¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 REINO UNIDO

Cantamos las Canciones de la Sal.

La sal es preciada y compleja. El cloruro de sodio, no. El cloruro de sodio es un producto químico que se fabrica fácilmente en un proceso al vacío. Puro y limpio, el cloruro de sodio carece de sabor.

El sabor de la sal proviene del magnesio, el calcio, los haluros y los sulfatos. La sal también tiene el sabor de los elementos sumamente escasos que codician los ladrones. La sal rebosa de vida, de vida pequeña, halófila, amante de la sal.

La sal nace en los océanos. La sal está en nuestro suelo, en la lluvia, en el agua burbujeante de los manantiales. La sal está en todas partes. La sal es sagrada.

En los campos de mendicantes del Templo de Sal, cantamos las Canciones de la Sal.

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Ilustración: Marina Arien

La sal del Templo se formó hace millones de estaciones, producto de la evaporación de un antiguo mar. A lo largo de incontables generaciones, esculpimos esa sal para convertirla en recintos y pilares, en un templo donde alguna vez elevamos nuestras plegarias. Ahora, mendigamos en los campos del Templo debido a los ladrones.

Cantamos hasta que se acerca un giratorio que lanza una lluvia de sal sobre nuestros gritos. Entonces, nos callamos.

Scarlet, de las 7.565 con Ese Nombre, que es nueva en los campos, se me acerca lentamente. Scarlet se ha vuelto muy apegada a mí. No me importa. Está nerviosa. El color fluye rápidamente por su manto transparente.

El donante aterriza. El grueso tentáculo metálico del sendero se despliega.

—Creo que me pedirán que cante. De verdad, creo que lo harán.

—Cálmate, Scarlet. Aún no te elegirán. Primero visitarán el Templo.

—Sí. Sí, por supuesto —dice ella, mientras el color sigue circulando por su manto y los cromatóforos cambian de ocre a dorado, de dorado a rojo.

Emergen los ladrones. Un macho adulto y una cachorra, una hija. La hija está agitada y se desplaza hacia delante y hacia atrás con sus dos piernas. Hablan con sus voces habituales, enormemente estridentes. Son una especie con mala audición. En lo profundo de mi mente, pienso en las Canciones de la Sal.

El ladrón y su hija avanzan a lo largo de la hilera de mendigas. Giro la lente óptica de un ojo hacia ellos, prestando atención a las mendigas con mi tercera mente.

He mendigado durante treinta estaciones y sigo asombrándome cuando veo ladrones. Scarlet, por supuesto, tiene las tres lentes y las tres mentes apuntadas a los ladrones.

Son muy diferentes de nosotros. Sus cabezas son diminutas y solo tienen una. Tienen un solo cerebro, lo que explicaría su punto de vista. Solo cuatro miembros, sin membranas. Un solo corazón. Su sangre tiene sal, pero sal débil.

La atmósfera podría hacer que sus proteínas se acumularan, que su carne se disecara, porque carecen de osmoprotectores y de un mecanismo para regular el ingreso de potasio al interior de sus células. Por eso usan un manto artificial y respiran a través de un pico artificial. Nacieron en otro mundo y son extraños. Este medio ambiente tendría que matarlos, pero son un pueblo tecnológico, capaz de superar sus debilidades y nadar en aguas alienígenas.

Pero pensar en su biología es ignorar sus diferencias más profundas. Son diferentes porque compiten. El dimorfismo sexual derivó en una necesidad de competir. Se apoderan de lo que quieren.

Nosotras no competimos. Nuestras cachorras se engendran en la mezcla oceánica de nuestro material genético. Quien desea ser madre, selecciona una larva para criarla en la boca. Nosotras somos todas.

—Mira —dice la hija, señalándome con su tentáculo dividido—. Es muy bonita.

No soy bonita.

—Es adorable.

No soy adorable.

—Gracias por traerme, padre. Creo que aprenderé mucho más aquí que en mis lecciones.

Eso espero, hija de ladrón, porque tengo algo que anhelo enseñarte.

