Revista Axxón » «Hermano menor» (Capítulo 20), Cory Doctorow - página principal

¡ME GUSTA
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Capítulo 20

Ninguno de los tres hombres andaba por allí en ese momento, así que me fui. Me dolía tanto la cabeza que pensé que estaba sangrando, pero mis manos siguieron secas cuando me toqué. En el camión, el tobillo torcido se me había endurecido y corría como una marioneta rota, pero me detuve una sola vez, para cancelar el borrado de la foto en el teléfono de Marsha. También le apagué la radio, tanto para no gastar batería como para evitar que lo usaran para rastrearme, y puse el temporizador de la función «sleep» en dos horas, el mayor lapso disponible. Traté de configurarlo para que no pidiera contraseña para salir del «sleep», pero eso también pedía contraseña. Iba a tener que oprimir el teclado al menos una vez cada dos horas hasta deducir cómo sacar la foto del teléfono. Para entonces, necesitaría un cargador.

No tenía ningún plan. Debía tenerlo. Debía sentarme, conectarme en línea, para saber qué hacer a continuación. Estaba harto de permitir que otra gente planeara por mí. No quería actuar basándome en Masha, en el DSI o en mi papá. ¿O en Ange? Bueno, tal vez en Ange sí. En realidad, eso estaría muy bien.

Me deslicé colina abajo, usando callejones cuando podía, mezclándome con el gentío de Tenderloin. No tenía en mente un destino en especial. Cada pocos minutos, metía la mano en el bolsillo y pulsaba una de las teclas del teléfono de Masha para evitar que se activara el «sleep». Abultaba mucho, abierto dentro de mi chaqueta.

Me detuve y me apoyé contra un edificio. El tobillo me estaba matando. ¿Y dónde me encontraba, además?

O’Farrel, en la calle Hyde. Frente a un «Salón de Masajes Asiáticos» poco fiable. Mis pies traicioneros me habían llevado de regreso al principio… al lugar donde Masha había tomado la foto del teléfono, segundos antes de que explotara el Puente de la Bahía, de que mi vida cambiara para siempre.

Quería sentarme en la acera y llorar, pero con eso no resolvería mis problemas. Tenía que llamar a Barbara Stratford, contarle lo que había pasado. Mostrarle la foto de Darryl.

¿En qué estaba pensando? Tenía que mostrarle el video, el que Masha me había enviado, donde el líder del equipo presidencial se regodeaba con los ataques a San Francisco, admitía que sabía cuándo y dónde se producirían los próximos atentados y afirmaba que no los impediría porque ayudarían a la reelección de su jefe.

Ese era un plan, entonces: contactarme con Barbara, darle los documentos y hacer que los publicaran. Seguramente, la Turba de Vampiros había aterrado de verdad a todos, haciéndolos creer que éramos un grupo de terroristas. Por supuesto, yo la había planeado pensando en que sería una buena distracción, no pensando en cómo se vería a los ojos de un padre de Nebraska aficionado al NASCAR.

Llamaría a Barbara y lo haría de modo inteligente, desde un teléfono público, poniéndome la capucha para que el inevitable circuito cerrado de TV no me tomara una foto. Saqué una moneda de veinticinco del bolsillo y la lustré con el borde de la camiseta para borrarle las huellas digitales.

Caminé colina abajo, abajo y más abajo, a la estación del BART y sus teléfonos públicos. Llegué a la parada del tranvía y vi la primera plana de los Bay Guardian de la semana, apilados en una torre alta, junto a un pordiosero negro que me sonrió.

—Adelante, lee la primera plana, es gratis… pero te costará cincuenta centavos mirar dentro.

El titular estaba escrito con la tipografía más grande desde el 9/11:

GUANTÁNAMO DE LA BAHIA POR DENTRO

Debajo, con letras levemente más pequeñas:

El DSI encerró a nuestros hijos y amigos en prisiones secretas bajo nuestras propias narices.

Por Barbara Stanford, especial para el Bay Guardian.

El vendedor de periódicos meneó la cabeza.

—¿Puedes creer eso? —dijo—. Aquí mismo, en San Francisco. Chico… el gobierno apesta.

Teóricamente, el Guardian era gratuito, pero por lo visto este señor tenía todos los ejemplares disponibles en el mercado. Yo tenía la moneda de veinticinco en la mano. La dejé caer en su taza y me puse a buscar otra. Esta vez, no me tomé la molestia de limpiarle las huellas digitales.

Nos dicen que el mundo cambió para siempre desde que unas manos desconocidas volaron el Puente de la Bahía. Ese día murieron miles de amigos y vecinos. No hemos podido recuperar a casi ninguno de ellos; se presume que sus restos descansan bajo las aguas del puerto de la ciudad.

Pero una historia extraordinaria, relatada a esta cronista por un joven que fue arrestado por el DSI minutos después de la explosión, sugiere que nuestro propio gobierno ha retenido ilegalmente a muchos de los presuntos muertos en Treasure Island, que fue evacuada y declarada territorio vedado para los civiles poco después del atentado..

Me senté en un banco —el mismo banco, advertí con los pelos de la nuca erizados, donde habíamos acostado a Darryl después de escapar de la estación del BART— y leí el artículo completo. Tuve que hacer un esfuerzo enorme para no estallar en lágrimas allí mismo. Barbara había encontrado algunas fotos de Darryl y yo, haciendo tonterías por ahí, y estaban intercaladas a lo largo de todo el texto. Las fotos no debían de tener más un año, pero yo me veía mucho más joven, como si tuviera once o doce años. Había crecido mucho en los últimos meses.

El artículo estaba maravillosamente redactado. No podía evitar indignarme por los pobres chicos sobre los que Barbara escribía y entonces recordaba que escribía sobre mí. Estaba la nota de Zeb, con su caligrafía de cangrejo reproducida en tamaño más grande, a media página del periódico. Barbara había obtenido más información sobre otros chicos que estaban desaparecidos y supuestamente muertos, una larga lista, y se preguntaba cuántos habían estado encerrados en la isla, a pocos kilómetros de las casas de sus padres.

