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¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

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Argentina ARGENTINA
1872
Había llovido el día anterior. Muchas calles de Buenos Aires eran un lodazal. A pesar de la incomodidad, las lluvias eran necesarias luego de la gran sequía. El crepúsculo, con el cielo encapotado, anegaba a la ciudad con un gris sombrío.

Sin embargo, el barro o el gentío –a esa hora pululaban el obreraje, los vendedores ambulantes, el acento extranjero– no eran obstáculos para el joven de levita corta que caminaba rápido con una bolsa apretada contra el pecho. Cruzaba sin ver a la gente, sorteando bultos e indiferente al chapoteo de los cansados caballos. Un señor de traje oscuro, sombrero de hongo y bastón, junto a una dama de vestido de escote alto y falda rosada, se detuvieron y miraron con desprecio al joven que exageraba unas zancadas para atravesar los charcos y los profundos surcos que dejaban los carros en el fango intransitable de las calles. El joven presuroso venía del sur de la ciudad, donde las casas bajas se van desvaneciendo y los caminos terrosos se pierden en la vasta llanura que gana todo el horizonte.

Ampliación

Ilustración: Valeria Uccelli

Fatigado pero firme, cruzó la Plaza del Comercio hacia la calle del mismo nombre. En una de las casas, subió el escalón de mármol y golpeó la vasta puerta de madera. Se limpió como pudo los botines embarrados. Las persianas del ventanal que flanqueaba la puerta estaban abiertas; la sala estaba iluminada y despedía un aroma a tabaco. Abrió la puerta un hombre de mediana edad, de cabellos grises y gruesos bigotes, de porte elegante, con una pipa encendida.

–Joven Eduardo, ¿qué lo trae por aquí?

–Disculpe profesor –dijo jadeante, mientras se quitaba el sombrero de ala corta–. Necesito mostrarle algo.

–Sí, pase, pase, se lo nota apurado.

Ingresaron al largo pasillo que se alejaba bordeado de altas puertas y ventanas, pero pasaron a la primera sala de la izquierda, que daba a la calle.

–Tome asiento y dígame, Eduardo. Mírese, se ha embarrado los pantalones.

El joven no oyó el comentario; apoyó la bolsa sobre una mesa y comenzó a desparramar con nerviosismo el contenido. El profesor acercó una lámpara de kerosén, mientras pitaba la pipa.

–¿Qué tenemos aquí? No parecen instrumentos de medicina…

–No, profesor, no lo son.

El joven extendió un cilindro hueco de bronce, con grabados perforados, de medio metro de largo, opaco por el descuido y las geografías. Abrió una gastada carpeta de cuero y extrajo unas láminas con imágenes y símbolos. El profesor examinó cuidadosamente el cilindro, los grabados, las láminas.

–¿Qué es esto, Eduardo? Una especie de linterna mágica, un zootropo bastante peculiar. ¿Dónde lo consiguió?

–En el mercado orillero del sur, en una tienda de anticuarios; bueno, una tienda improvisada de cachivaches, atendida por un turco socarrón y charlatán a quien tuve que regatearle bastante el precio.

–Ah, sí, Alekos; aquí a todos les decimos «turcos», pero creo que es griego de Esmirna o armenio, no estoy seguro. ¿Y qué se le dio por dejar monedas en esto en lugar de comprar libros de medicina?

–No sé, profesor, algo me atrapó cuando lo vi. Tomé el cilindro. El turco –bueno, el armenio– comenzó a largarme una historia en su medio español que poco le entendí. Vi las láminas, el soporte del cilindro y algo me figuré. Pero me gustaría que usted pueda ayudarme con esto.

–Intentaré –respondió mientras encajaba el cilindro en el soporte y fijaba otros accesorios–. Alcánceme unas velas; hay que poner una fuente de luz en el hueco. Y luego baje el brillo de la lámpara de kerosén.

–Sí, profesor.

Armado el artefacto, el profesor activó el mecanismo de relojería del cilindro. Comenzaron a moverse las extrañas imágenes: signos, siluetas de personas diferentes, trazos que dibujaban figuras incomprensibles.

–Eduardo, acerque una de las láminas.

El profesor la colocó envolviendo al cilindro.

