SI MARTE FALLA

Fernando José Cots

Argentina

Sé que estás lúcido, muchacho. El desayuno que has tomado tenía una droga que te ha estimulado y ahora estás lúcido como nunca. No te preocupes si tus músculos todavía no te responden. Pronto lo harán.

¿Me recuerdas? Soy el agente Josephson, el que habló contigo cuando te detuvimos. En este momento, estoy seguro, recuerdas todos y cada uno de los pasos de tu entrenamiento. Estás escuchando mis palabras con avidez.

También sé que me maldices, que me odias como siempre me has odiado. Pero, muchacho, deberás tener en cuenta algo que te hará odiarme aún más. Estoy muerto, lo mismo que tus padres, tus familiares y todos aquellos que alguna vez conociste.

Te engañamos.

¡No te irrites! No debes cegarte por la furia. De tu lucidez depende que continúes con vida... hasta donde puedas.

Recordarás que un día el FBI irrumpió en tu casa, acusó a tus padres de comunistas, te llevaron a un hogar y a ellos se les inició un juicio.

Nada más falso. Tus padres jamás fueron comunistas... no al menos mientras vivieron en su pueblo de Oregon. Si en la cárcel lo fueron por odio a nosotros... es algo que no podría confirmarte.

En ese momento te entrevisté. Tú y tus desesperados diecisiete años. Te mentí diciéndote que tus padres estaban acusados por el Comité del viejo Mac, que su lealtad estaba en duda y que la única forma de salvarlos era que tú demostrases lealtad a América, convirtiéndote en un héroe.

Te dijimos que debías entrenarte como astronauta, viajar al espacio hacia un satélite en órbita, un satélite espía colocado por los rojos. Por tu tamaño eras el único que podía entrar por la escotilla, retirar el núcleo de espionaje, dejar una carga explosiva y regresar a la Tierra con ese preciado tesoro de los "ruskis".

Nada más falso. Moscú aún no tiene satélites espías, que nosotros sepamos. Y es improbable que los tenga en mucho tiempo.

Aceptaste y aquí te encuentras. Era fácil; el amor a tus padres, el fervor por la conquista del espacio... tu adolescencia hizo el resto.

Sucede que tú, muchacho, resistes las radiaciones. Las resistes como nadie. No quiero decir con esto que podrías haber paseado por Hiroshima al día siguiente de la bomba, pero sí que soportas la radioactividad más que cualquier otro ser humano conocido.

¿Cómo te descubrimos? No fue por casualidad. Lanzamos una búsqueda por todo el territorio de la Unión, con el pretexto de una vacuna. Sólo te hallamos a ti.

Intentamos también por Canadá, Reino Unido, Alemania occidental... por todo el mundo donde nuestras misiones de salud podían revisar a cualquier ser humano. Nadie más apareció... es decir, casi nadie.

Apareció una muchacha de Guatemala, un país menor de América Central. Tenía catorce años, es un país casi salvaje y a muchos se nos ocurrió que podríamos darte una compañera. Pero hubo dos que se opusieron.

Uno dijo que la muchacha era indígena y que no estaba bien, para esta misión, enviar a una pareja de dos razas diferentes. Si tú no hubieses sido blanco... aunque irlandés católico...

Otro dijo que deberíamos casarlos antes, para que la misión no se contaminase con un antecedente inmoral. Y como deberían conocerse antes, no tardarían ambos en comprender lo falso de nuestra historia.

Así que la muchacha quedó en Guatemala y tú terminaste solo en el espacio.


Ilustración: Fraga

Y aquí es donde debo decirte la verdadera misión.

A la Tierra le quedan cien años de vida cuando mucho. Las industrias están desgastando y envenenando todo pero... ¿quién detiene a las industrias, la base de nuestro poder? Sería más fácil detener el sol en el cielo.

Como no podemos detener el envenenamiento del aire y el agua, muchos están pensando en un mundo de recambio.

La alternativa lógica es Marte y alguien está trabajando en eso. Una parte selecta de la humanidad, la mejor parte, habitaría ese planeta cuando aquí las cosas se vuelvan imposibles. Aquí quedará la escoria, la que supongo ya no necesitaremos. Tendremos robots que harán todo.

Pero, si Marte es imposible de habitar, alguien pensó en buscar un mundo habitable en Alfa Centauri. Y allí estás ahora que has despertado.

Llevas a bordo equipos muy especiales, muchacho. Elementos de la mejor tecnología, algunos del más alto secreto que te puedas imaginar. Todo un sistema automático te ha guiado hasta allí. Detectores especiales buscarán un planeta que sea habitable. Ya lo han detectado y por eso estás despierto.

En estos momentos está enviando, también, una señal a la Tierra. La nave dejará un satélite en órbita para que sirva de guía a la expedición. Todo esto, para ti, ya habrá sucedido.

¿Para qué te necesitamos, entonces?

Nuestros sistemas no permiten aterrizar la nave en terreno desconocido, para eso se necesita un ser humano. Para eso te entrenamos, aunque creíste que lo usarías para volver a casa.

Y es necesario que aterrices en la nueva tierra. Si hay habitantes, seres inteligentes, podrás hablarles de nosotros. Si son primitivos, para cuando nosotros lleguemos tú habrás muerto y nosotros seremos una leyenda que manejaremos a nuestro favor.

Si tienen nuestro nivel de civilización o son superiores... comprenderán y nos harán lugar.

Tal vez pienses en suicidarte para que nuestro plan no se cumpla. Muy romántico, pero muy estúpido. Ya sabemos lo importante de ese planeta, que es habitable. Y nuestra expedición ya ha contemplado esa alternativa.


Ilustración: Fraga

Te conviene vivir, muchacho. Tienes diecisiete años, eres inteligente, has aprendido muchas cosas... Vivo, tal vez puedas vengarte de nosotros.

Para ser justos, te vengarás en nuestros bisnietos. Porque en tu calendario será el año 2030, que es cuando calculamos tu llegada. Tal vez un año o dos más, lo que demore la nave en encontrar el planeta adecuado.

Si Marte falla, iremos allí. Iremos porque no habrá alternativa. Iremos como siempre hemos ido, a tomar lo que necesitemos y a matar a quien se oponga. Y para entonces tendremos los escudos de radiación que tú no has necesitado.

Vive, muchacho, y espéranos. Y si encuentras seres inteligentes... háblales de nosotros. Que nos esperen.

Adiós para siempre.



Fernando José Cots nació en Córdoba, Argentina, a mediados de 1950 y viene publicando desde hace ya tres décadas. Quienes lean ciencia ficción argentina desde hace tiempo seguramente recordarán su "Los invasores del sábado" (1987), cuento que de haber existido Axxón en aquel momento nos hubiese gustado publicar.

Por suerte, Fernando ha publicado más de media docena de obras en nuestra revista: Quilino (119), Caracoles (123), La Noche de la Rata (137), Rechazo (146), Obertura para Dioses locos (147), Procónsul (160) y La Trampa (166).



Este cuento se relaciona temáticamente con "El viaje de Hermes", de Poquetacosa (176), "Las ruinas de Dartrum" de Damián Cés (175) e "Intercambio justo" de Teresa Pilar Mira (171).


Axxón 177 - septiembre de 2007
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Viajes espaciales : colonización espacial : Argentino : Argentina).

            

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