¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de la Categoría “262”

ARGENTINA

 

 

 

0

 

Decenas. No, cientos de arañas, y el cadáver del gato flotaba sobre ellas, como llevado en andas sobre la multitud de cuerpos peludos, de variopintos tamaños y colores. El cuerpo del animal lucía extrañamente rígido, contraído en el postrero rictus inducido por el veneno.

Tal vez el mismo veneno, reflexionó con sereno espanto el hombre mientras se frotaba la mano en la que acababa de ser picado, que corría en ese mismo momento por sus venas.


Ilustración: Tut

Arañas. La totalidad del espacio comprendido entre la pared del archivo y el último anaquel, ese que nunca debió haber corrido de lugar, al que nunca debió siquiera acercarse, estaba ocupado por ellas. Cubrían el suelo como una repugnante alfombra viviente. También la pared, donde conformaban un no menos terrorífico mural en movimiento. Un grueso dosel de telarañas cubría la parte trasera del anaquel, colgando de la especie de toldo blanquecino que estas formaban a más de tres metros por encima de su cabeza. Allí, el hombre vio adheridos los restos de moscas, polillas, mariposas e inclusive, con un sobresalto horrorizado, los de dos gorriones, un murciélago y hasta una paloma de buen tamaño. Colgaban envueltos en las redes de sus cazadoras, resecos como momias vetustas, succionado ya hasta el último de sus jugos vitales.

Pero el horror de los horrores, aquel que hizo subir el regusto de la bilis hasta su boca, el que lo dejó sin habla y al mismo tiempo lo llenó de deseos de gritar, de llorar, de proferir en histéricas carcajadas, lo tenía el hombre a sus pies. Allí, las cazadoras de ocho patas acarreaban a la última, la mayor de sus presas. Él no quería mirar pero le era imposible no hacerlo; el espanto de la escena era demasiado poderoso como para ser ignorado y se abrió paso por la fuerza a través de sus retinas.

El pelaje del gato era negro, con algunas motas y franjas marrones que le daban un aspecto marmolado. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta por la que colgaba fláccida la lengua y las patas encogidas, con las zarpas desnudas, como si hubiera intentado defenderse antes del final. Él lo había visto a lo largo de la semana, paseándose por la medianera del patio al caer el sol o restregándose contra las piernas de los conductores, deshaciéndose en ronroneos a cambio de caricias y sobras de almuerzos. Si hasta le habían puesto un nombre… ¿cuál era?

—”Betún” —consiguió murmurar, sintiendo la lengua pastosa como si estuviese ebrio—. ¿Qué te pasó, “Betún”?

“Betún” obviamente no le respondió. No habría podido hacerlo de encontrarse con vida, mucho menos ahora, mientras era llevado como un novio en su fiesta de bodas, transportado sobre infinidad de patas hacia un gran hueco en la pared. Parecía la boca de una pequeña cueva, de casi un metro y medio de alto por algo menos de ancho, que se abría en la pared del fondo del archivo y que hasta ese momento había permanecido oculta por la presencia del último anaquel. Hasta que a él se le ocurrió correrlo de lugar.

Se frotó nuevamente la picadura, que le ardía más con cada segundo que pasaba. Sentía un intenso calor subiéndole por el brazo, lo cual no podía ser bueno, y también la cabeza empezó a darle vueltas. Con lo último que le quedaba de pensamiento racional, comprendió que las doscientas, trescientas o más arañas que había allí se dirigían hacia, o venían, del hueco en la pared. Por allí mismo vio desaparecer el cadáver rígido de “Betún”.

Eso, y el espantoso cortejo fúnebre que lo escoltaba, fue la última imagen que pudo procesar antes que se le enturbiara la visión y le flaquearan las piernas. Por suerte para él, ya estaba inconsciente antes de caer sobre la alfombra viva que bullía sin pausa bajo sus pies.

 

-6

 

La jefa de de personal de la empresa era una mujer bajita y regordeta, de pelo rojizo, largo y encrespado, cara redonda y ojos verdes y vivaces, que lo estudiaron desde el otro lado del escritorio como a un extraño espécimen de insecto a través de un microscopio.

—Pasá, Julián. Tomá asiento —le dijo.

Tanto su voz como su sonrisa, aunque de pura cortesía, eran agradables. Es más, supuso que algunos años (y varios kilos) antes, hasta pudo ser considerada una mujer atractiva.

—Gracias. Buenos días… —respondió él, sentándose en frente. Los ojos de la mujer bajaron hasta la delgada carpeta de plástico que sostenía entre sus manos, que Julián identificó de inmediato como su currículum.

—Buenos días.. —la vio entornar los ojos, mientras las líneas de esfuerzo aparecían alrededor de su boca y sobre las comisuras de los labios. Nunca fallaba.

Al final desistió, como tantos otros antes que ella, con la misma sonrisa culpable.

—Perdoná, no me sale pronunciar tu apellido. ¿Es…?

Acá vamos de nuevo, se dijo.

—Kumorkiewicz. Es polaco.

Ella asintió con la cabeza (otro gesto de cortesía, igual que la sonrisa) y se inclinó hacia él con la mano extendida.

—Yo soy María Cristina Bellenger, la jefa de personal de la empresa. Encantada.

—Igualmente —le contestó Julián, mientras estrechaba esa mano rolliza por encima del escritorio, atestado de papeles.

Carpetas, legajos de personal, formularios para correspondencia legal, una pila de documentos apisonados bajo una gran perforadora, otra bajo una abrochadora color rojo y una tercera bajo un cenicero desbordado de collilas. Esto último le llamó la atención: en todas las demás empresas en las que lo habían entrevistado, el fumar en interiores era algo estrictamente prohibido.

—¿Asumo que estarás familiarizado con la actividad de la empresa, el servicio que brindamos?

—Sí, seguridad —respondió con certeza.

Como si no hubiera visto a todos los monos uniformados en el patio, o a las patrullas estacionadas afuera.

—Claro. “Centinel S.A.” es una empresa dedicada a la seguridad y vigilancia privada, ya sea en el ámbito doméstico o empresarial. Y tanto en el campo de la vigilancia física como en la electrónica.

Durante largos minutos, Julián asistió a un monólogo en el que la escuchó explayarse sobre la empresa, sus muchos y muy importantes clientes y el meteórico crecimiento que había experimentado a lo largo de los últimos cinco años, en los que había ampliado sus horizontes hasta abarcar Mar del Plata, Necochea, Santa Rosa, Capital Federal y la mayor parte de la patagonia argentina, desde Viedma hasta Ushuaia.

—… pasando por Carmen de Patagones, San Antonio Oeste, Bariloche, Neuquén, Comodoro Rivadavia, Trelew, Puerto Madryn, Río Gallegos y Río Grande —enumeró, quedándose casi sin aliento—. Te harás una idea de la vorágine que supone a nivel administrativo, máxime teniendo en cuenta que toda la documentación está centralizada acá, en la sede de Bahía Blanca.

—Me imagino…

Ella lo interrumpió ignorando al mismo tiempo al teléfono, que empezó a sonar con enervante insistencia.

—No, te aseguro que no te imaginás. La seguridad privada es un área laboral muy fluctuante, los empleados entran y salen constantemente…¡algunos han durado menos de veinticuatro horas en su puesto! Y tanto el alta como la baja de cada empleado requieren de un trámite específico, con su pertinente documentación. Eso sin contar los nuevos clientes que contratan nuestros servicios, o los que lo dan de baja (de estos por suerte hay pocos), o los clientes eventuales. Además, está la documentación contractual que se nos exige presentar cada mes, que varía de un cliente a otro, los procesos judiciales, embargos, auditorías, las inspecciones de AFIP o del Ministerio del Trabajo, los libros de sueldo, los recibos, las facturas… ¿podés imaginarte ahora el volumen de papeleo que se maneja a diario en estas oficinas?

A Julián ya le estaba doliendo la cabeza. El encierro de esa oficina, sumado al puto teléfono que no paraba de sonar y al parloteo incesante de la gorda parecían haberse confabulado con el único objeto de martirizarlo. Sentía unas ganas incontenibles de preguntar lo que realmente le interesaba. Lo único que le interesaba de todo aquello, y que se limitaba a algo tan simple como tres preguntas:

¿Me van a dar el trabajo? ¿De qué se trata el trabajo? ¿Cuánto me van a pagar por el trabajo?

—Sí, ahora sí… —se masajeó disimuladamente la sien con las yemas de dos dedos—. Puedo llegar a imaginármelo.

La gorda cambió por completo el tema.

—Veo que sos contador.

A explicar eso de nuevo… ¿por qué mierda no lo hice corregir antes de imprimirlo?

Su dolor de cabeza iba en aumento.

—Me faltan un par de finales para recibirme, pero tengo todas las materias cursadas.

—Ah —dijo ella. Fue un “ah” que a Julián no le gustó una mierda; un “ah” que bien podía significar: ah, entonces no valés tanto como querés hacerme creer; ah, entonces sos un fraude; ¿tenés casi treinta años y seguís sin recibirte? Ah, entonces sos un pobre fracasado.

—Igualmente, la oferta laboral por la que te convocó la empresa no está directamente ligada con tu carrera —prosiguió.

Él asintió, casi con resignación. Había sido mozo en un restaurante, encargado en el depósito de una librería y hasta sereno en unos galpones del ferrocarril; ciertamente estaba más que acostumbrado a realizar trabajos más allá del glamoroso mundo de la contabilidad.

El teléfono cesó en su insistencia, y la cabeza de Julián se lo agradeció.