–Ajá, muy interesante…

–¿Qué es, profesor? Eso de allá parece una persona en una camilla, con anillos en la cabeza. Mire, eso se parece a este cilindro…

De pronto, Eduardo sintió sonidos muy penetrantes, unos agudos acúfenos que no provenían del exterior, sino que brotaban de su propia cabeza. Hizo un gesto de dolor y se tapó instintivamente los oídos. El zumbido fue desvaneciéndose.

–La verdad no estoy seguro. Déme otra lámina. –El profesor miró de reojo al joven–. ¿Le sucede algo, Eduardo?

–No, está bien, profesor… un extraño zumbido muy penetrante, insistente, creció dentro de mi cabeza. Ya pasó, profesor, sigamos.

Los contornos parecían deformados; había siluetas especulares. Cada lámina superponía otras figuras, ocultas en su hermetismo. Ambos miraban perplejos, aturdidos en su incomprensión. De pronto, el profesor le dio una profunda pitada a su pipa y expresó, abstraído:

–No me extrañaría que algún día alguien tomara un artificio como éste para ensayar un relato fantástico; su tocayo Holmberg, por ejemplo.

–Puede ser, profesor; Holmberg es más curioso y osado que yo.

–Pero si acaso supiéramos qué dicen estas imágenes…

–Tal vez no lo sepamos ahora –dijo el profesor pensativo, siguiendo la lenta órbita de los signos.

–Tal vez no ahora.


–Acaba de morir, doctor. Hicimos todo lo que pudimos –dijo el joven ayudante visiblemente atribulado.

El doctor Numen Telar asintió en silencio. Se quedó mirando al cadáver.

–Lo sé, Enkido, lo sé. Pero poco o nada se puede hacer contra la voluntad de morir.

Todos miraron afligidos al ser que acababa de expirar. Tendido en la camilla, su largo cuerpo erizado de inútiles mangueras y electrodos brillaba bajo la intensa luz blanca de la sala, repleta de aparatos con pantallas, indicadores y alarmas. Ninguno de los dos asistentes atinó a quitarle agujas o cables. El ser quedó con la cabeza inclinada hacia un costado, con la barbilla sobre su hombro. Parecía que en su rostro había quedado cincelada una efímera sonrisa. Sus dilatados ojos marrones permanecían abiertos, como cristales extraviados que guardaron la última imagen del cilindro bruñido que habían depositado sobre una mesa contigua.

–Un momento antes de que usted entrara –refirió Enkido al doctor– se tocó el pecho, levantó el brazo izquierdo, mantuvo la mano abierta con la palma hacia nosotros e hizo un gesto; luego balbuceó algo como «gracias» y nada más. Desaparecieron las señales de su cuerpo. Se quedó mirando el cilindro.

–Extraño y cruel nuestro privilegio –murmuró el doctor–. Contemplar impotentes la extinción de un ser con el que se hunden y desaparecen millones de años de paciente evolución. No es frecuente presenciar algo tan terrible para el cosmos. Desde ahora, ese planeta quedó vacío. Absolutamente vacío.

Todos permanecieron en silencio.

–Avisaré al Comandante y pediré una nave de transporte. Con cuidado, quítenle todos los tubos vitales y electrodos; limpien su cuerpo inerte y colóquenle una mortaja. Haremos los preparativos para devolverlo a su hogar.

–Doctor –interpuso Enkido–, el protocolo de la expedición…

–Despreocúpese, déjeme eso a mí. Es una situación extraordinaria y debemos respetar su dignidad; debemos asumir la fatalidad de ese mundo. No nos pertenece ningún cuerpo, ninguna vida, excepto la propia.

–De acuerdo, doctor.


Una luz brillante creció de tamaño y describió un lento arco descendente en el apacible cielo del crepúsculo. El sol se había ocultado y fulguraba aún el resplandor de colores cálidos en el poniente. Las estrellas comenzaron a poblar el cielo azul oscuro.

–Si no fuera tan estéril, sería un bello planeta para morar –comentó el piloto mientras miraba fascinado el ocaso a través del parabrisas de la nave–. Mire cómo empiezan a dibujarse las constelaciones, mire esa cruz tumbada en el firmamento; abajo, en la superficie del mundo, solo hay sombras…

El piloto quedó un momento en silencio; absorto, con la mirada penetrada por ese horizonte que se devoró los restos del día.

