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Archivo de la Categoría “297”



 

 

Argentina  ARGENTINA

Era el Tano Cherro el que venía en sentido contrario por Santa Fe. Le pareció haberlo visto los otros días, varias veces, pero enseguida desechó esa idea , porque estaba convencido de que el Tano había muerto años atrás.

Un tipo parecido, se dijo en aquel momento.

Después revisó las viejas fotos. Y sí, no podía ser otro más que él. No había cambiado demasiado.

Los viejos amigos le contaron de la muerte del Tano en una fiesta de fin de año. Cirrosis, le habían dicho, “porque se chupaba hasta el agua de los floreros, vos sabés”.

Venía caminando por el centro de la vereda, no podía ser otro. Ahora que lo veía de frente estaba seguro, a pesar de la cara semitapada por un barbijo con el escudo de Boca.

El mundo se volvió loco, alcanzó a decirse, en tiempos en que todos se mueren, este ñato resucita.

—¿Sos vos, Tano? Le tiró a quemarropa.

El Tano se paró en seco y lo miró, con cierta incredulidad.

—¿Pelado?… Qué haces por acá.

—Laburo por acá, boludo. Tengo un mercadito. Me dijeron que te habías muerto los de la barra, hijos de puta.

El Tano miró para todos lados, como temeroso de que alguien lo viera.

—Es que me morí hace unos años, Pelado.

—Dale. No jodas.

—No te jodo, ahora con esto de la pandemia nos dejan salir a los muertos. A dar una vuelta, ¿viste? Con barbijo, para que nadie nos reconozca. ¡Cómo ahora todos tienen la cara tapada, podemos! Al final, esta peste vino a favorecernos.

Él se apartó, perplejo.

—Dejate de pavadas, Tano. Explicame qué pasa.

—Pero sí. Mirá acá, en el celu. Tengo una foto mía en el ataúd, la subieron a las redes los guachos, ¿te das cuenta? Mirá ésta: mi vieja, de luto, llorando en la Chacarita, la pobre.

Cherro iba pasando el dedo por la pantalla, y las imágenes del velatorio y del entierro se repetían, mezcladas con otras de cumpleaños y de lo que parecían unas vacaciones en Europa.

—Si hasta contaban chistes los turros, ¿vos lo podés creer?

—No entiendo, Tano.

La gente que caminaba alrededor tenía que esquivarlos, porque estaban parados justo en el medio de la vereda.

El Tano lo agarró de un brazo, y lo llevó al lado del cordón.

—Qué no entendés, Pelado. Me morí, y “el que te jedi” me deja salir a caminar, ahora que todos tienen la cara tapada, quién iba a reconocer a los muertos.

—No puedo creerlo.

—Los muertos siempre anduvimos entre los vivos, esto no es nuevo, teníamos que andar con cuidado de que no nos vieran. Ahora, con esta abundancia de barbijos y máscaras, tenemos más libertad. Nadie nos reconoce.

—Yo te reconocí.

El Tano se rió con una carcajada que sacudió el barbijo azul y amarillo de arriba hacia abajo. Él se percató de que no estaban guardando la distancia reglamentaria, y se alejó un poco.

—Vos siempre fuiste muy perspicaz, Pelado.

Él tomó aire profundo. Suspiró y meneó la cabeza.

—Esto es muy extraño.

—¿Verdad que sí? Muy difícil de creer. Pero mirá, tocame. Hacé la gran Tomás. ¿Te acordás del apóstol incrédulo?

Se apartó otro poco, lo abrumaba la situación.

—¡Vení, no te alejes, Peladito! No te voy a contagiar, hermano. No todo es Covid en esta vida. Si a esto se le puede llamar vida.

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Ilustración: Pedro Bel

—No es eso, Tano. Es que esta pandemia nos tiene muy locos a todos. Y verte es como abrir una ventana y que corra aire.

—Boludo, sos el mismo sentimental de siempre. No cambiaste, a pesar de lo que decían los muchachos.

—Y qué decían.

—Y…que no volviste más al barrio, que pegaste unos mangos y ni en el grupo de WhatsApp quisiste estar, que ni tu teléfono tienen.

Él se rascó la cabeza y prefirió cambiar de tema.

—Antes dijiste “el que te jedi”. Entonces, Dios existe. Yo dejé de creer en todo eso. Yo…

—Pará. No es tan simple la cosa. Ya te voy a explicar con más tiempo.

