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ARGENTINA  ARGENTINA

La casa es una mierda y a la vieja la odio.

Papá me obligó a acompañarlo, diciéndome no sé qué de la familia, que la abuela esto o aquello. Yo me intenté excusar diciendo que tenía que estudiar para la facultad, pero el viejo no aflojó. Un poco lo entiendo, pero… debería haberle dicho todo lo que esa mujer me hizo pasar cuando era un niño.

Después de que llamara de la Tía Albertina, que discutieron a los gritos como siempre, se puso muy nervioso. Después de cortar, algo hablaron por mensaje de whatsapp, algo que no me quiso contar en ese momento. Solo me dijo que fuera con él porque seguro a la vieja no le quedaba mucho tiempo y quería acompañarla y bla bla bla…

Hasta el día de mi muerte me voy a arrepentir de decirle que sí.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Como era de esperarse, la tranquera estaba abierta, con la madera casi podrida de tanta lluvia. Yo no sabía si se hacen mantenimientos a esas cosas o se las deja así no más, pero no me importaba. Iba a pasar todo el fin de semana ahí y quería guardar fuerzas para tener que aguantar lo que viniera. A pesar que la vieja estaba postrada en la cama, la sola idea de verla me revolvía el estómago y me hacía picar la cicatriz en mi brazo izquierdo.

Atravesamos un largo camino hasta llegar a la casa. Como dije antes… una mierda.

Antes de morir, mi abuelo quiso dejar hecho un paredón que rodeara la casa. No sé para qué, si no hay más que vacas y unos chanchos por esos lados. Pero insistió e intentó hacerlo, pero el esfuerzo fue demasiado para él. Ahora no quedaban animales y la mitad de esa construcción estaba resquebrajada y caída, con grandes huecos incluso.

Unos pocos metros dentro del perímetro del paredón, estaba la casa. De dos pisos, con un blanco devenido en gris y con columnas abrazadas de enredaderas. El caminito de entrada estaba devorado por un pasto alto y el moho se comía las paredes de la planta superior. Por dentro no era muy diferente. La última vez que fui incluso me pareció ver un par de ratas merodear por ahí, cerca de la cocina bañada de óxido. Algo que me llevaba a preguntarme ¿Qué comía la vieja esa? Para responderme a los pocos segundos que no me importaba, que no quería saber, porque capaz eran las ratas esas, que tenían la mala suerte de meterse en la casa, parte del menú.

Unas plantas deformes y desconocidas para mí, crecían a lo largo y ancho de aquel muro caído en desgracia. Algunos incluso tenían casi la altura de un árbol. Otros se abrían paso hasta la vieja vaqueriza, ocultando apenas el viejo camino. No pasaría mucho tiempo hasta que la terminara de reclamar la naturaleza.

Un muñeco atado a un palo a pocos metros de la entrada de la casa, con una sonrisa mal pintada en la cara y unos ojos de botones, recibía a los visitantes. Era de color gris y no tenía manos, ni siquiera dibujadas. Todo calvo, era un tétrico guardián silencioso. A sus pies tenía velas consumidas en sus propios montoncitos deformes y otras cosas que la lluvia se encargó de desfigurar. Era Julio y aparte del viento, las precipitaciones de la estación se hacían presentes en esos días.

La vieja ésta y sus mierdas, pensé y recordé algo más, algo olvidado en lo profundo, Yo ya vi ese muñeco de pibe ¿Habrá hecho lo mismo cuando papá vivía acá?

Papá se dio vuelta para mirarme, justo a medio camino de la casa. Aún me faltaba rendir el último año de la facu, pero no necesitaba mi título de piscología para darme cuenta que estaba nervioso. Un poco más de lo habitual.

—El muñeco ese es para protección de la casa ―dijo como adivinando mi pensamiento―, lo hace para protegerse y esas cosas.

—Bueno… bien por ella.

—Tratá de ser amable. Es tu abuela.

—No me interesa ser amable, solo vine para darte una mano a vos.

—Ya sé. Pero… es familia. A mí tampoco me entusiasma mucho estar acá.

Aunque un poco me sorprendió esa frase, seguimos caminando sin decir nada más. Por suerte llevé mi campera de cuero, porque en esos lados sí que hacía frío.