–Teniente, confirme las coordenadas de descenso.

–Sí señor. Coordenadas confirmadas. Latitud treinta y cuatro grados, cuarenta y dos minutos cincuenta y siete segundos decimal cinco, sur; longitud cincuenta y ocho grados, dieciséis minutos, cincuenta segundos decimal nueve, oeste.

–¿No son las coordenadas del primer contacto, doctor Telar? –interrogó el piloto.

–Sí, capitán, es el lugar del primer descenso –respondió mientras miraba también los restos de luz del ocaso. Él y sus asistentes estaban sentados detrás de la tripulación; al fondo de la cabina de pasajeros, yacía un largo cuerpo envuelto en una gruesa mortaja blanca.

La nave-sonda se balanceó, levantó una débil polvareda y se posó suavemente sobre la superficie. Se abrió la escotilla de pasajeros y descendieron el doctor junto a sus ayudantes. Luego, bajaron el cuerpo por el elevador y lo trasladaron mediante una camilla a una distancia apartada de la nave. El trayecto, aunque breve, exigió el esfuerzo de los asistentes, que trastabillaban por las piedras y la irregularidad del terreno. El doctor ordenó por el intercomunicador que apagaran los faros de descenso. En la oscuridad profunda, de pronto, todos miraron hacia arriba. Las estrellas cubrían todo el cielo y sus diminutas incandescencias bastaban para adivinar el terreno. Siguieron un tramo más. El doctor detuvo al grupo.

–Aquí –dijo en voz baja–. Lo haremos a la manera antigua. Cavaremos un hoyo y lo devolveremos a su tierra.

Así lo hicieron. Exhaustos, el único sonido que se escuchaba en ese planeta era la respiración acalorada del grupo, cuyas figuras resplandecían con una débil fluorescencia y devolvían una fugaz compañía a ese mundo yermo. La nave, como un guardián, insinuaba su cuerpo metálico que reposaba como un animal dormido. Antes de regresar a ella, el grupo solo hizo un gesto unánime, silencioso: contemplar el cielo una vez más. El tiempo se detuvo y nadie supo cuánto estuvieron así. Permanecer allí, habitar un rato más aquel planeta dormido en una noche tan exuberante, era una concesión que podían hacerse luego de haber recorrido tanto espacio.


El doctor Numen Telar iba al frente del grupo de comandantes que ingresaron al bioterio. El recinto era frío, seco, aséptico; la iluminación tenue, opaca y verde, exageraba la atmósfera lóbrega del lugar. Módulos y divisiones en las paredes, todas revestidas de cristal, contenían especies bajo la estricta observación de aparatos que traducían las señales de esas formas de vida.

El pasillo central condujo al grupo a otra sala, cuyos techos, paredes y piso se fundían en un gélido y monolítico blanco, solo alterado por los artefactos que lucían pantallas multicolores y despedían enjambres de cables hacia una camilla, en la que estaba recostado un ser con rasgos morfológicos similares a los de los ingresantes, pero de mayor talla. Dos asistentes, vestidos de inquebrantable blanco, estaban cerca del ser.

–Aquí no está tan frío ni seco, doctor.

–No, Comandante. Ajustamos la temperatura y la humedad de la sala de acuerdo a las condiciones ambientales del planeta.

–Ya veo. ¿Y qué tenemos?

–Señores –expresó altivo Numen Telar– hemos circunvalado todo este mundo; analizamos la atmósfera, exploramos las regiones remotas, tomamos muestras de suelos y de ese líquido oxidante que abunda allí abajo. Nada. Bueno, casi nada.

–Explíquese, doctor.

–SE30KPC-H –pronunció Telar con frialdad–. Es el último habitante de ese mundo.

–¿Puede estar tan seguro de ello? –rugió el Comandante–. Usted lo sabe bien: no vemos lo que no comprendemos.

–Lo sabemos; por eso perforamos la superficie en distintos lugares, indagamos en los abismos. Ni un solo microorganismo. Ni una cadena replicante. Visitamos las ruinas que se esparcen por el mundo. No quedó una cuadrícula fuera del campo de observación. Cuando detectamos una anomalía sobre el ruido abiótico, decidimos dónde haríamos nuestro primer contacto. Allí lo hallamos. Es el último ser vivo del planeta. Todas las formas de vida se extinguieron allí abajo. ¿Pueden concebir eso?

