¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

Siempre me aterrorizó el mar. Desde que he tenido uso de memoria que la sola visión de las olas rompiendo contra la orilla o de la inmensidad azul plomiza del océano bastó para provocarme piel de gallina y llenar mi mente de terrores irracionales. De imágenes de furiosas tempestades, de horrendos monstruos marinos acechando en las profundidades, de tentáculos enormes que emergen de las aguas en busca de presas. Tentáculos. Ése ha sido el peor de mis terrores marítimos y, probablemente, también la raíz de todos los demás.

Por más que retroceda en el tiempo hasta los más tempranos días de mi infancia, como el mimado hijo único de una familia de clase media alta de Buenos Aires, no soy capaz de hallar una causa específica para mi temor. Pero sí recuerdo llorar, presa del pánico, durante las últimas escenas de la película Popeye el marino en las que el héroe se enfrentaba a un gigantesco pulpo. Tal fue el escándalo que armé aquél día que mis padres tuvieron que sacarme del cine en brazos, gritando y moqueando. En mi defensa diré que tenía tan sólo cuatro años.

También recuerdo el terror paralizante que me invadió a los once años, al leer Veinte mil leguas de viaje submarino. Julio Verne y Emilio Salgari eran mis escritores de cabecera por aquellos tiempos en los que descubría mi pasión por la lectura y sus novelas, aunque consideradas de poco valor literario, estimulaban de manera increíble la imaginación de un niño con sobrepeso, escasa aptitud atlética y aún menos amigos. En el caso de Veinte mil leguas… el problema fue un capítulo en particular. Puntualmente el titulado Los pulpos, en el que el Capitán Nemo y la intrépida tripulación del Nautilus se veían amenazados por varios de éstos monstruos en las aguas del golfo de México. Los críticos y literatos podrán decir lo que quieran de la prosa de Verne y su capacidad narrativa; yo puedo dar fe de que las descripciones de ese capítulo son tan espantosamente vívidas que requirió un acopio de valor de mi parte y varias noches plagadas de pesadillas para poder terminarlo.

Durante el secundario me decanté por Poe y Lovecraft. Las referencias del segundo a monstruosas y milenarias entidades que moran en las profundidades del océano a la espera de despertar me causaron más de una noche de insomnio.

También despertaron en mí un interés de aficionado por el ocultismo y las distintas tradiciones místicas; una etapa ya superada pero que en su momento escandalizó a los docentes y directivos del colegio católico al que asistía. Ya por entonces mi sobrepeso comenzaba a quedar atrás, junto con mi incapacidad crónica para socializar con mis pares. Me hice de un pequeño círculo de amigos entre los que se encontraba una chica. De nombre Sofía, cabello oscuro y grandes ojos azules. Ella sería, junto con mis ya mencionados miedos, el otro factor desencadenante de esta historia.

De mi círculo de amigos, sólo permanecí en contacto con dos de ellos al terminar el secundario. Bruno, instalado en Barcelona y con quien mantenía una constante relación epistolar y —sí, adivinaron—, Sofía. Ella estudiaba Biología en la Universidad de Buenos Aires, donde yo intentaba otro tanto en la carrera de Lengua y Literatura. Ninguno de los dos era bueno para hacer nuevas amistades, o tal vez no estábamos interesados en hacerlas, por lo que siempre terminábamos almorzando juntos en el comedor, tomando un café entre clases, acompañando al otro durante las visitas a la biblioteca. Fue cuestión de tiempo para que empezáramos a salir juntos. La nuestra fue una relación romántica como sólo pueden tenerla aquellos que primero han sido amigos por años, y atesoro cada uno de esos momentos junto a ella.

Eventualmente nos separó la vida. Sofía se graduó con un doctorado en biología marina (siempre se burlaba de mis, para ella, incomprensibles miedos) para luego convertirse en una oceanógrafa de renombre. Yo abandoné mis estudios y me dediqué a la escritura. Con el tiempo me volví un autor de moderado éxito que, junto con la herencia familiar, me alcanzó para vivir con holgura y sin preocupaciones en mi pequeño chalet de San Telmo, desde donde trasladaba mis desvaríos mentales al lenguaje de la prosa frente a una computadora, entre ceniceros llenos y tazas de café.