Saqué otra moneda de veinticinco del bolsillo; después, cambié de opinión. ¿Qué probabilidad había de que el teléfono de Barbara no estuviera intervenido? No iba a poder llamarla ahora; no directamente. Necesitaba un intermediario que se contactara con ella y lograr que nos encontráramos en algún lugar del sur. Demasiados planes. Lo que realmente necesitaba a toda costa era la Xnet.

¿Cómo diablos iba a conectarme? El detector de WiFi de mi teléfono parpadeaba como loco; había conexiones inalámbricas a mi alrededor, pero no tenía una Xbox, ni un televisor, ni un DVD del ParanoidXbox para bootearla. WiFi, WiFi por todos lados…

En ese momento, los vi. Eran dos chicos, más o menos de mi edad, avanzando entre la gente, comenzando a bajar por la escalera que llevaba al BART.

Lo que me llamó la atención era la manera en que se movían, con una especie de torpeza, codeando a los trabajadores y turistas. Ambos tenían una mano en el bolsillo y cada vez que se miraban se reían por lo bajo. No podían ser más obvios como clonadores, pero la gente no les hacía el menor caso. En ese barrio, todos estaban pendientes de esquivar a los chiflados o a los desposeídos y no hacían contacto visual, no miraban alrededor en ningún momento si podían evitarlo.

Me acerqué furtivamente a uno de ellos. Parecía muy joven, pero no podía ser más joven que yo.

—Eh —dije—. ¡Eh! ¿Pueden venir un segundo, chicos?

Fingió que no me escuchaba. Me miraba sin verme, como hace la gente con los pordioseros.

—Anda —dije—, no tenemos mucho tiempo. —Lo agarré del hombro y le susurré en el oído—: Me persigue la policía. Soy de la Xnet. —Ahora parecía asustado, como si quisiera escapar corriendo, y su amigo se estaba acercando a nosotros—. Hablo en serio —le dije—. Escúchame.

Llegó el amigo. Era más alto y corpulento, como Darryl.

—Eh —dijo—. ¿Pasa algo?

El otro le susurró algo en el oído. Los dos parecían a punto de salir corriendo.

Saqué el ejemplar del Bay Guardian de debajo del brazo y lo sacudí delante de ellos.

—Vayan a la página cinco, ¿OK?

Eso hicieron. Vieron el titular. La foto. A mí.

—Vaya, viejo —dijo el primero—. No somos dignos. —Me sonrió como un loco y el más fornido me palmeó la espalda.

—Increíble —dijo—. Eres M…

Le tapé la boca con una mano.

—Vengan conmigo, ¿OK?

Los llevé de nuevo al banco. Advertí que debajo de él, en la acera, había una mancha vieja y marrón. ¿La sangre de Darryl? Se me erizó la piel. Nos sentamos.

—Soy Marcus —dije, tragando saliva con fuerza por decirles mi nombre real a estos dos, que ya me conocían como M1ck3y. Echaba a perder mi identidad encubierta, pero el Bay Guardian ya había establecido el vínculo conmigo.

—Nate —dijo el más menudo.

—Liam —dijo el más corpulento—. Viejo, es un gran honor conocerte. Eres nuestro mayor héroe de todos los tiempos…

—No digas eso —contesté—. No digas eso. Ustedes dos son como un letrero luminoso que dice «Estoy clonando; por favor, llévenme a Guantánamo de la Bahía». No pueden ser más obvios. —Me pareció que Liam iba a echarse a llorar—. No se preocupen; no los arrestaron. Luego les daré algunos consejos. —Volvió a alegrarse. Lo que se estaba volviendo extrañamente claro era que estos dos realmente idolatraban a M1ck3y y que harían cualquier cosa que les dijera. Sonreían como idiotas. Me ponían incómodo; se me revolvía el estómago—. Escuchen, ahora necesito entrar en la Xnet sin irme a mi casa ni a ninguna parte cercana a mi casa. ¿Ustedes viven por aquí?

—Yo sí —dijo Nate—. En la cima de la calle California. Una caminata bastante larga… cuestas empinadas.

Yo acababa de bajar de allí. Masha estaba allí. Sin embargo, era mejor que lo que tenía derecho a esperar.

—Vamos —dije.

 

 

***

 

Nate me prestó su gorra de béisbol y nos intercambiamos los jeans. No tenía que preocuparme por el reconocimiento de andadura con mi tobillo latiendo como lo hacía… cojeaba como un extra de película de vaqueros.

Nate vivía en un enorme apartamento de cuatro habitaciones en la cima de Nob Hill. El edificio tenía un conserje que vestía un abrigo rojo con brocado dorado; se tocó el gorro y llamó «Sr. Nate» a Nate cuando nos dio la bienvenida. El lugar estaba impecable y olía a lustramuebles. Traté de no quedarme boquiabierto cuando vi ese apartamento que debía de costar un par de millones de dólares.

—Mi papá —explicó—. Era un banquero inversionista. Muchos seguros de vida. Murió cuando yo tenía catorce años y heredamos todo. Hacía años que estaban divorciados, pero nombró beneficiaria a mi mamá.

Por el ventanal se veía un impactante panorama del otro lado de Nob Hill, hasta Fisherman’s Wharf, hasta el feo muñón del Puente de la Bahía y la multitud de grúas y camiones. A través de la bruma, Treasure Island casi no se distinguía. Mirando hacia allí, sentí el loco apremio de saltar por la ventana.

Me conecté con su Xbox y una enorme pantalla de plasma, en la sala. Me mostró cuántas redes WiFi abiertas podían captarse desde esta ubicación ventajosa: veinte, treinta. Era un buen lugar para un usuario de la Xnet.

Había muchos correos en la cuenta de M1k3y. Desde que Ange y yo nos marcháramos de su casa esa mañana, 20.000 mensajes nuevos. Muchos eran de la prensa, solicitando entrevistas, pero la mayoría eran de usuarios, gente que había visto el artículo del Guardian y querían decirme que iban a hacer cualquier cosa con tal de ayudarme, cualquier cosa que yo necesitara.