–¿El individuo dijo usted? –preguntó un Segundo Comandante.

–A juzgar por la proyección genética, el ser es un macho. Hemos podido reconstruir con cierta aproximación cómo sería la anatomía de la pareja, y algunos datos curiosos, como rasgos del carácter… Se los aseguro, abominarían presenciar la cópula de esa especie. Para nuestra civilización sería un acto monstruoso.

–Bien –continuó Telar–. Cuando lo hallamos estaba moribundo; apenas se movía para beber del líquido que abunda en el planeta. Lo encontramos a tiempo para salvarle la vida.

–Bastante parecido, pero más tosco ¿No cree usted, doctor? –dijo el Comandante observando al cuerpo.

–Anatómica y fisiológicamente muy similares, aunque algo más esbelto. Sus vísceras son bastante afines, pero más voluminosas y primitivas. Las cromatografías indican que su espectro de visión es más angosto, ven…

–Ven menos colores que nosotros, Telar, comprendo.

–Su sistema auditivo es más rígido; no pueden percibir, ni siquiera, las vibraciones internas de su planeta. Sorprendentemente, carecen de sincronía noosférica. Están desprovistos de la glándula simpática. Sin ese órgano esencial de conexión, presumo, su conciencia es limitada, lineal, atrapada en el instante.

–Pero definitivamente son evolucionados –agregó Telar ante la mirada recia de los comandantes.

–Desde que lo asistimos, hemos registrado continuamente señales de su encéfalo. Los invito a la Sala de Visión.

El grupo ingresó a un recinto pálidamente iluminado por una luz azul. Una vez ubicados, Telar, acompañado por Enkido, oscureció el lugar y comenzó a proyectar el flujo de datos.

La primera imagen fue la de una oscura bóveda poblada por una miríada de luces multicolores. Formaban una intrincada red luminosa con centellantes canales de luz que las unían.

–El cerebro del sujeto –anunció Telar– no almacena formas, sino un cluster de excitación de unidades. Esa forma es un rastro multimodal: no es solo lo que ve, es lo que oye, lo que huele, el calor, el frío. Descubrimos excitaciones y respuestas primarias comunes a nosotros también. El Comandante giró en su butaca y observó a Telar.

–Doctor, no exagere.

–No exagero. Recién vimos como captan y procesan el entorno. Ahora veremos una ínfima muestra de lo que registran sus recuerdos.

La bóveda se fusionó con imágenes borrosas. Aparecieron dos H más grandes y otro más pequeño, vistos desde abajo. De pronto, hubo una excitación general entre los presentes.

–Ohhhhhhhh… ¡Miren esas construcciones, miles de H! ¡Especies voladoras, acuáticas, terrestres de todas formas y tamaños!

Un relámpago de oscuridad y surgió una habitación color ocre; un H de cabello blanco; un H más joven con los ojos muy abiertos mirando unas imágenes en movimiento que se proyectaban desde un cilindro bruñido, semejante a la válvula de resonancia del laboratorio. El H joven levantó un brazo, procurando rozar las figuras móviles.

Enkido, que estaba a un costado en la sala de visión, extendió su propio brazo como un autómata para rozar las imágenes.

Las figuras se desvanecieron y el planeta se hizo omnipresente; azul, salpicado de islas marrones. El planeta de nuevo, idéntico, pero encerrado en una pantalla de un dispositivo portable y pequeño; un rostro H, húmedo, –al parecer hembra–, con la mirada melancólica, iluminado por un aparato que miraba hacia H. Un anfiteatro desproporcionadamente grande. Muchos H corriendo y golpeándose. Un H toma con el cuenco de su mano el líquido que abunda. Las imágenes se fundieron con fuegos, explosiones y máquinas que provocaban caos.

–Lo que estamos viendo es una selección del rastreo del lóbulo occipital –añadió Telar.

–Creo que allí hay una respuesta a su extinción –comentó el Comandante.

–Es posible –replicó Telar–, pero no suficiente para explicar la extinción total sin la destrucción material del planeta.

Continuó la imagen: el ser H hizo un esfuerzo, levantó la cabeza del suelo y miró fijamente una luz brillante que caía del cielo. A su lado, en el terreno, yacía el cilindro bruñido.

