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CUBA

Para Antonio Tabucchi.

Por Sostiene Pereira, claro.

 

 

Cuentan los soldados, durante sus largas guardias, muchas historias fantásticas, apoyándose en sus lanzas y alabardas para no desplomarse de fatiga.

Y cuando ya se han relatado la de la Isla de los Unicornios, la de los reyes inmortales de Rurk, la del caballero que acudió a matar al último dragón y desapareció con él, o la del Chico de las Cabillas, el más famoso pirata de los Cinco Reinos, entonces los más viejos, los que no sólo recuerdan aún Soristerra sino que quizás hasta montaban guardia en el Palacio Real aquel día en que todo comenzó, vuelven a contar que la idea provino del inquieto genio del general Wikol, comandante del ejército.

Wikol, guerrero y poeta, era tercamente leal al trono soristio. Por suerte para el rey Bora El Distraído, porque si su general en jefe hubiese conspirado para hacerse con la corona, poco habría podido hacer en su contra el torpe y alelado hijo de Urfa El Preclaro. Porque bien poco había él heredado del instinto de su padre para reinar con discernimiento y justicia, dicen los soldados, sonriendo no obstante con cierta nostalgia al recordar a su antiguo monarca, lerdo pero simpático.

Recuerdan, no obstante, mucho mejor a Wikol, los soldados: su destreza con las rimas y su porte magnífico, que tan popular lo volvían entre las damas soristias, mientras que su asombrosa estatura y fuerza de titán y su habilidad de estratega lo convertían a la vez en guerrero invencible y conductor natural de hombres. Cualidades todas cuya conjunción en una sola persona sorprendía y más aún si, como el general en jefe, ésta contaba tan pocos veranos que aún no lucía en su próspera cabellera color ala de cuervo ni una sola cana.

Los soldados relatan, cuando les da por hacer memoria en torno a las hogueras de los campamentos, que Wikol, tras obtener la distraída venia real para su nuevo proyecto, acudió entusiasmado a Solbar: el más experto artesano de toda Soristerra, diestro en todos los oficios de la paz, pero sobre todo en los de la construcción y la herrería. Un hábil artífice digno de servir a reinos más prósperos que, sin embargo, y nadie sabe por qué, prefería trabajar en su pequeño país. A sus recias y hábiles manos se debían no sólo casi todas las fortificaciones del reino, sino también la mayoría de las armas y armaduras usadas por dos generaciones de combatientes soristios para defenderlo de invasores de toda laya y procedencia.

El viejo de rotunda figura y blancos cabellos, aunque fascinado por el desafío técnico, confesó a Wikol que ni todas sus habilidades con el ladrillo, la madera o el metal serían suficientes para lograr lo que le pedía… podía construir Aquello, sí, sería difícil y laborioso, pero posible. Era, sin embargo, por completo impotente para animarlo. Aunque, quizás con la ayuda de la magia…

Y fue así como, de nuevo con el visto bueno del rey Bora El Distraído, el guerrero poeta y el arquitecto metalurgo acudieron a Dunmu, el Nigromante, murmuran los soldados.

Dicen también, los pocos soldados sobrevivientes de Soristerra que aún son capaces de hablar del oscuro hechicero sin estremecerse, que tal y como era de asombrosa la habilidad de Solbar para erigir muros o moldear el hierro con sus instrumentos y herramientas, y la de Wikol para enlazar las palabras, blandir la espada o triunfar sobre fuerzas más numerosas en el campo de batalla con su ingenio, fortaleza y astucia, así mismo eran de impresionantes las capacidades de Dunmu para moldear la realidad con su voluntad, sus conjuros y su conocimiento de las Artes Arcanas.

Siempre vestía de negro, y superaba en estatura a cualquier otro soristio, incluso al ciclópeo Wikol, si bien era de contextura mucho más endeble. En cuanto a su edad, nadie podría calcularla con exactitud: se decía que había nacido en la lejana y helada Rurk, siglos atrás. Y cierto era que entre sus facciones aquilinas y apergaminadas brillaban con fuego intenso pero frío sus ojos, del mismo curioso gris que el de todos los nacidos en la norteña tierra. Algunos le llamaban el Sin Tiempo, y florida era su barba de plata, aunque el ancho sombrero alón que solía usar enmascaraba el hecho de que ya no quedaba ni una brizna de cabello en su cabeza, lo que le daba cierto extraño aspecto de gran ave de rapiña, se estremecen los soldados que lo vieron descubierto, con sólo rememorarlo.

