Revista Axxón » «Condonautas» (parte 3), Yoss - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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—Shh… suelta, chaval. ¡Esas manos! ¡Que todavía no te perdono lo de esa Evita… tío, deja la calentura, que ahí ya llega el jefe! ¡Quieto, Josué! —me susurra Nerys al oído con su acariciante voz, escurriéndoseme húmeda entre los brazos y flotando sobre sus antigrav de sostén de vuelta a su lugar, pese a mi voluntad de retenerla apretándola.

No aprendo: por enésima vez, mis esfuerzos por sujetarla sólo logran que el carísimo traje me quede todo embarrado con su transparente mucus, menos mal que es inodoro y se seca rápido.

Los juegos sexuales con una ondina siempre tienen su precio.

A veces creo que disfruto provocando sus celos. Aunque no tenga piernas sino cola y aletas (o precisamente por eso), esta chica me tiene loco. Regreso a mi sitio, a regañadientes.

Como suele ocurrir, la aparición de Miquel Llul, el temido y respetado jefe del Departamento de Contactos, ha acallado todos los murmullos y chismes que hasta el minuto anterior recorrían la sala llena de condonautas, molestos por la urgencia de la convocatoria.

Tanto lo respetamos, aunque nunca haya sido uno de nosotros. El sexo no es lo suyo. Un chiste muy clandestino dice que el árido Miquel sólo podría Contactar con alguna raza de robots.

No obstante, a cada rato me pregunto si será descendiente de aquel gran sabio catalán, Ramón Llul, mucho mejor conocido fuera de España como Raimundo Lulio, porque lo que ha logrado hacer este flaco, estoico y barbudo cincuentón con el departamento es poco menos que alquimia: transformar plomo en oro mediante la Piedra Filosofal debió ser un juego de niños, comparado con convertir lo que sin duda era el puñado de Especialistas en Contactos más indisciplinados y revoltosos de toda la Esfera Humana en este destacamento disciplinado y sobre todo lleno de auténtico esprit du corps.

Bueno, al menos eso es lo que existe entre la mayoría de sus miembros.

Miro de reojo a Helmut Schmodt, que según nuestro mutuo y no escrito pacto, ha fingido enconadamente que no existo desde que llegó.

¿Esprit de corps, él? No conmigo, en todo caso.

Tataratataratataranieto o no de Ramón Llul, el Gran Miquel fue bien claro hace seis meses, cuando el alemán y yo tuvimos nuestro (hasta ahora) último roce, en el que casi llegamos a las manos. Al próximo problema, nos advirtió, los dos nos iríamos pitando del Departamento y de Nu Barsa, sin derecho a apelación alguna ni opción de regreso.

Y ni por un momento pensamos que Miquel El Implacable titubearía en cumplir su palabra.

Sin que le importe mucho que Herr Schmodt, nacido (o ensamblado, ya que es un ciborg) en el planeta germano de Vaterland, sea uno de los tres únicos condonautas de cuarta generación con los que cuenta el Departamento, ni mucho menos que yo sea uno de los Especialistas bajo su mando que más Primeros Contactos puede reclamar.

Como si captara mi mirada (y tal vez lo ha hecho: nadie sabe qué extraños sensores le incorporaron sus padres-diseñadores de Vaterland), Helmut se da la vuelta, me clava sus fríos ojos, que hoy son azules en vez de grises, color que habitualmente prefiere, y me muestra toda su dentadura.

¿Mi peor rival me está sonriendo a mí? Debo estar viendo visiones.

O tal vez acaba de contactar con alguna de esas especies Ajenas carnívoras y territoriales en las que enseñarse mutuamente los dientes es un gesto de amenaza, y se le quedó grabado el gesto.

Pero no; sonríe de veras, acariciando casi cariñosamente al condonauta de piel bronceada y vestido de impoluto blanco que tiene a su lado. Nunca antes había visto a ese chico, será un recién llegado. Y sin embargo, algo en él me resulta curiosamente familiar. Con ese desmesurado spend-droom y esa tez cobriza, tiene cierto vago aire caribeño; podría ser dominicano, jamaiquino, portorriqueño o…

Amplificada por el sistema de audio, la autoritaria voz de Miquel corta en dos mis reflexiones:

—Buenos días, condonautas. Ya saben que no me gusta desperdiciar tiempo en peroratas, así que seré breve. Esto no es una simple reunión administrativa. Se les ha convocado aquí para comunicarles tres noticias. —Hace una pausa, y por encima de la multitud, mi amigo Joan me guiña cómplice un ojo—. Una es buena, otra mala, y la tercera, regular.

»La primera es que, como esperábamos hace años, finalmente una raza Ajena extragaláctica ha llegado a nuestra Vía Láctea.

El murmullo que se alza de entre el más de medio centenar de Especialistas en Contacto pendiente de sus palabras es prueba suficiente de lo importante que resulta el hecho.

Vaya, parece que Joan se equivocó ligeramente; esta vez ya no se trata de huellas posibles, ni de dudosos avistamientos, existen, y por fin alguien los…

—La segunda noticia, la mala, es que no fuimos nosotros quienes Contactamos con ellos. Y cuando digo nosotros no me refiero sólo a Nu Barsa, sino a toda la raza humana —continúa Miquel, honrando como siempre su reputación de implacable.

Mierda, ahora sí que nos jodimos. Si los Contactaron primero los kigros de Ofiuco, esos rácanos arctianos o incluso los paranoicos furasgos, nos costará lo que tenemos y lo que no tenemos llegar alguna vez a tener acceso a ese dichoso hipermotor de alcance intergaláctico. Bueno, siempre queda el consuelo de que esos alemanes y rusos prepotentes también tendrán que pagarlo a su peso en oro. Claro que ellos, con planetas enteros a su disposición, tienen muchos más recursos que nosotros los pobres catalanes.

Nosotros los pobres catalanes… vaya, suena bien. Casi me lo creo y todo.

—Y la tercera y regular es que quienes tuvieron el afortunado privilegio fueron… los quígaros —concluye Miquel, imperturbable.

Un suspiro general, a la vez de alivio y de decepción, si tal cosa es posible, recorre toda la sala.

No es que el hecho sorprenda a nadie; estadísticamente hablando, ninguna raza tenía mayores probabilidades de Contactar a los extragalácticos que los incansables vagabundos de la Vía Láctea.

Como mismo nadie sabe qué fue de los «Sabios Creadores» tarplinos, tampoco se conoce de dónde provienen sus «Indignos Discípulos», también conocidos, por culpa de nosotros los humanos, siempre tan imaginativos creando alias, como Gitanos Ajenos.

Sus inmensas, destartaladas y pacíficas, pero a la vez incomparablemente rápidas naves-mundo, construidas con buen y sólido metal y nunca con tecnología de campos, pueden encontrarse en cualquier recoveco de la Galaxia. Son además numerosísimas; hasta ahora se han contado más de veinte mil. Y en cada una viajan apretujados millones y millones de quígaros, tantos, que pocos soportan permanecer en una de ellas durante algunos minutos, siquiera; tan fuerte es el aroma a multitud que tiene su aire.

Ninguna otra raza Ajena dispone de una flota tan imponente. Los quígaros aducen tal cantidad (además de como evidencia de que no creen en el control de natalidad y que la superpoblación no les preocupa) como la prueba irrefutable y definitiva de que jamás tuvieron un planeta de origen, sino que siempre han vivido en sus naves, desde que los míticos tarplinos los tomaron bajo su tutela o los crearon, nunca aclaran el particular.

Puede ser. Ellos no tienen registros escritos, pero ni siquiera en los anales de las más antiguas especies de la Comunidad Galáctica, como los kigros, consta otra cosa.

Por su parte, la mayoría de los exobiólogos opina que ninguna raza inteligente puede haber surgido ya vagando por el espacio, como Palas Atenea adulta y armada de la cabeza de Zeus. Lo que apoyaría el sentir general de que si alguna vez tuvieron un planeta de origen, los quígaros lo abandonaron hace tantos milenios que ya olvidaron su localización, o guardan el secreto para vendérselo a quien esté lo bastante interesado en el dato como para pagarlo en lo que vale.

El episodio en el que Joaquim Molá logró arrancarles ¡veinticinco hipermotores operativos! a cambio de tan sólo un diccionario trilingüe y de su gato, podría considerarse casi una vergonzosa excepción en la historia comercial de los «Indignos Discípulos», dado que, incluso entre la pléyade de especies de hábiles mercaderes que integran la Comunidad Galáctica, se considera a los quígaros negociadores especialmente astutos, que nunca dan nada gratis, ni siquiera barato.

Salvo, por supuesto, los hipermotores fabricados por sus adorados tarplinos, tan eficaces y a la vez tan resistentes a la ingeniería inversa. Con respecto a los cuales los quígaros, paradójicamente, parecen tener la misma actitud desprendida que algunas antiguas sectas cristianas de la Tierra con su libro sagrado, La Biblia; contribuir encantados de que todos lo conozcan y lo usen.

Muy curioso resulta también que los quígaros, pese a su interés en comerciar toda clase de tecnologías, nunca hayan querido comprar, ni vender, ni mucho menos usar armas.

Son pacifistas convencidos, o cobardes hasta la médula, según se mire. Ni siquiera tienen una estructura de control jerárquica, por lo que se sabe. Probablemente esa democrática no-violencia ayuda a que, hacinados como viven en sus naves-mundo, no se enfrasquen en terribles peleas a cada momento y por cualquier cosa, como harían los miembros de casi cualquier otra especie en condiciones semejantes.

No es una ética del todo excepcional; en la Galaxia se conocen al menos un par de decenas de razas que abogan tercamente por la coexistencia pacífica incluso ante la amenaza de ser aniquiladas, si bien ninguna ha alcanzado la difusión o la importancia de los Gitanos Ajenos. En un ambiente de tanta competencia como son las relaciones comerciales interestelares, una especie que no esté dispuesta a recurrir a la violencia ni siquiera como recurso extremo suele quedar rápidamente desplazada a un discreto segundo plano, cuando no veloz, definitiva e irreversiblemente extinta.

¿Les ocurriría eso a los legendarios tarplinos?

Paradójicamente consta que, en un no muy remoto pasado (y eso a escala de la Comunidad Galáctica suele significar un buen par de millones de años atrás) los quígaros tuvieron a su servicio como esclavas no a una, sino a varias decenas de razas Ajenas, aunque ellos protestan que no fue exactamente así, que sólo se trataba de clones inspirados en el ADN (o su equivalente en otras especies) y que renunciaron a esa engorrosa costumbre tan pronto fueron capaces de controlar su propio genoma, según las enseñanzas de… ¡claro! ¿Quién si no? Los «Sabios Creadores» tarplinos.

Aunque se diría que tardaron unos cuantos y cómodos milenios en interpretarlas, así que no confío mucho en esa historia. ¿O será que me cuesta trabajo imaginarme cómo una raza no violenta puede practicar la esclavitud?

Por si acaso, ¡menos mal que Quim Molá les dio un diccionario y un gato, y no su ADN, a cambio de los famosos veinticinco primeros hipermotores! De otro modo, violentamente o no, quizás ahora habría una raza de clones humanos sirviendo como esclavos en más de una nave-mundo.

