Revista Axxón » La canción de Maguerra, Alejandro Alonso (Novela, parte 6) - página principal

¡ME GUSTA
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<<< [VIENE DE LA PARTE 5 ]

 

 

El Hotel

 

6. Vida de gatos

 

Hoy, con un estudio que se publica en Neuron, una de las más prestigiosas revistas científicas internacionales, un equipo de investigación de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires no sólo contribuye a aclarar algunos de los enigmas de la memoria, sino que le da una vuelta de tuerca inesperada a la apasionada disputa teórica mundial que intenta dilucidar cuáles son sus mecanismos más íntimos.

«Nuestro trabajo no sólo interesa a la neurobiología, sino también la psicología —cuenta Héctor Maldonado, jefe del Laboratorio de Neurobiología de la Memoria que también integra el Instituto de Fisiología, Biología Molecular y Neurociencias del CONICET—, porque planteamos la posibilidad de que recuerdos ya consolidados puedan eliminarse con el truco de activarlos y exponerlos a un agente amnésico, algo que podría tener aplicación en ciertos desórdenes psiquiátricos.»

—«Descifran en la UBA complejos mecanismos de la memoria», La Nación,Buenos Aires, 19 de junio de 2003

 

 

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

El eco de la canción le produjo un escalofrío. Era el tono, la voz, la maníaca cadencia del mantra.

Se acercó a la entrada del invernadero: un domo de unos mil metros cuadrados que los porteros habían instalado a espaldas del martillo del pabellón central. Era como una enorme ballena varicosa: una red de finas venas metálicas recorría las paredes de polarión transparente, absorbiendo la luz y el calor del sol, y transformándolos en energía para mantener los sistemas de riego y calefacción.

El agónico sol del atardecer arrancaba reflejos cobrizos de las escamas de polarión. Dependiendo de la luz natural disponible, la ballena podía exhibir impúdicamente sus exuberantes tripas verdes, o ruborizarse y ocultarlas.

La ballena abrió la boca y Lucio se dejó tragar.

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

563 estaba sentado al costado de una batea de hidropónicos.

Era un hombre alto y flaco. Seguramente había sido un poco más corpulento, pero ahora estaba consumido. Una gorra le oscurecía las facciones. Sólo podía verse a contraluz el perfil aguileño, la prominente nuez de Adán, los labios invocando en voz baja a una deidad lejana e indiferente.

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

El loco vestía un uniforme de portero, pero le quedaba grande. Tal como Lucio sospechaba, 563 no pertenecía al cuerpo de porteros: era un impostor. Tal vez era un huésped que había encontrado la forma de burlar la férrea vigilancia del hotel.

Estaba descalzo. Tenía los pies sucios y deformados por la artritis. Aquel hombre parecía estar al margen de los reparadores y las nanopulgas. Era como un antiguo espíritu libre, con las ventajas y los inconvenientes propios de su condición. Lucio estaba seguro de que podía entrar y salir de los pabellones a voluntad. Se preguntó en qué estado de alienación estaría el cuerpo de porteros como para no detectarlo.

A pesar de la aparente demencia senil y de la artritis deformante en pies y manos, el loco movía los dedos y contaba con notable habilidad.

El cuerpo-ábaco estaba intacto.

Maguerra-uh. Maguerra-uh…

Lucio pasó sigilosamente por detrás de la batea hidropónica para ver qué otra cosa hacía el loco. 563 estaba sentado frente a un pozo: había levantado una baldosa y había desenterrado una caja de metal. Una cápsula de tiempo. Había recortes desparramados alrededor de la caja. Algunos parecían de revistas, otros de diarios, había páginas de libros y envoltorios de caramelos Suchard rojos, naranjas, azules y verdes. También había otros objetos que Lucio no reconoció en un primer momento.

El loco prestaba atención a todos esos elementos sin dejar de mover los dedos y sin dejar de cantar-contar. Como si el cuerpo-ábaco pudiera moverse automáticamente.