El guerrero poeta y estratega y el constructor ceramista y herrero habían trabajado más de una vez codo con codo con el mago negro, uniendo sus talentos para rechazar alguna de las tantas incursiones armadas que debió enfrentar Soristerra. Porque los reyes de las poderosas naciones adyacentes de Iloristán, Turia y Xul-ad, a cual más codicioso y agresivo que su predecesor, parecían haber firmado un pacto secreto para cada cierto tiempo turnarse en la tarea de atacar a su pacífica vecina, soñando todos con ampliar sus ya amplios dominios a costa del diminuto país sin costas, encajonado entre sus tres grandes reinos, cuentan los soldados, y una luz de rencor viejo pero todavía vivo brilla en sus ojos al relatarlo.

Por eso, insisten los soldados, tanto quienes los conocieron como los que sólo han oído de ellos, aunque no puede decirse que Wikol, Solbar y Dunmu fueran amigos, sobre todo porque “amistad” es una palabra tan cálida y humana que nadie la habría aplicado a aquel hechicero de negro y helado corazón, al menos cada uno reconocía que los otros dos eran tan duchos en sus respectivas artes como él en la suya.

Suponen los soldados, los pocos lo bastante ingenuos como para creer que un Nigromante tan avanzado en el camino oscuro de las Artes Arcanas puede aún tomar en consideración tales detalles, que debió ser tan sólo por eso que Dunmu escuchó atento cada palabra del entusiasta Wikol y observó impasible cada enérgico asentimiento de la nevada cabeza de Solbar.

Con fluida y poética retórica debió argumentar el forzudo mariscal, asimismo de lengua de plata y fértil en ardides: tantas veces habían penetrado en el país fuertes contingentes de invasores iloristanos, turios o xul-ad, de los terribles mercenarios rurks o incluso de alguno que otro temerario pirata del Círculo Enmascarado de las Olas, como el célebre Cabeza de Leopardo o el todavía más famoso Chico de las Cabillas que, aunque hasta el momento habían sido siempre rechazados tarde o temprano, las bajas en el nunca demasiado numeroso ejército del pequeño reino se empezaban a acumular peligrosamente.

Y ya las mujeres apenas si alcanzaban a parir sus hijos con la velocidad suficiente para reponer tales pérdidas… con lo que pronto, pese al amor que su pueblo sentía por Bora El Distraído, simplemente tal vez ya no bastarían los hombres en Soristerra para trabajar en los campos y a la vez defender sus fronteras. Por lo que se imponía una solución definitiva a aquel problema… especulan los soldados que debió decir, los que tienen al menos vagas nociones de estrategia más allá de la táctica.

Recuerdan asimismo, los muchos soldados a los que alguna vez forjó y/o reparó armas o corazas en su fragua, que Solbar siempre refunfuñaba que cada vez iba quedando en el reino menos piedra buena para construir, y menos hierro y menos bronce con los que reponer las armas y armaduras rotas o perdidas durante los combates. Que decía también, a todo el que quisiera escucharle que, sin vetas de piedra o metal en su breve territorio, y obligada a comprarlos a los altos precios que los gobernantes de Iloristán, Turia y Xul-ad le imponían con la secreta esperanza de agotar su tesoro, el rey Bora El Distraído y Soristerra toda estaban al borde de la bancarrota…

Por eso, especulan los soldados que del comercio han adquirido alguna idea por haber sido guardias de aquel mercader o escoltado aquella caravana, el obeso arquitecto y herrero debió apoyar al joven poeta y general, e insistir en que era necesaria una solución definitiva… a la vez que urgente.

Y en consecuencia, escucharon los soldados, que inmóviles en sus puestos de guardia acaban acostumbrándose a aguzar el oído al no poder mover músculo, ambos habían tenido la idea de construir un arma tan superior que ante ella resultaran como juguetes todas las tropas de infantería y caballería, todas las máquinas de guerra e ingenios de sitio, todas las espadas, hachas, lanzas y flechas de cualquier invasor.

