FICCION BREVE (CUARENTA Y TRES)

Varios Autores



PIES FIRMES, PIES ERRANTES...

Gabriel Gil Pérez - Cuba


Estos años son el pasado del cielo...
Al final de este viaje. Silvio Rodríguez.


Ya estás cerca. Apenas te muevas. No hagas nada, sólo quédate quieto. Saldrás impulsado hasta ese planeta ahora mismo. Tienes puesto tu traje. Tienes tus treinta minutos de oxígeno en los balones. Tienes esperanza.

Treinta minutos. Son sólo treinta minutos, pero la escuadra de la frontera pasa cada cinco. Tienes suerte de que aún no te hayan encontrado.

Esta lanzadera artesanal no soportaría el paso por la atmósfera. Fue construida para viajes asteroidales, en el astillero de tu planeta. No resiste las altas temperaturas y menos una presión tan descomunal. Tu traje también cedería si llegase a caer en el planeta. Pero debes fingir un naufragio. Debes llegar a la estación intra-atmosférica de peajes y guardafronteras. Debes tener pies firmes. Son las leyes: pies firmes o pies errantes deciden si te quedas o no. Lo sabías cuando saliste de tu planeta. Lo aceptaste. Es difícil, complicado. No obstante, escogiste el riesgo, porque allá no tenías futuro.

Allá vivías en vano. Dejando pasar las horas. Y las horas pasaban, tan sólo para confirmarte que ésa era la única forma de no perder la cordura. Te fuiste.

Te fuiste y te llevaste la lanzadera que habías estado construyendo hacía cinco años, con los rezagos de piezas que la profesión de basurero sideral, ejercida sin orgullo, te permitía encontrar. La calidad de tu navío es deplorable, pero sólo lo necesitabas para llegar aquí a salvo. Ya estás aquí. Ya no te hace falta. Ahora debes eyectarte y no dejar rastro de él. Pero aún si quedasen rastros, aún si hallasen la nave tal y como se encuentra ahora, no invalidaría tu historia del naufragio. Ningún habitante de este desarrollado planeta cuestionaría la imposibilidad de viajar a bordo de ese trasto sideral. No obstante, arriesgarte sería absurdo: a los juicios aquí les dedican mucho tiempo y dinero. En cuanto eyectes el navío se irá en una órbita hiperbólica contra el astro central de este sistema, sólo los peritos arqueólogos podrían hallar un rastro del aparato bajo semejantes condiciones.

Ya eyectaste. Cuenta el tiempo, pronto tendrás a una escuadra recogiéndote del vacío y oscuro espacio profundo. Aunque... no está tan vacío, puedes divisar en casi el cincuenta por ciento de tu panorámica a tu planeta de destino. Del otro lado ves un par de lunas, asociadas al planeta, y a lo lejos muchos puntos brillantes. Uno de ellos es tu casa. Era, ya no lo es. Tu casa es ésta, acostúmbrate.

La patrulla debe pasar en el próximo minuto. Te quedan 26 minutos de oxígeno. Pero pasarán. En cuanto lleguen te inducirás un shock con una rutina de palabras preprogramadas. No podrán hablar contigo en media hora, pero te llevarán a la estación intra-atmosférica; deben atender a los náufragos por la ley del buen terrícola.

En cuanto te saquen del shock pedirás asilo, y tendrás pies firmes.

Los ves, debes fingir la petición de ayuda, deben entender tu desesperación. Te mueves sin control. Has puesto a rotar tu cuerpo. Tus tripas se baten unas contra otras dentro de ti, tu cabeza produce una gran migraña. Tus manos no dejan de oscilar en el vacío. Ahora las palabras:


Total. Siempre. Nunca. Serás. Tendrás. Verás. Dirás. Diré. Veré. Tendré. Seré. Quizás. Acaso. Parcial.


Despiertas. Ves una luz. No te preocupes, no estás muerto, ves también a un médico. Te estimula la pupila con una luz variable.

Debes darte prisa antes de que te den por ajeno y te lleven a tu planeta, debes decir algo. Tus pies están firmes, sientes la gravedad. Sientes una atracción hacia abajo. Estás en la estación. Date prisa. Ya puedes pronunciar palabras. Has salido totalmente del shock.


Asilo.


No es cierto. No puedes decir mucho. Estás débil. Debiste dar muchas más vueltas que las que crees antes de que te recogieran.


¿Qué dice?


El médico pregunta a alguien que no está en tu ángulo de visión. Contestas tú, adivinando la pregunta.


Asilo. Asilo.

Traigan a un abogado.


El médico dice algo.


Muchacho, no puedes pedir asilo.


No entiendes bien qué dice. Habla en una lengua de la cual sólo pudiste incorporar unas pocas frases. Pero su rostro te niega la solicitud. Lo sabes.


Pies firmes.


Contestas. Sabes la ley y discutirás tus derechos hasta el final.


Pies errantes, muchacho. Estás en una nave con gravedad asistida.


Temes sus palabras. Poco entiendes. Pero es definitivo. Una lágrima brota de tu ojo derecho. Volverás.




Gabriel Gil Pérez vive en Ciudad de la Habana, Cuba. Es estudiante de la Lincenciatura en Física en la Universidad de la Habana. Pertenece al Grupo de Creación de Género Fantástico y Ciencia Ficción "Espiral". Es egresado del Curso de Formación Literaria que se imparte en el Centro Onelio Jorge Cardoso. Tiene dos publicaciones digitales en DISPARO EN RED, boletín mensual de ciencia ficción y fantástico.



RUINAS

Jorge Villarruel - México


From the smoking cities we shall rise
And on the ashes we will build
Praying for that one day
The sun will rise again...

—The Gathering, Second Sunrise


Yuri abordó el subterráneo. Primera estación, Eclipse. El tren avanzó rápidamente. En la siguiente estación, General Traición, se subió un comeimanes. Yuri lo miró de reojo.

—¡Malditos magnetófagos! —siempre así de correcto para hablar. Conocía el lenguaje de las calles; incluso, mantenía relación con varias subculturas urbanas, pero su lenguaje habitual era el de un probeta.

El comeimanes hacía su show, a cambio de algunas monedas. Bajó en la cuarta estación, Compuertas.