Nunca perdí totalmente el contacto con Sofía. Además de las obligadas llamadas telefónicas en los cumpleaños y Año Nuevo, también intercambiamos correspondencia varias veces al año. Ella solía enviarme fotos de los lugares adonde la llevaban sus investigaciones, como India, Australia y África. Yo le respondía obsequiándole ejemplares de mis novelas más recientes. De más está decir que su vida era mucho más interesante que la mía.

Recibí su llamado la mañana del 2 de Noviembre. Me encontraba en mi estudio, aporreando el teclado desde antes del amanecer presa de uno de mis ataques de inspiración, cuando el timbre del teléfono me arrancó de mi trance creativo. Levanté el tubo preparado para escuchar la insistente voz de mi editor, un comerciante con el criterio literario de un picaporte. En cambio, me sorprendí al escuchar el distante pero identificable murmullo de las olas. Una voz de mujer, aún más distante, me llamó por mi nombre. Tardé unos segundos en reconocerla.

—Tenías razón —me dijo—. Siempre la tuviste.

Era ella, ya no me cabía duda. Pero había algo extraño en su voz. Sonaba demasiado fría y controlada. Forzada. Le pregunté si estaba bien, pero sólo me respondió el romper de las olas al otro lado de la línea. Los vellos de mis brazos y nuca se erizaron al instante. La voz de Sofía volvió a sonar poco después y la noté temblorosa a pesar de la estoica calma que intentaba transmitir.

—Tenías razón —repitió—. El mar esconde tantas cosas…

Casi gritando, le pregunté qué quería decirme con eso. Le pregunté dónde estaba.

—Lusca… —murmuró ella, y su voz se extinguió entre el creciente rumor del mar.

Hubo un golpe amortiguado y, después, silencio.

Encendí un cigarrillo con manos temblorosas, sin tener idea de qué iba a hacer a continuación. Mis propias palabras me miraban, expectantes, desde el monitor. Mi novela seguía allí, congelada en una oración inconclusa, pero la inspiración hacía rato que se había marchado. Sólo una cosa daba vueltas por mi cabeza: la terrible certidumbre de que Sofía se encontraba en peligro.

Sabía que debía ayudarle. Sofía era mi amiga, la había amado y probablemente lo seguía haciendo. Además, yo era la persona a la que había llamado y eso me ponía en una obligación hacia ella de la que no podría renegar aunque quisiera. Y no quería.

Conservaba cada una de sus cartas en perfecto orden y tomé la más reciente. Estaba fechada en Julio. La releí rápidamente: en ella Sofía me contaba que estaba trabajando para el OSEI, el Ocean Sciences Education Institute de Boston, pero que se quedaría allí sólo hasta Agosto. Después, escribía, estaba interesada en participar de un proyecto organizado por el Centro Universitario de Mérida, en Yucatán, México. “Todavía no puedo adelantarte de qué se trata, pero cuando te cuente no lo vas a poder creer” se despedía en la post data.

Pasé el resto de la mañana intentando comunicarme con el Centro Universitario de Mérida, y cuando al final lo conseguí tuve que hablar con tres personas distintas hasta que pasaran el teléfono al profesor Ramón Díaz Herrera, director del área de biología marina y también del proyecto en el que Sofía estaba trabajando. Con la parquedad del hombre ocupado, Díaz Herrera me informó que, en efecto, la doctora Sofía Vargas estaba trabajando con ellos, pero que en esos momentos no se encontraba en el campus. Antes de que pudiese colgar, me apresuré a preguntarle si había alguna otra forma de contactarla. Inventé una excusa sobre un asunto familiar y le dije que necesitaba comunicarme con ella con urgencia. Él se excusó diciendo que no tenía su número de móvil, pero que Sofía se encontraba realizando una investigación de campo con su hijo, el profesor Gonzalo Díaz, en el área de las Bahamas. Me ofreció facilitarme su teléfono y el del hotel en el que ambos se alojaban. Agendé ambos números en mi celular, el del móvil del profesor Díaz y el del Chickcharnie Hotel, en Isla Andros (la de las Bahamas, no su homónima griega). Le di las gracias y le pregunté además si podía contarme de qué se trataba el proyecto en el que estaban trabajando. Lo hice con anticipado temor, ya que parte de mí intuía la respuesta.

