¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 EE.UU.

—Dicen que nunca se puede volver al hogar. —Bartolomé Cuásar se reclinó en su silla de capitán modelo de lujo mientras el crucero estelar se apresuraba hacia la Tierra—. Pero tiendo a estar en desacuerdo.

—Hum. —Hank, el muy peludo timonel de cuatro manos de la Magnitud Efervescente, rara vez respondía con otra cosa que monosílabos. Lucía idéntico a una cruza entre un enorme perezoso y un orangután, y se hallaba encorvado delante de una gigantesca pantalla montada en la pared delantera. De algún modo, pese a las frecuentes interrupciones del capitán, Hank se las arreglaba para seguir concentrado en la tarea que lo ocupaba: mantener la trayectoria de la nave mientras esquivaba voleas de peligrosos meteoritos y asteroides empeñados en hacer pedazos la nave.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Veinte años? —Cuásar atisbó las profundidades inconmensurables de la oscuridad tachonada de estrellas. Entrecerró los ojos, golpeteando su mentón afeitado—. Pero teniendo en cuenta que viajamos cerca de la velocidad de la luz, podrían haber transcurrido siglos desde que salimos a pasearnos por el universo.

—Así fue —murmuró Hank—. Doscientos treinta y cuatro años, nueve meses, seis semanas…

—Por favor redondea —dijo Cuásar saliendo de su ensoñación.

—Pasaron doscientos treinta y cinco años desde que salió usted del espacio terrestre.

—Imagínate —respondió Cuásar sin pestañear—. ¡Y no me siento un día mayor de treinta años!

Las manos traseras y superiores de Hank se desplazaron sobre al visor como si tuvieran mentes propias, digitando coordenadas y compensando el tirón gravitacional de Saturno.

—No hay nada en esa roca. ¿Para qué volver?

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Ilustración: Pedro Bel

—El hogar es donde está el corazón, mi querido Hank. —Cuásar se levantó para acercarse a la pantalla dando largas zancadas, los gruesos brazos musculados plegados en torno a su pecho firme y uniformado—. Me temo haber dejado el corazón en órbita de la Tierra.

—Hum —repitió Hank.

—Sólo los nativos de la Tierra podemos valorar el hermoso azul de los océanos desde el espacio, cómo reluce el planeta cual un topacio sobre terciopelo verde, un oasis brillante en el vacío. —Cuásar se estaba poniendo poético, y le gustaba bastante—. Favorecida por los dioses antiguos, única fuente de la humanidad en todo su esplendor…

—Hecha ruinas hace siglos…

Cuásar miró indignado a su peludo timonel. Pero Hank tenía razón. La gente había abandonado la Tierra en masa luego de la lluvia radiactiva global y los inviernos nucleares. Cuando Cuásar abandonó el planeta por primera vez, cuando era un cadete espacial de rostro joven, su continente norteamericano todavía no se había convertido en una pila ardiente de ceniza. En ese momento la colonización del espacio profundo estaba en sus etapas tempranas, cuando se descubrieron otros planetas capaces de albergar vida humana. Los líderes terrestres no se habían percatado de lo importante que sería tener opciones extraplanetarias disponibles para las masas futuras.

Pero sin importar lo que lo esperaba, el capitán Cuásar estaba desbordado de nostalgia. Simplemente pensar en la Tierra le producía ese efecto.

—¿Cuánto falta?

—Este sistema solar está repleto de detritos espaciales. —Como si hubiera esperado su turno, un minúsculo meteorito impactó a babor, arrancando una sección del casco pese al escudo electromagnético. Hank hizo una mueca ante el violento sacudón de la nave—. Tenemos que tomarlo con calma.

—Nos queda un poco a trasmano… —concedió Cuásar.

—Sólo medio año luz.

—…pero nos aseguraremos de visitar tu planeta hogar después de ir. ¿Cómo se llamaba? ¿Carpetería?

Hank solamente gruñó; sus gargantas mellizas le dieron al sonido una cualidad extrañamente armónica.


Pasó otra hora antes de que la Tierra estuviera a la vista, de un modo muy distinto al que el capitán podría haber esperado. Había tantos desechos y desperdicios orbitando el planeta que, pese a ampliar la imagen en la pantalla, Cuásar no pudo ver siquiera un centímetro de la enorme joya azul entre todos los restos.

