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ARGENTINA

 

 


Ilustración: Duende

Aunque el propio autor del hallazgo juró hasta el día de su muerte que el descubrimiento de la moneda se remontaba a principios de los años sesenta, se cree, en base a la información ofrecida por supuestos testigos (entre quienes se encuentra Oscar Marino, el ayudante en la expedición que tuvo lugar en El Cofre), que fue realmente adquirida a mediados de los cincuenta y que su descubridor la escondió durante, aproximadamente, cuatro años, que fue el tiempo que transcurrió antes de que la existencia de la moneda se volviera inocultable.

Para entender mejor la historia es preciso que nos remontemos a su hallazgo. Y aunque no podamos pretender una fidelidad total a los hechos, presentaremos un artículo testimonial que data de mayo de 2010, en el cual el famosísimo explorador mexicano Carlos Sánchez accede a relatarnos desde la cárcel cómo llegó la moneda hasta él.

 

 

1961

 

Cálida primavera; las hojas empezaban a florecer y todo parecía ideal para iniciar una aventura, pues alguna cosa en algún lugar pedía ser descubierta, como siempre digo. Hacía tiempo que Perú se me había metido en la cabeza, gracias al lector empedernido que llevo dentro (o acaso por su culpa), que supo maravillarse e, incluso, obsesionarse con la historia y la geografía de aquella tierra, acerca de la cual mi imaginación me dibujaba el más bello boceto, y que no habría de decepcionarme después. Además, aunque mi carrera aún se encontraba en etapa de despegue, ya me había hecho de ciertas influencias y, gracias a esto, pude recolectar algunas referencias acerca de mi objetivo: todas apasionadas, palpitantes. Mi primera escaramuza espeleológica tuvo lugar en una humilde cueva cercana a la frontera boliviana, en donde realicé un trabajo que, aunque extensivo, dio pobres resultados. Años más tarde, un oriundo de allí volvió a interesarse en ella y descubrió que constituía una falla subterránea, minúscula, sin dudas, pero aún con cierto margen de peligro. Después, en busca de algo que resultara más fructífero para mis estudios y más honorable para mi prontuario de aventuras, tildé en el mapa como próximo objetivo una fosa cuzqueña de inciertos contenidos, que había sido examinada con poco entusiasmo por un grupo de investigadores yanquis, según me informaron. Así que me preparé para la expedición, busqué por el centro de la ciudad un ayudante que se me antojara fiel y útil (sobre todo fiel), y temprano al otro día me dirigí a la fosa con la firme convicción de que, de acabar aquel proyecto en un nuevo fracaso, volvería a mi país con la bandera baja para continuar con mis estudios.

La fosa —que luego de mi hallazgo se convino en llamar “El Cofre”, en relación al descubrimiento que allí tuvo lugar—, era una extensa garganta formada casi en su totalidad por piedra caliza y rocas que por su aspecto parecían ígneas, lo que me indujo a pensar que podía tratarse de un foco volcánico en suspensión. A lo largo de su vertiginosa altura, las paredes mostraban con irregularidad picos puntiagudos (“como cuernos de toro”, señaló el cuzqueño desde la superficie), que luego se alisaban dejando la superficie casi como cualquier pared de edificio, solo que más rugosa. Hacia abajo, iban abriéndose cuestas que se notaban frágiles, entre las que no llegaba a haber más de cuatro metros de distancia, rociadas por una ceniza colorada que también teñía mi ropa. A decir verdad, en ninguna otra expedición que haya emprendido alguna vez mis brazos acabaron tan cansados ni tan lastimados; afuera, a la luz de la primavera, parecían haber sido atacados por las fieras garras de algún terrible animal. Era un sitio en el que había que andarse con cuidado.