Pedígitus: seis. Manus: cero. Maguerra-uhs: ocho y contando…

Según los cálculos de Lucio, hacía más de diez minutos que el loco estaba perdido en aquella peculiar ceremonia. Quiso gritarle que era inútil insistir, que la cuenta del tiempo era como una prisión. Quiso decirle que los hitos del paso del tiempo se marcaban en la piel de su rostro, sobre las manos de los tequis del pabellón dos, en los hombros de los peones del pabellón cinco, en el clima, en el ánimo de los porteros, en la memoria, en los huesos descarnados. Había que ser un johnson para resistir con éxito la cuenta del ábaco corporal. Quiso advertirle que aquel intento de controlar el tiempo despertaría fantasmas, temores, ansiedades. Lo lastimaría.

El ritmo, en cambio, era otra cosa. Era un susurro profundo, palpitante, idéntico a sí mismo y por lo tanto no podía herirlo. Era la conciencia de cada momento, con prescindencia del pasado y del futuro. Porque, al igual que los huéspedes, el ritmo no tenía memoria ni esperanza. Por eso tenía que abandonar aquella pretensión absurda de controlar el tiempo: no podía. César Milstein, su padre, sabía de qué hablaba cuando trató de advertirle allá, en el agujero. Lucio quería contarle todo esto al loco, pero en cuanto decidió hacerlo el loco dejó de cantar.

563 tomó una revista Tío Landrú y la abrió en la primera página. La publicación se desarmaba entre los dedos.

—Millones de argentinos hemos visto por TV el partido Manchester United-Estudiantes —leyó—, y no podemos menos que sentir indignación por los injustos y venenosos titulares de la prensa británica relacionados con el match. En dichos titulares abundaron calificativos como: «Brutalidad y violencia argentina», «Provocación inhumana», «Multitud aullante y frenética», «Burla nauseabunda» y «Salvajada futbolística».

El loco leía de corrido, con la misma inquietante cadencia que Lucio le había oído aquella vez, en el agujero. Había alguna relación entre 563 y los recortes. El loco vivía a través de esos recortes.

—Muy pronto, Estudiantes deberá viajar a Manchester para el partido revancha, y si bien deseamos el mayor de los éxitos a los nuestros, el resultado podría ser desfavorable, por lo que proponemos, para no estar desprevenidos, que vayamos preparando titulares atacando al Manchester y al público británico, como reciprocidad.

Lucio se acercó otro tanto, aprovechando que el loco estaba muy concentrado. Llegó a escasos centímetros de otro recorte:

 

El «alfeñique» de 44 kilos que se convirtió en «El Hombre Más Perfectamente Desarrollado del Mundo».

 

«Le PROBARE en 7 Días que USTED también puede ser este HOMBRE NUEVO!»

CHARLES ATLAS

 

CUANDO yo digo que puedo convertirle en un hombre de gran fuerza y energía, yo sé lo que me digo. Yo he visto cómo mi nuevo sistema de Tensión Dinámica ha trasformado en Campeones Atlas a cientos de hombres más débiles y raquíticos que Ud.

Yo mismo, por ejemplo, pesaba 44 kilos y daba pena. Entonces descubrí Tensión Dinámica…

 

Lo primero que pensó Lucio fue que no necesitaba del método de Tensión Dinámica para dejar de ser un «alfeñique». Nunca lo había sido. Era, más bien, un hercúleo gigantón de dos metros y sólida contextura. Sonrió.

Lo segundo que pensó Lucio fue que uno de los contis se llamaba Charles Atlas.

Esa cápsula de tiempo pertenecía al gremio de los contis. El loco estaba jugando con fuego, y se iba a quemar.