La hija gira su extraño cuerpo articulado y se inclina hacia mí. Me grita “¡Hola!”.

—¿No pueden hablar, padre?

—Pueden hablar. Pero son tímidos. Y sus voces son muy bajas. Necesitamos amplificadores para escucharlos.

—¿Excepto cuando cantan?

—Claro. —El padre asiente con su única cabeza—. Excepto cuando cantan.

—¿Podemos hacerlos cantar ahora?

—Primero necesitamos la sal —dice el padre.

—Exacto. Del Templo de Sal. Vamos. Vamos. Rápido, padre.

La hija jala el tentáculo de su padre. En pocos momentos, sus miembros divididos los llevan hasta el Portal del Templo.

—No hay guardias, padre. Si les gusta tanto la sal, ¿por qué no entran en el Templo y la recogen ellos mismos?

—¿Recuerdas que ya hablamos de esto? Son gente muy simple. Cuando el Anciano decretó que debían obedecernos, lo hicieron. Con total sumisión. Es increíble, realmente. De lo contrario, tendríamos que haber usado un regimiento de soldados disciplinados. Pero —dice el padre, golpeteándose su única cabeza— aquí no tienen independencia de pensamiento. Por eso nunca progresaron más allá de la Edad de Piedra.

Sin duda, no es cierto. Nuestras pensadoras consideraron la posibilidad de usar metal hace muchos miles de estaciones. Cuando extrapolaron las consecuencias, la Anciana decidió no avanzar por el sendero que los ladrones llaman “progreso”. La decisión fue confirmada por todas las Ancianas subsiguientes.

—Entonces, les dijimos que no entraran aquí y no lo hicieron más. Y ahora mendigan allí fuera. Me parece triste, padre.

—La sal de este edificio tiene una concentración sustancial de elementos poco comunes. Aún no la hemos explotado, por respeto a las creencias de los nativos, pero quizás debamos hacerlo si el conflicto con los Voraces no mejora.

—Debemos destruir a todos los Voraces —dice la hija, asintiendo con su única cabeza—. Mira, allí hay otro, bajando por la pared del acantilado.

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Ilustración: Marina Arien

Todas las lentes, salvo la mía, giran hacia el acantilado. Asigno a mis tres mentes la tarea de seleccionar la canción perfecta para la hija.

—¿Lo esperamos, padre?

—Es demasiado lento. Entremos al Templo.

—Debe ser un nuevo mendigo —dice Scarlet. Solo los mendigos y los ladrones vienen a este sitio.

—Hoy es un día extraordinario —digo—. Pasamos semanas sin compañía y, en el lapso de un grado, tres desconocidos visitan el campo de mendicantes.

—Una nueva mendiga —dice Scarlet. Su pensamiento divaga. Otra mendiga implica menos limosna, porque siempre la repartimos entre todas.

Pero una nueva mendiga significa nuevas canciones. Y eso sería bueno. Podemos sentirnos muy solas escuchando siempre las mismas decenas de canciones.

—Me pregunto de qué cardumen será —dice Scarlet.

Apunto mi segunda lente al acantilado.

—Es mi cachorra —digo—. Viene a visitarme. No a mendigar.

—¿Tu cachorra? —Scarlet hace aletear sus agallas. Sé lo que está pensando. Si tengo una cachorra, ¿por qué estoy mendigando?

Scarlet llegó a los campos de mendicantes cuando los ladrones descubrieron una veta de un elemento infrecuente debajo de su hogar familiar y expulsaron a su cardumen de sus tierras. Su cachorra decidió cruzar el Gran Mar del norte para buscar un nuevo hogar.

—Me rogó que fuera con ella —me había dicho Scarlet—. Pero me negué. No quería ser una carga.

Los ladrones se adueñan de nuestras tierras. A cambio, nos dan cosas nuevas. Antes de los ladrones, ninguna madre habría sido una carga para su cachorra. La cachorra de Scarlet nunca le ha enviado el arancel de manutención que le corresponde. Por eso, Scarlet supone que vive en la pobreza.

