NO VINISTE, PERO ESTABAS

Marcelo Huerta San Martín

Argentina

Con movimientos que ya conocían de memoria, aprovechando los últimos minutos del día, armaron la carpa. Era vieja y desteñida, pero servía a su propósito: los siete cabían sentados en círculo.

—Cerrá bien —dijo la Colorada mientras los otros se iban acomodando.

—Ya sé —contestó Anzábal, cuidando de cerrar la lona lo mejor posible. El viento del sur solía colarse al interior.

Encendieron el sol de noche cuando la luz natural se había ido del todo. Roxi cebaba la ronda de mates del principio. Todos aceptaron el convite, hasta Jill y Erszébet, que ponían caras raras y no se atrevían a sorber el final del mate haciendo ruido. La Colorada se lo tomó de una chupada, quemándose; Mauricio y Ana lo saborearon despacio, mirándose todo el rato. Anzábal lo tomó sin mirar a nadie. Como siempre, Roxi fue la última.

Los minutos iniciales antes de que el orador de turno pudiera encontrar su voz siempre se hacían largos. No era fácil empezar, aunque ya casi todos hubieran repetido las mismas letanías alguna vez. Las miradas se hundían en las llamas y parecían no querer salir.

Habló la Colorada. Roxi no despegaba la vista del mate.

—Bueno, acá estamos.

Por un rato, no dijo nada más. Algunos se miraron.

—En esta provincia empezó hace dos años el sueño de mi primo el Lungo. Empezó siendo un club de barrio, donde la gente iba tranquila a estar con amigos y a sentirse acompañada. Después, las cosas cambiaron. Cuando empezó a faltar gente, a veces los que dormían a ciertas horas los olvidaban. Así que el club empezó a estar abierto siempre, para ayudar a quienes querían seguir despiertos.

Anzábal y Jill miraron de refilón hacia el norte, lagrimeando por el viento helado que había levantado una esquina de la carpa. No veían nada del exterior por el viento y la luz, pero sabían que ahí estaba la ruta a Nuevos Aires. La capital estaba muy lejos pero su influencia solía hacerse sentir.

—Después nos enteramos de que no nos pasaba solamente a nosotros. Los Relámpagos, el Pulso, los Olvidos de Medianoche: en distintos lugares de la República los llaman diferente, pero en todas partes pasa lo mismo. El Lungo pensaba que cuando se produce el Pulso, una parte del que olvida tiene que querer olvidar.

Anzábal y Mauricio se miraron. No estaban seguros de creer del todo en eso. Nadie sabía con certeza cómo funcionaban los Olvidos y por qué a veces eran tan prolijos y a veces, en cambio, la mente quedaba como un colador.

—Mucha gente olvidada, muchos borrados, se reunían justo enfrente de donde estamos ahora. A algunos nos borraron por oponernos al gobierno de la Ascensión Eclesiástica, a otros por pensar distinto, y a muchos simplemente por querer recordar. Nosotros lo sabemos bien.

Roxi miró su cédula, que tenía la superficie totalmente negra. Sabía que los documentos de la Colorada y los demás nacidos en la República estaban igual.

Las extranjeras no estaban en mejor situación que los nativos. Jill McCormick había venido de Londres a participar con su equipo de natación de un evento atlético en Nuevos Aires; Erszébet Lájos investigaba para un diario de Budapest las restricciones del gobierno para el uso de los Umbrales Visitantes. Cuando se cerraron las fronteras, ninguna de las dos pudo volver a su país. Por pura casualidad, una por insomne y la otra por demasiado dolorida luego de la competencia, ese día estaban despiertas a la hora del Pulso. Un grupo de borrados se las cruzó por casualidad y las salvó de la suerte que corrieron sus acompañantes, a los que nadie volvió a ver.

Así que sus pasaportes se volvieron papel inútil, en un país en el que para seguir existiendo había que tener un documento electrónico activo. De todos modos, hasta los borrados más antiguos seguían mirando la banda lateral de sus cédulas o sus pasaportes para ver si surgía algún destello de color, como cuando sus derechos existían.

—Un día como hoy hace dos años —tomó la posta Roxi—, unos mochileros borrados armaron acá sus carpas. El Lungo les regaló algunas cosas suyas de cuando él acampaba y a la noche los acompañó en una mateada. Y mientras estaba ahí, a las once y media la Ascensión arrasó el campamento y a las doce el Pulso borró a los que faltaban. ¡Pero nosotros estábamos despiertos y no vamos a olvidar!

A Roxi se le quebró la voz. Los demás hicieron el gesto de aplaudir pero sin tocarse las manos para no hacer ruido, ese ritual tan propio de los borrados.

