¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

Este no es el mismo Universo que nuestros bisabuelos describieron en sus libros de textos y de literatura. Resultó un poco más complicado, una pizca más fascinante, y bastante más horrible de lo que la ciencia ficción pudo imaginar.

A medida que los mares espaciales fueron habilitados a la navegación, el alejamiento del centro aceptablemente civilizado de la galaxia abrió en la periferia nuevos y sorprendentes mundos que, poblados, significaban desafíos para los conquistadores y, despoblados, ofrecían oportunidades para los colonos. La raza humana se expandió como lo ha hecho siempre y, como le ocurriera ya en la misma Tierra, inevitablemente las distintas culturas colisionaron entre sí.

Con el tiempo resulta difícil discernir entre los mundos desiertos luego colonizados y los que han sido descubiertos conteniendo una población nativa. La mezcla, cuando es viable, la extinción de algunas razas cuando hay conflictos —con la consiguiente implantación de otras— recibe la sanción inapelable del tiempo, legando al investigador motivos para interminables debates, pero muy poca luz sobre la verdad histórica. Como científico, siempre, comprobada la extinción de una raza, apuesto a la acción depredadora de otra en oposición a la teoría de las causas naturales. Lamentablemente, la mayoría de las veces acierto.

Pero esas diferencias no importan mucho a la antigua raza de los conquistadores, y mucho menos a la ya arcaica de los comerciantes. Los primeros sólo buscan riquezas y tierras para vender a los segundos, financiando así nuevas conquistas en planetas igualmente ignorados, viviendo repetidas quimeras de poder y riquezas, enredadas con las esperanzas y pesadillas en un círculo vicioso del que sólo se sale muerto y, quizá, con un poco de efímera gloria adicional. Si la muerte, la desolación y la esclavitud acompañan estos sospechosos premios, a nadie le importa; la historia, benevolente con el triunfador, se encargará de borrar las huellas de toda infamia y crueldad y poner un manto de olvido sobre el fracaso y la desilusión.

Toda esta expansión y tráfico motiva que, en los planetas estratégicamente ubicados, se establezcan ciudades puertos. En ocasiones, todo un planeta es convertido en puerto si las conveniencias económicas así lo deciden. Estas comunidades viven de los servicios brindados a quienes, irremediablemente, se mueven como engranajes de la industria y el comercio o aquellos que, como condenados, ardiendo de inquietud y faltos de paz, ruedan por toda la galaxia buscando su Vellocino de Oro o una proverbial fuente de la eterna juventud o la ya varias veces milenaria ilusión de El Dorado.

En estos puertos se superpone el tiempo. El progreso técnico constante y las largas distancias hacen que naves antiguas, partidas hace décadas de su punto de origen, sean alcanzadas por otras más modernas que ostentan velocidades de crucero multiplicadas miles de veces con respecto a sus antecesoras, haciendo sumamente probable que nietos maduros se encuentren con bisabuelos bien conservados por la crionización o rejuvenecidos por la velocidad o que, en el caso particular de las naves planeta, los navegantes conozcan generaciones ulteriores de inesperados e insospechados parientes a los cuales no saben cómo clasificar en el árbol genealógico, o acomodar en el panteón familiar. Pero estos fenómenos han dejado de ser raros y tan sólo se prestan para algunas confusiones y paradojas, que ya no preocupan a la mayoría de los navegantes. Sólo adornan los relatos sobre el espacio que demandan y deleitan a quienes nunca han salido de su planeta madre.

Los puertos son lugares pintorescos cuyas facilidades se adaptan a la variedad de naves, ofreciendo largos muelles para las modernas fragatas o los airosos clippers, mientras que para los galeones de carga, impulsados por la combinación de cohetes químicos y taquiónicos y velámenes solares, se reservan radas solitarias y amplias para que en sus rechonchas bodegas duerman las ilusiones heladas de centenares de colonos o se mantengan ignotos ejércitos clandestinos, cuyos soldados, acondicionados en las cubiertas criogénicas como salchichas en un freezer, son inexistentes para los papeles oficiales.

A partir de las comodidades para los medios de transporte, que es su prioridad, los puertos desarrollan variados lugares de diversión para las tripulaciones y los pasajeros. Bajo este nada despreciable justificativo arribamos a uno de ellos.

Nuestra corbeta recibió permiso para amarrar después de dos rotaciones planetarias de espera; tiempo que empleamos para poner nuestros vigías en órbita y recoger las finas velas extendidas por kilómetros a nuestro alrededor y montadas sobre varillas de acero modificado. Este acero se presenta tan delgado y fuerte que puede abrir un pelo por la mitad. Aún extendido durante centenares de kilómetros en el espacio, apenas si se comba cuando la presión solar se apoya con toda su fuerza sobre las velas de carbono de espesor molecular.

El uso de la presión de la luz es muy antiguo, pero la invención y desarrollo de los métodos para modificar la estructura cristalina de los metales permitió montar verdaderos mástiles, aptos para soportar majestuosos velámenes capaces de recoger, aún desde enormes distancias, una luz que les impulsará en la dirección elegida o aprovechar al máximo la mínima racha de viento solar. Para cuando se perfeccionó el concentrador y desviador de fotones y se obtuvo el efecto quilla, que permitió la navegación de ceñida, teníamos el motor estelar perfecto, cuya fuente de energía era de fácil acceso, inextinguible y de alta eficiencia. Aún así no fue posible, ni conveniente, abandonar otras modalidades de impulsión. Las naves, como nuestra corbeta, escapan de la atracción gravitacional a fuerza de cohetes químicos y motores taquiónicos, utilizando las velas cuando se ha obtenido ya un buen valor inercial. Las grandes fragatas cortan rápido los impulsos químicos y lumínicos para ahorrar energía y despliegan inmediatamente sus velas, preparándose para un viaje largo y tedioso, sólo interrumpido por los saltos. Los clippers, abarrotados hasta la borda de cargas costosas y de rápida entrega, sostienen por más tiempo la fuerza de los motores y, al igual que las naves más rápidas y pequeñas, desdeñan aprovechar los vientos solares cuando éstos no les son totalmente favorables o al menos francos en la dirección y sentido de navegación. Los galeones tienen todo el tiempo del universo y lo que importa es que lleguen, así que viajan constantemente a la sombra de sus inmensas velas.

Y luego están los saltos. Saltos en el tiempo, saltos en el espacio, ¿quién lo sabe? Todavía resultan un misterio y, aunque algunas naves desaparecen completamente o aparecen en un estado de caótica destrucción después de emplear este recurso, nadie querría o podría prescindir de su uso. Toda tripulación sabe que un salto es un albur. Pero, ¿de qué otra forma se puede viajar por un espacio curvo que tiene varios millones de años luz? De todas formas, en estos lugares la vida no vale ni un ergio de energía y se puede trocar por un puñado de sal común de mesa y aún obtener el vuelto.

Cuando relato estos hechos a las tranquilas personas que han preferido el pacífico transcurrir de la vida en sus planetas de origen, viendo crecer a sus hijos y a sus nietos, ellos suponen que lo más peligroso es el viaje y esos avatares que han recibido nombres pintorescos por parte de las viejas tripulaciones, como los Bailarines Locos, El Destello Mágico, El Embudo Tragón, y otros menos conocidos, sin descontar los que la fabulación popular ha ido creando a partir de rumores y miedos mal disimulados.

