertir en el rostro de Carla señales de que no será tan sencillo. Mejora su argumento y finalmente invoca al amor. De nada sirve, peor aún; Carla esa noche le dice adiós. El amor parecía licuarse con la misma facilidad que el éxito.

A pesar de las heridas, hace el esfuerzo. Viaja a la India e invierte sus ahorros en los tratamientos. Tiene una primera cirugía en la que hay algunas complicaciones. A pesar de eso, sigue motivado con la recuperación. Pero sin saber explicarlo, al cabo de cinco meses cae sumido en una profunda depresión; un abatimiento invencible se apodera de su ser.

Una mañana sale del cuartito que alquila, cercano al centro de rehabilitación, y no vuelve. Deambula sin rumbo día y noche. Pronto el camino es de tierra. La incomunicación y la falta de dinero lo llevan a mendigar. Un día cualquiera, aparece frente al portón del Consulado Argentino, empapado bajo una tenue llovizna. Diez años han transcurrido. Alguien allí lo recuerda, figura como desaparecido. Tras un largo papeleo lo envían de regreso a Buenos Aires.

Así es cómo Julián Magliano se encuentra de regreso en su ciudad natal. Un perfecto desconocido. Sus padres han muerto. Está sin recursos y sin hogar. Amigos no quedan, tal vez algunos familiares, pero jamás se les acercará. No así, en esas condiciones. Pero algo aún conserva, la añoranza de su efímero éxito y de Carla, que sirven para abonar su depresión.

Los dos hombres se detienen frente a él, tapando el embriagador cartel publicitario. Visten con elegancia. Lo llaman por su nombre.

—Julián Magliano... señor... ¿Es usted Julián Magliano?

Tarda en contestar.

—Humm. Eso creo.

Se miran como satisfechos por el hallazgo.

—No sabe el trabajo que nos dio ubicarlo.

Julián no contesta. Está confuso. Hace años que no lo llaman por su nombre y muchos más que no se interesan por él. ¿Algún familiar, quizás? ¿Carla? No, imposible, eso ni en sueños.

—Tenemos una propuesta para usted. Confiamos en que le va a interesar.


Otra vez un quirófano. Otra vez paciente. La inmaculada y aséptica sala es de otro mundo. Las luces lo encandilan. Brazos robóticos trabajan sobre sus miembros. A su costado hay un hombre con un traje que parece más espacial que de cirujano. Manipula pequeñas palancas y mira una pantalla con imágenes, que Julián no reconoce. Cada tanto, solicita datos a un colaborador cercano. Sabe que es real, que le está sucediendo, sin embargo, parece más sueño que nunca.

Aquellos hombres que lo encontraron mendigando por las calles de Buenos Aires pertenecen a una corporación médica. Quieren probar en él su última creación. Los nanodeport, nanomoléculas autoensamblables. Con ellas generarán nuevas estructuras ligamentarias y tendinosas, altamente resistentes y de máximo rendimiento. No sólo eso, reemplazarán la estructura muscular perdida o deteriorada de sus miembros inferiores por otra, con mayor potencia y resistencia a la fatiga.

—¿Por qué yo? —es la lógica pregunta de Julián—. ¿Por qué tomarse la molestia de buscarme?

La respuesta es que buscan a alguien con la capacidad motora perdida, pero la habilidad o el conocimiento intacto. Además consideran, y no se equivocan, que su historia les servirá de excelente propaganda para su corporación.

Tan rápida es su caída como vertiginosa su reaparición. Tras seis meses de preparación y una tremenda campaña publicitaria, es anunciado con bombos y platillos el retorno del crack caído en desgracia. Debuta en Boca Juniors contra el equipo de su corazón, el club al que pertenecen los Magliano, Vélez Sársfield.

Julián sale a la cancha tratando de convencerse de que no es un sueño. Multicolores fuegos de artificio y un estadio abarrotado que vitorea su nombre, aumentan su confusión. No caben dudas, al pueblo le gusta los que regresan de la desgracia. Esperan ver la resurrección de un héroe. Les da esperanzas.

Julián, mira hacia al palco buscando... Quizás. No, imposible.

Y la gloria regresa. A los quince minutos, Boca gana uno a cero. Golazo, con sello indiscutible de Julián Magliano. Van al entretiempo con dos disparos más de Julián, que no fueron goles por el talento y la providencia del guardavalla velezano. En el vestuario se vive una fiesta, los periodistas pugnan por ingresar. Aún falta el segundo tiempo, pero ya quieren sacar fotos de lo que saben será portada en todos los medios. Sus compañeros lo abrazan y elogian, como a la reencarnación de un dios. Julián está aturdido, le duele la cabeza, quizá sea por tanto alboroto, tanto sueño hecho realidad. Piensa en la fama, pero simplemente como una herramienta para enrostrársela a quienes no confiaron en él y, por supuesto, para reencontrarse con su Carla.

Sólo restan diez minutos para el final del partido. Nuevamente aparece, como certero destello, esa intuición del depredador que sabe que la presa es suya. Antes de impactar al balón, Julián piensa: para vos Carla, para ustedes viejos. Ve partir la pelota con rumbo engañoso. Pero no ve más, porque un manto escarlata cubre su vista. Los ruidos se apagan en un zumbido, hasta desaparecer. Por un instante, le parece estar flotando. Y luego, la nada.



Ilustración: M.C. Carper

—Aumentá la imagen, Marcelo.

—Listo.

—Prepará el microscopio TNL, en cuanto extraiga la muestra.

—Entendido —responde Marcelo.

En el quirófano el ambiente es tenso. Saben que están siendo observados a la distancia por altos directivos de la corporación. La cosa no podía haber salido peor. Un fracaso total, con una máxima exposición mediática.

La venta de las nanomoléculas deportivas iba a ser, según los cálculos preliminares, un negocio multimillonario. Ahora no sólo se ha perdido todo lo invertido, también la imagen de la corporación resultará muy afectada.

El cuerpo de Julián Magliano yace en la camilla quirúrgica. Su cráneo está abierto y su cerebro expuesto. De allí extraen la muestra.

Al cabo de unos minutos, tienen el diagnóstico.

—Tal como lo sospechábamos —dice el cirujano jefe—. Tanto la arteria basilar como el polígono de Willis fueron ocluidos por unos nanodeport que se extravasaron de los músculos, viajaron por el torrente sanguíneo y, se autoensamblaron dentro de estas arterias. Eso fue lo que provocó el fatal infarto cerebral en Magliano.



Damián A. Cés es argentino, especialista en Medicina Familiar y Preventiva, y en Medicina del Deporte.

Hemos publicado en Axxón: VRIKHING (168), LA BOMBA (174), LAS RUINAS DE DARTRUM (175), UNIVERSOS PARALELOS (180), MALA SUERTE (180), TRIPANOSOMA MORTAL (182), LA RE-EVOLUCIÓN DE LOS CHAMALEO DŽOR (193)


Este cuento se vincula temáticamente con GEOMETRÍA VARIABLE, de Juan Carlos Pereletegui (157), NO ME MIREN, de Gabriel Mérida (154) y EN BUSCA DE LA X PERDIDA, de Damián Cés (186)


Axxón 193 - enero de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento: Fantástico : Ciencia ficción : Medicina : Nanotecnología : Futbol : Argentina : Argentino).

            

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