Hay otras dos posibilidades: que su cachorra haya muerto en la peligrosa travesía o que haya olvidado a su madre. Scarlet nunca menciona esas posibilidades y yo tampoco. Aunque, sin duda, Scarlet las canta en lo profundo de su mente, en el oscuro espacio donde las tres mentes se unen en el tallo.

—Debes estar muy feliz por la visita de tu cachorra —dice Scarlet.

No me agrada que mi cachorra venga aquí. No le gusta verme mendigar.

—Sí, estoy feliz —le digo a Scarlet.

Es más sencillo decir eso.

Podría decirle a Scarlet que mi cachorra siempre me envía el arancel, aunque no lo necesito. Podría decirle a Scarlet que los ladrones me permitieron conservar mi granja ancestral. Podría decirle que mis estanques de sal ascienden a miles y que, aunque me han drenado muchos, estoy explotando cien campos activos. En mi casa, hay un mosaico de luces plateadas sobre las salinas y la Estrella condensa la salmuera hasta su esencia. En mi casa, veo el color enceguecedor de las arqueobacterias en flor, la miríada de grandes hilos de hierbasal entretejidos que forman cordeles de un estanque al otro.

Podría decirle a Scarlet que no mendigo por necesidad, sino por elección. Pero no le digo nada. Conocerá mi historia cuando esté lista para escucharla. Todas somos mendigas, pero las mareas que nos trajeron aquí son tan diversas como el océano.

Observo a mi cachorra bajar por el acantilado. Creo que Scarlet percibe mi ansiedad porque está atípicamente callada.

Cuando mi cachorra se aproxima, los ladrones salen del Templo de Sal. En verdad, es un día de coincidencias y paralelismos.

—El templo es muy hermoso —dice la hija—. Las tallas son extraordinarias.

—Sí. Es muy bonito.

La hija tiene razón. El Templo de Sal es muy hermoso. Lo recuerdo. A lo largo de un milenio de estaciones, nuestras artesanas tallaron nuestras historias en la sal. El Templo de Sal cuenta el principio del mundo y su final. No hay tallas sobre los ladrones. Y por eso decidí creer que ellos no son el final.

Poco a poco, Scarlet se acerca más a mí. Aunque soy la única mendiga de medio tiempo, aquí soy la mayor. Mendigo desde hace muchas estaciones y tengo cosas para enseñar, aunque mi cachorra no lo cree así.

—Puedes elegir uno —dice el padre.

La hija corre hacia delante y hacia atrás.

—¿Pero van a cantar, padre?

—Toma —dice él, sosteniendo un disco de sal—. Cantarán cuando les des esto.

Mi cachorra se aproxima a los ladrones.

—Señor —dice. Lleva puesto un pico artificial que amplifica su voz—. Soy Serrin. —Usa su nombre de ladrona—. Tengo el privilegio de pertenecer a su servicio doméstico.

—Al final, sí pueden hablar —dice la hija, aplaudiendo con sus tentáculos divididos.

—Te lo dije —responde el padre—. Logramos algunos progresos en la tarea de civilizar a esta especie. Los más ancianos no pudieron adaptarse, pero escogimos a los mejores y más brillantes y los criamos a nuestro modo. —El padre gira la cabeza para hablarle a mi cachorra—. ¿Serrin, eh? Te seleccionaron para visitar el mundo natal, ¿verdad?

—Es un gran honor para mí —dice mi cachorra.

El padre asiente.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Lo mismo que usted, señor. Vine a ver a los mendigos.

—Muy bien. Mi hija está escogiendo uno.

La hija brinca a lo largo de la hilera de mendigos y se detiene frente a mí.

—¡Este! —grita.

—Muy bien —dice el padre. Se inclina para observarme—. Has elegido muy bien. Creo que es Brazos Brillantes.

No me llamo Brazos Brillantes.

—Brazos Brillantes es famoso —dice el padre—. El mejor de los mendigos cantores. No había notado que mendigaba en este campo.

Siento una punzada cuando mi hija no da señales de conocerme. Desaprueba que sea mendiga, aunque ya es totalmente adulta y en algunas estaciones no planteó la discusión. Por el ligero aleteo de sus agallas, advierto que está abochornada. Conozco sus argumentos. Nuestra relación está marcada por los recuerdos de esos argumentos.