Un arma que fuera, no ofensiva, para que sus recelosos vecinos no fuesen a interpretarla como una amenaza, sino puramente defensiva, pero a la vez capaz de impedir la entrada en tierra soristia de cualquier extranjero, deducen los soldados.

Un arma que fuera a los altos fuertes de recia piedra que tan bien sabía alzar Solbar lo mismo que tales murallas a la más simple empalizada de troncos clavados en tierra, hacen memoria los soldados más viejos, los que aún no la han perdido con la edad. Un arma que conjugara la inamovible solidez del parapeto mejor aplomado con la dúctil movilidad de una armadura forjada a la medida, como aquélla, magnífica y hecha por Solbar, que lucía Bora El Distraído en los desfiles. Un arma que aunara la capacidad de discriminación entre pacíficos mercaderes e invasores hostiles del más experto guardia de puesto fronterizo con la total inviolabilidad de un foso repleto de alimañas venenosas, susurran los soldados, los pocos con tantos años como para acordarse, o con tan pocos como para atreverse a concebir sin temblar de terror un artilugio tal.

Especulan los soldados, claro que no todos, sino tan sólo los pocos que en su tiempo libre se complacen en desentrañar las motivaciones ocultas tras los fríos hechos, que Wikol y Solbar hablaron largamente a Dunmu de su proyecto, de sus ventajas, del ahorro que representaría para Soristerra no verse obligada a mantener continuamente sobre las armas a tantos hombres que podrían estar enriqueciéndola con su trabajo en los campos.

Pero por qué Dunmu, sobre cuyos propósitos y objetivos rara vez pudo nadie arrojar luz, y de cuyos muchos años de leal y fiel servicio a Soristerra se maravilló hasta su misma muerte incluso el sabio y por muchos llorado padre de Bora El Distraído, Urfa El Preclaro… por qué Dunmu El Sin Tiempo aceptó prestar su potente ayuda a Wikol y Solbar, lo ignoran incluso hoy todos los soldados, que de las Artes Arcanas no suelen tener la menor noción, ni tampoco desean tenerla.

Aunque tienen sus sospechas, claro.

Lo más probable es que el Nigromante, reclinándose en su sillón hecho con huesos de bestias largo tiempo ha extintas no sólo en Soristerra, sino en todos los Cinco Reinos, como siempre que alguna idea acariciaba su ingenio, simplemente murmurara “Se puede hacer”, hipotetizan los soldados.

Pero nadie lo sabe a ciencia cierta, claro.

Lo mismo que ningún soldado se atreve siquiera a imaginar qué extraños ritos y sacrílegos conjuros norteños trenzó Dunmu en la soledad de su alta torre, qué bestias ofrendó en sacrificio a qué oscuros poderes ni qué negros sortilegios usó para dar vida al hierro y al bronce hábilmente forjados por Solbar según las especificaciones de Wikol.

Lo cierto, lo indiscutible, en lo que concuerdan todos los soldados, es que Solbar y Dunmu trabajaron bien y aprisa. Porque, tan sólo tres semanas después de aquella reunión, el Escudo Mágico ya envolvía a toda Soristerra.

Aunque, discrepan otros soldados, el término “Escudo Mágico” no es en modo alguno el más adecuado para describir el artefacto que Solbar construyó siguiendo los consejos de Wikol, y al que la negra magia de Dunmu dotó de movimiento autónomo.

Quizás sería mejor “Ejército de Muñecos Mágicos” …

Porque, recuerdan los pocos soldados que pudieron ver la maqueta demostrativa que los tres artífices del ingenio presentaron al rey Bora El Distraído, el sistema consistía en trece anillos concéntricos de bronce, que envolvían a todo el pequeño reino, y sobre los que podían deslizarse de costado y de un punto a otro de la frontera una especie de monigotes de metal, sin cabeza: sólo altos escudos rectangulares, por encima de los que, lo mismo que por ambos lados, se descargaban las hojas de tres enormes espadas.