Eso fue demasiado. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Nate y Liam se intercambiaron miradas. Traté de parar, pero no hubo manera. Ahora sollozaba. Nate fue hasta una biblioteca de roble que había contra una pared, abrió un estante y apareció un bar, revelando hileras de botellas relucientes. Sirvió un vaso de algo marrón dorado y me lo trajo.

—Es un whisky irlandés difícil de conseguir —dijo—. El preferido de mi mamá.

Tenía sabor a fuego, a oro. Di unos sorbos, tratando de no ahogarme. No me gustaban los licores fuertes, pero este era distinto. Respiré hondo varias veces.

—Gracias, Nate —dije. Por la cara que puso, parecía que yo acababa de condecorarlo con una medalla. Era un buen chico—. Muy bien —dije, y agarré el teclado. Los dos me miraron con fascinación mientras yo pasaba página tras página de correos en la pantalla gigantesca.

Lo que estaba buscando, primero y principal, era un correo de Ange. Había una posibilidad de que se hubiera escapado. Siempre existía esa posibilidad.

Pero fui un idiota en albergar esa esperanza. No había nada de ella. Comencé a revisar los correos lo más rápido que pude, desechando los pedidos de la prensa, los mensajes de mis seguidores, de los que me odiaban, el spam…

Y entonces la encontré: una carta de Zeb.

>No fue agradable despertar esta mañana y descubrir que la carta que pensé que ibas a destruir está en las páginas del diario. No fue nada agradable. Me hizo sentir… acechado.

>Pero he llegado a comprender por qué lo hiciste. No sé si puedo aprobar tu táctica, pero es fácil darse cuenta de que tus motivos fueron sensatos.

>Si estás leyendo esto, significa que es muy posible que hayas pasado a la clandestinidad. No es fácil. Yo mismo estoy aprendiendo a hacerlo. Y estoy aprendiendo muchas otras cosas.

>Puedo ayudarte. Debería hacer eso por ti. Tú estás haciendo lo que puedes por mí (incluso aunque lo estés haciendo sin mi permiso).

>Si recibes esto respóndeme, si es que estás escapando y solo. O responde si te están custodiando, si te lo están ordenando nuestros amigos de Guantánamo de la Bahía, si estás buscando una manera de acabar con el dolor. Si te capturaron, tienes que hacer lo que ellos te dicen. Lo sé. Correré ese riesgo.

>Por ti, M1k3y.

—¡Vaaaaya —resopló Liam—, vieeeejo! —Quería pegarle. Me di vuelta para decirle algo horrible y tajante, pero me estaba mirando con los ojos abiertos como platos y parecía a punto de caer de rodillas y comenzar a reverenciarme.

—¿Puedo decir solamente…? —dijo Nate—. ¿Puedo decir que ayudarte es el honor más grande que tuve en toda mi vida? ¿Puedo decir sólo eso?

Ahora me estaba ruborizando. No había nada que hacer. Estos dos estaban totalmente encandilados, aunque yo no era una luminaria, al menos no en mi cabeza.

—¿Chicos, podrían…? —tragué saliva—. ¿Puedo tener un poco de privacidad?

Se escabulleron de la habitación como dos perritos después de portarse mal y yo me sentí una herramienta. Me puse a tipear rápidamente.

>Escapé, Zeb. Y estoy prófugo. Necesito toda la ayuda que pueda conseguir. Quiero terminar con esto ahora mismo.

Recordé sacar el teléfono de Masha del bolsillo y oprimir una tecla para evitar que se desactivara.

Los chicos me dejaron usar la ducha, me dieron ropa para cambiarme y una mochila nueva que contenía la mitad de su equipo para terremotos (barras de alimento energético, medicamentos, almohadillas de gel frío/calor, y una vieja bolsa de dormir). Hasta pusieron una Xbox Universal que les sobraba, ya cargada con el ParanoidXbox. Fue un lindo detalle. Tuve que ponerles límite cuando intentaron meter una pistola lanza bengalas.

Continué revisando el correo para ver si Zeb me respondía. Contesté los mensajes de mis fans, los de la prensa. Borré los correos de los que me odiaban. Esperaba a medias recibir algo de Masha, pero lo más probable era que se encontrara a medio camino de Los Ángeles, con los dedos doloridos y en malas condiciones para ponerse a teclear. Volví a tocar su teléfono.

Me animaron a que tomara una siesta y, durante un breve y vergonzoso momento, me atacó la paranoia de que estos chicos tal vez pensaban entregarme cuando estuviera dormido. Lo que era una idiotez… podrían haberme entregado con la misma facilidad estando despierto. No podía procesar el hecho de que se preocuparan tanto por mí. Intelectualmente, yo sabía que había seguidores de M1k3y. Había conocido algunos esa mañana, gritando ¡muerdo muerdo muerdo! y actuando como vampiros en el Centro Cívico. Pero estos dos eran más personales. Eran dos chicos agradables y bobalicones; podían haber sido mis amigos en los días anteriores a la Xnet: un par de compinches que te acompañaban en tus aventuras adolescentes. Se habían unido voluntariamente a un ejército, a mi ejército. Yo era responsable de ellos. Si los dejaba solos, los atraparían; era cuestión de tiempo. Se confiaban demasiado.

—Muchachos, escúchenme un segundo. Tengo que hablar con ustedes de algo serio.

Casi se pusieron firmes. Habría sido gracioso, si no fuera porque daba miedo.

—Se trata de esto: ahora que me han ayudado, están en verdadero peligro. Si los capturan a ustedes, también me capturarán a mí. Les sacarán toda la información que conocen… —Levanté una mano para detener sus protestas—. No, esperen. Ustedes no han pasado por esa experiencia. Todos hablan. Todos se quiebran. Si alguna vez los atrapan, deben decirles todo, de inmediato, lo más rápido que puedan, todo lo que puedan. De todos modos, ellos lo averiguarán, tarde o temprano. Así es como trabajan.