También yo, para sazonar una velada de buen comer y beber, mientras nos relajamos mirando la bóveda celeste tachonada de estrellas, bajo un cielo que me es extraño, hago estremecer a mis anfitriones relatándoles los efectos Escila y Caribdis. La cruel e incontrolable situación generada por dos planetas tan cercanos uno del otro que cualquier cosa que se aproxime, quedará sometida a la fuerza contraria y simultánea de ambos. Las naves son así orientadas apuntando con sus extremos a cada uno de los planetas. A veces resisten durante días, pero, al final se parten como una crujiente baguette en las ávidas manos de un pillete hambriento, y cada planeta engulle un pedazo. Dentro de las naves, los navegantes, en una larga agonía, han tratado inútilmente de mantener la distribución del peso para no ser atraídos hacia uno u otro lado. Al final, el simple desplazamiento de un objeto tan pequeño como un lápiz por un piso inclinado, o un estornudo, desbalancea el conjunto, y hombres, muebles, equipos y máquinas son destripados y vomitados al espacio sin orden ni concierto.

También son fascinantes las Burbujas Malignas. Un alegre espectáculo de burbujas que se trasladan a enorme velocidad. Su superficie está conformada por una capa de apenas unos miles de kilómetros de espesor de una mezcla de partículas subatómicas en equilibrio. Su tensión superficial soporta la presión interna de una fuerza energética de origen desconocido que parece comportarse como un gas, pero no lo es.

Las Burbujas surgen del espacio en juegos de grandes y pequeñas esferas deformes que se agitan tal como si fueran exhaladas en el agua por el equipo de un buzo. Las naves no tienen muchas alternativas. Los aparatos no registran el fenómeno. Algunas logran atravesarlas, las más pesadas, pero las más livianas quedan atrapadas por la tensión superficial del exterior y, aunque apliquen toda la energía de sus motores, siguen circulando pegadas a la superficie de la esfera quizá unos minutos, quizá unos siglos. Otras traspasan penosamente la resistencia de la superficie, quedando adheridas del lado interno y siendo digeridas, molécula por molécula, hasta su total extinción.

Están también las Lluvias de Abalorios, que producen una peculiar vibración electromagnética. Cuando el navegante experimentado ve este fenómeno ordena a su tripulación no observar ni grabar registro alguno. Él mismo, si la curiosidad lo impele, debe hacer como el antiguo Ulises, atándose para no sucumbir al encanto. El casco comenzará a vibrar con el Canto de las Sirenas y el espectáculo hará del observador un zombi, inclinado a estrellarse contra la primera estrella que tenga al frente.

Y por cierto, que no te toque una Lluvia de Diamantes. Forman manchas negras hasta que la luz de alguna estrella los ilumina. Entonces, cada uno y todos brillan relucientes y hermosos, tan atrayentes como si estuvieran en la vidriera de una joyería en Nueva New York. Y son diamantes, verdaderos y duros cristales de carbono. Encontrarlos no es lo mismo que hallarlos en el seno de una montaña en el Congo terrestre. Por el contrario, no harán a nadie felizmente millonario. ¡Guay de las naves que se encuentran con ellos y no los eluden! Millones de pequeñas partículas raspan los cascos a enormes velocidades irisándose hasta iluminarse como carbones en una parrilla. El roce roe los cascos más duros y resistentes, hasta que los deja tan delgados que no soportan la presión interna y estallan dejando una fugaz estela de vida agónica flotando sin rumbo ni destino. Combinados con el oxígeno exhalado por la nave agonizante, los diamantes recalentados entran en verdadera combustión, dando un espectáculo indescriptible que, por todo lo demás, probablemente carezca de espectadores.

Sólo una vez tuve el dudoso privilegio de asistir a un suceso de esta naturaleza, en el que se involucró un galeón terráqueo cargado de colonos de la Tierra en viaje hacia un nuevo planeta. Estaban saliendo de una ceñida y retomando el rumbo con rachas de popa. Lanzaron al espacio todo su hermoso velamen y, en ese momento, una lluvia de diamantes los sorprendió. Veníamos en buena posición para ver el peligro. Quisimos advertirles. Pero fue tarde, el galeón chocó de frente con la mancha de diamantes. Vimos como el casco se iba pelando, desgastado micrón a micrón con una lluvia de chispas tan hermosas como malignas; al fin estalló.

Los diamantes se incendiaron y parecía que todo el firmamento ardía. Vimos entonces miles de cápsulas criogénicas lanzadas a la deriva. Algunas pasaron muy cerca y, detrás de las cubiertas de cristal, vimos los rostros dormidos de quienes jamás despertarían de su sueño de esperanzas. Sueño eterno en el frío del espacio hasta ser atrapados por algún sol o planeta que los convertirá en un satélite o en una tea.

 

Ya ven, el espacio no es un lugar vacío. Por el contrario, está bastante colmado. El universo todo se comporta como un inmenso mar por el que se mueven corrientes, remolinos, huracanes y seres humanos. Los astronautas tienen en cuenta estos extremos, por eso prefieren llamarse a sí mismos navegantes, y a sus naves con los viejos nombres de los tiempos de los buques a velas. Saben que no pueden ir en línea recta a su destino. No hay energía que pueda sostener tal ritmo. La nave debe navegar, aprovechar los remansos, los remolinos, las corrientes, las fuerzas contrarias a la lógica, la atracción, la repulsión, los vientos solares, los chorros de fotones que pueden ser concentrados y dirigidos hacia las velas. Igualmente, la costumbre ha ido dando pintorescos nombres a los fenómenos que, siendo parte del peligro, son también parte del sabor de la aventura.

Sí, son peligros, ciertamente. Y el navegante los enfrenta con distinto talante según su naturaleza y sus circunstancias, pero, aún tan lejos y aún en la mayor de las soledades cósmicas, el peligro mayor, el peligro máximo, sigue siendo el ser humano o, dicho en una forma más amplia cualquier ser pensante conciente de sí mismo, organizado y necesitado de elementos para sobrevivir y nutrirse.

Y éste, poco más o menos, es el universo donde desarrollo mi trabajo. En verdad soñé en una época con que fuera diferente, pero la realidad se fue imponiendo con su carga de luchas y deseos contrapuestos. Bajo diversas circunstancias, el ser humano libra una lucha permanente por la vida. Resulta perturbador pensar que sólo la fuerza logra atemperar el caos, que tan sólo el miedo nos une, y que la piedad nos alcanza recién en el lecho de muerte y que, por encontrar este triste final, nos causemos mutuamente sufrimientos sin límites.

 

2ª PARTE

 

En ello pensaba cuando pisé tierra firme con pie tembloroso después de meses de navegación. Habíamos atracado en Tamis hacía pocas horas. El médico de a bordo me hizo el examen de rutina y me permitió desembarcar, con serias advertencias con respecto al estado físico de un hombre que lleva varios meses en una nave que ha efectuado cinco saltos, a pesar de su “tan sabio como contrario consejo, debidamente certificado en la bitácora”, por si quería saberlo. Lo usual.

No hice mucho caso, en cada puerto era la misma historia y conozco navegantes que quedan muy traumatizados después de esos exámenes por lo que los alegres médicos se niegan a darles la salida hasta que se les pasa la hipocondría y dejan de comportarse como viejos inválidos a los que hay que darles la papilla en la boca. Sospechamos que los médicos disfrutan con estas cosas mucho más que extirpando un apéndice inflamado o trepanando un cráneo en un planeta desconocido, usando antiguos cuchillos de pedernal.

Primero alegré mi físico caminando y respirando profundamente. Tamis tiene una atmósfera muy parecida a la de la vieja Tierra, aunque algo pobre en oxígeno, compensada por una mayor pureza y una menor fuerza de gravedad, lo que resulta conveniente para las extremidades debilitadas por la inacción física de la vida a bordo.