—Basura orbital —observó Hank.

—¿Cómo llegó a estar en esta condición?

Hank encogió su par superior de hombros.

—La Tierra siempre fue un asco.

—¡¿Cómo dices?!

El timonel pivotó para enfrentar a su oficial superior.

—Su gente ha lanzado porquerías al espacio desde mucho antes de que supieran encender cohetes.

—Abre un canal. Quiero hablar con quien quiera que esté al mando allá abajo.

Ningún presidente mundial hubiera permitido que semejante desgracia le ocurriera a la Tierra.

—Capitán, es improbable que haya ningún tipo de infraestructura que permita la comunicación interespacial.

Cuásar lo miró indignado, y el peludo timonel cumplió la orden.

—Gente de la Tierra, esta es la Magnitud Efervescente. Pronto estaremos ingresando a su espacio. Por favor respondan.

Nada. El capitán se aclaró la garganta.

—Gente de la Tierra, este es el capitán Bartolomé Cuásar. —Hizo una pausa, los ojos ardientes de emoción mientras los desechos flotantes entraban más en foco, una barrera tan densa que ni siquiera la luz solar podía penetrarla—. Por favor respóndanme.

—Es un páramo allá abajo, capitán.

Cuásar estaba tentado de estar de acuerdo. Pero un rayo de esperanza le atravesó el corazón al escuchar un estallido de estática en la consola.

—¿Hola? —se oyó una voz vacilante. Cuásar lanzó una hurra.

—¡Hola! ¡Está usted ahí! Bueno, por supuesto que está. ¿Con quién hablo?

Más estática.

—Eh… Bill.

—¿Bill? ¡Gusto de conocerlo! ¿Cuál es su título?

—Eh…

El fulano parecía necesitar un poco de estímulo.

—Soy el capitán Bartolomé Cuásar de la Magnitud Efervescente. ¿Y usted?

—Soy el conserje.

Hank señaló el visor en el que una sola señal de vida parpadeaba en un mapa del continente norteamericano. No había otras lecturas en el resto del globo. Cuásar empezó a tener un mal presentimiento.

—¿Cuáles son sus obligaciones… como conserje?

—Eliminación de desperdicios. Me libro de toda la basura.

Cuásar asintió, aunque no entendía del todo. No había ninguna persona para quien limpiar.

—¿Y a dónde va a parar la basura?

—Hacia arriba.

Las manos del capitán se volvieron puños, uno de los cuales enmudeció el micrófono de un golpe.

—¡Ese idiota tiene la culpa de este desastre! —Sus ojos se entrecerraron. —Pero llegamos justo a tiempo. —Asintió para sí mismo. —Hank, dispara todas las armas.

—¿Capitán?

—Ya me escuchaste. Vamos a hacer pedazos esa basura. ¡Ahora, dispara!

Hank hizo lo que le ordenaban. Todos los rayos láser, torpedos de plasma y cargas de profundidad del arsenal de la nave se dirigieron hacia los desechos para explotar al impacto, expandiéndose como un voraz incendio como tiende a hacer el plasma incendiario, disolviendo el escudo de basura de la Tierra como si fuera un trozo de papel en llamas, revelando el reflejo del sol en una llamada violenta y gloriosa.

—¡Hágase la luz! —rugió el capitán Cuásar mientras la esfera azul brillante que él recordaba quedaba completamente al descubierto.

Al mismo tiempo, aparecieron signos de vida en todo el visor de Hank, miles y miles de ellos en todos los puntos del globo.

—¿Capitán? —señaló Hank.

—¿Lo ves? ¡No es una desolación posapocalíptica! ¡Es una belleza, y la vida pulula allá abajo! ¡Los hemos liberado!

Cuásar casi saltaba de alegría.

—Eh, ¿hola? —volvió a escucharse la voz de Bill a través de la estática.

—¡Son libres, amigo mío, libres! ¡Usted y todos sus amigos!

—¡Ha destruido la barrera solar!

—Me confieso culpable —rió Cuásar—. Si quere llamar así a ese océano de porquerías espaciales.

—No debió hacer eso.

—¿Oh? —Cuásar se tragó las risitas. Bill sonaba bastante serio—. ¿Y por qué?

—Nos estaba aislando del sol. Los robots aniquiladores que dejó el emperador Zhan funcionan con energía solar.