—¡Malditos magnetófagos! —se repitió, mientras permanecía sentado en el asiento solitario del fondo—. Aquí la gente no tiene nada, ni dinero, ni atención. Algunos ni siquiera tenemos origen —se dijo, burlándose de su condición de probeta. Observaba a los otros pasajeros del tren.

Decimotercera estación, Allende (de las pocas que todavía conservan los nombres anteriores a la Crisis de 2010). Yuri desembarcó. No quiso esperar a la siguiente, que aunque lo dejaría más cerca, lo obligaría a mezclarse con un exceso de ciudadanía, algo que no podía soportar. Sus botas hacían eco por los pasillos vacíos. La luz de la calle rebotó sobre sus incrustaciones polarizadas. Se adentró en la multitud de la calle 5 de mayo, hasta llegar al edificio de la tienda de los búhos. Subió al entrepiso. Sanitario. Caminó hasta el tercer mingitorio, sistemáticamente, como lo había hecho siempre, durante los últimos 15 meses. Se lavó. Se puso desodorante. Buscó unas monedas en su pantalón y las dio de propina. Era la primera vez que Yuri dejaba propina.

El olor a humo era intenso. La calle estaba gris y llena de gente, daba la impresión de estar cayéndose a pedazos, como todas las cosas del mundo.

Arrastró pusilánimemente los pasos por la acera de comercios. A su derecha, las Ruinas de Bellas Artes. El calor era insoportable. Los aftergothics, que hacían de las Ruinas su punto de reunión aún desde antes de ser ruinas, lo miraban pasar. Yuri los reconoció y ondeó la mano. Luego entró en la librería.

Buscó la sección de fantasía. Un libro para Layla. Tomó uno en sus manos. Leyó. Entonces recordó que la noche anterior, Layla rompió con él.

Salió. Tres pasos a la izquierda. Entró a la Arcade. Gastó algo de dinero en un juego de combate aéreo. Un sueño; ya nadie volaba aviones. Era imposible con esa niebla amarilla irradiante por todos lados.


El calor seguía siendo terrible. Las botas, parecía, se le derretían en el pavimento. Se comió una hamburguesa entre los árboles cristalizados o cenicientos de la Alameda, frente a la estatua decapitada de algún viejo músico alemán, sordo según algunos. Le habían contado que la carne era de rata, pero eso le parecía absurdo. Yuri estaba seguro de que era bastante más fácil cazar y sazonar un perro. Además, era carne, y eso siempre es mejor que el papel.

Bajó los escalones. Se sentó en el andén. Activó el códec interno de sus oídos y escuchó música. Veía los trenes, la gente, el interior de sus párpados.

Frente a él, del lado opuesto de los andenes, apareció un hombre, cuya pierna derecha era tan pequeña que caminaba con ayuda de una muleta.

—¡Mundo miserable! —pensó Yuri, semblante oscurecido, cabeza apoyada sobre las rodillas—. Nadie tiene dinero ni para implantes.

Dentro de su oído central, Yuri escuchaba una canción de la época exactamente anterior a la Crisis: "and we don't know — just where our bones will rest — to dust i guess — forgotten and absorbed into earth below". Bajo las incrustaciones polarizadas Yuri, por primera vez, perplejo —se supone que los probeta no pueden hacerlo—, lloró.


Jorge Villarruel nació en Ciudad de México en 1980. Ha publicado en las revistas EL UNIVERSO DE EL BÚHO (85, 86 y 87) y EMBOGAZINE (2) de Ciudad de México; en el periódico EXPRESO de Sonora (donde fue finalista del concurso "Rodeo de Palabras 2007"), y en la revista electrónica NARRATIVAS (9). Fue descalificado de un concurso regional de poesía por "conducta inadecuada", en la zona de Ciudad de México donde vive actualmente. Fue ganador de un concurso de poesía en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, en 2005, organizado por Valeria Hernández (Embogazine), donde fue el único participante. Algunos de sus textos son montados en la galería permanente del café "El Scary Witches", de Ciudad de México.



LA AURORA

Manuel Llanes García - México


Como si fuera el más preciado de los secretos, planeamos la sorpresa desde la semana anterior. Cuando supimos que la radioactividad había desaparecido, los adultos salimos al exterior para desenterrar hasta la última mina. Nos acercamos a la puerta (cerrada durante décadas de muerte) y la hicimos ceder usando nuestras barras de acero. Así fue como contemplamos el cielo después de tantos años de vivir en los refugios. Ese día recuperamos la imagen del azul. Apenas si recordábamos el nombre de las cosas: la mayoría de nosotros éramos niños cuando la guerra comenzó y nuestros padres tuvieron que llevarnos hasta los subterráneos, donde las viejas instalaciones del metro nos salvaron. Apenas si hubo tiempo de llevar provisiones, animales, plantas... La vida continuó en las profundidades mientras afuera todas las especies se extinguían: aterrados, escuchamos las detonaciones y los gritos de dolor de los combatientes. Pero ya todo ha terminado. Los niños que entraron a los refugios ahora son hombres, padres de familia.

Todavía era de noche cuando mi esposa despertó a los niños. Todos los padres del refugio llevaban a cabo la misma operación. Las multitudes se prepararon para salir a la superficie. Ella tomó al más pequeño de la mano, para que no se perdiera entre la gente ansiosa que subía los escalones. Mi mujer y yo intercambiamos una mirada de amor y de complicidad: no podíamos esperar a ver la expresión de sus caras. Así, las nuevas generaciones conocieron la caricia del viento, que se deslizó ansioso por la compuerta, antes prohibida. Al fin estábamos afuera, de pie en una de las tantas calles de la moribunda madrugada. Entonces la vimos, luminosa y magnífica. Pudimos admirar el asombro en el rostro de nuestros hijos después de que les dijimos, señalando el horizonte:

—Niños, miren ese resplandor... es, es... la aurora.


Manuel Llanes García es un escritor mexicano, nacido en 1972. Es autor de la antología de cuentos Decir adiós de noche y del ensayo "La puerta cerrada en Las hojas muertas de Bárbara Jacobs o el testimonio de segunda mano". Licenciado en Literaturas Hispánicas por la Universidad de Sonora, actualmente estudia un doctorado en la Universitat de Barcelona. Vive en Barcelona, España.



