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A los mamíferos terrestres les llevó 10 millones de generaciones alcanzar su tamaño máximo, mientras que los acuáticos lo hicieron en la mitad del tiempo. Un grupo de investigadores internacionales ha medido, por primera vez, la velocidad de la evolución del tamaño en los mamíferos y han visto que se tarda diez veces más en aumentar que en disminuir el tamaño

Para pasar del tamaño de un gato al de un elefante se requiere un cambio evolutivo que se desarrolla en aproximadamente 10 millones de generaciones. Para llegar a la dimensiones de una ballena, sin embargo, los animales acuáticos necesitaron la mitad del tiempo.

Un grupo internacional de paleontólogos y biólogos ha evaluado el aumento y disminución de las dimensiones de los mamíferos desde la extinción de los dinosaurios, hace 65 millones de años. Según el artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, la tasa de decrecimiento es diez veces menor que la de crecimiento.

Solo hacen falta 100.000 generaciones para que se den grandes reducciones de tamaño, como el enanismo extremo. “La enorme diferencia en el ritmo de empequeñecer y agrandarse es increíble. No esperábamos que pudiera pasar tan rápido”, afirma Alistair Evans, autor del estudio de la Universidad de Monash (Australia).

“Nuestro estudio muestra, por primera vez, la historia a gran escala de el crecimiento de los mamíferos”, asegura Jessica Theodor, coautora del estudio e investigadora en la Universidad de Cagliari (Italia). “Hasta ahora la mayoría de las investigaciones en este campo se centran en la microevolución, es decir, los pequeños cambios que ocurren en cada especie”.

Las ventajas de encoger

Para explicar la reducción de tamaño, los autores han estudiado los ‘animales en miniatura’, como el mamut pigmeo, el hipopótamo enano y los ‘hobbits’ de homínidos que vivían en las islas. “Esta tendencia evolutiva se puede explicar en las islas pequeñas, en las que es una ventaja necesitar menos comida y reproducirse más rápidamente, lo que pueden hacer los animales de menor tamaño”, asegura Evans.

“Muchas de las especies que encogieron, que encontramos en las islas como Flores (Indonesia), se extinguieron”, explica Theodor. Según los autores, ahora hace falta seguir investigando para entender las condiciones que disminuyen el ritmo de crecimiento y contribuyen potencialmete a la extinción. Esta investigación ayudará a los científicos a comprender mejor la evolución de los mamíferos y discernir qué condiciones permiten a determinadas especies prosperar y crecer.

Los animales marinos crecen más rápido

Los investigadores han observado que los cambios en los animales marinos ocurren con el doble de rapidez que en los terrestres. “Esto se debe, probablemente, a que es más fácil ser grande en el agua, ya que este elemento ayuda a soportar el peso propio”, reflexiona Erich Fitzgerald, coautor del estudio y encargado de la paleontología de los vertebrados en el Museo Victoria (Australia).

El equipo de investigación analizó 28 tipos de mamíferos de África, Eurasia, Norteamérica y Suramérica y de todas las cuencas oceánicas durante los últimos 70 millones de años. Entre ellos se incluían elefantes, primates y ballenas. Rastrearon el cambio de tamaño en generaciones en vez de años para poder comparar la tasa de crecimiento entre varias especies con diferentes longevidades, ya que, por ejemplo, mientras que el elefante vive 80 años, el ratón vive 2 años.

Referencia bibliográfica: Alistair R. Evans, David Jones, Alison G. Boyer, James H. Brown, Daniel P. Costa, S. K. Morgan Ernest, Erich M. G. Fitzgerald, Mikael Fortelius, John L. Gittleman, Marcus J. Hamilton, Larisa E. Harding, Kari Lintulaakso, S. Kathleen Lyons, Jordan G. Okie, Juha J. Saarinen, Richard M. Sibly, Felisa A. Smith, Patrick R. Stephens, Jessica M. Theodor y Mark D. Uhen. The maximum rate of mammal evolution. Proceedings of the National Academy of Sciences. 30 de enero de 2012.

