¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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PERÚ

 

Los márgenes de la ciudad estaban sumidos en una noche imperturbable. Los postes de luz brillaban como luciérnagas gigantes en las veredas vacías. Con movimientos ligeros, los gatos paseaban por debajo de los carros y en los jardines de las casas silentes.

En un rincón claroscuro, en el que pululaban roedores e insectos, el Anciano silbaba una canción de moda y buscaba con ahínco entre la basura. Su rostro, que era la zona de encuentro de mil arrugas, contenía unos ojillos relucientes como canicas. Al igual que los demás pordioseros, sus ropas eran trapos remendados de mala gana; y sus zapatos, una aglomeración de bolsas en sus pies. Cada cierto tiempo, con un amago de sonrisa, daba expresiones de satisfacción.


Ilustración: Tut

—Bien, carajo —decía, pues había hallado su acariciada presa: una botella de plástico.

A un costado, exhibiendo un gesto calmo, el Joven también tenía metidas las manos en los desperdicios, pero, a diferencia del Anciano, se conducía con la paciencia de los científicos. Como si estuviera realizando un análisis de laboratorio, agarraba la porquería con la punta de los dedos, observaba su forma y color, y la olisqueaba por un instante. Finalmente, la depositaba sobre el piso, formando un pequeño montículo de inmundicia.

La noche avanzaba sin alteraciones. El brillo de la luna se reflejaba en los pequeños charcos del asfalto. Los gemidos de los gatos partían el silencio y formaban un coro tétrico.

Sin perder el ritmo de su labor, el Anciano observaba de rato en rato al Joven: pese a sus esfuerzos, este no acumulaba un residuo en especial. A primera vista, parecía sumido en una tarea tonta y sin sentido.

—¿Qué buscas? —preguntó el Anciano, con voz amistosa—. Quizás te pueda ayudar.

—Trato de encontrar mariposas —respondió el Joven, sin aspavientos—. O por lo menos, un rastro de ellas.

—¿Mariposas? Acá no hay mariposas.

—Sí las hay. Solo hace falta buscar un poco aquí o allá.

El Anciano se rascó la cabeza: estaba sorprendido por las palabras del Joven. Nunca había oído mencionar a sus colegas (hombres que también se dedicaban al reciclaje informal) que alguien tuviera como propósito hallar mariposas en la basura. Sin embargo, respetó el trabajo del Joven y no lo molestó más. “Cada loco con su tema”, concluyó y, con el mismo empeño de hacía un momento, volvió a su actividad.

Pero un hecho súbito inmovilizó el mundo como cemento macizo. Una sirena despuntó en el ambiente con su sonido vertiginoso. En plena oscuridad, se dibujó una figura dinámica: un carro de los Guardias Municipales que, con sus reflectores azules y rojos, se adentraba en la penumbra en busca de delincuentes. La luna, que había sido una observadora discreta hasta entonces, pareció colaborar con las fuerzas del orden y brilló con potencia. Sin pensarlo, los gatos huyeron en estampida, dejando solo el recuerdo de su presencia.

El Anciano y el Joven se miraron fijamente. En pocos segundos habían perdido todas las expectativas de su trabajo. Sus caras mostraban desasosiego. Sentían un áspero nudo en la garganta. El Anciano dijo con mucha dificultad: —¡Vámonos!

Corrieron de forma estrepitosa. Atravesaron una calle desierta, esquivaron a un par de borrachos tendidos en la acera y se ocultaron tras unos arbustos regados con orina. Entretanto, el carro de los Guardias Municipales se desplazaba con lentitud y mantenía sus reflectores encendidos.

El Anciano y el Joven evitaban hacer el menor ruido. Nunca habían sido capturados, pero sabían por experiencias ajenas que no era recomendable. Se pasaba la noche en una comisaría y se ganaba una paliza injustificada. De pronto, se activó una linterna. Sin mediar un tiempo de respiro, el chorro de luz encontró al Anciano y el Joven.

—Salgan de ahí —indicaron los guardias—. Los hemos visto.

Ambos se pusieron de pie. El cuerpo les temblaba.

—Son “buceadores”, ¿no? —les interrogó un guardia, mientras bajaba del vehículo—. ¿Acaso no les da asco sumergirse en la mierda?

—Se equivoca, señor. Somos recicladores. Y a mucho orgullo, señor —dijo el Anciano, apelando a la poca valentía que le restaba.

—Buceadores o recicladores: da lo mismo —aseguró el guardia, con una sonrisa despectiva—. Suficiente conversación. De una vez, vengan para acá.

Lentamente, el Anciano y el Joven se acercaron al guardia. Estaban mudos y cabizbajos. El guardia no se dejó ablandar.

—A ver, tú —se dirigió al Anciano—. ¿Qué buscas en la basura?

—Botellas de plástico, señor —respondió el Anciano.

—¿Y tú? —preguntó el guardia al Joven—. ¿Qué buscas?

—Mariposas —respondió el Joven.

—¿Mariposas? —se preguntaron ambos guardias. El del carro dijo: —Este piensa que somos idiotas.

—No —dijo el Joven—. Bueno, no sé si son idiotas o no, pero yo busco mariposas.

El guardia se aproximó al Joven, lo miró como quien calcula el precio de un objeto y lo golpeó con una cachiporra en las piernas. El Joven cayó de rodillas.

—Así que buscas mariposas, ¿no? —sonrió el guardia—. ¿Sabes lo que busco yo?

—No.

—Pues estoy tras idiotas como tú. Y ahora, me los llevo a los dos.

—Pero, señor… —suplicó el Anciano—. No hemos hecho nada.

El guardia los arreó hasta la patrulla. Sin abrir la boca, el Joven se dejó llevar: se desplazaba al compás de los empellones. El Anciano resistió: no dejaba de exigir por sus derechos. Cuando hubieron subido, el carro se perdió en la noche ostentando su sirena alborotada.

 

 

***

 

 

Horas después, el Anciano salió de la comisaría. Le habían pedido sus datos y, luego de una dura reprimenda, con algunos golpes incluidos, le habían hecho descansar sobre una banca de madera. Por casualidad, cuando procuraba dormir, escuchó la voz de un policía que aseguraba que el Joven, debido a sus problemas mentales, iba a ser trasladado a un manicomio.

 

 

***

 

 

A la noche siguiente, de vuelta en el tiradero, mientras recogía las botellas que había dejado abandonadas, el Anciano contempló una imagen asombrosa: entre la basura, y bajo la luna que se mostraba especialmente radiante, un gato jugaba con alegría a perseguir una escurridiza mariposa.

 

 

Julio Meza Díaz (Lima, 1981). Bachiller de derecho. Ha publicado el libro de cuentos Tres Giros Mortales y la novela Solo Un Punto. Ha publicado también los poemarios Lugares Comunes y Matemáticas Sentimental. Por este último ganó el primer premio de poesía Universidad Peruana Cayetano Heredia.

Esta es su primera participación en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con LAS PIEDRAS MOVEDIZAS, de Víctor Coviello; EL SEÑOR DE LA BASURA, de Hugo Perrone y CUANDO LA BASURA NOS TAPE, de Gonzalo Martré.


Axxón 232 – julio de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Sociedad : Perú : Peruano).


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