Ilustración: Aradano

Tienen bien grabada en su memoria, muchos otros soldados, lo imponentes que resultaban aquellas figuras cuando, ya en su tamaño natural, Solbar y sus ayudantes las iban colocando una a una sobre los interminables rieles de bronce, hasta que fueron miles. Eran más altas que el mismo talludo Wikol. Cinco dedos de grosor tenían sus escudos hechos del mejor acero, que cubrían los complicados engranajes y articulaciones de bronce, brazos mecánicos que descargaban aquellas tres hojas, de doble filo y tan largas como el cuerpo de un hombre.

Cuentan empavorecidos los soldados que vieron a aquellos monigotes blandir sus espadas con tanta fuerza que partían de un solo tajo troncos que ni el más robusto leñador soristio lograría talar en una hora de faena. Que, al ser golpeados por un pesado ariete batemuros o por el pedrusco arrojado por una catapulta o balista, basculaban hacia atrás sobre ingeniosas charnelas, asimilando así aquellos golpes tan recios que habrían hecho saltar en pedazos hasta a la más sólida puerta reforzada de bronce del Palacio Real, para luego volver a erguirse, intactos.

Recuerdan también los soldados, y no sin cierta satisfacción, cómo a la semana siguiente, probablemente informado por sus espías de las nuevas y extrañas obras de fortificación soristias, un nutrido contingente xul-ad encabezado por el mismísimo rey Banjul II El Fiero atacó las fronteras del pequeño reino vecino.

Ríen los soldados al rememorar el asombro de la famosa caballería acorazada xul-ad, que siempre les había costado tanto rechazar, ante aquellos nuevos adversarios de bronce y acero: sólo escudos enormes blandiendo largas y feroces espadas, sin cuerpos que herir, sin cabezas, brazos ni piernas que cercenar, y que acudían a donde más necesarios eran desplazándose veloces de costado sobre sus rieles, con aquellos escalofriantes chirridos que a muchos hicieron recordar la extraña risa de Dunmu, el Nigromante Sin Tiempo. Trece líneas de monigotes indestructibles, una tras otra, un obstáculo insuperable contra el que se estrellaron impotentes las oleadas de jinetes xuladios.

Cuentan los soldados con renuente admiración cómo las flechas de los arqueros de Banjul II rebotaban inútiles en los gruesos escudos de los muñecos mágicos. Cómo un ataque encubierto de los Asesinos Negros, el cuerpo de infantería nocturna más temido y silencioso de los Cinco Reinos, segundo sólo en arrojo de los mercenarios rurks, tampoco pudo burlar la mecánica vigilancia de los monigotes, que patrullaban día y noche, sin nunca dormir. Cómo la embestida de un rebaño de rinocerontes recién domados, el último recurso del rey invasor contra toda fortificación, fue también rechazada: las grandes bestias semidomesticadas lograron abrirse paso con sus filosos cuernos a través de las cinco o seis primeras filas de monigotes a puro empuje y peso corporal… sólo para caer literalmente despedazadas sin lograr penetrar más allá.

El ataque xul-ad fue esa vez rechazado sin una sola baja soristia, y la historia se repitió al mes siguiente, cuando el senescal Furyutu lanzó sus tropas contra el pequeño reino en un esfuerzo final por coronarse rey con plenos derechos de los turios, cuyo trono ancestral había quedado vacante al morir sin sucesión el anciano Vilox IV. Bien que lo recuerdan los soldados, que a veces gustan de emplear su tiempo libre discutiendo interminablemente sobre dinastías y herencias reales.

Furyutu, célebre por su astucia y ya enterado del descalabro de la invasión xul-ad, prefirió no enfrentar a los temibles monigotes: en vez de eso, recurrió a sus expertos ingenieros militares para construir grandes puentes que pasaran a varias tallas de hombre por encima de los peligrosos muñecos, comentan los soldados, admirando la zorruna inteligencia del que años después sería en efecto rey de los turios.

Pero tampoco aquel ingenioso ardid sirvió de nada contra la obra de Wikol, Solbar y Dunmu: sus creaciones resultaron estar montadas sobre vástagos concéntricos, que al estirarse deslizándose sus secciones unas sobre otras, eran capaces de elevarlas a más de treinta pies del suelo. Y del mismo inhumano modo podían extenderse sus brazos. Así que la ambiciosa obra de ingeniería militar planeada por Furyutu fue pronto despedazada por las implacables espadas mecánicas, recuerdan los soldados, divertidos.

