Revista Axxón » «El designio», Marco Manuel Ruiz

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Un oscuro presagio le quitó el sueño a Libia; era como una especie de bruma siniestra que se enredaba en su cerebro, invadiéndolo por completo. Aquel súbito despertar la llenó de incertidumbre. Ya eran varios los días que llevaba así, agobiada por tanta angustia que le interrumpía el sueño constantemente. Empezaba a pensar que ese pesimismo que la asediaba traería alguna consecuencia. Se reprochó su acostumbrada tendencia a la fatalidad y se santiguó. Miró hacia la cama donde dormía Julia, su hija de doce años. Estaba vacía. Extrañada, se levantó con rapidez. La niña no tenía clases hoy, no necesitaba madrugar. Miró su reloj de pulsera. Eran las seis y media. Se percató que la puerta de atrás, la que daba al patio, se encontraba abierta. Afuera se escuchaba un ligero rumor de hojas secas. El viento silbaba lúgubre, estremeciendo el techo de hojas de zinc. Fue a asomarse, y ahí la vio. Estaba bajo el palo de mango. Tenía los ojos cerrados y los brazos extendidos al frente. Parecía en trance, como hipnotizada. En sus manos un pequeño pájaro cantaba con firmeza, casi furibundo. En ese momento, otro pájaro se posó sobre uno de sus hombros, después otro voló hasta sus pies, y luego otro, y otros más volaban y se posaban por todos los rincones del lugar. Libia, jamás había visto tal cantidad de pájaros en su vida, y menos reunidos en el patio de su casa. El trino ensordecedor de todos juntos estaba a punto de enloquecerla. De repente, callaron.

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Ilustración: Valeria Uccelli

Un silencio perturbador se apoderó del ambiente. De nuevo, se escuchó un trinar, pero esta vez era un solo pájaro; su cantar era suave, melancólico. Libia trató de buscar entre la multitud de coloridas aves, cuál era la que cantaba de forma tan hermosa y a la vez tan triste. Quedó estupefacta al darse cuenta que el bello sonido salía de la boca de su hija. Julia, abrió los ojos, pareció ver a su madre y su canto se detuvo. Lanzó un alarido agudo y se desplomó en el suelo. Los pájaros huyeron en desbandada en un poderoso fragor de alas indómitas y colores destellantes, dejando una estela de polvo y hojas marchitas suspendidas en el aire. Libia, sobresaltada, corrió hacia donde estaba la niña, la alzó y llevándola en brazos entró al cuarto acostándola en la cama. Presurosa, se disponía a ir a buscar al único medico del pueblo, cuando Julia despertó de su inconsciencia.

—No hay tiempo para nosotros — dijo con la mirada perdida, como buscando un punto inexistente en el espacio.

Sorprendida por aquellas palabras, Libia sólo alcanzó a abrazar a su hija con fuerza. La sintió temblorosa, muy frágil, casi no tenía peso.

—No hay tiempo para nosotros. Ellos me lo dijeron — exclamó la niña, sollozando.

—Ya, mi amor, tranquilízate. Estás un poco confundida por el desmayo.

Julia, ahora lloraba incontrolablemente. Era como si un dolor muy grande la afligiera.

—Hija, por favor, cálmate.

En ese instante, la niña volvió a quedar inconciente. Asustada, la recostó de nuevo y la arropó. Iría a buscar al medico. Miró su reloj. Con sorpresa, vio que ya eran pasadas las nueve. Pensando que el reloj estaba descompuesto, no le prestó atención, sólo se vistió rápidamente y salió a la calle.

Afuera, no corría la más leve brisa. Las hojas de los árboles estaban estáticas, dándoles a estos un aspecto de fotografía gigante. Sintió frío. Aceleró el paso. Intrigada, vio que algunas personas miraban hacia arriba y señalaban. Levantó la mirada, y tuvo que detenerse. El cielo se vestía de un extraño color naranja. Estaba despejado, límpido, no había ni una sola nube. El sol parecía apagado, moribundo, se podía ver directamente sin molestias. La luz que emitía era pálida, mortecina, y le daba una tonalidad sepia a todo. Alrededor de él, un inmenso anillo purpura lo circundaba, amenazante. De pronto, un trueno ensordecedor retumbo por todo aquel cielo mustio, fue tan fuerte que algunas personas cayeron al suelo. Al cabo de unos segundos un espantoso silbido se escuchaba por doquier, obligando a la gente a taparse los oídos, era tan agudo que algunos empezaron a gritar desesperados, entre ellos Libia. Las palabras de Julia retumbaron de pronto en su cabeza, haciendo eco en sus propios temores.