–Entramos en su mundo –comentó el doctor.

La imagen se oscureció.

–Por último, tomamos fragmentos del lóbulo frontal. Estamos decodificando las señales para reconstruir su lengua que, como era de suponer, parece ser lineal y sucesiva en el tiempo.

El Plano de Visión se inundó de grafías:

REGISTRO ENCEFÁLICO SE30KPC-H / SEGMENTO DE SALIDA 09

Mmmmmhhhamáhambreaaaarguafrrrío cacacaca piiiell sangre yonombreacácassssssoloexisto 34.6037 // mmmmaaaa—-mmmááá//err-404 // m-a-m-á // 0010110 // f-u-e-g-o // $///$ // 1872 // Edu-arrr-do//1872//quué-es-esooo-zootropo//señaL_perdida // bucle_01 // donde // !!!!!!!!! // 58.1650 // n-o-n-o // [vacío] // t-e-a-m-o peste // **** // 1975 // humo // error_de_acople // h-u-m-a-n-o // 000 // f-i-e-b-r-e // // n-a-d-i-e // v-o-l-v-e-r-é // ????? // 34.6037 // eco // s-i-l-e-n-c-i-o// n-e-s-qq-u-i-t // terminal // fuego // a-g-u-aaa // fuego // 34.6037 // 58.1650 // // dónde // dónde // dónde // están // todos // están // todos // que passssa // ERROR // NÚCLEO_TERMINAL

REGISTRO ENCEFÁLICO SE30KPC-H / SEGMENTO DE SALIDA 32

( ( ( ✟ ) ) ) // C-O-C-A-C-O-L-A // 00:00 // [AMÉN] // mickey-m-u-e-r-t-o // $$$ // ppa-pp-ááá// #error // v-i-r-g-e-n // no-qui-se// ☠ // [play] // g-o-l // m-a-f-a-l-d-a // ( s-t-o-p ) [t-a-n-g-o] // b-a-t-m-a-n // 34.6037 // q-u-i-l-m-e-s // !? // [padre_nuestro] // 34.6037 S 58.1650 O // 34.6037 S 58.1650 O // yo // ( r-e-s-e-t ) // [v-o-lví] // b-e-a-t-l-e-s // m-a-r// g-r-a-c-i-a-s // ( a-d-i-ó-s )// gg-a-r-d-e-l-l // // [cruz-tumbada] // rrro-ck // padre-n-u-e-s-t-r-o // fi-nn-a-l // D-i-o-s-Di-o-s-Je-s-u-s- [final_de_transmisión] // 000 // ( ¿ h-a-y _ a-l-g-u-i-e-n ? ) // – n-a-d-i-e – // zz-u-mmm-b-a // [ o-f-f ]

REGISTRO ENCEFÁLICO SE30KPC-H / SEGMENTO DE SALIDA 89

34.6037 // [NÚCLEO TERMINAL] // Eduardo Eduardo que cilindro dónde // señal_nula // – n a d i e – // d ó n d e _ e s t á n _ t o d o s // d ó n d e _ e s t á n // [repetir_bucle] // d ó n d e _ e s t á n _ t o d o s ? // d ó n d e _ e s t á n // (donde…) // … . . // dónde están todos // ¿Dónde están? ¿Dónde…? mamá / agua / no / no / aguauua nooo / señal perdida / te amo / 34.6037 / fiebre / zumba // tiembla // volveré / humo / yo // 34.6037 S 58.1650 O // 34.6037 S 58.1650 O // dónde están / nadie / error / nunca / fuego / agua agua no agua no // dónde están todos / dónde están / nadie // 34.6037 // 58.1650 // nadie //

[FIN DE SECUENCIACIÓN]


Hubo un silencio seco. Telar encendió la tenue luz azul, pero proyectó una vez más:

«Humana/Hombre/Historia/Hogar/Hambre»

–Encontramos esta rareza fonética tratando de recomponer la lengua. H: un carácter mudo, una potencia contenida, una unidad de aire que aspira el viento. Rareza fonética y existencial: la especie, al final, queda reducida a una letra muda que solo puede enunciar el silencio. La especie como inicial sin voz.

La última frase repetida volvió a impactar: «¿dónde están todos?» Nadie se movió de sus butacas, petrificados ante esa pregunta extravagante e inútil en el vacío de un mundo.