OJOS CERRADOS

Jéssica de la Portilla Montaño - México


Ojos cerrados. Ella ignora si es una uña o si es un colmillo lo que intenta acariciar su cuello. Tal vez sea la yema de un dedo sucio, o esa navaja que él recibiera en su entierro.

Ella espera.

Ojos abiertos. Sólo una tela la separa del mundo exterior. Muñecas y tobillos se confunden con cadenas color violeta que la mantienen atada a su suave —pero innegable— prisión.

Ojos cerrados. Ella sigue esperando. La punta de un lápiz le roza un hombro. Tal vez se trate de un cutter, tal vez de un clavo oxidado...

¿Cuál sería la diferencia?

Ella espera. Sigue esperando.

Era un colmillo. Sólo era eso. Desde el principio tuvo que serlo, ella no abre los ojos y siente el colmillo encajarse en su rostro. El vapor de un aliento, dos respiraciones violentas, miles de células que gritan al ser rasgadas por ese objeto.

El colmillo resbala hasta alcanzar el cuello. Siempre es seguido por una larga y filosa lengua...

No espera más. Ella nunca abrirá los ojos de nuevo.


Jéssica de la Portilla Montaño, personalidad ficticia de Gina Halliwell, locutora nominada como "Mejor Escritora de Artículos de Internet" por la 11 Conferencia de Música Electrónica y Cultura Rave de la Ciudad de México. Recién publicada por Ediciones Libera en Fantasiofrenia II, Antología del cuento dañado. Síguela al infierno en TodoMePasa.com



SUSTANTIVOS

Francisco Costantini - Argentina


Las palabras y las cosas eran lo mismo, no estaban separadas, y habitaban todas en Dios. Entonces, dijo:

—Luz.

Y la luz brotó de Él disipando las tinieblas. Satisfecho, pensó su próxima palabra. Vio que las aguas lo cubrían todo, así que enunció:

—Tierra.

Y una sólida masa terrestre emergió desde las profundidades de su conciencia y ocupó su lugar en el mundo.

De esta manera Dios nombró y creó el cielo, las estrellas, la vegetación, toda la vida animal. Finalmente, pensó en crear un ser a imagen y semejanza suya que, sin embargo, fuera inferior, limitado en sus facultades.

—Hombre —dijo primero.

—Mujer —dijo después.

Los dotó del lenguaje para que pudieran alabarlo y comunicarse entre ellos. Pero sus palabras jamás serían creadoras, estaban escindidas para siempre de las cosas, relegadas a la mera representación de la realidad. También los dotó de libre albedrío.

Terminada su labor, se sintió orgulloso. Ya podía dedicarse a contemplarla, a disfrutarla.

Los hombres y las mujeres se extendieron por el mundo. No conocían la pena, todo era dicha para ellos, y por eso cada día alababan al Señor, su Dios. Él se complacía por este afecto y amaba a sus criaturas.

Pero poco a poco la insatisfacción fue apoderándose de su conciencia. La vida de esos seres era tan perfecta, tan feliz, que lo aburría. Cada día era igual al anterior. Meditó largamente qué hacer, hasta que escogió las palabras adecuadas.

—Odio —expresó.

Y este sentimiento se propagó por la tierra. Las personas dejaron de amarse, se pelearon y separaron. Esto lo divirtió, pero no lo satisfizo.

—Enfermedad —emitió, entonces.

Y conocieron el sufrimiento de la carne.

—Muerte —concluyó.

Y supieron que sus vidas no serían para siempre.

Al fin el mundo le pareció demasiado imperfecto, plagado de humanos defectuosos que no se respetaban entre ellos, no cuidaban la Creación, ni recordaban a Dios. No eran dignos de misericordia.

Desilusionado, pero especulando con futuras y mejores creaciones, soltó:

—Fin.

Y la historia terminó.


Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata, pero desde los ocho meses de vida ha residido en Batán (a diez kilómetros de "La Feliz"). Está terminando el Profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en un colegio de su localidad. Participa en talleres literarios desde el 2005.
Hemos publicado en Axxón: ESA PROFUNDA SOLEDAD (175), UN BREVE DESCANSO (179), LA DESGRACIA (180), JULIETA (186)



LA SOMBRA INTELIGENTE

Guillermo Galli - Argentina


Esa tarde que pisaste por primera vez la marmolería de la calle Crisólogo Larralde te aferraste a mi brazo y me gritaste al oído:

—¡Yo estuve aquí antes, yo estuve! —Con la convicción propia del que habla en capicúa. Mirabas los mármoles sumida en un viaje astral—. ¿Ricardo, crees en la reencarnación? —preguntaste, como quien asoma la nariz en lo desconocido. Te contesté que sí y enseguida te imaginaste ciento cincuenta años atrás paseándote por la misma marmolería; te viste encarnada en una ilustre dama porteña que acaso buscaba mármoles para su nueva casa del barrio norte, del brazo de su amado esposo, y ambos fugitivos del barrio sur por causa de la fiebre amarilla. Enseguida mencionaste que el amado esposo bien podría haber sido yo en una encarnación anterior, ya que el destino es una cosa loca. Sugerí que también podría haber sido al revés, tú el amado esposo y yo la ilustre dama, a lo que objetaste con tu oposición al cambio de sexo, siquiera como excusa del Más Allá. Pero créeme que si en ese momento te seguí la corriente en esto de la reencarnación fue para que no hicieras el ridículo.

Hoy te confieso que veinte años antes en ese solar no había ninguna marmolería, sino apenas el potrero donde me agarraba a las patadas con mis amigos, mientras tú tomabas la mamadera en Vicente López. De manera que no importa lo que digan tus libros de hipnosis y de regresión mental, no pisaste esa marmolería en una vida anterior, puedes estar segura.

En cambio estoy de acuerdo contigo en algo, y es que me consta que estuviste allí antes de estar, pero no en carne y hueso, sino en sueños. No hablo de las predicciones oníricas, que están reservadas para grandes acontecimientos como el advenimiento de la tercera guerra, el casamiento con la persona equivocada o el hundimiento del Crucero del Amor. Predecir una visita a una marmolería sería tan superfluo como indigno de cualquier arte adivinatorio. No te engañen tus aspiraciones a vidente natural, que bien las conozco porque leí tus cartas al director de Misterios Irresolutos.

