SOY

Eduardo M. Laens Aguiar

Uruguay

No sé lo que soy. Tampoco sé cómo soy. Sólo soy.

Fui testigo de destellos y luces, de contracciones y expansiones, he conocido zonas muertas y apagadas. En algún punto de ese derrotero eterno encontré el milagro del azar. La conjunción de improbables reglas y normas que, aunadas en un fin común, lograron lo que no vi en ningún otro lugar.

Allí fui uno entre varios, como todos, ni mejor ni peor. Tampoco distinto. Siempre supe que tenía una finalidad en este mundo, para con él. Ése era un designio sagrado, inquebrantable, determinante.

En mis inicios compartí mucho tiempo con los animales del llano y de la montaña. Vi nacer, crecer y morir a cientos de ellos. Los conocí, los llamé por su nombre y los lloré.

El venado me enseñó la confianza, el jabalí la fiereza. La mara la humildad y el caballo la lealtad. Peiné sus cabellos, pisé sus huellas y fui la cuna donde crecieron. Amé a los árboles y hundí mis dedos en la tierra en busca de sus cimientos.

El tiempo y esos afectos dejaron su huella en mí. Es imposible salir indemne de algo así. Olvidé mi lengua y conocí mis sentidos. Mudé mi apariencia hasta no recordarme. Mi piel fue corteza y mis pies raíces. Quise ser tacto y fui tierra.

La lluvia bautizó mi alma y regó mi espíritu. Con las manos hundidas en los lagos y los ríos toqué cada piedra, sentí cada pez. Ellos me enseñaron a luchar, a perseverar y a conciliar.

Fui ágil como sólo los peces saben serlo; fui paciente como sólo los peces saben serlo. Con sus ojos miré al mundo a través de vítreas ventanas que nunca duermen. Con sus oídos descubrí sonidos nuevos; lejanos y precisos.

Fui uno entre muchos, y todos, como si fuéramos uno. Seguí creciendo y cambiando. Fui más suave, pero escurridizo. Quise ser sonido y fui agua.

El sol y la luna, en su danza eterna, fueron los testigos de mi evolución. Soñé con lo que sentía y amé todo lo que veía. Una enormidad de sensaciones me emocionaba, me empujaba a buscar más, a querer saber más.

Sobre mi cabeza veneré a las aves. Adoré sus plumas y admiré sus viajes. Me ofrecí sin contemplaciones y no me abandonaron. En su vista tomé conciencia de este mundo. Entendí de perspectivas y enfoques, de posiciones y lugares.

Sentí el viento bajo sus alas hasta que fue viento bajo mis alas. Abracé la brisa y me extasié con todo lo que mis ojos pudieron ver. Quise ser mirada y fui aire.

Soy tierra, agua y aire. Soy vida. Todo lo aprendí. Todo me fue dado y lo reconozco.

Acepté que todo era bueno. Así lo vi.

Deseé haberlo creado, haber podido ser parte de la construcción de tanta belleza. Pero me conformo con hacer mi aporte a tanta perfección. Quiero compartir mi experiencia por siempre.

De mi anhelo nacerá un ser, tal como yo fui en un principio.

Será concebido a mi imagen y semejanza.


***


Cuenta la historia que un día nació de urgencia un niño, pequeño y frágil, aunque luego se dijo que muchos lo esperaban. No era ni mejor, ni peor que otros niños. Tampoco era diferente.

Durmió su primera noche en una cama improvisada; madera y heno. La misma madera que cobraría vida en sus manos, años después, al traspasar a ellas décadas de sabiduría embebidas en el oficio familiar. Cortar, limar, clavar.

Si bien su padre decía que el arte de la carpintería consistía en dar vida a la madera, él sentía que en cada corte, en cada astilla, lo vivo moría. Pero nunca se lo dijo a su familia, consciente de lo importante que era para ellos que él se convirtiera en un ebanista respetado.

Pulía tablas durante horas, con paciencia y devoción, acariciando la madera luego de quitar alguna aspereza. Cada vez que lo hacía, cada vez que su mano abierta recorría esa firme superficie, una congoja profunda y dolorosa crecía en su interior.

En ciertos momentos diminutas vibraciones lo atravesaban, al recorrer las vetas con la punta de los dedos, y sin saber por qué, deseaba que su alma conociera la pureza del cerezo, la solidez del roble.


Ilustración: Valeria Uccelli

Creció como los demás, y junto con ellos. Solía abstraerse de los juegos o conversaciones, tan abundantes en su adolescencia, para observar embelesado el vuelo de un pájaro o el salto grácil de una cabra de monte.

Hablaba a menudo con los animales, consciente de que podían entenderlo y más de una vez estuvo seguro de haberlos entendido. Su madre y su tía, testigos silenciosas de algunos de estos sucesos, vieron que el niño era diferente, especial, y atesoraron esos momentos en sus corazones.

Recorría las playas de su pueblo, sólo o junto a sus amigos. Conoció pescadores y muchas veces se embarcó con ellos. Se enamoró del agua, siempre pura y tan llena de vida.