—No. Es importante. Quiere decir que todo esto tiene un sentido, que hay alguien que vigila el funcionamiento…

El Tano lo interrumpió con una risa, y el escudo de Boca se sacudió enérgicamente.

—Y quién te dijo a vos que la existencia de un Dios le daría sentido a las cosas.

Él quiso seguir indagando, pero algo dentro suyo lo instó a cambiar de tema.

—¿Y qué haces acá, por Santa Fe?

—Lo mismo que vos —dijo el Tano—, trabajo.

Se rió.

—No, en serio.

—Paseo. Ya te dije. Pero también trabajo.

En estos días, él había evocado el pasado más de una vez, y la cara del Tano y la de los otros amigos —que no veía hacía años—, se le había venido muchas veces a la memoria. Pero, sobre todo, la cara de Marta. Martita. Tantos años y el recuerdo siempre presente.

Y fue el Tano el que la nombró.

—Si te entrás a fijar, ahora qué sabés, vas a ver a muchos finados deambulando por la ciudad. También a Marta, por ejemplo.

Tragó saliva. Marta, su novia de la adolescencia, había muerto en un accidente de tránsito. ¿Cuándo fue? Cómo olvidarlo: 15 de diciembre de 1992.

El Tano lo miraba, sus ojos sonreían con picardía.

—Vení, Pelado. Vamos a un bar a tomar un café y te cuento.

—Pero los bares están cerrados. No pueden trabajar en cuarentena.

—”Los bares están cerrados, las mujeres duermen, los cines también están cerrados, la guitarra no se puede tocar”. ¿Te acordás de esa canción? ¿De quién era?

—Moris.

—Moris, sí. Vos no te preocupes. Vení conmigo.

Llegaron a la esquina de Santa Fe y Ecuador. El bar Arrufat tenía las puertas abiertas.

—Pensé que este bar no estaba más.

—Qué no va a estar. Este bar es eterno, Pelado, como el infierno.

—¿El infierno es eterno?

—Tenés que leer los libros sagrados vos.

—Ya no soy un hombre de fe, Tano. Es lo segundo que perdí. Lo primero, ya sabés…vos la nombraste recién. ¡Claro que una cosa vino encadenada con la otra!

El Tano se echó hacia atrás, la risa sonó sarcástica dentro del barbijo. Él, mientras tanto, observaba las paredes marrones del frente, las letras que componían el nombre con una caligrafía muy cuidada, en cursiva.

— Dale Pelado, seguime.

Titubeó, y Cherro lo animó a seguirlo con un ademán.

Al entrar, el Tano miró hacia todos lados: apenas dos o tres mesas ocupadas en una semipenumbra. En una de ellas, una señora con una nena de bucles amarillos, la mirada metida en una taza de café con leche. En otra, un joven con aspecto de estudiante, enfrascado en la lectura de un libro. A él le llamó la atención la vestimenta: camisa floreada de amplio cuello y pantalones Oxford, como en los sesenta. En la restante, cuatro hombres de traje y peinados a la gomina, jugaban en silencio a las cartas.

—Vamos para el fondo —dijo el Tano—, vamos a estar más tranquilos.

Se sentaron contra la última ventana del local, que estaba cubierta por cortinas oscuras.

—¿Qué es esta gente, Tano?

—Los viejos clientes del bar. Siempre fieles.

—Cómo hace el bar para funcionar en pandemia.

—Esto es Argentina, Pelado. Vos sabés que en este país las reglas no se cumplen.

De golpe apareció un hombre totalmente calvo, corpulento, de smoking, un par de aros brillantes colgaban desde sus orejas. Un barbijo negro le tapaba la boca.

—¡Vladimir! —lo saludó el Tano—. Para mi amigo y para mí dos cañas de naranja.

—¡Yo no tomo, Tano! ¿No te acordás?

—Tráigale un capuchino a este maricón.

—No tenés que chupar, Tano. Las malas lenguas dijeron que moriste de cirrosis.

—¡Precisamente, nabo! Morí de cirrosis. El alcohol ya no puede afectarme.

Él intentó mirar hacia la calle. Desde adentro, apenas se podía divisar a los transeúntes que caminaban por Ecuador.

—Qué es todo esto, Tano. Explicame, ¿querés?

—Mirá, fue una suerte que te encontrara, sobre todo que me reconocieras. Sos el tipo indicado para lo que necesito. Y podés tener tu recompensa.