Y qué suerte que también existen los «count-downs»; no me gustaría imaginarme una raza de clones míos subrepticiamente creados y esclavizados por estos «Indignos Discípulos». Con mi ADN en particular, y con el humano en general, mejor que nadie se meta, o…

También existe consenso casi unánime respecto a que los quígaros son una de las razas más antiguas de toda la Comunidad Galáctica. Ellos insisten en que son apenas unos recién llegados: y que, claro, sus mentores, esos fantasmáticos «Sabios Creadores» tarplinos, serían la especie inteligente más antigua de todas. No en balde el Protocolo de Contactos fue precisamente idea suya.

Claro que, como se niegan o no pueden presentar registros u otra clase de pruebas cualesquiera que avalen su pretensión, la actitud general de otras razas hacia tal idea es más bien escéptica; ya se sabe, no se puede creer en todo lo que dice la gente, sobre todo si es gente quígara.

Pero no es su abundante flota, su antigüedad, su habilidad mercantil, su pacifismo ni su bien asumida condición de nómadas galácticos lo que vuelve una raza única a los quígaros, sino otras dos características bastante más curiosas.

La primera es que cada una de sus numerosísimas, gigantescas y caóticas naves-mundo, verdaderas arcologías con hipermotor que pueden medir decenas de kilómetros de largo y dar albergue a varios millones de individuos, es prácticamente un mundo aparte. Sus condiciones de temperatura, relieve interior, composición del aire, humedad y hasta gravedad varían notablemente de una a otra. Si lo sabré yo, que ya he visitado unas cuantas.

Y en consecuencia, los exobiólogos suponen que se trata del efecto acumulado de muchos millones y millones de años de evolución por separado, pero lo cierto es que los quígaros de una nave no suelen parecerse mucho a los de otra. Ni en cultura, ni en lenguaje, ni mucho menos en anatomía.

Muchos condonautas dudan que ninguna evolución por separado tenga nada que ver en el asunto. Quizás porque a veces los Gitanos Ajenos adoptan morfologías bastante… caprichosas sería una forma suave de calificarlas.

Pueden existir más diferencias anatómicas entre las tripulaciones de dos naves-mundo quígaras cualesquiera que las que hay entre nosotros los humanos y los leviatanes kigros. Y, menos parecido entre dos de sus idiomas que entre el chino y catalán. Lo que convierte el Contacto con cada nave-mundo suya en toda una adivinanza, poco menos que en otro Primer Contacto.

De las cerca de veinte mil naves-mundo conocidas, los humanos apenas si habremos tenido roce con unas seiscientas…

Hay incluso Especialistas en Contactos que creen a pie juntillas que el mayor placer de los quígaros (después de estafar a quienes cierran tratos comerciales con ellos, claro) es desconcertar a los condonautas de otras razas cuando tienen que Contactarlos.

La otra característica singular de los Gitanos Ajenos también está, de hecho, estrechamente relacionada con la anterior. Es la que los convierte en una especie, tanto que, si no fuese por ella, nadie tomaría jamás a seres de morfologías tan diferentes por integrantes de una única raza. Aunque algunas teorías recientes se niegan a aceptarlos como tales, e insisten en que debe tratarse más bien de un conglomerado o coalición de especies de diverso origen, amalgamadas por intereses comunes.

Lo que automáticamente elevaría el número de razas Ajenas de la Galaxia en varios miles.

El caso es que, a despecho de su Babel de lenguajes diferentes, que algunos lingüistas creen más bien una especie de hobby, mientras que otros niegan su existencia o los consideran una broma sin sentido, los quígaros son telépatas intraespecíficos, capaces de mantenerse en contacto telepático unos con otros todo el tiempo, aunque sin llegar a formar una única entidad mental. Nada demasiado raro entre las razas Ajenas, a decir verdad: hasta el momento hay registradas casi mil especies poseedoras de tan estupenda habilidad.

Así, por supuesto, no se necesitan jefes. Si todos son uno y uno es todos, ¿para qué?

Por cierto, es curioso que, aunque todas las especies pacifistas sean telépatas de esta clase, la correspondencia no se cumpla en ambos sentidos; la gran mayoría de las razas dotadas de telepatía no son, en cambio, pacifistas, desvirtuando así de paso la antigua concepción de algunos autores humanos de ciencia ficción del siglo XX, de que conocer lo que piensa tu enemigo impide que lo sigas considerando como enemigo.

Mucho más exótica resulta, por ejemplo, la telepatía interespecífica, que permite el contacto mental con representantes de otras especies. La poseen, por ejemplo, los kigros o la entidad Evita que acabo de Contactar yo; apenas hay noticia de treinta miembros de la Comunidad Galáctica bendecidos con este utilísimo don, que ahorra mucho tiempo y sobre todo esos incómodos malentendidos generados a cada momento por nuestros softwares de traducción, que son buenos, pero no mágicos.

Y, dicho sea como de paso, ninguna de esas razas (bueno, no conocemos aún lo bastante a Evita como para asegurarlo, pero no apostaría mi vida a la posibilidad) es tampoco muy pacifista que digamos.

Pero, mientras que la telepatía (ya sea intra o interespecífica) de TODAS las demás razas galácticas deja de funcionar a cierta distancia, que por lo general no pasa de un par de miles de kilómetros, el caso es que, de algún modo que ninguna ciencia humana o Ajena ha conseguido explicar todavía, por muy diferentes que sean sus poblaciones, por muy lejos que estén (y lejos quiere decir siglos-luz, incluso, la Vía Láctea es una Galaxia GRANDE) parece que TODOS los quígaros de TODAS las naves-mundo de la Galaxia se mantienen CONSTANTEMENTE en contacto mental, ¡en tiempo real!, unos con otros, integrando una especie de supermente telepática colonial, en olímpica burla de la relatividad einsteiniana.

Ellos lo explican como una habilidad heredada de los tarplinos, que es como no explicar nada.

Un viejo chiste de condonautas dice que «ansible» podría ser el verdadero nombre secreto de los quígaros, o quizás hasta de su planeta de origen.

Si semejante contacto telepático hiperlumínico pudiera establecerse entre dos individuos quígaros cualesquiera, probablemente hace largos milenios que las otras razas de la Comunidad Galáctica se habrían unido, olvidando cualquier escrúpulo, para caer ávidamente sobre los Gitanos Ajenos, pacifistas o no, antiguos o no, fuesen o no los «Indignos Discípulos» de los gloriosos tarplinos creadores del hipermotor, y aunque sus naves fuesen las más rápidas del universo.

Un método de comunicación capaz de borrar así las distancias relativistas resultaría demasiado valioso para permitir que una sola especie lo monopolizase de manera tan egoísta.

Afortunadamente para los quígaros, entre las pocas cosas que se saben sobre su supermente telepática colonial, está más que demostrado que el enlace hiperlumínico sólo funciona cuando están implicadas grandes poblaciones. Es probablemente por eso, especulan los exobiólogos, que a bordo de cada una de sus naves-mundo viajan tantos millones, para poder mantener su unidad como raza o superser incluso a distancias interestelares, deben necesitar de elevadas concentraciones de individuos que aúnen su poder telepático.

Lo paradójico y positivo de todo el asunto es que, como consecuencia de lo anterior, si a alguna especie Ajena no debería interesarle particularmente contar con un motor de salto hiperespacial con capacidad intergaláctica, es precisamente a los quígaros. ¿Para qué querrían viajar fuera de la Vía Láctea, exponiéndose a perder la integridad de su supermente colonial telepática, si gracias a ella ya están en cierto modo presentes en todas partes de esta Galaxia, y al mismo tiempo? Sin contar con que, de aparecer competidores para la tecnología de hipertránsito tarplina cuyo monopolio ellos detentan, el negocio podría estropeárseles, por muy barato que siguieran vendiendo los motores de salto heredados.

Claro que aunque a ellos no les interese personalmente la información, el poseerla, sabiendo que otras razas darían su futuro por contactar con esos extragalácticos, los coloca en una ventajosísima posición para venderles los parámetros de su trayectoria al mejor postor.

Más que hábiles negociantes, los quígaros son mercaderes compulsivos, que parecen experimentar un placer particular al vender y/o comprar hasta a su sombra. Lo de Quim Molá no fue un caso aislado; en no pocas ocasiones, las tripulaciones humanas que han Contactado sus naves-mundo sin tener nada valioso ni nuevo que ofrecerles (aparte de nuestro precioso ADN o nuestro celosamente atesorado software de traducción, bienes que sencillamente NO SE NEGOCIAN) han acabado intercambiando con ellos cualquier fruslería para recibir a cambio otro hipermotor tarplino operativo.

Algunos condonautas sospechan incluso que, además de honrar y adorar a sus desaparecidos mentores, la religión de los quígaros les prohibiría dejar pasar a cualquier grupo de otra especie inteligente cerca de sus naves-mundo sin intentar con todas sus fuerzas comerciar con ellos.

Así que aún no está todo perdido, aunque sean negociadores duros, será tan solo cuestión de peinar la Galaxia hasta localizar a la primera nave-mundo repleta de quígaros, y de inmediato comprarles todos los datos que conozcan (o quieran vendernos) sobre esos Ajenos extragalácticos, al precio que ellos pidan. Que, me temo, será desgraciada y realmente astronómico.

Tras breve pausa para permitirnos llegar a tales conclusiones, Miquel Llul vuelve a hablar:

—La información de que los quígaros Contactaron recientemente a una especie venida de más allá de los límites de la Vía Láctea la trajo el navío de hipertránsito Salvador Dalí… lamentablemente, pese al magnífico Contacto que efectuó su Especialista con los Gitanos Ajenos, las tres mil toneladas de aleación con «memoria térmica» de níquel-titanio que cargaba la nave en sus bodegas, y que entregó hasta el último gramo, no bastaron para más precisiones… aunque el condonauta Ajeno insinuó que podríamos llevarnos una desagradable sorpresa cuando diéramos con los extragalácticos.

Vaya con los avariciosos «Indignos Discípulos»; si fueran detectives privados, probablemente cobrarían por separado el nombre y el apellido de la persona que uno estuviera buscando. Una pieza hecha con aleación níquel-titanio, por más que se deforme, recupera su aspecto al calentarla. Es un material útil y valioso, y tres mil toneladas, toda una fortuna.

Y esa insinuación de «desagradable sorpresa» huele demasiado a «ni lo intenten, déjennoslo a nosotros» como para tomársela en serio.

Por cierto, ¿Miquel dijo la Salvador Dalí? Me suena, más allá del gran pintor surrealista del siglo XX. Hago memoria, claro: se trata del navío más moderno, grande y bien armado de la pujante flota espacial de Nu Barsa, en el que sirve como condonauta… ¿quién sino Helmut Schmodt?, que sigue sonriéndome con sus pupilas azules, lleno de lo que ahora sé que es pura y despectiva satisfacción, como que él fue quién se encargó de ese «magnífico Contacto» que mencionó Miquel.

Punto para ti, alemancito, pero esta carrera no ha terminado aún, qué va.