Cuentan también, y extrañamente serios, esos mismos soldados, que los festejos de victoria decretados por Bora El Distraído para todo su pueblo duraron cuatro días y cinco noches… pero que al tercero se terminó toda la cerveza del reino. Por lo que, aclamada por los sedientos, fue con urgencia enviada al vecino Iloristán, de momento en paz con Soristerra, una caravana de comerciantes con fuerte escolta, para comprar nuevas provisiones de la espumosa bebida.

Y recuerdan sobre todo, con lágrimas de impotencia y rabia en sus ojos, los soldados que viajaron con aquella caravana, cómo al regresar cargados con decenas de toneles de espesa birra, los monigotes mágicos de la frontera les impidieron el paso, porque para su mecánico proceder, todo el que desde fuera pretendiese entrar en Soristerra era un invasor…

Entonces el pánico cundió en el pequeño reino, cuyos habitantes se creyeron prisioneros en su propia patria. Muchos decidieron huir más allá de sus fronteras. Y aunque Bora el Distraído, Wikol y otros consejeros les explicaron varias veces que tras la muralla de muñecos mágicos estaban seguros como nunca y les rogaron que no escaparan, para luego llegar a prohibirlo so pena de muerte, e incluso se colocaron guardias y patrullas para tratar de impedirlo, porque los monigotes sólo protegían de invasores del exterior, no contra fugas del interior, de nada sirvió.

Porque ¿qué es la seguridad sin libertad? razonan los soldados, los que saben.

Y cuentan, los soldados que se quedaron casi hasta el final, que privada de cualquier suministro exterior, por algunos años resistió aún Soristerra, ahora prisionera de su propio ingenio como antes lo había estado de su geografía. Que poco a poco fueron escaseando todos los bienes que antes el pequeño reino compraba o canjeaba a las naciones vecinas: primero el pescado y la sal, luego el mineral de hierro, la piedra y las telas, al fin todo lo demás, hasta que sólo podía encontrarse en Soristerra lo poco y de escasa calidad que en la propia Soristerra se producía.

Enviado por el rey Bora en busca de ayuda, Wikol regresó al frente de un fuerte destacamento, que incluía varios magos y dos legiones de mercenarios rurks, los mejores guerreros que se conocen, y probó nuevas maneras de burlar la defensa del Escudo Mágico.

Pero todo fue en vano, recuerdan los soldados, con lágrimas en los ojos.

Demasiado bien había concebido su artilugio. Los túneles bajo el suelo se derrumbaban, por cuidadosamente entubados que estuvieran: los monigotes, que al parecer sentían la labor de los minadores bajo sus rieles, empezaban a pasar y pasar cada vez más rápido por encima de los pasos cavados, hasta que la tierra cedía atrapando a los infelices. El fuego mágico, con el que un hechicero iloristano intentó anular el hechizo animador con el que Dunmu, el maldito Sin Tiempo, había investido a los muñecos mecánicos, ardió inocuo sobre sus escudos y espadas, sin lograr impedir o siquiera retardar sus movimientos, sino tan solo orlándolos con resplandores demoníacos que duraron largos meses. Las avalanchas provocadas con las que otros dos magos turios intentaron aplastar definitivamente a aquellos guardias de metal sin alma sólo lograban contenerlos durante breve lapso, hasta que las largas espadas, actuando como picos, quebraban la piedra, bajo la que volvían a alzarse incólumes los monigotes, que sólo se habían doblado bajo las toneladas de roca. Y tan breve era el lapso entre avalancha y resurgimiento de los muñecos, que sólo el valiente Wikol se atrevió a cruzar por encima, a todo galope de su negro semental de guerra, que aun así murió alcanzado por un golpe de espada mecánica… sacrificándose para que su jinete pudiera llegar a los pies del rey y confesarle su absoluta impotencia contra el obstáculo que por su culpa ahora aprisionaba a toda Soristerra, rememoran los soldados.