Al entrar a la casa, y luego de que nos recibiera el olor a encierro, vejez y vaya uno a saber qué más, nos golpeó un frío más profundo que el del exterior.

—¿Hace cuanto que no abre? —dije.

—Apenas puede bajar la escalera —contestó mi viejo—. ¡Ma! Ya llegamos.

Al no recibir respuesta, me dijo que me fijara en la habitación de arriba y que él se iba a fijar a la cocina y al baño. Asentí con la cabeza y comencé a subir los escalones.

Entonces me di cuenta de la penumbra del piso superior. Por lo que me acordaba, la casa tenía electricidad así que no había excusa para que estuviera así.

Avancé pensando que no tenía sentido ese viaje, porque era re obvio que a la vieja esa no le quedaba mucho tiempo. Un fin de semana no iba a hacer la diferencia porque hasta seguro no tomaba los remedios.

Y lo que costó que fuera al médico, pensé.

En ese momento me arrepentí de no ponerme firme en su momento y quedarme en casa, o ir a lo de mis otros abuelos. ¡Que pelotudo! ¿Cómo no lo hice?

Abrí la puerta de la habitación, aguantando las ganas de patearla por el ruido que hacían la madera y las bisagras viejas. Esperaba verla toda despatarrada en la cama, dura como los golpes que me daba en el nombre de su señor, como cuando yo era un pibe. Pero la encontré vacía, apenas iluminada por la luz que entraba por la ventana. Si esto fuera una película de terror, al darme la vuelta estaría ella, toda tétrica con su pelo blanco sucio al igual que su camisón y con las babas cayéndoles de un labio al otro. Pero no pasó así en la puerta de la habitación.

En realidad me la encontré cuando estaba por bajar las escaleras, apareciéndose por atrás intentando saludar, o eso pensé en ese momento, y casi ruedo hasta el piso inferior.

—¡Puta madre! —grité—. No te aparezcás así.

La vieja no contestó nada. Solo me miró con esos ojos bañados de gris, con las manos en la espalda y un intento fallido de sonrisa.

—¿Qué pasó? ―Mi viejo apareció tan de golpe que me hizo dar otro salto.

—¡La concha de la lora, loco! —grité—, me van a matar si siguen así.

—Agustín —ese tono de mi viejo—, la boquita…

—Acá está —contesté bajando las escaleras—, no se perdió.

Salí de la casa a pesar que mi viejo me llamaba diciendo mi nombre completo. Me molestaba tanto como el hecho de que me llamara Agustín, igual que cuatro compañeros y tres compañeras de cursada. Puta moda de los nombres.

Necesitaba fumar un pucho. Tenía la cabeza hecha un desastre. Un puchero mal cocinado de imágenes, recuerdos, marcas y recriminaciones.

Mientras fumaba, sabiendo que mi viejo estaba con esa cosa en el piso de arriba llevándola a la cama, me fui acordando de esa noche, cuando tenía solo doce años y apenas sabía lo que significaba oscuridad.

Doce años. Un sábado a la noche. Mis viejos llevaron a mi abuelo al hospital por una descompensación y me quedaba solo en esa casa con la vieja. Me daba mucho miedo quedarme solo con ella, pero no me atrevía a decirlo. Les aseguraba a mis viejos que las marcas eran porque me caía jugando con la abuela y ella me curaba como podía.

No era noche de tormenta, ni ninguna boludez así. Estaba todo muy tranquilo y yo contribuía quedándome quieto, pensando en cómo mis viejos no se daban cuenta de lo que sentía.

Si, estaba tranquilo… hasta que la vieja me pidió que la acompañara a buscar agua al pozo.

—¿Ahora? —dije, recordando que mis viejos me tenían prohibido salir de noche. Y yo era un niño obediente.

Ella solo estiró la mano y me miró directo a los ojos. Sentí un escozor que ahora me doy cuenta que es lo que uno siente cuando lo intimidan.

Le tomé la mano. Su tirón era fuerte, me obligaba a seguir su ritmo a pesar de mis cortitas piernas.

Pero no fuimos al pozo como ella me dijo. Sino a otro lugar, a la dirección opuesta, un poco más allá de las vaquerizas.

—El pozo está al otro lado, Abu —dije.

—No me llamés así —contestó sin mirarme.