—¿Y en qué consiste la oferta? —se atrevió a preguntar, recurriendo para ello a todas sus reservas de coraje. La sonrisa de ella fue todo un alivio, que le indicó que no había incurrido en ningún desliz, en ninguna falta a la tácita etiqueta de la entrevista.

—¿Viste que recién te hablé de la cantidad de papeleo que se maneja en esta empresa y de cómo todo ese papeleo, toda esa pila de documentación, desde Capital Federal hasta Ushuaia, desde Puerto Madryn hasta Neuquén, se administra desde acá? Bueno, ahora viene la mejor parte: todo ese papeleo termina guardándose en un mismo lugar. El archivo. Y necesitamos un encargado para el archivo.

 

 

-5

 

En el patio hacía calor. El sol de mediados de marzo reverberaba con fuerza encima del asfalto, resabios de un verano que se negaba a morir. Julián siguió a la chica de tacones altos, cuyos zapatos repercutían con un rítmico “clic- clac, clic- clac” sobre el suelo de cemento. Tenía piernas largas, curvas más que generosas y caderas contoneantes, que acompañaban a la perfección al ritmo marcado por los tacos, embutidas en unos ajustadísimos capri.

Soy un hombre de familia, soy un hombre de familia… se recordaba él con cada paso que daba ella, obligándose a apartar la vista de sus llamativas redondeces. En realidad no lo era; pronto tendría un hijo, pero ni estaba casado ni convivía con la que sería la madre. Ni siquiera se llevaban bien.

Pero vas a intentarlo, ¿no, pedazo de pelotudo? Por eso vas a agarrar esta mierda de trabajo, para poder alquilar un departamento como Dios manda, mudarse los tres juntos y formar una familia de verdad. Algo que hace la gente normal, la gente madura. Algo como lo que vos nunca tuviste.

La chica se llamaba Paola Constantini. Era la encargada de documentación y no- sé- qué- más, un cargo administrativo como cualquier otro pero que ella en seguida se encargó de anunciar con unos aires dignos de un gerente general o de un vicepresidente ejecutivo en cuanto los presentaron. Quizá por eso se le notaba visiblemente ofuscada al tener que guiarlo hasta la que sería su área de trabajo. ¿Qué no había nadie menos importante que ella para hacerlo?

En el camino se cruzó con varios uniformados. Los de azul eran vigiladores, un término que le resultaba de lo más hilarante: ¿qué clase de palabra era “vigilador”, que ni siquiera aparecía en el diccionario y dudaba seriamente que gozara de aceptación por parte de la Real Academia? Era una palabra inventada, claro, sin duda por las mismas empresas de seguridad que los empleaban y para mitigar las connotaciones peyorativas del verdadero nombre de su ocupación. ¿A quién, después de todo, le gustaría trabajar de “vigilante”? Los de uniforme negro eran conductores de patrulla, blasonados al igual que sus compañeros de azul con el escudo de la empresa sobre el lado izquierdo del pecho: el yelmo de un caballero medieval bordado en gris y plata. Tanto los de azul como los de negro lanzaron miradas mucho menos discretas que la suya a la chica y a sus curvas, algo que a ella no pareció molestarle en lo más mínimo. Julián supuso que disfrutaba saliendo al patio un par de veces por día para alimentar su ego con esas miradas hambrientas, miradas de hombres que nunca podrían tener una mujer como ella. Trabajadores de clase media baja, cuyos magros sueldos no alcanzaban para comprar a sus mujeres ropas como las que ella lucía, ni para mandarlas a un gimnasio como al que ella sin duda asistía, tres o cuatro veces por semana.

¿Alcanzará el mío? Se preguntó. Valeria había sabido tener una silueta admirable, y que su cuerpo no fuese el mismo después del embarazo se contaba entre sus temores más grandes. Y más vergonzosamente ocultos.

—Ese es el depósito —le informó Paola, deteniendo sus pasos frente a la entrada del edificio, cuya impresionante mole blanquecina abarcaba el fondo del patio en su totalidad. Del otro lado del gran portón rectangular había un amplio espacio ocupado por motos y alguna que otra bicicleta, así como por viejos muebles de madera y plástico apilados contra las paredes en compañía de dos palas, un rastrillo con el mango partido, algunos baldes y una carretilla que la acumulación de óxido había tornado de un irregular ocre amarronado. Julián distinguió hasta una carcasa vacía de CPU y un viejo monitor entre la chatarra.

Tras todo esto podía verse un pasillo que a su vez discurría entre una sucesión de puertas a la derecha y una mampara de chapa azul a la izquierda, tan alta que poco le faltaba para llegar hasta el techo. Al final del pasillo, Julián llegó a entrever lo que parecía una especie de taller, o de cobertizo para herramientas. Todo el lugar olía a una mezcla de nafta, caucho y desinfestante.

—Esa es la oficina de Federico, el encargado del depósito y del área de logística en general —la chica de los tacos altos y las curvas generosas señalaba la primera puerta a la izquierda, siempre procurando permanecer del otro lado del portón y acercársele lo menos posible; al parecer, sus zapatos no estaban hechos para pisar el suelo de un depósito.

—Él va a saber orientarte —con esto, pegó la vuelta y se dispuso a cruzar nuevamente el patio, de regreso a las oficinas administrativas para beneplácito de los allí presentes.

—Bueno, gracias. Nos estamos viendo.

La encargada de contratos y quién sabe qué más lanzó una mirada al depósito por encima del hombro y arrugó la nariz como si acabara de oler mierda fresca.

—No creo, nunca vengo por acá.

Volvió a darle la espalda y esta vez sí, se marchó bajo el sol otoñal acompañada por más de una docena de ojos ávidos, que la siguieron hasta verla desaparecer a través de una puerta. La puerta al reino fantástico del aire acondicionado, las sillas reclinables, las chicas hermosas y las máquinas de gaseosas y café.

Un reino vedado para nosotros los parias, reflexionó Julián con un cinismo caústico.

 

 

-4

 

Federico Comignani, el encargado del depósito, fue lejos quien mejor le cayó. Un cuarentón alto, desgarbado, de frente amplia, cabello ralo y perfil vagamente simiesco, que se presentó a sí mismo como “Fede” y se mostró en todo momento afable y servicial.

—Yo acá soy el que consigue las cosas, flaco. Repuestos para los coches, equipos de oficina, uniformes para los “vigi”… lo que se te ocurra, pedímelo a mí. Y lo que no tenga, lo consigo.

Tras saludarlo con un sincero apretón de manos, lo condujo hasta el fondo del pasillo donde, poco antes de llegar al taller atestado de todo tipo de herramientas, una desviación a la izquierda atravesaba la mampara para desembocar en una desvencijada puerta de madera pintada de blanco. Sobre la desconchada superficie de la misma podía leerse, rotulado en letras negras a medias ocultas bajo una capa de polvo y espesas telarañas: “ARCHIVO”.

Fede miró a Julián, miró la puerta y se preparó para abrirla con una de las muchas llaves que colgaban de una argolla metálica de su cinturón. La insertó cuidadosamente en la cerradura y, mientras la hacía girar, le dedicó una sonrisa juguetona.

—Preparáte, flaco, porque no sabés lo que te espera del otro lado. Es tierra de nadie, en serio.

Empujó la puerta, haciendo protestar a sus bisagras oxidadas. Después metió un brazo larguirucho y tatuado en la oscuridad y tanteó la pared del lado de adentro, hasta que sonó un “¡clic!” que llegó acompañado por una trémula sucesión de luces amarillas, que fueron encendiéndose a intervalos..

Fede se hizo a un lado, cediéndole el lugar a Julián que se asomó tímidamente. Frente a sus ojos, una silenciosa formación de anaqueles de hierro se alzaban de un extremo al otro de la enorme estancia. Eran muy altos, de cuatro o más metros cada uno, compuesto por ocho estantes dobles y ocupados del primero hasta el último por grandes cajas de cartón. Media docena de bombillas colgaban del techo en distintas áreas estratégicas, y arrojaban su luz sobre los escaparates y cajas tapadas de telarañas, resplandeciendo a través de estas y confiriéndoles al mismo tiempo un halo de apariencia fantasmal.

El piso estaba cubierto de polvo y todavía más cajas; muchas de ellas desfondadas, vertían sus contenidos en inmóviles cascadas de legajos y libros de sueldos. Los vahos de la humedad y el encierro tomaron por asalto a Julián, quien frunció la nariz con desagrado, tal como lo hiciera la simpática encargada de documentación y lo- que- fuese minutos antes. Por el rabillo del ojo distinguió pequeñas formas replegándose hacia los rincones, buscando la protección de la oscuridad sobre sus múltibles patas.

Arañas. Este agujero de mierda debe estar infestado.

No era fóbico ni nada que se le pareciera, pero de todos modos fue incapaz de contener un desagradable hormigueo que le subió por los brazos y el pecho.

—Hay… ¿hay algún sistema de orden acá? —preguntó a su guía mientras iba haciendo acopio de coraje, el suficiente para adentrarse un par de pasos en ese tenebroso, particular universo. Al hacerlo se percató de los rieles que cruzaban el piso, por debajo de los escaparates y en sentido perpendicular a los mismos. Comprendió que cada anaquel iba montado en este triple sistema de andariveles, sobre los que una empuñadura lateral permitía deslizarlos (supuestamente con facilidad) de un extremo al otro de la sala.

—¿Las cajas están numeradas, agrupadas por estantería…?

Asomado tras él, Fede negó con la cabeza. Una expresión divertida, casi irreverente, colgaba de sus largas facciones de mono.