Octopus giganteus —respondió la voz impersonal del catedrático, y a mí el corazón me dio un vuelco—. Una investigación sobre pulpos gigantes.

Colgué bruscamente el teléfono. Fue una total falta de cortesía de mi parte, pero no me importó. Tardé más de un minuto en encender otro cigarrillo debido al temblor de mis manos. El peor de mis miedos emergía de los más oscuros rincones de mi mente y ya sus tentáculos se cernían, implacables, a mi alrededor. Tentáculos. En todos mis años de escritor, no creo haber elaborado una metáfora más precisa.

Veintiséis horas después del perturbador llamado de Sofía, descendía por la escalerilla del avión bajo el sol abrasador de las Bahamas. Cargaba mi bolso de mano como único equipaje mientras iba repasando mentalmente los eventos de las últimas horas. Primero había telefoneado al Chickcharnie, donde tuve que hacer uso de mi oxidado inglés para enterarme de que tanto Gonzalo Díaz como Sofía Vargas estaban registrados allí, pero ninguno de los dos se encontraba en el hotel. Después llamé al profesor Díaz, quien había tenido que interrumpir su trabajo en el proyecto para ser internado en el hospital de Nassau debido al ataque de una medusa. Gonzalo Díaz tenía un trato mucho más cordial que su padre y me contó que, tras su internación, Sofía había regresado a Isla Andros para seguir adelante con la investigación. Prometió llamarlo para mantenerlo informado pero no lo había hecho y él tampoco lograba comunicarse con ella. Finalmente, tras explicarle brevemente quién era yo y cuál era mi relación con Sofía, Gonzalo había accedido a encontrarse conmigo en el aeropuerto de Nassau. Y allí estaba él, vistiendo la camisa hawaiana y el sombrero Panamá que me había dicho que usaría. Y yo acudí a estrechar su mano.

Durante el almuerzo en la terminal, Díaz me contó que llevaban más de dos meses trabajando en ese proyecto, que había comenzado en las aguas del golfo de México y que, desde hacía un par de semanas, se había trasladado al archipiélago de las Bahamas. Él era alto, atlético y bronceado, y yo sentí celos por la relación que podría tener con Sofía. Tenía el tobillo derecho cubierto por un vendaje, donde había sido alcanzado por la medusa mientras buceaba.

—Fue una Pelagia noctiluca —me explicó—. Vulgarmente conocida como acalefo luminiscente. Posee una toxina altamente urticante, que puede llegar a causar la muerte si uno no es tratado a tiempo con un antídoto.

No me interesaban los cientos de especies de medusas que sin duda conocía, así que le pregunté cuándo había visto a Sofía por última vez. Me respondió que el 31 de Octubre por la tarde, luego de ser internado. Había recibido el alta esa misma mañana y desde el día anterior que llevaba intentando comunicarse con ella.

—La llamo al móvil y no me responde. Y en el hotel me dijeron que no la ven desde antes de ayer —me dijo sin disimular su preocupación.

Yo pensaba en su llamada, algo de lo que todavía no le había hablado. Y no estaba seguro de si debía hacerlo. Díaz me explicó que tenían equipo de acampada y que, de encontrar algo de interés en la isla, ella se habría quedado allí hasta completar el trabajo. Pero no por eso dejaría de contestar el teléfono.

Terminamos el almuerzo, que Gonzalo insistió en pagar aduciendo que yo ya había tenido suficientes gastos entre llamadas de larga distancia y pasajes de avión de última hora. Lo que, por otra parte, era cierto.

—Usted debe ser muy amigo de Sofía para tomarse tantas molestias por ella —me dijo.

No supe qué responderle.