Solía recostarse con el pecho en la proa de las barcas, mientras éstas avanzaban orgullosas, con las velas henchidas de viento, y extendía las manos al ras de las olas, sintiendo cómo el mar lo rozaba y devolviéndole esas caricias.

Su mejor amigo, conciente de su amor por el agua, lo llevó con un gran profeta que vivía en el pueblo. Muchos de los que presenciaron ese bautismo sintieron una presencia en el lugar, alguien como ellos, pero más completo. Invisible, abrumador.

En cambio él, al recibir la frescura en su frente, fue testigo de una visión que le cambiaría la vida. Como un velo que caía ante sus ojos, vio a quien muchos intuyeron. Un rostro duro, pero amable, un cuerpo grácil, pero firme.

Esa imagen le pareció todo lo que siempre soñó. Era la vida misma, era agua, tierra y aire. Era ave, pez, árbol y bestia. Era todo: su padre, su madre, sus amigos. Era él mismo.

En su interior supo que ése ser fue el primero, el padre de todos. Y dedicó su vida a encontrarlo, a ser como él.

Sus logros, a ojos de los demás, fueron proezas, milagros. Joshua abrazó a la tierra, besó el aire y caminó sobre las aguas.

Fue admirado y temido. Fue respetado y asesinado.

Clavado a una cruz de madera recorrió los últimos pasos. Su sangre fue agua, su piel corteza.

Algunos dijeron que murió, pero muchos creen que trascendió.


***


Miguel y Javier conversan en una mesa de bar. Café de por medio, como suelen ser las discusiones de dos amigos.

—Es que no es capricho —decía Javier—. Lo de Darwin no me cierra. A mí al menos.

—Cortala, Javi —respondió su amigo, cansado de discutir tan seguido de filosofía antropológica—. Toda una comunidad científica apoya al evolucionismo. La Iglesia misma acepta que el génesis de la Biblia debe tomarse como una metáfora. Es una historia con moraleja.

—No toda la Iglesia. Pero olvidate de la religión por un segundo —tomó la taza de café y la sostuvo mientras seguía hablando—. Si somos evolucionistas, seámoslo consistentemente.

Hizo una pausa para tomar un poco de café y, por la cara que puso, Miguel dedujo que se había quemado. Se recompuso y prosiguió.

—El universo arranca en condiciones iniciales, ponele Big Bang, ¿sí?

—Big Bang, demostrado empíricamente —concedió Miguel, y Javier asintió.

—Y todo empieza a evolucionar, sin ninguna conciencia que lo guíe. Puro azar.

—Hay leyes naturales, Javi, física, química, etcétera.

—¡Exactamente! Esas leyes, mezcladas con la probabilidad y estadística, hacen que ciertos organismos surjan y evolucionen de determinada manera. —Tomó otro sorbo de café—. Los organismos se amoldan a lo que estas leyes les imponen, en cada instante, a cada paso.

—Un poco minimalista lo tuyo, pero sí, así dicen que es como pasó —dijo Miguel hablando con la boca llena de comida, como siempre.

—Entonces tenemos un universo determinístico. No veo que en ningún punto entre el concepto de libertad. ¿Vos?

Como estaba tomando café, Miguel le dijo que no, meneando la cabeza.

—Es decir, y acá está el nudo de la cuestión —hizo un pausa algo teatral y luego prosiguió—, lo que vos pensás, lo que yo pienso, es el fruto de las leyes naturales y evolutivas, ya que en última instancia ese pensamiento es una combinación química o electroquímica en nuestros cerebros, que no podría ser ninguna otra distinta, dado que las leyes la llevaron a ese punto y no a otro.

Miguel enarcó las cejas en una expresión que denotaba un poco de incredulidad y mucho de sarcasmo. Miró al mozo y, aprovechando que éste no lo veía, hizo el gesto típico de pedir la cuenta.

—No seas gil —lo retó Javier—, te estoy hablando en serio.

—Ya lo sé, Javi, por eso trato de meterle un poco de humor al tema. ¿No te parece que estás sobre-analizando la cuestión?

—No, justamente es a eso a lo que me refería. —Levantó la taza, pero la volvió a bajar al ver que ya había tomado todo el café—. La evolución es total o no es evolución.

—Vos decís que son todas reglas. Cada mecanismo natural que opera en nuestros organismos, sea mental, biológico o químico, si comulgamos con el evolucionismo, es algo fijo.

—¡Claro! Uno, como ser humano, es lo que es, piensa como piensa y hace lo que hace, porque la naturaleza se lo impone.

Miguel quiso interrumpirlo para decirle otra vez que estaba hilando muy fino pero Javier no se lo permitió y continuó hablando.

—Esto nos llevaría a la siguiente conclusión: nadie es culpable ni responsable de nada. No hay bien ni mal. No hay moral. Cada uno hace pura y exclusivamente lo que tiene que hacer. Así como una piedra cae, nosotros pensamos determinada cosa.

—Así como lo planteás es escalofriante —opinó Miguel pensativo.

—Pero me parece que es a donde te lleva el evolucionismo consistente. Cualquier intento de salir de ahí, te obliga a meter un agente trascendente externo al sistema, que usualmente, en la jerga, es conocido como Dios.