563 terminó de leer el editorial de Tío Landrúy guardó la revista, los recortes y los otros objetos en la caja de metal. Lucio regresó a la batea hidropónica para que no lo descubriera. Algunas cosas quedaron en el piso, fuera de la cápsula: una
batería, algunos recortes, la tapa de Tío Landrúque se había desprendido del cuerpo de la revista, una publicidad de colonia Crandall, el envoltorio de un jabón Lux y el paquete vacío de una golosina llamada Tubby.

563 colocó la baldosa en su lugar, se levantó y salió cantando del invernadero, con la caja bajo el brazo.

Viva, viva, viva la música. Viva, viva, viva el sol. Con una pila de vida, con Eveready, todo, todo, todo en acción. Donde, dondequiera que vaya…

Lucio se apresuró a recoger los elementos que quedaban en el piso. No quería que nadie notara la ausencia de la caja. Se los llevó consigo, los tequis sabrían qué hacer.

 

 

Cuando Lucio regresó a la enfermería, se encontró con que Fleming lo estaba esperando.

—¿Dónde estabas? Los viejos necesitan que alguien les cambie los pañales.

—Fui al invernadero a buscar un poco de menta, para hacerme unos vahos, y unas hojas de aloe vera. Hay un tequi que tiene los dedos llenos de tajos. Le voy a preparar acíbar para que use como ungüento.

—Los vahos ayudan, pero tenés que tomar el jarabe para la tos. Pronto llegarán las provisiones médicas… —Fleming frunció el ceño—. ¿Cómo sabés lo del aloe?

Lucio dudó. Nadie le había enseñado a hacer ese preparado, sin embargo recordaba la receta. También recordaba que el aloe era una planta resistente a la sequía, pero no al frío y por eso la tenían en el invernadero, a temperatura controlada.

—Fui profesor de Biología —dijo al fin—. Debe ser eso. El aloe también puede usarse como purgante o como digestivo, depende de la dosis.

—Muy bien, Vattuone. Te felicito.

Lucio sonrió.

—Sólo tengo una preguntita —agregó Fleming—. ¿Dónde dejaste el aloe?

Lucio se miró las manos vacías. Con el apuro por cubrir las huellas del loco se había olvidado de la menta y el aloe.

—Están en mi habitación —respondió—, después las traigo. Manchan.

—No veo ninguna mancha. Tenés las manos limpitas.

—Fui muy cuidadoso.

—Está bien —dijo Fleming con desconfianza—. Dále nomás con el aloe, a ver qué sale.

—Gracias. ¿Y los viejos?

—Los viejos también. Ahora.

Lucio bajó la cabeza y se dirigió a la sala de Cuidados Generales, en la planta alta, donde el olor a mierda ya era notorio.

 

 

Después del traspié con Fleming, Lucio decidió guardar el secreto sobre 563 y los recortes. Mientras menos gente lo supiera, menor sería la posibilidad de que atrapasen al loco. Buscó una tabla floja en su habitación y allí escondió los objetos de la cápsula de tiempo.

Tampoco podía averiguar cuántos más sabían de la existencia del loco. Cualquier indiscreción podría ser fatal para 563.

Aquel secreto le calentaba la sangre. Tal vez fuera la euforia de sentirse protector de alguien. O el misterio que despertaba 563, moviéndose como un fantasma por los pabellones, las oficinas y las otras dependencias del hotel.

Tal vez fuera la canción de Maguerra, que ambos compartían.

El número le daba escalofríos. 563 tenía que llamarse de alguna otra forma, aunque fuera con un nombre ficticio.

Decidió llamarlo Tío Landrú, como la revista. Pero luego cambió de idea. Mejor sería darle un nombre que tuviera algún sentido. Nombre y apellido.

Lo llamaría Landrú Johnson.

Esperó a que terminara la jornada para analizar los recortes al amparo de la oscuridad. Un rato después de que los porteros apagaron todas las luces, levantó el tablón y retiró lo que ya imaginaba como su propia cápsula de tiempo. Era de noche y por el ventanuco entraba una claridad diáfana y sobrenatural. La suficiente como para ver los papeles. Aquello le pareció tremendamente conveniente. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que esa claridad provenía de lo alto del pabellón uno, donde los cocineros trabajaban en banda negativa.