—No, flaco… acá de eso no hay. El que estuvo antes que vos empezó a armar un sistema, pero cuando se fue quedó todo en la nada.

—¿Y cómo hacen para encontrar algo acá adentro?

Lo vio encogerse de hombros con la misma irreverencia, como si le preguntara por algo totalmente ajeno a él y a lo que no le brindaba la menor importancia. Eso enojó a Julián, y su simpatía inicial por el encargado se fue desvaneciendo rápidamente.

—¡Qué sé yo! Antes, cuando las cajas eran pocas, yo me las sabía de memoria y les daba una mano. Pero estos últimos años, la empresa creció tanto que…

—Ya me lo informaron —lo cortó, mientras intentaba ignorar al sexteto de arañas de las llamadas “galponeras”, de cuerpos diminutos y patas desmesuradamente largas, que se paseaban muy orondas por encima y alrededor de una de las cajas volcadas.

No estaba ansioso por escuchar una segunda monserga sobre el “meteórico crecimiento de la empresa”, y definitivamente no de boca del cuidador de un depósito que más que depósito parecía un cambalache gitano.

—Mi predecesor, el encargado anterior… ¿llegó a concretar algo de ese sistema? ¿Dejó algunas notas, por lo menos?

Julián se aferró a la pregunta como un naúfrago al último madero flotando en medio de una tempestad. La respuesta llegó como una ola, que se encargó de echar irremediablemente a pique a todas sus endebles expectativas.

—Nada que yo sepa, flaco. Pero igual duró menos de un mes, así que poco pudo hacer.

—¿Tan poco? ¿Por qué?

Fede alzó los enjutos hombros una vez más. Y repitió más o menos lo mismo del principio:

—¡Qué sé yo! Habrá conseguido algo mejor, que mucho no le habrá costado, ¿no?

Julián echó un vistazo en derredor. Muy a pesar suyo, no pudo evitar estar de acuerdo.

No, mucho no le habrá costado.

 

 

-3

 

—A mí no me traigas problemas, traeme soluciones.

La mirada de la jefa de personal era severa; la cordialidad de la mañana se había esfumado de su voz sin dejar rastro de haber existido alguna vez. Fumaba frente a él sin miramientos, echando humo descaradamente sobre el ya viciado aire de la oficina.

Al parecer, las reglas impuestas por el protocolo de la entrevista laboral ya no se aplicaban. Habían dejado de aplicarse en el mismo instante en que él hubo estampado su firma al pie de su incorporación a la empresa (un sospechoso contrato por tres meses a prueba, junto con un todavía más sospechoso preaviso que debió firmar dejando la fecha en blanco).

—Ese archivo es, si me perdona la expresión, un soberano despelote —expuso con absoluta sinceridad Julián, en tanto luchaba con el acre humo del cigarrillo que invadía sin piedad sus ojos, nariz y garganta—. No hay ningún tipo de orden, la distribución de las cajas y hasta de la documentación que contienen es prácticamente azarosa, y nadie se molestó siquiera en rotularlas o, por lo menos, numerarlas.

La gorda revoleó los ojos, dando una profunda pitada al Philip Morris que sostenía entre los dedos rechonchos, manchados de nicotina. Parecía estar muriéndose del aburrimiento.

—Vos sos, desde hoy a las once y treinta y cinco de la mañana, el encargado del archivo, K…—amagó con un intento por pronunciar su apellido, pero se dio por vencida en el último momento— …Julián. Así que “encargáte”. ¿Dale?

Julián intentó hacerse con una bocanada de aire no contaminado, mientras apelaba a sus reservas de valor para lo que diría a continuación. Se trataba de una decisión inamovible, tomada después de un concienzudo análisis acerca de la tarea que de él se esperaba.

—Y me voy a encargar, pero voy a necesitar empezar desde cero. Borrón y cuenta nueva: sacarlo todo, revisarlo, clasificarlo uno por uno y volverlo a ordenar como Dios manda. Establecer un sistema de códigos, por letras y números, y dejar todo inventariado en un libro de archivos que pienso armar. Ah, y conseguir cajas nuevas y hacer una limpieza a fondo para barrer hasta la última telaraña. Usted autoríceme a cumplir con todo eso, y ahí sí vamos a poder hablar de un archivo de verdad. Por ahora, lo que esta empresa tiene es un cuchitril lleno de papeles viejos, que no sirve más que para amontonar polvo y criar bichos.

Julián completó la última frase con una exhalación, sorprendido de la firmeza de sus propias palabras. Lo hizo dejando la vista perdida sobre la superficie del atestado escritorio, sin atreverse a mirarla a la cara hasta terminar. Cuando lo hizo, vio que María Cristina Bellenger rumiaba en silencio, pensativa, con el cigarrillo colgando de la comisura de sus labios. Le recordó a una vaca a punto de cruzar la ruta: una gran vaca pelirroja de cabeza achatada, balanceándose al final de un cuello corto, carnudo y fofo.

—Eso te llevaría mucho tiempo, y sería una tarea muy demandante —aplastó la colilla contra el cenicero con gesto enérgico, tal vez a modo de ejemplo de lo que podía pasarle si la impacientaba – Y si yo te pido alguna documentación, necesito que me la traigas lo antes posible, así que te estaría interrumpiendo cada dos por tres. Terminarías haciendo las dos cosas a medias: ya sabés que quien mucho abarca…

—Poco aprieta —completó él, sonriendo apenas—. Por eso quiero proponerle algo: mi jornada laboral es de nueve de la mañana a cinco de la tarde, ¿no? Bueno, dentro de esas ocho horas me encargo de buscarle los papeles que necesite y, de a poco, empiezo a organizarme con lo otro. Después de las cinco, cuando ya cierra el área administrativa, puedo dedicarme exclusivamente al tema de la reestructuración. El encargado del depósito me mostró una oficina abandonada al lado del taller, donde puedo instalarme e ir llevándome documentación para clasificar.

—¿De cuántas horas extras estaríamos hablando?

La gorda fue directamente al grano, por lo que Julián resolvió hacer otro tanto.

—Tres por día. Me iría alrededor de las ocho de la noche y no, no pretendo que esas horas aparezcan en mi recibo de sueldo, aunque sí que me las paguen.

—Naturalmente. Serían unos trescientos sesenta pesos al mes.

En realidad, pagando las horas extras como es debido, con un plus del cincuenta por ciento, le correspondían quinientos cuarenta al mes, pero prefirió guardarse el comentario. Ya había obtenido, al menos, una pequeña victoria.

—Y naturalmente también, esta situación… —prosiguió la gorda, mientras hurgaba con los dedos en el interior de un maltratado paquete de Philip Morris. Lucía un anillo dorado en el dedo corazón de la mano derecha, adornado con una flor de ocho pétalos—. Esta situación sería del tipo temporario, hasta haber organizado el archivo de acuerdo a tu… proyecto. ¿No? Una vez terminada la reforma, volverías a la jornada normal de ocho horas.

—Naturalmente —hubo apenas un dejo de burla en su respuesta, que la jefa de personal no notó o no quiso notar.

Sonó entonces el teléfono. A diferencia de en la entrevista, esta vez ella sí levantó el tubo.

—¿Hola? Sí… ¿Vallejos, Carlos Mariano? Sí… sí, pero esa persona no trabaja con nosotros desde fines de febrero de este año. No… no puedo proporcionarle ningún domicilio ni teléfono. La única información que el área de personal puede brindarle es la verificación laboral que le acabo de hacer. De nada, buenas tardes.

La gorda colgó el teléfono con la misma energía que había aplastado el cigarrillo. Dijo, desdeñosa, dirigiéndose a la operadora que había quedado del otro lado de la línea:

—Trabajá, querida. O no des un crédito sin confirmar primero el domicilio.

Miró luego a Julián, como excusándose por la interrupción.

—Una tarada del área de cobranzas de Red Megatone —explicó—. Justamente preguntaban por el encargado anterior del archivo, que al parecer les dejó algunos muertos antes de borrarse. Acá eso es cosa de todos los días. ¿En qué estábamos?

—Quedamos en que cuando termine de reorganizar el archivo, dejo de hacer horas extras.

—Eso mismo, Julián. Y ponéte las pilas, porque si voy a darte la oportunidad de trabajar esas horas y convencer a los de finanzas para que te las paguen, más vale que veamos resultados.

Julián la miró con la cabeza ladeada y las cejas enarcadas, luciendo el estoicismo impasible de un condenado.

—Sé que estoy a prueba por tres meses. Si para dentro de dos no terminé el trabajo, puede despedirme con un mes de sobra.

La gorda encendió el nuevo cigarrillo antes de inclinarse poco a poco hacia delante, acodándose sobre el escritorio. La sonrisa que bailoteaba en sus labios era casi seductora.

—No quieras correrme con eso. Y no pienses que no lo haría, bombón —inhaló el placer mortal del humo, que luego soltó frente al rostro de Julián con una ceja levantada, como lo haría una Kim Novak o Ava Gardner con sobrepeso—. Acá no lo pensamos dos veces a la hora de despedir gente.

Él contuvo las ganas de toser. Al hacerlo, se guardó también otro comentario:

Así debe ser, si a todos les hacen firmar un preaviso en blanco con la incorporación.