»Pero a ustedes no los atraparán. ¿Y saben por qué? Porque desde ahora ya no son clonadores. Están retirados del trabajo activo. Ahora son… —Nadé en mi memoria, buscando vocabulario, palabras sacadas de las películas de espionaje—. Ahora son una célula dormida. No llamen la atención. Vuelvan a ser chicos normales. De una forma o de otra, voy a desbaratar todo esto, lo sacaré a la luz, le pondré fin. O bien me atraparán y me liquidarán. Si no saben nada de mí en las próximas 72 horas, significará que me han capturado. Si es así, hagan lo que quieran. Pero durante los próximos tres días, y para siempre si es que logro hacer lo que pretendo, no llamen la atención. ¿Me lo prometen?

Lo prometieron con total solemnidad. Los dejé convencerme de dormir una siesta, pero los hice jurar que me despertarían al cabo una hora. Tenía que tocar el teléfono de Masha y quería enterarme lo antes posible si Zeb volvía a ponerse en contacto conmigo.

 

 

***

 

El encuentro era en un vagón del BART, lo que me ponía nervioso. Estaban llenos de cámaras. Pero Zeb sabía lo que hacía. Me dijo que nos reuniéramos en el último vagón de cierto tren que partía de la estación de la calle Powell, en un horario en que estaría repleto de cuerpos apretujados. Se deslizó hacia mí entre el gentío y los buenos pasajeros de San Francisco le hicieron sitio: la zona vacía que siempre rodea a los que viven en la calle.

—Un gusto verte de nuevo —masculló, de cara a la puerta. Mirando el cristal oscuro, vi que no había nadie lo bastante cerca como para escucharnos, al menos si no disponía de algún micrófono de alta eficiencia. De todos modos, si sabían lo suficiente como para estar aquí con un micrófono de esos, ya estábamos muertos.

—Lo mismo digo, hermano —respondí—. Te pido… te pido perdón, ya sabes.

—Cállate. No te disculpes. Fuiste más valiente que yo. ¿Ya estás listo para pasar a la clandestinidad? ¿Para desaparecer?

—Sobre ese tema…

—¿Sí?

—No es el plan.

—Oh —dijo.

—Escúchame, ¿OK? Tengo… tengo fotos, video. Material que de verdad constituye una prueba. —Metí la mano en el bolsillo y toqué el teléfono de Masha. Le había comprado un cargador en Union Square cuando venía hacia aquí; lo había enchufado en un café hasta ver que la batería marcaba cuatro de las cinco barras—. Necesito llevárselo a Barbara Stratford, la mujer del Guardian. Pero van a estar vigilándola… para ver si aparezco por allí.

—¿Piensas que no vigilan para ver si aparezco yo también? Si tu plan implica que tengo que acercarme a menos de dos kilómetros de la casa o la oficina de esa mujer…

—Quiero que lleves a Van a reunirse conmigo. ¿Darryl te contó alguna vez de Van? La chica…

—Me contó. Sí, me contó. ¿No crees que la están vigilando? ¿Igual que a todos los que estuvieron arrestados?

—Pienso que sí, pero no creo que a ella la vigilen tanto. Y Van tiene las manos totalmente limpias. Nunca cooperó con ninguno de mis… —Tragué saliva—. Con mis proyectos. Puede que estén más relajados con respecto a ella. Si llama al Bay Guardian para pedir una entrevista porque quiere explicar que soy un mentiroso, tal vez le permitan asistir.

Zeb miró la puerta por largo rato.

—Ya sabes lo que ocurre cuando nos atrapan por segunda vez.

No era una pregunta. Asentí.

—¿Estás seguro? Algunos de los que estaban con nosotros en Treasure Island se fueron en helicóptero. Se los llevaron mar adentro. Hay países donde los EE. UU. pueden subcontratar la tortura. Países donde te pudrirás para siempre. Países donde desearás que acaben con todo de una vez, que te hagan cavar una tumba, te obliguen a pararte en el borde y te disparen en la nuca.

Tragué saliva y asentí.

—¿Vale la pena correr el riesgo? Aquí podemos ser clandestinos durante muchísimo tiempo. Algún día podríamos recuperar el país. Podríamos esperar hasta entonces.

Negué con la cabeza. —No se puede lograr nada si no se hace nada. Es nuestra patria. Nos la han arrebatado. Los terroristas que nos atacaron siguen libres, pero nosotros no. No puedo quedarme escondido un año, diez, toda mi vida, esperando que me devuelvan la libertad. La libertad es algo que tienes que recuperar por tus propios medios.

 

 

***

 

Esa tarde, Van salió de la escuela como de costumbre; se sentó en el fondo del autobús con un compacto grupo de amigas, riendo y haciendo bromas como siempre lo hacían. Los demás pasajeros advirtieron especialmente su presencia porque hablaba muy fuerte y, además, tenía puesto un sombrero estúpido, gigantesco y flexible que parecía formar parte del vestuario de una obra teatral escolar sobre los espadachines del Renacimiento. En un momento, las chicas se apiñaron más y se pusieron de espaldas para mirar por la ventanilla trasera del autobús, señalando cosas y lanzando risitas. La chica que ahora llevaba puesto el sombrero tenía la misma estatura que Van y, mirándola desde atrás, podían confundirla con ella.

Nadie prestó atención a la menuda y desvaída chica asiática que bajó unas paradas antes de llegar al BART. Usaba un viejo uniforme escolar común y corriente, y miraba hacia abajo tímidamente mientras descendía. En ese momento, además, la ruidosa chica coreana lanzó un grito de alegría y sus amigas la imitaron, riéndose con tanta estridencia que el conductor bajó la velocidad, giró en su asiento y les clavó una mirada sucia.

Van avanzó a toda prisa por la calle, con la cabeza baja y el cabello atado hacia atrás y metido dentro del cuello de su chaqueta acolchada pasada de moda. Se había puesto suplementos en los zapatos que la hacían cinco tambaleantes centímetros más alta y se había quitado las lentes de contacto, reemplazándolas por las gafas que menos la favorecían, con enormes lentes que le tapaban la mitad de la cara. Aunque yo estaba esperándola en el refugio de la parada y sabía cuándo llegaría, casi no la reconocí. Me puse de pie y avancé detrás de ella; cruzamos la calle y la seguí media manzana más.