Y recuerdan también que, cada día más, el chirrido de los monigotes desplazándose día y noche sin descanso sobre sus rieles de bronce recordaba la risa maléfica de Dunmu el Nigromante.

El tiempo pasó, las semanas se volvieron meses y luego años. Los soristios fueron huyendo uno a uno, a veces burlando las patrullas, otras con su tácita complicidad, a veces junto a contingentes enteros de guardias fronterizos. La única manera de introducir algo en el país aislado era lanzarlo muy por encima de los trece rieles concéntricos de bronce y de los monigotes que los recorrían, día y noche, con potentes arcos o catapultas. O deslizándose como topos por estrechos, largos y profundísimos túneles por debajo, arriesgándose cada vez a que el continuo rodar de los pesados muñecos de acero y bronce derrumbara las endebles bóvedas de tierra sobre los esforzados minadores, como ocurrió tantas veces, recuerdan con rabia y frustración los soldados.

Y murmuran igualmente los soldados que, al final del segundo año de aislamiento, tras el suicidio por vergüenza del valiente general Wikol, que se dejó caer sobre su espada, y de Solbar el artesano, que por la misma causa se arrojó a su fragua, ni siquiera el rey Bora El Distraído pudo poner ya en duda que todo había sido un acto bien premeditado por Dunmu el Maldito, y ordenó encontrarlo y darle muerte, para sólo entonces darse cuenta de que nadie había vuelto a ver al oscuro hechicero de origen rurk desde el primer día en que funcionó el ingenio… aunque los omnipresentes chirridos ya no recordaban, sino que eran su risa misma.

Todavía hoy recorren los monigotes mágicos los trece rieles concéntricos de la frontera soristia, con chirrido en todo similar a las raras carcajadas del desaparecido mago. Metálicos guerreros ideales, sin cabeza ni ojos, invulnerables al cansancio y aparentemente al tiempo mismo. En constante movimiento, vigilantes días y noche, impidiendo con mecánica obstinación la entrada de cualquiera al vacío y agostado territorio de lo que una vez fue una pequeña y próspera nación, refieren los soldados, los que aún siguen, tercamente, visitando las lindes de su antigua patria dos o tres veces por año, con la nostalgia atenazándoles el pecho, aunque sus mejillas rubicundas y sus bolsas repletas testimonien lo bien que les ha ido como mercenarios en tierra extranjera, al servicio de los reyes de Iloristán, Turia, Xul-ad… no de Rurk, claro, porque ¿quién sería tan ingenuo de pretender enseñar cómo hacer su cerveza a un cervecero, o mostrar a los rurks cómo se combate?

Pero parece que, décadas después, incluso el duradero bronce y el recio acero empiezan ya a teñirse del verde y el naranja por la corrosión de tantas lluvias de verano y tantas nevadas invernales, y el chirrido de las ruedas mecánicas deslizándose sobre los rieles es más agudo que antes… O al menos eso dicen algunos soldados.

Aunque otros, sus hijos y nietos, los jóvenes nacidos lejos de Soristerra y que no entienden por qué sus padres y abuelos se obstinan todavía en vagar a cada rato en torno al Escudo Mágico, lo niegan y dicen que todo sigue igual, y que así seguirá, eternamente, como recuerdo del Nigromante monstruosamente egoísta que sacrificó a un país entero a quién sabe qué oscuras potestades, y para escarmiento de todos aquellos que, por resolver un problema, crean otro mucho mayor…

Pero no hay por qué creerles, claro. A fin de cuentas, no es más que lo que cuentan los soldados cuando ya no tienen otra cosa de la que hablar…

 

 

Este cuento se vincula temáticamente con ESCENARIO 0: VALLE DE CHESSICK, de Claudio G. del Castillo; EL HOLOCAUSTO DEL BÁRBARO, de Juan Manuel Valitutti y EL RELOJ QUE MARCHABA HACIA ATRÁS, de Edward Page Mitchell.


Axxón 224 – Noviembre de 2011

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Magia : Máquinas maravillosas : Cuba : Cubano).


Una Respuesta a ““Cuentan los soldados…”, Yoss”
  1. Francisco dice:

    Me gustó mucho. ¿Habla de Cuba y el bloqueo o ya estoy sobreinterpretando las cosas?

  2.  
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