 

 

-2

 

Julián empezó a trabajar como encargado del archivo de “Centinel S.A.” un lunes a media mañana, el mismo día de su entrevista. Para el día siguiente, el martes, ya había sustituido su camisa celeste de mangas cortas y su pantalón pinzado negro por una sudadera gastada y el pantalón de jogging más viejo de entre los que poblaban su placard. A fin de cuentas, su trabajo consistía en pasearse entre escaparates polvorientos, festoneados de telarañas, y revolver entre las cajas y montañas de papeles que allí habitaban, ignorados o deliberadamente olvidados por aquellos que formaban parte de la fachada más pulcra, más presentable de la empresa. Gente como Paola Constantini, la curvilínea encargada de documentación y no- sé- qué- más. Y, hasta cierto punto, gente como María Cristina Bellenger.

De nueve a cinco, Julián se encargaba de procurar la documentación que la jefa de personal le pedía, a través de un teléfono interno instalado en el lúgube cuartucho que él insistía en llamar “mi oficina”. El título, más irónico que otra cosa, lo recibía una habitación minúscula de menos de dos por dos, techo bajo y paredes que, por culpa de la humedad, parecían sufrir de un severo caso de varicelas. Fede lo ayudó a equiparla con lo indispensable: una vieja mesa de formica negra y una aún más vieja silla de madera que lo hacía bailotear frenéticamente sobre su pata coja. También se ocupó de colocarle una bombilla y de conectarle el teléfono, con lo que la oficina del encargado del archivo quedó finalmente operacional.

Pasó una semana.

Además de toda la ayuda que le había brindado, el cuidador del depósito casi siempre estaba ahí para darle una mano y orientarlo entre la maraña de documentos viejos, algunos de ellos de casi veinte años de antigüedad. Y en los ratos libres se aparecía con el termo y el mate, dispuesto a hacerle compañía. De esos breves intervalos de ocio entre un mate y otro, Julián supo que Federico trabajaba en la empresa desde la fundación de la misma, en 1990. Y que estaba a cargo del depósito desde más o menos 1995.

—¿Llevás diecinueve años trabajando acá? —se asombró Julián.

Fede hizo un asentimiento ausente mientras le cebaba un mate. El tatuaje en la cara interna de su antebrazo derecho, que ahora podía ver con mayor claridad, parecía una estrella negra de múltiples puntas.

—Era un pibe cuando arranqué como “vigi”… tenía veintiún años. La empresa la dirigía el viejo Perales, un coronel retirado del ejército, y todo se hacía a una escala mucho más chica, casi como un negocio familiar. Al principio teníamos las oficinas en un edificio del centro y cuidábamos un par de objetivos, nomás: un par de bancos, el diario y algunos comercios del centro. Cinco años después, cuando nos mudamos para acá, pasé a hacerme cargo del depósito. O del “pañol”, como le decía el viejo Perales.

Julián sorbió por la bombilla. La infusión estaba caliente y amarga, y él la pasó por la garganta sin apartar los ojos de Fede ni su atención del relato.

—Todo esto —hizo un gesto amplio con el brazo, que abarcaba mucho más allá de la reducida estancia— no existía. El depósito era la parte de adelante nada más, que se usaba también como taller para los móviles de patrulla (que eran solamente tres).

Fede le contó como toda la parte trasera del depósito, incluído el archivo, había sido levantada alrededor del cambio de siglo, cuando el crecimiento de la empresa obligó a hacer lo mismo con la burocracia que la sostenía.

—El viejo pasó a mejor vida en el 2002 —pausó un momento, dando un sorbo tan largo que hizo protestar al mate con una sonora succión—. Los hijos vendieron la empresa a fines del 2003, después de por poco fundirla. Hasta entonces, siempre la había manejado gente elegida por el viejo: ex oficiales de ejército y de marina, policías y agentes de prefectura retirados, tipos que sabían mucho de seguridad pero muy poco de cómo llevar un negocio. Cuando se hicieron cargo los nuevos socios hubo muchos cambios: trajeron abogados, contadores, gente con títulos universitarios…

A Julián la imagen de la rolliza jefa de personal le vino a la mente de inmediato.

—Como la Bellenger —acotó.

Fede asintió con un guiño de complicidad. Dijo, mientras le cebaba un mate lavado en el que flotaban los palos de la yerba como los últimos despojos de un naufragio al garete:

—Tal cual. A ella la trajeron los nuevos socios, y fue la que se encargó de la mayor parte de los cambios. Y de dejar a un montón de gente en la calle, de pasada. Pero lo cierto es que, desde que ella está al frente, la empresa fue creciendo hasta convertirse en el monstruo que es ahora.

—Así que algo bien debe estar haciendo —concluyó Julián, tomándose el mate lavado por no despreciar y apresurándose en dar las gracias.

—Provecho, flaco —sonrió él, con su mueca irreverente que ya había empezado a conocer. E incluso a tolerar.

Sonó el interno. Era la Bellenger, que necesitaba los libros de sueldo de octubre y noviembre del 2001. Antes de que colgara el tubo, Fede ya había recogido el termo y el mate de la mesa y se disponía a irse.

—El deber te llama, charlamos más tarde. Cualquier cosa que precises, chiflame. ¿Dale?

Después de las cinco, cuando por fin cesaban las interrupciones, Julián podía dedicarse de lleno a trabajar en el archivo. Había optado por empezar con los legajos de personal, gente que ya no trabajaba en la empresa pero cuya información se conservaba en caso de necesitar referencias futuras. Para su desdicha, se dio cuenta de que el volumen de documentación era tal que iba a necesitar no un solo libro de archivos sino varios: uno para cada categoría. Así pues, resignado a que lo suyo era, más que un sacerdocio, un auténtico martirio burocrático, dedicó su primera semana de trabajo a rastrear, localizar y ordenar las cajas y carpetas sueltas correspondientes al personal, así como a confeccionar el libro en el que iba volcando los datos. Federico le consiguió cajas nuevas, limpias, resistentes, y él poco a poco las fue llenando de legajos. Las etiquetó a todas con la letra P seguida de un número y, para la última hora del viernes, tenía completas desde la caja P- 001 hasta la P- 011, abarcando de este modo a todos los empleados que habían pasado por la empresa desde 1990 hasta 1993.

No estaba nada mal para una primer semana. De hecho, estaba muy bien y se sentía muy satisfecho con su trabajo. No así con su vida personal.

No estaba lo que se dice eufórico después de su primer día en la empresa, pero sí razonablemente feliz. Iba a ganar alrededor de dos mil pesos al mes; aunque lejos de ser una fortuna, esa plata le permitiría mudarse del cuartucho de soltero que alquilaba en el piojoso antro que su casera dignificaba con el nombre de pensión, pero que en la realidad se trataba de un conventillo con todas las letras. Podría alquilar al fin un departamento como la gente, un lugar digno donde vivir con tu mujer y criar a tu hijo.

El problema era que su mujer, o la destinada a convertirse en ella y que cargaba con el hijo de ambos en su panza desde hacía seis meses, no contestaba sus llamadas. Él la telefoneó a toda hora, le dejó mensajes en el contestador y le envió un mensaje de texto tras otro hasta que su celular se quedó sin crédito. Nada. Ni una respuesta. Más de una vez pensó en ir directamente a su casa, pero Valeria vivía con sus padres y ni estos ni sus hermanos albergaban buenos sentimientos hacia él. Tampoco podía culparlos.

Pero si me dieran tan sólo una oportunidad, nada más que una oportunidad… puedo mostrarles que cambié, que ya no soy el mismo. Si pudieran ver que el vago irresponsable que le llenó la panza de humo a su hija, para después borrarse olímpicamente del mapa, es ahora un hombre hecho y derecho, con un empleo digno y dispuesto a asumir sus responsabilidades como esposo y padre… ¿me darían otra oportunidad?

Llegó el viernes y Julián seguía sin tener respuesta. Resolvió que dejaría pasar una semana más y entonces sí, si Valeria se empeñaba en ignorarlo, él iría a verla. Le gustara a sus padres o no.

 

 

-1

 

Pasó el fin de semana enclaustrado en su departamento, mirando películas por su conexión de cable clandestino, sin salir más que para hacer algunas compras. Sábado y domingo se le antojaron lentos, cargados de tedio, y no es exagerado decir que prácticamente saltó de entusiasmo al escuchar la alarma del despertador el lunes por la mañana, anunciando el inicio de una nueva jornada laboral.

Julián se duchó, se afeitó, tomó un rápido desayuno consistente en una taza de café y dos facturas del domingo, ya algo resecas, y salió a la calle.

El lunes y el martes fueron días tranquilos, en los que la jefa de personal casi no requirió de sus servicios, gracias a lo cual pudo llenar dos cajas más con legajos de personal: la P- 012 y la P- 013. Conservaba las trece cajas amontonadas en su oficina, donde pensaba tenerlas hasta terminar con la documentación de personal. Una vez conseguido esto, tenía planeado designar un área específica de los escaparates del archivo donde ubicarlas.

—¡Te van a tapar las cajas, flaco! —bromeó Fede en una de sus habituales visitas, mientras daba un rodeo para llegar hasta la mesa con el termo y el mate.

Julián le preguntó por los encargados del depósito que habían estado antes que él, pero las respuestas que obtuvo en esta ocasión fueron bastante escuetas.

—Mirá, del año pasado a este pasaron cinco pibes por el puesto. Creo que el que más duró, estuvo dos meses.

—¿Por qué? —insistió él—. ¿No se adaptaban al trabajo, tuvieron problemas con la jefa de personal?

Fede negó con la cabeza.

—Tengo entendido que María Cristina no despidió a ninguno, todos se fueron solitos. Y si se adaptaron o no al laburo, no sabría decirte… traté muy poco con ellos.

Julián acercó el mate, que había dejado en espera hasta completar unas anotaciones en su libro, y sonrió antes de llevarse la bombilla a los labios.

