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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de la Categoría “256”

ARGENTINA

 

 

La tierra que habitamos es un error,
una incompetente parodia.

 

Jorge Luis Borges,
«El tintorero enmascarado Hákim de Merv».

 

 

I

 

 


Ilustración: Pedro Belushi

Despierta. La respiración agitada, las sábanas mojadas con la transpiración de su cuerpo, y las imágenes de la pesadilla que no quieren soltarlo. Gira la cabeza y ve que Lorena sigue durmiendo, impasible. Tiene que ducharse; al fin de cuentas apenas falta una hora para marchar al trabajo.

El agua cae sobre su cabeza y sus hombros. Sin proponérselo reconstruye el sueño horrible que lo despertó, el mismo que tiene desde hace tiempo, cada vez con mayor frecuencia. Quizás, piensa, sea hora de recurrir a un psicoanalista.

Las imágenes de la pesadilla, carentes de sonido, vuelven. No pueden perturbarlo más. Ve sus manos manchadas con sangre en un primer plano, luego estas desaparecen y entiende que está arrodillado junto a un cadáver, el cadáver de Lorena. Grita su nombre, grita de horror; lo sabe aunque no pueda escucharse. Luego todo tiembla, algunas paredes se derrumban. Alguien lo agarra del cuello y lo saca de allí. Lo último que hace es mirar, al final del pasillo que abandona, una puerta azul.

Una vez que termina de secarse va a la cocina, pero a mitad de camino, algo lo detiene. En el piso del living, junto a la puerta, divisa un sobre blanco. Se acerca con cautela, como si se tratara de un animal salvaje dispuesto a atacarlo de un momento a otro. Cuando finalmente lo agarra, lo gira y lee en voz alta:

—Señor Demichelis: urgente.

En una mañana tan desconcertante como ninguna otra, Alan tiene una única certeza: es la primera vez en su vida que recibe un sobre.

 

 

*

 

 

—Alan, ¿qué hacés?

Se sobresalta al escuchar su nombre. Estuvo la última media hora sentado a la mesa con la carta abierta, desconectado del mundo exterior, perdido en el vasto universo contenido en ese trozo de papel.

—¿Alan? —insiste Lorena, mientras se sienta en el otro extremo de la mesa—. ¿Qué es eso?

Él levanta los ojos para encontrar los de su mujer. Dibuja una media sonrisa con sus labios y luego mueve la cabeza de un lado a otro.

—Este papel me llegó en este sobre… Alguien lo pasó por debajo de la puerta.

Lorena frunce el ceño.

—Raro, ¿no? —sigue Alan—. Estamos a finales del siglo XXI, ¿quién usa papel impreso? Prácticamente no existe.

—Algunos libros se editan en papel todavía…

—Sí, pero sólo para satisfacer el gusto de algunos coleccionistas nostálgicos, y son carísimos. En este caso, alguien se tomó el trabajo de enviarme un mensaje dentro de un sobre.

—Raro.

—Muy raro —corrige, y vuelve a mirar la carta.

—¿Qué dice?

Por toda respuesta, Alan extiende su brazo y le alcanza el papel. Lorena se demora unos segundos en agarrarlo. No comprende a qué puede deberse tanto misterio. Finalmente toma la carta y la lee en silencio: «No soy un mito, sí, quizás, una leyenda. Lo importante es que existo y usted todo este tiempo ha estado en lo cierto. Aquí le dejo una dirección donde podrá encontrarme, si es que aún lo desea».

A Lorena no le hace falta escuchar lo que dice Alan a continuación para entender quién es el redactor:

—Lorena, si esto no es una farsa, el clon de Borges existe.

 

 

*

 

 

Alan conoce con detalle la historia de la clonación humana con fines reproductivos. En su tarea como periodista ha tenido que seguir de cerca varios casos nacionales e internacionales. Y también por Lorena.

A mediados del siglo XXI esa práctica se legalizó en diversos países, comenzando por Estados Unidos y Europa. En el caso de los países latinoamericanos las cosas se dieron de forma muy heterogénea. Argentina fue el primero, en 2055, que permitió la clonación de personas.

El primer debate giró en torno a qué tipo de seres eran los clones. ¿Se trataba de personas comunes, con derechos y obligaciones como todos los demás? ¿O eran apenas meras pertenencias de quienes habían pagado por traerlos al mundo? Tener un ser genéticamente idéntico no era nada económico; solo personas con mucho dinero podían acceder a este privilegio extravagante.

Pero ¿por qué alguien querría tener un clon? Pocas veces, reconocía Alan, este deseo no escondía una necesidad netamente egoísta. En su mayoría, lo hacían para poseer una reserva de órganos; ya fuese un riñón, un pulmón, médula, piel o el corazón. Un empresario brasileño llegó a tener diez clones con esta intención. Lo irónico es que murió, sin previo aviso, de un infarto. Alan recordaba muy bien que por esos días, desde los sectores más amarillistas de la prensa, se había alimentado la versión de que trasplantarían el cerebro del muerto a una de sus copias, cosa, por su puesto, imposible. Con el tiempo, la utilización de clones como reservorio de órganos cesó a medida que se perfeccionó la impresión 3D de tejidos.