—Así que el Departamento de Contactos, presionado por el Ministerio de Comercio Espacial y el Govern de Nu Barsa en pleno, ha decidido que, con urgencia y prioridad totales, a las que se supeditará cualquier otra misión comercial o de exploración anteriormente asignada, desde este mismo momento TODAS las naves y TODOS los condonautas disponibles de este enclave se empeñarán en la búsqueda de cualquier nave quígara, TODAS con las bodegas llenas de los más valiosos minerales o productos manufacturados de que dispongan los fondos del hábitat, para emplearlos como moneda de cambio y así obtener de los quígaros A CUALQUIER PRECIO los parámetros de la trayectoria a través de nuestra Vía Láctea de la nave de los Ajenos extragalácticos y otros datos de interés que correspondan, y si es posible, efectuar ipso facto el Primer Contacto con ellos.

»Eso es todo. Los condonautas deberán incorporarse a sus respectivas naves en el más breve plazo posible. Adiós, y que tengan buena suerte.

El alboroto que secunda la solemne comunicación de Miquel Llul no habría estado fuera de lugar en el Coliseo romano.

Pero Miquel El Escueto no responde preguntas ni escucha protestas ni atiende a maldiciones; abandona la revuelta sala con las mismas largas zancadas con las que entró, sin que nadie se atreva a impedírselo. Se le respeta demasiado, en efecto.

Buena parte de la algarabía que ha estallado entre mis colegas se debe a que, tras largas semanas de misión en el espacio profundo, muchos (por ejemplo, yo mismo) aspirábamos a un relajante descanso en los sectores turísticos y recreativos de la gran arcología orbital.

Pero también, por supuesto, a la pura emoción de la competencia; siempre se ha sabido que algunos condonautas son mejores que otros, más imaginativos y duchos a la hora de Contactar, más hábiles en la «cohabitación», mejores negociadores, más capaces como lingüistas, más empáticos, o al menos con más suerte.

Y el que ahora logre, no sólo conseguir los parámetros de la trayectoria de los Ajenos extragalácticos negociándolos hábilmente con la primera nave-mundo quígara que encuentre, sino Contactar a los propios visitantes de más allá de la Vía Láctea…

Bien, en Nu Barsa hay una calle Joaquim Molá, pero es corta, estrecha y muy difícil de encontrar. En cambio, el que consiga el Primer Contacto Intergaláctico podrá aspirar seriamente no sólo a que la mayor de las avenidas del hábitat, hoy conocida simple y nostálgicamente como Gran Diagonal al mejor estilo barcelonés, sea rebautizada en su honor, sino a que también lo sea un tramo de aceras móviles (¿qué tal sonaría «Diagonal Josué Valdés» o «Rambla Josué Valdés»?) o incluso todo un barrio.

Quizás hasta, ¿por qué no?, nada menos que el primer planeta habitable de otra Galaxia al que lleguen naves catalanas lleve su nombre.

—¡No es justo, Josué! —me rezonga Nerys prácticamente en el oído, tras deslizarse hacia a mí grácilmente, merced a sus soportes antigrav. Menos mal, parece que ya ha olvidado su disgusto por lo de la entidad Evita, porque si algo me molesta en una mujer son los celos retroactivos—. ¡Yo regresé de misión apenas anteayer! ¡Y estuve fuera tres semanas! ¡Maldita la gracia que me hace entonces volver a zapatearme el cosmos en busca de esos Ajenos de otra Galaxia!

La abrazo para consolarla (y de paso aprovechar para apretujarla un poco, mucus o no mucus, ahora que las cosas están de nuevo bien entre nosotros), pero una voz con un acento inconfundiblemente germánico resuena entonces en mis oídos.

—Nein obliga a acatar orden de Llul, mein fraülein —Me lo temía, regodeándose en su pequeña victoria parcial, Herr Schmodt no ha podido resistir la tentación de meter la cuchareta—. Tampoco servir nada… ich encontrar quígaros, luego Extragalaktischen und luego…

—Luego mejor busca un diccionario de catalán, o por lo menos de español, y si lo encuentras, apréndelos a hablar de una puñetera vez, tío, ¡que ya basta de insultar a Cervantes y a Marsé! —tercia desde sus espaldas, más oportuno que nunca, mi amigo Joan Puigcorbé.

Vaya, le ha dado al alemán donde más le duele: su cuerpo repleto de nanobots podrá ser el perfecto instrumento de su férrea voluntad, pero la verdad es que su cerebro aún no se las arregla muy bien con el castellano, y mucho menos con el catalán.

Por cierto que, según el viejo refrán de «cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas a remojar», yo mismo debería retomar mis clases de catalá… no me extrañaría enterarme de que mi casi absoluto desconocimiento de la lengua de Juan Marsé (al que sólo he leído en español, aunque fuera Premio Cervantes a principios del siglo XXI), ha tenido su peso en que todavía no acaben de concederme esa dichosa ciudadanía.

Y puesto a eso, también podría conseguirme una camiseta azulgrana del Barsa, yo que siempre odié el fútbol en cualquiera de sus variantes, aprender a bailar el pasodoble, ¡o mejor la sardana! También dejarme ver en público comiendo fuet todo el año, y coca por Navidad… y en general, convertirme en el perfecto inmigrante acatalanizado lameculos.

Pero nada de eso; desde el principio decidí que o me ganaba la ciudadanía por mis méritos profesionales, o me iba con mi talento a otro enclave. Este cristiano no parla catalá desde que nació y nada cambiará eso, ¿no? Que uno será arribista, pero tiene sus límites.

De momento, un muy contrariado Helmut masculla algo ininteligible, supongo que en la lengua de Goethe, y se vuelve para enfrentar al entrometido, evidentemente sin reconocer la voz de Joan… o sea, sin la menor idea de quién se trata.

Porque, en cuanto lo comprende, ya no dice más nada.

Hoy Schmodt ha elegido una apariencia corporal típicamente aria: rubio, de ojos azules y un musculoso metro con noventa, pero aún así tiene que alzar bastante la cabeza para encararse con el gigantesco Puigcorbé, con sus casi dos metros y cuarto de alto y poco menos de un tercio de tonelada de masa corporal.

Chúpate esa, naciborg de mierda, ¿qué se siente siendo el más pequeñito?

Supongo que, tras un cierto rato de metamorfosis y un considerable gasto energético, la sofisticada dotación de nanocomponentes celulares del germano podría hacerlo crecer hasta superar la estatura de mi amigo, pero como es obvio, siendo mucho más delgado. Por maravillosas que sean las transformaciones que logren los nanos en su carne, la ley de conservación de la masa no puede violarse, ni kilos de peso crearse del aire.

Joan lo mira desde arriba, con su característica sonrisa beatífica, aunque adornando su redonda cabeza afeitada, que remata su titánica anatomía, la verdad es que ya no lo parece tanto.

Nerys me aprieta fuerte el brazo con su húmeda mano palmeada. La tensión podría cortarse con un cuchillo. El misterioso joven mestizo del spend-droom y la ropa blanca que viera antes junto a Helmut también ha acudido al punto, evidentemente dispuesto a apoyar a su amigo alemán en cualquier posible diferendo físico, y ahora me mira los ojos con una expresión que sólo puede ser odio.

Sí, vaya si me parece conocido… muy conocido. Pero no es momento para remembranzas.


Ilustración: José Manuel Schmill Ordóñez

¿Pelea dos contra dos? Estoy seguro de que ganaríamos sin problemas. Flaca satisfacción, si luego me cuesta abandonar Nu Barsa, aunque sea junto con el alemán. Así que nada de atacarlo, esperaré a que sea él quien tome la iniciativa, para al menos poder alegar legítima defensa.

Pero el momento pasa, y no pasa nada más.

—Ja, ja… sólo porque Miquel decir expulsión —gruñe Helmut en su horrible versión germanizada del español y se aleja de Nerys y de mí de mala gana, demostrando que incluso él es capaz de pensar en las posibles consecuencias de sus actos.

En cuanto a su acompañante, tarda un par de segundos más en deponer su beligerante actitud… y al hacerlo susurra, con voz a la vez ronca y sibilante:

—Hoy te salvas, pero pronto nos veremos, Josué Valdés… Cerito.

¡Vaya! ¡Por Shangó y la Virgen morena de Montserrat! ¡Si conoce mi apodo de la infancia!

Pero incluso sin ese detalle, esa voz no la olvidaría ni aunque viviera mil años.

Ahora ya sé de dónde me parecía familiar. De Cuba. De CH. De Barrio Ripio.

Cómo no me di cuenta… esos ojos, y esa obsesión por el blanco y la limpieza. Pensé que habría muerto, pero no. De algún modo que no quiero imaginarme, él y su odio me han seguido hasta Nu Barsa, y ahora, supongo, quiere «vengar» a su fenecido ídolo.

Es el hermano menor de Yamil; Yotuel Valdés, una vez apodado Boca Llena.

Mira que la vida da vueltas. ¿Conque ahora también él es Especialista en Contactos?

Y encima el muy cabrón ha ido justamente a aliarse con mi peor enemigo, Helmut Schmodt.

«El diablo los cría y ellos se juntan solos», decía Diosdado en Barrio Ripio.

¿Le agradecerá sus enseñanzas con las mismas habilidades bucales que tan popular lo hacían entre los viejos pederastas de la autopista que bordeaba Barrio Ripio? No me extrañaría.

Pienso en tarplinos y quígaros: «Sabio Creador» e «Indigno Discípulo», qué coincidencia.

—No te preocupes, ahora te dejará tranquilo. Y su perro también —interrumpe Joan posando sobre mi hombro su inmensa manaza—. Al menos de momento. A ese nazi puede importarle un rábano lo que te pase a ti, pero sabe que con las advertencias de Miquel El Implacable no se juega. Y si eres tú quien Contacta a los extragalácticos, te volverás casi un dios aquí en Nu Barsa; ni siendo él uno de los pocos condonautas de cuarta generación con que contamos podrá entonces tocarte con el pétalo de una rosa sin que lo expulsen de inmediato para siempre… y solo.

—Entonces, tengo que Contactarlos yo, de todas formas —pienso en alta voz, acariciando distraído las aletas dorsales de Nerys, deliciosamente erizadas por el golpe de adrenalina del incidente que también me ha dejado un extraño sabor agrio metálico en la boca—. Aunque sea sólo un «plebeyo» condonauta de primera generación, e inmigrante, para más INRI.

Reímos al unísono, descargando tensiones con la carcajada.

Lo de la primera, segunda, tercera y cuarta generación no es puro afán de numerarlo todo, ni tampoco cuestión de de quién eres hijo o nieto.

Quim Molá, Joan y yo, salvando las distancias por la fama del precursor de todos nosotros o de mi amigo catalán, somos Especialistas de primera generación; nuestros cuerpos no han sufrido ninguna clase de modificación anatómica con el objetivo de facilitarnos el Contacto con seres de otras razas.

Porque ni todo el tejido adiposo que Joan ha cultivado gracias a su sedentarismo puede considerarse una alteración fenotípica irreversible. Con dieta, gimnasio y un bypass estomacal, quizás…

Sólo quizás. No estoy seguro de que ni Dios ni Orula pudieran hacer adelgazar a mi amigo.

En un principio, claro, todos los Especialistas en Contactos éramos de primera generación, pero pasó lo mismo que con el culturismo sin esteroides: era demasiado limpio para durar.

