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Archivo de diciembre 2012

ESPAÑA

 

 

«Me diste tu fango y yo lo convertí en oro.»

Charles Baudelaire

 

 

En el barrio todos conocían a Franz. Ya desde pequeño había sido diferente, un niño que veía las cosas de manera distinta al resto. Por eso no sorprendió a nadie que, muy joven, encontrara su sitio en la calle de los alquimistas, famosa en toda Praga.

Sus colegas se afanaban sin descanso en la búsqueda de la fórmula esencial, la que permitiría obtener oro a partir de materiales innobles. Franz, sin embargo, fiel a sí mismo y a su espíritu disentidor, se embarcó en una empresa original y única. Y diferente, por supuesto.

Salía cada mañana para recolectar su materia prima. Paseaba por el barrio judío, se sentaba en la Staromìstské námìstí, la Plaza de la Ciudad Vieja, o se demoraba en el Puente Carlos fingiendo mirar al río. Cualquiera lo habría tomado por un simple transeúnte.

Pero Franz estaba trabajando. Observaba el cielo y el suelo, los árboles, los caballos, los pájaros, las ratas; retrataba mentalmente calles y rincones; memorizaba, con los ojos cerrados y apasionada intensidad, olores y sonidos; y estudiaba también a los peatones que iban y venían llenando de colorido la ciudad; escuchaba retazos de conversaciones aquí y allá, descubría gestos y movimientos y actitudes. Franz iba poniendo todo eso en su mente, atesorando cada dato sin un orden concreto, pero consciente de su potencial utilidad, igual que un druida que recorriese el bosque llenando su morral de piedras y plantas.

Cuando volvía a casa volcaba todo aquel material, en forma de anotaciones, sobre su mesa de trabajo. Y entonces organizaba, seleccionaba, clasificaba. Escogía lo que consideraba útil y descartaba o reservaba el resto. Unas veces escribía al margen comentarios que se le ocurrían sobre la marcha; otras, simplemente, definía lo recogido de un modo diferente a como lo vería cualquiera; y en otras ocasiones, la mayoría, tomaba todas aquellas pequeñas piezas cotidianas y desgastadas por el uso y las combinaba con insólita imaginación, componiendo un puzzle único que retrataba la realidad de manera completamente original y nueva.

Franz era alquimista. Es cierto que practicaba una variedad diferente de alquimia. Pero, al igual que sus colegas, tomaba ingredientes comunes, ordinarios, y los convertía en algo nuevo y valioso. Pronto tuvo muy claro cuáles eran los elementos claves de su fórmula alquímica particular: talento, por supuesto, ojos de alquimista con los que ver el mundo desde una perspectiva discordante; inspiración, que a veces proporcionaban los propios materiales que iba recogiendo y otras veces llegaba por un estado cerebral inusualmente estimulado y ágil, y que a menudo procedía de la mezcla de ambas cosas; y trabajo, desde luego. Disciplina, esfuerzo, y la constancia necesaria para emprender mil y una intentonas sin desfallecer ante los numerosos fracasos.

Y entonces, con todo aquello, alguna y sólo alguna que otra vez, la fórmula funcionaba y proporcionaba el resultado esperado: un texto, una escultura, un cuadro. Un producto que no era otra cosa que un espejo en el que el mundo podía mirarse y verse desnudo, vestido, por dentro, por fuera, hermoso, abominable… Un espejo múltiple e infinito, con tantas caras como posibilidades ofrecía la mente.

Era mágico, sin duda, constatar cómo Franz tomaba la rutina, lo común, las pequeñas anécdotas o las miserias grises de cada día, y lo convertía todo en un material exquisito, brillante, distinto, que sin embargo no era oro todavía. No mientras mantuviese el resultado en privado, en sus habitaciones, o en los cajones de su mesa de trabajo.

El paso final, el decisivo, dependía del último de los ingredientes: su público.