—No entiendo.

El Tano se sacó el barbijo, lo dejó sobre la mesa. Suspiró.

—Sacate esa mierda de la boca. Acá no te hace falta.

Se quitó el suyo, y lo guardó en un bolsillo.

—Me tenés que ayudar con un tipo —le dijo el Tano—. No sé si lo conocés. Octavio Montes, se llama. Vive por acá, un profesor de historia recién jubilado.

—Sí. Lo conozco, apenas. A veces le llevo pedidos del mercado. Él no quiere salir por lo del virus, y yo le doy una mano. Le dejo la mercadería en la puerta. La verdad, tenemos una relación cordial.

Vladimir llegó con la bandeja, acomodó en la mesa la caña y el capuchino, y se retiró sin decir una palabra.

—Ese es precisamente el tema —el Tano habló después de tomarse la caña de un trago—. Te cuento. En realidad… no te rías de lo que te voy a decir, boludo… pero no todos los muertos podemos andar por ahí, ¿me entendés? Sólo los que “el que te jedi” considera, digamos…especiales. El resto duerme el sueño de los justos para siempre.

—No entiendo nada, Tano.

—Mirá. Soy uno de los Jinetes. Así nos llaman a los que deambulamos. No sé por qué nos dicen así, no me preguntes. Estamos acá para diseminar este virus de mierda. Somos nosotros, los muertos, los jinetes, los que transmitimos las cargas virales más potentes, y nos llevamos puestos a algunos fulanos. Cada uno de nosotros tiene solamente una víctima asignada.

—Dejate de joder, Tano.

Cherro acercó más la silla, y él, al notar que la distancia no era la adecuada, se corrió hacia atrás.

—Escuchá, gil. Es verdad lo que te digo. El único problema es, como te dije, que cada uno de nosotros tiene asignada a una determinada persona. Y este tipo, Octavio, no sale nunca, y si sale, no se saca el barbijo ni la máscara transparente, y así es muy difícil contagiarlo.

Mientras el Tano hablaba, él giró la cabeza un instante. Se percató de que los otros clientes permanecían en silencio, concentrados. Los únicos que dialogaban en el bar eran ellos. Ni siquiera los jugadores de cartas emitían sonido.

—Me estás cargando, Tano. Estás de acuerdo con los muchachos. Están enojados porque me fui del barrio y nunca más volví.

—Que broma ni ocho cuartos. Y ni se te ocurra decirle a los muchachos que me viste. Necesito cumplir con esto. Tenés que sacarme al tipo de su casa, y sobre todo, dejármelo a cara descubierta.

Tomó un trago del capuchino, que tenía un gusto horrible. Quería escupir en algún lado, pero notó que Vladimir lo miraba fijamente desde el mostrador.

—¿Y yo qué gano con eso? —preguntó.

—Marta.

Se estremeció.

—Marta está haciendo lo mismo que yo. Buscando una presa. Quedate tranquilo, que no sos vos. Me entregás al tipo, y yo te traigo a Martita, ¿qué te parece?

Marta. Todavía la extrañaba. No, no la extrañaba. La amaba…y la deseaba. Nunca pudo reponerse a su muerte. Y ahora el Tano le regalaba la posibilidad de verla otra vez.

—Todavía te mueve la estantería, boludo. Se nota. Y está impecable la guacha, ¿eh? Como yo. Los jinetes no nos corrompemos. “El que te jedi” nos quiere sanitos y enteros. Si hasta creo que rejuvenecemos. Y, como te digo, Marta sigue con ese culo incendiario de cuando vivía. ¿Y las tetas? No te digo nada.

Comenzaba a transpirar, a pesar del frío de julio. El culo de Marta había sido la envidia de todo el barrio.

—Voy a hacer lo que pueda, pero no te prometo nada —le dijo.

El Tano pareció no escucharlo.

—Hecho. En vos confío.

Buscaron a Vladimir con la vista, pero no lo vieron ni en el mostrador ni entre las mesas.

—Dejá un quinientos —dijo el Tano—, que con eso debe estar bien.

Él lo miró con fastidio.

—Dale, invitá vos, Pelado. No seas canuto. Me quedé sin un mango, vengo muerto.

La carcajada de Cherro, todavía sin barbijo, resonó en todo el local.

Antes de salir, él le dio otra ojeada a las mesas. Los clientes seguían cada uno en la misma actitud, como distantes.