Mi resbaladiza Nerys es un magnífico ejemplo de la segunda generación. Nació cien por ciento humana, en las contaminadas ruinas de la vieja Barcelona terrestre. Pero ya de pequeña su afición por los peces de acuario en particular y por todas las criaturas acuáticas en general, tan extrema que llegaba a morbosa, hizo sospechar a sus padres que podrían tener en la familia a una futura condonauta… así que llenos de esperanza, invirtieron sus escasos ahorros en enviarla al hábitat orbital de Nueva Madrid, a la academia Pelo, Pluma y Escama, cuyos convenios mutuos con los catalanes suplen aceptablemente la sensible desventaja de que Nu Barsa no tenga aún su propia escuela de Especialistas en Contacto.

Espero que Nerys mantenga con sus sacrificados padres mejores relaciones que los que tengo yo con Abel, para bien de ellos.

Porque la niña resultó ser toda una revelación; alcanzó las más altas puntuaciones en los exámenes de empatía y diplomacia mercantil, e incluso los profesores de exobiología afirmaban que comprendía mejor que ellos las anatomías y fisiologías de muchas especies Ajenas. No es extraño entonces que fuese la primera catalana en someterse a la cirugía de modificación corporal (se presentó voluntaria) de la que emergió transformada por decisión propia en esta especie de sirena que es hoy: con manos palmeadas, dorso erizado de aletas, cola en vez de piernas… lo que será muy útil para Contactar razas acuáticas, pero también la obliga, cuando está fuera del agua, a usar soportes antigrav para desplazarse. Y, sobre todo, la capacidad de respirar a voluntad por branquias o por pulmones.

La flamante ondina catalana pronto acumuló un imponente récord de Contactos, su especialidad eran, claro, las numerosas especies Ajenas evolucionadas en hábitats acuáticos, hasta el momento un duro tour de force para todo condonauta. Sus partenaires de otros mundos no solían quedar del todo satisfechas de la «cohabitación» con seres tan poco desarrollados biotecnológicamente que debían recurrir a engorrosos ingenios respiratorios y toscos sistemas de propulsión para sobrevivir y desplazarse en sus medios líquidos naturales.

Tanto éxito tuvo la cirugía de Nerys, que en el quinquenio siguiente proliferaron en Nu Barsa y otros enclaves toda clase de escamosos hombres-lagarto, peludas mujeres-oso y otros híbridos aún más raros e improbables, que llevaron la voz cantante en los Contactos durante años.

El único problema seguía siendo la versatilidad. Nerys es inigualable en Contactos acuáticos, e incluso en gravedad cero no se desenvuelve mal… pero con Ajenos provenientes de mundos secos, simplemente resulta un completo desastre, aunque use soportes antigrav. No es lo suyo y ya.

Y, por supuesto, Contactar a entidades respiradoras de metano o seres de energía seguía estando fuera del alcance de los condonautas de su generación. La cirugía tiene sus límites.

En consecuencia, y como ni siquiera un gran navío de hipertránsito puede tampoco darse el lujo de llevar una dotación completa de Especialistas en Contacto diferentes, para así estar listo cualquier tipo de Ajeno con el que se tope en sus periplos, alguien pensó en ir más allá aún.

La tercera generación fue un salto audaz; soslayó las modificaciones del fenotipo, y se atrevió directamente con el mismísimo genotipo humano.

Pero las quimeras transgénicas resultaron una gran decepción: los hombre-pájaros, hombres de flúor y otros seres exóticos, al ser tan anatómica y fisiológicamente distintos del común homo sapiens, simplemente no se SENTÍAN humanos, ni veían por qué debían sacrificarse por ellos. Sin contar con que tampoco poseían, ni mucho menos, la esforzada versatilidad de los Especialistas en Contacto de la primera generación, ya fueran profesionales de academia como Joan o «plebeyos» como yo.

Algunos gobiernos, tercos, perseveraron de todos modos en esa dirección, pero cuando un grupo de casi cincuenta hombres-murciélago sudafricanos robó un navío de hipertránsito del astropuerto de Krugerlaand y desapareció en dirección desconocida, tras haber expresado su deseo de establecerse libres en su propio mundo, bien lejos de todos los humanos, quedó más que claro que el de la tercera generación era un callejón sin salida.

Espero que a esos hombres-murciélago les haya ido bien, por cierto, dondequiera que estén. Fueron muy valientes… y muy sinceros.

Pero seguían siendo cada vez más necesarios nuevos y mejores Especialistas en Contacto. La humanidad perdía constantemente numerosas oportunidades mercantiles porque sus condonautas no eran capaces de Contactar más que a un par de millares de razas de las decenas de miles integradas en la Comunidad Galáctica. «Cohabitar» con respiradores de cloro, con habitantes de mundos con altas gravedades, con seres de plasma y otras formas de vida relativamente lejanas de la anatomía y fisiología humanas todavía quedaba fuera de nuestro alcance, al menos sin medios tecnológicos especiales.

Así que, en el 2187, y como la necesidad aguza el ingenio, en los sofisticados laboratorios de sus ricos mundos coloniales de Amaterasu y Vaterland, los bio y nanotecnólogos japoneses y alemanes crearon, cada uno por su cuenta casi al unísono, a los primeros condonautas de cuarta generación.

Se trataba de ciborgs, mitad humanos, mitad máquinas… pero de un tipo conceptualmente nuevo. Nada de miembros ni sistemas cibernéticos, sino integración total; a cada célula de estos sorprendentes seres se le adicionaba, ya desde su etapa de mórula, una dotación de nanomáquinas capaces de modificarla drásticamente, si recibía la correcta orden cifrada, por supuesto.

Y al reproducirse las células aumentando de número, también lo hacían las correspondientes nanomáquinas, manteniendo siempre la correlación 1:1, de modo que en su madurez la capacidad metamórfica se conservaba.

Helmut Schmodt, otros novecientos noventa y nueve pequeños alemanes de Vaterland, y millar y medio de japonesitos de Amaterasu crecieron como niños comunes, con madres, padres y hermanos, sintiéndose plenamente humanos… bueno, quizás recibiendo un sutil pero constante adoctrinamiento para hacerlos desear ser condonautas cuando llegaran a adultos, y una instrucción especialmente sólida en biología humana.

Hasta que, a los quince años, tras responder a complejas baterías de tests que recomendaron no pasar la siguiente etapa del programa a más de la mitad de aquellos adolescentes (cuya identidad se mantiene hasta el momento celosamente protegida), a quienes se consideró en cambio lo bastante estables y dispuestos les fue revelada su doble naturaleza de humanos y complejos nano-cibernéticos.

También les hablaron de la necesidad urgente de más y mejores Especialistas en Contacto, del noble destino de desempeñarse como embajadores sexuales de sus culturas, y acto seguido se les entregaron las claves personales para controlar sus propias metamorfosis.

De nuevo más de la mitad no quiso aquel honor o no supo afrontar el reto de su recién revelado y sensacional poder; los primeros se negaron a cambiar de plano; los segundos murieron entre espantosas y descontroladas metamorfosis, o enloquecieron. A menudo, ambas cosas.

Pero Helmut Schmodt, otros cincuenta y seis alemanes y ciento trece japoneses, en cambio, decidieron conscientemente ser Especialistas en Contacto, lograron sobrevivir al trauma, aprendieron a autocontrolarse a nivel de órganos, tejidos y células, y se convirtieron en la última palabra en cuestión de Especialistas en Contactos: los «condonautas proteos», o de cuarta generación.

El apelativo de «proteos», obviamente, no es gratuito; si disponen de suficiente energía (y a todos ellos, en consecuencia, se les implanta quirúrgicamente una biopila), Helmut y compañía pueden modificar drásticamente, en cuestión de minutos, su morfología y fisiología, para transformarse así, del humano más o menos corriente que suelen ser, lo mismo en un ser con metabolismo fluorado que en una forma capaz de moverse sin problemas en gravedades hasta doscientas veces superiores a la terrestre.

Cierto que todavía convertirse en seres de energía pura o de antimateria queda fuera de su alcance, pero ¡vaya si ha sido un paso adelante notable! Pronto, los flamantes Especialistas en Contacto de cuarta generación demostraron su excepcional valía, catapultando a Vaterland y Amaterasu al indiscutido liderazgo científico técnico de la humanidad, gracias a las patentes obtenidas en sus sensacionales Contactos con nuevas y antiguas especies Ajenas.

Prudentes y astutos, recordando la lección de la Guerra de los Cinco Minutos, antes de que el abismo entre ellos y el resto de las facciones humanas se hiciera tan grande que sus rivales optaran por unirse para atacarlos anulando su ventaja, alemanes y japoneses ofrecieron «generosamente» alquilar los servicios de sus flamantes genios del Contacto a otras nacionalidades.

Cobrándolos caros, por supuesto. Helmut Schmodt le cuesta al Govern de Nu Barsa casi tanto como todo el resto del personal del Departamento de Contactos. Y como el muy cabrón lo sabe, y probablemente hasta capta nuestra envidia y nuestras miradas de odio en su espalda, no pierde ocasión de demostrarnos que vale hasta el último crédito de esa fortuna que cobra.

En el año y medio que lleva aquí, ya ha logrado nueve Primeros Contactos exitosos.

Todo un récord, ¿no?

Aunque, en mi opinión, no basta con un cuerpo capaz de cambiar obedientemente de forma para ser un buen condonauta. No; el Contacto es mucho más. Como la hipernavegación: un arte, más que un deporte o una ciencia exacta. Y a ese naciborg prepotente y acostumbrado a ganar siempre, simplemente le falta sensibilidad para comprender lo que es arte.

Aunque haya sido él y no yo quien confirmó que los extragalácticos están ya en la Vía Láctea.

—Josué, ten cuidado con ese neonazi hijo de un transistor —me advierte serio Joan, viéndolo alejarse con su protegido, mi viejo enemigo Yotuel—. Y con su pupilo. ¿Te conoce de antes, no?

Puigcorbé me sorprende: bajo toda su grasa, tiene un sentido de la empatía extremadamente fino.

—Sí, es una vieja historia, de mis años en CH… creí que había muerto —comento con desgana; Joan es mi amigo del alma, sí, pero ciertas cosas uno no las comparte ni con su mejor amigo.

Acto seguido, en desesperado intento por elevar los ánimos, propongo:

—¡Muchachos! Como mañana a más tardar tendremos que zarpar a peinar el cosmos por no sé cuánto tiempo, ¿qué tal si esta noche nos despedimos como Dios manda, cenando a todo boato en uno de esos restaurantillos a orillas de algún laguito? Dicen que en el Maremágnum Nuovo hay buen pescado en estos días, incluso pulpo, y además, buen vino de la Tierra para brindar por nuestra suerte en la búsqueda.

—¡Bravo! —como siempre, el estómago sin fondo de Joan se apunta a la comilona. Y más si hay buenos caldos terráqueos con los que rociarla—. Serás plebeyo e improvisado, pero así y todo, tu expediente de Primeros Contactos exitosos todavía es mejor que el de Helmut —me recuerda, pasándome por encima de los hombros un brazo casi tan grueso como mi propio muslo.

Eso, claro, me levanta un poco el ánimo.