Llevaba paso firme y su riñonera a la cintura, llevándome atrás de una muralla de arbustos. Algunas hojas y ramitas me rasparon la cara, pero nada grave. Lo que siguió apenas pude ponerle palabras años después. Apenas podía decir que en el centro de ese claro, estaba un muñeco atado a un palo, con una sonrisa mal pintada en su rostro de trapo vencido.

Cuando llegó la noche, mi viejo me dijo que durmiera en el living. Lo volví a amar por eso. Él tomaría la habitación vacía en el segundo piso, bien cerca de la vieja.

Al acostarme en el sofá-cama, me quedé pensando en él, en esa vieja que era su mamá y en esa casa de mierda. Estaba hecha con ladrillos e incluso revocada, pero en algún momento a mi abuelo, por algún motivo que todos desconocemos, se le ocurrió cubrir todo con maderas. Así que otro lindo recuerdo de la infancia, eran los ruidos de la madera estirándose en su insomnio.

Que lugar de mierda, pensé dando otra vuelta en el sofá-cama.

Pasó el tiempo. No sé cuánto. Pensaba que mi viejo hacía todo eso por obligación familiar, era su madre después de todo. Pero me intrigaba saber si él conocía lo que esa vieja hacía más allá de la vaqueriza o si yo fui el primero. Algo que descarté enseguida por lo que pasó esa noche. Esa noche… cuando…

Mi mente me traicionó, llevándome de nuevo a ese sábado oscuro casi a fines del verano del dos mil. Me mostró la cara de odio de esa vieja, el momento en que sacaba ese cuchillo que era de hueso, cuando me desnudó y me hizo unos cortes en los brazos. Cuando… luego de eso… ella me empujó al piso… y que por eso después nunca pude…

Un ruido llamó mi atención, volviendo al presente. Me levanté de un salto, el estruendo había sonado en toda la casa y parecía provenir de un poco más allá de la entrada del living.

Me puse los pantalones y las zapatillas lo más rápido que pude. Fui despacio, midiendo cada paso que daba, como si estuviera caminando en cáscara de huevo y no quisiera despertar al dueño del gallinero.

La luz de la escalera estaba encendida y allí estaba mi padre, tirado boca abajo a medio camino entre el primer y el segundo piso. Un hilillo de sangre caía por la prominente pelada, mezclándose con los largos mechones blancos que se dejaba por orgullo.

Corrí hasta él, lo sacudí diciendo su nombre. No respondió. Así que le tomé el pulso. Débil pero estable. O al menos eso creía yo, que apenas tenía un cursito rápido en la municipalidad.

Como si me escuchara, le dije que ya venía, que iba a buscar mi celular al lado del sofá-cama. Pero no pude dar muchos pasos en esa dirección. Sentí un fuerte golpe en la cabeza que me dejó mareado y de rodillas. Esa vieja de mierda apareció adelante mío, con algo en las manos que no pude ver bien, porque otro golpe me terminó de desmayar.

Apenas podía abrir los ojos. Mi cabeza giraba sobre un eje de dolor, abrazando todo el cráneo. Intenté llevarme las manos a ese punto, pero algo me detenía. Miré mis muñecas y aunque el mundo se movía de derecha a izquierda, me di cuenta que estaban atadas al igual que mis piernas. Otra inspección dificultosa y también supe que estaba en ese lugar más allá de las vaquerizas. Un viento frío me acarició el cuerpo, dándome cuenta estaba desnudo.

No de nuevo, pensé, ¡vieja hija de puta!

No veía a papá por ningún lado. Capaz seguía tirado en la escalera, con esa horrible herida en su cabeza. La vi en el centro de ese claro pequeño, delante de aquel muñeco, recitando algo en palabras que no entendía. ¿Por qué no podía ser una vieja normal? Una abuela que fuera dulce hasta lo empalagoso, como la mamá de mi madre. O capaz como mis otros abuelos. ¡Como alguien normal!

—¡Soltame! —grité—. ¡Soltame! ¡La puta que te parió, vieja de mierda! Te hacías la enferma no más, para que papá me trajera.

Pero ella no respondió. Seguía arrodillada ante el muñeco, repitiendo desnuda su letanía, dándome la peor sensación de deja-vú que se pudiera tener.

Traté de zafarme de mis amarras pero no hubo suerte. No sé qué tipo de nudo me hizo, pero era efectivo. Sentía casi como cosidas mis muñecas una a la otra. El viento aumentaba su fuerza, helándome cada vez más la piel, haciéndome sentir que las articulaciones se me endurecían.