La verdad es clara y te la diré: es la que predican los indígenas Batú de Kasai, al sur del Congo. Estos nativos llaman al alma "sombra inteligente" y afirman que cuando duermes, esta sombra se desprende de tu cuerpo y recorre la casa como una sonámbula, toma un vaso de agua de la heladera, pasa por el baño y luego atraviesa la puerta de calle para emprender una caminata por los barrios, hasta que suena el despertador y vuelve al cuerpo. No te extrañe entonces que hayas frecuentado en sueños la marmolería, aun antes de visitarla en carne y hueso. De ahí tu recuerdo. De ahí el consejo del dueño de la marmolería, que cuando nos íbamos me susurró a tus espaldas "cuide a su novia, que me anda espantando a los serenos". Porque te vieron, Susana. Te vieron de noche mientras soñabas. Vieron tu espectro en camisón y sin dentadura, traspasando los mármoles, yendo hacia al bailongo del terreno lindante. ¿Qué otra cosa son los fantasmas sino almas vagabundas de gente viva que está soñando? Por eso frecuentan la noche cuando el mundo duerme, para terror de unos pocos desvelados. Por eso las sábanas colgando, que arrastran, y las caras de traste, las risas de ultratumba, los alientos sucios y los balbuceos incoherentes. Y no me digas que son los finaditos que vuelven de la muerte. Porque sé que a veces no duermes y entonces vas al puerto donde crees haber visto mi espíritu. Pero yo no estoy muerto, entérate. Estoy vivo, trabajo en Singapur, de día me canso y de noche duermo, y cada tanto sueño que vuelvo al muelle donde nos despedimos hace ya diez años, y en mi sueño te veo, te grito: —¡Susana, Susana! —Pero tú tiemblas, te pones pálida y huyes bajo la luz de la luna, como si hubieses visto un fantasma.




Guillermo Galli nació en 1976 en Argentina; ha publicado en dos antologías de cuentos, Memorias de Soñadores en Ediciones Baobab (2003), y Estación Lector en Editorial Dunken (2005); es autor de dos guiones para cortometrajes realizados el año pasado, Frascos de Carlos Alloco, y La brisa del tiempo de Hernán Tonini. También lleva adelante un blog: Trampa en la escondida.
Hemos publicado en Axxón: LIBRO QUE MUERDE (182), TRAMPA EN LA ESCONDIDA (183), LA CUEVA DEL VILLANO (184)



COMPARTIDO

Adolfo German Beber Gehan - Argentina


Alguien levanta la mirada hacia el cielo y otros lo imitan. No parece haber nada extraño en la vasta inmensidad. Nubes interfiriendo entre el fuego y la tierra. Aves negras graznando cánticos lúgubres. La tecnología humana surcando el aire.

Se siente ese fresco característico de todo día que tiene muchas posibilidades de ser fatídico. Ese fresco que nos recorre la espina, sin importar lo que llevemos puesto. Se siente, se sufre. Casi sobrenatural. Y sin embargo exotérico. Algo que todos vivimos. Sentimos los pelos del cuerpo erizarse y gotas de sudor frío, gélido, corriendo y recorriéndonos la espalda. Apuñalándonos los nervios. Es un hielo que ningún viento sopla y que aparece así, de repente. Como si alguien, encontrándonos desprevenidos, nos arrojase un baldazo de agua fría y todos los músculos se contrajeran al instante. Palidecemos del susto y luego, pasada la sorpresa, nuestros sentidos toman conciencia y reaccionan a los estímulos externos. Nos llega la impresión mental del primer segundo, ese no-entender-qué-está-pasando.

Alguien levanta la mirada hacia el cielo y otros lo imitan. No ven nada y bajan la mirada. En cambio aquél la mantiene arriba, sin mirar nada... Yo lo imito. Tampoco miro nada.

Las nubes, las aves, el sol, un avión y más nubes.

Siento, de repente, que me dan escalofríos. Tiemblo de pies a cabeza y comienzo a sudar. Mis músculos se contraen. No comprendo nada. No entiendo que está pasando. Intercambio, por un brevísimo instante (un instante no puede ser sino breve), miradas con el otro espectador y volvemos a la posición apreciativa original. Y el avión se deshace en vapores, también en un brevísimo instante. Se pueden ver dos soles, en el mismo brevísimo instante. Sólo atino a cubrirme los ojos y a sentir la desagradable incomodidad que las gotas heladas me imponen sobre la espina.

Las nubes, las aves, el sol y más nubes.

Aquel otro baja la mirada, como si nada, cuando el resto de la gente que nos rodea la levanta. Pone las manos en los bolsillos de su traje, negro, como las aves que graznan. Esboza una horrible sonrisa. Da media vuelta y se marcha. Lo veo irse y su identidad me produce curiosidad. Me aterra pensar en reencontrarlo algún otro día y de nuevo tener que contemplar juntos el cielo.


Adolfo Germán Beber Gehan es un escritor nacido en Corrientes, Argentina.
De él hemos publicado antes en Axxón el cuento CAMBIO DE RUTINA (176)



OBVIO

Fernando Malaspina - Argentina


Bob bajó ansiosamente las escalerillas de la nave, y trastabilló. Pudo afirmarse en la baranda pero a costa de soltar el medidor de gases atmosféricos, que cayó al piso, produciendo un ruido de cristales rotos. "¡Sos un torpe, Bob, un maldito torpe!", se dijo. Recogió el medidor, lo sacudió un poco y comprobó que antes de romperse marcaba niveles aceptables de gases perjudiciales, y sólo uno o dos gases no reconocidos. Todavía un poco enojado consigo mismo, se quitó el casco e inhaló con cautela el aire del lugar; tenía un leve aroma dulzón, como de perfume barato; salvo por eso, parecía perfectamente respirable. Los rayos del sol le quemaban la cara y ésta le comenzó a transpirar. Con el casco bajo el brazo se dirigió hacia una colina que tenía enfrente.