—Ah, ¿a ellos no ibas a cebarles mate?

Fue el turno de Fede de sonreír, sacando a relucir dos líneas de dientes blancos y grandes, que iluminaron el rostro velludo y acrecentaron aún más su aspecto de simio.

—No eran tipos simpáticos como vos, flaco.

Lo que iba a pasar, pasó el miércoles después de las siete. Cerca de las siete y media.

Julián llevaba alrededor de una hora buscando unos legajos correspondientes al año 1994, los últimos que le faltaban para llenar la P- 014, y ciertamente (menos por dedicación que por mera tozudez) no quería irse sin haberla completado. Basándose en el listado, sabía que eran sólo tres los legajos faltantes, y registró concienzudamente el archivo en su búsqueda. Su pesquisa lo llevó hasta el anaquel del fondo, uno que permanecía contra la pared de la izquierda, a la que parecía adherido por una espesa capa de telarañas. Por alguna razón, ya fuese fortuita o deliberada, la luz que llegaba hasta allí era muy poca y dejaba al anaquel envuelto en penumbras, en su mayor parte fuera de la vista. Julián se acercó a él, cogió la abrazadera lateral y tiró.

Nada.

El enorme mueble no se deslizó ni un centímetro sobre los rieles en los que iba empotrado. Acalorado por la creciente frustración, convencido para estas alturas de que el trío de legajos faltantes se encontraba caído detrás de ese anaquel en particular y no de otro, Julián se aferró con ambas manos a la abrazadera y esta vez tiró con todas sus fuerzas. El mueble cedió, permitiendo al horror desfilar desnudo ante sus ojos. Al mismo tiempo que la surreal imagen del cuerpo rígido de la víctima remolcada por sus cientos de asesinas se iba dibujando en toda su insólita, su enloquecedora magnitud, una de ellas, asesina peluda de ocho patas que descendió silenciosa por el borde del escaparate, hundió sus colmillos en su mano derecha.

Julián sufrió una punzada fortísima en la región carnosa comprendida entre su pulgar y su índice, seguida de la nada grata sensación de ser inyectado con ácido de batería. Apartó la mano con un movimiento brusco, como quien recibe una inesperada descarga al conectar un aparato al tomacorriente, y profirió un quejido y unas cuantas palabrotas. Sin apartar ni por un momento, empero, los ojos de la escena que frente a ellos se desarrollaba.

Un latido de corazón después, reconoció al gato muerto.

Dos latidos, y recordó su nombre.

—”Betún”. ¿Qué te pasó, “Betún”?

Tres latidos, y perdió el conocimiento.

 

1

 

Arañas. Ni decenas, ni centenares. Miles de ellas trepaban por su cuerpo, cosquilleándole con sus millares de patas, envolviéndole como un repulsivo traje lanudo y pulsante. Aún no lo picaban, no había llegado el momento. Pero lo harían, y los colmillos que aguardaban desplegados, relucientes de ponzoña, bajo la infinidad de ojos bulbosos que no dejaban de observarlo daban terrible testimonio de sus intenciones. Julián estaba demasiado aterrado como para moverse. Demasiado como para gritar, temiendo que alguna de las que trepaban hasta su rostro aprovechase la ocasión de metérsele por la boca.

Finalmente envolvieron también su cabeza, cubriéndola como un pasamontañas viviente. Treinta, cincuenta, tal vez un ciento de ellas se pasearon impertinentemente alrededor de su cara, y Julián pudo sentir el hormigueo de sus cuerpos en las mejillas, la frente, en el puente de la nariz, sobre los párpados…

Cerró los ojos y los apretó con fuerza, una última y desesperada defensa contra lo inevitable.

“¡Flaco!”

En medio de la oscuridad, del océano de patas velludas y colmillos venenosos en el que se hundía sin remedio, alguien le arrojó un salvavidas.

“Flaco… ¿me escuchás? Miráme, flaco…”

No, no voy a abrir los ojos. Es una trampa, es lo que ellas están esperando. Tienen los colmillos listos, las muy hijas de puta, y en cuanto abra los ojos…

Recibió un golpe en la mejilla. Una bofetada suave, sin más intenciones que las de hacerlo reaccionar. Y luego otra más. Para cuando vino la tercera, ya había relajado sus párpados y permitido a sus ojos el abrirse muy lentamente.

—Está reaccionando —dijo una segunda voz, fuera de su radio de visión. La primera, la que lo había arrancado de la pesadilla del millar de arañas y devuelto al incierto remanso de la realidad, era la de Federico Comignani.

Su rostro fue lo primero que vio al enfocar la vista. Su rostro simiesco inclinado sobre el suyo, más largo y macilento que de costumbre a causa de la preocupación que en él se reflejaba.

—¿Te sentís bien, flaco? —insistió.

Su primer reacción fue mirarse la mano derecha, donde exhibía la doble marca violácea de la picadura. No había sido un sueño.

Entonces, si lo de la picadura fue real…

La revelación le penetró el cerebro como una esquirla de hielo entre los ojos. La imagen de “Betún” muerto, y de su cuerpo arrastrado por una miríada de arañas desfiló por su mente con espeluznante claridad. Se levantó de la silla (ya que, por alguna razón, se encontró sentado en una) como impulsado por un resorte oculto bajo sus nalgas.

—¡Arañas! —fue todo lo que exclamó. Una mano grande se apoyó sobre su hombro, frenándolo y devolviéndolo a la silla, sin violencia pero sí con firmeza.

—Cálmese, señor.

La segunda voz, al igual que la gran mano, pertenecían a un corpulento vigilador de cabeza rapada y rasgos cuadrados.

No es un vigilador, es un conductor se corrigió al ver que el color de su uniforme no era azul sino negro. Tardó unos segundos más en reconocerlo: se apellidaba Kraus y le decían “el Alemán”.

Julián opuso algo de resistencia, pero la presión ejercida por ese hombretón que lo aventajaba en al menos veinte kilos bastó para mantenerlo sentado y quieto.

—Sí, te picó una araña —le explicó Fede en un tono mesurado, conciliador, como quien intenta hacer entrar en razones a un chico emberrinchado—. Te levantó algo de fiebre y al mismo tiempo debió bajarte la presión, por eso te encontré desmayado en el archivo. Kraus me ayudó a traerte hasta acá.

“Acá”, por lo que le dejaban ver sus ojos, era el centro operativo de la patrulla, la oficina más cercana al archivo después de la suya. Había otras dos sillas vacías en la sala, sin contar la ocupada por él; una de ellas del otro lado de un amplio escritorio metálico de aspecto espartano, sobre el que descansaba un voluminoso equipo de radio al lado de un mucho más pequeño teléfono. Era el puesto reservado al jefe de patrulla, quien de todos modos no se encontraba en esos momentos en la empresa.

“Betún” fue la segunda palabra que le vino a la mente, inmediatamente después de “arañas”. Esto hizo que Federico y “el Alemán” lo miraran, intrigados.

En pocos segundos les relató el horror del que había sido testigo detrás del último anaquel del archivo. Provocó con ello reacciones dispares: Kraus frunció el entrecejo mientras que una sonrisa de incredulidad (una sutil variante de su consabida mueca irreverente) pintó con sus colores la faz de Fede.

—¿Qué decís, flaco? Si cuando yo te encontré, el estante apenas estaba corrido de lugar. ¡Y no había nada ahí!

La negación de su historia sólo consiguió ponerlo más nervioso, acercándolo al terreno de la histeria. Una y otra vez volvió sobre las doscientas, trescientas o más asesinas que había visto en ese lugar, entrando y saliendo del boquete en la pared, cargando con el cadáver de su víctima encima de ellas. Repitió el relato hasta que la impotencia y la desesperación lo hicieron quebrarse en un llanto entrecortado.

Fede chasqueó la lengua y meneó la cabeza de un lado al otro. Cuando le palmeó lentamente la espalda, Julián no detectó en él ánimo alguno de burla sino más bien una genuina solidaridad.

—Flaco… Julián, tranquilizate un poco, ¿dale? Ya te dije lo que pasó: te picó una araña, te descompensaste y te levantó un poco de temperatura. Es más, voy hasta el botiquín a buscarte un antibiótico…

—No, no quiero pastillas.

Una voz crepitante anunció desde el equipo de radio que finalizaba su ronda sin novedad. El Alemán rodeó el escritorio en dos zancadas para responderle.

—Bueno, entonces andá a tu casa a descansar —terció Federico—. Pasás hasta doce horas al día acá metido (lo que de por sí ya es insalubre, yo sé de lo que hablo), estás cansado, pasado de vuelta, tenés tus rollos personales…

¿Rollos personales? repitió para sí. ¿Le había contado sobre Valeria y el bebé que estaba esperando? Posiblemente, en una de sus muchas charlas mate por medio, aunque en ese momento no podía acordarse con claridad.

—…hacéme caso, Julián: curáte esa picadura con desinfectante, tomá una aspirina para la fiebre, date una ducha y metete en la cama. Y ni pienses en el archivo hasta mañana, ¿dale? Lee un libro o mirá una película.

—Yo lo puedo acercar en el móvil —se ofreció el Alemán, y Fede estuvo de acuerdo.

—Mejor, así no camina hasta la casa, que todavía debe andar medio mareado.

Julián se frotó los ojos llorosos con el revés de la zurda. La derecha todavía le ardía en el lugar de la picadura y se sentía acalorado, además de una insistente pesadez que machacaba entre sus sienes. Estaba un poco afiebrado, de eso no tenía duda. ¿Habría soñado todo aquello? No era algo en lo que tenía ganas de pensar. No cuando le resultaba tan fácil evocarlo, y volver a vivirlo en el ojo de su mente.