Una nube se formó justo encima de nosotros. Yo ya sabía lo que seguía. Yo ya lo viví en aquel verano del dos mil.

Luché con más fuerza. Quería escapar, irme corriendo en pelotas si era necesario. Llegar a la casa, agarrar a mi viejo y salir y no volver nunca más. Pero no podía liberarme.

De la nube emergieron una multitud incontable de manos, manos que se estiraban en largos brazos que acariciaban el cuerpo desnudo de la vieja. Ella no paraba de repetir cosas en ese idioma que no entendía, dejándose manosear por aquellas entidades.

Se levantó. Alzó el viejo cuchillo de hueso y comenzó a caminar hacia mí, repitiendo aquellas palabras. Más cerca. Las manos fantasmales bajaron hasta la tierra, dejando entrever a sus fantasmales dueños. Más cerca. Ya casi estaba encima mío, con su cuerpo desnudo dispuesta una vez más a…

Y entonces la vieja salió volando hacia un costado, la nube desapareció en un rugido plagado de eco y mi padre apareció detrás de ella, con la cara ensangrentada y blandiendo una inmensa pala.

—¡Viejo!

Dio otro golpe a la cabeza de la vieja.

—Hijo ―dijo entre cansado y adolorido.

Me quitó mis amarras y me prestó su campera. Nos fundimos en un abrazo incómodo, entre el viento y el cadáver de una vieja desnuda.

—¿Sabés lo que me hizo? Ella…

—Lo sé, hijo.

—¿Qué?

—Lo sé. Porque es un lado de la familia que no quería que conocieras. —Lo miré esperando más respuestas. —Yo sé lo que viste o viviste porque lo vi y viví antes… cuando yo era niño.

―No entiendo ―dije, apenas aguantando las ganas de salir corriendo―. ¿Y nunca me dijiste nada? ¿Por qué?

—Algunas mujeres de nuestra familia son hechiceras, como tu tía Albertina. La diferencia es que algunas toman el camino más luminoso de ese arte y otras, como tu abuela, van por uno más oscuro… convirtiéndose en brujas.

Abrí la boca para recriminarle tantas cosas. De haber roto aquel silencio familia, de haberme contado todo en algún momento, podría haberme ahorrado muchas cosas y traumas.

—Antes de que nacieras, la Abuela dijo y re juró que no seguía con ese camino, que había abandonado esas artes oscuras ―tenía los nudillos blancos de tanto apretar el mango de la pala―, y todos le creímos menos tu tía Albertina. Ella nos advirtió pero la mandamos a callar. Yo la hice callar “Porque era mamá la involucrada”. Eso le dije ―las lágrimas asomaron desde las comisuras de sus ojos―, y mirá lo que pasó ahora…

En el momento de que se lanzó a llorar, lo abracé con fuerza. Todavía estaba enojado por lo que pasó, pero mi corazón gritaba que ese no era el momento.

Cuando nos calmamos me explicó que lo que hizo esa vieja, ya no la llamaba abuela o mamá, era quedarse con nuestra energía de vida y así prolongar su existencia, logrando estar viva a los noventa y ocho años a pesar de todo.

Y ahora sospechaba que le hizo lo mismo al abuelo Aristófono.

—Por eso las descompensaciones que tenía así de la nada y que los médicos no entendían qué era ―dijo entre dientes, siguiendo con una lista interminable de puteadas―. Yo me ocupo de esto, hijo. Mejor volvé a la casa.

Cuando llegó la ambulancia, pocos minutos del amanecer, les dijimos que la vieja se cayó de la escalera y que mi Padre al intentar ayudarla, se lastimó también la cabeza.

Nunca contamos lo que pasaba en el claro más allá de las vaquerizas.


Sebastián de Zaldua vive en Villa Mercedes, San Luis, Argentina. Fanático de zombis y vampiros, así como de naves espaciales, es licenciado en Trabajo Social, y docente de Antropología Social y Cultural en la carrera de Licenciatura en Trabajo Social. Ha publicado dos compilaciones de relatos, “Un saco de cuentos” (2017) y “Al borde del amanecer” (2020), y un libro de poemas, “Lírica de la oscuridad” (2020)