Ya en la calle, agarró a Cherro del brazo. No era posible que este encuentro fuera casual, que él justo conociera a Octavio, el tipo que el Tano necesitaba.

—No fue casualidad este encuentro, ¿verdad? —le dijo.

El Tano no le contestó, se rió. Y su risa, esta vez debajo del barbijo, sonó ahogada.

Tal vez motivado por los argumentos de las series que vio en cuarentena, se atrevió a preguntarle:

—Decime, Tano: ¿Los tipos que matan los jinetes se convierten después en jinetes?

—No, Pelado. Las víctimas de los jinetes se mueren para siempre, nomás.

Ir al departamento de Octavio era fácil, lo hacía dos veces por semana para llevarle los comestibles.

Empezada la cuarentena, se puso a trabajar a la par de sus dos empleados en el reparto. Convencer a Octavio de que saliera y, sobre todo, de que se quitara el barbijo, era más difícil. No. No podía hacer eso. ¿Cómo iba a entregar un hombre a la muerte así porque sí? Además, Octavio era un buen tipo, le constaba.

Aunque ver a Marta, aunque fuera por última vez, le enfermaba el pensamiento. ¿Cuánto lo había ansiado? En aquel momento, le había rogado a Dios que le concediera tan sólo un segundo, para despedirse. Por supuesto, eso nunca ocurrió.Y ahora la posibilidad aparecía concreta. Le costaba admitirlo, pero incluso se masturbaba con el recuerdo de su cuerpo desnudo. Claro que después se horrorizaba y lloraba.

Sí. Verla otra vez sería grandioso, se decía, tal vez incluso podría tocarla. Tocarla, como antes.

Definitivamente, iba a intentar convencer a Octavio de que saliera. Valía la pena, aunque después lo esperase el infierno del que hablaba el Tano. El guacho de Cherro tenía razón, extrañaba a Marta todavía.

El día que le llevó el pedido, Octavio le habló, como siempre, desde atrás de la puerta.

—Déjeme las bolsas ahí nomás, Roberto.

—Octavio, ¿cómo le va? Disculpe, pero… ¿por qué no sale un día y charlamos un rato. Aunque sea aquí, en el pasillo. Estoy con barbijo, no corremos peligro alguno. Debería conectarse un poco con el mundo.

Del otro lado de la puerta se hizo un breve silencio. Luego, Octavio habló con una voz suave, vacilante.

—La verdad que no puedo, Roberto. Estoy en edad de riesgo, y con ganas de vivir todavía.

Se supo un miserable. No, él no podía estar haciendo algo así. Pero tampoco podía evitarlo. Los recuerdos de Marta se volvían más vívidos con cada segundo que pasaba. El pasado invadía el presente. Y él, hasta escuchaba la dulce voz de su novia muerta.

Suspiró. Supo que era capaz de hacer cualquier cosa a cambio de poder abrazar una vez más a la única mujer que de veras había amado.

La voz de Octavio lo arrancó de sus pensamientos:

—¿Sigue ahí, Roberto? ¿Me escucha?

—Pero manteniendo distancia no hay problema. Me da pena verlo tan solo, sé que no tiene familia, y los psicólogos también dicen que hay que evitar aislarse en exceso.

—Está bien, Roberto, no se preocupe por mí.

—Ya sabe que puede contar conmigo. La soledad suele ser mala en estas circunstancias.

Le dejó las bolsas junto a la puerta y se fue.

No sabía cómo convencerlo. Era la oportunidad de volver a ver a Marta, el amor de su vida. “El mejor culo de todo el barrio”. Tenía razón el Tano. Los amigos lo envidiaron siempre. “Qué tacho tiene tu novia” le decían.

Sacar a Octavio, ¿cómo lograrlo? No lo tenía en claro, pero de seguro que lo intentaría.

Después del accidente de Marta, él mantuvo algunas relaciones ocasionales, pero no pudo llevar adelante un noviazgo formal —ninguna de aquellas mujeres podía siquiera compararse con el más difuso de sus recuerdos—, y mucho menos casarse.

Trajinaba su soltería con dignidad y resignación. Sus amigos habían formado familia, y no quiso volver a verlos. Se sentía un bicho raro frente a ellos. La última vez que los vio, fue en aquella reunión de fin de año, en donde le contaron de la muerte de Cherro.

Marta. La oportunidad de reencontrarse aunque sea un instante con ella lo llenaba de un amor y un coraje que creía perdidos.