En el hotel nada era lo que parecía.

Abrió el primero de los recortes.

 

Clarín, miércoles 9 de julio de 2003.

 

la supuesta compra de uranio en Nigeria por parte de Saddam

Armas en Irak: EE.UU. admite que usó datos falsos

Confirmaron que una información usada en un discurso clave de Bush no era confiable.

 

Las mentiras tienen patas cortas. Es por eso que, finalmente, el presidente George Bush se vio obligado a admitir que «no fue correcto» acusar a Irak de haber comprado cantidades significativas de uranio en Nigeria para fabricar armas nucleares, en el discurso sobre el Estado de la Unión que pronunció en enero.

La compra iraquí de uranio en Nigeria se transformó, de hecho, en uno de los argumentos que utilizó Bush para lanzar el primer ataque preventivo de la historia militar contemporánea de Estados Unidos. Si había dudas, hoy luego de la admisión de la Casa Blanca, sabemos que la información era falsa.

En el contexto de la nueva doctrina de ataques preventivos, EE.UU. tiene derecho a iniciar una guerra contra un país siempre y cuando haya una amenaza inminente y creíble como puede representar la posesión de armas de destrucción masiva.

El hecho de que Irak no haya comprado el uranio necesario para fabricar armas nucleares no sólo dejó al descubierto la manipulación informativa de Bush, sino que además dejó en claro lo peligrosa que es la doctrina de ataques preventivos, ya que puede ser instrumentada incluso si la amenaza realmente no existe. De hecho, Estados Unidos todavía no ha logrado descubrir ninguna de las armas de destrucción masiva que, según la Casa Blanca, justificaban una guerra contra Irak…

 

Un sudor frío corrió por las espaldas de Lucio, tosió. Desde que tenía memoria, había supuesto que los engaños, las puestas en escena y la desinformación se reducían al ámbito del hotel. Todos los huéspedes pagaban alguna culpa y la reeducación exigía cierto grado de manipulación. Aquel recorte decía que la realidad fuera del hotel era igualmente engañosa. El mundo era un gigantesco mercado de nombres, y los vendedores de nombres no tenían escrúpulos. La verdad estaba más allá del alcance del hombre común.

Recogió otro recorte. La textura del papel era suave, las letras se leían con claridad y no se veían manchas de humedad. Así y todo, el artículo estaba incompleto.

 

Desmantelan operaciones en la Patagonia

Aducen razones económicas. El CO-16 replanteará su estrategia.

 

La teniente general Lindsay Marshall, comandante norteamericana a cargo de las operaciones de asistencia y rehabilitación social en la Patagonia, anunció el aplazamiento de los embarques hacia esa región del país, así como el cierre de algunos centros, entre otras medidas. El anuncio fue realizado en el marco de una conferencia de prensa, en la sede del Comando de Ocupación N° 16, en Puerto San Julián.

 

«Tenemos la firme intención de replantear nuestra estrategia de asistencia y rehabilitación social en la Patagonia. Creemos que es necesario hacer ajustes en la logística, el despliegue y el monitoreo de las operaciones. Esto será muy positivo en el mediano plazo. Sin embargo, deberemos hacer algunos recortes en el presupuesto para que dicha estrategia sea sustentable», declaró Marshall al periódico San Julián Herald

 

Lucio se preguntó en qué lugar de la Patagonia estarían esos centros, y qué significarían «asistencia y rehabilitación social». Escondió el recorte debajo del la tablón, y tomó la tapa de Tío Landrú. Entre la palabra «Tío» y la palabra «Landrú», la revista mostraba el perfil de un hombre calvo y barbudo, probablemente algún pensador o científico de renombre. Debajo del título rezaba «La única revista que anda bien cuando las cosas andan mal».