Cuásar frunció el ceño. ¿Robots aniquiladores? ¿Emperador Zhan? Hank señaló los signos de vida parpadeantes que no eran realmente signos de vida sino firmas de calor: máquinas poniéndose en marcha.

—Tenían la misión de destruir el Conglomerado Occidental, pero yo vengo de una larga línea de Conserjes, que quedamos atrás luego del Gran Éxodo para reforzar el escudo solar con basura nueva; prácticamente todo lo que pudiéramos lanzar en órbita. Hice un buen trabajo de bloquear el sol por bastante tiempo. Al menos hasta hoy.

—O sea que…

—El planeta entero volará en pedazos.

Las cuatro manos de Hank ya volaban por la consola de navegación, trazando un curso nuevo fuera del espacio terrestre. El mal presentimiento del capitán Cuásar empezó a afectarlo; estaba a punto de vomitar a lo grande.

—Tiene que haber algo que podamos hacer.

—Escaparnos —asintió Hank.

—¡No podemos dejar que destruyan la Tierra!

—Demasiado tarde —dijo Bill.

Cuásar maldijo.

—¿Cómo se suponía que supiéramos que había robots aniquiladores que funcionan con energía solar? ¿Y quién demonios es el emperador Zhan?

—Gobernaba la totalidad del Conglomerado Oriental. ¿Hace cuanto que se fue usted?

—Doscientos treinta y cinco años —respondió Hank.

Estática.

—Oh.

—No los dejaremos morir, y no dejaremos que esos robots se salgan con la suya. —Los ojos de Cuásar saltaron de la consola a la pantalla principal. —Estamos aquí por una razón: ¡para salvarlos!

—No se preocupen por mí —dijo Bill—. Ya he programado mi cápsula de escape. Pero quizá ustedes podrían engancharme con un rayo tractor cuando esté en el espacio.

Cuásar cortó la transmisión.

—Acércanos, Hank.

Volvió a su silla y se ajustó el cinturón, activando el intercomunicador en toda la nave.

—Atención a todo el personal. La cosa está a punto de complicarse.

Hank pivotó en su asiento hacia su oficial superior.

—¿Capitán?

Cuásar señaló a la pantalla principal.

—Ingrese en la atmósfera. Tenemos que aplastar unos robots.

—¿Con qué?

El mal presentimiento volvió cuando Cuásar recordó que ya había agotado todas sus armas contra la barrera solar.

—¿Todavía funciona el rayo tractor?

Hank asintió con una expresión perpleja en su cara muy peluda.

—¡Entonces vayamos! —El capitán levantó un puño.

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Ilustración: Pedro Bel

Hank hizo lo que se le ordenaba, y el Magnitud Efervescente se lanzó a la atmósfera de la tierra, atravesando masivos bancos de nubes para pasar por el destrozado paisaje lunar de un continente arrasado por la guerra nuclear. Sobre la superficie acribillada de cráteres, grupos de gigantescos robots de cien metros de alto iban y venían con marcas carbonizadas, muestras de que habían participado en batallas serias. Dirigiendo sus cañones láser de hombro de alta potencia hacia el suelo, arrasaban la corteza terrestre, reduciéndola a pedazos, mientras trozos de planeta volaban hacia arriba en torno a ellos en todas direcciones.

Pero cuando el crucero estelar se les acercó, los robots aniquiladores dejaron de concentrarse en lo que estaban haciendo (aparentemente, destruir el planeta un continente a la vez) y se congregaron para enfrentar al Magnitud. Una andanada de disparos láser impactó directamente en la nave, agotando de inmediato el escudo electromagnético y atravesando directamente el casco expuesto.

—¡Capitán! —maulló Hank por encima del chillido de las alarmas mientras su consola y todo lo demás en el puente se sacudía y claqueteaba y la nave misma gemía como una ballena dando a luz.

—¡Mantenga el curso!

Los dedos de Cuásar bailaron sobre las consolas de los brazos de su silla, activando el rayo tractor de la nave.

De pronto todas las alarmas callaron cuando dos, luego tres, luego media docena de los robots aniquiladores dejaron de disparar y flotaron hacia arriba desde el suelo, rotando torpemente en el aire sin poder compensar la abrupta falta de equilibrio, sus procesadores centrales perplejos por la falta repentina de peso. Pero su confusión no duró. Reactivaron los cañones láser en momentos; pero sólo tuvieron éxito en destrozarse entre ellos con explosiones de chisporroteante electricidad y columnas de humo negro. El capitán Cuásar lanzó una hurra victoriosa mientras sus restos desmembrados llovían impactando la tierra.