Otra práctica extendida fue la clonación de familiares fallecidos. En Argentina uno de los casos más resonantes fue el de un hombre que intentó clonar a su ex esposa, fingiendo que la misma se hallaba muerta.

Sin duda, lo más atroz resultó la copia clandestina de personas —previa, incluso, a la legalización—, generalmente de famosos, con el fin de destinar sus clones a la prostitución. No era difícil obtener una muestra genética de cualquiera —un solo cabello bastaba—, y las complicidades del poder político, policial y económico facilitaban que esta red de trata de personas tuviera el tiempo y el espacio necesarios para, primero, ver crecer a sus víctimas y, luego, explotarlas.

Más allá de todo esto, fueron las industrias del deporte, la cultura y el espectáculo en general las que vieron las potencialidades de la clonación humana, aprovechando los vacíos que las legislaciones de los diversos países tenían sobre el tema. El mundo entero se conmocionó cuando a solo quince años de la muerte de Michael Jordan se presentó a Jack, su clon y, por lo que de inmediato se comprobó, tan buen basquetbolista como aquél. Fue un negocio multimillonario para los empresarios y los herederos del jugador; no así para Jack que, a los veintitrés años y en pleno auge de su carrera, se suicidó. Antes de hacerlo envió un mensaje a todos los medios (con los que hasta entonces prácticamente no había tenido contacto) en el que describía la angustia de dedicarse a una actividad que tan lejos estaba de sus verdaderos anhelos. Nunca se supo, pues no lo decía el mensaje, cuáles eran sus aspiraciones.

El de Jack no fue el primer caso de suicidios de clones; la mayoría de ellos sufría depresión crónica. Pero sí fue el detonante para que la sociedad se sensibilizara con el tema y se les prestara más atención a las organizaciones que luchaban por sus derechos. La consigna básica fue: «Iguales por fuera. Diferentes por dentro.»

Mientras cada vez más voces se pronunciaban a favor de la dignidad de los clones, paradójicamente, aparecían más copias de músicos, artistas y deportistas en el mundo entero que se convertían en negocios formidables. La gente los amaba. Pronto aparecieron listados interminables en las redes sociales con los nombres más diversos. Algunos pedidos eran tan absurdos como Shakespeare o Mozart: ¿de dónde obtener la muestra de ADN necesaria? En 2074, la fundación Rebirth, anunció que disponía de material genético de personalidades muertas a partir de 1980. Esto aumentó la especulación sobre quiénes podrían ser los próximos clones estrella, pero el negocio tuvo un fin abrupto cuando ese mismo año Estados Unidos aprobó la ley que establecía que los clones eran poseedores de los derechos y libertades expresados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Poco a poco, los demás países imitaron al norteamericano, y volvieron a penalizar la clonación de hombres y mujeres.

Uno de los últimos casos relacionados con este tema que le tocó cubrir a Alan fue Lorena. Ella era la copia de una mujer que había fallecido muy joven, hecho que su marido no había soportado y que lo llevó a clonarla. Hasta que obtuvo la libertad gracias a la nueva ley de clones —sancionada a mediados de los ’70—, Lorena sufrió interminables vejámenes, en especial, aparentar ser una persona que no era, y todo por el capricho de un sujeto mucho más grande que ella. Esa vida de sufrimiento y esperanza estaba contada en Vidas paralelas, la primera autobiografía de un clon escrita en castellano.

Alan leyó el libro de un tirón, sintiendo una desgarradora empatía por su autora. Realizó un par de llamadas y concertó una cita con ella; quería entrevistarla, sobre todo para conocerla mejor.

La primera vez que la vio, quedó prendado de su belleza. El pelo negro y largo, los labios rojos recortados sobre la blancura de la piel. Y sobre todo esos ojos azules, fulminantes. No pudo evitar pensar por unos segundos, mientras se acercaba hasta la mesa del café donde ella aguardaba con una sonrisa, cómo habría sido la original si esa era la copia. Se sintió culpable por esa idea y, aunque no lo notó, sus mejillas se ruborizaron.

Pronto supieron los dos que esa tarde sería el primer encuentro entre muchos. A pesar de que entre ellos había varios años de diferencia (él contaba treinta y cuatro, ella veintiuno), descubrieron que compartían un sinfín de intereses, entre los que se destacaba la admiración por la literatura latinoamericana del siglo XX y, en especial, por Jorge Luis Borges. Fue en una de aquellas primeras charlas trasnochadas cuando ella, como si tan sólo contara un chisme, largó esa frase que comenzaría la obsesión de Alan:

—¿Sabías que también quisieron clonar a Borges?

 

 

*

 

 

Repasa una vez más las palabras de la carta: «No soy un mito». ¿Cuánto tiempo dedicó a perseguir al clon de Borges, sin hallar ninguna prueba concreta de su existencia, solo palabras, versiones, simples probabilidades? «No soy un mito», lee otra vez. Se da cuenta de que el clon —si realmente es él, si no se trata de una broma de mal gusto— leyó su trabajo, aquellas publicaciones en el portal de noticias. En 2081 escribió un artículo que tituló: «El clon de Borges ¿mito o realidad?». Ya a mediados de 2088 apareció el último, llamado «El mito de un clon borgeano»; escribirlo y dar el asunto por terminado fueron la misma cosa.