Cual reguero de pólvora encendida, el miedo comenzó a apoderarse del pueblo. La gente corría desesperada, unos hacia la iglesia, otros con algunas pocas pertenencias se disponían a huir, pero sin saber a dónde. Libia, se encontraba tan aturdida que no sabía qué hacer. Ya ni recordaba dónde era que vivía al que estaba buscando. Es más, había olvidado a quién era al que buscaba. Se sentía confundida, como si tuviera un gran espacio en blanco en su cerebro. No alcanzaba a entender la extraña situación que estaba viviendo junto con todas aquellas personas, que de un momento a otro esperaban un destino catastrófico para todos ellos este día. Comprendió, afligida, que ya nada tenía sentido. Debía regresar con su hija. Si este era el final de todo, si aquel era el día de morir, lo harían juntas.

Cuando por fin aquel inclemente pitido cesó, Libia, vio a su alrededor a las otras personas dando vueltas en círculos y actuando de forma irracional. A lo mejor la locura, era el principio del fin, un abrebocas para el desastre que se avecinaba, pensó. Miró hacía arriba, viendo como aquel anillo infernal aumentaba su grosor consumiendo inexorablemente al sol, tal como lo estaba haciendo con la cordura de todo el pueblo. Entonces fue que los vio. Enmarcados en aquel cielo anaranjado, todos los pájaros del mundo emigraban hacía un destino incierto. Como una nube infinita, miles de ellos escapaban de un designio que ya sabían por adelantado. Libia se sintió tan desolada que no pudo contener las lágrimas. Empezó a correr en medio de aquel caos, antes de que olvidara también el camino de regreso a su casa.

Al llegar entró con cuidado para no despertar a Julia. El viejo reloj de pared marcaba las cuatro de la tarde. Pero, ¿cómo era posible? No estuvo ni una hora afuera. Hasta el tiempo había enloquecido, pensó abatida. Se dirigió al cuarto. La niña no se encontraba allí. La llamó, buscándola en el baño. Nada. Preocupada, salió al patio. Tampoco había rastro de ella. Gritó su nombre varias veces. No hubo respuesta. “Julia, ¿Dónde estas?”, exclamó con angustia. El sonido de un fuerte aleteo sobre su cabeza la hizo mirar hacia arriba. Ahí, justo encima de ella un pájaro enorme volaba mirándola fijamente. Parecía querer acariciarla con sus alas. El ave se posó sobre el suelo y sin dejar de observarla comenzó a cantar. Libia sintió una punzada en el pecho al recordar aquel hermoso trinar, suave y melancólico. Los oscuros ojos del ave le eran tan familiares que le transmitían una gran ternura. Trató de esbozar una sonrisa, pero sólo le alcanzó para mostrar un rictus de amargura en sus labios. De pronto, toda aquella cantidad de recuerdos malos y buenos en los que se resumía su vida se agolparon a fuerza en su mente, todo un conglomerado de sucesos extraños y cotidianos, que finalizarían quizá en lo mejor que le había pasado en toda su existencia, haber traído al mundo a su hija, su pequeña Julia; cómo la iba a extrañar, suspiró entre sollozos. El gran pájaro siguió cantando mientras alzaba el vuelo y se perdía en el horizonte, buscando los últimos vestigios de luz en un sol que ya agonizaba. Aquella imagen diáfana, casi etérea en medio del desastre inminente fue la que quedó grabada en la mente de Libia antes de perder la razón para siempre.



Marco Manuel Ruiz, vive en Medellín, Colombia. Es diseñador gráfico, le gusta el arte y la literatura, en especial la fantástica. Ha publicado cuentos en el magazine dominical del diario El Colombiano, Letralia y la revista digital miNatura. Actualmente se encuentra escribiendo la que sería su primera novela.

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