El ejemplar era de octubre de 1968 y mostraba un torpe dibujo en blanco, negro y azul. En primer plano: un grupo de colonos, probablemente marinos antiguos, con varios barcos de fondo. En la contratapa, enfrentando a los colonos, se veía una comitiva de indios de tez grisácea. Uno de ellos portaba anteojos oscuros. Este último detalle, incongruente con la época, le dio a Lucio la pauta de que se trataba de una parodia. Acompañaban la escena, una bandada de pajaritos, peces que boqueaban en la superficie del mar, un perro y un sonriente gato negro.

El dibujante había firmado «Landrú» con infantil letra caligráfica.

Dejó la tapa de la revista en el hueco y tomó la batería. Una pila Eveready. El logo mostraba un 9 y un gato que lo atravesaba. Recuperó la tapa de la revista y comparó. ¿Qué posibilidad habría de encontrar dos gatos negros en dos objetos tan dispares, una revista y una pila? Evidentemente era el mismo gato negro, aunque retratado por artistas diferentes. ¿No significaría esto que el gato negro representaba algo importante en la sociedad a la que Lucio había pertenecido?

En el hotel también había un gato negro que maullaba incansablemente. Lucio siempre se había preguntado quién lo alimentaba, dónde pasaba las noches de superinvierno. Ahora sabía la verdad: ese gato pertenecía a Landrú Johnson. Donde estuviera el gato, seguramente estaría 563.

 

 

—¿Un gato? ¿Y para qué querés un gato? —preguntó Fleming.

Lucio y Fleming estaban en la enfermería, acomodando las provisiones médicas. Tiempo después, Fleming no sería capaz de recordar cómo habían llegado a hablar del gato.

—No quiero cualquier gato —corrigió Lucio—. Quiero el gato negro. ése que maúlla toda la noche. ¿Creés que los porteros me dejarán tenerlo?

—No sé. Los peones tienen algunos perros, pero los bichos duermen en la perrera. Son buenos para los trineos. Los primales tienen ovejas, conejos y algunas vacas. Las llaman por su nombre, pero están en el establo. Tiresias adoptó un conejo y lo tiene en la habitación. Preguntále cómo hizo.

Fleming abrió una caja y leyó con cuidado las indicaciones de los envases. Las etiquetas estaban en otro idioma que Fleming parecía comprender. Lucio también entendía algunas palabras, tal vez había tenido algún pariente que hablaba ese idioma. Tal vez corría sangre de otras latitudes por sus venas. La mera posibilidad de tener la misma sangre que sus carceleros le pareció insoportable.

De todos modos, no podía saberlo.

—¿En qué idioma está escrito? —preguntó Lucio apuntando a las etiquetas.

—Inglés.

—¿Y cómo es que podés entenderlo?

—No sé. Un día los porteros empezaron a mandar cajas en inglés, y yo entendía. Nunca me lo pregunté.

—A lo mejor sos inglés, o tu mamá es inglesa.

—A lo mejor. No sé. ¿Es importante?

—Todo es importante —sentenció Lucio—. ¿No te da curiosidad saber quién eras?

—Si pensara en eso todo el tiempo, como hacés vos, me volvería loco.

Lucio abrió una caja llena de jeringas cargadas con un líquido oscuro.

—Llegaron los reparadores —dijo Fleming—. Era hora.

—¿Y el jarabe para la tos? ¿Llegó?

—¿Seguís con esa tosecita?

—Sí, de noche nomás. Cuando me acuesto.

—¿Expectorás?

—Un poco. Con los vahos y todo eso…

Fleming levantó una botellita de líquido rojo.

—Acá está el jarabe. —Leyó la etiqueta—. Tacharon la fecha de vencimiento, como de costumbre. —Entregó la botellita a Lucio—. Tomá una cucharada cuando entrás al servicio y otra al irte.