Fuente: Sinc. Aportado por Eduardo J. Carletti


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¿Qué pasaría si los neandertales, que desaparecieron hace apenas 28.000 años, se hubiesen “avivado a tiempo” y ahora vivieran juntos a nosotros? ¿Qué pasaría si, durante estos milenios en que los humanos hemos evolucionado, alguna otra criatura sin relación con nosotros hubiese desarrollando habilidades cognitivas y tecnológicas comparables a las nuestras? ¿Qué pasaría si los humanos se hubieran dividido en dos especies diferentes, la turba original y otra rama evolutiva exitosa?

Todas son historias perfectamente plausibles, que podrían haber dado lugar a dos especies de terrícolas avanzados conviviendo en la actualidad. Sólo son historias que podrían haber ocurrido… Pero, ¿y si fuesen reales? Habría que compartir el pan con nuestros conciudadanos inteligentes o ingresaríamos en una constante batalla por la supremacía?

En este mundo hipotético, habría tres posibles relaciones entre los humanos y los “otros”, dice William Harcourt-Smith, paleoantropólogo del Museo Americano de Historia Natural.

Lo más probable es que la competencia por los recursos nos llevara a guerrear todo el tiempo. “Sabiendo cómo se comportan los humanos con propia su especie, los interminables conflictos intertribales y las guerras que, lamentablemente, han durado miles de años, yo creo que toda vez que los recursos o el choque de ideologías causaran un problema, y entrasen en conflicto, habría enfrentamiento”, explica Harcourt-Smith. Si una de las especies fuese un poco más inteligente, o más fuerte, o hubiese desarrollado una tecnología mejor que la de la otra, terminaría por diezmar a los otros. Basta con recordar qué paso con los humanos frente a los neandertales.

Alternativamente, si, después de decenas de miles de años de enfrentamientos entre los humanos y los otros, nadie hubiese llegado a superar al otro, las dos especies podrían haber derivado gradualmente hacia un equilibrio, ya sea poblando geográficamente diferentes regiones del mundo, o adaptándose a diferentes recursos, añade. Los otros podrían haber desarrollado gusto exclusivo por los peces, por ejemplo, mientras que los humanos podrían haberse especializado en la cría de animales, y ver a los peces como algo repugnante.

En cualquiera de los casos, si viviéramos en diferentes regiones o utilizásemos recursos diferentes, ambas especies habrían desarrollado sistemas culturales que les enseñarían a evitarse entre sí. Eso es lo que hacen otras especies en las mismas circunstancias. “Siempre y cuando no haya competencia, las especies simplemente se ignoran”, dice Harcourt-Smith. “Dos monos que viven en el mismo árbol, por ejemplo, si no están a la búsqueda de los mismos recursos, no interactúan.”

Manos-Lenguas

Pero, ¿cómo podrían ser nuestros amigos o enemigos imaginarios? Concedamos que podrían parecerse a cualquier cosa, haber evolucionado de los monos, elefantes, delfines u otras criaturas, pero Harcourt-Smith cree que hay tres rasgos que requerirían los otros para ser tecnológicamente avanzados.

“En primer lugar, una capacidad cognitiva que les permita construir cosas, concebir ideas abstractas o idear un objeto con muchas partes móviles, cada una de ellas con una función. Se debe tener capacidad de planificación, capacidad de pensar en el tiempo y en el espacio en un sentido abstracto, con el fin de crear ese objeto”.

“Segundo, deben tener una forma de manipular los objetos, con fuerza pero también con delicadeza. Nosotros lo hacemos con nuestras manos: son unas asombrosas estructuras que pueden tomar objetos con mucha fuerza, pero también realizar tareas que requieran gran delicadeza y destreza, como coser con aguja e hilo”. “Imaginemos que, en otra criatura, se han desarrollado estas increíbles habilidades en sus pies o en sus lenguas”.