Desde el nacimiento de Martín, Alan se olvidó por completo del asunto. Piensa que fueron años tranquilos, años de estabilidad. La familia, el trabajo, la casa… ¿Qué más para ser feliz? Y a pesar de todo, esas breves líneas escritas a mano abrieron una grieta y lo sabe. Lo nota en el sudor de la frente, en el temblor de su mano, en el whisky que bebe luego de seis años sin siquiera tocar la botella. Y sobre todo en los recuerdos que lo asaltan como un monstruo despertado de su letargo de siglos.

Recuerda que un par de semanas antes de que Lorena lo lanzara con su pregunta casual a la mayor obsesión de su vida, se filtraron los nombres del banco genético de Rebirth. Alan apenas le había echado un vistazo a la copia que apareció en el portal de noticias, sin encontrar nada que le llamara demasiado la atención. Luego de la charla con Lorena volvió a leerlo, fue más detallista y halló el nombre de «Borges, Jorge Francisco Isidoro Luis.» Eso no significaba que lo hubiesen clonado, ni que lo hubieran intentado siquiera, pero dejaba el resquicio necesario para la incertidumbre.

Lorena conocía ese dato por Gino Pili, militante de una ONG que defendía los derechos de los clones, y Alan decidió que su búsqueda debía comenzar por él y, lógicamente, por el edificio de Rebirth.

Pili accedió a la entrevista solo por Lorena, asidua colaboradora de la ONG. Por lo demás, Alan notó la incomodidad que le provocaba hablar del tema. Se trataba de un genetista exempleado de Rebirth, que siempre había sentido remordimientos por el trabajo que realizaba, hasta que un día renunció y se convirtió en activista.

Alan se fue de aquel encuentro con un nombre y un apellido: Esteban Angerami.

Según Pili, Angerami, un multimillonario, estaba obsesionado con Borges. Tenía todas las ediciones de todos los libros en español, inglés, francés y otros idiomas, aparte de manuscritos originales del autor obtenidos en subastas. Incluso, decían que había escrito una biografía que nunca publicó. Lo único que parecía faltarle a su colección era un clon.

Pili reconoció que el proyecto había sido aprobado, incluso vio las células cuando llegaron desde los laboratorios centrales de Rebirth, en Estados Unidos. Pero antes de que el proceso de clonación comenzara, renunció. Después supo por sus antiguos compañeros que todo quedó en la nada una vez aprobada la ley contra la clonación humana. Si el clon existió, jamás había pasado de un embrión. Más allá de eso, los registros de la ONG nada decían de una copia de Borges.

Pili no sabía mucho más. De hecho, lo que conocía de Angerami era por boca de otros, sobre todo por la del director del proyecto. Jamás lo había visto.

Ahora, Alan vuelve degustar el sabor a nada de las semanas y meses que siguieron. Pudo conversar con el director de Rebirth, Lorenzo Quinteros, pero poco obtuvo de él. En primer lugar porque, como en Argentina la clonación de humanos con fines reproductivos había quedado prohibida, la sede local de la multinacional (que desde entonces se dedicaba de forma exclusiva a realizar copias de mascotas) se vio obligada a transferir al Estado toda la información de los proyectos de clonación; no sólo los terminados, sino también aquellos que estaban en curso al momento de promulgarse la ley. Rebirth había conservado su base de datos pero sólo podía ser consultada previa autorización de un juzgado. De todas formas, preguntó al hombre si sabía algo del paradero de Esteban Angerami, y la respuesta fue negativa.

Tan o más grande que el misterio del clon, era el que envolvía a Angerami. Parecía haber sido tragado por la tierra. Alan utilizó cada uno de los contactos que había cosechado a lo largo de su carrera como periodista, pero no pudo encontrar ni la más pequeña pista sobre el millonario. Sólo contaba con las vagas referencias de Quinteros y de Pili.

Los años pasaron y fue abandonando poco a poco su obsesión. En parte porque necesitaba ocuparse de aquellos temas que, aunque no lo apasionaran, eran los que le demandaban desde la redacción y que aseguraban su sueldo; y también porque todas las líneas de investigación que había seguido desembocaron en un callejón sin salida. Ocho años antes de que apareciera el sobre con la carta, escribió su último artículo sobre el caso.

No da más; tantos recuerdos, tantas emociones encontradas, lo fatigaron. Ha sido un día totalmente atípico, sin dudas. Faltó al trabajo por primera vez en mucho tiempo. Después del almuerzo Lorena se fue con Martín, ni siquiera sabe con certeza a dónde; tan ensimismado se encontraba cuando ella se lo dijo.

Apenas son las cinco de la tarde pero decide acostarse, al menos hasta que su familia regrese. Bebe de un trago lo que resta de whisky y camina hasta la habitación. Ni bien apoya la cabeza sobre la almohada, se duerme.

 

 

*

 

 

Abre los ojos; han pasado varias horas. Las imágenes otra vez lo toman por asalto: Lorena muerta, la sangre en sus manos, la puerta azul. Nunca hasta ahora había tenido el mismo sueño —detalle por detalle— dos veces en un mismo día. Y por sobre todas las cosas, la cabeza se le parte en mil pedazos; más por el whisky que por la pesadilla, sin dudas.