Volamos en charter hasta Andros. Desde la ventanilla del pequeño jet pude apreciar la forma de la isla, dividida por el canal conocido localmente como Tongue of the Ocean, que albergaba a uno de los arrecifes de coral más grandes del mundo, según me ilustraba Gonzalo con la monotonía de un guía turístico. Pensé que la imagen de la isla emergiendo de entre las aguas color turquesa se habría antojado paradisíaca para cualquiera, menos para mí. La sola idea de estar en una pequeña masa de tierra rodeada completamente por el océano era suficiente para, cuanto menos, ponerme nervioso.

Tomamos un taxi desde el aeropuerto hasta el hotel. Como era de esperarse, no había novedades de Sofía en la recepción, y Gonzalo me cedió su habitación para que pudiera ducharme y cambiarme de ropas, algo que agradecí tras un vuelo de diez horas. No puedo decir que me sorprendí al ver que él y Sofía compartían un cuarto con cama matrimonial; tampoco que me agradó enterarme.

—Sofía y yo tenemos una… relación desde hace un par de meses —me confesó discretamente, pero yo escuché: “Hace un par de meses que me estoy acostando con la amiga de tu infancia, tu primer amor y la mujer de tu vida.” Era algo estúpido e inmaduro, pero mientras me duchaba no puede evitar el sentirme traicionado.

Para cuando regresé al vestíbulo del hotel, fresco y recién afeitado, Gonzalo ya no estaba. Me había dejado un mensaje en recepción, en el que me decía que iba a intentar seguirle el rastro a Sofía a través de unos conocidos en la isla. Prometía estar de vuelta antes del anochecer, y mientras tanto me sugería descansar en su habitación o recorrer el pueblo. Opté por lo primero. De esa forma también podría husmear entre sus notas y averiguar algo más acerca del proyecto.

Además de la computadora portátil, —bloqueada y con clave de seguridad, como era de esperarse—, Gonzalo y Sofía también llevaban sus archivos a la vieja usanza, en la forma de una gruesa carpeta repleta de recortes de periódicos, impresiones de mapas, de fotos satelitales e infinidad de anotaciones en donde reconocí la caligrafía de mi amiga, elegante a pesar de lo apretado de la escritura.

Indagando entre sus páginas, me encontré con una completa base de datos acerca de los octopus giganteus y su posible presencia en las Bahamas. Desde el hallazgo del cadáver en descomposición de un animal de gran tamaño a fines del siglo XIX, cuya descripción coincidía con la de un pulpo de varias toneladas de peso, hasta los numerosos registros de pescadores y buceadores desaparecidos en el área de los blue holes, abruptas fosas de trescientos o más metros de profundidad que, de acuerdo con los archivos, constituían el hábitat perfecto para uno de estos monstruos. Pero lo más llamativo de esas notas, y lo que me provocó un estremecimiento involuntario, fueron las referencias a una leyenda local de los pescadores bahameños. Decía que los nativos de la isla Andros, así como los de las vecinas islas Caicos, evitaban navegar sus piraguas cerca de los blue holes ya que éstos eran la guarida de un monstruo marino, una criatura gigantesca y maligna a la que llamaban Lusca. Reviví el final de mi conversación telefónica con Sofía y debí luchar contra el visceral horror que amenazaba con apoderarse de mis actos. Pues “Lusca” había sido su última palabra antes de que su voz se perdiera entre el rumor de las olas.

Mi cansancio debió vencer al miedo en algún momento y caí dormido entre abismos oceánicos y leyendas marinas. Como era de esperarse, mis tribulaciones se extendieron hasta mis sueños y me vi nadando a través de la inmensidad de un mar monstruoso y eterno, intentando patéticamente mantenerme a flote hasta que algo atrapaba mis piernas y me arrastraba hacia el fondo. Yo braceaba en un esfuerzo infructuoso, risible, por zafarme de esa fuerza despiadada que acababa por sumergirme. Sabía que esos monstruosos tentáculos que me aprisionaban no eran más que una extensión de algo mucho más grande y terrible. Algo que esperaba por mí en las profundidades. Cerré los ojos.

Volví a abrirlos en la habitación, jadeante y empapado en sudor, tendido sobre el lecho que Sofía compartía con otro hombre. El reloj de la mesa de luz marcaba la una menos cuarto de la madrugada, y Gonzalo aún no había vuelto.