Ella decía:

—Mendigar es indigno.

Yo respondía:

—Es una manera de lograr que escuchen nuestra canción.

Ella decía:

—Mendigar te disminuye. No necesitas hacerlo.

Yo respondía:

—Es la única forma de hacerme oír.

Ella decía:

—Cuando sea adulta, encontraré otra manera de recuperar nuestros derechos.

Y por eso mi cachorra había decidido formar parte del servicio doméstico del ladrón. La crié en mi boca durante muchas estaciones y aún no la entiendo. Aunque, en mi tallo oscuro, tengo miedo de lo que quiere hacer. Quiere conflicto. No entiendo a los ladrones ni entiendo a mi cachorra.

Pero sí entiendo la Canción de la Sal.

Las otras mendigas se paralizan mientras yo extiendo mis tentáculos, tensando las membranas. Con un rápido movimiento, invierto los tentáculos y los bajo al suelo para que las membranas formen un manto alrededor de la parte inferior de mi cuerpo, dejando expuestas las espinas carnosas de mi membrana interior y mi boca al descubierto.

Ya elegí la canción. Está nadando en mis tres mentes.

Me concentro hasta que mi sangre se eleva, llevando los elementos poco comunes a las espinas de mi boca. Al exponerse a la atmósfera, los elementos poco comunes se cristalizan y se endurecen, hasta que mi boca queda bordeada de gemas duras y brillantes. Canto, empujando el aire con mis válvulas bucales y haciendo que los cristales resuenen para entonar una compleja Canción de la Sal. Es una canción antigua. Habla de nadar en la Matriz de Sal, cuando la sal fluía como el océano.

Canto, canto por la sal, canto por lo que es mío y que ahora me dan como limosna. Ruego por mis derechos de nacimiento.

Canto en memoria de las que ya se fueron, las que están perdidas para los ladrones. Canto en memoria de tres de mis cachorras.

Canto la Canción de la Sal con la esperanza de que la hija del ladrón y mi cachorra la comprendan. Canto hasta que la canción muere.

—Fue asombroso —dice la hija. A través del pico artificial, veo sus lágrimas de sal.

Vuelvo a poner mis tentáculos hacia arriba. Estoy contenta. Soy asombrosa, no solo primitiva. Soy asombrosa. Y si ella crece y se vuelve importante en su conflictivo entorno, quizás me recuerde.

Observamos a los ladrones regresar a su giratorio.

Mi cachorra me mira.

—Lamento que hayas tenido que enterarte de esta manera que viajaré a otro mundo —dice—. Era lo que venia a decirte hoy.

Miro el disco de sal. Es bello, pesado y complejo. Resisto la tentación de frotarlo contra mi piel. Me las arreglaré con el insípido cloruro de sodio. Devolveré al Templo mi parte de la limosna.

—¿Oíste la canción? —le pregunto a mi cachorra.

—Sí —responde—. Era hermosa, aunque no era mía. Pero la oí, igual que la hija del ladrón.

Con eso debe ser suficiente. Mi cachorra, que pronto cruzará el mar del espacio, se marcha. Nosotras, las mendigas, esperamos hasta que el giratorio de los ladrones se aleja y luego reanudamos nuestras Canciones de la Sal.


Título original: Pure and withour savour © Deborah Walker
Traducción: Claudia De Bella, © 2017


Deborah Walker creció en la ciudad más inglesa de su país, Ripley, pero pronto se mudó a Londres, donde ahora vive con su pareja, Chris, y sus dos pequeños hijos. Pueden encontrar a Deborah en el Museo Británico deambulando entre el pasado para conseguir inspiración futura o en su blog, http://deborahwalkersbibliography.blogspot.com. Sus relatos han aparecido en Nature’s Futures, Cosmos, Daily of Science Fiction y en Year Best SF 18.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: «SIBYL», «VÁLIDA PARA ALGO», «LA TÍA MERKEL», «OVOIDES»


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