“Por último, es esencial la transmisión cultural. Es extraordinariamente raro hallar un solo ser humano que sepa cómo construir una computadora desde cero, comenzando por la extracción de las materias primas. O, en todo caso, alguien que sepa cómo construir un sistema de riego, o un arma. En vez de reinventar la rueda una y otra vez, los seres humanos transmitimos conocimientos de una generación a la siguiente. También contamos con la especialización de trabajo en nuestras sociedades, lo que las hace funcionar de manera más eficiente. Para que una sociedad no humana lograse un progreso tecnológico similar, también necesitaría alguna forma sofisticada de comunicación”.

No Humanos 2.0

Hay un escenario más a considerar: ¿Podría surgir algún día otro grupo de terrícolas muy inteligentes?

Según Harcourt-Smith, a largo plazo (millones, o miles de millones de años), cualquier apuesta es arriesgada. “No sabemos lo que nos depara el futuro, lo que puedan evolucionar otras especies de mamíferos”, señaló. Para que esto suceda, tendría que ocurrir algún evento catastrófico que haga que declinara la población humana, con el fin de despejar el camino a un posible competidor.

Por otra parte, dice, un grupo de pioneros humanos podría adentrarse en el espacio y establecerse en otro lugar. El nuevo ambiente podría causar una evolución rápida y luego, unos 100.000 años después, se habrían convertido en una especie distinta que podría interactuar aún con los humanos originales de la Tierra.

“Otra posibilidad puede llegar por nuestra propia creación, la ingeniería genética y cosas así. La introducción de genes humanos en animales, o quién sabe qué, pero nunca sabemos qué es posible, en verdad”.

Fuente: Live Science. Aportado por Eduardo J. Carletti


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Debido al uso intensivo de la agricultura en la zona, que conlleva deforestación, y el avance del cambio climático, los ciclos ecológicos de la cuenca del Amazonas (agua o energía) podrían estar variando hacia un nuevo régimen donde predominarían las alteraciones e inestabilidades

Aunque los impactos generados por el uso del suelo y la sequía no parece que por el momento vayan a sobrepasar aún la magnitud de variabilidad natural de los ciclos hidrológicos y biogeoquímicos, un estudio dirigido por Eric Davidson, del Woods Hole Research Centre de Massachussets (Estados Unidos) y publicado esta semana en Nature ha encontrado que existen señales de transición hacia un nuevo régimen en el Amazonas que estaría dominado por las alteraciones.

La expansión agrícola y la variabilidad climática se han convertido en agentes alteradores en la cuenca del Amazonas. Estudios recientes han demostrado la considerable resistencia de la selva Amazónica a la sequía anual moderada, pero también que las interacciones entre deforestación, fuego y sequía conducen potencialmente a un descenso de la capacidad de almacenar dióxido de carbono y cambios en los patrones regionales de precipitación y flujo de los ríos. Estos incluyen cambios en los ciclos de agua y energía en las porciones Este y Sur de la cuenca del Amazonas.

Nuevos resultados corroboran la sospecha

“Gracias a nuevas investigaciones realizadas en este área, que incluyen el experimento Biosfera-Atmósfera a Gran escala (LBA, por sus siglas en inglés), podemos responder a esta pregunta [si se está produciendo una transición] para algunas, pero no todas, las consecuencias de la explotación agrícola y el cambio climático”, afirma Davidson, que ha realizado el trabajo junto a una docena de científicos americanos y brasileños. “En cuanto a los gases de efecto invernadero: la respuesta probablemente sea ‘aún no’ con respecto al metano (CH4) y el N2O porque las emisiones de estos proceden en gran medida de humedales o suelos, respectivamente. La respuesta para el CO2 es más compleja”.

Para el científico americano, la evidencia emergente de un sistema en transición biofísica subraya la necesidad de mejorar el conocimiento de los intercambios entre superficie del suelo, reservas de carbono, recursos hídricos, conservación del hábitat, salud humana y desarrollo económico en futuros escenarios de cambio climático.

“Brasil está preparado para ser uno de los pocos países en conseguir la transición a potencia económica sin destruir la mayoría de sus bosques”, dicen los autores del trabajo”, sin embargo, se requiere un esfuerzo continuado de mejora en la capacidad científica, tecnológica y de recursos humanos para guiar estas transiciones, tanto la biofísica como la socioeconómica”.