En el living encuentra a Lorena y Martín. Le cuesta desprender de sus retinas la imagen del cuerpo muerto de su esposa; le parece irreal que este ahí, ahora, sirviendo la cena al hijo de ambos.

—¿Hace mucho que volviste?

—Más o menos. No quise despertarte.

Alan se acerca hasta Martín y le revuelve los cabellos. El niño se queja, pero sonríe.

—Estuve con Gino —dice Lorena. Alan frunce el ceño—. Gino Pili —insiste.

Entonces recuerda que antes de partir, Lorena le había dicho que pasaría por la ONG para hablar con Gino.

—¿Qué te dijo?

—Una pavada, que no sé cómo no se nos ocurrió: mirar la grabación de la cámara de seguridad. Y mirá —dice, señalando la superficie de la mesa ratona. Y luego ordena —: Proyectar.

De la mesa emerge un cono de luz y de inmediato se visualiza una escena. Es una toma del exterior de la casa, junto a la puerta de entrada. Se ve a un hombre de veinte años, no mucho más, llegar hasta la puerta, colocarse en cuclillas y pasar por debajo de la misma un sobre que traía en la mano. Luego se para y, antes de marcharse, levanta la cabeza y mira a cámara esbozando una leve sonrisa. El rostro es blanco, sin barba, y el cabello corto peinado hacia atrás.

—Es él, ¿verdad? —pregunta Lorena.

Alan asiente con la cabeza sin quitar los ojos de la proyección.

—Eso parece —responde, y reinicia la proyección.

 

 

*

 

 

Es de noche. Su familia duerme pero Alan, luego de dar vueltas y vueltas en la cama, sabe que no podrá pegar un ojo. Por un lado mejor, piensa, porque no desea tener otra vez la pesadilla.

Se prepara un café. Mientras lo toma, relee la carta del clon. Después vuelve a revisar uno por uno los archivos de su investigación o mira el video de la cámara de seguridad. Es una rutina que repite varias veces, hasta que en un momento, un poco cansado de darle vueltas al misterio de clon, desvía la mirada hacia la venta y descubre que amaneció.

No puede continuar con esta ansiedad, ni con estos nervios. El mensaje no contiene fecha u horario en que él pueda hacer la visita, por lo tanto decide que el día es hoy. Se viste y, sin despertarlos, se despide con un beso de su mujer e hijo. El viaje es largo, así que mejor salir temprano.

Hora y media más tarde llega hasta la casa, de fachada sencilla, y aparentemente pequeña. Se anuncia en el portero eléctrico y espera. Nunca antes ha estado en ese barrio. Escucha que la puerta se abre y ve a un androide que le sonríe bajo el dintel.

—Buenos días, señor Demichelis. El señor lo está esperando. Pase por favor —ni bien dice esto se hace a un costado y Alan avanza.

Lo incomoda tanta formalidad, reflexiona, mientras sigue los pasos del androide, que tras cuatro metros de pasillo, desembocan en una sala amplia que parece contradecir la impresión de pequeñez que tuvo afuera.

—Aguarde aquí. El señor no tarda —dice la máquina y se marcha.

Alan no puede creer lo que se halla frente a sus ojos. Nunca en su vida vio tantos libros juntos. Las cuatro paredes de aquella habitación están cubiertas de estantes abarrotados de los volúmenes más diversos.

—Señor Demichelis —siente una voz a sus espaldas, la voz de un hombre.

Se da vuelta y ve a un joven que le sonríe. «Es Borges», piensa, sin quitarle los ojos de encima y sin saber qué decir.

—Es un placer —dice el clon y estrecha su mano—. He estado aguardando este momento con mucha ansiedad. Por favor, tome asiento.

Ambos se sientan, uno frente al otro. Hablan sobre banalidades durante algunos minutos, hasta que Alan contempla una vez más los estantes que los rodean.

—Nunca vi tantos libros juntos —suelta—. ¿Es coleccionista?

—En realidad no, los heredé.

—¿De Angerami?

—¿De quién, si no?

—No lo sé, tengo tantas preguntas para hacer…

—Antes de cualquier pregunta preferiría contarle mi vida, lo más importante, de manera cronológica. En todo caso, luego usted podrá interrogarme lo que crea necesario. ¿Qué le parece, Demichelis?

—Me parece bien. Y ya estoy grabando —Sonríe.

—¿Quiere algo para tomar?

—No, gracias.

—Comencemos, entonces.

 

 

 

II

 

 

Para empezar, mis primeros años de vida no van a parecerle una novedad. Nada hay en ellos que no pueda encontrar en cualquier enciclopedia, si busca por el nombre correcto. No mi nombre, por supuesto; el nombre del otro.

Nací a fines del siglo XIX… Sí, suena extraño, pero de a poco las piezas se van a ir acomodando y va a entender el conjunto a la perfección. Como le pedí: paciencia.