Partiendo de los muelles las autoridades, pensando en sus clientes, han construido grandes veredones poblados de plantas y árboles, por si algunos, ansiosos de mover sus miembros y contactarse con la naturaleza desean caminar o correr. Hay puestos asistenciales para los que caen redondos, superados por el esfuerzo y, si no hay otro remedio, está la cinta móvil con la que se puede llegar a la parte comercial y divertida, disfrutando del fresco y sin transpirar, que es mucho mejor que llegar en ambulancia.

El espectáculo, durante esas caminatas no es pobre. La baja gravedad del planeta creó montañas aterradoramente altas. Desde todas partes se las puede ver imponentes y amenazantes con monumentales derrumbes que amilanan al más insensible por su aspecto catastrófico y, sobre todo, reciente. Uno cree que se están cayendo en ese mismo instante.

Los árboles son también muy elevados, ya que no tienen que luchar contra una fuerte gravedad, pero la vegetación se hace rala ya a poca altura por la pobreza del aire. Muy alto, en las cumbres más enhiestas, puede verse nieve, mas conviene utilizar la generada artificialmente en los hoteles si se quiere esquiar pues, allá arriba, un hombre dura muy poco.

Pese al espectáculo, al fin, la mayoría, recurre a las veredas móviles. Esa noche, sin embargo, tomé la alternativa de seguir a pie. Un cielo con tres lunas en un espectáculo simultáneo con una casi constante lluvia de meteoritos es excepcional y no quise desaprovecharlo y, además, necesitaba tiempo para meditar.

Lentamente me fui aproximando al centro comercial. Entre muchas elegí una taberna cuyos carteles luminosos la hacían muy prometedora y que explicaban, en distintos idiomas, las ventajas de sus bebidas, las virtudes — o falta de ellas— de sus mujeres y en todo caso, para quien lo prefiriera, de sus hombres. Me la habían recomendado, en realidad me ordenaron que fuera allí. No eran los anuncios los que me atraían. Eran los informes de inteligencia los que me guiaban.

Entré al humo y al ruido procurando pasar desapercibido. No hay en el espacio otra cosa que humanoides. Somos todos primos. Nada de monstruos de dos cabezas o arañas con rostros humanos u otros animales exóticos, peludos y engorrosos. Las pocas quimeras que pueden verse, surgidas de experiencias con ingeniería genética, son bastante tontas y no pasan de ser atracciones de circo. Los cambios impuestos al ser humano por las condiciones, la selección natural o la mezcla de razas son muy variados, pero no influyen demasiado en su aspecto exterior y las modificaciones internas, casi todas relacionadas con su metabolismo, han sido resultado de la selección natural en ambientes distintos al nuestro. Algunos viejos navegantes, allá en la Tierra, me han hablado de engendros malignos, mezclas de seres humanos con animales y pesadillas, pero siempre tuve presente que aquellos veteranos, generalmente, estaban intentando readaptarse al genuino y viejo vino tinto después de varios años de viaje y abstinencia.

No eran estas cosas las que me preocupaban en aquel momento. En lo inmediato quería tomar un sorbo de alcohol de cualquier origen y si fuera posible hacerme de algo de tabaco. Le pregunté al cantinero sobre lo último pero sacudió la cabeza con resignada tristeza. Me sirvió un sucedáneo de whisky que resultó sorprendentemente aceptable. En eso pensaba cuando se acodó a mi lado un oficial comerciante vestido elegantemente. Sacudió la cabeza con simpatía y preguntó en un tono que parecía una afirmación:

—¿Recién desembarcado?

—Recién salido del horno —repliqué sonriendo.

Sonrió a su vez y me alcanzó una caja de pequeños habanos. Sorprendido y agradecido tomé uno, con un gesto me invitó a otro. No supe resistirme y tomé otro para más tarde.

—Puedo pagarlo —le dije, buscando unos créditos en la cartera.

—¡Ni se le ocurra! —respondió— Tengo un cargamento de éstos en la bodega. Si aún está aquí mañana le puedo dejar un par de cajas. Eso no me impedirá hacerme millonario cuando venda el cargamento completo.

Brindamos con buen humor y complacidos el uno con el otro. Encendimos nuestros habanos e intercambiamos algunas ponderaciones por su calidad. Todo muy civilizado.

—Me voy a presentar —dijo—. Me llamo Sea Minor, mi rango es el de teniente de navío primero según el código verde de la Federación y, aunque soy del escalafón comerciante, estoy a cargo de la nave Temor. El capitán falleció en un desembarco en el puerto Franco Vallejos del planeta Vigón. ¿Lo conoce?

—He estado ahí. No es buen lugar para desembarcar, ciertamente.

—No —asintió con serenidad—, lo sabíamos pero fue una emergencia. Pudimos rescatar muy poca cosa del viejo capitán —agregó con un suspiro de resignación.

—Brindemos por los que se fueron y por los quedaron —ofrecí.

Brindamos. Me presenté a mi vez: nombre Valdez, rango, teniente, escalafón científico, nave La Grande, con un capitán gozando de buena salud y un genio de los mil demonios encadenados.

Festejamos con nuevos tragos y dejamos que el tiempo transcurriera parsimoniosamente mientras hablábamos de nuestros viajes. Él me contó algunas anécdotas bastantes cómicas y después de un largo silencio preguntó:

—¿Ha estado en el planeta La Paz?

—No conozco ningún planeta con ese nombre, no al menos en este sistema. —Me encogí de hombros no dándole importancia a la pregunta y como invitándole a pasar a otro tema cuando él retomó la palabra.

—La Paz es un nombre muy viejo. Es probable que lo tenga registrado por el nombre nuevo.

Me miró con una profundidad que me resultó molesta. Me volví hacia él apoyando las espaldas en el mostrador. Recién caí en la cuenta de que la taberna se había ido vaciando, restando muy pocas mesas ocupadas. Me sentí un poco extrañado y bastante inquieto, pero no conocía las costumbres locales; quizá era hora de misas, aunque era poco probable. Sea Minor me recitó la identificación técnica de La Paz. Tuve que asentir.

—Sí, ahora sé de qué me habla —dije y quedé esperando.

—¿Qué le pareció?

—Tan curioso como cualquier otro. Cada planeta tiene características distintivas y, cuando se encuentra habitado, sus habitantes, sean o no homínidos, siempre nos parecen raros. Y dígame, ¿usted estuvo ahí?

—Me importa su opinión, Valdez.

Pasé por alto la obvia descortesía.

—Bueno, le diré —comenté—, una rareza total. Se relevó ese planeta hace alrededor de diez años terráqueos. Nos llamó la atención que estuviera tan bien cubierto de vegetación. Hay muy pocos terrenos desérticos, mares pequeños, muchos ríos, abundantes humedales, cadenas de montañas bien distribuidas. Obviamente buena oxigenación y valores atmosféricos satisfactorios. Un planeta de primer orden para el desarrollo de la vida. ¿Satisfecho? —mi tono se estaba haciendo sarcástico.

—¿Y no les llamó la atención algún detalle diferencial?

Lo miré con altanería. No se le pregunta un navegante de dónde viene ni adónde va, ni lo que ha visto. Es de mal gusto. Se supone que toda esa información es secreta, sea por su valor comercial o su valor militar, sea porque uno no tiene ganas de darla. Quizá con el tiempo uno pueda bajar un poco la guardia y alardear algo con ella, pero si se es un buen navegante se mantiene la reserva y se respeta la ajena. Pero estaba obligado a la condescendencia, por mi misión y también en honor a los habanos, aunque Sea Minor estaba abusando.