No había olvidado aquellos paseos por la plaza de su barrio, los helados en Freddo. Y, sobre todo, las noches de amor en su pieza o en la de los viejos de ella, cuando algún viaje los arrancaba de Buenos Aires.

Ordenaba unos lácteos cuando sonó su celular. Debía entregar una larga lista de pedidos de sus clientes, entre ellos, el de Octavio.

Lo dejó para lo último, y se lo llevó personalmente.

Grande fue su sorpresa cuando el mismo Octavio abrió la puerta del departamento, y lo recibió con barbijo y máscara facial.

—Sabe que lo pensé, Roberto, y quizá tenga usted razón. Me convendría salir un poco. Escuché las noticias y hay como una apertura, eso dicen.

—Claro que sí. La gente está más relajada. ¿Hace cuánto que no sale a trotar al parque? Yo sé que a usted le gustaba eso.

Octavio levantó la vista al techo. Sus ojos era lo único que se veía de su cara.

—Desde que empezó la cuarentena —dijo.

—Debería ir. Yo voy al parque muchas veces —le mintió—, ahora que se puede. No sabe lo que fue reencontrarme con los árboles y el aire fresco.

—En la tele están diciendo que es muy peligroso para una persona como yo.

—¡Mentira, Octavio! A veces pienso que todo esto del virus es un invento para tenernos a todos agarrados de las bolas, con perdón de la expresión.

—¿Le parece, Roberto?

—¡Pero, sí! Piénselo, Octavio: un poco de ejercicio, un trote suave, o una caminata por el parque sin el dichoso barbijo amordazador, ¿qué le parece? En un lugar abierto y natural. Vamos, yo lo acompaño. A los dos nos va a hacer bien tomar un poco de aire fresco.

—Cualquier cosa le aviso.

Los días que siguieron no hizo más que pensar en Marta, en los paseos, en las noches de intimidad, en las conversaciones siempre llenas de planes a futuro.

Tan ensimismado estaba, que no se dio cuenta de que un cliente entraba al negocio.

Cuando levantó la vista, el Tano lo miraba fijo.

—¿Y? —le dijo por todo saludo—. ¿Lo convenciste?

Se sorprendió. No esperaba que el Tano conociera la dirección de su negocio. Tampoco recordaba habérsela facilitado.

—Casi, pero todavía no quiere salir.

Cherro parpadeó.

—Vení —le dijo el Tano con fastidio—, salgamos un poco.

Él le gritó a uno de sus empleados que se iba por un rato.

—¿A dónde vamos?

—¿A dónde va a ser? —el Tano hablaba mientras caminaba—. Al Arrufat.

—¿Otra vez a ese boliche? Hacen un capuchino de mierda.

—Tomate un trago, como yo.

Igual que la otra vez, entraron y se sentaron en la misma mesa. El lugar estaba más oscuro, y parecía más abandonado.

Las mismas personas ocupaban las mismas mesas que la vez anterior, como si jamás se hubiesen movido de ahí.

—Che, Tano. Esta gente es la misma que estaba el otro día.

—¿Te parece? No creo.

—Sí, encima están vestidos de la misma manera.

—Debe ser como te dije, los clientes aquí son fieles.

Vladimir se acercó, con su smoking negro, impecable. Olía a naftalina.

—No quiero nada —dijo él—, gracias.

—Tráigame una Chisotti para mí.

Vladimir inclinó la cabeza y se fue.

—Tenés que convencerlo, Pelado. Tenés que hacerlo salir de una buena vez. Llevalo a algún lado en donde tenga que estar sin barbijo. Y sobre todo, sin esa máscara de porquería, convencerlo de alguna manera.

—Es que…

—¿Qué problema tenés?

—Me da un poco de culpa, ¿sabés?

—¿Culpa? —dijo el Tano soltando una sonrisa mordida.

—Sí, culpa. Octavio es un buen hombre. ¿Por qué habría de…bueno. ¡Ya sabés!

—¿Por qué tendría que morir, querés decir? Decilo con todas las letras, cagón. Miralo así, Pelado. Yo soy un instrumento. Vos también sos un instrumento. Somos simples herramientas. Y el destino está escrito, así que no sos culpable de nada.

—Entonces Dios…

—Cortala con eso, boludo. No puedo explicarte en dos segundos la complejidad de la vida de los muertos.

—¿Vida de los muertos?