Bajé hasta la última cuesta visible, una muy estrecha y un poco empinada; abajo, el haz de la linterna era tragado por una oscuridad absoluta: parecía como si solo hubiese caída. Así que busqué un sitio en donde pudiera trabar el gancho de la cuerda y, por lo menos, hacer el intento de seguir bajando. Eché un vistazo y hallé una acumulación cerrada de bultitos prominentes —que parecían ser la primera fase de los “cuernos de toro” —; trabé el gancho y descendí unos seis o siete metros: más caída. Seguir bajando habría sido una locura; con ese cable medio gastado y con lo endeble que se veía todo allí, sin dudas algo hubiera salido mal.

Frustrado, comencé la vuelta a la superficie. Al llegar casi a la mitad de la fosa, alcé la vista hacia la siguiente cuesta y enfoqué la mirada en un hueco que se abría entre ella y la de abajo, pero un poco a la izquierda. El hueco era bastante amplio y, al confundirse la trama de su fondo rupestre con la reinante en las paredes de la fosa, era casi ilocalizable. Sentí deseos de llegar a él, así que trepé unos metros por la piedra caliza hasta poder alcanzar de un salto la cuesta que coronaba el hueco. Al llegar a ella, me posicioné en su borde y bajé con paciencia para alcanzar la abertura. Recuerdo que mi pie derecho —que es mi pie traicionero— resbaló justo cuando estaba incorporándome en el piso de la abertura, haciendo que me golpeara la cabeza contra la pared, además de tajarme la mano izquierda al aferrarme a un violento pico que me ayudó a reincorporarme. Y aquí es donde comienza la parte, para algunos, más turbia de mi relato, que pocos sabrán apreciar como en verdad lo merece, haciendo a un lado la incredulidad.

Comencé a recorrer el sitio. Un metro delante del borde, el camino se bifurcaba de manera abrupta hacia la derecha en un pasillo incansablemente largo y de una pulcritud inmaculada; la trama de las paredes ya no era heterogénea y azarosa, sino que se conformaba por bloques de casi medio metro cuadrado cada uno, ordenados de modo preciso y asombrosamente milimétrico. El material utilizado pertenecía al oscuro universo de mi ignorancia: su contextura era similar al granito, pero sumamente rasposa, como si hubiera sido repasada con arena, y tenía una apariencia tornasolada que, al ser vista de frente, definía un color similar al bronce, pero vista desde un ángulo, destellaba con un furioso tono carmín. Invariablemente en ambas paredes el alto era de cuatro bloques, mientras a lo largo la serie se interrumpía cada seis, para dar espacio a dos gruesas columnas del mismo material que iban del suelo al techo del pasillo, con unos extremos curvos, acanalados y medios ocre que poseían una hermosa incrustación de brillosas gemas y sobresalían un poco de la pared. El aspecto de la galería era de un inconfundible estilo marroquí. Todo era tan simétrico, tan bello a la mirada, que no pude menos que fascinarme y entrar en un estado de semiinconsciencia, una especie de trance causado por la belleza y por la incomprensión ante tal armonía. Durante el tiempo que duró, la imagen se me escurría de la mirada, los colores se diluían y las paredes se abrían con sus columnas, se cuarteaban: era como si mi mente no aguantara registrar aquella hermosura y su mejor mecanismo de defensa fuera tratar de afearla, bajarla a un nivel más cotidiano. Cuando escapé del trance, un poco atontado, un componente del paisaje captó mi atención: era una pila de pequeñas piedras brillantes en el centro del pasillo, unos veinte metros delante de mí. Asumo que recorrí con desconfianza el camino hasta su encuentro y que de nuevo me sentí como en un trance, aunque esta vez muy breve. Cuando regresé, revolví con apuro las piedras hasta que di con un objeto enterrado en ellas. Se trataba de un ostentoso receptáculo de forma cilíndrica, más bien pequeño, conformado por un material que, aunque macizo, se hundía al ser presionado con un poco de fuerza, para volver luego, memoriosamente, a su forma original. Se dibujaba sobre él un extenso garabato rosado que abrazaba su circunferencia dos veces, creciendo desde abajo, sobre un fondo violeta oscuro que predominaba en casi todo el objeto. Al sujetarlo, se notaba que no estaba lleno hasta más de la mitad de su capacidad; al agitarlo, se escuchaban ruidos de metales que chocaban, como finos alaridos de moneda. A punto estuve de quitarle el tapón, que parecía metido a presión, cuando el cielorraso empezó a desprenderse en dorados abanicos y los bloques de cada pared a juntarse con los de la pared opuesta. Por supuesto, no tuve más opción que correr.