—Sí. Una curiosidad. La vegetación arbórea está representada en su mayor parte por un solo tipo de árbol. En algún momento nos recordó al baobab, pero es mucho más grande. Tan grande como para que en él se instalen tribus enteras que viven debajo y en su copa. Hemos registrado algunos que cubren hasta casi ocho hectáreas con ramas de más de doscientos metros de largo, paralelas al piso, que emiten raíces aéreas que al implantarse en tierra les sirven de columnas de sostén muy necesarias debido a su peso. Son realmente imponentes.

Hice una deliberada pausa estudiando el rostro de mi interlocutor. Su curiosidad se manifestaba con una intensa mirada que intentaba adivinar el resto de mi relato o, quizá, esperando algo especial en éste.

—El árbol provee a la vez de alimento —continué con calma—. Algo parecido al árbol del pan. Los frutos y sus semillas son comestibles, pero también lo son las hojas y una extensa variedad de hongos que se desarrollan en las ramas secas. Esas tribus se mueven muy poco de debajo de su árbol. Ni falta les hace. Duermen casi todo el día y, cuando tienen hambre estiran la mano y se satisfacen con facilidad. Los más audaces puede ser que se alejen unos cientos de metros para cazar y pescar. El agua se acumula en los huecos de las ramas pero, si se desea una bebida fresca y vigorizante, se cortan un par de ramas y de su hueco central se obtiene una dosis completa. Es un árbol curioso, cuando llueve sus hojas tienden a cerrarse formando una verdadera celosía que impide bastante el paso del agua con lo que, en términos generales le obvia a los naturales el trabajo de construir chozas o paramentos, aunque no tienen que preocuparse mucho por el hábitat, esas selvas se desarrollan en una franja de clima subtropical muy benigno.

Hice una pausa y, viendo que seguía esperando, agregué:

—De las hojas y las ramas se extraen buenas fibras para hacer vestidos o armar hamacas, o las sogas con las que esta gente hace de todo lo que se pueda imaginar.

»No hemos visto nada igual en el Universo, Sea Minor —continué después de otra pausa especulativa que obtuvo el mismo frustrante resultado que la anterior—, pero usted, según me doy cuenta, me interroga sobre cosas que conoce. He sido amable, ¿puede ahora explicarme de qué se trata?

—¿A qué conclusión llegaron sus autoridades? —inquirió ignorando mis comentarios.

—Ninguna en especial, que yo sepa. Nosotros hemos estado ahí en un vuelo de rutina.

—¿Puede ser, acaso, que no hayan detectado la causa de tanta paz en esa gente? ¿No han curioseado sobre las causas de su indolencia? No creo que se les pasaran estos hechos a un grupo de valientes científicos, Valdez.

—Crea lo que quiera, Sea Minor —miré el habano—. El tabaco se está terminando como así también mis deseos de seguir hablando del tema.

Al otro lado, contra el mostrador, se había instalado un navegante de un tamaño poco tranquilizador, cuyas manos parecían garras de gorila. El hombre me codeó confianzudamente y dijo:

—Amigo, explique a Sea Minor qué novedades ha recogido en este viaje del que nos habla, no sea reticente.

El gorila parecía poco dispuesto a respetar los códigos de cortesía. Se me había echado encima, respirando sobre mi cara un aliento repugnante y empujándome hacia Sea Minor. Me volví hacia éste para sorprender una sonrisa burlona.

—Me parece que no es para divertirse, amigo —le dije ya enojado—. Lamento tener que dejarlos.

Pero el gorila no me dejó mover, llevé la derecha a mi cintura pero Sea Minor se adelantó y, disimulando, me apoyó un arma wat en el estómago. No tengo nada contra las armas y me asustan poco y nada, pero las wat son poco agradables. Descerrajan una carga eléctrica que a veinte metros puede arrancarle un brazo a un hombre en forma rápida y cruel. Tuve en cuenta estas circunstancias y me quedé absolutamente quieto.

—Lo lamento, Teniente, pero lo necesitamos por unos minutos. Háganos un favor, no se resista y síganos. Obedezca nuestras instrucciones y saldrá ileso.

Cuando a uno lo apuntan con una wat cualquier discurso es convincente. Asentí y seguí a Sea Minor mientras el gorila casi se apoyaba en mis espaldas. Miré al cantinero, pero este bajó la mirada. El resto de la concurrencia estaba concentrada en lo suyo y por todo lo demás comprendí que gran parte de ésta era de la tripulación de Sea Minor y el resto, aunque supiera lo que estaba ocurriendo, no se metería. Nadie viaja varios años luz para terminar herido o muerto en una pelea ajena.

Caminamos hacia el fondo del local en fila india, yo en el medio con el gorila casi pegado a mis espaldas. Debimos haber parecido muy cómicos, si hubiera habido alguien con sentido del humor.

Llegamos al fondo del local y entramos a una habitación con doble sistema de puertas, con un palier en medio. En el centro había una silla y una luz cenital la iluminaba. El resto del cuarto se hallaba a oscuras. El gorila me obligó a sentarme. Del bolsillo de su chaqueta extrajo un largo cabo de serpiente, lo activo y caminó hacia mí. Retrocedí de un salto, volteando la silla, y miré alarmado a Sea Minor. Un cabo de serpiente no es bueno para atar a un ser vivo. Cuando la persona atada se mueve el cabo se ciñe por si solo, y no tiene límites. Se usa en las naves para asegurar cargas que pueden aflojar las cinchas comunes debido a las vibraciones y largarse a pasear por las bodegas con el consiguiente estropicio.

El gorila hizo una mueca cuyo sentido no me gustó nada. Ahora estaba dispuesto a resistirme aún a costa de mi vida. Sea Minor lo comprendió y levantó una mano para detener a su compañero.

—Teniente. Vamos a hacerle unas preguntas. Si usted nos trata de engañar o se resiste, entonces no tendré más remedio que hacerle colocar el cabo de serpiente. Si por el contrario sus respuestas nos satisfacen, en media hora estará gustando de ese sucedáneo de whisky.

Dejé traslucir una señal de asentimiento, mientras intentaba penetrar en la oscuridad que nos rodeaba. Sentía que había otras personas a nuestro alrededor, pero no podía asegurarlo. Agucé el oído buscando algún sonido que me diera un indicio, pero no tuve éxito. Sin embargo había algo ahí, y el sentimiento de que era algo no humano me hizo estremecer. Desde afuera no llegaba sonido alguno. La habitación era a prueba de ruidos y de ahí el doble juego de puertas de entrada.

En síntesis, estaba en una perfecta encerrona. Sea Minor se aproximó hasta quedar a poco más de un metro de distancia. Su aliento era tan desagradable como el de su compañero. Me recordó el que alguna vez sentí ante la proximidad de un felino gigante en una reserva de la Tierra. Me hizo estremecer la idea de que era el aliento de alguien que ha tragado un buen pedazo de carne cruda.

Estos extremos no mejoraban en nada mis sentimientos de inquietud y ansiedad. Estaba muy interesado en llevar adelante las investigaciones del Instituto. Era el quinto planeta puerto en que repetía mi rutina, exponiéndome para confirmar los datos de inteligencia, y ahora que había ocurrido, comenzaba a sentirme más interesado en mantener mi integridad física.

—Y bien, ¿nos dará la información o no?

—Cuente con ello, Sea, pero precíseme un poco lo que necesita saber —respondí con aire ingenuo.