El Tano se rió ruidosamente y expulsó varias gotas de saliva que a él le impactaron en la cara. Tuvo que limpiarse con una servilleta.

—No seas gil, Pelado. Haceme caso y aprovechá esta oportunidad. No sabés lo linda que está Martita. Casi que me dan ganas de robártela.

Suspiró. Ya estaba decidido.

—¿Qué te parece el parque Rubén Darío, el del Museo de Bellas Artes? Lo invito a trotar. En ese lugar va a estar a cara limpia.

—¿Ves que cuando querés sos un genio, pibe? Excelente idea.

Tragó saliva.

—¿Marta va a estar ahí?

—¡Por supuesto! Marta va a estar ahí, esperándote. También te quiere ver. Ya le dije. Estuvimos hablando de vos.

—¿En serio me quiere ver?

—¡Claro! Ni muerta logró olvidarte.

De la cocina del Arrufat llegaba un olor nauseabundo, como de comida podrida.

Vladimir trajo la grapa.

—No sabía que se seguía haciendo esta grapa.

—Es el brebaje del infierno, Pelado. Por eso es eterna.

—El infierno no es eterno, Tano.

—Preguntale a Dante.

El salón se llenó de humo. El olor nauseabundo era casi insoportable ¿Qué estarían cocinando? Al Tano, y al resto de los clientes, parecía no importarles.

—¿Para cuándo me lo podés tener al tipo?

—No sé. Pero está aflojando —le dijo —, dame un tiempito más.

—Tenés que apurarte, Pelado.

—Es que con esto del Covid, en el negocio, estamos hasta las manos con el laburo.

—No todo es Covid en esta vida, Pelado. Acordate de Marta. El mejor culo del barrio, ¿te acordás? Sos un turro vos. El único que se la pudo coger. Mirá que yo también le tenía unas ganas…

En ese momento el Pelado tuvo una sensación rara, como un peso en la nuca, así que se dio vuelta. De todas las mesas lo estaban mirando. Inclusive los jugadores de cartas habían abandonado el juego para observarlo. Una docena de ojos clavados en él, pupilas sin expresión, vacías, muertas.

Trató de serenarse.

—Tano, que chusma la gente. Creo que estos cosos están pendientes de nuestra conversación.

Cherro meneó la cabeza. Resopló.

—No seas perseguido, Pelado. ¿Querés que nos vayamos?

—Sí, por favor. Además hay un olor insoportable. El menú de este boliche te lo regalo.

—No hay problema. Vamos. Dejá un quinientos.

Sacó el billete y lo dejó sobre la mesa. El Tano se apresuró a salir primero. A él, en todo el trayecto hacia la puerta, las miradas lo siguieron.

Ya en la calle, lo ganó el alivio

—Metele con el asunto, Pelado. Tenés que resolverme esto. Pensá en Martita.

Asintió sin decir palabra.

Los días que siguieron los pasó cavilando la forma de convencer del todo a Octavio. Atendía a sus clientes con parsimonia, distraído. Pensaba todo el tiempo en Marta.

El pasado se le había había venido encima, todo de golpe. Los recuerdos afloraban a cada instante: las caricias que se prodigaban contra el jacarandá, cuando ella salía del colegio, los encuentros en el terraplén abandonado, cerca de la estación Florida.

El sonido del WhatsApp lo sobresaltó: Octavio.

Lo pensé bien —le escribía— Tal vez tenga razón, un paseo por el parque no me vendría mal.

Claro —le contestó— esta noche, ¿le parece?

Con barbijo.

Por supuesto. Pero igual al llegar allá se lo saca para el trotecito. Con distancia prudencial, todo va a estar bien.

El mensaje le cambió el ánimo. Todo comenzaba a ordenarse, como si los acontecimientos conspiraran para cumplir un designio.

Sus empleados lo miraban, asombrados de su buen humor. Atendía a sus clientes con diligencia, con inusual simpatía.

A eso de las seis se fue a su casa para prepararse. Abrió el ropero buscando su ropa deportiva, que hacía meses que no usaba. Y desde el compartimento superior se le cayó la vieja caja de fotos.

Era su tesoro sagrado.

Entre otras muchas imágenes, encontró las de Marta y él en el obelisco, en la kermese de la sociedad de fomento del barrio, otra en lo que parecía ser la entrada de un cine o un teatro. También ella sola, de frente, de perfil, y de espalda. Esa última se la había tomado clandestinamente, en una fiesta, para mostrarla a los muchachos.