—Espero que sirva. La tos no me deja dormir y me la paso escuchando a los gatos.

—Ya va a pasar. —Fleming volvió a la caja de provisiones—. A propósito, no es gato.

—¿Qué?

—Que el gato negro no es gato, es gata.

—¿Cómo sabés?

—Porque hace un tiempo estuvo preñada. Después la esterilizaron. Después… No sé. A lo mejor ya está muerta.

Lucio bajó la mirada. La mención de la gata en estado de gravidez encendió un pensamiento recóndito, que no tardó en emerger.

—¿Dónde están las mujeres?

Fleming sonrió.

—En otro hotel. Pero hace mucho que no las vemos. El glaciar derribó un ala del hotel y las evacuaron. Hace rato que no…

—¿Cogés?

—Exacto. Como todos. —Fleming plegó las cajas vacías y las puso en un rincón—. Salvo algún degeneradito, los demás no podemos darnos el gusto. No es algo que extrañe especialmente, era como un bono extra que ya no tengo.

—Yo no había pensado en mujeres hasta ahora. No es algo que se converse en los pasillos…

—Supongo que es parte del condicionamiento —interrumpió Fleming—. El instinto sexual suele generar violencia. De todos modos, en mi caso es peor. ¿Habré sido célibe?

—¿Le pondrán algo a la comida? —apremió Lucio, que ahora se dejaba guiar por sus propias especulaciones.

—Los primales y los cocineros lo sabrían.

—Entonces son dos cosas que tengo que preguntarle a Tiresias. Lo del conejo y esto.

—El oráculo tiene todas las respuestas —dijo Fleming sin levantar la mirada.

—No entiendo.

—Ya vas a entender.

 

 

Ni bien terminó su turno, Lucio se ofreció como voluntario para ayudar en la cocina. Siempre faltaban manos, así que los porteros le permitieron acceder al pabellón uno para trabajar medio turno más.

Lo pusieron a lavar trastos y vajillas, como era de esperar.

Pronto comprendió que en el lavadero de la cocina el tiempo se medía en platos, ollas y cubiertos. Si una olla tenía restos adheridos al fondo, el tiempo se detenía, igual que se estanca el río cuando los castores obstruyen su cauce. Había que eliminar esos restos para que el tiempo fluyera. Los cubiertos, enjuagados de a cinco, de a diez, podían acelerar el pulso. El plato era la mejor medida del ritmo, pero aun los platos eran unidades imperfectas.

En el fregadero, el tiempo era inhomogéneo, abrasivo, insondable.

Esperó seis ollas, noventa y tres platos, y doscientos treinta cubiertos, y pidió permiso para ir al baño. Panaderos y amasadores estaban de camino al baño.

Hizo una escala.

Tiresias le daba vueltas a la manija de la sobadora, mientras que uno de sus compañeros pasaba amorosamente la masa a través de los rodillos.

—¿Fideos? —preguntó Lucio.

—Así es —respondió el que sostenía la masa. Era bajo y enclenque, pero su voz sonaba firme y melódica.

Tiresias estaba concentrado en su mecánica tarea. Toda la sangre fluía hacia su rostro, aumentando el rubor de su tez colorada. Era flaco y alto, pero bastante macizo. Con todo, Lucio le sacaba una cabeza de altura. Estaba vestido con el uniforme de cocina, delantal incluido.

—Habría que pedirle a Becé que le pusiera un motorcito a la sobadora —dijo Lucio.

—Lo mantiene en forma —acotó el otro cocinero señalando a Tiresias con la cabeza. Hablaba como si Tiresias no pudiese oírlo, y Tiresias no se daba por aludido—. A veces tiene días mejores, a veces peores. Hoy no es un buen día, anoche tuvo baile.

—¿Los gatos? No me digas que también tiene tos…

—No, baile del otro —el cocinero bajó la voz—. Con los contis.