La gente que pasaba a mi lado apartaba la vista lo más rápido posible. Yo tenía la apariencia de un desposeído: llevaba un mugriento letrero de cartón, un abrigo impregnado de suciedad de la calle y una enorme mochila, llena hasta reventar, con varias roturas reparadas con cinta adhesiva. Nadie quiere mirar a un chico de la calle, porque si tu mirada se encuentra con la suya puede que te pida unas monedas. Había caminado por Oakland toda la tarde y nadie me había dirigido la palabra, salvo un Testigo de Jehová y un Cientologista, ambos para intentar convertirme. Me parecieron obscenos, como si hubieran sido unos pervertidos tratando de seducirme.

Van siguió las indicaciones que yo había escrito cuidadosamente. Zeb se las había pasado de la misma forma en que me había entregado la nota en la puerta de la escuela, tropezando con ella mientras aguardaba el autobús y disculpándose profusamente. La nota era llana y simple; planteaba las cosas con mucha claridad: Sé que no lo apruebas. Lo comprendo. Pero aquí estamos: este el favor más importante que te he pedido en mi vida. Por favor. Por favor.

Y había venido. Yo sabía que vendría. Van y yo teníamos mucha historia juntos. A ella tampoco le gustaba lo que le había ocurrido al mundo. Además, una voz malvada, que reía entre dientes en mi cabeza, me había dicho que ella también estaba bajo sospecha ahora que el artículo de Barbara ya estaba publicado.

Avanzamos seis o siete manzanas, uno detrás del otro, mirando a los que andaban cerca, a los coches que pasaban. Zeb me había contado que podían asignar equipos de cinco personas para seguirte, cinco personas con disfraces diferentes que se turnaban para seguirte, haciendo casi imposible que pudieras detectarlos. Teníamos que ir a un sitio totalmente desolado, donde cualquiera quedaría en evidencia.

El paso elevado de la 880 quedaba a unas pocas manzanas de la estación Coliseum del BART y no tardamos mucho en llegar aunque Van dio muchas vueltas. El ruido de arriba era casi ensordecedor. No había nadie más, al menos que yo advirtiera. Había estado en el lugar antes de sugerírselo a Van en la nota, buscando todos los sitios donde alguien podía esconderse. No encontré ninguno. Cuando ella se detuvo en el punto acordado, avancé rápidamente para alcanzarla. Pestañeó como un búho detrás de las gafas.

—Marcus —resopló, con los ojos inundados de lágrimas. Descubrí que yo también estaba llorando. Mi actuación como fugitivo era realmente lamentable. Demasiado sentimental.

Me abrazó con tanta fuerza que me cortó el aliento. Yo la abracé aún más fuerte. Después, me besó.

No en la mejilla, no como una hermana. Completamente en los labios… un beso caliente, húmedo, erótico, que parecía no terminar nunca. La emoción me superó de tal manera que…

No, mentira. Yo sabía exactamente lo que hacía. También la besé.

Después, me detuve y me separé de ella, casi empujándola.

—Van —jadeé.

—Perdón —dijo ella.

—Van —dije otra vez.

—Disculpa —dijo—. Yo…

En ese momento se me ocurrió algo, algo que supuse que tendría que haber advertido hacía muchísimo tiempo.

—¿Te gusto, no?

Ella asintió con abatimiento.

—Desde hace años —dijo.

Oh, Dios. Darryl… todos estos años tan enamorado de ella y ella siempre mirándome a mí, deseándome en secreto. Y después terminé saliendo con Ange. Ange decía que siempre había peleado con Van. Y yo seguía adelante, metiéndome en grandes problemas.

—Van —le dije—. Van, lo siento mucho.

—Olvídalo —dijo ella, mirando hacia otro lado—. Sé que no puede ser. Sólo quería hacer esto una vez, por si nunca… —Se tragó las palabras.

—Van, necesito que hagas algo por mí. Algo importante. Necesito que te reúnas con la periodista del Bay Guardian, Barbara Stratford, la que escribió el artículo. Necesito que le entregues algo. —Le expliqué lo del teléfono de Masha, le conté lo del video que Masha me había enviado.

—¿Qué beneficio traerá esto, Marcus? ¿Qué sentido tiene?

—Van, tenías razón, al menos parcialmente. No podemos arreglar el mundo poniendo en riesgo a otras personas. Necesito resolver el problema contando lo que sé. Debí hacerlo desde el principio. Después de deshacerme de su custodia, debí ir directamente a la casa del padre de Darryl y contarle todo lo que sabía. Pero ahora tengo evidencias. Este material podría cambiar el mundo. Es mi última esperanza. La única esperanza de liberar a Darryl, de tener una vida que no pasaré en la clandestinidad, escondiéndome de la policía. Y tú eres la única persona en la que puedo confiar para que haga esto.

—¿Por qué yo?

—Estás bromeando ¿no? Mira qué bien te las arreglaste para llegar aquí. Eres una profesional. Eres mejor que todos nosotros para estas cosas. Eres la única en quien puedo confiar. Por eso tú.

—¿Por qué no tu amiga Ange? —Lo dijo sin ninguna inflexión, como si fuera un bloque de cemento.

Bajé la vista.

—Creí que lo sabías. La arrestaron. Está en Guantánamo de la Bahía, en Treasure Island. Hace varios días que está allá. —Había tratado de no pensar en esto, de no pensar en lo que podía estar sucediéndole. Ahora no logré contenerme y comencé a sollozar. Sentí un dolor en el estómago, como si me hubiesen pateado, y me apreté el vientre con las manos para contenerlo. Me doblé en dos y lo siguiente que recuerdo es que estaba tendido de costado sobre los escombros, debajo de la autopista, abrazándome y llorando.

Van se arrodilló a mi lado.

—Dame el teléfono —dijo, con la voz convertida en un siseo enojado. Busqué en el bolsillo y se lo pasé.

Avergonzado, dejé de llorar y me puse de pie. Sabía que me corrían mocos por la cara. Van me estaba mirando con una expresión de pura repulsión.

—Tienes que evitar que entre en modo «sleep» —le dije—. Aquí tengo un cargador. —Revolví el interior de la mochila. No había dormido desde la noche en que lo había comprado. Puse la alarma del teléfono para que sonara cada 90 minutos, para evitar que se desactivara—. No lo cierres.