Cuando llegué a la abertura que me devolvía a la garganta de la fosa, grité a mi ayudante que bajara hasta la cuesta inmediata para asistirme; y para evitar algún titubeo, le prometí el doble de lo acordado (o tal vez el triple, o el cuádruple, no lo recuerdo, mi memoria resbala un poco). Cuando por fin el ayudante se estabilizó por encima de mí, le lancé el recipiente con toda la destreza y puntería que mis brazos acertaron a tener, mientras la galería se cerraba a mi alrededor con ferocidad. Unos segundos después, en medio del conjunto de imágenes solo pude ver el contenedor cayendo al vacío, lo demás era registrado por mis ojos como oscuridad. El objeto caía lentamente, como si buscara burlarse de mi suerte, de mi esfuerzo magnífico pero vano. Evidentemente, no era buen momento para un nuevo trance, así que me despabilé y con un salto desgarrador alcancé el pie de la cuesta y luego la cima. Apenas estuve a la par de mi ayudante, sin mediar palabra y con la más profunda perplejidad en su rostro, me mostró una esfera medio violácea, hendida de un lado por una fisura perfectamente redonda: era el tapón del misterioso jarrón, en el cual se veía depositada una pequeña moneda dorada, tan tierna, tan inalterablemente preciosa que casi ostentaba luz propia. Ahora de nuevo, pero por las razones inversas, sentí que todo a mi alrededor, todo, el ayudante, el fondo del paisaje captado por mis ojos, desaparecía para dar inapelable atención a la moneda. Inquebrantable, nos estudiaba desde el fondo del tapón del perdido receptáculo con el pudor de un niño que conoce la gravedad de su falta, pero también con el mismo pensamiento que a ese niño se le ocurriría a la hora de enfrentarse a la ineludible ley parental: la inutilidad de plantearse que no debió haber hecho lo que hizo.

Eso es todo en cuanto a la fosa. Llegamos a la superficie, nos subimos a la camioneta de alquiler y escolté a mi ayudante hasta el centro de la ciudad, en donde le pagué lo prometido. Aun así, me miró con aspecto descontento, como diciendo: “Soy más que un tonto cuzqueño que sólo sirve de mula; soy un cuzqueño ambicioso que tiene cierta idea de que lo que encontramos allí es más que lo que aparenta ser”. Pero no pasó a mayores. Arranqué la camioneta, la deposité luego en el rentado de automóviles frente al aeropuerto y compré un boleto para el viaje más inmediato que hubiera hacia México, por el cual no debí esperar más de una hora. La moneda empezó a crecer poco después.

Mi primera sospecha la tuve en el avión, mientras me embobaba con su forma destellante a kilómetros de altura, y la confirmé al día siguiente en la habitación de un hotel que alquilé para permanecer un día antes de volver a mi casa en Guadalajara (para no apestar de posibles maldiciones el hogar luego de una estadía en un lugar maldito, se rumorea que hay que permanecer un día entero en una casa no frecuente antes de volver a la propia, tabú que prefería respetar a pesar de mi escepticismo). Al tomarla en mi mano, vi que la circunferencia de la moneda superaba la mitad de mi palma, es decir, casi una mitad más del tamaño que tenía al tomarla por primera vez en la fosa. Es indecible la cantidad de pensamientos que poblaron mi mente con felicidad e inamovibles esperanzas de fama y nobleza aquel día, sólo el recuerdo ya pesa más que la moneda. Pero claro, yo no era un reconocido arqueólogo como lo soy ahora; en ese entonces yo empezaba a tejer la madeja de mi irregular carrera y los hallazgos, sean grandiosos o mediocres, producen maravillosas maquinaciones en el recién nacido en el rubro. Ahora voy a tratar de explicar cómo fue mi convivencia con la moneda en Guadalajara.