Mientras sobrevolaba el asteroide había visto, detrás de aquella misma colina, algo parecido a una pequeña ciudad. Podría haberse alegrado, pero cuando se han llevado largos años vagando por el espacio en busca de vida y se han visto tantas cosas extrañas, uno prefiere ser cauteloso: no se alegraría hasta haberlo comprobado todo, hasta el más mínimo detalle; sabía que tan pronto informara de la existencia de vida vendrían miles detrás de él, en una comitiva de investigación muy costosa, y toda la responsabilidad sería suya.

Bob bordeó la colina y descubrió edificios, calles, semáforos... Caminó hasta una de las esquinas y se detuvo a observar lo que parecía ser una avenida principal de aquella ciudad; notó que había mucho tráfico. Giró su cabeza hacia la derecha y lo vio. Era un habitante del planetoide. Estaba parado, como esperando algo, junto a un poste. "¡Un ser vivo!", pensó Bob. "Y está esperando un ómnibus". Bob se acercó al ser, conteniendo la emoción y simulando un paso tranquilo para no asustarlo.

—Disculpe... —dijo Bob tímidamente al habitante.

Éste lo miraba de reojo y luego volvía a mirar la avenida, sin prestarle demasiada atención.

—¿Está esperando un ómnibus, acaso?

—¡Obvio! ¿Qué piensa que hago aquí con este calor insoportable? ¿Broncearme?

Bob estaba completamente asombrado.

—Mire, vengo de una base espacial cercana. Soy de la Tierra y estoy...

—Obvio —interrumpió el habitante.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo sé con sólo verlo: el traje espacial, la cara de asombro...

—¿Es qué no tienen astronautas aquí?

—Sí. Astronautas, sí. Lo que no tenemos es caras de asombro. —A Bob se le frunció el ceño—. Déjeme que le dé un consejo... —agregó el ser—. No ande por ahí haciéndole preguntas a la gente. Alguien podría fastidiarse. Usted es un "sombreado" y aquí no son bienvenidos.

"¿Sombreado?", pensó Bob sin lograr entender absolutamente nada. "¿Qué quiso decir con eso?"

Bob observó su propio cuerpo y también la sombra que proyectaba sobre el suelo... "Claro, tengo sombra, ¿qué hay de malo en eso?", pensó. Bob se disponía a comenzar una argumentación cuando notó que no había ninguna sombra a los pies de su interlocutor. Agitó una mano y luego la otra para comprobar si su sombra obedecía. Efectivamente: Bob tenía sombra y aquel habitante no.

El habitante seguía con el mismo rostro impávido de siempre.

—¿Cómo es posible? —le preguntó Bob—. ¡Parece perfectamente normal!

—Voy a mostrarle algo, terrícola.

El extraño hizo un movimiento parecido a un giro.

—¿Qué tiene de raro? —dijo Bob—. Usted acaba de dar un giro de trescientos sesenta grados.

—Se equivoca. Ésta es mi espalda. ¿Ve? —Volvió a girar—. Y éste es mi frente.

Bob reconoció que aquel ser era exactamente igual se lo mirara desde donde se lo mirase. "Tiene dos dimensiones", concluyó Bob.

—Usted tiene un lado oscuro, nosotros no.

—Pero... ¿Qué tiene de malo eso? Somos diferentes, eso es todo.

—No es tan simple, terrícola. Ustedes tienen dobles vidas, mienten, son misteriosos e impredecibles. Además hacen preguntas por cualquier tontería. Esto aquí no está bien visto. En este sitio todo es claro, todo es transparente. Sabemos todo acerca todos, desde que nacen hasta que mueren. Nuestra vida es... literal. Tan simple como eso.

Por la avenida se acercaba un ómnibus y el ser estiró el brazo.

—¿Se va? —preguntó Bob.

—Obvio.

El ser subió al ómnibus. A Bob se le dibujó una mueca de desprecio mientras acompañaba con la vista el alejamiento del vehículo. Dio un último vistazo a su alrededor: miró las casas, los coches, las calles, los semáforos...

Después volvió por donde había venido. En el camino sintió un poco de náuseas. Recordó los gases no reconocidos y consideró que tal vez fueran la causa.

Subió a la nave y clausuró la escotilla disponiéndose a partir.

—Bob reportándose a Base. ¿Me escucha Base?

—Te escucho claro, Bob. ¿Alguna novedad?

—Ninguna Frank, ninguna. Voy de regreso a la Base.

—Entendido, Bob.

—Frank, necesito un nuevo medidor atmosférico; el que tengo se ha roto.

—No hay problema.

Bob despegó, dejando atrás al planetoide, que se parecía una aceituna chata, suspendida en la inmensidad del espacio. Decidió llamarlo Obvio y, según lo que él opinaba, ahí no había vida.


Fernando Malaspina es argentino.



SOLITARIO

Adolfo Germán Beber Gehan - Argentina


Transita por los caminos del no-tiempo.

Nadie lo apura. Nadie lo presiona.

Extiende sus brazos al cielo y bendice al sol por su luz. Bendice al día que nunca acaba.

Revisa su reloj y las manecillas siguen girando... sin sentido.

Desprende la malla y lo arroja fuera del camino. Ya no sirve.

—¡Tengo todo el tiempo del mundo para hacer lo que se me dé la gana! —grita eufórico, para que nadie lo escuche—. No, en realidad no tengo tiempo... No existe.

Sonríe.

Es feliz.

—Puedo soñar en interminables ¿horas? de sueño. Puedo saltar sin ir a ningún lado. Puedo gritar groserías, sin que nadie me mire con reproche.

Es feliz.

Pero la eternidad pasa. Se convierte en otro estadio de la eternidad. E-TEDIO-dad, lo llama él.

Comienza a extrañar las noches de amigos. El zucundum-zucudum. La birra fresca sobre el asfalto caliente.

Extraña.

—¿Ahora qué puedo hacer? ¿Hay algo más?

Refunfuña.

Levanta los brazos al cielo y maldice al sol eterno:

—Oye, tú, que nunca te acabas. ¡Te odio tanto como un hombre puede llegar a odiar!

El sol, enterado de tamaña verdad, se escondió con vergüenza.

Y el tiempo volvió a correr.




Repetimos los pocos datos que tenemos de este autor, los mismos que ya ofrecimos en el cuento anterior: Adolfo Germán Beber Gehan es un escritor nacido en Corrientes, Argentina. De él hemos publicado antes en Axxón el cuento CAMBIO DE RUTINA (176), además de otro cuento que aparece en esta misma sección.