Como decía, nací a fines del siglo XIX en una de las típicas casas porteñas de entonces. Cada vez que evoco aquellos tiempos, aparte de la biblioteca de mi padre, lo primero que veo es el patio y el aljibe. ¿Dónde va uno a encontrar la paz de un ambiente como ese en la Buenos Aires de ahora? Imposible: torres, vehículos, robots y personas por todas partes… En fin, tampoco consigo recordar un instante en que la literatura no estuviese ahí, cercándome, obstaculizando cualquier otro anhelo que yo pudiera tener. Con decir que contaba con cuatro años cuando aprendí a leer y escribir, supongo que basta para hacerle una idea de la omnipresencia que esas actividades desde el comienzo tuvieron en mi vida. No menos cierto es que enseguida aprendí inglés, incluso llegué a acostumbrarme tanto a él que renegaba del tosco castellano. Pronto llegaron mis primeros cuentos, sencillos, aunque llenos de una vitalidad que quizás más tarde, cuando comenzaba, justamente, a despuntar mi estilo —el estilo del otro, en realidad: el que todos reconocen y que tanto han copiado— me abandonó o yo no supe retener.

En aquel entonces, el barrio de mi infancia era un barrio marginal de inmigrantes y cuchilleros. Conocí de esa manera los pormenores de esos misteriosos personajes que fueron los compadritos y que a su vez despertaron en mí el interés por sus antecesores, los gauchos. Le debe resultar curioso que alguien como yo, habiendo recibido una educación tan refinada, me sintiera atraído por ese mundo bajo. Evidentemente hay cosas que no tienen explicación, o la misma es tan simple que no vale la pena enunciarla.

Me salteo unos años, no quiero detenerme en detalles insignificantes.

En 1914 mi padre se vio obligado a jubilarse, debido a una ceguera progresiva. Decidió, entonces, que nos marcháramos a Europa porque se sometería a un tratamiento oftalmológico. Justo en la nefasta época de la Primera Guerra, por lo que nos refugiamos en Suiza. Allí fui a la escuela, aprendí francés… Más tarde nos mudamos a España donde participé del incipiente movimiento ultraísta, incluso escribí dos libros que jamás vieron la luz, por fortuna.

Finalmente, en marzo de 1921 regresé a Buenos Aires. Nunca como entonces estuve tan convencido, tan decidido a dedicar mi vida a la literatura. Mi destino era un cauce trazado de antemano.

El contacto con Macedonio Fernández, gracias a la amistad de este con mi padre, profundizó mi pasión. Ya era impensable que yo abandonara el camino de la literatura. Además, poco a poco, me iba haciendo de un nombre en ese mundo que tan extraño, tan falso, me parece ahora. Pero todo es falso salvo el presente, ¿no, Demichelis?

En fin, como decía, parecía imposible que me apartara de la literatura, yo era literatura, no me concebía de otra manera. Sin embargo conocí por aquella época a una joven de tan solo dieciséis años: Concepción Guerrero. Me enamoré perdidamente, como hasta entonces creí que sólo podía ocurrir en las ficciones más simples. No me resultaban claras sus intenciones conmigo, a veces parecía corresponderme, otras veces evitaba con elegancia cualquier insinuación amorosa. Sí estaba claro que yo le interesaba, pues cada día pasábamos juntos más tiempo, conversando en la sala, en el patio o, con preferencia, a medida que caminábamos las calles porteñas. Hablábamos poco de literatura —de hecho, casi no había vuelto a escribir desde que la conociera—; nuestros temas de conversación eran más bien filosóficos; ella estaba muy interesada —y no casualmente, por supuesto— en Platón. Sin dudas una mujer, pese a su edad, tan sabia como extravagante.

Mis amigos y familiares, debo admitir, se mostraban preocupados por mi comportamiento. Incluso se ofendían, tanto como si la vida se les fuese en ello, cuando les confesaba que la lectura y la escritura no tenían parangón con una tarde de charla junto a Concepción. No entendían que abandonara mi vocación por una simple mujer. Ellos no entendían que esa simple mujer, con su sola presencia, me hacía sentir más vivo que nunca.

Una tarde ella se encontraba muy seria. Estábamos sentados en el banco de una plaza. Murmuró algo sobre el tiempo que no entendí. Cuando le pregunté qué le pasaba me mostró una pastilla azul que tenía en su mano. Me interrogó sobre todo lo que habíamos compartido los últimos meses; no pude más que confesar que habían sido los mejores de mi vida. Luego me dijo: «¿Qué pasaría si en verdad este mundo fuese una farsa, y para estar realmente vivo tuvieras que abandonarlo, dejando todo atrás?». Yo me sentía descolocado y fascinado a la vez; la charla parecía tan surreal. Le contesté que la verdad no importaba, si ella no estaba a mi lado. «Nunca voy a dejarte», dijo, y puso la pastilla en mi boca. Entonces me besó.

Cuando quise darme cuenta ya había tragado la pastilla. Poco a poco sentí mis párpados pesados y mi cuerpo se desplomó sobre su regazo. Llegué a ver que sonreía y que decía: «Todo estará bien».

Cuando desperté Concepción seguía allí, sonriendo. La cabeza me dolía inmensamente, aunque todo mi cuerpo, en realidad, era dolor, como si me estuviese pasando factura por una noche de grandes excesos. Poco a poco, sin embargo, entendí que me encontraba en otro lugar: una habitación blanca, llena de monitores —en su momento, no tenía idea de qué eran esos espejos extraños donde me veía a mí mismo, desnudo, repetido hasta al hartazgo, desde diferentes ángulos. Traté de agarrar algo con que cubrirme pero no pude levantar ninguno de mis brazos, me hallaba débil por completo. De nuevo mis ojos comenzaron a cerrarse, y antes de desvanecerme llegué a contemplar una puerta azul…

¿Qué pasa, Demichelis? ¿Por qué se sobresalta…? Mejor, mejor no me diga nada, permítame continuar, por favor. Ya habrá tiempo para más preguntas y obtendrá sus respuestas.