Calculo que ese período habrá durado una semana y media o más. No recuerdo haber ingerido ningún alimento sólido durante ese lapso, aunque de seguro sí lo hice. Sólo recuerdo los litros y litros de agua que tragué intentando acabar con una sed que parecía insaciable, la misma sed que podría sufrir un náufrago o un esclavo, que me producía un calor y una pesadez infernales, jaquecas intermitentes y jadeos. Sentía la garganta irritada por beber tan desesperadamente y con tanta frecuencia. Llevaba la moneda siempre encima, en el bolsillo y, de a ratos, la tomaba entre mis manos y la miraba hasta la abstracción, hasta lograr entrar en un magnífico trance. La manoseaba como a una mujer, la besaba, la olía, para luego devolverle con una gasa el brillo quitado por mi enfermizo roce. Casi siempre le hablaba. Y como si fuera poco, casi siempre me parecía recibir respuesta.

Durante todo ese tiempo no bebí una gota de alcohol, lo sé porque no recuerdo haber salido de mi habitación rentada ni recuerdo haber tenido antes algo de bebida, pues en ese tiempo aún no había probado más alcohol que el ron que mi tío me había obligado a probar cuando alcancé los dieciocho años. Fueron días los que pasé, pero años los que padecí, controlado por un tiempo que se prolongaba de manera inexplicable, como si estuviese conformado por un material gomoso en vez de por horas, minutos y segundos. En (lo que yo recuerdo como) dos ocasiones, adquirí la lúcida contemplación de mi estadía en la fosa, mientras me conducía hacia la moneda, como si la estuviera reviviendo en carne propia, otra vez… el mismo camino, los mismos trances, el mismo hallazgo. En la primera de las ocasiones no interpreté nada, me costaba mucho razonar; fue recién la segunda vez que reviví ese momento cuando supe qué estaba mal: o bien yo me había vuelto loco (hasta pensé por un momento que la moneda sólo era una moneda normal, estática, inanimada y para nada creciente), o bien la moneda estaba maldita y todas esas magias, encantaciones y místicas en las que nunca había creído ni por un segundo realmente existían. Fue en los últimos días de convivencia —tal vez en el último— cuando vi el tamaño real de la moneda, mientras mantenía mis ojos clavados en ella, cansado, bostezando, pero todavía dotado de una extraordinaria energía que prolongaba mi desvelo, seguramente ungido por influencia propia del objeto. Me quedé dormido, sosteniendo aquel brillo entre mis dedos. Y aunque me habré dormido solo por un rato, cuando volví a despegar las pestañas descubrí ante mí un enorme sol dorado y resplandeciente que me superaba en altura por poco más de una cabeza, y que yo mismo sostenía aún por los lados, aunque ya no con los dedos sino con la entereza de cada mano. La moneda se había vuelto gigante. Y también pesada, pero yo seguía maravillado. La dejé caer hacia atrás y la habitación entera se quejó con un largo estruendo rocoso. Fue entonces cuando sentí que volvía a ser yo mismo, que volvía a ser aquel que entró a la habitación con un misterioso inquilino dentro del bolsillo, pero que allí fue suspendido en el tiempo y reemplazado por un doble inalterable hasta el momento en que pudiera apreciar el tamaño real de la moneda. No sabría afirmar si había crecido de golpe en ese instante, si ya lo había hecho antes pero mi estado no me había permitido darme cuenta (tal vez en el primer momento de mi período de hipnosis), o si el exuberante crecimiento se había dado gradualmente a lo largo de mi confinamiento. Sólo puedo decir con certeza que lo que se hallaba ante mí era un increíble titán de oro que me encandilaba con un brillo que él mismo parecía crear sin necesidad de ser encendido por otra luz.