VEROGRAFFITI

Marcelo Huerta San Martín - Argentina


Tenía que escribirlo donde todos lo vieran. Así que una noche oscura, en el paredón frente a la estación de trenes, escribió a todo lo largo de la pared interminable: Juan Carlos ama a Mariela, con letras altas, exageradas. El trazo repasado una y otra vez, visto desde cierto ángulo, tenía un relieve inusual.

En uno de sus paseos juntos, Juan Carlos la llevó haciéndose el distraído al lugar donde el texto se veía mejor. A él lo hizo feliz ver que ella hacía gestos de sorpresa y contento, como era de esperarse; y cuando le dijo con qué aerosol lo había escrito, Mariela se sonrojó, se rió, agradeció, le dio un beso largo y amoroso. Después de ese día, de vez en cuando jugaban a olvidarse de la pintada y a sorprenderse cuando volvían a verla.

Pasó el tiempo. El afecto entre ambos, como suele pasar, fue mutando, perdiendo lustre. Las sorpresas se transformaron en costumbres, la locura en hábito. El goce fue recubriéndose de una pátina de rutina, de adivinar siempre lo que podía pasar. Se acostumbraron el uno al otro y algo se perdió; ambos sentían su falta, pero no sabían cómo recuperarlo.

Un día pasaron por la pared interminable. Juan Carlos miró el texto y al principio no notó nada raro. Luego se sobresaltó al darse cuenta de que no decía lo mismo que el primer día.

Juan Carlos amaba a Mariela.

Sólo entonces comprendió lo que en verdad significaba el lema "Una pintada siempre verdadera" de la publicidad del aerosol.

Había querido eternizar un instante de dicha y le había salido mal.

Cuando Mariela vio el texto, primero se demudó, luego empezó a sollozar muy quedamente y le dio un puñetazo a Juan Carlos en un brazo, sin mucha fuerza, pero furiosa. Finalmente se fue sola; él no la siguió. Al volver a su casa, Juan Carlos miró con rencor el aerosol que reposaba en un rincón de la cocina.

Todo se complicó entre ellos desde ese momento. Cuando salían, preferían estar lejos del paredón, pero las discusiones parecían inevitables; aunque se iniciaban por distintas razones, en la trama de esas peleas había siempre una sombra: la pintada maldita y su alteración.


Una tarde Juan Carlos no pudo evitar la tentación y volvió a contemplar desde la vereda opuesta el trazo oscuro de su aerosol. Escrito con la letra de siempre, ahora decía: Juan Carlos amaba a Mariela, pero se cansó de ella. Leerlo así, expuesto a los ojos de todos, era triste.

Entonces vio que de las letras existentes del texto parecía brotar un humo gris, formando nuevas letras al pie del mensaje mientras las demás se acomodaban. Juan Carlos corrió para observar de cerca; eran partículas diminutas. Qué causaba el fenómeno, él no lo sabía, pero el aerosol seguía cumpliendo con las promesas de su publicidad. El texto ahora decía: Juan Carlos amaba a Mariela, pero se cansó de ella y está triste.

Era demasiada verdad para leerla sin dolor.

Esa noche discutió con Mariela. Se dijeron cosas terribles, aunque ninguno de los dos se sorprendió demasiado; ambos esperaban ese momento desde hacía tiempo. Juan Carlos metió sus pertenencias en unos bolsos y por la mañana temprano se fue de la casa.

Su nuevo domicilio resultó estar lejos de allí y ya no se vio obligado a ver la pintada cada día.


Una Navidad volvió al barrio. El recorrido obligado por las viviendas familiares lo hizo pasar nuevamente por el paredón. Allí decía, en letras grises y delgadas, Juan Carlos y Mariela no son siquiera un recuerdo. Juan Carlos miró el texto un rato, suspiró y se alejó en dirección a su escala siguiente.

Mientras se alejaba, el texto empezó a despegarse de la pared y terminó disolviéndose como cenizas en el viento.


Marcelo Huerta San Martín nació el 7 de enero de 1970 en José C. Paz, provincia de Buenos Aires, Argentina. Dice que le gusta escribir desde la primaria, lo que, tal vez de un modo oblicuo, lo llevó a recibirse de Analista de Sistemas, actividad que ejerce a toda hora, en el trabajo y en su casa, donde tiene un montón de programejos menores destinados a automatizar sus tareas informáticas, incluyendo la generación de la versión Palm de AXXÓN y de Sin Dioses, sitio del que es co-editor. Es desconfiado desde adolescente, escéptico a partir de los 20, ateo desde los 21 y bright poco después. (Para saber de qué habla en este caso recomendamos darse una vuelta por The Brights). En algún otro momento diremos de dónde sale su voluntad de escribir con algún significado. Por ahora adelantaremos que lo persigue el tema de las conductas programadas por otros (lean Piloto automático, y Chico natural), asunto que también aparece en Material descartable.
Hemos publicado en Axxón sus ficciones: PILOTO AUTOMÁTICO (75), CHICO NATURAL (86), PULSO (117), MATERIAL DESCARTABLE (156)
Hemos publicado en Axxón sus artículos: AVENTURAS CONVERSACIONALES: EL INICIO HACIA LA FICCIÓN INTERACTIVA (129)



EL ÚLTIMO MONSTRUO

Ricardo Axel Casal - Argentina


¡He de matarlos a todos antes que termine la noche! Corro por la estrecha calle. Uno pequeño pero con grandes y afilados dientes se abalanza sobre mí, lo esquivo, blando mi espada y su cabeza rueda por el asfalto.

Sigo corriendo. Entro en un parque, veo a uno flaco, con enormes garras que pasan zumbando junto a mi cabeza. Me agacho, tomo la espada con ambas manos y la alojo en su vientre. Un chorro de sangre grasienta me cubre.

Salgo del parque, corro por la acera de un jardín lindante. Salta uno grande con púas en su lomo, me atrinchero en un zanjón. Cuando él cae en busca de mi carne, salto y caigo sobre él, apoyando todo mi peso en la hoja de la espada que se hunde en su cráneo.