—Seis menos, faltan sesenta mil —murmuró Hank.

Cuásar lo miró con desagrado. No lo disuadiría la negatividad de su timonel.


La nave cruzó kilómetros de terreno cubierto de ceniza y los esqueletos calcinados y deformes de los rascacielos de las ciudades principales. Cada vez que un robot gigante con malas intenciones le aparecía delante, el capitán lo elevaba con el rayo tractor y lo sacudía por el aire, usando sus cañones láser contra otros robots malignos en haces brillantes de blancor siseante. En no más de una hora, había destruido casi un centenar de los espantosos autómatas, dejando un rastro de ruinas humeantes al paso de la nave.

—No podemos aguantar mucho más —informó Hank cuando una nueva tanda de robots apareció y le disparó a la Magnitud, que se sacudió y crujió, antes de que Cuásar tuviera tiempo de activar el rayo tractor—. El próximo impacto nos destruirá.

Cuásar hizo una mueca, aferrando los controles con los nudillos blancos y elevando los robots por el aire sólo para volver a lanzarlos al suelo convirtiéndolos en una pila de metal roto y chisporroteante.

—¿Cuántos enemigos nos quedan?

—Demasiados para contarlos —dijo Hank parpadeando ante el visor.

Esta vez Cuásar fue más rápido cuando una docena de otros robots se aproximaron, y también ellos quedaron atrás en pilas de basura aplastada y humeante desperdigada por la superficie agujereada.

—¿Por qué no llevamos un PEM1 o algo así?

Hank se encogió de hombros.

—Vuelva a comunicarse con el conserje —pidió Cuásar con una mueca, golpeando las consolas en un esfuerzo heroico de destruir otra tanda de robots con malas intenciones.

—Sigo aquí —dijo Bill.

—¿Puede ver lo que estamos haciendo? —gritó Cuásar.

—Sí, supuse que eran ustedes.

—¿Nos puede dar una mano?

—No sé qué puedo hacer para ayudar.

—¿Tiene algunos PEM que nos preste?

—Nop.

—¿Entonces qué tiene? ¿Cómo mandan toda la basura al espacio?

—Eh… cohetes.

Cuásar terminó la transmisión.

—Hank, llévanos con Bill.


Momentos más tarde, luego de arrasar todos los robots aniquiladores a la vista en el espacio circundante, la Magnitud Efervescente (que estaba en mucho peor estado) llegó a lo que aparentaba ser los restos de un centro de comando militar, medio enterrado en la tierra bajo unas dunas de ceniza color carbón.

—Está ahí —señaló Hank, reabriendo el canal de comunicación.

—Bill, vamos a necesitar sus cohetes —dijo Cuásar lamiéndose los labios y examinando el visor donde seguían viéndose miles de firmas de calor que anunciaban la derrota inminente de la Tierra—. ¿Cuántos le quedan?

No hubo respuesta.

—Capitán —indicó Hank apuntando a la pantalla principal, su ventana al mundo, donde se veía un proyectil lanzado desde el centro de comando atravesar el firmamento más allá, dejando una gruesa estela de humo.

—La cápsula de escape —murmuró Cuásar—. Nos dejó para que nos la arreglemos solos.

Entonces pasó algo muy inesperado: en la tierra agrietada se abrieron silos de misiles, escotillas de acero bostezando cohetes que asomaban sus narices como comadrejas oliendo el aire luego de largo tiempo enterradas.

—¿Estás pensando lo que yo? —sonrió Cuásar.

—Hum —respondió Hank.


En cuestión de minutos, el capitán había usado el rayo tractor para remolcar todos los misiles a la bahía de carga de la Magnitud Efervescente, donde sus ingenieros y sus mejores oficiales técnicos de armas inmediatamente se pusieron a trabajar modificando, transportando y cargando los cohetes en los tubos de torpedos vacíos de la nave.

—Capitán —dijo Hank—, antes de irse, Bill activó silos en todo el continente…

—¿Cuántos cohetes tenemos? —dijo Cuásar levantando la mirada de su consola.

—Cientos, y todos viables, mientras los robots no los destruyan antes.