—Lungo —retomó la Colorada—, esto es por nosotros pero también es por vos. El año pasado estábamos acá. No viniste, pero estabas, porque todos te recordamos. Y mientras sigamos borrados, vamos a volver.

Los otros asintieron y se hizo un silencio largo, plagado de recuerdos. Cada quien se encerró en su pensamiento, sin hablar.

Anzábal recordó al Lungo peleando solo contra cinco tipos para defender a los del campamento; él se había bajado del auto para ayudarlo y entre los dos habían intentado hacer el aguante, espalda con espalda, campera de cuero y saco de oficinista.


Ilustración: Valeria Uccelli

Roxi recordó el día horrible en que Anzábal, con la ropa en jirones y un brazo roto, le contó cómo el Lungo había quedado en el piso, con las piernas partidas y los ojos hundidos, y él había podido escapar de milagro. El día anterior el Lungo le había propuesto casamiento y ella había aceptado.

Ana y Mauricio recordaron al tipo aquél que corría como loco, que se les acercó y les hizo gestos que no entendieron. Pensaron en huir de él, pero al final corrieron a su lado cuando finalmente pudo articular: ¡Rajen, pendejos! y vieron en su cara un horror que no conocían. Era el mismo hombre que ahora tomaba mate sin mirar a nadie.

La Colorada recordaba a su primo y sollozaba reclinada sobre los hombros anchos de la McCormick. Erszébet miraba a unos y otros con una perplejidad compadecida.

Después de que cada uno transitó su propia memoria en silencio, Roxi procuró recomponerse mientras iniciaba la última ronda de amargos para que todos se fueran preparando. Al terminar su mate, cada quien lo sorbió con fuerza, como rubricando algo, hasta las europeas; cada quien lo pasaba al siguiente en la ronda y después salía de la carpa para ir yéndose por su lado, sin despedirse, sin mirar siquiera a los otros, del mismo modo callado con el que se habían reunido y al que ya estaban habituados. Ahora estaban todos en grupos distintos y no querían decir demasiado sobre eso para no delatarse, por precaución.

La última que quedó fue Roxi. Desarmó la carpa sola, muy despacio. Cuando terminó, escarbó un rato en un par de lugares cercanos que parecía conocer. Luego de hurgar un rato, encontró lo que buscaba. Desenterró unas estacas de carpa que tenían grabado toscamente el nombre del Lungo; las estrechó contra el pecho y después de unos instantes las guardó en su bolso. Apagó el sol de noche, lo levantó con cuidado y empezó a caminar hacia el sur, muy despacio, ahogando un sollozo rebelde.

Desde el norte, desde el lado de la Capital, unos truenos roncos y apenas perceptibles anunciaron la tormenta que se avecinaba. Faltaban unos minutos para la medianoche.



Marcelo Huerta San Martín nació el 7 de enero de 1970 en José C. Paz, provincia de Buenos Aires, Argentina. Dice que le gusta escribir desde la primaria, lo que, tal vez de un modo oblicuo, lo llevó a recibirse de Analista de Sistemas, actividad que ejerce a toda hora, en el trabajo y en su casa, donde tiene un montón de programejos menores destinados a automatizar sus tareas informáticas, incluyendo la generación de la versión Palm de AXXÓN y de Sin Dioses, sitio del que es co-editor. Es desconfiado desde adolescente, escéptico a partir de los 20, ateo desde los 21 y bright poco después. (Para saber de qué habla en este caso recomendamos darse una vuelta por The Brights). En algún otro momento diremos de dónde sale su voluntad de escribir con algún significado. Por ahora adelantaremos que lo persigue el tema de las conductas programadas por otros (lean Piloto automático, y Chico natural), asunto que también aparece en Material descartable.

Hemos publicado en Axxón sus ficciones: PILOTO AUTOMÁTICO (75), CHICO NATURAL (86), PULSO (117), MATERIAL DESCARTABLE (156), VEROGRAFFITI (187)

Hemos publicado en Axxón sus artículos: AVENTURAS CONVERSACIONALES: EL INICIO HACIA LA FICCIÓN INTERACTIVA (129)


Este cuento se vincula temáticamente con EL ÁRBOL MALDITO, de Carlos Almira Picazo (183), CRÓNICA DE LA MASACRE, de Claudio Alejandro Amodeo (160) y EL RECUERDO INMÓVIL, de Luís Filipe Silva (168)


Axxón 192 - diciembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Ciencia Ficción : Memoria : Autoritarismo : Argentina : Argentino).

            

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