—¿Y el video?

—Eso es más difícil —respondí—. Me envié una copia por correo, pero no puedo entrar en la Xnet. —Si no había más remedio, podía regresar a lo de Nate y Liam para usar su Xbox nuevamente, pero no quería arriesgarme—. Mira, te voy a dar mi usuario y contraseña del servidor de Pirate Party. Tienes que usar el TOR para poder acceder… Sin duda, Seguridad Interior está vigilando quién se loguea en el servidor de correo de Pirate Party.

—Usuario y contraseña —dijo ella, un poco sorprendida.

—Confío en ti, Van. Sé que puedo confiar en ti.

Meneó la cabeza. —Nunca revelas tus contraseñas, Marcus.

—Creo que ya no importa. Si tienes éxito, bien; si no… es el fin de Marcus Yallow. Tal vez me consiga una nueva identidad, pero no lo creo. Creo que me van a atrapar. Creo que siempre supe que algún día me atraparían.

Me miró, ahora furiosa.

—Qué desperdicio. ¿Para qué sirvió todo esto, en definitiva?

De todo lo que podría haberme dicho, nada me hubiese herido más que eso. Era otra patada en el estómago. Qué desperdicio… todo esto, una futilidad. Darryl y Ange, desaparecidos. Tal vez nunca volvería a ver a mi familia. Y Seguridad Interior aún tenía a mi ciudad y a mi país encerrados en una histeria masiva, irracional, llena de gritos, donde se podía hacer cualquier cosa en nombre de detener al terrorismo.

Parecía que Van estaba esperando que le dijese algo, pero yo no tenía nada que responder. Me dejó allí.

 

 

***

 

Cuando regresé a «casa», a Mission, a la tienda debajo de la autopista que él había armado para pasar la noche, Zeb me esperaba con una pizza. Tenía una tienda de campaña, rezago del ejército, con la leyenda COMITÉ COORDINADOR DE DESAMPARADOS LOCALES DE SAN FRANCISCO pintada con esténcil.

La pizza era de Domino’s, fría y pastosa, pero igualmente deliciosa.

—¿Te gusta la pizza con ananás?

Zeb me sonrió, condescendiente.

—Los gratiranos no podemos ser exigentes —dijo.

—¿Gratiranos?

—Como vegetarianos, pero referido a los que comemos gratis.

—¿Comemos gratis?

Volvió a sonreír. —Ya sabes… comer gratis. ¿La tienda de comidas gratis?

—¿Te robaste esto?

—No, tonto. Es de la otra tienda. La pequeñita que está detrás de la tienda grande. Hecha de acero azul. Que huele un poco feo.

—¿Lo sacaste de la basura?

Echó la cabeza hacia atrás y rió entrecortadamente.

—Sí, por cierto. Deberías verte la cara. Amigo, no hay problema. No estaba podrida. Estaba buena… una equivocación en el pedido de un cliente. La desecharon con caja y todo. Cuando están por cerrar, espolvorean veneno para ratas encima de la basura, pero si llegas rápido no hay problema. ¡Deberías ver lo que tiran en las tiendas de comestibles! Espera hasta la hora del desayuno. Te prepararé una ensalada de frutas que no podrás creer. Cuando una fresa de la caja está un poco verde y peluda, ya se descarta todo…

Dejé de prestarle atención. La pizza estaba bien. No iba a infectarse por estar un rato en el contenedor de basura, nada de eso. Si era asquerosa, lo era porque provenía de Domino’s… la peor pizza de la ciudad. Nunca me había gustado la comida de allí y renuncié a ella definitivamente cuando descubrí que subvencionaban a un grupo de políticos ultradementes que pensaban que el calentamiento global y la evolución eran conspiraciones satánicas.

No obstante, era difícil aplacar la sensación de asco.

Pero había otra manera de mirarlo. Zeb me estaba revelando un secreto, algo que yo no había previsto: había todo un mundo oculto en las calles, una manera de sobrevivir sin participar del sistema.

—¿Gratiranos, eh?

—Yogurt también —dijo, asintiendo vigorosamente—. Para la ensalada de frutas. Lo tiran a la basura al día siguiente del vencimiento, pero no es que para la noche ya se pone verde. Es yogurt… o sea, básicamente, es leche que ya está podrida desde el vamos.

Tragué saliva. La pizza tenía un gusto raro. Veneno para ratas. Yogurt vencido. Fresas peludas. Tardaría un tiempo en acostumbrarme a esto.

Comí otro bocado. En realidad, la pizza de Domino’s era un poco menos horrible cuando era gratis.

La bolsa de dormir de Liam era abrigada y acogedora después de un largo día de emociones agotadoras. A estas alturas, Van ya se habría contactado con Barbara. Barbara ya tendría el video y la fotografía. La llamaría por la mañana para saber su opinión sobre lo que yo debía hacer ahora. Tendría que ir a verla después de que lo publicara, para respaldar todo.

Pensé en eso mientras cerraba los ojos, pensé en cómo sería entregarme, con todas las cámaras filmando, siguiendo al tristemente célebre M1k3y mientras entraba en uno de esos grandes edificios llenos de columnas del Centro Cívico.

El sonido de los coches aullando sobre mi cabeza se transformó en una especie de ruido del océano, mientras yo me hundía en el sueño. Cerca de allí había otras tiendas de campaña, otras personas sin techo. Había conocido a unos cuantos esa tarde, antes de que oscureciera y de que cada uno se acurrucara cerca de su propia tienda. Todos eran mayores que yo, de aspecto tosco y modales bruscos. Sin embargo, ninguno parecía loco ni violento. Sólo era gente que había tenido mala suerte, o había tomado malas decisiones, o las dos cosas.

Seguramente me quedé dormido, porque no recuerdo nada más hasta que me iluminaron la cara con una luz brillante, tan brillante que me cegaba.

—Es este —dijo una voz, detrás de la luz.

—Embólsalo —dijo otra voz que ya había escuchado antes, que había escuchado una y otra vez en mis sueños, sermoneándome, exigiendo mis contraseñas. La mujer de pelo corto.