Pero no tanto como el que, mientras abordamos los ascensores que nos devolverán al nivel del suelo del hábitat, una mimosa Nerys me susurre al oído:

—¡No importa quién Contacte a esos extragalácticos, Josuecillo! Yo te quiero a ti, no a ese alemán desabrido y esta noche te lo voy a demostrar, de nuevo. ¡En tu casa! ¡Gastaremos del mejor modo imaginable tu asignación anual de agua!

No puedo evitar sonreír, con la apenas disimulada satisfacción del gato que se tragó al canario, al imaginarme lo que me espera.

Mañana voy a llegar muy cansado a la Gaudí. Pero el gusto habrá valido hasta la última molécula de ATP gastada. Quien tuviera una biopila implantada, como los proteos de cuarta generación.

Placer, placer, placer… húmedo y chapoteante. Nada como el sexo con una sirena. Sobre todo si es en la bañera, o al máximo en la ducha. Porque, en la cama, con todo ese mucus que exuda, después, a menudo he tenido que botar las sábanas, y a veces hasta el colchón.

 

*****

 

—Me huelo otro chasco. El hipertrángrafo no registra saltos de entrada o salida en las últimas treinta y seis horas, pero tal vez podría ser una nave-mundo muy pequeña, o estar aquí hace más tiempo —informa Amaya, con voz cansada—. Veamos el gravímetro… No; como sospeché, es un sistema limpio y aburrido, casi desierto; además de la primaria, tan sólo contiene un superjoviano con…

Amaya, escultural trigueña de ojos oscuros, resulta curiosamente atractiva pese a su empeño en usar bien corto su negrísimo cabello. Ojalá que, en vez de lesbiana fundamentalista, fuese hombre: no me molestaría nada compartir la cama con ese «él» alguna noche.

—… veintiún satélites y ¿qué es esto? —de repente la voz de nuestra técnica en sensores se tiñe de interés y la mitad de los miembros de la tripulación, arracimados tras sus hombros en la estrecha cabina de instrumentos, temblamos expectantes—: Ah, sí, cometas, muchos, qué interesante… astrofísicamente hablando, claro.

Nuria, la astrofísica, de ojos azules, cabello castaño y tez casi tan bronceada como si hubiera nacido en el Caribe, aprieta los labios ante la pulla (fue la pareja de Amaya hasta el año pasado y todavía hay cierto rencor entre ellas por la ruptura, que no fue del todo amigable), pero se mantiene estoicamente callada acariciando a Antares, que ronronea en sus brazos felizmente ajeno a toda nuestra tensión.

La enésima decepción de nuestra búsqueda se traduce en un suspiro coral. El tono de Amaya recupera su monotonía anterior:

—Nada en el gammatelescopio… sólo la emisión de la primaria, claro. Beta Hydri, creo que sería, según el antiguo sistema terrestre. ¿Anotó alguien sus datos en la bitácora? No puedo hacerlo todo yo. Tampoco en los rayos X… bueno, es una gigante azul, sería extraño, ¿no? Los espectrógrafos dicen que el planetote solitario tiene una atmósfera de lo más normalita de hidrógeno y helio, con núcleo líquido de…

—Déjalo ya, Amaya —ordena con un bostezo el capitán Berenguer—. ¿A quién le importa la atmósfera de un planeta gigante más? Desconecta, que nos vamos —Se vuelve hacia la navegante—: Gisela…

—¡Todo listo para el siguiente salto, capitán! —salta entusiasta la pecosa y delgada pelirroja. Tan sólo le falta saludar en firmes, como hacen en la Armada a la que hasta hace menos de un año perteneciera—. Ni siquiera guardé las antenas, podemos ejecutarlo ahora mismo.

Definitivamente no es bonita, pero tiene algo. Ah, si tan sólo fuera hombre…

—Es una imprudencia dejar fuera las antenas, cualquier impacto micrometeorítico podría… —comienza a decir muy seria Amaya. Y sabemos que tiene razón, pero también que si Gisela se hubiera plegado hace meses a sus propuestas sexuales y no a las del vanidoso de Jordi, nuestra técnica en sensores se habría tragado el comentario.

Delicada es la dinámica grupal en una nave, sí.

El capitán Berenguer, como de costumbre, tercia conciliador:

—Bah, por un par de minutos que se queden desplegadas no va a sucederles nada, Amaya. Tú misma dijiste que el sistema estaba limpio. Y dejándolas así ahorramos tiempo… ya será el decimocuarto salto-relámpago del día, tras el próximo recargaremos las baterías. —Su voz deja de ser amigable para volverse autoritaria—: Todos a sus sillones, corriendo, ¡ya! Hipertránsito en un minuto a partir de… —echa una ojeada al cronómetro, casi perdido en el abigarrado cuadro de instrumentos sobre los que reina sin discusión Amaya, y al fin dice—: ¡… de ahora mismo! Destino, Gamma Hydri… seguiremos peinando esta constelación. ¡Cinco segundos antes de saltar desconectaremos la gravedad artificial! ¡Ligeros! ¡Y esto también reza contigo, Josué!

Muchas cosas han cambiado en las naves mercantes desde los tiempos en que se impulsaban por remos o velas, pero algunas perduran incluso en esta época de hipermotores, cómo no: atropello, tumulto, zafarrancho de combate, Antares que maúlla ofendido al verse lanzado como una pelota de las manos de Nuria a las de Jordi, su dueño oficial.

Todos corremos a nuestros puestos, haciendo resonar las suelas por los pasillos. A bordo de la Antoni Gaudí, de dieciocho mil toneladas, somos diez; hipernavegante, técnico en sensores, en soporte vital y en motores convencionales. Capitán, segundo y tercer oficial; economista-comercial, astrofísico… y yo.

La mayoría domina al menos dos profesiones: por ejemplo, Amaya, además de ser la mejor técnica en sensores con la que he trabajado y tener más que aceptables nociones de planetología, es la doctora de a bordo, aunque hoy eso no significa lo mismo que hace siglos, sino apenas que se da un poco más de maña que los demás con el médico automático.

Jordi Barceló, el fornido tercer oficial, pareja actual de Gisela y némesis privada mía, estuvo en la Armada y, familiarizado como está con las tácticas militares, puede actuar lo mismo de artillero que como operativo de infantería bajo las órdenes de Rómulo, el segundo al mando y experto en armas.

Manuel (cariñosamente Manu), nuestro especialista en motores convencionales, es el manitas de oro, capaz de arreglarlo casi todo, desde un desintegrador hasta una tostadora de pan.

Nuria, la astrofísica de ojos azules y antigua amante de Amaya, es además informática, aunque el propio capitán Berenguer pueda sustituirla bastante bien, si fuese necesario.

Sólo yo soy condonauta a secas, sin otras habilidades tecnocientíficas dignas de mención, así que, cuando no hay Ajenos que Contactar a la vista ni se necesita ayuda no especializada (como sostener una llave hidráulica mientras se cambia el giróscopo de un motor inercial), puedo darme el placer de holgazanear. Como ahora.

Es sorprendente lo largo que puede llegar a ser un minuto y la de cosas que se pueden hacer en cincuenta segundos, si uno conoce bien el limitado espacio de su nave. En apenas veinte ya estoy sentado en mi sillón y con la malla de sujeción fijada, agradablemente envuelto en el verdor del amplio invernadero-jardín-gimnasio de a bordo. Y sólo a los cuarenta y cinco se me une Rosalía, la economista-comercial y segunda exobióloga a bordo (el primero es, por supuesto, Pau, nuestro técnico en soporte vital), una rubia grandota y cuadrada como un defensa de rugby, pero muy femenina… según me contara Jordi aquella noche.

—¡Josué, tío, por Deu! No sé cómo puedes mantenerte así, tan calmado —me cuchichea, jadeando aún por la carrera, mientras se ciñe la malla de sujeción de su poltrona—. ¿Viste el cicutazo que le soltó Amaya a Gisela? ¿Y antes a Nuria? Ese virago está insoportable.

—Todos tenemos los nervios de punta con este salta-salta sin ton ni son —trato de exonerarla yo, conciliador; como enemiga, Amaya Serrat sería aún peor que Jordi Barceló.

—Si pronto no encontramos algo, no serán sólo las baterías gravitacionales lo que requiera nueva carga… —a Rosalía le encanta hacerse la alarmista, aunque en situaciones extremas se puede confiar en su calma y profesionalidad. Además, tiene un olfato único para los buenos negocios.

Una inconfundible laxitud en el cuerpo me revela que ya no hay gravedad artificial, y cuento mentalmente: nueve, ocho…

—Encontrar a los quígaros o a los extragalácticos no es cosa mía —le respondo, tratando de parecer ecuánime, aunque los saltos al hiperespacio siempre me crispan un poco—. Pero cuando los hayamos localizado, ustedes podrán descansar mientras yo sudo la gota gorda.

Cuatro, tres…

—O te das gusto —me guiña un ojo la exobióloga suplente, quizás recordando mi reciente encuentro con la entidad Evita. Y pensar que por meses la creí jugadora del bando de Amaya. Me cae bien, pero cierta noche de guardia tuve que rechazarla con toda la diplomacia de que soy capaz; dos amores platónicos en la misma nave son más de lo que podría manejar, esto de la bisexualidad ha complicado bastante las cosas entre las tripulaciones—. Además, ¿qué te hace pensar que podemos esperar tranquilos mientras tú Contactas? Demasiado depende de tu habilidad sexual y diplomática, condonauta Josué Valdés…

Uno, ¡cero!

Hace tiempo, en Barrio Ripio, en una novela de ciencia ficción que cayó por azar en mis manos infantiles, leí una descripción del hipertránsito hecha por un famoso autor del género en el siglo XX. Asimov, creo que se llamaba el tipo. Y escribía que la sensación de saltar al hiperespacio era muy similar a la que sentiría un calcetín al que le dan la vuelta de golpe.

No está mal, viniendo de alguien nacido en una época en la que apenas si se había llegado a la Luna con antediluvianos motores de combustión química.

Cuando hace años Jaume Verdaguer, mi físico «amigo con derecho al roce» trató de explicarme el proceso del que tan poco sabemos aún en realidad, usó otra metáfora no muy diferente: me dijo que el tránsito al hiperespacio era como caer hacia adentro dando una vuelta de campana, para aparecer de pie en otro lugar. Clarito, clarito, ¿no?

El caso es que cada vez que he tenido que pasar por el trance, y ya en ocho años de Especialista en Contactos suman miles, siento justo eso: como si mi piel tratara de ocupar el sitio en el que están mis tripas, para de pronto emerger en su sitio, y todo aún vibrando.

No es una experiencia agradable, por más que a los curtidos lobos del espacio les guste alardear de que resulta revitalizante, y los más tercos especulen que incluso regenera sus células. Pero, a fin de cuentas, es un pequeño precio a pagar por un sistema de transporte capaz de desplazar casi instantáneamente y a distancias de cientos de años-luz naves de decenas de miles de toneladas, ¿no?

Aunque empiezo a pensar que en las últimas tres semanas he tenido simplemente demasiado de este «caer hacia adentro».

—Pau, Manu y Rosalía, de guardia al puente hasta el próximo salto. Mantenimiento general y recarga de baterías gravíticas. El resto de la tripulación puede acudir a la cabina de sensores, si no tienen nada más urgente que hacer —se escucha en los altavoces la voz cansada del capitán Berenguer.