En un momento, un pensamiento lo estremeció: ¿Y si todo era una trampa? ¿Y si el Tano le había mentido, y él era la víctima de Marta?

Todo era tan extraño que su ocurrencia no resultaba descabellada.

Ahora lo veía clarísimo. Tano hijo de mil putas. Pero no lo iban a cagar así nomás. Iba a ir, sí. No se iba a perder la oportunidad de ver otra vez a Marta, pero iría bien cubierto. Él era más inteligente que todos. Llevaría barbijo y la máscara facial que utilizaban en el mercado. ¿Trotar? No. No podría. La máscara apenas deja respirar. Si esto era una trampa, los iba a joder a todos, incluso a la misma Marta. Pero no iba a perder la oportunidad de admirarla por última vez.

Arregló encontrarse con Octavio en la puerta del negocio. Apareció puntualmente, vestido con un jogging Adidas rojo.

Octavio no traía la máscara, solo un barbijo haciendo juego con el equipo.

Lo saludó con un gesto de la mano, a un metro de distancia. Lo miró a los ojos.

—Con esa máscara no va a poder trotar mucho, Roberto.

—No se preocupe —le contestó—, me la engancho en la muñeca y soy el pájaro Caniggia. ¿A usted le gusta el fútbol, Octavio?

Caminaron hasta el parque casi sin hablar. Cuando llegaron a Ecuador y Santa Fe, observó el cartel del bar La Tolva con sus puertas cerradas.

—No puede ser… ¿Qué pasó con el Arrufat?

—¿El Arrufat? —dijo Octavio—. Hace años que lo cerraron.

—Yo pensaba lo mismo… Pero ayer. ¡Ayer estaba abierto!

—Está equivocado, Roberto. Cerró hace años. El dueño, un ruso, le envenenó el café a unos clientes, ¿no se acuerda? Claro, usted no vivió siempre aquí. Fue un caso muy famoso. ¡Si hasta salió en los diarios!

Se quedó callado, como no entendiendo. Octavio siguió hablando:

—Envenenó a una madre y a su hija, también a un adolescente que venía siempre, y a otra gente más. Dicen que después los cocinaba y se los ofrecía a los clientes, como estofado. Un verdadero psicópata. No recuerdo como se llamaba.

—¿Vla…Vladimir?

—¡Exacto! El apellido se me borró. También andaba en cosas de brujería y espiritismo. Incluso, cuando cerraron el bar, usted sabe cómo es la gente, trajeron un cura para que bendijera la esquina.

Él recordó el gusto horrible del capuchino, y la pestilencia que llegaba de la cocina y una náusea repentina se le estranguló en la garganta. Se quedó largo rato observando la fachada, el frente de color marrón claro, las letras anaranjadas. Tan distinta a la sobriedad de El Arrufat.

—¿Vamos, Roberto?

—Sí, si —dijo.

Cuando faltaba una cuadra para llegar, le latía el corazón con fuerza.

Ya en Libertador, tenían que cruzar la avenida para alcanzar la parte principal del parque, en donde algunos corredores precalentaban.

La avenida, a pesar de la cuarentena, ardía de tránsito.

Esperaron que cambiara el semáforo, que parecía eterno.

Él miraba hacia todas partes, buscando a Marta.

En eso, el Tano apareció y se paró al lado de Octavio, que quedó en medio de los dos.

—¿Dónde está Marta? —le preguntó, por sobre la cabeza de Octavio—. Acá te lo traje al pichi.

—¿Me hablaba? —preguntó Octavio.

—A usted no, a él —dijo, y señaló al Tano.

Octavio giró su cabeza hacia donde él apuntaba, y después se volvió para mirarlo.

—Qué dice, Roberto, no entiendo. ¿A quién le habla?

—A él. No me diga que no lo ve.

Y fue en ese momento que apareció Marta. Venía caminando, lentamente, desde el extremo más lejano de la vereda. Era ella, más hermosa que nunca, y a cara descubierta.

Él se quitó la máscara y el barbijo. Octavio, que lo observaba, hizo lo mismo con el suyo.

—Sí —dijo—, para trotar será necesario quitarnos estos elementos.

No lo oyó. Miraba a Marta que avanzaba. Volvió a intuir que era una trampa que le tendía, que era precisamente Marta la que lo iba a infestar con el virus mortal, ese que inoculan los muertos. Ahora se daba cuenta. Y en ese instante comprendió que no le importaba morir, si lo hacía con un último beso de ella.