La verdad me resultó intolerable. No sólo me enteré de que yo no era Borges, sino una copia suya, también de que toda mi vida hasta entonces había sido una ilusión. Sé que recuerda al clon de Michel Jordan. Su caso es emblemático: contenía todas las habilidades del basquetbolista, pero no era basquetbolista, tenía otras inquietudes, otros sueños, porque era otra persona. ¿Qué ideó Angerami para poder tener a su tan anhelado Borges? Sencillo: crear un entorno virtual que emulara la vida del escritor. Tenía el dinero y el poder para convencer a casi cualquiera de hacerlo. Así que de pequeño fui conectado a las máquinas que simularon un mundo, mi mundo. Y mi dueño podía ver cuando quisiera a través de cualquier dispositivo cómo su preciado objeto de colección vivía esa vida falsa.

La cuestión es que Angerami tenía dos negocios. Uno, una pantalla, aunque sin duda una inversión segura: era propietario de vastos yacimientos acuíferos. El otro, la auténtica fuente de sus ingresos, siempre fue la clonación clandestina de seres humanos, famosos, por lo general, destinados a la prostitución. Cuando la clonación quedó prohibida, siguió con sus negocios y nada le impidió satisfacer su capricho de tenerme.

Pero un día, su suerte se acabó. Fue traicionado por su propia mujer, cansada de tantos maltratos (no vale la pena entrar en detalles). Ni los jueces, los políticos o la policía pudieron ya encubrirlo y su casa fue allanada. Lo único que encontraron para inculparlo fue a mí, encerrado en una habitación llena de máquinas, conectado a diversos cables, sumergido en una especie de pecera gigante… De todos modos, logró escapar y por mucho tiempo nadie volvió a saber de él. Conmigo decidieron ir de a poco, por eso una psicóloga se adentró en mi realidad virtual para convencerme lentamente de la falsedad de mi mundo y que yo tomara la decisión de salir. La psicóloga no era otra que Concepción, aunque Victoria era su nombre real. Nunca me hubieran convencido de semejante locura, para mí no iban más allá de planteos filosóficos, fascinantes conjeturas. Por eso la estrategia del beso para darme la pastilla. No tuvieron más alternativa que sacarme por la fuerza.

Los primeros años de esta vida nueva fueron una lucha constante contra la locura y la depresión. ¿Todo lo que había vivido era una farsa? ¿Todos mis amigos, seres queridos, meros programas de computación? ¿Puede usted, Demichelis, hacerse una idea de todo esto?

No. Obvio que no.

De todos modos, Victoria fue de gran ayuda; tenía sesiones continuas con ella. Había compartido conmigo mis últimos meses en el mundo virtual y llegamos a ser grandes amigos en este, el real. La misma Victoria fue quien me aconsejó que, si bien no debía olvidar todo lo que Angerami significaba para mí, tenía que proponerme algún objetivo, algo que me permitiera seguir adelante. De alguna forma, le hice caso. No, seguramente, como ella pretendía.

Comencé a militar en una ONG contra la trata de personas, incluso las clonadas, pues la práctica no había cesado. A la vez, me interesé en la programación de realidades virtuales y estudié durante muchos años hasta que obtuve mi título. Mi militancia, más el renombre que me daba ser el clon de Borges, me llevó a involucrarme en política. ¿Que cómo es posible que nunca haya oído nada sobre eso? Bueno, como ya le dije en varias ocasiones, Demichelis, cuando termine de contar mi historia, todo encajará en su lugar… Como decía, me convertí en político y llegué a ser diputado nacional. Puede imaginarse la cantidad de contactos que coseché a lo largo de mi carrera. Y no me avergüenzo en reconocer que no solo conocí la parte superficial de la política, sino la profunda, la oculta, aquella donde se teje la verdadera trama que envuelve a cada ciudadano. Sí, me convertí en un ser corrupto… ¿Pero no era esa mi naturaleza desde el origen? Además, fue lo que hizo posible que me acercara a las personas adecuadas que me permitieron dar con el objetivo de mi triste existencia: Esteban Angerami.

Lo encontré, al fin, veinticinco años después de mi despertar, postrado en la cama de un asilo, bajo otra identidad. Sin familia, sin poder. Era la primera vez que yo veía su rostro personalmente, y no le puedo explicar la satisfacción que sentí al darme cuenta de que aún me reconocía. Estaba paralizado por completo, ni siquiera era capaz de articular una sola palabra, pero su memoria funcionaba a la perfección. Lo noté en sus ojos, que brillaron un instante al posarse en mí.