Sonó mi teléfono celular, rasgando abruptamente el silencio del cuarto y haciéndome dar un pequeño salto. Atendí, nervioso. Era Gonzalo.

—Sé lo que le pasó a Sofía —me dijo en un tono mecánico, no distinto del que había usado ella en su última llamada. Se encontraba en un pequeño asentamiento de pescadores, a unas pocas millas al sur de San Andros, y me dio indicaciones precisas sobre cómo llegar. Al borde de la histeria, le supliqué que me dijera qué le había pasado a Sofía.

—Ven y lo sabrás —respondió. Antes de que colgara creí oír un apagado clamor de fondo, como el eco de cánticos tribales, incomprensibles para el oído civilizado.

Llegué al pequeño poblado pesquero alrededor de las tres de la mañana. El taxi me había dejado donde terminaba el estrecho camino de tierra que se desviaba de la carretera, y tuve que recorrer el último trecho caminando. Y caminando avancé también entre las precarias cabañas con techos de paja, con el corazón rebotando salvajemente contra mi pecho. El poblado estaba desierto, pero el resplandor anaranjado de una gran fogata proveniente de la playa, junto con el resonar de los cánticos que ya había oído más temprano esa misma madrugada, me indicaron el paradero de sus habitantes. La expectación pudo más que el miedo y avancé hacia ellos.

Eran alrededor de treinta, entre hombres, mujeres y algunos niños. Nativos bahameños todos ellos, de piel oscura y cuerpos fibrosos, fuertes y semidesnudos que se agitaban frenéticamente alrededor de las llamas, sumidos en el trance de la danza ritual. Tal vez la misma danza que, miles de años atrás, bailaran sus antepasados en el corazón del África como tributo a deidades que ya eran ancianas antes de que el rey de los judíos naciera en Belén. Su cántico llenó mis oídos y, mientras contemplaba como hipnotizado las sombras danzarinas que arrojaban sobre la arena de la playa, comencé a perder el contacto con la realidad. Todo se había convertido en una especie de visión lejana de la que yo era más observador que partícipe. Ni siquiera reaccioné cuando uno de ellos, un niño, notó mi presencia y me señaló con un grito. Ni cuando se cerraban a mi alrededor una multitud de rostros impasibles como negras efigies de basalto, salvo por sus ojos, que brillaban con demente fanatismo.

Me derribaron e inmovilizaron de espaldas sobre la arena, sin resistencia alguna de mi parte. Manos oscuras me arrancaron la camisa y uno de ellos trazó extraños símbolos en mi pecho desnudo, con la sangre aún caliente de una gallina degollada como tinta. En la delirante serenidad que había tomado el control de mi mente reconocí algunos ritos y fórmulas como pertenecientes al Obeah, una de las tradiciones místicas africanas al igual que la Santería, el Umbanda y el Candomblé, pero mucho más oscura y hermética. La multitud inició un nuevo cántico, entonado a medias entre el patois, el cerrado dialecto bahameño, y alguna lengua olvidada del continente negro. De lo que cantaban sólo fui capaz de identificar una palabra, repetida una y otra vez cual infernal salmodia: Lusca.

La ceremonia se prolongó hasta que el cielo comenzó a aclarar sobre el océano. Después dos de los más robustos me alzaron como a un muñeco, me cargaron sobre una piragua y se hicieron conmigo a la mar. La ligera embarcación se mecía por encima de las encrespadas olas y yo viajaba sentado entre los remeros con la mirada perdida, extrañamente calmo en una situación que, bajo condiciones normales, me hubiera hecho llorar del pánico. Así navegamos hasta un islote que era poco más que un peñasco rodeado por las aguas, donde me hicieron bajar antes de emprender el regreso. Vi un temor reverencial en sus rostros mientras daban la vuelta y se alejaban, remando con premura.


Ilustración: Tut

Está amaneciendo. Sentado sobre la áspera superficie del islote, apenas lo bastante grande para albergarme, contemplo la espuma blanca que dejan las olas al romper contra las rocas de la orilla. Junto a mí descansa un teléfono celular abandonado. Es el de Sofía, desde donde hizo su última llamada. Ahora comprendo cuál fue su suerte, la misma que sin duda corrió su amante, Gonzalo, y la que correré yo mismo dentro de muy poco.