Cuásar hizo una mueca.

—No los hagamos esperar. Tenemos un planeta por rescatar.

Hank no pudo evitar preguntar:

—¿Para quién?

El capitán Cuásar miró indignado a su muy peludo timonel por cuarta vez en el mismo número de horas.

—¡Es cuestión de principios!

Llevó algo de trabajo, pero la tripulación de la Magnitud estaba a la altura del desafío, y entre la mano del capitán con el rayo tractor y la reconfiguración de los cohetes como torpedos improvisados, se las arreglaron para lograrlo, liberando a la Tierra de todos los robots aniquiladores que encontraron. Cierto, cientos de robots tuvieron éxito en destrozar un continente o dos y hundir los pedazos en el mar, pero los océanos del mundo terminaron ayudando con la derrota de las máquinas, ahogándolas con elaborados chispazos y chisporroteos mientras se sumergían.

La devoción incansable del capitán Cuásar y compañía consiguió desbaratar con extremo perjuicio los malignos planes de ese tal Emperador Zhan (quien quiera que fuese), y finalmente salvaron a la Tierra.


Al volver a entrar en órbita con dificultad, sufriendo de daños importantes por las explosiones y exudando vapores de cada poro como una mortaja, la Magnitud Efervescente encontró la cápsula de escape de Bill el Conserje, que Cuásar capturó con el rayo tractor enviándola a un compartimiento de carga.

—Lo logramos —dijo orgulloso el capitán, escoltando a un fulano desaliñado, canoso y maloliente desde sus habitaciones reducidas para que contemplara la gloria de la Tierra desde un amplio ventanal de babor—. ¡Salvamos el planeta!

Bill asintió, avanzando a tirones mientras arrastraba un pie en su caminata rígida y torpe.

—Eso parece.

Cuásar no entendió la falta de entusiasmo del hombre.

—¡Lo logramos! ¡Destruimos los robots!

—Sí. —Bill se sorbió los mocos y se limpió la nariz bulbosa con la manga manchada, mirando hacia la Tierra a través del plasticón transparente—. Supongo que me quedé sin trabajo.

—No estás entendiendo la idea general…

—No, sí entiendo. Usted es el héroe. Resolvió el problema —dijo Bill encogiéndose de hombros—. ¿Y ahora qué? ¿Tiene algún plan para ocuparse de los nucleadores marinos?

—¿Los qué?

—La luz solar tardará en llegarles en el océano, pero el Emperador Zhan dejó un montón de esos ahí abajo. En comparación, los robots aniquiladores son juego de niños. En vez de láseres, cada uno de esos tiene cabezas nucleares de varios megatones. Y también se alimentan de energía solar… aunque, irónicamente, no son muy amigables con el ambiente.

—¡Ah! —exclamó Cuásar haciendo un gesto desesperado—. ¿Qué problema tenía este Zhan con nuestro planeta?

Bill volvió a encogerse de hombros.

—Siempre dijo que si él no podía tener la Tierra, no la tendría nadie.

El capitán Cuásar apretó la mandibula hasta que los músculos se estremecieron.

—El villano máximo.

—Eh… hace bastante tiempo que está muerto…

—Sin embargo, parece haber una sola manera de derrotarlo —retrucó el capitán.

Los restos de los sesenta mil robots aniquiladores serían un buen comienzo. Al igual que todo lo demás que la tripulación de la Magnitud Efervescente pudiera ubicar en la superficie, elevar con el rayo tractor y arrastrar al espacio antes de que la luz solar pudiera atravesar las profundidades oceánicas.

Cuásar presionó el intercomunicador montado en la pared.

—Hank.

—Sí, capitán.

—Parece que tenemos que construir una nueva barrera solar.


[1] (Arma de) pulso electromagnético [N. del T.]

Milo James Fowler es maestro de día y escritor de ficciones especulativas por la noche. Cuando no está calificando ensayos, está imaginando lo que el mundo podría ser en una docena de realidades alternas. En los últimos cinco años han aparecido sus cuentos en más de 100 publicaciones, incluyendo AE SciFi, Cosmos, Daily Science Fiction, Nature, Shimmer y la antología Wastelands 2. Dos de sus novelas y varias colecciones de cuentos ya están disponibles. Su sitio web es http://www.milojamesfowler.com.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: ROADKILL JOE (nº 271)


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