¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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. 6 .

El rímel corrido de sus ojos

 

 

Salen del brazo por la puerta del edificio. Llovizna.

Desde el café de enfrente son observados por una corpulenta figura en traje azul, a través de la angosta Talcahuano. El hombre hace una seña, pidiendo la cuenta. El mozo se acerca presuroso y habla en forma untuosa:

—Faltaba más, Brigadier, la casa invita. Esperamos que el whisky haya sido de su agrado. Es un honor para nuestro humilde comercio…

El militar lo corta con una seña enérgica de la mano. Está lívido de rabia.

—Decime, che: a la doctora de enfrente, la linda, la pelirroja, ¿la conocés?

El mozo tantea con cautela, presintiendo un problema:

—¿La doctora Quiroga Peña Ortiz? Desayuna acá, de vez en cuando…

—Vigilámela, ¿entendés? Me parece que tiene un macho, un gallito, y yo… —ordena el Brigadier, como quien está acostumbrado al mando.

El mozo se sofoca. Tose, carraspea. Habla despacio, se comienza a rascar la nuca con movimientos enérgicos:

—Mire, Brigadier, no se lo tome a mal, pero nosotros…

El militar se para, toma al mozo de la solapa y le aplica el vaho de su aliento.

—Vigilala o te mato.

No bromea. Sus ojos están inyectados en veneno. Suelta la solapa. Se va, dejando sobre la mesa un impecable billete de 5.000 patriotas. Sus pasos son pesados y torpes. Cuando sale, el mozo farfulla un insulto, la rascada de la nuca es frenética, pero guarda rápido el billete en el bolsillo de su camisa.

El Brigadier alcanza a tomar nota, a pesar de la llovizna, de la chapa del Fiat 600 que circula lentamente por Talcahuano. Se palpa el bolsillo interno del saco: al lado del revólver está el handy. Duda en descerrajar su furia sobre Claudia sin más. Decide que eso sería demasiado bueno para ella, que antes de matarla tiene que humillarla, doblegar su orgullo indómito. “Y que me devuelva el vuelto que se quedó. Yo no necesito los cincuenta mil dólares, pero no me gusta que una turra me tome de gil”. En su cabeza toma forma una imagen que le da placer: Claudia arrodillada, suplicándole por su vida. Despeinada, en ropa interior, el rímel corrido de sus ojos.

“Eso es mejor que matarla”, decide. Saca el handy.

Claudia, por el pequeño espejo retrovisor, lo ve y se demuda. Lo observa, empapado, tomar nota de la chapa y meter la mano en el bolsillo interior. El tiempo se detiene. Por un instante eterno cree que sacará un arma. Duda si lo correcto sería bajarse del auto y correr a darle explicaciones a Pocho. Además, está el tema del dinero. No duda más: eso es lo que tiene que hacer. “Encima que lo pasé al cuarto, me ve salir con otro hombre. No tengo escapatoria”. Pero mira a Javier y siente una inexplicable sensación: “¿Y si el chocolatero me salva de Pocho?”. Intenta calibrar el posible coraje o habilidad de Javier. “Hay que ser medio suicida para andar vendiendo chequeras robadas en los bares, a la vista de todos y a la vez trabajando y huyendo”.

“Necesito los cincuenta mil dólares para iniciar una nueva vida en Costa Rica. Que espere Pocho. Pero yo tengo que desaparecer hasta irme. Pasar unos días afuera no es mala idea”.

Sin importarle que Javier note su ansiedad, le pregunta:

—¿Y cuándo podríamos ir a donde querés ir…? ¿Mañana?

Javier se sorprende. “¿Desde cuándo tanto entusiasmo por un lugar tan deprimente como Las Toninas? La casa debe estar hecha un desastre, una sopa de humedad. Además, con este auto no llego ni a Quilmes. Para qué habré hablado, esto me pasa por bocón, por hablar demás”. Tantea a la defensiva:

—Si mañana sigue lloviendo, la ruta…

Claudia apoya su mano en la de él y prueba un tono de súplica, que Javier no puede menos que notar.

—Vamos mañana, please. Pasame a buscar a la mañana por mi casa, temprano.

Aprieta su mano. El calor que le transmite es más elocuente que cualquier pedido.

Javier, ya casi entregado:

—Pero antes tendría que pasar por el mecánico… con este auto no llegamos ni a Quilmes.

Claudia piensa vertiginosamente: “No hay tiempo para mecánicos. Al grano, tengo que ser directa. Que sea lo que Dios quiera; si el chocolatero arruga me voy sola a cualquier parte”.

Vuelve a medir sus palabras, y dice en forma fría:

—Javier, me siguen. Vamos mañana, yo llevo dinero. La autovía Orcadas del Sur está plagada de mecánicos.

—¿Me estás jodiendo?

—No. Vamos mañana. Es viernes. Vamos —más que suplicar, ya ordena Claudia.

Javier suspira. “Mi talento para meterme en quilombos es mi característica más sobresaliente, y esto es, qué duda cabe, un lindo quilombo. Pero esta mina vale la pena. Ma’ sí, la llevo, que sea lo que Dios quiera”, se decide. “Pero mañana a las once había quedado en encontrarme con Bernardo en La Giralda, y eso no me lo quiero perder”.

—Vamos. Pero al mediodía.

Claudia deja escapar una honda exhalación de alivio. Los colores de la calle le parecen más vivos, la lluvia menos ominosa.