Inmediatamente tomé una decisión: doné al Museo de Maravillas de mi tierra, México, aquel objeto que tan bien había sabido hechizarme, luego de demostrar la insólita habilidad de la moneda y de rechazar el jugoso ladrillo de billetes que me ofrecieron por ella. No me arrepiento de eso: el dinero no hubiera cambiado en nada las cosas.

Por supuesto que, incluso alejado de la moneda, mantuve cierto vínculo de observación durante más de un año, realizando visitas semanales al museo. De algún modo, esa situación me hacía pensar en mí mismo como un padre divorciado al que, periódicamente, se le permitía ver a su propio hijo; aunque en mi caso esto ocurría por voluntad propia, pues no podía descuidar mis proyectos, ni los viejos que ya arrastraba hace tiempo ni los nuevos que pudieran surgir.

Tres años más tarde, habiendo dejado de lado por completo el tema, me estremecí al ver en la tapa de un diario la foto de la moneda, aquella que cuando tomé por primera vez era tan minúscula y, en apariencia, inocente. Las cosas habían cambiado. Ahora la moneda era un coloso que coronaba el antiguo Palacio de Leyes en pleno Parque Azteca. Desconozco los artilugios utilizados por el Gobierno para hacerse del tesoro que yo mismo doné a una entidad privada sin fines de lucro, con la seguridad de que su existencia y el uso que se le pudiera llegar a dar serían meramente artísticos o atractivos. Luego entendí que el error, desde el principio, había sido exactamente ese: darla así, sin más. Y no me refiero con “así, sin más” a la recompensa que jamás sugerí a los directivos del museo, sino a mi falta de perspicacia con respecto a la relación que surgía de dos premisas muy claras: el incalculable valor de la moneda, y el ilimitado poder del gobierno.

En su momento, contacté a un viejo conocido que trabajaba en el Museo de Maravillas. No estaba seguro si mediante él podría averiguar algo, pues nos habíamos perdido la huella años atrás e ignoraba qué vínculo guardaba con aquella organización. En efecto, no existía ningún vínculo, pero al menos había continuado en su puesto casi un año entero después de que finalizaran mis visitas a mi “hijita”. Así me enteré que, desde que el gobierno supo de la existencia de tal maravilla, había comenzado una constante puja entre las entidades gubernamentales y los directivos del museo, cada vez más y más tirante, reclamando cada uno y a su manera el debido derecho por la posesión de la moneda. Originalmente, la intención de los directivos no había sido entregarla. “Son incansables en eso de defender los patrimonios, siempre lo fueron, y más si es el gobierno quien trata de meter los dedos en el pastel; tú ya sabes, siempre están en pugna los privados y los públicos.” Claro, y cómo no iba a ser en este caso especialmente chispeante la batalla si los roles se veían invertidos: la entidad privada luchaba por un bien público, mientras la pública se ensañaba por privatizar ese bien, por sacarle provecho de alguna forma. “Pero la suerte ya estaba echada, como dicen, Carlos, y es así, cuando la suerte está echada hasta una jauría de dioses puede intentarlo y fracasar en revertirla. El ultimátum sobrevino cuando un directivo del museo se hizo humo, se esfumó por completo, ya no hubo rastros de él; aunque, según rumores apañados por la existencia de un supuesto espía que supo seguirle la huella, se había pasado de bando al ver que la balanza se inclinaba cada vez más a favor del gobierno, teniendo en cuenta lo gordo del premio. Dicen que aportaba mucho dinero, mucho más que otros, pero se habrá cansado de los principios y habrá querido recibir una porción de la torta, es claro. O, más técnicamente, una porción de la moneda —concluyó, y rió a carcajadas.