—Amigo, no nos quite más tiempo —respondió fastidiado—. Usted sabe lo que queremos: ¿Hasta dónde llegan las investigaciones de su Instituto sobre las condiciones de vida en el planeta La Paz?

Algo se movía en las zonas oscuras de la enorme habitación. La luz me lastimaba los ojos y era muy efectiva para impedirme ver más allá de los rostros de mis interrogadores. De pronto sentí un olor que superaba la descripción de repugnante. Intenté girar sobre mi asiento para mirar a mis espaldas, pero Sea Minor me lo impidió. Algo había atrás y no me gustaba. Sentí un movimiento, y una ráfaga de aire infame que casi me descompone. Me dominaba un terror que no me había inspirado ni el tamaño del gorila y ni tan siquiera el cabo serpiente. Sólo un resto de dignidad me mantenía sentado e impedía que saliera corriendo a los aullidos.

Respiré hondo, buscando calmarme. Aquello me rondaba. Un silbido muy bajo, casi un gemido grave, se paseaba por mi nuca, apareciendo ora a la izquierda ora a la derecha. Yo esperaba que se fuera, o al menos que no se detuviera. Tenía enfrente los ojos de Sea, brillantes y fijos, con una mirada que parecía de expectación y de locura. Algo me rozó el cuello, haciéndome encoger con un súbito escalofrío y la tensión de todos mis músculos. De pronto comprendí que aquel miedo era como el de un cervatillo sintiendo el peso de un león. Cada fibra de mi yo animal vibraba punzado por un rechazo a algo que, entonces comprendí, era el ancestral terror a ser devorado.

En ese momento sentí una vibración en el piso, como si algo muy pesado hubiera caído en el salón vecino. Hubo un movimiento de inquietud en la oscuridad. Después se oyó un fuerte estallido y la puerta exterior saltó, arrancada de sus goznes, y golpeó con enorme fuerza sobre la interior. Sea Minor y el gorila se volvieron hacia el ruido y yo salté sobre sus espaldas, haciéndoles caer en cuatro patas justo en el momento en que la puerta interior era arrancada de cuajo por otro estallido y una ola de aire caliente entraba como una tromba, derrumbándonos a todos.

La luz se apagó. Una garra me tomó del tobillo, anadeé en la oscuridad, buscando algo sólido en el piso, y de pronto mis dedos tomaron el cabo serpiente. Tuve la lucidez suficiente para apretarlo como corresponde y como si estuviera siguiendo el folleto de instrucciones. Lo revoleé hacia atrás, azotando a quien fuera que me había tomado del tobillo. Oí un aullido aterrador, tiré del cabo y se ciñó, volví a tirar y la garra me soltó requerida por otras necesidades, pegué un último tirón sobre firme y dejé que el cabo se me fuera de la mano. En la oscuridad escuché a alguien luchando agónicamente por no ahogarse. Por la puerta ingresó lo que me pareció un tumulto. Una luz me encegueció y dos manos me pusieron de pie.

Había un indescriptible caos a nuestro alrededor. Sea Minor estaba de rodillas, semicubierto por los escombros. Oí un gemido. Era el gorila dando sus últimos estertores. El cabo serpiente se le había enredado en el cuello y, a cada movimiento equivocado, se ceñía más. Le hice una seña a alguien a mi lado que acudió para sacarlo del aprieto.

—Sácaselo del cuello y ponlo en sus muñecas. Es una bestia muy fuerte y despiadada —le aconsejé a quien lo estaba liberando. Me volví hacia el capitán y le recriminé:— ¿Qué los demoró?

No me contestó. Revoleó los brazos con ira y lanzó al aire una increíble sucesión de maldiciones e insultos sin dejar de dar órdenes a su tropa.

—¡Al diablo! —vociferó por fin—. Debimos preverlo, hubo afuera una resistencia que no esperábamos. Las autoridades locales, como si nada. Le advierto, teniente: tendremos más dificultades por ese lado.

Asentí. ¡Qué remedio! Las autoridades locales estaban en el negocio de los servicios, no en el de la justicia, y nuestros oponentes parecían prósperos comerciantes y clientes habituales. Miré a nuestro alrededor, busqué en las paredes señales de esa presencia que me inquietara, sin encontrar nada. Pedí más luces, la habitación quedo alumbrada a giorno. Alguien me tomó de un brazo y me sacudió.

—¿Qué diablos es eso?

En un rincón se apretaba una sombra negra. Parecía un trapo. Hice una seña para que me lo trajeran. Uno de los hombres hizo ademán de tomarlo, cuando lo tocó saltó hacia atrás mirándose con horror la mano humedecida como por sangre ennegrecida, a la vez apartó la cara y con la otra mano se tapó la nariz, un olor acre se expandió por el salón.

—¿Qué carajo es eso? —bramó el capitán.

Entre los escombros encontré una alfajía y con ella recogí el trapo del piso de la habitación y lo llevé afuera. Era una capa de algún tipo de piel muy fina, pero prácticamente embebida en sangre en sucesivas capas resecas. Alguien nos llamó desde el interior de la habitación. Acudimos. Debajo de una de las hojas de las puertas caídas asomaba lo que parecía el extremo del ala de un murciélago enorme. Entre varios destaparon el resto, y la sorpresa nos enmudeció: era un cuerpo, aparentemente humano, delgado hasta el horror. La piel, de color morado casi negro, se pegaba a los huesos, como disecada. Removí las alas estirándolas en todo su largo y ancho. El capitán me respiró en el cuello y musitó con fastidio: “Están artificialmente articuladas e insertadas, pero esa piel, me juego las tiras, es humana”.

Confirmé el aserto del capitán, comprobando con sorpresa que los extremos de aquellas falsas alas estaban insertos en una cavidad lograda quirúrgicamente. No tenía tiempo para más comprobaciones. Afuera el ruido iba en incremento. Hice una señal a algunos comandos para que cargaran el cuerpo sobre la hoja de la puerta y lo trajeran hacia el salón principal. Levanté la capa para dejarla caer sobre el extraño cadáver. Al ponerla a trasluz, me estremecí, era sin duda piel y probablemente humana.

Salí y recién tomé noción de lo ocurrido en el ataque. La tripulación de Sea había usado armas wat, pero nuestros hombres, en operaciones que superan la simple represión, usan armas químico-electrónicas. No son ninguna novedad. Básicamente se trata de las mismas armas que se usaron en la Tierra desde la invención de la pólvora, nada más que ya no se utiliza la reacción química entre el potasio, el azufre y el carbón; otras sustancias químicas infinitamente más activas los han sustituido, brindando una mayor velocidad para el proyectil y, con ayuda electrónica, una óptima cadencia de disparos. En estas armas el proyectil puede ser de cualquier tamaño, desde una aguja a un torpedo de buen tonelaje; por supuesto, para la ocasión los comandos usaron disparadores de agujas. Pero no se engañen, a veces preferiría ser alcanzado por un torpedo de una tonelada que no por un chorro de agujas que se comportan como si fueran los dientes de un largo y flexible serrucho.

Los mostradores habían sido cortados longitudinalmente por esos chorros de acero modificado. Lamentablemente algunos hombres de Sea Minor se habían refugiado ahí y no habían quedado muy buenos para ver. Algunos, en realidad, habían prácticamente desaparecido o se encontraban distribuidos por partes en distintos rincones del salón.

Se habían resistido, sin duda. Algunos de nuestros hombres estaban malheridos y un par había muerto en una forma cruel. Me detuve sorprendido: ¿qué cosa tan importante había desatado tal resistencia?