Entro en una casa. Uno pequeño volador trata de picarme, lo corto a la mitad con un solo golpe. Siento un ruido en el pasillo, me acerco y rompiendo una puerta aparece uno que muerde y logra romper mi espada con sus dientes de metal y su mandíbula exageradamente grande. No importa, tomo carrera. Un golpe de mi puño en su ojo lo deja temblando, una patada en la sien lo remata, ése debió ser el último ¿o no?

Reviso la casa, estoy cansado, jadeando. Abro la puerta de una habitación y ahí está, justo frente a mí, a sólo unos centímetros de mi cara, el peor de todos los que he visto. Es grande, huele tan mal que si la muerte tuviera olor sería ése. No me rendiré, éste sí es el último, debo matarle, sus poros supuran pus, sus ojos inyectados en sangre me miran fijamente, yo también lo miro, pretendo clavarle mi mirada penetrante como un puñal, ninguno parpadea... Tomo coraje, cierro mi puño y lanzo un golpe cargado con todo lo que me queda de vida. No logro destruirlo, sólo dañar mi mano; ensangrentado, retiro el puño y veo caer los restos del espejo a mis pies.


Ricardo Axel Casal nació el 22 de octubre de 1976 en Neuquén, Argentina. Trabaja en informática y tiene estudios universitarios en esa área. En su época de secundaria siempre odió Lengua pero le gustaba mucho Literatura, y ahora puede decir que tiene como hobby tratar de escribir cuentos. Otras de sus pasiones son los viajes y la informática, y desde esta última también trata de aportar su granito de arena para que tantas cosas que gustan a los lectores de Sci-Fi y hoy consideran ficción sean mañana una realidad. Principalmente lee ciencia ficción: Asimov, P. K. Dick (éste es su favorito), Clarke, Fowler, Bisson, Blish, Bradbury, Hamillton, Niven, etc.



INSISTENCIA

Leonardo Montero Flores - Argentina


Un hombre está sentado solo en su casa; está leyendo "Sola y su alma". Sabe que no hay nadie más en el mundo: todos han muerto. Golpean a la puerta.

El hombre retiene el aliento, intenta acallar el repentino galope de su corazón y aguza el oído.

Vuelven a golpear la puerta, esta vez con más determinación.

Se oye una voz metálica que proviene del exterior:

—Señor, sabemos que está ahí. ¿No cree que ya es momento de aceptar uno de nuestros estudios bíblicos gratuitos?

El hombre, resignado, exclama:

—¡Oh, no! ¡Los robots testigos de Jehová!


Leonardo Montero Flores vive en San Juan, Argentina. En AXXÓN cumple una excelente labor divulgativa a través de su sección con noticias de la NASA.
Hemos publicado en Axxón: EL BUENO DE DIOS (168), EL CUENTO UNIVERSAL (178), FEEL (184), DR. MELTHER, MERCADER DE SUEÑOS (185)



K EN EL CASTILLO

Jesús Ademir Morales Rojas - México


Había pasado tanto tiempo desde que K intentara tramitar ese asunto en el Castillo infructuosamente, que un día comenzó a sospechar que el tiempo mismo estaba en contra del éxito de su tentativa. Desconfiado desde entonces, llevaba siempre consigo un martillo, y cada vez que un reloj suyo perdía la hora, K lo hacía añicos sin titubeos. Un día, luego de innumerables golpes, se dio accidentalmente en la mano. Y entonces K cayó al suelo, desmoronado en fina arena.


***


Siempre que K buscaba arribar al Castillo, éste parecía retroceder sin explicación alguna. Entonces K pensó que si se dirigía hacia cualquier otra parte, menos allí, tarde o temprano llegaría hasta él, sin buscarlo. Sin embargo, luego de fatigosos recorridos que le consumieron la vida, en el último respiro, el errabundo K se percató de que el Castillo lo había estado persiguiéndolo a él. Y ahora finalmente quizá lo había alcanzado por fin. Pero K ya no alcanzó a comprobarlo.


***


K dejó a su novia Frieda al cuidado de su par de jóvenes asistentes a fin de movilizarse con la mayor agilidad posible y por fin tramitar su ingreso al Castillo. Pero tras múltiples y frustrados intentos, cansado y lleno de impotencia, K renunció a ello, ansiando volver al hogar a los brazos de Frieda. Cuando llegó a casa sólo halló una nota: La joven había escapado para siempre. No quería ser buscada. Frieda era feliz ahora, con los asistentes, en lo más profundo del Castillo.


***


Cuando K golpeaba el portón del Castillo para que lo dejaran entrar, siempre escuchaba que abrían, sí, pero la puerta posterior. Cuando iba hacía allí, la encontraba cerrada. Pensó entonces cambiar de estrategia y llamar primero a esa puerta accesoria. Pero era ahora la principal la que se abría. Entonces K desesperado, se arriesgó a tocar una de las puertas y correr lo más rápido posible a la otra, tocar allí y regresar de nuevo hasta lograr su objetivo. Tanto lo intentó y tan fútilmente, que en uno de esos recorridos cayó al suelo, rendido. Entonces escuchó, que alguien con su voz agradecía en la puerta donde no estaba, y pasaba dentro del Castillo. Estupefacto, se arrastró hacía allí. No había nadie.


***


K un día, luego de su trabajoso empeño, por fin entró al inmenso edificio. Nadie le impidió el paso. Nadie le puso obstáculo alguno. Nadie le obligó realizar largas esperas, ni a presentar documentos imposibles. Nadie le cerró las puertas. Porque el Castillo estaba vacío por completo. K no supo qué pensar de esto. Y no lo hizo, porque el viento cerró las puertas del edificio abandonado y ya nunca volvieron a abrirse.


***


Cuando K logró por fin su objetivo y llegó hasta el Castillo, no quiso ir más adelante. Se acostó a dormir de tan fatigado que estaba. Entonces Franz despertó. ¿Tú ya llegaste?