Así permaneció la rueda, como siempre: girando. La moneda no paraba de crecer. Y no hace falta ser un Einstein para entender que desde el poder que sostiene a una institución tan grande como lo es un gobierno se pueden maniobrar muchos hilos. Es evidente que la mejor cuadrilla de científicos que pueda conseguirse en el mundo habrá sido convocada para revelar los poderes de la moneda, su misteriosa composición, sus más profundos secretos: su magia. Completamente ajeno a ese seguimiento secreto de la moneda que otros tuvieron la suerte (o la maldición) de llevar, intuyo que no lograron descifrar nada de ella, porque de lo contrario, las cosas no habrían llegado a este extremo. Mucha gente ya lo sabe: Carlos Sánchez es el culpable, es responsable de este incidente mundial, responsable de inyectar la desgracia en la humanidad. Y sí, así es, lo sé bien. Y sin querer pecar de fatalista admito que muy dentro de mí, muy acurrucado en mi cabeza, digamos, lo sé desde el primer momento. Desde aquel momento en que arranqué a la moneda del Cofre liberando su poder maldito, como una especie de segunda Pandora, un pequeño gusanito comenzó a rondarme por la culpa. Porque, ahora lo sé, esa fosa limitaba su poder, evitaba que creciera. No se trataba del jarrón, de ser así ahora las cosas estarían muchísimo peor, pues cuando el jarrón se dirigió hacia el abismo el resto de las monedas escapó de él. Produce vértigo pensar que detrás de un acto que solo duró segundos, un acto que juzgamos tan pequeño, tan intrascendente, puede esconderse una tremenda revolución.

Falta sólo un año para que se cumpla medio siglo del descubrimiento, y desde esta sucia cárcel les digo que, al igual que todas las personas del mundo, fui testigo del imponente proceso evolutivo de la moneda. A lo largo de los años ha sido anfitriona de innumerables eventos, ícono de múltiples edificios soberanos. Hoy, desterrada de su posición aristocrática, observa el mundo desde el fondo del océano Atlántico sin dejar de crecer. En los continentes aledaños a su circunferencia se advierte un desplazamiento geográfico anual que varía sin superar el cuarto de kilómetro. Se ha ido observando a lo largo de los años la creación de diversos accidentes telúricos inducidos por su potestad, en especial en la zona central de América, en donde gran parte de las Antillas se han agrupado dando origen a una polémica fusión de países que, hostigados por la ONU, debieron hallar un término medio entre sus formas de gobierno. Se fusionaron historias, mitos, patrimonios y cultura, con más gente en contra que a favor, originando cierta rivalidad entre los que pertenecían a tal o cual país y que desde entonces se vieron mezclados. La fusión más masiva abarcó cinco países: hoy no se entiende bien qué son sus habitantes. El negro de la celda contigua viene de allí, nadie lo comprende del todo, habla con un tono agudísimo, más o menos como debería sonar un disco de vinilo en llamas, y a veces se ríe de sólo ver la pared, es muy extraño. La moneda provocó muchas cosas, y las sigue provocando. Allí está, en constante expansión, acaso favorecida por el agua, como conjeturan algunos. Es una de las mayores preocupaciones del planeta. Por más terrible que sea admitirlo, nunca dejará de crecer: viviremos hasta el fin al acecho de su dominio y, algún día, será la mismísima tierra que habitaremos.

 

 

Christian Ariel Flores nació en Buenos Aires en Enero de 1991, es músico, escritor por vocación y aspira a la docencia. Actualmente cursa materias del Profesorado en Lengua y Literatura en el Instituto Joaquín V. González. Realizó un curso de escritura dirigido por Diego Paszkowski. Hoy en día continúa residiendo en su ciudad natal, en donde desarrolla sus estudios, su escritura y su música. Es hermano del (también escritor) Daniel Flores.

Este es su primer cuento publicado en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con EL HOMBRE DEL SIGILO, de Pé de J. Pauner; TOPACIO, de Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras; y LA PATA DE MONO, cuento clásico de W. W. Jacobs.


Axxón 247 – octubre de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Objetos mágicos : Argentina : Argentino).


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