Lusca es mucho más que una simple leyenda local de las Bahamas, o que una nueva y colosal especie de octopus giganteus como creyeron aquellos antes que yo, en su absurda arrogancia de intelectuales, y como sin duda comprendieron antes del final. Es el nombre de una deidad tan milenaria e inmisericorde como el mar, adorada desde tiempos inmemoriales. Tal vez el último de una especie que reinaba sobre la creación mucho antes de que el primer morador de la superficie se arrastrara fuera de las aguas del océano primordial.

Pero nada sé con certeza al respecto y sólo puedo especular. De lo único que estoy seguro es de lo siguiente: bajo las aguas que se agitan frente a mis ojos cansados, quizás bajo este mismo islote, se encuentra la morada de ese ser ancestral. De ese soberano indiscutido de las profundidades insondables. Pronto, de esas mismas aguas, emergerán sus tentáculos para reclamar su ofrenda.

Ya falta muy poco. El mar se agita y arremolina cada vez más en torno a este peñasco, que es menos islote que altar de sacrificio, y yo adivino movimientos sinuosos bajo la espuma de las olas. Ahora, tan cerca del fin, veo las cosas con mayor claridad. Tal vez todos mis miedos hayan tenido mucho de fascinación, tal vez muy dentro de mí siempre supe que éste sería mi destino. Que así sea, entonces; lo acepto. Esta vez, cuando Lusca, el dios de las aguas, venga por mí, cuando sus tentáculos me envuelvan y arrastren a su cubil submarino, no cerraré los ojos.

 

 


Jorge Del Río tiene 36 años y vive en la ciudad de Bahía Blanca, está casado y con un hijo de 6 años. Es docente de lengua inglesa y posee estudios inconclusos de Derecho, aunque se desempeña laboralmente en el sector de RRHH de una compañía multinacional. La lectura y, como consecuencia de ella, la escritura de ciencia ficción, fantasía y horror (y algo de policial también) se cuentan entre sus aficiones.

Lleva escritos varios relatos de género fantástico y de terror (todos ellos, de momento, inéditos), así como una novela de ciencia ficción y cuatro de fantasía (estas últimas estuvieron a punto de ser publicadas por una editorial independiente española, pero la crisis económica de ese país obligó, lamentablemente, a congelar el proyecto).

Este es su debut en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con VOLVER A CALAFORRA, de Yoss; y PLEAMAR, de Marcelo Di Lisio.


Axxón 257 – agosto de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Mitos : Deidades paganas : Monstruos marinos : Argentina : Argentino).


5 Respuestas a ““Lusca”, Jorge Del Río”
  1. No está mal, pero algunos párrafos son muy extensos y llenos de información innecesaria. A veces se siente que le sobran palabras, lo qu le resta emoción.

  2. Hugo dice:

    A mi me pareció muy bueno el relato, Jorge, aunque esperaba que la historia continuara, de ser sincero! Quería un final con mas sobrevivientes! (Sofía y el protagonista por lo menos!).

    En fin, te tiré la idea por si alguna vez querés hacer una novela corta sobre este tema que, en mi opinión y usando tu estilo, da para más.

    Tu estilo me pareció muy bueno y, al contrario del comentario anterior, no creo que le sobre nada, y eso me parece algo muy positivo.

    Saludos!

    • Hugo dice:

      Un comentario mas, el estilo me pareció similar a Lovecraft, lo que está lejos de ser una crítica, y que mezclado con cosas actuales (celulares, relaciones modernas, lenguaje actual, etc.) me parece muy interesante.

      • Jorge Del Río dice:

        Estimado Hugo: Desde ya, muchas gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar el relato. Celebro que te haya gustado (aunque acepto tanto elogios como críticas, todas me sirven para mejorar). Es cierto, no eres el primero que menciona lo del estilo similar a Lovecraft en este cuento. Soy admirador del maestro de Providence, así que no me queda más que agradecerte también por la comparación.

        Un saludo!

  3.  
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