Me pusieron la bolsa en la cabeza rápidamente y me la apretaron con tanta fuerza alrededor de la garganta que me ahogué y vomité mi pizza gratirana. Mientras me sacudía y me ahogaba, unas manos fuertes me ataron las muñecas y luego los tobillos. Me llevaron rodando en una camilla, me levantaron, me metieron en un vehículo, me subieron por un par de escalones metálicos que hicieron mucho ruido. Me arrojaron sobre una superficie acolchada. Después de que cerraron las puertas, no se oyeron más sonidos en la parte trasera del vehículo. El acolchado anulaba todo, excepto mi propio jadeo.

—Bueno, hola de nuevo —dijo la mujer. Sentí que ella se metía en cuatro patas, haciendo balancear el furgón. Todavía me estaba ahogando, tratando de tomar algo de aire. Tenía la boca llena de vómito, que también me obstruía la tráquea.

—No te dejaremos morir —dijo ella—. Si dejas de respirar, nos encargaremos de que comiences a respirar de nuevo. No te preocupes por eso.

Me ahogué más. Sorbí aire. Algo logró pasar. Una tos profunda, devastadora, me sacudió el pecho y la espalda, desalojando algo de vómito. Más aire.

—¿Ves? —dijo ella—. No está tan mal. Bienvenido a casa, M1k3y. Hay un sitio muy especial donde queremos llevarte.

Me relajé, tendido de espaldas, sintiendo el balanceo de la camioneta. Al principio, el olor de la pizza vomitada era abrumador, pero como ocurre con todos los estímulos fuertes, mi cerebro gradualmente se acostumbró a él, lo filtró hasta convertirlo en un leve aroma. El balanceo del vehículo era casi reconfortante.

Entonces ocurrió. Me inundó una calma increíble y profunda, como si hubiese estado tendido en una playa y las olas hubiesen avanzado, alzándome con la suavidad de un padre o una madre, sosteniéndome en alto, llevándome hasta las cálidas aguas del mar bajo el cálido sol. Después de todo lo que había sucedido, me habían capturado, pero ya no importaba. La información había llegado a Barbara. Yo había organizado la Xnet. Había ganado. Y si no había ganado, al menos había hecho todo lo que estaba a mi alcance. Más de lo que alguna vez pensé que podía hacer. Mientras me llevaban, hice un inventario mental de todo lo que había logrado, lo que habíamos logrado. La ciudad, el país, el mundo, estaban llenos de personas que no estaban dispuestas a vivir como el DSI quería que viviéramos. Pelearíamos por siempre. No podían encarcelarnos a todos.

Suspiré y sonreí.

Advertí que la mujer había estado hablándome todo el tiempo. Yo había permanecido en mi lugar feliz y ella, sencillamente, había desaparecido.

— …un chico inteligente como tú. Pensé que eras demasiado inteligente para intentar meterte con nosotros. Hemos tenido nuestros ojos en ti desde el día que te liberamos. Te habríamos atrapado aunque no hubieses ido a llorarle a esa periodista traidora y lesbiana. No lo entiendo… tú y yo teníamos un acuerdo…

Pasamos por encima de una placa de metal que retumbó; los amortiguadores del furgón se sacudieron y luego el balanceo cambió. Estábamos sobre el agua. Rumbo a Treasure Island. ¡Eh, Ange estaba allá! Darryl también. Quizás.

 

 

***

 

No me quitaron la capucha hasta que estuve en mi celda. No me molestó seguir con las muñecas y los tobillos esposados; rodé de la camilla al suelo. Estaba oscuro, pero gracias a la luz de la luna que entraba por la única ventanita, allá en lo alto, vi que le habían sacado el colchón al catre. La habitación contenía a mi persona, un inodoro, el armazón de una cama, un lavabo y nada más.

Pero sobreviviría.

Cerré los ojos y dejé que las olas me alzaran. Me alejé flotando. En algún lugar distante, debajo de mí, estaba mi cuerpo. Ya sabía lo que ocurriría a continuación. Me habían dejado así para que me hiciera encima. Otra vez. Ya sabía cómo era eso. Ya me había meado encima. Olía mal. Picaba. Era humillante; era como ser un bebé.

Pero sobreviviría.

Me reí. El sonido era raro y me llevó de vuelta a mi cuerpo, de vuelta al presente. Me reí y volví a reírme. Había soportado las peores cosas que podían hacerme y había sobrevivido, y los había vencido, los había vencido durante meses, los había hecho quedar como los idiotas y déspotas que eran. Había ganado.

Aflojé la vejiga. De todos modos, ya estaba llena y me dolía, y el único tiempo que existe es el presente.

El océano me arrastró lejos.

 

 

***

 

Cuando llegó la mañana, dos guardias eficientes e impersonales me cortaron las esposas de tobillos y muñecas. Igualmente, no pude caminar; cuando me puse de pie, mis piernas se vencieron como las de una marioneta sin hilos. Demasiado tiempo en la misma posición. Los guardias colocaron mis brazos sobre sus hombros y medio me arrastraron, medio me cargaron, a lo largo del corredor que yo conocía tan bien. Los letreros con los códigos de barras de las puertas ahora se curvaban hacia arriba, colgaban torcidos, atacados por el aire salado.

Se me ocurrió una idea.

—¡Ange! —grité—. ¡Darryl! —grité. Los guardias me hicieron avanzar más rápido, a los sacudones, claramente perturbados pero sin saber qué hacer—. ¡Chicos, soy yo, Marcus! ¡Sigan libres!

Alguien sollozó detrás de una de las puertas. Otro gritó en un idioma que parecía árabe. Después, una cacofonía, mil voces diferentes que gritaban.

Me llevaron a una habitación nueva. Había funcionado como sala de duchas; los duchadores aún estaban instalados en los azulejos mohosos.

—Hola, M1k3y —dijo Pelo Corto—. Parece que has tenido una mañana muy agitada. —Frunció la nariz deliberadamente.

—Me hice pis encima —dije en tono alegre—. Usted también debería hacer la prueba.