Fuente: Sinc. Aportado por Eduardo J. Carletti


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La especie se llama Mesodinium chamaeleon, su hábitat son las aguas del mar que rodean Escandinavia, y también el norte de América, y su alimentación se basa en una nueva generación de esclavos

Muchos animales se transforman hasta quedar irreconocibles en el curso de sus vidas. Las orugas se convierten en mariposas y los renacuajos se vuelven ranas, y si no pudiéramos ver el momento en que ocurre no sospecharíamos que las dos etapas son la misma criatura.

Por espectaculares que sean estos cambios, finalmente sólo son cambios de forma. Tanto el renacuajo como la rana son animales, por lo que ambos deberán alimentarse de su entorno.

Esto no es así con la Mesodinium chamaeleon. Este organismo unicelular, descubierto recientemente, es una particular mezcla de animal y planta.

Amigas de las plantas

La M. chamaeleon es un ciliado (un tipo de animal unicelular que está cubierto de cientos de pequeños “pelos” a los que se les llama cilios — o cilias—). Fue descubierto en la bahía de Nivå, en Dinamarca, por Øjvind Moestrup, y su equipo, de la Universidad de Copenhague, Dinamarca. Se han hallado otros especímenes en las costas de Finlandia y en Rhode Island.

Los ciliados usan sus cilias parecidas a pelos para moverse rápidamente por el agua. La mayoría obtienen su alimento comiénodose a otros organismos, en lugar de sintetizar ellos mismos los nutrientes. Esto los señala como muy parecidos a animales.

Pero algunas especies de Mesodinium son diferentes. Engullen a otros microorganismos, por lo general algas, llamadas Criptomonas, y así forman una sociedad: las algas producen azúcares mediante la fotosíntesis, en tanto que la Mesodinium las protege y transporta.

Estos organismos híbridos son animales y plantas al mismo tiempo. Una de estas especies, la Mesodinium rubrum, que sólo se alimenta de algas rojas y se la encuentra a menudo en las proliferaciones de algas que forman las famosas mareas rojas.

Estos híbridos nos embarran la cancha en nuestros intentos de clasificar los organismos en grupos nítidos. “La división entre plantas y animales se derrumba por completo”, señala Moestrup. Y para más, muchos microorganismos pueden ser animales y plantas a la vez, o cambiar entre ambos, igual que la M. rubrum.

La nueva M. chamaeleon rompe otra barrera. Está a medio camino entre un animal y un híbrido.

Rojo y verde

La M. chamaeleon toma células de algas, igual que la M. rubrum, pero no las mantiene de manera permanente. No las digiere de inmediato, como haría cualquier otro animal con hambre. En cambio, estas células permanecen intactas durante varias semanas antes de ser digeridas, tiempo durante el que sostienen la producción de azúcar por fotosíntesis. La M. chamaeleon también cambia de color en función de quién hospeda, ya sean algas rojas, verdes, o ambas.

“Es basante inusual”, indica Moestrup. Las otras especies de Mesodinium, en cambio, o mantienen las células capturadas o las digieren de inmediato.

La capacidad de tomar otras células y ponerlas a trabajar se llama endosimbiosis, y es uno de las más importantes invenciones en el historial de la vida. En algún momento, hará unos 2.000 millones de años, una simple célula absorbió una bacteria y empezó a utilizarla como fuente de energía. Finalmente, las descendientes de estas bacterias esclavas se convirtieron en la mitocondria, que dan ahora energía a las células complejas, incluyendo las nuestras. Sin la endosimbiosis, no habría vida multicelular.

Mientras que la primera endosimbiosis bien pudo ser un golpe de suerte, ahora el proceso parece ser de lo más común, al menos entre los organismos unicelulares más complejos. Algunos son tan buenos en portar células que con los años han cambiado de simbiontes. “Sucede con bastante frecuencia”, apunta Moestrup.

La M. chamaeleon nos ofrece una instantánea de cómo se fue desarrollando la endosimbiosis: este organismo está todavía en el camino de, simplemente comerse a otras células, a mantenerlas vivas en su interior.

Fuente: New Scientist. Traducido por Eduardo J. Carletti


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