¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de Marzo 2011


ESPAÑA

 

Yo me quedé apoyado un momento en el hombro de la Isa, que no vio el final después de haber estado comentando todo el rato, porque se durmió. Estaba acurrucada, rosada y esponjosa, al borde del Manuel. “Eh”, los despertó el Joan desde el otro tresillo floreadito que gasta, deliberadamente a lo bruto. La Isa se estiró con los párpados pegados, sonriendo, con un arqueo que separaba la volátil blusa ocre de los costados como una duplicación imprecisa. Pasé la yema del dedo corazón por el brazo de madera. Nos reímos de lo mala que había sido la película. “No vayas más a ese videoclub, Joan”. Y él ofreció otros Baileys. Pero, después que el Manuel bebió un vaso de agua, sentenciaron que nos dejaban, que ya la velada se quedaba ahí. La Isa, tan correcta y responsable de pronto, pero la piel era un ser aparte, tímido y terrenal. Un roce en la cuenca de la mano y dos besos y ya bajaban las escaleras, huidos, compenetrados, serenos.

Me preguntó el Joan si me decidía a dormir en su casa o a cruzar los sesenta kilómetros hasta Sabadell a la una de la madrugada que estaba a punto de ser. Le contesté que me quedaba, pero que no tenía ningún sueño. Mientras oíamos el ralentí del coche del Manuel y cómo salía en primera, suave, impecable, quizá con unos dedos acariciándole la nuca, el Joan me hablaba en broma de jugar a las damas mientras llenaba otra vez de Baileys el vaso con el hielo al fondo medio derretido y bañado de marrón. De pronto dijo que, como me veía cierta expresión anulada y vana y sospechaba que necesitaba una charla o algo así, me proponía ir a tomarnos dos cervezas a la ribera del río, no andando, no, sino cogiendo el coche, yo, porque él iba un poco mareado, pero nada, que con el suyo. Tres kilómetros. Y nos fuimos.

Se iban a ver mejor las estrellas y el firmamento —el placer del Joan en usar esa palabra—, porque era noche sin luna. El vehículo debió parecer una barca zozobrando, complacido en el balanceo contenido al que nos obligaron algunos socavones. Uno recuerda entonces la inocente entrada al camino, al bies de la carretera, como una jugarreta silenciosa y desproporcionada. Le pregunté ingenuamente cómo podía ser que, a lado y lado de la ventanilla, la oscuridad fuera un manotazo descomunal. De pronto debí filtrar el último sorbo de Baileys que aún quedaba en los riñones, y fui un hombre que se va al río a tomarse sin más una cerveza. Los árboles parecían todos el mismo, pinos insomnes e impasibles. Al dejar el coche, el río nos devolvió alguna claridad reflejada del cielo. Olí romero, pinaza, humedad y tierra. La conversación andaba sobre en qué alcanza uno a ocupar su tiempo libre. El Joan arreaba tres cervezas colgando de la malla de plástico. “En muchas cosas”, me contestó, de verdad convencido. Volvió por una linterna (que le costó un minuto encontrar) porque ni siquiera nos distinguíamos. Cierta inquietud infantil nos volvió a despertar.

Bajamos la senda pedregosa con las chancletas de verano, con pocas esperanzas de no tener algún resbaloncito. Allí, cobijados por el puente que habíamos tenido que atravesar andando, la oscuridad volvía a ser la de antes. El Joan me ofreció apagar la linterna y no me negué. En esa noche cerrada en el bosque el hombre, pensé con acierto, por instinto ancestral sospecha la posible animación repentina de cada sombra, de cada planta. Los ojos dejan paso a sentidos que no han sido dulcificados ni reconducidos por la civilización, ni siquiera identificados, y uno es animal sin remedio, pero advenedizo, torpe, mientras su parte urbana sabe que la primitiva presiente unas fauces en cualquier lugar, sin tiempo para imaginarlas. Me entretenían esas ideas quizá porque ni siquiera eran mías. La charla con el Joan se mantenía en alto, expandida, espaciada y cada vez más franca. Las cervezas aún estaban bastante frescas. “Te dije sin alcohol”. “Es igual”, me contestaba. “En este tramo hasta casa no hay mossos”. Nos reíamos tumbados encima de la misma roca. Se oía el chapaleo desacordado del agua en los pedruscos inmensos de la orilla y, muy de fondo, el rumor del pueblo vecino, que pasaba su fiesta mayor. De hecho, habíamos temido encontrarnos con alguna pareja. Pero ahora ya estábamos a nuestras anchas. Un silencio reflexivo mirando las pocas estrellas que se veían, con total ignorancia de las constelaciones. Un ovni, tendríamos que ver un ovni. Otra vez nos callamos.