Aceptó la invitación de Kraus de llevarlo hasta su casa en la patrulla. Antes de irse, les dio las gracias a los dos por todo lo que habían hecho por él. Se sentía muy cansado y vulnerable, y debió hacer un esfuerzo para mantener a raya el llanto.

Fede se encogió de hombros y volvió a palmearle la espalda. La sonrisa desfachatada había vuelto.

—Si no nos cuidamos entre nosotros, ¿quién nos va a cuidar? ¿La jefa de personal?

Y lanzó una risa contagiosa a la que él, e incluso el parco Alemán, se sumaron.

 

 

2

 

Tal como le sugirió Fede, se dio una ducha, tomó una aspirina y se metió en la cama. Esa noche durmió profundamente, aunque al día siguiente se despertó sobresaltado, bañado en transpiración y sintiendo hormigueos en todo el cuerpo: la sensación residual de un mal sueño que (afortunadamente) no fue capaz de recordar.

En el trabajo todo anduvo más o menos normal. Pasó la mayor parte del tiempo en su improvisada oficina, poniendo al día el inventario de legajos, y solamente entró al archivo a buscar unos expedientes para María Cristina. Evitó convenientemente en todo momento acercarse al último anaquel de la fila, que permanecía pegado a la pared del fondo, fuera del alcance de la luz de las bombillas. La sombra impasible de un gigante de hierro, los últimos rescoldos de una pesadilla.

Cuando entró en la oficina de la jefa de personal con los expedientes polvorientos bajo el brazo, la encontró fumando como de costumbre. El humo del cigarrillo era una presencia constante allí, e impregnaba las paredes, los muebles, la ropa y hasta a las personas. Julián fabuló que, de renunciar María Cristina al día siguiente y aunque nadie volviese a fumar jamás en esa oficina, todas esas toxinas persistirían ahí dentro por años. Como un Chernobyl de nicotina.

—Gracias, Julián. Dejálos ahí —señaló con la cabeza un espacio libre, el único que quedaba entre las montañas de papeles y carpetas que poblaban el escritorio. No levantó la vista de su computadora, pero cuando Julián estuvo a punto de salir pareció recordar algo y lo detuvo.

—Esperá, Julián. Vení, quedáte un minuto… cerrá la puerta y sentáte, por favor.

Él hizo lo que le decía, sin escapársele el detalle de que había vuelto (por el momento al menos) al tono cordial del día de la entrevista. Dudaba entre si eso era un buen augurio para su persona o todo lo contrario. Conociendo su suerte, se fue decantando por lo segundo.

¿Le habrá contado algo Fede de lo que pasó ayer? ¿Pensará que soy un loquito o un falopero, que anda alucinando cosas por ahí?

Para su sorpresa, estaba agradablemente equivocado. Con una sonrisa y una voz suave que rayaba en lo melosa, la gorda le comunicó lo conforme que estaba con su desempeño, lo eficiente que era y la total dedicación y responsabilidad que había demostrado desde el primer día. Sentado frente a ella, Julián recibió la andanada de cumplidos sin que se le moviera un músculo de la cara. A medida que se fueron disipando sus malos presentimientos, empezó a ensayar tímidamente una sonrisa.

—No quiero prometerte nada, pero de acá a un tiempo, cuando termines de reorganizar el archivo y si dejás todo bien ordenado, como para que Federico pueda hacerse cargo… —la gorda dejó la oración en vilo, regodeándose casi hasta niveles eróticos en la expectación que, sabía, había creado en él. Julián lo notó, y la odió un poco por eso—… voy a consultar con los socios, a ver si podemos pasarte conmigo, al área administrativa. Hace rato que necesito a alguien eficiente y confiable para que me dé una mano como mi asistente. ¿Qué te parece?

La Bellenger le sonrió mientras se ofrecía a abrirle las puertas del paraíso prohibido.

Después del Purgatorio te ofrezco el Edén, pensó Julián. Pero no escuchó ningún coro de ángeles cantando a su alrededor, ni sintió el impulso de postrarse en gratitud y beatífico recogimiento.

—Le agradezco por la oportunidad que me da —se limitó a responder—. Y me comprometo a seguir dando mi mejor esfuerzo.

María Cristina apagó el cigarrillo muy lentamente, retorciendo la colilla contra el cenicero sin quitarle los ojos de encima. Una vez más, volvía a meterse en el papel de la “femme fatale” entrada en carnes.

—Estoy segura de que no me vas a decepcionar, bombón.

 

 

3

 

Los tres legajos faltantes para completar la caja P-014, los mismos por los que había vuelto el archivo patas arriba la noche anterior (y por los que había recibido también el doloroso recuerdo en su mano derecha, que por momentos no podía parar de rascarse) aparecieron prolijamente apilados sobre su escritorio, poco después del mediodía. Julián se los encontró al volver del almuerzo, en compañía de una nota garabateada a mano:

Para que no andes metiendo la mano donde no debés. La próxima vez que necesites algo, pedímelo. ¡Zapallo!

No necesitó leer la firma para imaginarse al autor, cuya mueca burlona creyó ver en cada palabra, en cada trazo apresurado sobre el papel.

Sonriendo para sí, marcó el número del interno de Fede con ánimo de darle las gracias, pero nadie levantó el tubo en su oficina. Recordó que al susodicho también solía vérselo mateando con los conductores, y llamó a la central de patrulla.

—Salió —le informó el Alemán, con su usual laconismo—. Fue a retirar un pedido de uniformes. Se llevó la camioneta.

Se produjo una pausa del otro lado del tubo; Julián calculó que Kraus sopesaba entre preguntar o no lo que al final acabó preguntando:

—¿Está bien, Kumorkiewicz? ¿Necesita algo?

Le respondió que no, que todo estaba bien por ahí y que en lo que iba del día no había visto hordas de arañas llevando ningún gato muerto. Lo dijo en un tono despreocupado y chistoso, seguido de una risa artificial que no tardó en morir en su garganta. Pues en su mente volvía a ver el último anaquel de la fila, silencioso y avizor desde el rincón más oscuro del archivo. Y comprendía, al hacerlo, que su broma no tenía un carajo de gracia.

Sobre todo porque desde ayer que no veo al pobre “Betún”.

—Está bien, Kumorkiewicz. Cualquier cosa que precise, llame.

El Alemán colgó, dejándolo maravillado con la impecable pronunciación de su apellido. Aunque, reflexionó ácidamente irónico, quizá el mérito no fuese suyo sino de sus genes, de su herencia. La llamada “memoria racial”.

A fin de cuentas, su abuelo bien pudo haber conocido al mío. A los alemanes se les daba por visitar Polonia en aquellos días.

Serían alrededor de las siete cuando, vencido por una curiosidad trocada por poco en desesperación, sumada al malsano y a la vez tan humano impulso de hacer lo indebido en pleno conocimiento de ello (como olerse los dedos inmediatamente después de haberse rascado el culo) Julián avanzó con paso lento hasta el último anaquel del archivo.

El gigante de hierro seguía ahí mismo, inmóvil al amparo de las sombras, engalanado bajo blancas guirnaldas de telarañas. A Julián le empezó a picar furiosamente la mano no bien dio el primer paso, una sensación que fue en aumento conforme se iba acercando. Esta vez fue mucho más cauteloso, y recorrió con los ojos el costado del mueble antes de agarrarse de la abrazadera. Cuando se inclinó hacia atrás para dar el tirón con las dos manos, el anaquel cedió casi sin oponer resistencia. Se deslizó por encima de las guías más de lo planeado, estando a punto de chocar con el siguiente de la fila.

Julián se asomó al espacio que había dejado libre: un pasillo formado por el escaparate a la derecha y la pared de la habitación a la izquierda, de casi dos metros de ancho por cuatro o cinco de largo y empapado de un hedor húmedo, mohoso. Lo hizo con el corazón en vilo y un alarido a la espera, sin dejar de rascarse la mano, preparado para el horror que podía, o más bien que esperaba, encontrar.

Se sintió un poco decepcionado al encontrarse sólo con un piso polvoriento, con telarañas sobre techo y paredes (pero ninguna de ellas albergando gorriones muertos, murciélagos ni palomas) y con algunas arañas que, espantadas por la brusca intromisión del humano, huyeron trepando en ambas direcciones (mas no tan grandes ni mucho menos tantas como para cargar con el cadáver de un gato).

La decepción inicial fue cediendo terreno al alivio. Lo había imaginado todo, alucinando en su estado febril después de la picadura de la araña. Y de hecho la pared del fondo que hacía esquina con la de la izquierda presentaba una gran mancha de humedad, que él sin duda había tomado por la siniestra boca de una cueva por donde entraban y salían cientos de arañas, y por la que estas mismas se habían llevado el cuerpo rígido de “Betún”.

Julián empezó a reír. Fue una carcajada solitaria que levantó eco en la habitación vacía. La mano le picaba cada vez más, y se rascó hasta hacerse sangre.

—¡Ah! —soltó el quejido, al desprenderse la costra de la pequeña herida.

La exclamación se le ahogó en la garganta, a medias entre la boca y el pecho, y trastabilló como un borracho cuando el impacto le aflojó las rodillas. Fue como si el súbito ramalazo de dolor lo hubiese abofeteado con fuerza, despabilándolo para que contemplara la verdad frente a sus ojos.

—Dios… —murmuró. Aunque Dios, si existía, no tenía nada que ver con aquello.