—Ojalá no sea esta vez la de la suerte, o me lo perderé —rezonga la economista-comercial, palmeándome pícara el trasero cuando tomamos por dos pasillos diferentes.

Algunas mujeres simplemente no entienden que un hombre pueda decirles que no.

Es nuestro vigésimo sexto día de búsqueda exhaustiva en el sector que nos asignara el gran Miquel Llul (radianes 2034 y 2035), y aún nada. Más de cuatrocientos saltos al hiperespacio, cientos de años-luz recorridos, y nada. Las naves-mundo quígaras, que por lo general pululan en casi cualquier cuadrante de la Galaxia por el que uno se mueva, ahora brillan por su ausencia. Qué raro.

Y a juzgar por las tres boyas radioemisoras cuyo mensaje hemos captado en nuestras incursiones cerca de las fronteras con los sectores vecinos, los demás aparatos de la flota exploradora de Nu Barsa están teniendo la misma suerte en el resto de la Galaxia.

En estos momentos hay registradas en el astropuerto del hábitat orbital catalán mil cincuenta y tres naves dotadas de hipermotores, entre corbetas, fragatas y navíos. Y más de mil están empeñadas en esta auténtica cacería del quígaro para luego atrapar al extragaláctico. Es lo que yo llamo un esfuerzo total.

Da hasta miedo calcular el volumen de comercio perdido que ese frenesí exploratorio representa. Si no encontramos pronto a esos extraglácticos, los demás enclaves humanos van a empezar a sospechar de qué va la cosa. Luego, los Ajenos, y si la búsqueda se generaliza…

Estamos arriesgando mucho. Si alguien que no seamos nosotros encuentra a esos visitantes extragalácticos la economía de Nu Barsa podría entrar en una grave crisis este mismo año.

Pero si es una de nuestras naves la que da con ellos, en cambio, podríamos ser los primeros seres vivos de la Galaxia en viajar fuera de la Vía Láctea.

¿Nave nuestra? Qué digo. TIENE QUE SER la Gaudí la que los halle y yo quien los Contacte, para así ganarme de una vez y por todas la ciudadanía catalana, casarme con Nerys y dejar a ese prepotente de Helmut El Naciborg y a su perro Yotuel El Resentido con un buen palmo de narices.

—… ¡Dieciocho mil doscientos cincuenta hipertránsitos de entrada y ni uno solo de salida! —la asombrada voz de Amaya me recibe en la cabina de sensores, donde ya están también el capitán Berenguer, Nuria, Gisela, Rómulo, y Jordi, acariciando a Antares, tan pelirrojo, perezoso, mimoso y ronroneador como siempre, pese a la expectación que se respira.

—¿Qué clase de reunión es esta? —piensa el capitán en voz alta y luego inquiere—: ¿Planetas?

—Ninguno, según el catálogo… —informa Nuria, veloz.

—Estoy buscando confirmación directa —desconfía la diligente Amaya, consultando alternativamente a la computadora y a su pandemonio de instrumentos—, pero, capitán, tantas entradas me dan mala espina, el último salto puede haber alterado los sensores… compruebo antes el hipertrángrafo, que es el más delicado.

—Ahórratelo —insiste Nuria, observando un par de datos por encima del hombro de su antigua compañera sentimental y señalándolos con vengativa suficiencia—: El catálogo no se equivoca; Gamma Hydri es una estrella triple, las mareas gravitatorias deben ser complejas y constantes; nunca hubo chance de que surgiera una nebulosa protoplanetaria en el sistema. Tus instrumentos funcionan bien.

—Pero no aparece ni una sola nave en los telescopios, ni en el gravímetro —protesta débilmente Amaya—. ¿Si será que…? —y tras un par de veloces manipulaciones, anuncia triunfal—: Resulta que, después de todo, el catálogo sí se equivoca a veces; hay un planeta… Y de los grandes. Está aislado en uno de los puntos de libración del sistema, ahora lo analizo con el espectrógrafo… ¡vaya, qué curioso, tiene casi las dimensiones de nuestro Júpiter, pero más del noventa por ciento es metal! Lástima que no tengamos tiempo de reclamar ese tesoro.

—Sí, pero no debería haber ningún planeta ahí —acota a su vez el capitán Berenguer, intrigado—. Nuria tiene razón; es casi imposible que surjan espontáneamente en un sistema triple.

—Podría ser un mundo errante —especula Jordi, pensativo, sin dejar de acariciar a su pelirrojo minino—. En esta zona no hay muchos, pero, si la estrella lo capturó hace poco, el catálogo no…

—¿Capturado? Nanaina; habría sido atraído inmediatamente por alguno de los tres soles y ardido en su corona. ¿Sabes cuán ínfima es la probabilidad de que un planeta vagabundo, y además de metal, vaya a dar justamente a uno de los puntos de Lagrange de un sistema triple? ¿Y de que encima se mantenga estable en él sin un sistema activo de corrección de rumbo? —le restriega furibunda Amaya, por un efímero momento completamente de acuerdo con su antiguo amor, Nuria.

—Despreciable —sentencia el capitán y luego añade, alzando la voz—. Pau, deja la recarga de las baterías gravíticas; Manu, activa los motores inerciales; Amaya te está enviando las coordenadas —para concluir, mirándonos a todos, preocupado—: Sospecho que eso no es un planeta, sino las naves-mundo de los quígaros. Ninguna otra especie tiene tantas. Ni tanto metal. Así que mucho me temo que ya conozcan el secreto del hipermotor intergaláctico y se estén reuniendo para gracias a él abandonar la Galaxia, todos juntos. Y si hasta ahora hay registradas veinte mil cuatrocientas diez naves-mundo, diría que hemos llegado justo a tiempo.

 

*****

 

—Menos de un kilómetro para el atraque, y acercándome con normalidad —trasmito, tras comprobar el telémetro de mi traje espacial. Floto sin activar los motores; la mínima gravedad intrínseca del gigantesco conglomerado de miles de naves-mundo quígaras se encarga de atraerme lentamente hacia la abierta esclusa, cuyas coordenadas nos trasmitieron casi renuentes los «Indignos Discípulos» hace escasos minutos. Hecha de un material traslúcido, resulta casi invisible contra el fondo estrellado—. Amaya, ¿me captas?

—Perfectamente, no hay interferencias de ningún tipo… ya sabes que ellos no necesitan usar radio y tampoco confían en la tecnología de campos. Esa esclusa debe ser por completo transparente a las ondas electromagnéticas —responde Amaya, hoy mi operadora remota de Contacto, Shangó sea loado. Su cabeza de cortos y negrísimos cabellos, pequeña holografía proyectada sobre el visor de mi casco, sonríe como dispuesta a inspirarme toda la confianza que necesite—. Josué, de veras te deseo suerte; eres un buen tipo. Si fueras mujer… bueno, nadie es perfecto, ¿no?

—Sería heterosexual, entonces. Y lástima también que tú seas una lesbiana tan fundamentalista —le sigo la broma, sacándole la lengua—, podríamos haber sido la pareja del milenio, pero así, imposible.

—Viva la tolerancia; lo discutiremos en mi camarote, cuando regreses —acepta la chanza Amaya, guiñándome un ojo—. Y ahora, atento, que ya casi tocas.

Freno mi acercamiento final a la esclusa de entrada del ciclópeo complejo quígaro con un brevísimo latigazo de mis motores inerciales, y me poso suavemente en el umbral de la esclusa.

Otro pequeño salto, apenas un fruncir de músculos en la microgravedad local, y ya estoy dentro.

La escotilla esfínter, del mismo material traslúcido que el resto de la esclusa, comienza a cerrarse a mis espaldas, rápida y silenciosa, cuando apenas he avanzado unos metros sobre el casi invisible material, al que sin embargo mis suelas magnéticas se adhieren perfectamente.

Vaya, ¿un plástico metálico? Estos quígaros ahora van a resultar además maestros de los polímeros. ¿Lo habrán heredado de sus mentores tarplinos, como casi todo? O quizás se lo cambiaron a los furasgos, que sí tienen fama de buenos químicos.

Los sensores del traje me indican que hay suficiente presión exterior como para librarme del yelmo y así lo hago. No obstante, me dejo los auriculares de traducción; los quígaros manifiestan un interés casi enfermizo en todos los lenguajes con los que se encuentran, lo que incluye nuestro software de traducción universal. Raro en una especie telépata, ¿no?, que además todavía conserva tantos lenguajes hablados como naves-mundo.

Sí, muchas cosas extrañas tienen estos «Indignos Discípulos» de los «Sabios Creadores».

Ojalá el idioma del que va a Contactar conmigo sea uno de los pocos centenares registrados en la memoria del traductor automático, o toda nuestra buena suerte al encontrarnos con este enjambre podría revelarse inútil, si ni siquiera logro entenderme con su condonauta.

Como era de esperarse, el aire tiene ese característico aroma a usado de algo mil veces reciclado; billones de quígaros deben haberlo hecho pasar por sus sacos respiratorios antes de que entre a mis pulmones. Pero, como compensándolo, su contenido de oxígeno es ligeramente superior al terrestre.

Vuelvo a pensar que Quim Molá no lo tuvo muy difícil en aquel mítico Primer Contacto, cuando obtuvo los hipermotores. Casi humanoides y respirando un casi terrestre aire. Catalán suertudo.

Prosigo mi avance; un hombre solitario, en escafandra de ultraprotección, pero con el yelmo bajo el brazo, que camina hacia el Contacto a través un pedacito de atmósfera, atrapado entre paredes casi invisibles más allá de las que se extiende el vacío del cosmos. Pura rutina, en fin.

A la izquierda, los tres soles del sistema Gamma Hydri, empeñados en su eterna danza de salón. Delante, la inmensa esfera compuesta por la aglutinación de miles y miles de enormes naves-mundo quígaras. Ya hay veinte mil treinta y cuatro, y siguen llegando más a cada momento. Si el capitán Berenguer tiene razón y tan sólo esperan a estar todos reunidos para partir debería apresurarme.

Será un Contacto ejemplarmente breve.

Sombra imprecisa acercándose desde el otro lado de una larga sucesión de tabiques traslúcidos que se abren a su paso y se cierran a su espalda, ahí viene ya mi partenaire de hoy.

Y me comienzan las sudoraciones, picores y tembladeras de siempre. Ya me extrañaba.

¿Cómo será? Ya he Contactado con naves-mundo quígaras en doce ocasiones durante mi carrera y ha habido casi de todo: desde un gusano con un inmenso ojo compuesto y diez pares de patas vestigiales hasta humanoides azules con escamas en continuo movimiento, pasando por una especie de oso ciego y velludo con sólo seis miembros. De esos hubo dos, por cierto.

El peor fue aquel pulpo-estrella de tentáculos babosos y llenos de ojos. Ojalá no sea el de hoy.

Ya puedo verlo; púrpura, algo más pequeño que yo, cuerpo central, múltiples extremidades ramificadas por bifurcación, llenas de ojos, no toca el suelo… por eso la microgravedad. Mierda.

Se acabó mi suerte; es justo ÉSE. La simbiosis más asquerosa imaginable entre una estrella de mar y un pulpo baboso, y casi seis metros de punta a punta de sus tenáculos repletos de ojos.