—Tal vez tendríamos que darte un baño, entonces —dijo ella. Hizo una seña con la cabeza y los guardias me llevaron a otra camilla, que tenía correas de sujeción distribuidas en todo su largo. Me dejaron caer allí; estaba helada y totalmente mojada. Antes de que me diera cuenta, me habían puesto las correas a la altura de los hombros, la cadera y los tobillos. Un minuto después, ajustaron tres correas más. Unas manos de hombre agarraron un enrejado ubicado junto a mi cabeza y soltaron unas trabas; al instante, quedé inclinado, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba.

—Comencemos con algo sencillo —dijo ella. Estiré el cuello para poder verla. Se había sentado frente a un escritorio sobre el cual había una Xbox, conectada a un televisor de pantalla plana que parecía muy costoso—. Me gustaría que me dijeras tu nombre de usuario y contraseña del correo de Pirate Party, por favor.

Cerré los ojos y dejé que el océano me alejara de la playa.

—¿Sabes qué es la cura de agua, M1k3y? —Su voz me trajo de vuelta—. Te amarramos como estás tú ahora y te arrojamos agua sobre la cabeza, para que te entre por la nariz y por la boca. No puedes reprimir la sensación de ahogo. Le dicen ejecución simulada y, desde mi punto de vista, de este lado de la habitación, es una valoración acertada. No podrás reprimir la sensación de que te estás muriendo.

Traté de escapar. Había oído de la cura de agua. Y aquí estaba: tortura genuina. Y era sólo el principio.

No pude escapar. El océano no avanzó ni me levantó. Sentía el pecho apretado; mis pestañas aleteaban. Sentía el pis pegajoso en las piernas y el sudor pegajoso en el cabello. Me picaba la piel por el vómito seco.

Ella volvió a entrar en mi campo visual.

—Comencemos con el nombre de usuario —dijo.

Cerré los ojos; apreté los párpados.

—Dale de beber —dijo ella.

Oí gente moviéndose. Respiré profundo y contuve el aire.

Comenzó como un hilo de agua, como un cucharón de agua cayendo suavemente sobre mi barbilla, mis labios. Entró por mis orificios nasales, que apuntaban hacia arriba. Penetró hasta mi garganta y comencé a ahogarme, pero no podía toser y no quería aspirar para que no se me metiera en los pulmones. Contuve el aire y apreté los ojos con más fuerza.

Se oyó un alboroto que provenía de fuera, un sonido caótico de botas pisando fuerte, de gritos furiosos, indignados. Vaciaron todo el cucharón sobre mi cara.

Escuché que la mujer le mascullaba algo a uno de los que estaban en la sala. Luego, me dijo:

—Sólo el nombre de usuario, Marcus. Es una solicitud muy simple. De todos modos, ¿qué podría hacer yo con tu nombre de usuario?

Esta vez fue un cubo de agua, todo entero, una inundación que no se detenía; seguro que era gigantesco. No pude evitarlo. Jadeé y aspiré agua, tosí y me entró más agua en los pulmones. Yo sabía que no me matarían, pero no podía convencer a mi cuerpo. Con cada fibra de mi ser, sentía que me iba a morir. Ni siquiera podía llorar… el agua continuaba cayendo sobre mí.

Entonces, se detuvo. Tosí, tosí y tosí pero, por el ángulo en que estaba ubicado, el agua que tosía volvía a entrarme por la nariz y me quemaba los senos nasales.

La tos era tan profunda que dolía; me dolían las costillas y las caderas cuando me retorcía. Odié a mi cuerpo por traicionarme, a mi mente por no poder controlar a mi cuerpo, pero no había nada que hacer.

Finalmente, la tos se calmó lo suficiente como para que pudiera fijarme en lo que estaba sucediendo a mi alrededor. Había gente gritando y se escuchaba un forcejeo, una lucha cuerpo a cuerpo. Abrí los ojos y pestañeé con la luz brillante; después estiré el cuello, todavía tosiendo un poco.

En la sala había mucha más gente que al comienzo. Casi todos parecían vestir trajes blindados y cascos con visor de plástico ahumado. Les gritaban a los guardias de Treasure Island, que les devolvían los gritos con las venas del cuello marcadas como sogas.

—¡Ríndanse! —dijo uno de los que usaban traje blindado—. Ríndanse y manos arriba. ¡Quedan arrestados!

Pelo Corto estaba hablando por teléfono. Uno de los blindados se dio cuenta y fue rápidamente hacia ella; hizo volar el teléfono con un golpe de su mano enguantada. Todos quedaron en silencio mientras el teléfono cruzaba el aire, describiendo un arco que abarcó toda la pequeña habitación, hasta hacerse trizas contra el suelo en medio de una lluvia de componentes.

Se rompió el silencio y todos los blindados entraron en la sala. Dos agarraron a cada uno de mis dos torturadores. Casi logré sonreír al ver la expresión de Pelo Corto cuando dos hombres la tomaron de los hombros, la hicieron girar y le pusieron un juego de esposas plásticas alrededor de las muñecas.

Uno de los blindados, que estaba en el umbral, avanzó. Tenía una videocámara apoyada en el hombro, un equipo profesional que lanzaba una luz blanca cegadora. Filmó toda la sala, describiendo dos círculos a mi alrededor sin dejar de enfocarme. Yo me quedé perfectamente quieto, como si estuviera posando para un retrato.

Qué ridículo.

—¿Creen que ya pueden sacarme de esta cosa? —Conseguí decirlo todo de una sola vez, ahogándome sólo un poco.

Se me acercaron dos blindados más —uno de ellos era mujer— y comenzaron a desatarme. Levantaron los visores y me sonrieron. Tenían cruces rojas en los hombros y los cascos.

Debajo de las cruces rojas había otra insignia: CHP. Patrulla de Caminos de California. Eran policías estatales.

Comencé a preguntarles qué hacían allí, pero en ese momento vi a Barbara Stratford. Evidentemente, la habían obligado a permanecer en el pasillo, pero ahora estaba entrando a los empujones y empellones.

—Allí estás —dijo, arrodillándose junto a mí y dándome el abrazo más largo y más fuerte de mi vida.

Entonces lo supe: Guantánamo de la Bahía se encontraba en manos de sus enemigos. Estaba salvado.

 

 

SIGUIENTE

 

 


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