Calderón de La Barca siempre fue uno de mis autores predilectos, más aún, desde que desperté al mundo real. En un pasaje de La vida es sueño, Segismundo pronuncia un hermoso, aunque desgarrador, soliloquio. En aquel momento tan crucial de mi existencia —me di cuenta más tarde—, una y otra vez, como en una letanía, recité su estrofa final:

 

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños…

 

 

 

III

 

 

El clon dejó de hablar. Alan, sentado frente a él, no sabe qué creer y qué no de lo que está escuchando. Además, sabe que el relato no puede terminar ahí, en eso versos absurdos. Hay cosas que faltan, cosas que no cierran. Pero más allá de las palabras, más allá de la historia, hay algo que lo hace sentir incómodo. La mirada del clon, directa, fría, al igual que sus gestos, como si no lo afectara en lo más mínimo la historia —su historia— que cuenta. Incluso, cuando mencionó aquella puerta azul y él se sobresaltó por la coincidencia, notó una leve sonrisa en sus labios, como si el clon disfrutara su malestar.

—¿En qué piensa, Demichelis?

Alan no puede contener una mínima risa. La cabeza le va a explotar en cualquier momento.

—¿En qué pienso? Son tantos los puntos de esta historia los que no me cierran… ¿Cuál es su verdadera edad, por ejemplo? Según mis cálculos no puede tener mucho más de veinte y su aspecto concuerda con eso… Pero ¿todas las cosas que me cuenta que hizo? No es posible. ¿Cómo no supe nada de usted si fue una persona pública, expuesta a los medios de comunicación? Lo estuve buscando por años sin resultado. ¿Y qué fue de Angerami? ¿Lo mató?

—¿Parezco un asesino?

—No… Disculpe, pero es todo muy raro. No me diga que no se da cuenta de eso. Y me repitió hasta el hartazgo que todo iba a cerrarme cuando terminara su relato… ¿Qué me falta saber?

El clon le sostiene la mirada un instante y sonríe. Luego se pone de pie y camina hasta Alan.

—Acompáñeme, hay algo le que quiero mostrar.

Alan tiene ganas de gritarle que basta de tanto misterio. Pero también sabe que esta es la gran oportunidad de su vida profesional; de hecho, pasó mucho tiempo desde la última vez que sintió tanto vértigo por una investigación.

Deja el sillón y lo sigue, por un pasillo tan largo como el de la entrada. El clon, que va un metro adelante suyo, sigue hablando.

—No soy un asesino, Demichelis. Lo que hice fue traer a Angerami a esta casa y lo coloqué en una habitación. Como puede notar, esa no es una situación muy distinta a la que tenía en el asilo. Pero, claro, yo necesitaba venganza. Este tipo no sólo arruinó mi vida; fueron incontables sus víctimas. Su señora se llama Lorena, ¿no es cierto?

—¿Cómo…?

—Son muchas las cosas que sé —lo interrumpe, sin dejar de caminar—. Usted conoce todo por lo que pasó y, supongo, la ama. Imagínese, entonces, que todo lo que le gusta de ella, todo lo que la convierte en única, sus buenos y sus malos momentos, no existirían (o casi no existirían) si ella no fuese libre. Al contrario, estaría condenada a ser lo que otro, su dueño, deseara. Alguien que no se conformaría sólo con haber fijado su genética, sino que también buscaría determinar los actos futuros de Lorena, sin tener en cuenta sus gustos, sus intereses, sus estados de ánimo. Una esclava, para llamar a las cosas por su nombre. Ahora, multiplique eso por mil: eso es Angerami. ¿Qué podía hacer la justicia, si yo lo entregaba, en el estado en que lo encontré? Nada, nada que realmente se mereciera. ¿Qué haría usted en mi lugar?

—Me dijo que no lo mató.

En el único recodo del pasillo el clon se detiene y se da vuelta. La sonrisa persiste en sus labios. Luego mira a su izquierda, la continuación del pasillo que Alan no puede ver.

—Acérquese, Demichelis, quiero mostrarle la puerta tras la cual están encerradas todas las respuestas.

Presiente que será testigo de algo desagradable. A pesar de eso, camina hasta el clon. Cuando contempla la puerta azul, siente un vacío en su estómago y las piernas le flaquean. Está a punto de desplomarse pero el clon lo sostiene y de inmediato relámpagos de imágenes toman su mente por asalto. Se ve en esa misma casa, discutiendo con Lorena. Ella lo llama Esteban y le echa en cara que se ande revolcando con cualquier puta que se le cruce por ahí. Otra imagen. Él la toma por los hombros, la sacude con furia, le pregunta a los gritos por qué lo hizo. Otra imagen. Sus manos aferrando un cuchillo que se hunde una y otra vez en el vientre de Lorena. Otra imagen. Está aterrado, mira hacia la puerta azul, lo único por lo que pueden inculparlo. Desde afuera llegan ruidos de disparos y algunas explosiones. Uno de sus hombres fieles lo sujeta fuertemente y lo saca de allí.

Se desvanece.

Cuando abre los ojos el clon está ahí. Recorre la habitación con la mirada: monitores por todos lados y en el centro un cubo gigante de vidrio, lleno de un líquido rosa y, dentro de él, un hombre sumergido, conectado a cables, decenas de cables. Con esfuerzo Alan abandona el asiento y aproxima el rostro al cristal.

—Soy yo —dice.

—¿Sorprendido?

—Un clon…

El clon suelta una carcajada.