Al cabo de dos o tres minutos, me despierto de una cabezadita que había dado sin querer. “Sigo sin ver nada más que el agua pasando por debajo del puente”, dijo el Joan. La ribera descendía debajo de nosotros, en escalones de piedras y maleza, hasta el río. El monte se levantaba detrás, singularizado, mudo e inminente, sólo un poco recortado contra el cielo. Decidimos cambiar de roca y bajamos otro poco hasta colocarnos contra unas cañas, mejor recostados. El Joan volvió a apagar la linterna. Nos dijimos algo, y entonces oímos, con ligero escalofrío, otra voz que de más abajo aún, a la derecha, nos saludaba. Eran dos. Enseguida habló el segundo. Celebraban el encuentro inesperado con agrado y normalidad. El Joan les hizo notar, como simple comentario, que habíamos tenido la misma curiosa ocurrencia. No contestaron. Yo mientras tanto pensé que debían de ser dos rebotados de las fiestas del pueblo, quizá más borrachos que nosotros. Volvieron a proferir otra expresión simpática, incluso con cierta camaradería, y una indicación a la calma del discurso del agua, y a la languidez con que cantaban los grillos. Las ideas venían por el espacio opaco encajadas en un estuche de palabras humilde, casi campestre, pero eficiente, recio. Supongo que los dos concluimos que eran dos chavalotes pueblerinos de dieciocho o veinte.

Después de intercambiar dos o tres comentarios más sobre la tranquilidad de la hora, nos decidimos a acercarnos medio a tientas. El Joan encendió la linterna un momento pero, al llegar a su altura, debió pensar que era innecesario enfocarlos y la apagó enseguida, sin haber alcanzado a rebasar la mata de cañas. Aunque sí pude ver media cabeza del de más a la izquierda y ellos algo de nuestra figura según bajábamos, permanecimos de incógnito unos a los otros, y yo mismo parecía olvidar en ese inocente juego nocturno la cara del Joan. Nos preguntamos más directamente el motivo de la ocurrencia, por adentrarnos mejor en una conversación. Sus voces más de cerca me hicieron cambiar algo de la imagen ya formada. Parecían cascadas y trabajosamente viriles, como de quien ha vivido mucho en poco tiempo quizá, esa fue una de las impresiones que logró trasvasar la mente, agobiada un instante desde un lado por un peso que no sabía dónde dejar caer. Saqué, por lo tanto, la conclusión de que eran tipos de estos corridos y tal vez mayores de lo que había pensado antes. El Joan mantenía la charla con una ligera impostura de hombre de pueblo, mientras yo miraba alguna estrella, apoyado cómodamente, con las manos atrás, en la laja que me había correspondido. Oía hablar de trochas revueltas, de remansos del río allá más abajo, de rumores blandos de la pinaza y manos endurecidas del aguacero, de concavidades amigas en los pinos, de bayas jugosas de arbustos de nombres inauditos, de claros y cobijos frondosos a media ladera.


Ilustración: Maléfico

El Joan les ofreció cerveza al mismo tiempo que les comentaba sobre su trabajo, sin habérselo ellos preguntado. Se extendió cinco o diez minutos. Me pareció tan sobrante, no sabía por qué, que empecé a silbotear con los alvéolos. Les acabé de dar yo la cerveza que había quedado a medio ofrecer. Utilicé la malla de plástico, balanceando con ella la lata, y haciéndola chocar suavemente contra el cuerpo vecino, que, de todos modos, me quedaba al otro lado del Joan. Sin embargo, me di cuenta al mismo tiempo de que la cerveza estaba caliente. Se los hice notar enseguida, pero me dijeron como en broma que estaba como la esperaban. El de más allá abrió la lata con un chasquido inmediato y firme, y le oí el gaznate tragando como una enorme cañería. Justo después de preguntarles el Joan por su trabajo y del silencio que siguió, ellos volvieron a hablar de fuentes más abundantes o menos, dos o siete cerros más allá, de alguna cueva al final de cañadas y de desfiladeros, para las mejores horas de la siesta, de las mariposas verdeplateadas de los chopos, de macizos jabalíes.