Cada vez que un individuo se acercaba a alguna de sus obras, la acción-reacción que se desarrollaba detonaba el último paso del proceso. Sólo entonces, cuando el mensaje elaborado por Franz encontraba un destinatario, la alquimia se completaba con éxito. Lo maravilloso era que toda culminación era distinta porque distintas eran todas las reacciones, todas las respuestas, dependiendo de las mil y una circunstancias que rodeaban a cada espectador, a cada lector. Y cada uno de ellos hacía de la obra de Franz una joya personal y exclusiva que sólo él o ella entendía de aquella forma y que se fundía con sus experiencias pasadas, presentes y futuras. Cada cual volvía a casa con su pequeña pieza de oro original, intransferible y única.

Muy pronto, toda la Ciudad Vieja supo de él y de su extraña y prodigiosa habilidad. Cada vez eran más los que acudían al barrio de los alquimistas en busca de su oro particular. Llegaban portando su fango y sus fatigas, y se marchaban con una nueva visión de la vida y la existencia que no siempre les hacía más felices pero que les hacía, sin excepción, más libres.

Ése fue, precisamente, el problema. Gracias a Franz y a su alquimia, más y más ciudadanos comenzaron a querer convertir su propio barro en oro. Empezaron a cuestionarse cosas, a considerar diferentes alternativas de la realidad. Empezaron a dejar de mirar al suelo y a mover los ojos en todas las demás direcciones, descubriendo que existían innumerables perspectivas y que todas estaban a su alcance.


Ilustración: Valeria Uccelli

Nunca se supo quién inició el proceso, quién instruyó el caso, quién hizo efectiva la acusación. Tampoco hubo nadie que, llegado el momento, quisiera arriesgarse a defenderle. Los anales de la historia de Praga sólo hacen constar la fecha, los cargos (brujería y alta traición) y la sentencia. Franz y toda su obra fueron quemados en la hoguera ante la expectación y el miedo de la ciudad. El tiempo, sin embargo, demostró que aquel castigo ejemplar no serviría de nada. Para entonces la alquimia ya había cumplido su función. Los habitantes de Praga habían aprendido a pensar.

 

 

Luisa María García Velasco nació en Granada, España, el 21 de Noviembre de 1967. Sus primeras publicaciones llegaron a los dieciséis años como resultado de premios literarios de poesía y relato, aunque mientras estudiaba participó en grupos de teatro, de literatura, de danza… y debutó incluso como cantautora. Siguieron estudios de Filología Inglesa, aprobó las oposiciones como profesora de Enseñanza Secundaria y se mudó a Canjáyar, una localidad de la Alpujarra almeriense donde actualmente vive y trabaja. Está casada con Francisco Alonso, profesor de piano en el Real Conservatorio de Almería y tiene dos hijos, Paco y José Luis. Tradujo El gusano de fuego, de Ian Watson, para Equipo Sirius. Ha publicado cuentos en Galaxia, Visiones 2006 y Fabricantes de Sueños 2006. Su relato «Universo Alternativo» resultó finalista del Primer Certamen Literario Internacional de Relato Breve convocado por El País Literario. Como poeta cuenta con diversos galardones, uno de ellos el Premio Internacional de Poesía Dulcinea 2005. Actualmente colabora en el blog literario-lúdico-cultural: «Palabras, palabras, palabras…» cuyo equipo de creadores la fascinó desde el principio por su inteligencia y originalidad. «Sueño kafkiano» se expuso como parte de una instalación en la exposición de arte independiente «Almería al Desnudo», del Colectivo de Artistas Proyecto A-4.

Hemos publicado en Axxón: GABARDINAS EN AGOSTO, EL COCHE ROJO y SUEÑO KAFKIANO.


Este cuento se vincula temáticamente con BICHARRACO, de Ignacio Román González; LOS ÁRBOLES DE ISAAC LEVITAN y EL REGRESO DE LOS PÁJAROS, de Pablo Dobrinin; y DE ALQUIMIA, de Juan Manuel Sánchez.


Axxón 237 – diciembre de 2012

Cuento de autora europea (Cuento : Fantástico : Fantasía : Arte : Alquimia : España : Española).


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