Marta por fin llegó. Él le sonrió. Pero ella apenas si lo miró, y después tomó a Octavio de los hombros, y lo besó tiernamente en los labios.

Octavio se echó hacia atrás.

—¡Qué fue eso! —gritó— Tuve como una sensación de… ¡no puedo explicarlo!

Se dio cuenta: Octavio tampoco la veía a ella.

Cherro desapareció también de su vista. El semáforo había cambiado varias veces de color. Ahora habilitaba a una andanada de autos que se precipitó por la avenida.

Parpadeó, y sintió que lo agarraban desde atrás. Giró su cabeza y alcanzó a ver cómo las manos del Tano lo empujaban hacia el asfalto.

El Audi lo agarró de lleno, y lo levantó por el aire.

Octavio corrió, trataba de asistirlo, pedía auxilio a los gritos.

Los autos que venían detrás se detuvieron. Varias personas lo rodearon, pero ninguna se animó a involucrarse. El miedo al virus los alertaba de la imprudencia de acercarse demasiado.

Octavio fue el único que se inclinó a su lado, intentaba reanimarlo mientras le preguntaba:

—¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se arrojó así al medio de la calle? ¿Por qué quiso suicidarse?

Cherro caminó hacia ellos, despacio. Se sacó el barbijo con un gesto cansado. Sonrió, apenas. No era una sonrisa de burla, ni de triunfo. Era una sonrisa casi triste, cansada.

Los autos seguían deteniendo su marcha.

El Tano se agachó, le habló casi al oído.

—Perdoname, Pelado —le dijo—, no te quise joder, en serio. Pero es lo que tenía que hacer, entendés. Y era lo que Marta también necesitaba. Como te habrás dado cuenta, Octavio era en realidad su víctima. Y vos… ya te habrás dado cuenta la víctima de quién. Necesitábamos juntarlos. Matar dos pájaros de un tiro, como dice el refrán.

Él, con lo que le quedaba de fuerzas, lo observaba con horror. Quiso decir algo, pero un vómito de sangre apagó sus palabras.

—Te lo dije, hermano —dijo Cherro, mientras se incorporaba y después pasaba su brazo sobre los hombros de Marta—. No todo es Covid en esta vida. No todo, hermano.


En palabras del autor: «​Mi nombre es Sergio Bonomo y nací en el verano de 1966. Me asomé a la literatura desde muy niño, ya que mi abuelo poseía un volumen de El libro de las mil y una noches y me leía una historia cada mañana. Cuando aprendí a leer, fui atrapado por las novelas de Salgari y de Julio Verne. Más tarde llegaron a mi vida Horacio Quiroga, Ray Bradbury, y luego Julio Cortázar y Jorge Luis Borges. Pero lo que realmente me llevó a intentar escribir de una manera decorosa fue mi fascinación por la obra de Edgar Allan Poe. Comencé a escribir relatos desde ese momento. Me dedico a realizar espectáculos de narración oral y coordino el ciclo de narración de cuentos Mester de Juglaría. Con “Historia de extramuros” obtuve el premio al autor local en el Primer Certamen Nacional de Cuentos “San Martín 2008”, organizado por la municipalidad de General San Martín. Ángela Pradelli, Agustín Romano y Fernando Sorrentino fueron los miembros del jurado. Publiqué varios cuentos en revistas literarias, incluida Axxón. Mi relato “Fairlane” resultó finalista en el Premio Domingo Santos 2010, organizado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror; en dicho concurso, fui el único autor finalista de nacionalidad no española. Fairlane fue publicado en el no. 214 de revista Axxón. En 2017, junto a los escritores Eduardo Poggi y Ricardo Giorno, publicamos el libro El Fantástico Rioplatense. Participo de diferentes festivales de narración de cuentos, como “Hecho en Argentina”, organizado por Pedro Parcet y Lucía Blomberg. En mi rol de Bibliotecario, trabajo activamente la campaña nacional de lectura de la Fundación Leer»

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: DETRÁS DE LA PUERTA (nº 209), FAIRLANE (nº 214), EL ANILLO (nº 218), EL SUBLIME INSTANTE DEL CAZADOR (nº 257), LA SEÑAL DE CAÍN (nº 259), «LA NOCHE DE LAS FIERAS» EN «FICCIÓN BREVE (SETENTA Y SEIS)» (nº 264).