El último anaquel, las paredes, el suelo… todo rezumaba arañas. Las había diminutas y también más grandes que la mano de un hombre; las había negras, las había pardas e incluso moteadas, peludas y no tanto… Ora subían y ora bajaban deslizándose por sus telas, ora se amontonaban unas sobre otras para dar vida a la superficie ondulante que alfombraba el camino hasta la boca de la cueva, que siempre había estado allí.

Supo (sin saber realmente por qué) que la entrada a la cueva marcaba un límite, una frontera invisible entre el mundo prosaico, racional, que conocía y otro diferente, mucho más antiguo y terrible. Y al mismo tiempo atrayente.

Su mano lastimada ardía y la sangre le corría limpiamente en un finísimo hilo rojo oscuro, que ya goteaba siguiendo la línea de su muñeca. Julián la ignoró. Por encima de su cabeza volvía a tejerse el viscoso entramado blanquecino, del que colgaban las carcasas resecas de insectos, aves y roedores. Y al final de ese corredor de pesadilla, la boca de la cueva que se abría ante él. Sugerente como una vagina deseosa, húmeda, ávida de ser penetrada.

Y él avanzó por encima de la alfombra viva que crujía y se deshacía bajo el peso de sus pisadas, dispuesto a complacerla.

 

 

4

 

Pensó que en verdad se trataba de otro mundo, ya que lo que halló al cruzar la boca de la cueva no respondía a la realidad del suyo. ¿Cómo podía explicar, si no, el encontrarse en el interior de una caverna natural, parado sobre un piso de tierra blanda, arcillosa, y rodeado por escarpadas paredes de roca viva?

—Dios… —invocó nuevamente en vano, pues el mencionado no tenía voz ni voto en esos dominios.

Cada centímetro cuadrado del techo de la vasta galería estaba cubierto por telarañas, gruesas como redes de pesca. La luz que llegaba desde el otro lado era escasa, pero le permitía adivinar los contornos, las formas que de allí colgaban: ratas, gatos e incluso perros callejeros, presas de mayor tamaño que la benevolente penumbra le impedía distinguir con claridad. No lo necesitó para saber que el pobre de “Betún” se contaba entre ellas.

—Dios… —repitió por tercera vez, cambiándolo luego por un mucho más adecuado:

—La puta que lo parió mil veces

Aquí no había arañas en el suelo, ni en las paredes. Pero cientos de ellas, tantas o más que en el pasillo, recorrían el denso dosel de telarañas tejidas entre las estalagmitas, creando la espeluznante ilusión de un techo vivo, pulsante, que hervía en constante movimiento.

Varios metros por delante, hasta donde arañaban los últimos vestigios de luz con las puntas de los dedos, la galería parecía desembocar en otra aún mayor. Y una suposición espantosa asaltó la mente de Julián.

Si las presas de estos bichos van creciendo a medida que me voy adentrando… ¿con qué me voy a encontrar ahí?

No quiso imaginárselo, ni mucho menos comprobarlo. Resistiéndose al irracional impulso que lo instaba a seguir adelante, a continuar explorando ese recién descubierto mundo de pesadilla, Julián dio media vuelta y dejó tras de sí la galería, así como el pasadizo oculto atrás del último anaquel del archivo.

Salió con pasos largos y presurosos, casi corriendo, y estuvo a punto de chocar contra una montaña humana que le bloqueaba el acceso a la puerta. La montaña vestía uniforme negro, de conductor. La oscuridad le caía sobre la cara, como una máscara de sombras.

—No debió volver ahí, Kumorkiewicz —le dijo la montaña, y él no necesitó verle el rostro para reconocer al Alemán Kraus. Ni más advertencia que el dejo de amenaza en su voz para retroceder y ponerse a la defensiva.

Algo que probaría ser una acertada decisión.

El Alemán se adelantó dos pasos. En cuanto lo vio pasar por debajo de una bombilla, Julián advirtió que algo andaba mal con su rostro. Tal como le había pasado con el corredor minado de arañas, en este caso también el velo de la ilusión se descorría para permitirle echar un vistazo a la realidad escondida del otro lado.

En primer lugar, el gigantón que se le acercaba con los brazos extendidos y las manos imitando garras no poseía dos ojos sino seis; ojos redondos, brillosos y completamente negros, distribuidos de dos en dos a lo largo de su gran cabeza calva.

En segundo lugar, su quijada era prominente a niveles caricaturescos y la barbilla sobresalía como la de un superhéroe de dibujos animados.

—Debió hacernos caso, Kumorkiewicz. E haía io ejor…

No llegó a entender la última frase, más que nada porque la quijada de Kraus acababa de partirse en dos a la altura del mentón, separándose en un par de afiladas mandíbulas aracniformes. Completando el horror, la camisa del uniforme se le desgarró a los lados y dos pares extras de extremidades brotaron de su torso. Cuatro apéndices largos, negros y nervudos, cubiertos por una capa de vellos gruesos como alambres.

—Eió ha´ernos aso, Umorie´iz —repitió ininteligiblemente esa monstruosidad, híbrido grotesco entre una araña y un hombre de ciento diez kilos.

Julián soltó un alarido y corrió, intentando rodearlo para ganar la puerta. Kraus, o la cosa que alguna vez había aparentado serlo, probó que podía ser rápido cuando lo necesitaba. Una de sus nuevas extremidades restalló como un látigo y lo alcanzó a mitad de camino. Julián sintió un golpe muy fuerte a la altura del pecho, que lo dejó sin aire y lo arrojó hacia atrás, hasta dar con su espalda contra uno de los anaqueles donde quedó tirado y semidesvanecido.

El monstruo se le acercó raudo. Ya no se molestaba en caminar como el hombre que no era, sino que se desplazó sobre seis de sus ocho miembros, dejando los brazos libres y el tronco ligeramente arqueado. De este modo avanzó velozmente, las mandíbulas rasgando el aire en furiosos chasquidos con cada séxtuple paso que daba.

En dos segundos lo tuvo encima. Las ideas de Julián apenas empezaban a aclararse después del golpe cuando se sintió alzado en vilo como un muñeco, aferrado por cuatro extremidades de las cuales sólo dos eran humanas. Dos apéndices largos, flexibles y fuertes como cables de acero lo sujetaron por debajo de las axiles, mientras que las ya conocidas manazas de Kraus rodeaban y oprimían su garganta. Motas negras empezaron a aparecer delante de sus ojos, enturbiando una visión que nunca llegó a aclararse del todo.

Julián gruñó, jadeó, pataleó… mientras luchaba por respirar, decidió que quería seguir viviendo. Para arreglar las cosas con Valeria, para ver nacer a su hijo, para verlo crecer. Para convertirse en un padre y, si ella lo aceptaba de nuevo, también en un marido. Era tanto lo que le ofrecía la vida, que no podía permitirse morir ahí, en ese archivo mohoso y por la mano de ese monstruo. Sus manos treparon, frenéticas, por la estantería que tenía a sus espaldas. Sus dedos se aferraron a una de las cajas, hundiéndose como garras en el cartón corrugado, y tiraron de ella con toda la fuerza de sus hombros.

La dejó caer sobre él, estrellándose contra la calva de Kraus en una nube de polvo, desfondándose luego en una lluvia de gruesos libros de sueldo que cayeron en todas direcciones. El golpe no lastimó a la criatura, pero por lo menos la aturdió lo suficente como para que Julián pudiera zafarse de su abrazo. Cayó al suelo, se alejó reptando sobre rodillas y manos y en algún momento logró recuperar la verticalidad. Entonces echó a correr.

Corriendo ganó la puerta del archivo, la abrió de un tirón casi sin detenerse y pasó al otro lado. Le quedaban menos de cinco metros para trasponer la mampara de chapa y salir al pasillo del depósito. Y de ahí, al patio. Y de ahí a la seguridad de la calle, lo más lejos posible del infierno en miniatura que albergaba ese archivo de mierda.

El golpe vino desde el otro lado de la mampara, y no lo vio llegar hasta una fracción de segundo antes de recibirlo en pleno rostro. El golpe le hizo voltear la cabeza y girar en el mismo sentido, rebotando contra la pared antes de irse de bruces al suelo, en medio de una arcada de sangre y esquirlas de dientes. Tenía la mandíbula rota. Lo sabía con certeza y no a causa del dolor (estaba demasiado cercano a la inconsciencia como para sentir alguno), sino de la sensación de que algo colgaba suelto de su rostro.

Su atacante se le acercó por detrás y lo dio vuelta con el pie, poniéndolo de espaldas. Tres figuras idénticas danzaron en círculos ante sus ojos; las tres sostenían un martillo en la mano derecha. Y las tres lucían un tatuaje en el mismo antebrazo. El tatuaje de una araña, y no de una estrella como había creído al principio.

—Ay, flaco… ¿a vos te parece que hayamos tenido que llegar a esto?

No le hizo falta enfocar la vista para reconocerlo. Ni para imaginar la odiosa, irreverente sonrisa que seguramente le adornaba la cara.

Por detrás de su cabeza, escuchó pasos y rasgar de patas gigantes provenientes del archivo. Se encomendó una cuarta vez a Dios, y al parecer éste le concedió la gracia del desmayo.

 

 

5

 

Lo despertó el dolor de la mandíbula rota, una agonía inenarrable que le surcaba el cráneo, desde el mentón hasta las sienes. La boca, destrozada, oscilaba desarticulada al final de su rostro. Fragmentos de dientes partidos poblaban sus encías, como una aldea en ruinas después de un bombardeo, y babeaba sin control por las comisuras de los labios. Saliva mezclada con sangre.