Mientras el Joan, dando por hecho que eran pastores, se refería a miembros de su familia que también lo habían sido, yo advertí de pronto que el bosque despedía entonces —olo había despedido ya desde el principio—unolor reconcentrado de atávicas esencias, hondo y como ganchudo. Recordé que algunos hongos o setas, si se los pisa, son de verdad pestilentes. Puede que lo comentara. De esta observación me abstrajo la sensación extraña, nacida de su conversación, de la verdadera inmensidad del bosque, como una ciudad infinita a la inversa, lleno de rincones que se corresponden con parcelas cerradas de nuestro propio cerebro, como aguardando o alentando por ellas en ese otro espacio. Entre aquellos compañeros, la noche simplemente lo obedecía, insignificante, incluso como un disfraz benigno. Experimenté algo así como un vértigo de recodos, cada piedra, cada árbol, al margen de los ingenuos caminos y sendas. En la charla, el Joan era un borracho demasiado inconsistente. De pronto noté en la mente como el destello de una luz distinta, mezcla de agua y carne blanquísima, y supe que hablaban de algo parecido a mujeres, de una delicadeza inalcanzada, y quizá demasiado perfilada para nosotros dos. Empalagosa y un poco siniestramente, cada parcela de bosque podía contener una. Sentí a la Isa descolorarse como un fraude elegante y desbaratado. “Tómala”, me dijo una de aquellas voces rotas y ásperas como un pedazo reseco de corteza de pino, más que como de quien ha vivido muy deprisa como de quien puede vivir el mismo momento largamente. El Joan rió de la gracia de su indiscreción. “Tómala”, me volvió a decir, pero no como un consejo amistoso entre hombres, vandálico a propósito y un poco vano, sino como el derramarse infalible de un líquido abrasivo.

Todavía podían ser dos buscavidas perdidos, todavía lo eran. Uno se bajó de su asiento y me alcanzó el oído la rigidez de movimientos como estacas que sacudían el suelo, o como cascos de un cuadrúpedo, y un roce amortiguado contra la piedra como una cortina pesada o como un haz de largos cabellos lacios. Temblé unos segundos. El Joan pegó un bostezo sonoro de primaria naturalidad. Me levanté yo también de mi roca en el justo instante en que supe que ya estábamos otra vez solos. Si aguzaba el oído podía percibir el removerse del follaje ya a lo lejos, pero la conciencia lo evitó. Creo que aguanté dos minutos, presos los ojos en la claridad mínima del río y luego me fui, llevando de allí al Joan, que por suerte se valía por sí mismo. No estaba tan borracho, en verdad. Sentí a veinte metros del coche la angustia de los últimos momentos. Y luego ya no supe volver sobre ningún tema. Regresamos muy en silencio, casi cómicamente.

 

 

Daniel Buzón es el pseudónimo de Daniel Álvarez Gómez, que nació en Manresa (España) en 1977. Está licenciado en Filología Clásica y ha aprobado una tesina centrada en el teólogo Juan de Segovia. Sobre él y Nicolás de Cusa publicó a medias con otro un capítulo del libro Religiöse Toleranz im Spiegel der Literatur, 2009 (traducido al alemán por otro más…). Ha dado una comunicación en la UAB. Trabaja desde 2003 como sustituto de latín y griego para el Departamento de enseñanza del gobierno catalán, dando manotazos al aire bajo la E.S.O. Siempre que estas siglas oscurantistas se lo permiten lee, entre otras cosas, la literatura fantástica americana, además de filosofía y poesía. Como escritor literario, han pasado de él en una decena de certámenes.

Aquí publicamos por primera vez un cuento suyo.


Este cuento se vincula temáticamente con LA HUIDA, de Ramiro Sanchiz; OPERACIÓN “OPERACIÓN”, de Daniel Frini y OTRA TRAGEDIA GRIEGA, de Gerardo Horacio Porcayo.

Axxón 216 – marzo de 2011

Cuento de autor europeo (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Mitología : Seres fantásticos : España : Español).



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