—No, realmente… ¿Qué es lo que último que recuerda antes de desmayarse?

—Yo… Yo…

Alan hurga en su mente, que parece vacía. Tiene que volver a sentarse porque está mareado. Entonces, de a poco, recuerda. Pero lo que recuerda nada tiene que ver con su vida, es la vida de otro, otro que también es él. Sacude la cabeza de derecha a izquierda. Aunque trata de evitarlo llora, explota en un llanto cada vez más fuerte. El clon, impasible, lo observa.

—Yo… ¿Yo soy Esteban Angerami? —suelta, al fin.

El silencio que se abre a continuación es la respuesta adecuada a su pregunta; es una grieta por donde asoma el vacío, la nada, la verdad.

—Como le dije, estudié programación, y me especialicé en realidad virtual. También investigué el proceso por el cual una persona puede estar permanentemente conectada a una computadora y seguir viviendo, como hicieron conmigo. Me costó mucho, en especial porque no es algo que pueda hacer solo, pero conseguí la ayuda necesaria, personas fieles siempre y cuando el pago estuviese a la altura de las circunstancias. Y el resultado puede verlo ahora con sus propios ojos.

—¿Todo es falso, entonces? ¿Lorena, Mar…? —el llanto le impide continuar.

—Si quiere verlo de esa manera, sí. Hubo una Lorena en su otra vida, la misma que lo traicionó y que usted asesinó. Una versión de ella, distinta en parte, es la que usted tanto ama… ¿Cruel, no?

—Esto no puede estar pasando… —Alan intenta pararse, pero sus piernas no responden.

—No sólo está pasando, Angerami, volverá a pasar una y otra vez. La misma historia, donde usted se obsesiona con el clon de Borges, tiene esas extrañas pesadillas, y finalmente llega aquí… A principios de siglo XXII hubo un gran avance, ¿sabe? Por un lado, aparecieron las primeras conciencias artificiales, tan conscientes de sí mismas y de su entorno como un ser humano. Pero también se logró trasladar parte de la memoria de las personas a discos rígidos. Interesante, ¿no?

—Por qué tiene que importarme todo eso.

—Simple. Su cuerpo murió hace décadas. Eso que ve dentro de la pecera es, como todo este entorno, una representación virtual, como usted y yo. Pero me aseguré de preservar su memoria, que permanece codificada en un montón de ceros y unos… ¿No podría ser yo mismo, aquí y ahora, un programa y que el clon de Borges haya muerto siglos atrás? Si le llego a revelar la cantidad de veces que hemos tenido esta charla, no lo creería. Una y otra vez, Angerami, por la eternidad. ¿Conoce el mito de Sísifo?

—Usted sabe que sí.

Alan sacude la cabeza. Quiere alcanzar el cuello del clon, pero su cuerpo no responde. El otro lo observa y sonríe.

—No lo intente más, Angerami, no va a moverse de esa silla a no ser que yo lo desee.

—¿Qué me va a hacer ahora, hijo de puta? ¿¡Qué!?

Y de nuevo el llanto.

—Nada, Angerami. Me basta con verlo destrozado, impotente, sabiendo que ni Lorena ni Martín existen, que todo no fue otra cosa que un sueño.

—Basta, por favor…

El clon se pone en cuclillas, para verlo directamente a los ojos. Alan quisiera mirar para otro lado, pero no puede; comprende que no es dueño de su cuerpo, como no lo fue de ningún instante de su vida.

—Vamos a terminar con esto. ¿Le gustaría tener dos hijos esta vez? ¿Dos esposas? Fue interesante la ocasión en la que era homosexual…

Alan siente que los párpados le pesan, poco a poco la voz del clon se hace más grave y lejana. Las cosas a su alrededor empieza a girar, y ve el rostro de Lorena por todas partes. Finalmente, lo último que escucha antes de perderse en la inconciencia, es la pregunta que jamás podrá responder:

—¿Cómo se imagina su nueva vida, Angerami?

 

 


Francisco Costantini nació el 11 de mayo de 1983 en Mar del Plata. Es profesor en Letras por la Universidad Nacional de dicha ciudad y se desempeña como docente de Lengua y Literatura en varios colegios. También es editor de Letra Sudaca Ediciones y mantiene el blog http://franciscocostantini.blogspot.com. Ha participado con sus textos en revistas y antologías. Este año publicará su primer libro de cuentos, “La tortuga y la persiana”.

Hemos publicado en Axxón, entre sus obras de ficción: ESA PROFUNDA SOLEDAD, UN BREVE DESCANSO, LA DESGRACIA, JULIETA, SUSTANTIVOS, MIENTRAS DORMÍS, VIVO, CADA PIEZA EN SU LUGAR. También hemos publicado, como no ficción: VEINTICINCO AÑOS DE CUÁSAR: ENTREVISTA A LUIS PESTARINI y LA PREGUNTA INCESANTE: ¿QUÉ ES LA CIENCIA FICCIÓN?


Este cuento se vincula temáticamente con OCHO, de Alejandra Decurgez; UNA EN UN MILLÓN, de Rodrigo Juri y LA VACA NO ES UNA VACA, de Javier Goffman.


Axxón 256 – julio de 2014

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Clonación : Realidad virtual : Argentina : Argentino).