Salimos a la escalinata de la entrada, arrastrando a Sea Minor y al gorila y portando las improvisadas camillas con el falso murciélago y nuestros muertos y heridos. Afuera se alineaba una división completa de la policía local, montando una tensa guardia. El capitán los observó un largo minuto y luego se restregó la nariz como si quisiera arrancársela. Luego de este signo de impaciencia, respiró hondo y recién habló con voz tensa dirigida a un oficial ostensiblemente al mando de la cuadrilla:

—Somos oficiales de la Federación, comandante. Estamos haciendo una detención preventiva en orden de una investigación en marcha.

—Se le saluda, capitán, pero a nuestro entender está fuera de jurisdicción. Nos debieron avisar de esta acción. Deben entregarnos a los prisioneros y presentar los cargos ante el juez que se designe.

—No hubo oportunidad, comandante. Uno de mis hombres fue retenido contra su voluntad y debíamos rescatarlo. La acción era imperativa. Las leyes de la Federación nos protegen. Diga al Señor Juez, cuando lo designen, que los prisioneros estarán a su disposición una vez que los hayamos interrogado.

El comandante mostró los dientes en una sonrisa furiosa y dio una orden. Más soldados aparecieron desde una esquina cercana. Yo levanté una mano y me aproximé al comandante.

Como oficial científico tengo algunas prerrogativas y pensaba hacerlas valer. La oposición a una investigación científica por parte de las autoridades de un país o un planeta puede significar la automática cancelación de todas las licencias de producción y la suspensión de materias primas claves. Me identifiqué y el comandante me hizo señas para que me aproximara. Lo hice, hasta quedar a unos cuantos pasos de él. Yo estaba todavía sobre la explanada y él al pie de la escalinata, pero pude sentir de nuevo el fuerte aliento del carnívoro. Levanté sin querer la mirada y como a unos cien metros me llamaron la atención unas figuras en las sombras. Una se desplazó y resultó iluminada por las luces de los vehículos de asalto que se aproximaban. Me sobresalté, estaba extendiendo sus alas en toda su extensión. Lanzó un silbido agudo, todos nos estremecimos, incluido el comandante, cuyo rostro cambió como si sus rasgos se hubieran afilado. Hubo un leve movimiento entre nuestros oponentes y los lejanos vehículos de asalto comenzaron a avanzar lentamente. El capitán me llamó. Retrocedí, empezaba a comprender.

—Son todos de ellos, teniente, y me parecen dispuestos a liberar a los prisioneros a cualquier costa, aún a la de un científico pretencioso.

Tomó la radio y dio unas órdenes. Estábamos a dos mil metros de los muelles y se oyeron muy claros los cohetes de La Grande cuando se encendieron. Comenzamos a retroceder hacia la taberna. Nuestros hombres tomaron posición en los techos y las ventanas.

Un nuevo chorro de gases desgarró la atmósfera. Desde los bares y centros de recreación vecinos salían más personas. No simple curiosos, sino hombres y mujeres armados. Estábamos en una trampa. Miramos esperanzados hacia el final de la avenida. Allá, en los muelles, La Grande se elevaba lenta pero firmemente sobre el nivel de las otras embarcaciones y los edificios del muelle. Giró hasta mostrar uno de sus lados. El capitán, a mi lado, suspiró con orgullo. Su nave era ciertamente majestuosa: “Treinta cañones por banda” solía decir, utilizando una jerga tan antigua que solamente unos pocos entendían.

No tenía tantos cañones. No los necesitaba, de todas maneras, para mostrarse poderosa. La artillería disponible en una corbeta de estas hubiera hecho sonreír despreciativamente a un corsario inglés del siglo dieciocho, pero habría sido suficiente para destruir en unos segundos a toda la escuadra del Almirante Nelson. Entre tanto, nuestro capitán había hecho, en su oportunidad, pintar las treinta troneras por banda que proclamaba la antigua canción, y, ahora, podíamos verla suspendida sobre sus cohetes laterales, aproximándose lentamente a unos doscientos metros de altura sobre la avenida. Las tres troneras laterales reales estaban abiertas mostrando el tubo ominoso de un lanzador químico electrónico de veinte pulgadas.

El hombre alado volvió a echar al aire su agudo grito y nuestros oponentes se pusieron en movimiento hacia la taberna. Los carros de asalto descubrieron su armamento wat y dejaron caer sobre las paredes una tormenta de rayos de todo voltaje. Respondimos con nuestras armas mientras intentábamos cubrirnos.

Uno de los cañones de la corbeta disparó. Podía haber usados cohetes, pero prefirió la espectacularidad del cañonazo. Una pieza de tonelada y media, sin carga explosiva, partió raudamente hacia el punto de mayor concentración de los atacantes. La energía dinámica hacia innecesario el explosivo, tres unidades de asalto desaparecieron en un torbellino de fuego y metal y aún unos segundos más tarde podía oírse al obús rodando a través de la ciudad.

El comandante enemigo no detuvo su avance. Sus hombres, fanáticamente, a pesar de sus pérdidas, continuaron el asalto. Nos batimos en las escalinatas casi cuerpo a cuerpo. Una ametralladora de agujas, instalada en la azotea, los barrió y los puso en fuga. El cuerpo del comandante dividido en finas tajadas ocupaba la mayor parte de la escalinata. El cañón de la corbeta volvió a tronar y otros tres carros de asalto se extinguieron. La corbeta siguió su curso hacia nuestro sitio. Tres balleneras se desprendieron de sus soportes e iniciaron el descenso. El capitán las orientó desde su puesto para que limpiaran al resto de nuestros enemigos. Parecía que todo había terminado, pero sabíamos que sólo era un respiro. Desde algún lado llegaba el rumor de naves poniéndose en movimiento.

Ordenamos a nuestros hombres y prisioneros y, en unos minutos tensos, ocupamos las balleneras y partimos hacia la corbeta. Una nave local apareció a unos cinco mil metros, alineándose para disparar sus torpedos. El capitán rugió por los micrófonos una serie de órdenes y la corbeta comenzó a desplazarse como si quisiera abandonarnos. Se elevó rápida como un ave rapaz, y cuando ya la única forma de verla era en las pantallas de comando de las balleneras que habían quedado aparentemente a merced del enemigo, el aire fue rasgado por un rugido que hizo vibrar los edificios. Un proyectil químico pasó por encima y se perdió en dirección a la nave atacante. Cinco toneladas de acero modificado, en una carcasa hueca que se embutió en la proa del blanco, hendiéndola hasta llegar a la mitad y produciendo una sola explosión que lo hizo desaparecer. Casi al momento teníamos la corbeta sobre nosotros. Enganchamos las balleneras en sus montantes y pasamos en tropel al interior.

—Los oficiales a cubierta de mando. El resto, con los prisioneros a la bodega, sala de interrogatorios. Los heridos al hospital, los muertos nuestros a la capilla y los ajenos al patólogo. Sobre todo esa bazofia maloliente y reseca con falsas alas de murciélago.

El capitán empezaba a preocuparme. Ya lo había visto en acción y sabía que se pondría muy duro e inflexible. No se mantiene viva una tripulación e íntegra a una nave con inoportunos actos de condescendencia. A años luz de casa y a millones de kilómetros de cualquier auxilio, un capitán debe transformarse en una loba que cuida a su cachorrada.

—Vamos a la bodega —me ordenó. Posó su mirada sobre los hombres de su guardia personal y les hizo una seña, agregando—: Traigan sus aparatos.

Me estremecí. Pero no podía oponer objeciones.