—Me llamo Lucio Vattuone. ¿Usted es…?

—John Montagu, conde de Sandwich.

—John, ¿de qué baile hablás?

Tiresias se detuvo y de un manotazo arrastró a Lucio fuera de la sala. Lucio nunca supo de dónde había sacado el rubio las fuerzas. Cuando logró zafarse, ya estaba en el pasillo del pabellón uno.

—Mi habitación —dijo Tiresias—. Sin preguntas.

Cuando llegaron a la habitación, Tiresias le dio la espalda. Respiraba con dificultad. Lucio esperó a que el rubio se serenara y dijera algo.

La habitación de Tiresias era un poco más amplia que la de Lucio. Tenía colgadas fotos de automóviles, trenes y ómnibus. Borges se las había dado, seguramente. Sólo eran fotos, sin epígrafes, sin conexión con el pasado. Acaso tan sólo la intuición, de Borges o del mismo Tiresias, de que había una afinidad entre esos vehículos y el rubio.

—Cerrá la puerta, Lucio.

Lucio se volvió y cerró la puerta con cuidado. La habitación quedó casi a oscuras, a excepción de la luz que entraba por el ventanuco.

—Está cerrada —anunció Lucio en voz baja.

—¿Para qué querés saber?

—Para saber.

—Metéte en tus cosas.

—¿Abusaron de vos?

—Sí.

—¿Sexualmente?

—No, ojalá…

La respuesta desconcertó a Lucio. Instintivamente buscó indicios de moretones, tajos, raspaduras, alguna debilidad. No había nada de eso a la vista.

—Me interrogaron —dijo finalmente Tiresias—. Durante mucho tiempo.

—¿Qué querían saber?

—Robaron una cápsula de tiempo. Están furiosos.

A Lucio se le aflojaron las piernas. Tuvo que sentarse en el camastro de Tiresias.

—¿Y vos qué tenés que ver? —dijo, tratando de que no se le notara la conmoción.

—Soy el oráculo. ¿Por qué te creés que me bautizaron Tiresias?

—¿Qué significa eso?

—Que me interrogan cada vez que hay problemas.

Lucio carraspeó y expectoró en un pañuelo.

—No entiendo —dijo cuando terminó esa operación.

—No tenés por qué entender. Punto. No te metas.

Tiresias se volvió, parecía más calmado. Lucio se levantó del camastro.

—¿Qué necesitás? —urgió Tiresias—. ¿Me estabas buscando?

—Consejo. Quiero tener un gato en la habitación. Sé que vos tenías un conejo.

—Decís bien. Tenía.Fue hace bastante.

—¿Y cómo hiciste?

—Lo traje. Le conseguí una caja, comida… Lo hice, nada más.

—¿Y los porteros no dijeron nada?

—Prerrogativa de cocinero, supongo. Nunca dijeron nada. Ellos también comen de la comida que nosotros hacemos.

—Entiendo.

—¿Tenés trabajo?

Tiresias siempre se mantenía en un segundo plano, nunca hablaba más que lo estrictamente necesario, y aún menos. Ahora lo estaba apurando. Lucio se preguntó qué otra cosa extraordinaria sucedería aquel día.

—Una pregunta más —dijo Lucio, intimidado—. ¿Le ponen alguna cosa rara a la comida?

—No, que yo sepa. Excepto el purgante de aquella vez, pero fue idea de Becé. ¿Por qué lo preguntás?

—Porque hace mucho que no pienso en mujeres. Ni me masturbo. Ni veo que nadie más lo haga. Creo que algo nos hicieron.

—Lo que sea que hayan hecho, fue antesde llegar aquí. Se perdió con el resto de los recuerdos.

—Entiendo.

Tiresias suspiró.

—Tengo que volver al trabajo, sino van a sospechar.

—Te veo el sábado, en la biblioteca —dijo Lucio.

—Allí estaré.

 

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