INDIFERENCIA

Jesús Ademir Morales Rojas - México


Tras una noche agitada, K despertó convencido de haberse transformado en un grotesco insecto. Todo era diferente para él, todo distinto. Esta nueva relación con su entorno le ofrecía nuevas posibilidades de ser. Hasta algunas que jamás había soñado. Salió de su habitación para ver cómo reaccionaba su familia, ante su singular metamorfosis. Ellos le aguardaban en la mesa, durante el desayuno. Pero al verlo llegar no manifestaron ninguna reacción en lo absoluto. Lo saludaron con el tono de siempre. Sus alimentos habituales lo aguardaban. Él trató de hacerles saber lo mucho que había cambiado, lo prodigioso de ese acontecimiento. Ellos lo escucharon con una sonrisa y le hablaron conciliatoriamente. Le explicaron que había tenido pesadillas y que seguro aún no se recuperaba de ellas. Que se calmara y que comiera. K se alejó de ellos, airado. Se encerró en su habitación. No, no era posible. Le mentían, podían ver su nuevo yo pero no querían aceptarlo. Era un insecto ahora, sentía sus antenas, su miríada de patitas a los costados, su caparazón rígido a la espalda. Le estaban engañando al no atestiguar su transformación evidente. Corrió a mirarse al espejo. También era falaz. Por algún mecanismo atroz le impedía reconocer, en ese reflejo alterado, sus nuevas facciones. K miró detrás del espejo, buscando algún truco. Angustiado por las dudas arrojó el cristal al suelo, en donde se hizo trizas. K se inclinó y vio allí, en cada fragmento, su alterado rostro. Imposible contemplarse allí. Se arrojó al lecho a llorar su pena. Escuchaba sus zumbidos tristes, logrando estremecer la casa entera. Súbitamente tuvo una esperanza. Su más querido ser, su hermana menor. Ella no podría mentirle, estaban tan cercanos. Se agazapó en un rincón y esperó hasta la vuelta de su hermanita, ausente en ese momento. Pero pasó el día y la noche y ella no regresó. A la mañana siguiente, K desesperado, salió de la casa lleno de premura, ante la indiferencia de todos. Se aproximó al puente que cruzaba el río caudaloso. Y lleno de aflicción, se arrojó a las aguas.

Cuando caía, en su último instante, K pudo ver el rostro angustiado de su hermana menor, llamándole, asomada en el barandal del puente. Y hasta en ese postrero instante guardó la esperanza de que sus alas plegadas despertarían ya, y lo salvarían para llevarlo hasta ella... y más allá, detrás, hasta el mudo cielo azul.



LA ROSA AZUL

Jesús Ademir Morales Rojas - México


K está enamorado y celoso. Desde hace algún tiempo su novia se muestra distraída, bastante nerviosa. K sospecha que algo está ocurriendo. Cada vez que llega a verla, siente que alguien ha partido al momento. Si le telefonea desde el trabajo, casi no le responde. Cuando camina por la calle, percibe que la gente lo mira y le dedica mofas disimuladas. Ella, al parecer con inocencia, le está dando largas a la fecha de su unión matrimonial. K se consterna y reclama a la joven. Ella se siente agredida. Llora. Discuten.

Al día siguiente K, arrepentido, al salir del trabajo, piensa sorprenderla en su domicilio con una visita conciliatoria. Ha pensado obsequiarle una preciosa flor azul: una rosa. Pero cuando va a la tienda por ella, le dicen que han comprado ya la última.

K se resigna.

Frente al domicilio de su novia, pasa un auto a toda velocidad: casi arrolla a K. Él, furioso, hace un gesto obsceno al cafre, y le dirige una trompetilla burlona con la boca y con las manos. Arriba por fin al lugar. Se dispone a abrir la puerta, con una llave que ella misma le ha dado. Mientras lo hace, escucha rumores y pasos agitados dentro. El rostro de K se vela de ira. Se apresura a ingresar. Cuando lo hace, encuentra a su novia, sola, rubicunda y sonriente. Ella lo abraza como si quisiera ganar tiempo. Se escucha una puerta en la parte posterior de la casa. La salida trasera. K se dirige allí. No hace caso de los urgentes llamados de la chica, presto a sorprender al intruso. Muy cerca ya de la puerta de salida, algo en el piso lo distrae: una rosa azul.

K se detiene de golpe, picaporte en mano.

Siente un frío inusual en la espalda.

Afuera se escucha una feroz trompetilla.



LOS EXTRAVÍOS DE K

Jesús Ademir Morales Rojas - México


K abre la puerta. Tras un escritorio, el funcionario que buscaba señala otra puerta. K titubea, luego se decide y abre la puerta. Negrura. Se interna allí. Ruidos. Voces. K~avanza durante mucho tiempo entre esas ~tinieblas sofocantes. Fatigado, se acuesta a dormir. Cuando despierta, está sentado en un escritorio. Alguien abre la puerta. K señala.


***


K deambula por el Castillo, confundido y desorientado. Se acerca a un guardia a preguntar por la oficina de los trámites. Pero el guardia le responde en un lenguaje desconocido. K, desesperado, intenta hacerse entender gesticulando y agitando las manos. El guardia parece sorprendido. Pero luego asiente y busca que K lo acompañe. El joven le sigue. Está satisfecho de haberse hecho entender. El guardia conduce a K a un cuarto. Oscuro, silencioso. K se consterna. Allí varios guardias le derriban. Le someten. Poco antes de ser ejecutado, K les maldice. Los verdugos sonríen, como si comprendieran.


***


El sonido de la puerta al cerrarse despierta a K. Aguardando a que le abrieran, se durmió.


Jesús Ademir Morales Rojas nació en la Ciudad de México en 1973. Cursó estudios de Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México e Historia del Arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado en las revistas AXXÓN, CRÍTICA CL, REMOLINOS, POETA, FRACTURAS, NM, DESTIEMPOS, entre otras, y el sitio NGC3660. Además es colaborador permanente en el blog Sobre el mundo del cine.


      Hemos publicado en Axxón sus ficciones: ARDILLA (181), CINCO VARIACIONES (182), ALGUIEN SUSURRA EN LA PLAYA VACÍA (182), SIN TÍTULO (183), ECOS (183), IMPROVISACIÓN (184), EL SABLE FUGAZ, AL FILO DEL VIENTO (185), EL ARDID (INFIERNO 8) (186)
      Hemos publicado en Axxón sus artículos: ALIEN: EL EXTRAÑO SER QUE HABITA EN NOSOTROS (181)



Axxón 187 - julio de 2008
Ilustrado por Valeria Uccelli
Cuentos breves de diversos autores (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: Fantasía: Varios temas: Latinoamérica).

            

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