La sesión duró menos de lo que esperaba. A los diez minutos Sea Minor se derrumbó. A su lado el gorila rugía y profería incoherencias. El capitán se aproximó y le descerrajó un disparo de agujas. El hombre no había servido de nada y ya era totalmente inútil. Sea Minor revoleó los ojos y se sacudió en su silla de acero. Estaba farfullando, pero poco a poco se comenzó a distinguir lo que nos decía. No voy a recordar sus palabras porque eran atroces, aunque los hechos que relataba eran en sí mismo horribles y no requerían palabras fuertes. A mitad de su relato dos marineros empalidecieron y salieron corriendo a vomitar. No los seguí por puro amor propio.

Lo que Minor nos relataba y trataba de explicar daba al fin comprensión a nuestras observaciones en el planeta La Paz y en Paraíso y Descanso. En estos lugares se había descubierto el fenómeno de las aldeas arbóreas. En todos los lugares la población se mantenía pacífica e indolente con todas sus necesidades básicas satisfechas. Los árboles proveían de todo lo necesario.

El fenómeno en algún momento trascendió en el planeta Tierra cuando alguien importó los árboles-aldeas y los puso a la venta como una novedad. Muchos los adquirieron por snobismo, pero la moda comenzó a imponerse. Había quienes abandonaban sus hogares e iban a vivir bajo los árboles en comunidades que reproducían las costumbres de La Paz. La Federación ordenó al Instituto una investigación y los resultados alarmaron a las autoridades. Los árboles exhalaban una droga natural que disminuía la voluntad de quienes la aspiraban durante mucho tiempo. Era bueno para mantener la paz y la convivencia humana, pero las consecuencias no dejaban de ser objetables: ¿Toda la población humana terminaría viviendo en esas aldeas bajo los árboles, abandonando sus conocimientos y el uso de toda tecnología? No era malo en sí mismo, pero parecía un precio muy alto por la paz caer en el idiotismo colectivo mientras en el resto de la galaxia subsistían grupos agresivos y conquistadores.

La Federación ordenó destruir los árboles y sus viveros, e inició una investigación en forma. Y lo que teníamos ahora a mano eran justamente los resultados de esa investigación, cuyos primeros datos eran inquietantes, ya que se pudo comprobar que, periódicamente, la población entera de una aldea arbórea desaparece sin dejar ningún rastro, salvo la errática información de las otras tribus, que sostienen que la gente había sido llevada al Cielo. Ahora, Sea Minor nos estaba dando detalles que jamás imagináramos:

—Nuestra raza tiene una incapacidad metabólica para sintetizar algún factor cuya naturaleza no hemos aún descubierto. Todo lo que sabemos es que ingiriendo sangre y carne humana suplimos la falta. Durante varios siglos llevamos una vida nómada en uno u otro planeta, alimentándonos de los cuerpos de los seres humanos a los que podíamos atacar. Fuimos perseguidos por ello, naturalmente. Nos transformamos en un mito. Una leyenda.

»Luego, una generación comprendió que el mito era nuestra solución. Al igual que los murciélagos vampiros nos alimentamos de sangre. Pero para nosotros la única fuente de las sustancias faltantes era la sangre humana y no nos servía la de ningún otro animal. En la Tierra el vampirismo se encarnó en un antiguo bárbaro, un tal Dracúl, Se fundó una religión y nuestros sacerdotes justificaron nuestra forma de vivir. Debíamos sobrevivir. Era nuestra obligación de raza elegida. Las demás razas debían servirnos y alimentarnos. Ese era su destino. Nuestros sacerdotes para el vulgo, son verdaderos vampiros humanos, un paso superior en nuestra evolución. Como los sacerdotes aztecas en la Tierra que se enchastran en la sangre de sus víctimas y pintan las paredes de sus templos con la misma. Sus alas son falsas pero no todos lo saben. Muchos no creemos, pero la creencia resulta útil.

»Agotamos buena parte de nuestros recursos intentando detectar la deficiencia, pero al fin aceptamos seguir atacando a seres humanos para alimentarnos con ellos. Luego, empezamos a criarlos aunque, obviamente eso significaba mantenerlos encerrados en corrales y alimentarlos y provocaba rebeliones y alzamientos constantes, con la consiguiente represión y el desperdicio de vidas. Alguien descubrió los árboles Edén y entonces los empezamos a sembrar en planetas adecuados. Cuando se desarrollaban, instalábamos familias y las dejábamos que se reprodujeran. Los efluvios de los Edén los mantenían tranquilos, y ahí estaban, engordando pacíficamente y a nuestra disposición”.

Miré al capitán que retenía un estremecimiento. Su rostro se iba endureciendo. Sea Minor observó lo mismo y de pronto, como saliendo de su ensueño, le espetó:

—No se asombre, capitán. No menos han hecho ustedes durante siglos. No se comían a los seres humanos, pero los explotaban hasta que no les quedaba una gota de sangre en medio de los mayores horrores. Y encontraban quien los justificara…

—¡Hijo de puta!

El capitán golpeó a Sea Minor en el rostro arrojándolo de la silla. Empuñaba el arma y me lancé contra él, sujetándole.

—No lo haga, capitán. Es preciso que siga hablando.

El capitán respiró hondo, mirándome con un odio que me hizo empalidecer. Los guardias acomodaron a Sea Minor en su asiento y le dieron agua, pero en todo momento trataron de mantenerse a distancia. De pronto, aquel ser les infundía el mismo temor que les produciría la proximidad de un felino carnicero o una serpiente. Para colmo, en ese momento, desde el laboratorio nos avisaron que la capa encontrada en la taberna, tal como yo pensaba, estaba confeccionada con piel humana, al igual que las alas del sacerdote. Ahora comprendía mis sentimientos durante mi interrogatorio.

—Continúe, Sea Minor —lo insté, intentando mantener la voz calma y desviar la atención sobre lo recién sabido.

—¿Quiere saber todo, teniente? Quizá no le guste lo que sigue.

—No sé qué puede ser peor, pero siga.

—Los criamos y los engordamos, como si fueran ganado. Luego, cuando consideramos que están en su punto, los narcotizamos y los embarcamos hasta este planeta.

Nos miramos con asombro. El capitán fue rápidamente hasta un teléfono interno y dio algunas órdenes. Luego volvió y se enfrentó a Sea Minor.

—Siga —ordenó amenazante.

Sea Minor hizo una mueca asquerosa. De ahí en más su relato bordeó el horror total. Los pobres aldeanos eran llevados a plantas de extracción de sangre. Usaban un método parecido al que antiguamente se usó en la Tierra para fabricar suero animal: se instalaba al sujeto en una especie de catre y se le insertaban las agujas extractoras. Durante semanas la sangre corría de sus venas a los depósitos y, desde éstos, a los tanques de enfriamiento. La sangre se consumía cruda. Los sujetos eran alimentados oral e intravenosamente mientras fuera posible mantener el equilibrio. Cuando éste por fin se rompía y la calidad de la sangre se degradaba, se los llevaban a los templos. Ahí los sacerdotes los sacrificaban al estilo azteca: cortaban el pecho de un solo golpe y extraían el corazón. Éste era consumido por los sacerdotes, el resto del cuerpo se trasladaba a los cuarteles de destajo en donde eran consumidos de inmediato en forma cruda.

En la bodega había un ambiente tenso. Varios tripulantes se habían descompuesto. Pero aún faltaba otra vuelta de tuerca. Sea Minor inspiró profundamente y luego habló:

—Una parte se lleva a los cuarteles para consumo de las autoridades y los oficiales.

Se detuvo un instante jadeando y mirándonos con terror. Por fin dijo:

—Esos sujetos son comidos vivos.