Todo eso dejó de importarle en cuanto cayó en la cuenta de su situación y del entorno que le rodeaba.

Se encontraba desnudo, con brazos y piernas extendidos formando una “X”. Cual rana lista para su disección. Estaba colgando del aire, pegado a una telaraña gigantesca, blanca y viscosa, que parecía extenderse hasta donde alcanzaba la vista. El mundo en derredor se limitaba a una caverna sin fin, cruzada una y otra vez por la colosal red de telas de araña. Decenas, quizá cientos de seres humanos pendían de esa misma red, sus formas silenciosas se perfilaban aquí y allá, por encima y por debajo. Ninguno se movía.

Julián descubrió, no sin un estremecimiento, que de todos ellos él era el único con vida. Los otros no eran sino momias marchitas, cuerpos despojados de sus fluidos más vitales, algunos inclusive de sus carnes, tendones y músculos, reducidos a pilas de huesos que sólo la tela que los aprisionaba daba también cohesión.

¿Cuántos, de entre tantos despojos, habrían ocupado el mismo puesto que él? ¿Cuántos encargados de ese archivo maldito colgaban allí, como adornos de un nefasto árbol de navidad gigante, tras descubrir la verdad detrás del último anaquel?

Un par de metros por encima, su mirada se cruzó con la de una calavera. Sus cuencas vacías no le ofrecieron respuestas.

Le tomó unos minutos rastrear la fuente de luz, sin la cual la caverna habría estado sumida en las más profundas tinieblas. Provenía de un punto ubicado abajo y a su derecha. Aunque lo hizo muy lentamente, girar la cabeza en esa dirección lo obligó a soltar un gemido cuando, por culpa de la inercia, su quijada suelta se balanceó en un dolorosísimo péndulo. Un chorro de saliva y sangre se le escapó por el borde; tuvo que toser para evitar tragarse uno de sus dientes.

Al final lo vio: unos veinte metros o más por debajo de donde colgaba su cuerpo crucificado de la telaraña, un hueco se abría en la pared de roca de donde también brotaba una saliente que se adentraba un par de metros en la caverna, como un puente inacabado.

Había un grupo de personas paradas al final de ese puente, cinco para ser más exacto, de las cuales sólo reconoció la figura larguirucha de una de ellas.

Achicó los ojos para aguzarlos. ¿Llevaban linternas? No, eran velas. Cada uno sostenía en alto una vela encendida con gesto solemne, siendo el mismo Federico quien encabezaba esa especie de ceremonia religiosa.

No eran velas de cera comunes, de las que uno compra en el kiosco para prevenir los cortes de luz. Despedían columnas de espeso humo negro al arder, así como el hedor dulzón de la grasa quemada.

La luz de aquellas velas también le permitió vislumbrar las sombras, que permanecían agazapadas en los límites de la penumbra. Sombras móviles, escurridizas, merodeando sobre la red de telarañas, desplazándose sobre ellas con escalofriante ligereza. Captó un atisbo momentáneo de una de las más cercanas; el reflejo de las llamas le devolvió una visión pavorosa, que le obligó a volver bruscamente la cabeza a pesar del dolor de la fractura.

Una criatura como en la que había visto convertirse a Kraus, un monstruo híbrido entre hombre y arácnido, lo acechaba acuclillado desde la oscuridad, sujetándose a la tela con los cuatro apéndices que surgían de su torso desnudo, sus tres pares de ojos bulbosos contemplándolo sin parpadear.

Y había más, muchos más, que lentamente se acercaban hasta su lugar de cautiverio. Julián primero contó cinco, luego ocho, luego diez… y seguían surgiendo, vomitados de los rincones más oscuros de la colosal cueva, hasta conformar una multitud de formas agazapadas. Rodeándole, expectantes.

Las lágrimas afloraron a los ojos de Julián. Su tibieza salada se mezcló con la de la sangre que chorreaba de su boca desencajada. Sollozó en un mudo gemido. Tenía la certeza de que en cualquier momento estarían sobre él, despedazándolo entre sus mandíbulas. Podía oír sus chasquidos hambrientos, cada vez más cercanos.

En esa telaraña monstruosa, la mosca era él.

Pero llegado un momento, y como obedeciendo a una señal imperceptible, todos ellos se detuvieron. Quedaron inmóviles, abrazados a la tela con sus apéndices sin atreverse a avanzar un centímetro más.

Aquél banquete no era para ellos: pertenecía a la Madre.

Ella hizo su aparición, finalmente. Trepó fuera de su antro, hundido en las profundidades más recónditas de la caverna, y fue precedida por un leve temblor en la red de telarañas, que creció en intensidad conforme ella se iba acercando. Para cuando apareció en el campo de visión de Julián, la red vibraba con tanta fuerza que su cuerpo cautivo oscilaba sin control. De abajo a arriba, de arriba a abajo, cual sujeto a una banda elástica gigante.

Ella era grande. Y hermosa además; sus hijos no podían dejar de admirar, extasiados, su terrible belleza. Añoraban el momento en que alguno de ellos tendría el privilegio de fecundarla, para después ofrendar su vida entre sus mandíbulas.

A través de ojos empañados por el llanto, Julián la vio acercarse. Negra e inmensa, triplicaba en tamaño a cualquiera de los otros, de extremidades larguísimas y piel brillante como la laca. Avanzaba lentamente sobre la tela, balanceándose sobre ella, contoneando el cuerpo en una danza cargada de sensualidad, rítmicamente acompañada por el vaivén de sus senos grandes, pesados.

Julián sintió cómo su pene se erguía, cómo se tensaba en una insólita y desaforada erección, hasta ponerse más duro de lo que nunca había estado con ninguna mujer. Ni siquiera con Valeria.

La Madre trepó hasta donde él estaba. Se sostuvo de la red con las patas y estiró el torso para ponerse a su altura. Tres pares de ojos negros con matices sanguíneos se clavaron en los suyos, llenándole a la vez de espanto y deseo. Detrás de esas mandíbulas descomunales, semejantes a dos cimitarras serradas, se insinuaba una sonrisa de mujer.

Julián se perdió en esa sonrisa lujuriosa, cargada de promesas. Su cuerpo se convulsionó. Eyaculó en una violenta explosión de semen, al mismo tiempo que las mandíbulas de la Madre le desgarraban la tapa de los sesos. Sus piernas todavía temblaban con los últimos ecos del orgasmo mientras le devoraba el cerebro.

Desde una respetuosa distancia, sus hijos aguardaban pacientes. Ya llegaría su momento de tomar parte en el festín.

 

 

6

 

El teléfono sonó por lo menos cinco veces antes de que María Cristina Bellenger se decidiera a levantar el tubo. Al final lo hizo, sin dejar de lamentar que su proyecto de un asistente no hubiese llegado a buen puerto. Después de todo, ¿cómo podía dirigir eficazmente la oficina de personal y a los más de dos mil empleados bajo su cargo sino hacía más que atender el teléfono?

Chupó su cigarrillo con aire aburrido; del otro lado del tubo, una chica le preguntó por alguien que ya no trabajaba ahí. Ella no perdió tiempo, y repitió la sempiterna fórmula para esos casos:

—¿Kumorkiewicz, Julián Martín? Sí, esa persona trabajó para la empresa, pero no trabaja con nosotros desde mediados de marzo de este mismo año.

Su interlocutora no se dio por vencida. Su voz denotaba más desesperación que insistencia.

—Disculpe la molestia, señora, pero habla la… bueno, la novia de Julián. Estoy… estoy esperando un hijo suyo y… —hubo una pausa que sonó a sollozo, la Bellenger revoleó los ojos y echó el humo por la nariz— …y no lo puedo encontrar por ningún lado. Ya no alquila más en el departamento y tampoco puedo comunicarme al celular…¿usted no sabría decirme si…?

—Perdone, pero no puedo proporcionarle ningún domicilio ni teléfono. La única información que el área de personal puede brindarle es la verificación laboral que le acabo de hacer. Buenas tardes.

Colgó el teléfono sin dar lugar a más preguntas. O a más sollozos, que sabía que los habría. La Bellenger aplastó el cigarrillo, hastiada. Era una verdadera lástima que lo del asistente no funcionara.

“Qué se le va a hacer”, pensó en voz alta. “Ya habrá otros.”

Resignada, hizo bailar con el pulgar derecho el anillo que adornaba el dedo corazón de su misma mano. Llevaba engarzada una araña de oro, que a primera vista más de uno confundía con una flor.

 

 


Jorge Del Río vive en la ciudad de Bahía Blanca. Está casado y tiene un hijo. Es docente de lengua inglesa y posee estudios inconclusos de Derecho, aunque se desempeña laboralmente en el sector de RRHH de una compañía multinacional. La lectura y, como consecuencia de ella, la escritura de ciencia ficción, fantasía y horror (y algo de policial también) se cuentan entre sus aficiones.

Lleva escritos varios relatos de género fantástico y de terror (todos ellos, de momento, inéditos), así como una novela de ciencia ficción y cuatro de fantasía (estas últimas estuvieron a punto de ser publicadas por una editorial independiente española, pero la crisis económica de ese país obligó, lamentablemente, a congelar el proyecto).

Ya hemos publicado en Axxón su cuento LUSCA.


Este cuento se vincula temáticamente con EL FUMIGADOR, de Adrián Lorea y LA CUCARACHADA, de Cristian J. Caravello.


Axxón 262 – enero de 2015

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Terror : Animales, transformación : Argentina : Argentino).


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