—Me cago en la virgen puta —murmuro, contrariado.

—¿Qué, es una forma nueva? —la imagen holográfica de Amaya, ahora proyectada directamente en el aire ante mis ojos, frunce el ceño, preocupada—: Tranquilo, cubanito, que tu pulso se ha disparado. Oye, Josué, si el software de traducción no conoce su lengua, siempre puedo ayudarte con toda la capacidad de procesamiento del ordenador central de la nave.

En momentos como éste es bueno sentirse apoyado, aunque sea a distancia.

—No —suspiro, resignado—. No va a ser necesario. No es una morfología nueva… ni mucho menos.

Quizás a Nerys le habría gustado, supongo… como a fin de cuentas parece una forma acuática.

Pero lo que es a mí, ¡puaf! Todos tenemos derecho a nuestras preferencias y aversiones, ¿no?

Recuerdo el Contacto con el engendrito de marras como uno de los más difíciles y repulsivos de toda mi experiencia. Carente de orificios sexuales propios, el maldito «Indigno Discípulo» se dedicó a enroscarme lentamente sus miríadas de babosos tentáculos oculares bifurcados por todo el cuerpo, y no sólo por fuera… Menos mal que ese mucus suyo lubricó el asunto, o habría contraído hemorroides y esofagitis, como mínimo. Sí, el trabajo del Especialista en Contactos no siempre es agradable.

Pero está claro que el traductor automático conoce su tipo de lenguaje. Algo es algo.

—Hola. Josué, nave humana Antoni Gaudí, Nu Barsa. Queremos negociar parámetros de trayectoria de extragalácticos —le digo, tratando de ser lo más escueto posible para facilitarle las cosas al software de traducción, que convierte mis palabras en una cacofónica sucesión de silbidos y chasquidos muy semejantes a los que podrían generar un grillo y un cable de alta tensión haciendo el amor.

La pulposa criatura mueve suavemente sus muchísimos tentáculos constelados de ojos, con cierta gracia etérea que recuerda un poco a la de un manojo de algas agitado por una tenue corriente.

Y llega el segundo diluvio de silbantes chasquidos:

—Valaurgh-Alesh-23, nave-mundo Margall-Kwaleshu, quígara. ¿Trueque-negocio, ofrecer, qué? —Las frases resuenan en mis auriculares con su sintaxis característicamente retorcida y mutilada. La única de la que es capaz el traductor automático: puros infinitivos, sin preposiciones ni conjunciones. Y en un incongruente tono de soprano.

Tendría que recordarle a Nuria, que fue quien programó el traductor, que no porque un pulpo violáceo hable con la voz de una estrella porno el trago amargo de Contactarlo me será más dulce.

Al menos no es el mismo de la otra vez, o podría incluso creerse que el jueguito me gusta.

—Ciento ochenta toneladas de deuterio y ciento veinte de tritio —le suelto de golpe a Valaurgh-Alesh-23, como para impresionarlo con el monto de nuestra oferta de combustible de fusión, y acto seguido insisto, para mantener mi ventaja—: ¿Procedemos?

—Material proceder-no —el «no» también duele más con esa voz—. Interesar-no negocio.

Amaya no hace ningún comentario, pero su apretar los dientes frunciendo el ceño revela mejor que mil palabras que ella tampoco se esperaba tan lapidaria negativa.

¿Material proceder-no? ¿Interesar-no negocio? Pero, ¿qué querrá esta gente? ¿La Piedra Filosofal? Esas trescientas toneladas son prácticamente toda la reserva de Nu Barsa de isótopos pesados de hidrógeno, combustible de fusión suficiente para cualquier nave-mundo durante un año entero. Y el muy… Valaurgh las ha despreciado como si fueran arena.

Pienso rápidamente… no podemos dejarlos irse de la Vía Láctea sin decirnos por dónde están los extragalácticos, podríamos dejar que Rómulo y Jordi probaran la potencia de nuestro armamento contra ese pacífico conglomerado de naves-mundo, hasta que nos revelen el dato… claro que sería un vulgar chantaje armado, sobre todo porque ellos no tienen ninguna capacidad de respuesta, ya se sabe. Pero grandes problemas exigen grandes soluciones.

¿Y si aún así se niegan a negociar e insisten en irse, qué? ¿Destruir veinte mil naves-mundo? ¿Con trillones de seres racionales a bordo? Sería un genocidio y toda la Comunidad Galáctica se alzaría contra nosotros.

No, la violencia es el último recurso del incompetente; tiene que haber algo más que deseen, una oferta que no puedan rechazar, aunque se marchen de la Galaxia.

Exacto y ya sé qué podría servir.

¿Consultarlo al capitán Berenguer? No hay tiempo y un Especialista es el único capaz de juzgar un Contacto. Me arriesgaré, entonces… Miquel dijo A CUALQUIER PRECIO, después de todo.

Trago en seco y vuelvo a proponer, emocionado:

—Traductor humano actualizado, con datos de once mil quinientos sesenta y ocho idiomas Ajenos.

—¿Qué cojons te pasa, tío? ¡No puedes darles nuestro software! —exclama atónita Amaya, pero al instante siguiente se calma, y casi puedo verla encogerse de hombros, aunque la holocámara sólo capte su rostro—: Bueno, de acuerdo, como trueque es una estupidez, pero tú eres el condonauta y el negociador. Si así localizamos a los extragalácticos, habrá valido la pena el precio. Ojalá que los «Indignos Discípulos» acepten, por su bien… de otro modo, vamos a tener que dispararles con todo.

¡Vaya, conque no sólo se me ocurrió a mí! Me siento ligeramente aliviado por no ser el único genocida en potencia de mi tripulación.

Ahora el engendro astero-cefalopoide se agita con una avidez casi histérica, supongo que discutiendo telepáticamente con sus semejantes (ya que los quígaros, telépatas coloniales al fin, no tienen nada parecido a jefes ni superiores), y al fin, tras otro concierto sibilo-chasqueante, extiende hacia mí un tentáculo rematado por un manojo de chispas.

Te atrapé, bicho ambicioso. Facilidades de negociar con fondos ilimitados.

Conozco el artilugio, claro; es un compatibilizador informático universal, de manufactura arctiana, y capaz de leer o transferir datos entre dos sistemas cualesquiera sin necesidad de contacto por cables. Muy usado en toda la Galaxia para evitar problemas de compatibilidad informática.

Todos tenemos un precio, y once mil quinientas sesenta y ocho lenguas más o menos informáticamente codificadas han sido una tentación demasiado fuerte para que Valaurgh-Alesh-23 y su gente siguieran fingiéndose desinteresados.

¿Sabrán que esa imponente cifra incluye cerca de seiscientos de sus propios dialectos?

Imagino que sí… y si no, como decían los romanos: Caveat emptor; que se cuide el comprador. Aunque se le parezca, no decir toda la verdad no es mentir. Ni en el amor, ni en el comercio.

Disimulando mi satisfacción, permito que la flexible extremidad del «encantador» Valaurgh acaricie mi cuello enroscándose en torno a mis auriculares. Intento estarme quieto, aunque las chispas del ingenio arctiano me hacen cosquillas, o tal vez sean las ventosas-ojos del mucoso tentáculo… no lo sé ni quiero saberlo.

—Traductor asimilar aquí-ahora —me sorprende una voz chirriante, que parece brotar del centro de la maraña de tentáculos flotantes. ¿Qué clase de órgano emisor de sonidos tendrá este pulpo-estrella, que puede vocalizar con tal nitidez, además de emitir silbidos y chasquidos?—. Dos datos interesar humanos, trueque-negocio procede. Uno: quígaros todos abandonar Galaxia ahora-adelante, destino-adelante negociar-no. Dos: quígaros aquí-adelante-no, hipertránsito funcionar-no aquí-adelante. Hipermotor tarplino verdad-no atrás-aquí-adelante. Tarplinos verdad-no. Mente teleportadora quígara, hipermotor-verdad-sí.

Mierda. Debo haber entendido mal, no puede ser que…

—Sants Cojons —murmura boquiabierta y con los ojos casi desencajados Amaya, confirmándome que, pese a la endiablada semántica típica del software de traducción, he comprendido bien—. Josué, necesito confirmación: primero, se van todos, y ni locos nos dirán a dónde…

—Correcto —le digo, con un hilillo estrangulado de voz—. El capitán Berenguer lo adivinó al vuelo. Bravo por él. Se van y nos ocultan el destino de su viaje; tipos prudentes… quizás les cogieron miedo a los extragalácticos. O a nosotros.

—¿Miedo, a nosotros? ¿Por qué? Y creo que no entendí muy bien lo segundo… —el habitualmente tan seguro contralto de la técnica en sensores vibra lleno de zozobra, y hay un ligero tic en su mejilla izquierda—. ¿Que los tarplinos nunca existieron? ¿Pero, cómo pudieron entonces construir esos hipermotores?

—No los construyeron —resoplo—. No existen los tarplinos, nunca existieron, y nada tiene que ver en el asunto el agujero negro en el centro de la Vía Láctea… los supuestos hipermotores son sólo trozos de metal capaces de autodestruirse y de nada más. Son ellos, los «Indignos Discípulos», todavía no entiendo por qué inventarían toda esa historia de los «Sabios Creadores», los que crearon esos falsos hipermotores. Y siempre han sido ellos, con sus mentes, los que hacen posibles todos los saltos al hiperespacio. ¡Teleportadores! ¡Los únicos de la Vía Láctea! Mierda, Jaume Verdaguer y sus locos amigos tenían razón…

Amaya me mira por largos segundos, en silencio, y al fin se atreve a preguntar, lentamente y casi susurrando, como si le importara mucho saberlo:

—Josué, ¿quién es Jaume Verdaguer?

—Por dios, Amaya, eso no importa ahora —rebufo, mirando al orondo Valaurgh-Alesh-23 con unas ganas crecientes de convertirlo en un nudo de sus propios tentáculos, pero al fin explico—: Un amigo, un físico que nunca creyó en la historia de los tarplinos ni sus hipermotores.

—Ah —dice simplemente ella, y al fin, captando toda la gravedad del asunto, agrega, como si aún dudara—: Conque… ni tarplinos, ni hipermotores… sino teleportación quígara —su voz tiembla más aún que antes—. O sea, que tan pronto como se vaya el último nos quedaremos sin… sin… —no logra decirlo en voz alta.

—Sin medio alguno de desplazarnos más rápido que la luz —termino con voz atonal la idea que ella ni siquiera se atreve a enunciar—. Lo que sería prácticamente el fin de la Esfera Humana y de paso también de toda la Comunidad Galáctica, tal y como las conocemos hoy. ¡Imagínatelo! De buenas a primeras, cero hipertránsito, significaría el aislamiento total entre colonias, enclaves y la Tierra. Y lo mismo para cada raza Ajena. A menos, claro, que antes logremos contactar a los extragalácticos, y que ellos además tengan un hipermotor que funcione de veras… no mental, si es que se puede elegir. Y quieran vendérnoslo, claro. Muchos «si» condicionales, ¿no te parece? Creo que estamos bien jodidos.