Siguieron hablando un rato más, dándole vueltas a un tema que era obvio que no se resolvería en esa mesa. Pero Miguel se quedó pensando. No en esa perorata de que uno está obligado a ser lo que es, sino en el hecho de que una idea era excluyente de la otra. Evolucionismo o Dios. Y lo que planteó Javi le parecía inverosímil, demasiado absolutista.

Se saludó con su amigo y prometieron volverse a ver más seguido. Del bar a su casa tenía unas quince cuadras, pero decidió caminarlas. Cavilaba y meditaba acerca del asunto, sin preocuparse por la ciudad que anochecía a su alrededor. Pensaba en Dios.

Él no creía en el Dios cristiano o judío, mucho menos en las religiones politeístas. Rechazaba cualquier expresión de proselitismo religioso, ya que éstas reforzaban su opinión de que el mundo espiritual era un negocio terrenal, atendido por sus propios dueños.

Pero algo debía haber. Como había dicho Javi, un agente trascendente externo. Y por el mero hecho de no llamarlo Dios, lo llamó Ser.


***


El verano era la mejor época para visitar el sur. Miguel adoraba la zona de los lagos, donde el sol baña los picos nevados de las montañas y éstas devuelven el brillo purificado, dotando al aire de un halo celestial.

Había elegido pasar el día sin planes, recorriendo los bosques australes sin ningún itinerario definido.

No recordaba haberse sentido nunca tan en contacto con la naturaleza. El día, diáfano y cristalino, amplificaba los colores y aromas del lugar. Olía a pasto en crecimiento, se oían los cantos de los pájaros y el siseo de las ramas mecidas por la brisa.

Caminó durante casi una hora, gozando el festival de sensaciones que desfilaban para sus sentidos. Halló una roca a la vera del lago y decidió que era un buen lugar para descansar.

Se descalzó y hundió los pies en el agua. Si bien estaba bastante fría, dejó que su piel se aclimatara al cambio. Y una vez que lo consiguió, todo le pareció hermoso.

Sentía el vaivén del lago en sus dedos, el calor del sol en su cara y el respaldo firme de la roca. Cerró los ojos y un único pensamiento atravesó su mente: el Ser existe.

Se desperezó, arqueando la espalda y miles de destellos coloridos inundaron el telón oscuro de sus párpados. Abrió los ojos lentamente y muchos de ellos siguieron allí, desapareciendo de a poco.

Y como si de una aparición se tratara, una imagen borrosa comenzó a formarse en el aire, en algún punto sobre el lago.

Flotaba, aunque volaba era un término que aplicaba mejor. Aunque era abrumadora su presencia, estaba por completo ausente de Miguel. Simplemente recorría el espacio pacífico del lugar como un espíritu juguetón.

Del aire al agua, en donde no se hundía, sino que parecía fundirse con ella. Luego tomaba vuelo otra vez para mezclarse con las hojas de los árboles, como si ellos lo abrazaran y él les devolviera la caricia.

Miguel lo observaba maravillado, extasiado. No tenía palabras para describirlo. Era un hombre, pero era todo. Su piel era oscura, firme. Miraba con ojos ciegos que todo lo veían. Por momentos tenía alas, luego osamenta, luego aletas.

Por fin detuvo su recorrido unos instantes, cerca de la piedra donde Miguel reposaba. En un ínfimo lapso se miraron y se puede decir que se reconocieron.

En ese rostro extraño, Miguel vio al hombre, tan distante, tan cercano, tan propio. Ese ser era él mismo.

Alzó los brazos, como buscándolo, y se fundieron en una unión perfecta.

En un segundo Miguel fue agua, tierra y aire. Sintió la vida.

Se sintió tan completo por primera vez, que entendió que antes no había sido nada. Sólo una copia imperfecta de sí mismo.



Eduardo M. Laens Aguiar nació el 20 de enero de 1979 en Montevideo, Uruguay, y vive en Argentina desde 1985. Casado y con un hijo, es Licenciado en Marketing. Escribe desde 2005, siendo sus géneros preferidos la narrativa conjetural y la ciencia ficción. Ha sido publicado en AXXÓN, REVISTA NM, ALFA ERIDIANI, EFÍMERO y el libro "Desde el Taller" del IMFC.

Hemos publicado en Axxón: ¿MALDAD? (157), KHUL YORIÚ (158), SIN VUELTA (163), SEOL, bajo el seudónimo colectivo "Américo C. España" que compartió con Ricardo G. Giorno, Erath Juárez Hernández y David Moñino (165), REVELACIÓN (168), LA CONCEPCIÓN (170), EL PANTANO (180)


Este cuento se vincula temáticamente con PINOCHO SIEMPRE MIENTE. SIEMPRE MIENTE PINOCHO, de César Alberto Bravo Pariente (173), LOS ESPECTADORES, de Eduardo Abel Giménez (169) y APÉNDICE PARA OBRA DESCONOCIDA, de Luís Felipe Silva (173)

Axxón 192 - diciembre de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Conjetura : Religiosidad : Uruguay : Uruguayo).

            

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