—A la una. Te anoto acá la dirección. No me falles.

Javier, ceñudo, prende un cigarrillo en un semáforo de la avenida Farrell.

—Acordate que nos sentaremos a mirar por Telejército cómo cae la Junta. Mirá, a la casa hace dos años que no voy, puede ser que esté un poco…

—No me importa cómo está la casa. Cualquier cosa es mejor que quedarme acá. Y, si te interesa saberlo, ni siquiera estoy demasiado segura de llegar a mañana.

—Claro que me interesa. Y llegá a mañana, qué te cuesta, eh.

Claudia ríe. Hace rato que ningún hombre la hace reír, pero Javier tiene un raro sentido del humor que la subyuga. Cuando llegan a Farrell y Levingston, ella toma su cara, lo besa, lo pellizca, lo despeina. Baja del auto, y le dice a través de la ventanilla, mientras Javier espera la luz verde:

—¿Y cómo era ese lugar raro que no se llama ni Cariló ni Los Troncos? ¿Las Orcas? ¿Los Delfines? ¿Los Cornalitos?

Javier, arrancando, grita, pero el estrépito del motor impide que se escuche lo que dice.

 


¡ARGENTINOS A VENCER!

Manual del Alumno Patriota – Editorial Sudatlántica

Hojas de Trabajo Nros. 61-66 – Tercera graduación (Alferecitos)

Con Supervisión del Ministerio de Planificación Escolar Estratégica

(Pruebas de galera)

 

LA BATALLA DE MONTE LONGDON

 

Niños, todo estaba perdido para el Glorioso Ejército Argentino, más precisamente para el BIM5 encargado de detener el avance inglés. Su página más esplendorosa estaba hundiéndose en la ignominia de una derrota vergonzosa. El desánimo cundía en las filas patriotas, el avance de los desalmados ingleses en su voracidad colonialista parecía incontenible. Pero Nuestro Señor Jesucristo aún guardaba su última carta, la que le daría la victoria contra las huestes del Anticristo que festejaban antes de tiempo su victoria. Nuestros bienamados conscriptos se entregaban al enemigo, y los fuertes brazos que debían servir para dar batalla se desmerecían en la impotente e inútil postura inerte, apuntando al cielo para demostrar su falta absoluta de peligrosidad.

ILUSTRACIÓN Soldados levantando los brazos y horribles ingleses apuntándoles y riendo malignamente.

Hernán Sosa tuvo una visión celestial, y bajo influjo directo del Espíritu Santo decidió utilizar el repugnante disfraz de soldado inglés, como todos saben. El soldado se llamaba John Smith y ese traje aún se conserva en la cripta de Sosa. El Espíritu Santo veló el entendimiento de las huestes del Anticristo, y Sosa deambuló tras las líneas enemigas hasta llegar al campamento del Estado Mayor Inglés, donde los cerdos colonialistas se encontraban de babélica juerga. Su única compañía era su facón MATASIETE, que ya había cobrado seis vidas. Dice aquí la leyenda que Sosa solicitó al General Inglés Jeremy Moore que abandone las Islas, pero Dios endureció el corazón de éste a pesar de que el facón de Sosa se transformara en serpiente durante un eterno minuto. Los ingleses temían tocar a Sosa, pues tenía la protección del Espíritu Santo.

ILUSTRACIÓN. El facón de Sosa se transforma en serpiente. Un repugnante Jeremy Moore beodo escupe sobre el facón.

Finalmente, queridos alumnos, la parte que todos sabemos. Sosa, nuestro querido Hernán Sosa, decapita al malvado y corre con la cabeza sostenida bajo su brazo derecho como en ese deporte que se llamaba rugby y que hoy denominamos balonmano.

Corre bajo nutrido fuego enemigo, corre en zigzag eludiendo los pérfidos tackles ingleses, corre gritando sapucai y, ni bien llega a la base argentina, apoya la cabeza sobre una bandera, cayendo desplomado y exhalando su último aliento con treinta balas atravesándole el cuerpo.

2 ILUSTRACIONES. 1-Hernán Sosa corre con la cabeza bajo el brazo derecho y el brazo izquierdo desplegado, dejando en el camino ingleses desparramados. 2-Los brazos de Hernán Sosa apoyan la cabeza sobre la bandera argentina, con la algarabía de fondo de los soldados argentinos que festejan. Papelitos celestes y blancos caen como copos de nieve.

A partir de ese suceso, la furia de los soldados argentinos fue indescriptible. No se sorprendan de encontrar esos mismos sentimientos bien en el fondo de sus corazones. Niños, no se avergüencen de lo que sucedió después; más bien, sientan orgullo. ¿O qué piensan sus tiernos corazones que fueran a hacer los pérfidos ingleses con los prisioneros argentinos? ¿Pensaron alguna vez, niños, qué harían los ingleses con vuestra madre si ésta cayera prisionera en sus depravadas garras? El terror de los ingleses fue tal, que huyeron abandonando armas sofisticadas, pues los argentinos no necesitábamos de armas tecnológicas ni de parafernalia bélica: les ganamos la batalla de Puerto Argentino a degüello nomás.

ILUSTRACIÓN. Cabezas inglesas clavadas en picas; bajo las picas, más cabezas rubias.

 

 


 

[SIGUIENTE]

 

 


Axxón 275

Novela de autor latinoamericano (Novela : Fantástico : Ciencia Ficción : Ucronía, Distopía : Argentina : Argentino).


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