Al fin, el Comandante rompió la opresiva atmósfera. Se incorporó lentamente, con todos. Parecía querer decir algo, pero solo atinó a murmurar:

–Tiene mucho trabajo, Telar. Lo felicito.

Hizo una pausa y volvió cuando se retiraba:

–¿Por qué «H» para designarlos?

–Porque a sí mismos se llamaban Humanos… Humanos, con su primera letra muda hecha de aire. Me recuerda a nuestras mitologías, los arcaicos elementos esenciales: el aire y lo indeterminado como clave del origen…

El Comandante hizo un gesto.

–Sorprendente doctor. Gracias. Lo veré luego.

Conmovidos, los comandantes abandonaron la sala.


Al regresar del entierro de H, Numen Telar se dirigió a la Sala de Atención. Tomó un visor y volvió a proyectar la secuenciación compilada de las muestras del rastreo encefálico. Se quedó atribulado al reconocer aquel cilindro brillante en una escena extemporal, muy diferente a todo lo que había visto H en su vida.

Miró al cilindro, fijamente. Detuvo la proyección. Oyó un murmullo bajo, como el ruido de fondo de muchas voces ahogadas en el tiempo. De un modo sutil, el artefacto vibraba. Telar lo rodeó de sensores, ajustó los instrumentos de medición y observó los números que indicaban el latido de fondo: una perturbación de baja frecuencia que modulaba un sonido agudo. El indicador marcaba: «7.83». Se quedó inmóvil, con la vista baja, pensando en esa lectura y en algunas cosas más. En eso ingresó su ayudante.

–Doctor –interrumpió excitado Enkido–. Hemos encontrado una anomalía en el líquido que ellos designaban agua. Una alteración en la geometría molecular, tenue, infinitesimal, que modificó la capacidad de las moléculas para formar conjuntos… Al parecer la anomalía alteró la viscosidad y «enloqueció» a las estructuras más elementales. Si la vida en el planeta, hasta la más insignificante, dependía de ese líquido…

–No hay una «vida más insignificante», Enkido, usted lo sabe.

–Disculpe, doctor.

–Vea –anunció pensativo Telar, mirando el cilindro y luego la escotilla que mostraba al planeta azul–. Aquí tenemos algo también. Usted oirá ese murmullo. Es una ondulación de siete punto ochenta y tres vibraciones que modula un ruido agónico. Le sonará místico, pero semeja una acumulación de voces guardadas en este cilindro… También encontré que todo el planeta «latía» con ese ritmo.

Telar quedó fijo mirando al abismo azul.

–¿Y sabe qué, Enkido? Cuando descendimos y encontramos al ser, registré ese pulso. Pero ahora descubro que no es el mismo que detecté en el cilindro. Ese latido natural cambió allá abajo y junto a la anomalía del agua…

–¿Insinúa que esa arritmia global colapsó la vida?

–Extinción sistémica por agotamiento biológico –susurró el doctor–. El ser que encontramos no solo estaba muriendo; quería morir. El deseo de la vida se degradó en todos los seres. El planeta no murió, mi joven amigo. El planeta se aquietó.

Ambos se quedaron contemplando la evolución del planeta bajo el giro orbital. Telar volteó y miró al aparato que yacía en la mesa rodeado de cables, como el ser antes de expirar.

–No sé, joven. El primer carácter del nombre de la especie H era un aliento sin sonido. Y ahora nos queda en herencia este artefacto bruñido que acaso contenga las voces de una civilización. Un rastro, solo eso al fin.

La idea lo inquietaba. Se quedó un largo rato reflexionando, mientras seguía con la vista al mundo azul vacío de vida.

–Tal vez no tengamos la certeza ahora –dijo Numen Telar–.

–Tal vez no ahora.


JUHAM NAX (JUAN C. BENAVENTE), nació en 1965 y vive en Quilmes, provincia de Buenos Aires, Argentina. Estudió Electrónica; es docente en la Universidad Nacional de Quilmes. Trabaja en el Comando Antártico y realizó viajes laborales a la Antártida, lugar en el que permaneció tres años en total (no sucesivos). Es radioaficionado. Tiene dos hijos y un nieto. Publicó un libro con su experiencia extensionista universitaria, y notas sobre divulgación científica, aeronáutica, Antártida y radio.