REALITY

Néstor Darío Figueiras

Argentina

—¡Viene la yuta! ¡Arriba, arriba!

Javier pegó un salto desde el colchón pulguiento. Manoteó debajo de la cama desvencijada y sacó la pistola. La fascinación relumbró en sus ojos de niño, mientras contaba rápidamente las balas que le quedaban en el cargador.

—¡Viene la cana! ¡Arriba, arriba, Gancedo! ¡Vamo' a matar a esos hijos de puta! ¡Arriba, Achával! ¡A quemar ratis, vieja! ¡A ver si se creen que pueden apretarnos a nosotros, la concha 'e su madre...!

Su padre lo miró meter el cargador en la culata y no le dijo nada. Dejó el cartón de vino sobre la mesa y salió con la recortada en la mano, atento a la convocatoria proveniente de la calle.

Javier quitó el seguro de su automática con un movimiento diestro. Había juntado peso sobre peso con mucho esfuerzo, hasta reunir los veinte que le había pedido el policía retirado. Era su posesión más valiosa. Pensó que era mejor no recordar cómo había conseguido algunas de esas monedas... Pero ¿qué importaba? ¿Acaso le había preguntado el cana de dónde había sacado la plata? No, no lo había hecho. Sólo había contado la guita y le había entregado la reglamentaria sonriendo.

—Hacete hombre, pendejo, porque sólo los hombres son capaces de usarlas —le dijo por toda bendición, mientras le acariciaba la cabeza sucia.

Pendejo tu abuelo, cana puto.

Afuera los gritos se multiplicaban. Cuando se escucharon los primeros tiros, lo sacudió un estremecimiento poderoso, tanto como el que lo sacudía cuando se hacía el dormido mientras espiaba furtivamente a su papá cogiendo con su madrastra, a puro cachetazo y puteada. Tuvo una erección.

Ya arreciaba la balacera. Apretó la pistola contra el pecho, mimando a su juguete preferido, atesorando su mayor logro, y salió corriendo de la casilla de chapa y madera podrida. Estaba dispuesto a demostrar que él, a pesar de tener nueve años, ya era todo un hombre.

El mundo era un pozo lleno de adrenalina, y Javier se zambulló en él. Supo entonces que los sonidos de la violencia eran los más resonantes. Y que las piernas eran más veloces cuando lo impulsaban a uno hacia el primer escondite que los ojos —nunca tan abiertos y vivaces— descubrían en medio del tiroteo. Era como jugar una carrera contra las balas. Porque las balas se podían ver, surcando el aire, tejiendo una red mágica. Claro que sí. También era como jugar a la mancha: había que esquivar los puntitos rojos que lo buscaban a uno. Pero sobre todo, había que ver las balas para no morir.

—¿Qué hace tu pibe acá, Gancedo? ¡Decile que se vaya! ¡Lo van a hacer mierda! ¿No ves que hay muchos canas, Gancedo? ¡Vinieron todos, los hijos de puta! ¡El turco dice que tiraron abajo El Cerco!

Javier se agazapaba detrás de una ochava. Callate, Rafa. Miró a su padre, que estaba echado dentro del Chevy herrumbrado del Loquito Molina. Seguía disparando sin decir nada. Y eso estaba bien, porque nunca decía nada. Por lo tanto él no se iría, por más fuerte que gritara Rafa. ¿Que la yuta había derribado El Cerco? El turco se volvió loco, pensó. Pero entonces retumbaron los helicópteros, anunciando lluvia de metrallas y gas; y sólo Dios sabía cuántas cosas más caerían desde el cielo sucio del amanecer. Trató de ahuyentar el miedo que se le echaba encima.

Asomó algunas crenchas desgreñadas por el borde de la pared, restregando la carita contra el cemento áspero, hasta que pudo ver a los policías amontonados. Eran los monstruos a los que había que cazar, metidos en esos trajes-armadura, llenos de pertrechos, apuntando con sus miras láser —algún día tendría una de esas armas, se lo había jurado a sí mismo—, hablándose unos a otros a través de las radios de los cascos... ¿Por qué esos canas hijos de puta los venían a joder a su territorio? Había que quemarlos. Sabía donde tenía que apuntar: la unión del casco blindado con el cuello del traje-armadura, en el costado derecho. Su mirada se deslizó por sobre el caño negro de su pistola y saltó al vacío desde la mira, trazando en el aire un sendero para la bala. Cada segundo pareció condensarse más y más, hasta que el tiempo se detuvo, junto con su respiración.


Ilustración: Fraga

Apretó las muelas. Gatilló.

Y una eternidad después pudo ver al monstruo crisparse primero y hacerse un ovillo; y luego, caer laxo como un muñeco de trapo, hasta sumergirse definitivamente en las aguas servidas del zanjón.

Gritó que era un hombre. A voz en cuello, y también para sus adentros. Carajo, sí que lo era, aunque tuviera nueve. Festejó su victoria solo, porque su padre seguía disparando sin decir nada, al igual que Achával, que Rafa, y que los demás. Y así como nadie reparó en su disparo certero, tampoco nadie vio el punto rojo que trepaba por su pecho (¡Mancha!)

Nadie, salvo los millones de espectadores selectos que seguían la razzia por televisión, cómodamente guarecidos dentro de sus enormes búnkeres abovedados, en las afueras de la ciudad tomada. Estaban encantados con los primeros planos que lograban las microcámaras instaladas en los proyectiles de la policía. Pulsando sus controles remotos, no cesaban de repetir la trayectoria de la bala en cámara lenta una y otra vez, desde la detonación humeante del cartucho, hasta el rojo desgarro de la carne, la rotura del esternón, y la perforación suave y oscura del pulmón.


Javier se quedó quieto, muy quieto. (Porque era mancha congelada.) Antes de que los ojos se le cerraran del todo, pudo ver la cara de su papá bien cerca. Le estaba hablando, pero, por alguna razón, ahora él no podía oírle. Lo último que pensó era que, si hiciera falta pagarle a alguien para poder escuchar esas palabras, de buena gana hubiera juntado otros veinte pesos.



Néstor Darío Figueiras nació en 1973 y es músico, aunque sueña con conectar el universo de la ciencia ficción con el de las melodías y sonidos, hasta el punto que ha afirmado que algunas de las creaciones de Hacedor de estrellas de Stapledon son universos musicales. Ya veremos qué razones lo asisten para afirmar tal cosa. Pero estamos seguros de sus progresos como narrador, prueba palpable de que el taller de Creación de Universos de Carletti y Alonso, al que Néstor asistió, era cosa seria.
Hemos publicado en Axxón: RUMORES (151), TRAICIÓN (163), FUGITIVO (168), ABUSO DE LOS FX EN EL CINE EXTRANJERO (180), HASTÍO (180), DREAMTHEATRE (185).


Este cuento se vincula temáticamente con "TERMÓPOLIS", de Eduardo Cabral (181), "SOPORTE VITAL", de Marcelo López González (167) y "EL RECUERDO INMÓVIL", de Luís Filipe Silva (168)


Axxón 187 - julio de 2008
Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Ciencia Ficción : Policial : Crimen en el futuro : Argentina : Argentino).

            

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