Se echó para atrás en un gesto de desafío. Quise detener al capitán pero no pude. El pistolón químico estalló y lanzó una carga completa de agujas. Sea Minor quedó convertido en un alfiletero humano. Miré con asombro al capitán. Entonces, comprendí, había regulado la potencia al mínimo, las agujas se habían incrustado pero no alcanzaron a traspasar la carne. Sea Minor tendría una muerte lenta y terrible.

Sea Minor se arrastraba por el piso, retorciéndose como una lombriz cortada en dos. Tenía el cuerpo erizado de agujas y su elegante ropa roja de sangre. Giró y cayó de espaldas, me miró y asintió.

Desenfundé y rápidamente terminé con su tormento. El capitán me miró con desprecio, pateó el cadáver y se fue a la consola de comunicaciones. Iluminó la pantalla. Los satélites que habíamos instalado al llegar comenzaron su trabajo de rastreo. Se localizaron las principales ciudades. No eran muchas y en general eran pequeñas. Comprendí que con semejante sistema de alimentación no podía sostenerse una población importante. Luego detectamos movimiento de naves. El capitán pidió enlace con la Federación en un código de emergencia. Se le otorgó permiso. Rápidamente maniobró con los controles hasta localizar una flota a un solo salto de distancia. Entabló comunicación. Alguien, del otro lado, le pidió la orden.

Bajo un código de emergencia cualquier capitán asume el comando de una nave o una flota. El protocolo es, en estos casos, muy exiguo, sólo se basa en la probada responsabilidad del capitán que pide el mando.

—Meris Franme, capitán de la Corbeta La Grande, asume el mando y ordena ataque inmediato a las naves cuya posición les será inmediatamente transmitida.

Nos desplazamos hacia el puente de mando y aproveché el momento para intentar disuadir al capitán de sus intenciones.

—No lo haga, capitán —argumenté—. Algunas de esas naves son de guerra, pero el resto parecen galeones. Compruebe primero si en ellos no están escapando mujeres y niños.

—¿Mujeres y niños? Esas son bestias, teniente. No me venga con la monserga de los derechos humanos. Esos no son seres humanos. Son devoradores de seres humanos. ¿Qué prueba hace falta?

—Nuestros ancestros fueron caníbales. Lo sabe muy bien. Esa forma de nutrirse fue inevitable en determinadas circunstancias.

—Teniente, deje de decir estupideces. Estos seres han sistematizado el canibalismo y lo han transformado en una religión y una cultura inhumana y feroz. No es que se coman a un enemigo muerto en combate, engordan a sus víctimas como si fueran ganado. Son un peligro para la especie humana, deben ser exterminados.

—Los aztecas también engordaban a sus víctimas.

—Correcto, teniente, y fueron exterminados.

Me miró con ferocidad. Retrocedí. Miré las pantallas. Un grupo de naves de guerra se dirigía hacia nosotros; más allá, los galeones y mercantes se alejaban. Casi al momento, una pequeña flota de guerra de la Federación salió del salto, justo frente a nosotros.


Ilustración: Guillermo Vidal

El capitán observó la situación con calma y dio sus órdenes. La flotilla enemiga estaba conformada casi toda por fragatas y naves menores de guerra, pero incluía también algunos galeones de carga y navíos poderosamente armados. Debía considerarse también la artillería de tierra. Ambas partes teníamos poco tiempo. Nuestras fuerzas eran exiguas y estaban en territorio hostil, las del enemigo necesitaban demorarnos hasta que las naves en que embarcaran a su población se alejaran lo suficiente como para saltar con destino desconocido. Era de esperar que el comportamiento de nuestros oponentes fuera suicida.

Desde nuestra flota de apoyo partieron varias andanadas en rápida sucesión: cohetes y proyectiles químicos impactaron de lleno en los galeones, limpiándolos de las pantallas de radar. Simultáneamente se registraba en tierra la partida de cohetes hacia nuestras naves, que iniciaron las maniobras de elusión y de eliminación de las fuentes del ataque.

Pese a lo pequeño de nuestra flota, nuestra fuerza era infinitamente superior y en pocos minutos los balandros estaban ocupándose de la limpieza en el aire mientras algunas goletas y bergantines destruían sistemáticamente las ciudades y bases, y desalojaban los puertos. El planeta entero hervía. Sabía qué seguiría, y quizá debía sentirme horrorizado, pero me daba cuenta de que el ser humano carece de voluntad e instrumentos para resolver estos conflictos de otra forma. Un enemigo tan atroz no recibirá ninguna clase de consideración. Nadie le dará ni tiempo ni tregua para que cambie. Su eliminación se impone con la misma exigencia que se impone la eliminación de una plaga.

En algunos días no quedaba población viva en todo el planeta y se aplicó el código de interdicción, medida extrema que, entre otras cosas, ordena la contaminación de la atmósfera para impedir la multiplicación humana durante un largo período de tiempo.

En el espacio no les fue mejor a los vampiros. La Grande participó de la persecución. A través del espacio y los saltos la flota perseguida se mantuvo unida en grupos como si buscaran ser definitivamente exterminados. Pudieron diseminarse y hacer casi imposible su extinción total, pero algo los impulsaba a seguir la peor estrategia.

Perseguíamos a un núcleo más retrasado, compuesto por seis galeones, pesados cuando al frente apareció una Lluvia de Diamantes. La Grande apretó la velocidad cerrándole el paso. Otras dos naves de la Federación les cerraron los espacios en los flancos. Pero los galeones no se desviaron ni aminoraron la velocidad. Estaban dispuestos al suicidio.

Chocaron uno detrás del otro contra la Lluvia de Diamantes, que los corroyó rápidamente con la consiguiente explosión de carbones encendidos. Entonces vi cómo el capitán se inclinaba sobre las pantallas con una expresión de sorpresa rayana en el estupor. Por fin retrocedió, mesándose los cabellos.

—¿Qué ha ocurrido? —gritó señalando la pantalla principal—. Esas naves estaban vacías.

En efecto. Comprendí. Toda la estrategia era en realidad una táctica de diversión. En ese momento varios centenares de miles de vampiros humanos en capacidad de reproducirse se estaba diseminando por el universo, mientras todas las fuerzas de la Federación disponibles en el sector perseguían naves vacías. Me volví hacia el capitán, pero no le pude recriminar nada. Su cara lo decía todo. Habían aprovechado su odio empujándole a actuar ciego de ira y sin pensar.

 

—¡Dios mío! —musitó, sentándose— ¿Qué pasará ahora? —En su rostro la crispación de la batalla había sido sustituida por la descomposición de la derrota.

—Nada —respondí alejándome por el pasillo—. Muchas generaciones tendrán motivos para recordarle: ahora, el capitán Meris Franme y La Grande son parte de la Leyenda.

Cerré la puerta con un golpe, abandonando del otro lado un nuevo capítulo del vampirismo. Yo no quería saber más nada.

 

 

Omar Guillermo Barsotti nació en Rosario, Santa Fe, el 18 de Junio de 1938. Es escritor de guiones para historietas, cuentista y novelista. Su última novela, El Ojo de la Aguja, se presentó en la librería Ross de Rosario el 28 de Junio de este año. Un relato que reúne la ciencia-ficción con la problemática del poder, la política y la economía, y ensaya una crítica social.

 


Este cuento se vincula temáticamente con EL VAMPIRO, de John William Polidori, EL ÚLTIMO DE NOSOTROS, de Sandra Huerta, DULCES CUENTOS, de E. Verónica Figueirido

 

Axxón 202 – noviembre de 2009
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía : Space Ópera : Canibalismo : Vampiros : Argentina : Argentino).


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