—¡Cabrones quígaros! ¡Deberíamos reventarlos a todos por engañar a la Galaxia entera durante tantos milenios! ¡No pueden irse ahora, así como así! —aúlla Amaya, pura furia al finalmente afrontar la cruda realidad. Pero al punto se calma; consulta algo lejos de la holocámara, y un par de segundos después retorna, para informarme, mecánicamente—: Veinte mil ciento doce naves-mundo en este sistema, al momento… y siguen llegando —aprieta los labios, decidida. Algo que me fascina de los catalanes es su capacidad para ponerle al mal tiempo buena cara y crecerse ante las peores dificultades. No en balde han llegado tan lejos—. Josué, si eso que te dijo el pulpo es cierto, faltarían unas trescientas por llegar, al ritmo actual. Eso nos da todavía… unas dos horas. Tío, fíjate: si en los próximos cinco minutos ese matrero te diera los parámetros de la trayectoria de los extragalácticos, aún podríamos lograrlo.

Vaya, eso es lo que yo llamo pensamiento táctico rápido.

—Tenemos que hacerlo —la apoyo, y a continuación, dirigiéndome al baboso y violáceo Valaurgh-Alesh (ojalá los otros veintidós de su camada o lo que sea hayan ya muerto), que ha continuado con su fluido agitar de ingrávidos tentáculos, insisto—: Imprescindibles parámetros de trayectoria de nave extragaláctica, aquí-ahora.

El muy… quígaro tarda casi tres segundos en contestar. Y según me parece, arreglándoselas ya con soltura ligeramente mayor que antes con el recién adquirido software de traducción:

—Información disponible. Traductor, precio suficiente-no. ¿Ofrecer, qué más?

Malditos sean Shangó, Orula y hasta la Virgen del Pilar. Astuto bicho, jugó conmigo; me dijo lo más importante, se dio el gusto de vernos la cara de mierda al enterarnos de que habían estafado a toda una Galaxia durante millones de años… pero no me ha dicho lo necesitaba saber. ¿Y ahora qué hago?

Es como saber que uno va a morir y qué píldora necesita para evitarlo… pero no dónde puede comprarla.

—¡Hijos de puta! ¡Diles que si no nos dicen ahora mismo dónde están esos tipos de afuera vamos a contarles la estafa del hipermotor a la Comunidad Galáctica entera y entre todos haremos mierda hasta la última de sus naves! —estalla Amaya, con sus hermosos ojos oscuros soltando chispas.

—No seas bestia —la calmo. Es mi turno de aparentar una ecuanimidad que estoy lejos de sentir, mientras mis neuronas trabajan febriles—. No sirve de mucho amenazarlos. ¿No te das cuenta de que nos tienen literalmente agarrados por los cojons? Me pregunto si alguna especie Ajena sospecharía ya… les deberán a sus propios Jaume Verdaguer una disculpa enorme. Yo, por mi parte, pienso pagarle una estatua en vida, si salimos de ésta.

—Y yo te ayudaré —se ofrece Amaya, evidentemente necesitada de hacer algo concreto—. Tengo un amigo escultor…

—Shhh —la hago callar, grosero, y ella frunce los labios, como una chiquilla regañada—. Eh, disculpa, pero déjame pensar. Mira, no hay presión posible, ni amenaza que pueda funcionar. Si ellos no querían, nadie utilizaba el hipertránsito. Así que no me extrañaría que si intentáramos atacarlos, nos enviaran al quinto infierno. Del mismo modo, si ahora intentáramos irnos de aquí para dar aviso de la estafa a otros, podrían impedírnoslo muy tranquilos… Y, por otro lado, cuando se vayan, toda la Comunidad Galáctica comprenderá por sí misma lo que hacían sin que tengamos que contárselo. Sólo que entonces ya será demasiado tarde para hacer nada, por supuesto…

—¿Y entonces qué? —se exaspera Amaya, casi a punto de llorar de rabia y frustración—. ¿Nos rendimos, abandonamos la búsqueda, nos olvidamos del resto de la humanidad, que por cierto más jodida que sin hipertránsito no podría quedar, y nos quedamos para siempre en este sistema sin planetas con atmósfera de oxígeno que colonizar? La otra estrella más cercana está a cuatro años-luz…

—No —sonrío, con la súbita seguridad de haber encontrado la solución al problema—. Les pagamos más por la información que queremos. «Indignos Discípulos»,¡vaya apelativo bien elegido! Aunque nunca existieran los «Sabios Creadores». A ver qué nos queda que pueda interesarles, ¿eh? Esos quígaros son unos ventajistas avariciosos, y saben bien lo que vale para nosotros la información que tienen.

—¿Pagarles más? —las cejas de la técnica en sensores casi se confunden con el nacimiento de su corta pero frondosa cabellera oscura—. Pero si ya rechazaron tritio y deuterio como para mantener funcionando los reactores de fusión de una nave un año entero, y les acabamos de dar el software de traducción, no veo qué otra cosa valiosa tendríamos…

—ADN —la interrumpo, sonriendo travieso—. La otra única posesión humana en la que los quígaros han estado siempre interesados —y dirigiéndome al pulpo-estrella Especialista en Contacto, articulo cuidadosamente—: ADN humano, trueque por parámetros-trayectoria nave extragaláctica.

La frenética agitación que sacude las miríadas de resbaladizos tentáculos bifurcados y llenos de ojos de Valaurgh-Alesh-23 es signo más que suficiente de que está analizando seriamente la respuesta… junto con todas las mentes de todas las naves-mundo quígaras. Insisto, decidido a convencerlo:

—Galaxia nueva, condiciones desconocidas, quígaros necesitar nueva raza clones-esclavos.

—Precio suficiente —dice al fin mi tentaculoso interlocutor, casi con dolor—. Trayectoria extragalácticos, parámetros, trasmitir ahora-aquí —y a continuación dispara una larga serie de cifras que el ordenador de mi traje y su hermano mayor a bordo de la Gaudí registran perfectamente.

Luego el quígaro añade, casi con sorna:

—Segunda entrega-parámetros trayectoria-extragalácticos.

¡Shangó y Oggún! ¿Somos entonces tan sólo los segundos en poder localizar a esos tipos?

Hay que correr, si así es. Con otra raza cualquiera me arriesgaría a preguntar a quién se los dieron, si son Ajenos o humanos, y en tal caso de cuál enclave y de qué nave eran. Pero los «Indignos Discípulos» nos harían pagar por cada dato… Y ya no nos queda moneda de trueque, por desgracia.

El que no seamos los primeros, evidentemente, nos lo ha comunicado gratis por puro sadismo.

—¡Lo logramos! —ríe Amaya, entusiasta, sin escuchar la mala noticia anterior, y yo no voy a aguarle la alegría; ya lo sabrán todos cuando revisen la grabación—. La computadora está interpretando los parámetros y confeccionando una trayectoria lineal. Te adelanto que parece que los visitantes vienen de la Nube mayor de Magallanes, que están buscando estrellas enanas amarillas y que su sistema de hipertránsito tiene gran alcance y precisión… luego te diré más. Ahora cuando Contactes con ese pulpo asqueroso, mejor date prisa en darle tu ADN: imagino que cuando menos naves-mundo queden en la Galaxia sin integrarse a este conglomerado, más difícil le resultará a la pobre Gisela encontrar una trayectoria de salto factible.

Tiene razón, claro, aunque malditos los deseos que tengo de volver a pasar por la ordalía de verme enroscado y violado por ese mucoso pulpo-estrella quígaro con tantos brazos de sobra.

Casi me dan ganas de hacer como en mi infancia en Barrio Ripio; ahora que ya tengo los parámetros de la trayectoria de los extragalácticos, simplemente declinar el Contacto y darnos a la fuga. Se lo merecen; no estaría mal despedir a los tramposos con una trampa.

Pero la terrible sospecha de que si no jugamos limpio podrían muy bien enviarnos, no a nuestro destino prefijado, sino a donde les pareciera, aumentando así la ventaja de los otros en la búsqueda, me hace elegir la recta vía. Ah, los cochinos principios…

—¿Procedemos? —sugiero al fin, suspirando resignado al tiempo que comienzo a despojarme del traje. Mientras más rápido salga de esto, mejor será. Menos mal que frotar un hisopo en la mucosa bucal para obtener epiteliales con ADN útil es una operación rápida e indolora, porque para trance desagradable, el de Contactar con este Valaurgh basta y sobra.

—Datos trayectoria extragalácticos, entregados… ADN humano degradado-no, requerido —espeta muy tranquilo el quígaro, sin hacer patente la menor intención de acercárseme.

¿Cómo? Me quedo atónito por un instante, hasta que comprendo y suelto una carcajada.

Claro, ADN humano degradado-no; me olvidaba del «cuenta atrás».

Incluso desconectando ahora mismo el útil aparatito, por culpa de sus vibraciones sintonizadas con mi biocampo, mi ADN continuaría degradándose lejos de mi cuerpo, y por tanto volviéndose inservible para los quígaros, durante al menos otra hora. Y no nos sobra precisamente el tiempo.

—ADN humano degradado-no, requerido, clonar —repite el pulpo, inexorable—. Adelante, entregar muestra aquí-ahora.

—¿Qué coño quiere ahora ese engendro? —refunfuña Amaya—. ¿Tu ADN no le sirve, acaso?

Mierda. Creo que voy a tener que quedarme un ratito más en este sistema perdido.

—No, por el «count-down» que estoy usando —suspiro, y apago el collar emisor de ultrasonidos que pende de mi cuello—. Y bueno, vayan ustedes… yo me quedaré hasta que su efecto pase, y puedan tomar una muestra útil de mi genoma… una hora no es tanto, luego regresan a buscarme.

Y si no los encontramos a tiempo, nadie podrá decir que Josué Valdés no jugó en equipo.

—Ni hablar —tercia Amaya, con los labios apretados—. Tú eres el Especialista en Contactos, y tu presencia será imprescindible cuando localicemos a los extragalácticos. Además, no sólo no podemos perder una hora, sino que quizás tampoco podamos luego volver a buscarte, si esos estafadores «Indignos Discípulos» se van… —traga en seco, intentando sonreír con aplomo—: Así que… me quedaré yo. Espero que me droguen, porque no me gusta el dolor, ni tampoco resisto imaginarme a esos bichos de mil brazos llenos de ojos toqueteándome.

Mujer, qué grande eres. Todo por Nu Barsa y por Catalunya, ¿no?

Voy a agradecerle su gesto, conmovido, cuando me viene a la mente una idea mejor.

—Ése es el espíritu, Amaya… pero creo que no puede permitir tu sacrificio —le guiño el ojo, travieso—. En cualquier exploración, y sobre todo en un Contacto con extragalácticos, una técnica en sensores también resultará siempre más útil que… que un tercer oficial prepotente que encima no sabe más que disparar, ¿no crees?

Sí, la venganza es un plato que se degusta mejor frío. Los ojos de Amaya brillan cómplices, cuando dice, sonriendo:

—Voy a consultarlo con el capitán, claro, aunque creo que tu propuesta le parecerá perfectamente aceptable. Pero casi me dan pena los quígaros; llevarse a clones de Jordi Barceló como esclavos no les va a resultar de gran ayuda, a donde sea que se estén escapando…

 

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